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jueves, 20 de julio de 2017

NATIONAL GEOGRAPHIC : 10 curiosidades sobre la foto "La niña afgana" de Steve McCurry

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, gracias a la fotografía de Steve McCurry, publicó una mítica fotografía en junio del 1985, de una muchacha afgana; que fue captada en un campo de refugiados en Nasir Bagh, en Pakistán; que tuvo mucha relevancia después de los ataques al Centro Mundial de Comercio de New York (World Trade Center) el 11 de septiembre del 2,001, como represalias se atacó a Afganistán y se volvió a publicar en las portadas de la prensa norteamericana.
Nadie conocía su nombre, solo era: «La muchacha afgana» aun ni la misma Revista National Geographic, por lo que el mismo fotógrafo Steve McCurry, organizó una expedición para identificar a la joven,  quien después de 17 años, la encontró como una dama casada y con hijos y su nombre es : Sharbat Gula,  quien en la edición de junio de 1985 de National Geographic abriese con una imagen tan impactante entonces como icónica ahora: la foto de la niña afgana.
http://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/la-muchacha-afgana-una-vida-desvelada-2_1037/7
http://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/las-mejores-fotografias-de-steve-mccurry-2_8625/1
http://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/las-mejores-fotografias-de-steve-mccurry-2_8625/5
http://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/la-muchacha-afgana-una-vida-desvelada-2_1037/7

«La muchacha afgana»
Conocida como «la muchacha afgana», una refugiada de inquietante mirada se convirtió en un icono de la fotografía. Cuando en 1984 Steve McCurry la retrató en un campo de refugiados de Pakistán, nunca antes le habían hecho una foto.
© ‎Steve McCurry


La alternativa
Ésta pudo haber sido la portada original. Al menos, era la seleccionada inicialmente por el editor gráfico, pero un volantazo de última hora del director de la revista provocó que la imagen que pasara a la historia fuese la que todos conocemos. La niña fue retratada Por McCurry cuando tenía 12 años, en junio de 1984 en el campo de refugiados de Nasir Bagh, durante la guerra de Afganistán.
Foto: Steve McCurry

Detención en Pakistán en 2016
El 19 de octubre de 2016  Sharbat Gula, la niña afgana famosa por protagonizar una de las portadas más conocidas de National Geographic en 1985, fue detenida en Pakistán por posesión ilegal de un documento de identidad de ese país, donde vive en un campo de refugiados.
Foto: Steve McCurry

El OK del FBI
La identidad de la niña afgana fue confirmada al 100% por inspectores forenses del FBI mediante una tecnología puntera de reconocimiento facial y la comparación de los iris de ambas fotografías.
Mark Thiessen

Zona en guerra
La niña, de tan solo doce años, fue retratada por McCurry en junio de 1984 en el campo de refugiados de Nasir Bagh, durante la guerra de Afganistán.
Steve McCurry

Una imagen que ha dado la vuelta al mundo
La foto se ha convertido en un todo símbolo de la crítica situación de los refugiados y víctimas de los conflictos armados. Este graffitti fue pintado en la localidad vizcaína de Gernika.
CCO Zarateman

McCurry reveló el último rollo de Kodachrome 64, la mítica película surgida en la década de 1930
Mc Curry fue el fotógrafo que reveló el último carrete de esta mítica película. Para realizar la fotografía de la niña afgana, además de película Kodachrome 64, McCurry empleó una cámara Nikon FM2 y unas lentes Nikkor 105mm Ai-S F2.5
Foto: Gtres

Sharbat Gula, dos décadas después
National Geographic creó un fondo de ayuda para jóvenes afganas llamado Afghan Girls Fund. El reencuentro fue, de nuevo, portada de la revista y dio pie a un documental para televisión y un DVD. Además, se creó una fundación no lucrativa de apoyo a las mujeres afganas que en 2008 amplió la ayuda a sus hijos.
Foto: Steve McCurry

El reencuentro
17 años después, National Geographic financió una nueva expedición con el objetivo del reencuentro de McCurry con la niña. Gracias a ese reencuentro, el fotógrafo supo el nombre de la niña y la edad que tenía. La joven refugiada pudo ver por primera vez su retrato. National Geographic publicó un artículo con todos los detalles de la expedición.
Foto: Steve McCurry

