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domingo, 23 de agosto de 2020

NATIONAL GEOGRAPHIC : Bar Kokhba: la última revuelta judía contra Roma

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, nos alcanza un amplio reportaje sobre la última revuelta de los judíos contra Roma que fue en el año132 d.C , que se levantaron en armas contra la decisión del emperador Adriano de convertir a Jerusalén en una colonia romana.
NATIONAL GEOGRAPHIC.- narra : "Una vez armados, y con el emperador lejos de Judea, se produjo un suceso inesperado que se interpretó como el presagio divino que señalaba el comienzo de la guerra apocalíptica predicha por los profetas Daniel y Zacarías: la tumba de Salomón, cerca de las murallas de la ciudad vieja, se desplomó inesperadamente, quizás a causa de los trabajos de urbanización de Jerusalén. El gobernador de Judea, Tineo Rufo, no prestó atención a la inquietud que este suceso causó entre los judíos.
El 3 de abril de 132, el primer día del mes judío de Iyar (entre abril y mayo), Simón bar Kokhba, "el hijo de una estrella", se puso al mando de la rebelión. En ella participaron no sólo judíos de toda la provincia, sino también personas de origen no judío, impulsadas por el deseo de sacar provecho a una posible liberación de la dominación romana.....La táctica de los rebeldes consistió en evitar los encuentros en campo abierto con los romanos y operar en pequeños grupos desde lugares bien protegidos. De hecho, en algunas zonas excavaron túneles subterráneos con respiraderos en la parte superior para comunicar entre sí las bases estratégicas, que dotaron de muros y trincheras. A los pocos meses de actuación de esta guerrilla armada, Simón bar Kokhba consiguió establecer un Estado judío independiente, que celebró acuñando en las monedas el lema «Año I de la redención de Israel».............."

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/bar-kokhba-ultima-revuelta-judia-contra-roma_15438

En el año 132, los judíos se levantaron en armas contra la decisión del emperador Adriano de convertir Jerusalén en una colonia romana.

Elena Castillo
20 de agosto de 2020 ·


Bar Kokhba junto a sus hombres en esta miniatura del siglo XX de mano de Arthur Szyk. 
Foto: AKG / Album

Desde que Judea quedó sometida a la autoridad romana en 63 a.C., los judíos protagonizaron al menos sesenta intentos de rebelión para recuperar su soberanía a lo largo de 130 años; cerca de dos mil personas fueron crucificadas por no acatar los principios impuestos por Roma. La crueldad, corrupción y torpeza de los procuradores romanos provocaron un constante malestar entre la población judía, a lo que se unía un profundo deseo de liberación relacionado a menudo con una esperanza mesiánica, esto es, con la creencia en la aparición de un líder ungido (mashiah, mesías), descendiente del linaje de David, que restablecería el esplendor del antiguo reino de Israel.
La mayor de estas revueltas estalló en el año 66 d.C. en Jerusalén, y en poco tiempo se extendió por toda la provincia, hasta que el general Vespasiano y –cuando fue elegido emperador– su hijo Tito la reprimieron dura y eficazmente. En el año 70, tras cinco meses de asedio, el ejército romano conquistó Jerusalén y arrasó el templo construido por Herodes el Grande. Tres años más tarde fue aplastado el último grupo de rebeldes judíos en otro largo y sangriento asedio, el de la fortaleza de Masada. Según Flavio Josefo, durante la guerra perdieron la vida 1.100.000 judíos y 97.000 fueron vendidos como esclavos.
La revuelta judía de mediados del siglo I d.C. dejó un saldo de más de un millón de judíos muertos.
En los años siguientes pareció que la larga resistencia de los judíos al dominio romano había llegado a su fin y la pax romana se asentaba en Palestina. Pero pasados unos decenios rebrotó el malestar. En Judea y en otras regiones del Imperio donde había comunidades judías se propagó la idea de la llegada inminente de un líder redentor o mesías. Así, en 115 y 116, bajo el gobierno de Trajano, estalló una serie de revueltas mesiánicas conocidas como "segunda guerra judaica": primero en la Cirenaica (Libia) y luego en Chipre, Mesopotamia y Egipto, en las que, según Dión Casio, murieron decenas de miles de personas.