Una mirada cargada de misterio
El fotógrafo recuerda su recelo: aquel hombre era un desconocido, y nunca la habían fotografiado. El campo de refugiados en Pakistán era un laberinto caótico de tiendas de campaña. En el interior de una de ellas, la de la escuela, aquella niña fue lo primero que llamó su atención. Al percibir su timidez, la abordó en último lugar. Ella accedió a posar.
Foto: Steve McCurry

El antes y el después de Sharbat Gula
En 2002 tenía 30 años de edad y tres hijos. Poco después de la primera fotografía se había casado con su actual marido y había regresado a una aldea de Afganistán (la primera fotografía fue realizada en un campo de refugiados de Pakistán). En el centro de la imagen vemos la portada que protagonizó en la versión española en abril de 2002: "Es ella. La historia de la muchacha afgana 17 años después".

Te contamos algunos datos curiosos de una portada mítica que estuvo a punto de no suceder :

Es una de las fotos más populares de la historia... y estuvo a punto de no ser. Como casi todas las grandes historias, la casualidad, el cambio de opinión a última hora, el azar o una combinación de todos ellos provocó que la edición de junio de 1985 de National Geographic abriese con una imagen tan impactante entonces como icónica ahora: la foto de la niña afgana.

Su autor, Steve McCurry, cuenta en su libro Untold: The Stories Behind The Photographs que la publicación de la foto en portada fue una decisión de última hora del director de la revista, en contra del consejo de su editor gráfico, que había elegido un retrato de la misma niña en el que se tapaba la cara. Otra imagen merecedora de ser portada, ciertamente. McCurry recuerda la mirada cargada de misterio y el recelo de la joven: aquel hombre era un desconocido, y nunca la habían fotografiado. El campo de refugiados en Pakistán era un laberinto caótico de tiendas de campaña. En el interior de una de ellas, la de la escuela, aquella niña fue lo primero que llamó su atención. Al percibir su timidez, la abordó en último lugar. Ella accedió a posar.
Para realizar la fotografía de la niña afgana empleó una cámara Nikon FM2 y unas lentes Nikkor 105mm Ai-S F2.5
La intrahistoria le añade un poco más de mística a la narración, ya que McCurry fue el fotógrafo que reveló el último carrete de la Kodachrome 64, la mítica película surgida en la década de 1930. Para realizar la fotografía de la niña afgana, además, el estadounidense empleó una cámara Nikon FM2 y unas lentes Nikkor 105mm Ai-S F2.5
Hoy sabemos el nombre de la protagonista: Sharbat Gula. Y algunas curiosidades más de aquella imagen que ha dado la vuelta al mundo.
 
La muchacha afgana, una vida desvelada :
Steve McCurry fotografió a "la muchacha afgana" en un campo de refugiados de Pakistán. Tras una intensa búsqueda, el fotógrafo y un equipo de National Geographic la encontraron, desvelando así la identidad de la protagonista de una de las imágenes más célebres de la historia .
 
Entonces y ahora
Entonces y ahora
De niña fue fotografiada por Steve McCurry en un campo de Pakistán para ilustrar el reportaje sobre los refugiados afganos que la Geographic publicó en junio de 1985.
Steve McCurry

En 2012 era madre de tres hijas
En 2012 era madre de tres hijas
Entre ellas Alia, de un año de edad.
Steve McCurry

niña afgana madre de tres hijos. La familia de Sharbat Gula
La familia de Sharbat Gula
De izquierda a derecha, Zahida –la hija de tres años–, el matrimonio formado por Rahmat Gul y Sharbat Gula, la pequeña Alia y Kashar Khan, hermano de Sharbat.
Steve McCurry

buscando a la niña afgana. En busca de la muchacha afgana
En busca de la muchacha afgana
Para ayudar en la búsqueda, los residentes más antiguos del campo de Nasir Bagh (derecha) hicieron circular la fotografía de McCurry.
Steve McCurry

Thomas Musheno. La verdad está en los ojos
La verdad está en los ojos
Para verificar que Sharbat Gula era la niña afgana fotografiada por McCurry, Thomas Musheno, inspector forense del FBI, efectuó una comparación facial entre las fotos de finales de 1984 y las tomadas recientemente. «Estoy seguro al cien por cien de que es la misma persona», dijo.
Mark Thiessen