Busto de Adriano. Galería de los Uffizi, Florencia.
Foto: Scala, Firenze
 

Primeros brotes revolucionarios

En Judea, el conflicto estalló unos años más tarde y se convirtió en una guerra santa en toda regla. También según Dión Casio –la única fuente pagana que conservamos sobre lo que hoy se conoce como "tercera guerra judaica"–, el emperador Adriano, en su visita a la provincia el año 130, anunció su deseo de convertir Jerusalén en una colonia romana, lo que implicaba la reconstrucción de toda la ciudad a imagen y semejanza de Roma, incluyendo para ello la erección de un templo consagrado a Júpiter Capitolino sobre los cimientos del templo de Herodes.

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Desde el punto de vista romano, el cambio estatutario de Jerusalén no era un castigo, sino más bien lo contrario, pues comportaba la concesión de notables privilegios, como la exención de impuestos, la concesión de la ciudadanía y la construcción de importantes infraestructuras, como calzadas de estilo romano. Para los judíos, en cambio, la creación de la nueva colonia de Aelia Capitolina, donde quedarían asentados los veteranos de la legión X, representaba una ofensa insoportable, pues suponía la frustración de todas las esperanzas que aún se albergaban sobre la reconstrucción del Templo, destruido hacía 62 años, e implicaba la introducción de cultos paganos en el lugar más sagrado del judaísmo.


Shekel de plata de la segunda revuelta judía con el templo de Jerusalén en el anverso.
Foto: Scala, Firenze
 
A ello se le sumó, dos años después, una segunda ofensa a la identidad religiosa judía: un decreto que prohibía cualquier forma de mutilación de los genitales masculinos, medida que los judíos interpretaron como un ataque directo a la práctica de la circuncisión de los varones, exigida por la ley de Moisés.

Para los romanos, el cambio de Jerusalén al estatus de colonía suponía un privilegio pero para los judíos suponía una ofensa.
Fue en este período convulso cuando empezó a ganar popularidad un joven carismático llamado Simón bar Kosiba. Se conoce muy poco de este personaje. Consta que fue apoyado por una sección del estamento de los rabinos o doctores de la Ley: la representada por Akibá ben Yosef, rabino que presidía el sanedrín de Yavne, principal centro judaico de entonces. Fueron ellos quienes lo convirtieron en poco tiempo en el líder de la rebelión.

Un nuevo mesías

A fin de persuadir al pueblo de Israel de que Kosiba había sido enviado por Dios para redimirlo de su sufrimiento, se destacó la semejanza entre su nombre y la palabra aramea kokhba, "estrella", lo que a su vez permitía relacionar a Simón con un pasaje del libro bíblico de Números (24, 17) que se interpretaba como un anuncio de la venida del mesías: "De Jacob nace una estrella, y brota de Israel una vara que herirá a los caudillos de Moab y destruirá a todos los hijos de Set".
Tras el estallido de la revuelta contra Roma, el cabecilla rebelde adoptó el nombre de Simón bar Kokhba. Para reforzar su autoridad, reacuñó las monedas romanas con símbolos y emblemas judíos y acompañó su nombre con el título de nasí, cargo detentado únicamente por el patriarca, presidente del sanedrín y máxima autoridad política, moral y religiosa del judaísmo.
Para reforzar su autoridad, Bar Kokhba acompañó su nombre del título de nasí, cargo detentado por la máxima autoridad política y religiosa del judaísmo.
Dión Casio cuenta que Simón bar Kokhba comenzó a reunir en torno a sí a cuantos "consideraban intolerable que una nación extranjera habitara en su ciudad y estableciera en ella cultos extranjeros", y ordenó mantener en secreto la sedición mientras el emperador Adriano estuviese visitando las provincias cercanas a Judea. Entre tanto, los judíos "fabricaban mal a propósito las armas que les habían sido encargadas por los romanos, con el fin de poderse servir de ellas en el momento en que aquéllos las devolviesen".

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El estallido de la revuelta

Una vez armados, y con el emperador lejos de Judea, se produjo un suceso inesperado que se interpretó como el presagio divino que señalaba el comienzo de la guerra apocalíptica predicha por los profetas Daniel y Zacarías: la tumba de Salomón, cerca de las murallas de la ciudad vieja, se desplomó inesperadamente, quizás a causa de los trabajos de urbanización de Jerusalén. El gobernador de Judea, Tineo Rufo, no prestó atención a la inquietud que este suceso causó entre los judíos.
El 3 de abril de 132, el primer día del mes judío de Iyar (entre abril y mayo), Simón bar Kokhba, "el hijo de una estrella", se puso al mando de la rebelión. En ella participaron no sólo judíos de toda la provincia, sino también personas de origen no judío, impulsadas por el deseo de sacar provecho a una posible liberación de la dominación romana.

Túnel excavado por los seguidores de Simón bar Kokhba en el palacio-fortaleza de Herodes el Grande. 
Foto: Alamy / ACI

La táctica de los rebeldes consistió en evitar los encuentros en campo abierto con los romanos y operar en pequeños grupos desde lugares bien protegidos. De hecho, en algunas zonas excavaron túneles subterráneos con respiraderos en la parte superior para comunicar entre sí las bases estratégicas, que dotaron de muros y trincheras. A los pocos meses de actuación de esta guerrilla armada, Simón bar Kokhba consiguió establecer un Estado judío independiente, que celebró acuñando en las monedas el lema «Año I de la redención de Israel».

La respuesta de Roma

En vista del éxito de la revuelta y de los graves daños infligidos a las tropas romanas, Adriano envió a Judea al más valiente de sus comandantes, Sexto Julio Severo, así como al gobernador de Siria, Publio Marcelo, y al de Arabia, Haterio Nepote. A partir de entonces, la superioridad estratégica y armamentística de las fuerzas romanas convirtió la campaña en una masacre sistemática.

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En su Historia romana Dión Casio explica cómo, en vez de atacar abiertamente a sus enemigos, Julio Severo "los separó poco a poco por medio de un gran número de soldados y de lugartenientes y, privándolos de comida y aislándolos, consiguió extenuarlos, debilitarlos y, al final, exterminarlos, quizá con cierta lentitud, pero con el menor riesgo". El balance, según el mismo Dión Casio, fue terrorífico: "Se salvaron realmente pocos. Fueron arrasadas cincuenta de sus principales fortalezas y 985 de sus más renombrados pueblos, al tiempo que fueron asesinados en las incursiones y en los combates 580.000 hombres, siendo incalculable el número de aquellos que murieron de hambre, de enfermedades o a causa de los incendios".

Casco de legionario que sirvió en Judea en tiempos de Trajano. 
Foto.Bridgeman / ACI

Los romanos, por su parte, perdieron dos legiones: la IV Hispana y la XXII Deiotariana, aunque ambas habían llegado a Judea algo mermadas, la primera a causa de la guerra de Britania durante la tiranía de Domiciano, y la segunda debido a su intervención en la segunda guerra judaica, empezada quince años antes y cuyos rescoldos aún no se habían apagado.

El último baluarte

A finales del año 135, la caída de Bethar –una fortaleza cercana a Jerusalén– marcó el fin de la guerra. La mayoría de sus habitantes murieron de hambre y sed tras varios meses de asedio, y los supervivientes fueron asesinados sin piedad por el ejército romano. No se salvaron ni siquiera los niños, quienes, según algunos midrashim (textos exegéticos de la Torá y el Talmud), fueron estrellados contra las rocas o arrojados al fuego envueltos en los libros sagrados del judaísmo.
Al concluir la guerra, la mitad de la población de Judea había sido masacrada y durante muchos años los romanos no permitieron que se diese sepultura a los muertos. La práctica de la religión judía quedó censurada, y los supervivientes fueron tomados como prisioneros y vendidos en Hebrón y Gaza al precio de un caballo. Las puertas de Jerusalén se cerraron para los judíos y se prohibió la enseñanza de la ley de Moisés, excepto para los de Galilea, que no habían secundado la revuelta. La provincia de Judea desapareció como tal y su territorio quedó englobado en la nueva provincia Siriopalestina.
En cuanto a Simón bar Kosiba, murió asesinado en Bethar y su cabeza fue entregada al emperador. El mismo hombre que había sido presentado como el mesías y llamado Simón bar Kokhba o "el hijo de una estrella", fue calificado después de la derrota como Simón bar Koziba, es decir, "el hijo de una mentira" o el "hijo de la decepción".

La cueva de las cartas

En 1960, un hallazgo arqueológico excepcional atrajo de nuevo la atención sobre la tercera guerra judeorromana. En una cueva próxima al oasis de En Gedi, junto al mar Muerto, el arqueólogo Yigael Yadin localizó un conjunto de quince cartas dirigidas por el propio Simón bar Kokhba a los dos comandantes del oasis. En las misivas, Bar Kokhba solicitaba que le enviaran alimentos, hacía referencia a la confiscación de tierras e incluso amenazaba a los que dieran cobijo a los judíos que no secundaran su revuelta.
Una de las cartas de Bar Kokhba encontradas en la cueva.
Una de las cartas de Bar Kokhba encontradas en la cueva.
Foto: AGE Fotostock
 