John Daugman, inventor del reconocimiento automático por el iris . John Daugman
John Daugman
John Daugman, inventor del reconocimiento automático por el iris y profesor de informática en la universidad inglesa de Cambridge, determinó matemáticamente que los ojos pertenecen a una misma persona. Los dibujos del iris, como las huellas dactilares, son únicos y pueden ser utilizados en procesos de identificación.
Alexandra Boulat

posible portada de afgan girl. Fondo para jóvenes afganas de National Geographic Society
Fondo para jóvenes afganas de National Geographic Society
En Afganistán hay muchas mujeres que quieren dar a sus hijas lo mismo que Sharbat Gula: educación. National Geographic Society ha decidido crear un fondo de ayuda, el Fondo para Jóvenes Afganas. La Sociedad trabajará en colaboración con las más acreditadas organizaciones sin ánimo de lucro para desarrollar oportunidades educativas destinadas a las niñas y las jóvenes afganas. Le invitamos a participar enviando un cheque a Afghan Girls Fund, Development Office, National Geographic Society, 1145 17th Street NW, Washington, DC 20036
Steve McCurry

Steve McCurry fotografió a "la muchacha afgana" en un campo de refugiados de Pakistán. Tras una intensa búsqueda, el fotógrafo y un equipo de National Geographic la encontraron, desvelando así la identidad de la protagonista de una de las imágenes más célebres de la historia,

Ella recuerda el momento. El fotógrafo la enfocó y disparó. Recuerda su enfado. Aquel hombre era un desconocido. Nunca la habían fotografiado, y hasta que volvieron a encontrarse diecisiete años más tarde, nadie había vuelto a hacerlo.También el fotógrafo recuerda el momento. Había una luz suave. El campo de refugiados en Pakistán era un océano de tiendas. En el interior de una de ellas, la de la escuela, aquella niña fue lo primero que llamó su atención. Al percibir su timidez, la abordó en último lugar. Ella accedió a posar. «No pensé que su fotografía sería diferente de cualquier otra que había hecho ese día», recuerda de aquella mañana de 1984 que pasó documentando la odisea de los refugiados de Afganistán.
 
El retrato de Steve McCurry resultó ser una de esas imágenes que llegan al alma, y en junio de 1985 apareció en la portada de esta revista. Sus ojos son verde mar y en su mirada, inquieta e inquietante, se puede leer la tragedia de un país asolado por la guerra. En National Geographic fue bautizada como «la muchacha afgana», y durante diecisiete años nadie supo su nombre.
En enero, un equipo del programa EXPLORER de National Geographic Television&Film acompañó a McCurry hasta Pakistán en busca de la chica de los ojos verdes. Mostraron su fotografía por todo Nasir Bagh, el campo de refugiados aún existente en las inmediaciones de Peshawar donde se había tomado la foto. Una maestra de la escuela dijo conocer su nombre: Alam Bibi. La joven fue localizada en una aldea cercana, pero McCurry determinó que no era ella.Así lo confirmó un hombre que sí conocía a la niña de la foto. En su infancia habían estado juntos en el campo. Dijo que había regresado a Afganistán hacía varios años y que ahora vivía en las montañas cercanas a Tora Bora. Se ofreció a ir a por ella. Tardaron tres días en llegar. El pueblo está a seis horas en coche más otras tres de caminata por una frontera que devora vidas humanas. Cuando McCurry la vio aparecer, se dijo: «Es ella».
 
Se llama Sharbat Gula, y es una pashto, la más belicosa de las tribus afganas. De los pashto se dice que sólo están en paz cuando hacen la guerra, y en los ojos de Sharbat –en los de entonces y en los de ahora– arde la fiereza. Tiene 28 años, quizá 29, o 30. Nadie, ni siquiera ella, lo sabe con certeza. Los datos fluctúan como la arena en un lugar donde no existen los registros. El tiempo y la adversidad han borrado la juventud de su rostro. Su piel parece de pergamino, las líneas geométricas de su mandíbula se han atenuado, pero sus ojos todavía fulguran. «Ha tenido una vida terrible –dijo McCurry–. Muchos aquí comparten su experiencia.» Revisemos las cifras: 23 años de guerra, 1,5 millones de muertos, 3,5 millones de refugiados. Ésta es la historia de Afganistán en el último cuarto de siglo. Examinemos ahora la fotografía de la joven con ojos verde mar, unos ojos que nos desafían y, sobre todo, nos perturban. No podemos apartar la mirada de ellos.
 