Ésta y otras grutas de la misma zona sirvieron como refugio a grupos de judíos durante la revuelta de Bar Kokhba. Estas personas habían llevado consigo sus pertenencias más preciadas, incluyendo las llaves de sus casas o las escrituras de sus propiedades, con la esperanza de que en poco tiempo podrían regresar a sus hogares. Sin embargo, la mayoría no lo consiguió y pereció en el interior de la cueva a causa del hambre y la sed, después de que los soldados romanos, acampados a tan sólo cien metros de la gruta, hubieran interceptado el acceso a la única fuente de agua cercana a la cueva.
Varios grupos de rebeldes perecieron de hambre y sed en cuevas escondidos de las legiones romanas.
Antes de morir, los asediados ocultaron en los huecos de la caverna todas sus pertenencias, tapándolas con montones de piedras. Años después, alguien regresó y dio sepultura a los muertos. Reunió en cestos las calaveras, amontonó los huesos en un nicho y cubrió con cuidado el cuerpo de uno de los niños, preservando así un emotivo testimonio de lo que fue el último acto de resistencia judía frente al dominio de Roma.

NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
ayabaca@gmail.com
ayabaca@hotmail.com
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martes, 9 de octubre de 2018

IMPERIO ROMANO : BRITANIA .- ROMA .- NATIONAL GEOGRAPHIC .- La rebelión de la reina Boudica contra Roma

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., el vasto Imperio Romano, conquistó grandes extensiones de territorios a lo largo del Mar Mediterráneo, y salieron fuera por el Océano Atlántico y conquistaron las Islas Británicas,  que ellos se denominaban: Britania y establecieron el puerto de Londinium(Londres) como su capital, pero  los romanos no lograron  conquistar la integridad de esos territorios, por que nunca llegaron a Escocia, conocida como: Highlands o tierras altas escocesas.
National Geographic.- en un amplio reportaje narra de la rebelión de una reina llamada Boudica, que era la Reina de los Icenos, una tribu que se sentía humillada por la ocupación romana, la reina sufrió tantas humillaciones que sus propias  hijas fueron violadas y ultrajadas por las legiones romanas.
 
National Geographic.- narra : "En su evocador retrato de Boudica, escrito para los lectores romanos más de cien años después de la muerte de esta reina guerrera británica, Dion Casio describe cómo la soberana se dirigió a una enorme multitud que, según aquel autor, llegaba a las 120.000 personas. De pie sobre una plataforma que había mandado construir, esta britana nacida en una familia de la realeza incitó a sus seguidores a alzarse en armas. Altísima y aterradora, empuñaba una lanza mientras el cabello leonado le caía sobre los labios. Un collar de oro abrazaba su cuello y vestía una túnica de varios colores bajo una gruesa capa sujeta con un broche...."
 
National Geographic .- agrega : "...En el discurso que Dión atribuye a Boudica, la reina expone las causas de la rebelión, señalando principalmente la avaricia de los romanos, que se apoderaban de las tierras y exigían onerosos tributos. El historiador Tácito, más cercano que Dion a los hechos (escribió sólo 60 años más tarde y su suegro fue Agrícola, gobernador de Britania entre 78 y 84 d.C.), ofrece algunos detalles adicionales sobre la revuelta. Menciona que Boudica era la esposa de Prasutago, el líder de los icenos, una tribu britana. Cuando murió, este rey vasallo del Imperio romano legó su fortuna y su territorio a sus hijas y al emperador Nerón conjuntamente, con la idea de que de este modo su reino y su casa quedarían a salvo de la rapacidad romana. Pero se equivocó. Tácito escribe que los administradores del Imperio romano confiscaron todo el territorio y la fortuna de Prasutago, humillaron a Boudica dándole bastonazos y violaron a sus hijas. Empujados a la rebelión, los icenos de Boudica y algunas tribus vecinas como los trinovantes, que también habían sufrido abusos tras la invasión romana, se unieron al levantamiento contra aquel poder foráneo..."
 
National Geographic.- añade : "La descripción de Tácito da la impresión de que los seguidores de Boudica no estaban bien organizados según los estándares romanos. Los britanos utilizaron carros, como habían hecho un siglo antes para enfrentarse a las campañas de invasión que Julio César llevó a cabo en los años 55 y 54 a.C. Sabemos que en la Edad del Hierro la gente de alto rango a veces era enterrada en un carro, y se han encontrado accesorios de carros en excavaciones arqueológicas en el este de Yorkshire, donde este tipo de enterramiento era tradicional. En todo caso, la superioridad numérica de los rebeldes fue eficazmente contrarrestada por la disciplina de los soldados romanos. Aparentemente, murieron 80.000 britanos, mujeres incluidas, mientras que las pérdidas del bando romano sumaron unos 400 muertos y no muchos más heridos; al menos, esto es lo que afirma Tácito. Este historiador escribió que, después de la batalla, Boudica se suicidó tomando un veneno. Tras la victoria, los militares romanos probablemente recogieron las armas destrozadas y enterraron a los enemigos caídos en grandes fosas o quemaron sus cuerpos; en cuanto a sus propios muertos, seguramente los incineraron. El único rastro existente de la batalla podría consistir en grandes fosas llenas de esqueletos desmembrados que quizás aparezcan algún día...."

https://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/rebelion-reina-boudica-contra-roma_13179
En el año 60 d.C., la progresiva conquista de Gran Bretaña por los romanos alumbró una gran rebelión, cuando a la codicia inmoderada de los invasores se le sumó su degradante trato a la reina icena Boudica y a sus hijas, violadas y humilladas. Murieron unos 70.000 romanos y britanos aliados suyos

La reina ante su pueblo
Boudica alienta a los britanos a defender su país frente a los invasores romanos. Grabado de Thomas Stothard, impreso por William Sharp en 1812. Galería Nacional de Retratos, Londres. 
FOTO: Scala, Firenze. COLOR: Santi Pérez

Boudica con sus hijas
Esta estatua de bronce, que representa a la reina de los icenos y a sus hijas montadas en un carro, fue realizada por Thomas Thornycroft en 1902. Londres.
FOTO: A. Hatley / Alamy / ACI
 
Londinium tras la guerra
Esta imagen correspondería a la ciudad de Londinium (Londres) ya recuperada del asalto de Boudica y los suyos, y esta vez rodeada de murallas. La gran plaza porticada que vemos en el centro se corresponde con el foro.
FOTO: Bridgeman / ACI

Escudo Battersea
Fue descubierto en el lecho del Támesis, en 1857. Hecho en cobre y vidrio rojo, era, en realidad, el revestimiento de un escudo de madera. 350-50 a.C. Museo Británico, Londres. 
FOTO: Werner Forman / Gtres


El águila de la legión
Emblema legionario, con la inscripción "El Senado y el pueblo de Roma", abreviada mediante sus iniciales en latín: SPQR.
FOTO: Photoaisa

La ciudad resurgida
En la imagen, el teatro de Verulamium (St. Albans) en el siglo II. d.C., cuando la rebelión de Boudica, que devastó la ciudad, sólo era un recuerdo. 
FOTO: Bridgeman / ACI

Carros de guerra celtas
Un guerrero celta combate desde un carro guiado por su auriga. Denario romano acuñado hacia 48 a.C. por Lucio Hostilio Saserna. Museo Ashmolean, Oxford.
FOTO: Bridgeman / ACI

La cabeza de Claudio
Cuando los rebeldes tomaron Camulodunum decapitaron una majestuosa estatua del emperador Claudio. Ésta es su cabeza, hallada en 1907. Museo Británico, Londres. 
FOTO: British Museum / Scala, Firenze

Yelmo celta de bronce
Se conserva el protector de la nuca (el saliente repujado), pero se han perdido las carrilleras, que protegían las mejillas. 
FOTO: AKG / Album

Un signo de nobleza y valor
Los torques formaban parte del ajuar del guerrero celta. En la imagen, el Gran Torque de Snettisham, hecho con casi un kilo de oro mezclado con plata. 150-50 a.C. Museo Británico, Londres. 
FOTO: Erich Lessing / Album
Richard Hingley
2 de octubre de 2018

La rebelión de la reina Boudica contra Roma
En su evocador retrato de Boudica, escrito para los lectores romanos más de cien años después de la muerte de esta reina guerrera británica, Dion Casio describe cómo la soberana se dirigió a una enorme multitud que, según aquel autor, llegaba a las 120.000 personas. De pie sobre una plataforma que había mandado construir, esta britana nacida en una familia de la realeza incitó a sus seguidores a alzarse en armas. Altísima y aterradora, empuñaba una lanza mientras el cabello leonado le caía sobre los labios. Un collar de oro abrazaba su cuello y vestía una túnica de varios colores bajo una gruesa capa sujeta con un broche.
Ésta es la única descripción detallada de un britano en tiempos de Roma que ha sobrevivido al paso del tiempo. No obstante, debemos tomarla con prudencia: no sabemos de dónde proviene la información que maneja Dión Casio, y la descripción podría ser inventada. Este historiador califica el comportamiento y el aspecto de Boudica –su posición de líder, su vociferante invitación a la batalla y su estatura– como fuera de lugar en una mujer, según la mentalidad romana. Si la lanza que sostiene pone de relieve su aspecto marcial, su pelo suelto y sus ropas multicolor serían percibidas por los lectores de Dión como elementos característicos de una cultura bárbara. El collar o torque, un ornamento impresionante, era un símbolo de rango elevado en la sociedad británica de la Edad del Hierro. El texto de Dión Casio –una excelente muestra de propaganda romana– caló en las mentes de los lectores posteriores y sirvió de inspiración a artistas y poetas a lo largo de los siglos.