«No hay una sola familia que no conozca el amargo sabor de la guerra», declaraba un joven comerciante afgano en el reportaje publicado por la Geographic en 1985 con la foto de Sharbat en portada. Era una niña cuando su país cayó en las garras de la invasión soviética. Una oleada de destrucción arrasó múltiples aldeas como la suya. Con seis o siete años vio morir a sus padres bajo las bombas. De día el cielo escupía terror. Por la noche enterraban a los muertos. Y a todas horas la atravesaba el espanto que le producía el ruido de los aviones. «Nos fuimos de Afganistán por los ataques –nos contó Kashar Khan, el hermano mayor, ahondando en la narración de su vida. Es un hombre enjuto, con cara de ave rapaz y ojos penetrantes–. Había rusos por todas partes. Mataban a la gente. No nos dejaron otra opción.» Guiados por su abuela, Kashar y sus cuatro hermanas huyeron a pie hasta Pakistán. Durante una semana caminaron a través de las montañas nevadas, mendigando mantas para calentarse. «Nunca sabías cuándo vendrían los aviones –rememoró–. Nos escondíamos en las cuevas.» El viaje, que empezó con la pérdida de sus padres y un recorrido a pie a través de las montañas, terminó en una tienda de un campo de refugiados, conviviendo con extraños.

Opresión en un campo de refugiados

«A las personas habituadas al medio rural, como Sharbat, les es difícil vivir en el entorno opresivo de un campo de refugiados –explicó Rahimullah Yusufzai, periodista paquistaní que hizo de intérprete para McCurry y el equipo de televisión–. Aquí no hay intimidad. Vives a merced de otras personas.» Peor aún, vives a merced de la política de otros países. «La invasión rusa destrozó nuestras vidas», concluyó el hermano. Ésta es la tragedia actual de Afganistán. Invasión. Resistencia. Invasión. ¿Se cerrará el ciclo algún día? «Cada cambio de gobierno reaviva la esperanza –dijo Yusufzai–. Y cada vez, el pueblo afgano se ha visto traicionado por sus líderes o por unos intrusos que proclamaban ser sus amigos y salvadores.» A mediados de los años noventa, durante un cese de las hostilidades, Sharbat Gula regresó a su aldea natal en la falda de unas montañas tapizadas de nieve. Vivir en este poblado de color tierra, al final de un angosto sendero, significa subsistir, nada más. Hay bancales con cultivos de maíz, trigo y arroz, algunos nogales y un riachuelo que se precipita monte abajo, excepto en épocas de sequía, pero no hay escuela, consultorio médico, carreteras o agua corriente.
Según su propio hermano, nunca ha conocido la felicidad, quizá con la excepción del día de su boda
Así transcurre a grandes rasgos un día en la vida de Sharbat. Se levanta antes del alba y reza sus oraciones. Va a buscar agua al arroyo. Cocina, limpia, hace la colada. Cuida de sus hijas, que son el centro de su existencia. Robina tiene trece años; Zahida, tres; Alia, la pequeña, uno. Una cuarta hija murió en la primera infancia. Según su hermano, nunca ha conocido un instante de felicidad, salvo quizás el día de su boda. Su marido, Rahmat Gul, es un hombre de constitución menuda, con una sonrisa luminosa como un faro al anochecer. Sharbat recuerda haberse casado a los trece años. No, la corrige él, había cumplido los dieciséis. Fue un matrimonio concertado. Rahmat vive en Peshawar (en Afganistán escasea el empleo) y trabaja en una panadería.
 
Corre con los gastos médicos de la familia; el dólar diario que gana se esfuma como el humo. El asma de su mujer, que no tolera el calor y la polución de Peshawar en verano, limita su estancia en la ciudad junto a su esposo a los meses de invierno. El resto del año vive en las montañas. Yusufzai comentó que a los trece años debió de abrazar el purdah, la vida de reclusión adoptada por muchas mujeres islámicas al llegar a la pubertad. «Dejan de mostrarse en público», dijo. En la calle viste un burka de color morado que la aísla del mundo y de las miradas de cualquier hombre que no sea su marido. «Es una prenda hermosa, no una maldición», puntualizó. Al ser entrevistada, se refugió tras el chal negro que envolvía su rostro, como si al hacerlo intentara evaporarse. Sus ojos despedían ira. No tenía costumbre de someterse a las preguntas de unos extraños.
 
¿Se había sentido segura alguna vez? «No. Pero se vivía mejor con los talibanes. Al menos había paz y orden.»
 
¿Llegó a ver su fotografía de niña? «No.»
 
Sharbat Gula puede escribir su nombre, pero no sabe leer. Abriga la esperanza de dar a sus hijas una educación. «Quiero que mis pequeñas tengan cultura –dijo–. Me hubiera gustado terminar los estudios, pero no pudo ser. Lo sentí mucho cuando tuve que emigrar.» Dice un proverbio afgano que la educación es la luz que ilumina los ojos. A ella le han negado esa luz, y posiblemente también sea demasiado tarde para su hija de trece años, pero las otras dos aún tienen una oportunidad. La reunión de la mujer de los ojos verdes con el fotógrafo estuvo presidida por la reserva. En el universo de las mujeres casadas, la tradición cultural es estricta. No debía mirar, y menos aún sonreír, a ningún hombre que no fuera su esposo. Según McCurry, su rostro se mantuvo inexpresivo. Sharbat no comprende por qué su retrato ha conmovido al mundo de tal modo. Ignora el poder de esos ojos.
¡Pensar que había tan pocas probabilidades! Pocas probabilidades de que estuviera viva. De que lograsen encontrarla. De que hubiera resistido a la adversidad. Sin duda, el espíritu puede llegar a atrofiarse frente a tantas vicisitudes. Le preguntaron cómo había sobrevivido. La respuesta brotó impregnada de una certeza inquebrantable. «Ha sido la voluntad de Dios», dijo Sharbat Gula. Vi sus ojos por el objetivo de la cámara. Siguen siendo los mismos. Tiene la tez curtida, surcada de arrugas, pero esta mujer es tan asombrosa como la niña que fotografié hace 17 años. Entonces y ahora, nos comunicamos a través de la lente. Esta vez le resultó más fácil mirar al objetivo que a mí. Como mujer casada, no debe posar los ojos en un hombre que no sea su marido. Nuestra conversación fue breve, y en ella no afloró emoción alguna. Le expliqué el enorme impacto que ha tenido su fotografía. He recibido cartas de personas de todo el mundo que, inspiradas por aquella imagen, han trabajado como voluntarias en campos de refugiados o realizado tareas humanitarias en Afganistán.
 
Cuando vio la foto por primera vez, se avergonzó de los agujeros del chal rojo. Dijo que se lo había quemado en unos fogones. Le satisface haber sido fuente de inspiración, pero no creo que la fotografía signifique nada para ella. Lo único que le importa son su marido y sus hijas. Recuerdo el estruendo y la confusión en este campo de refugiados hace 17 años. Sabía que las muchachas afganas, a quienes les faltaban sólo unos años para desaparecer tras el velo tradicional, podían ser reacias a dejarse retratar por un occidental del sexo masculino. Así pues, pedí permiso a la maestra para entrar en la escuela y hacer un reportaje de sus alumnas. Sharbat, la más tímida de todas, dijo que podía fotografiarla, y le disparé varias tomas. Cuando vi la película, me sorprendió el clima de silencio y sosiego que reflejaba. En aquella época los soviéticos llevaban cinco años en suelo afgano, era pues un momento concreto en el tiempo. Sin embargo, la fotografía reflejaba un momento intemporal. Se extendió la idea de que la imagen era emblemática de lo que estaba ocurriendo en Afganistán. Pero mucha gente ignora el contexto histórico de la fotografía, y aun así reacciona ante esa mirada.

Me reconforta saber que aquella muchacha ha sobrevivido y ha logrado forjarse una vida. Espero que el hecho de haberla encontrado sea beneficioso para ella y su familia. Me gustaría que dentro de diez años mire atrás y se alegre de esta circunstancia. Por mi parte, tengo intención de seguir sus pasos el resto de mi vida. El gobierno local va a desmantelar el campo de refugiados para construir una urbanización. Habría resultado imposible localizarla dentro de un año, pues para dar con ella sólo disponíamos de unos contactos en el campo. Afganistán ha pasado las dos últimas décadas en el peor oscurantismo. La reaparición de esta mujer tal vez sea profética, un signo esperanzador. Habrá que esperar para saberlo.
National Geographic
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

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