La semilla del levantamiento

En el discurso que Dión atribuye a Boudica, la reina expone las causas de la rebelión, señalando principalmente la avaricia de los romanos, que se apoderaban de las tierras y exigían onerosos tributos. El historiador Tácito, más cercano que Dion a los hechos (escribió sólo 60 años más tarde y su suegro fue Agrícola, gobernador de Britania entre 78 y 84 d.C.), ofrece algunos detalles adicionales sobre la revuelta. Menciona que Boudica era la esposa de Prasutago, el líder de los icenos, una tribu britana. Cuando murió, este rey vasallo del Imperio romano legó su fortuna y su territorio a sus hijas y al emperador Nerón conjuntamente, con la idea de que de este modo su reino y su casa quedarían a salvo de la rapacidad romana. Pero se equivocó. Tácito escribe que los administradores del Imperio romano confiscaron todo el territorio y la fortuna de Prasutago, humillaron a Boudica dándole bastonazos y violaron a sus hijas. Empujados a la rebelión, los icenos de Boudica y algunas tribus vecinas como los trinovantes, que también habían sufrido abusos tras la invasión romana, se unieron al levantamiento contra aquel poder foráneo.
Para entonces, hacía unos 17 años que el ejército romano llevaba a cabo exitosas campañas militares en Britania, tras el desembarco de una poderosa fuerza militar en Kent, en 43 d.C., que obtuvo una importante victoria que se saldó con la rendición de once reyes britanos en Camulodunum, la actual Colchester. El emperador Claudio, el predecesor de Nerón, había viajado desde Roma para ser testigo de la victoria, acompañado de un importante número de miembros del Senado y de un séquito que incluía elefantes de guerra.
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Britania estaba poblada por una gran cantidad de pueblos independientes que no ofrecieron una resistencia conjunta al invasor, de manera que hasta el año 60 d.C. las legiones romanas fueron conquistando gran parte del sur y el este de la isla. Es posible que el iceno Prasutago fuese designado rey vasallo de los romanos tras la invasión de 43 d.C.; esto significa que tanto él como su familia se habrían considerado a sí mismos aliados de Roma. En 60 d.C., la provincia romana de Britania estaba gobernada por Suetonio Paulino, un miembro veterano de la élite romana. Tácito describe dramáticamente cómo atacó la fortaleza druida de la isla sagrada de Mona (la actual Anglesey): mientras los soldados intentaban atravesar el agua, en la orilla opuesta furiosas mujeres vestidas de negro corrían con antorchas y los druidas lanzaban imprecaciones terribles con las manos alzadas al cielo. Entonces el gobernador se vio forzado a retirar sus tropas debido a la revuelta de Boudica, en el sureste de Britania.

La gran rebelión

Los britanos empezaron su ofensiva con un ataque a Camulodunum. Este asentamiento era el principal símbolo de la ocupación romana de Britania, ya que fue allí donde Claudio aceptó la rendición de los reyes britanos en el año 43 d.C. Colchester había sido la principal base militar romana hasta 50 d.C., cuando la fortaleza inicial fue sustituida por una colonia romana, una localidad con casas, edificios públicos e instalaciones industriales frecuentada por comerciantes. En ella se levantaba un enorme e impresionante templo de piedra, construido según el estilo romano clásico, que conmemoraba la conquista de Camulodunum y estaba dedicado al culto del emperador Claudio. Los seguidores de Boudica incendiaron este edificio, que quedó destruido por completo; no quedó en pie ni una sola piedra. También decapitaron una estatua de bronce del emperador Claudio que probablemente se erguía en un espacio público, como el foro de la colonia; su cabeza se descubrió en el río Alde, en Suffolk, en 1907, a sesenta kilómetros de Colchester, y actualmente está expuesta en el Museo Británico.
Tras derrotar a los efectivos de la legión IX Hispana, que habían sido enviados a proteger la colonia, los britanos marcharon hacia el oeste, en dirección a Londinium, la actual Londres, que, con unos nueve mil habitantes, era el segundo núcleo urbano más importante de la provincia. Paulino y sus soldados también se dirigieron hacia allí, pero, dado lo escaso de sus tropas y el reciente fracaso de la IX legión, decidió no exponerse y anunció que quienes quisieran abandonar Londres se podían unir a su columna. Tácito explica que "a los que quedaron retenidos por la debilidad de su sexo, lo avanzado de su edad o lo agradable del lugar, los exterminó el enemigo".
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Tácito también describe cómo Verulamium –un asentamiento romano cerca de la actual St. Albans, en Hertfordshire– sufrió el mismo destino. Si Camulodunum era una colonia de ciudadanos romanos, y Londinium era el puerto principal de la provincia, con una población que incluía muchos comerciantes extranjeros, Verulamium era una ciudad "nativa", con una fuerte presencia de britanos aliados de los romanos.
En Londres, Colchester y Verulamium los arqueólogos han descubierto gruesas capas de materiales quemados que datan del año 60 d.C., y que atestiguan la violenta reacción de los britanos contra la dominación romana. Según Tácito, en Colchester, Londres y Verulamium fueron asesinadas setenta mil personas, entre romanos y aliados. Los rebeldes "se apresuraban no a tomar cautivos y a venderlos, ni a ningún otro comercio de guerra, sino a la matanza, a levantar patíbulos, hogueras y cruces", con la idea de tomarse la venganza por anticipado, ya que inexorablemente llegaría el castigo.

El fin de la rebelión

Suetonio Paulino disponía de una fuerza de cerca de diez mil hombres compuesta por soldados de las legiones XIV y XX, y auxiliares de la provincia. Decidió desplegarla en un valle, con las espaldas protegidas por un bosque. Los romanos se hallaban en clara inferioridad numérica con respecto a los britanos, quienes estaban tan seguros de que conseguirían la victoria que habían colocado a sus familias en carros, en una zona desde la cual podían ver el campo de batalla. Además, es posible que las fuerzas de Boudica incluyesen mujeres; de hecho, cuando el gobernador romano se dirigió a sus hombres antes del combate señaló que entre el enemigo "se veían más mujeres que jóvenes".
Tácito escribe que, antes del choque, Boudica recorrió el campo de batalla montada en un carro junto con sus hijas, arengando a sus seguidores: "Iba pasando frente a los de cada pueblo, proclamando que ya era costumbre de los britanos luchar bajo el mando de mujeres, pero que en aquella ocasión no trataba de vengar su reino y su fortuna, aunque era hija de tan grandes padres, sino –como una más del pueblo– su libertad perdida, su cuerpo acabado por los golpes, el pudor de sus hijas pisoteado". En definitiva, la reina se presentaba como una víctima más de los romanos y animaba a sus guerreros recordándoles que ya habían derrotado a la legión que había acudido en auxilio de Colchester y que eran muchos más que sus enemigos. Pero no había opción: "En aquel combate había que vencer o morir. Tal era su decisión de mujer: allá los hombres si querían vivir y ser esclavos".
El lugar exacto de la batalla entre el ejército de Suetonio Paulino y los seguidores de Boudica ha sido objeto de especulación y nunca se ha encontrado rastro de ese choque. Es probable que tuviese lugar en algún punto de las Midlands, la vasta llanura ondulada que se extiende entre los montes Peninos y la cuenca del Támesis. El enfrentamiento se debió de producir después de que los britanos saqueasen Verulamium, mientras se dirigían hacia otro asentamiento romano.
La descripción de Tácito da la impresión de que los seguidores de Boudica no estaban bien organizados según los estándares romanos. Los britanos utilizaron carros, como habían hecho un siglo antes para enfrentarse a las campañas de invasión que Julio César llevó a cabo en los años 55 y 54 a.C. Sabemos que en la Edad del Hierro la gente de alto rango a veces era enterrada en un carro, y se han encontrado accesorios de carros en excavaciones arqueológicas en el este de Yorkshire, donde este tipo de enterramiento era tradicional. En todo caso, la superioridad numérica de los rebeldes fue eficazmente contrarrestada por la disciplina de los soldados romanos. Aparentemente, murieron 80.000 britanos, mujeres incluidas, mientras que las pérdidas del bando romano sumaron unos 400 muertos y no muchos más heridos; al menos, esto es lo que afirma Tácito. Este historiador escribió que, después de la batalla, Boudica se suicidó tomando un veneno. Tras la victoria, los militares romanos probablemente recogieron las armas destrozadas y enterraron a los enemigos caídos en grandes fosas o quemaron sus cuerpos; en cuanto a sus propios muertos, seguramente los incineraron. El único rastro existente de la batalla podría consistir en grandes fosas llenas de esqueletos desmembrados que quizás aparezcan algún día.
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La versión de Dión Casio sobre el choque final es muy diferente. Escribió que Boudica cayó enferma, falleció y sus restos fueron objeto de un elaborado ritual funerario. Existen muy pocas pruebas sobre los ritos funerarios de los icenos, la tribu de Boudica; en general, durante la Edad del Hierro en Gran Bretaña, muchos difuntos no eran incinerados ni enterrados, sino colocados en lugares especiales para que los elementos desecasen sus cuerpos. En todo caso, entre los siglos XVI y XIX, generaciones de eruditos buscaron la sepultura de la reina guerrera, de la que se dijo que se encontraba en Stonehenge o en la estación londinense de King’s Cross (entre otras localizaciones).
Las represalias fueron severas. Tácito describe cómo "los pueblos que se habían mostrado ambiguos o adversos fueron diezmados por el fuego y el hierro". Aunque ha sido difícil encontrar pruebas arqueológicas de las acciones romanas tras la derrota de Boudica, excavaciones recientes en Londres han localizado un fuerte en Plantation Place. Se construyó para servir como base de las nuevas tropas que llegaron de Alemania y que asistieron a Suetonio Paulino en su campaña para restaurar el orden en la provincia. Según se desprende de las tablillas encontradas durante la excavación del solar del edificio Bloomberg, en Londres, durante la década siguiente pasaron por este puerto unidades militares romanas. Y una carta que data del otoño de 62 d.C., en la que se hace referencia a una partida de bienes que debían ser transportados desde Verulamium hasta Londres, indica que el mercado de Londres se había recuperado rápidamente tras la destrucción de la colonia por los rebeldes.
Después de aquel gravísimo conflicto es probable que el emperador Nerón considerase la retirada de Gran Bretaña; pero, si lo hizo, cambió de idea. No obstante, el impacto de la rebelión en Gran Bretaña retrasó la expansión romana por la isla al menos en una década.

Después de la batalla

Tácito presenta las dos versiones de la historia –la de los britanos y la de los romanos– al describir las provocaciones de las que los britanos eran víctimas por parte de los ocupantes. Aunque él mismo formaba parte de la élite romana, no era partidario del gobierno dictatorial, y utilizó la rebelión para cuestionar la manera en que se gestionaba la provincia. Y tanto él como Dión Casio describen las atrocidades de los britanos, particularmente el trato inhumano que dispensaban a mujeres y niños cautivos.
No hay indicios de que el alzamiento se extendiese entre los pueblos que habitaban al sur del Támesis. Algunas tribus britanas siguieron cooperando con los romanos incluso durante la revuelta, como se cree que hizo Togidubno (también conocido como Cogidubno), que reinaba al sur de la provincia. Es probable que Nerón lo premiara aumentando su influencia tras la derrota de los britanos y obsequiándolo con el palacio de Fishbourne, en el oeste de Sussex. De hecho, es posible que los romanos hubiesen perdido la provincia de Britania sin la lealtad de Togidubno. Tras restaurar su autoridad, los romanos reanudaron su avance, y en el año 84 d.C. el gobernador Cneo Julio Agrícola (el suegro de Tácito) ya había conquistado gran parte del norte de la isla. Los romanos fracasaron en su intento de conquistar las Highlands o tierras altas escocesas, y a finales del siglo I d.C. la provincia de Britania incluía el territorio situado al sur del futuro muro de Adriano, que se levantó entre los años 122 y 130 d.C.
La historia de Boudica podría haber caído en el olvido, pero tras el redescubrimiento de los escritos de Tácito durante el Renacimiento, a la reina icena se la comparó con Isabel I de Inglaterra; y, ya en el siglo XIX, la Inglaterra de la reina Victoria la reinventó, con el nombre de Boadicea, como una valiente defensora de la soberanía británica. Durante el siglo XX, Boudica se convirtió en un icono del sufragismo y también en símbolo de la resistencia contra el poder imperial. Y en fechas recientes se ha llamado a la primera ministra británica Theresa May "la Boudica del Brexit", lo que habla del poder de seducción de Boudica casi dos mil años después de la muerte de la reina de los icenos.
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Para saber más

Furor barbari. Celtas y germanos frente a Roma. Francisco Gracia Alonso. Sello, Madrid, 2011.
Boudica: la reina guerrera. Graham Webster. Planeta, Barcelona, 2007.
NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
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