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jueves, 20 de julio de 2017

NATIONAL GEOGRAPHIC : 10 curiosidades sobre la foto "La niña afgana" de Steve McCurry

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, gracias a la fotografía de Steve McCurry, publicó una mítica fotografía en junio del 1985, de una muchacha afgana; que fue captada en un campo de refugiados en Nasir Bagh, en Pakistán; que tuvo mucha relevancia después de los ataques al Centro Mundial de Comercio de New York (World Trade Center) el 11 de septiembre del 2,001, como represalias se atacó a Afganistán y se volvió a publicar en las portadas de la prensa norteamericana.
Nadie conocía su nombre, solo era: «La muchacha afgana» aun ni la misma Revista National Geographic, por lo que el mismo fotógrafo Steve McCurry, organizó una expedición para identificar a la joven,  quien después de 17 años, la encontró como una dama casada y con hijos y su nombre es : Sharbat Gula,  quien en la edición de junio de 1985 de National Geographic abriese con una imagen tan impactante entonces como icónica ahora: la foto de la niña afgana.
http://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/la-muchacha-afgana-una-vida-desvelada-2_1037/7
http://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/las-mejores-fotografias-de-steve-mccurry-2_8625/1
http://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/las-mejores-fotografias-de-steve-mccurry-2_8625/5
http://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/la-muchacha-afgana-una-vida-desvelada-2_1037/7

«La muchacha afgana»
Conocida como «la muchacha afgana», una refugiada de inquietante mirada se convirtió en un icono de la fotografía. Cuando en 1984 Steve McCurry la retrató en un campo de refugiados de Pakistán, nunca antes le habían hecho una foto.
© ‎Steve McCurry


La alternativa
Ésta pudo haber sido la portada original. Al menos, era la seleccionada inicialmente por el editor gráfico, pero un volantazo de última hora del director de la revista provocó que la imagen que pasara a la historia fuese la que todos conocemos. La niña fue retratada Por McCurry cuando tenía 12 años, en junio de 1984 en el campo de refugiados de Nasir Bagh, durante la guerra de Afganistán.
Foto: Steve McCurry

Detención en Pakistán en 2016
El 19 de octubre de 2016  Sharbat Gula, la niña afgana famosa por protagonizar una de las portadas más conocidas de National Geographic en 1985, fue detenida en Pakistán por posesión ilegal de un documento de identidad de ese país, donde vive en un campo de refugiados.
Foto: Steve McCurry

El OK del FBI
La identidad de la niña afgana fue confirmada al 100% por inspectores forenses del FBI mediante una tecnología puntera de reconocimiento facial y la comparación de los iris de ambas fotografías.
Mark Thiessen

Zona en guerra
La niña, de tan solo doce años, fue retratada por McCurry en junio de 1984 en el campo de refugiados de Nasir Bagh, durante la guerra de Afganistán.
Steve McCurry

Una imagen que ha dado la vuelta al mundo
La foto se ha convertido en un todo símbolo de la crítica situación de los refugiados y víctimas de los conflictos armados. Este graffitti fue pintado en la localidad vizcaína de Gernika.
CCO Zarateman

McCurry reveló el último rollo de Kodachrome 64, la mítica película surgida en la década de 1930
Mc Curry fue el fotógrafo que reveló el último carrete de esta mítica película. Para realizar la fotografía de la niña afgana, además de película Kodachrome 64, McCurry empleó una cámara Nikon FM2 y unas lentes Nikkor 105mm Ai-S F2.5
Foto: Gtres

Sharbat Gula, dos décadas después
National Geographic creó un fondo de ayuda para jóvenes afganas llamado Afghan Girls Fund. El reencuentro fue, de nuevo, portada de la revista y dio pie a un documental para televisión y un DVD. Además, se creó una fundación no lucrativa de apoyo a las mujeres afganas que en 2008 amplió la ayuda a sus hijos.
Foto: Steve McCurry

El reencuentro
17 años después, National Geographic financió una nueva expedición con el objetivo del reencuentro de McCurry con la niña. Gracias a ese reencuentro, el fotógrafo supo el nombre de la niña y la edad que tenía. La joven refugiada pudo ver por primera vez su retrato. National Geographic publicó un artículo con todos los detalles de la expedición.
Foto: Steve McCurry

Una mirada cargada de misterio
El fotógrafo recuerda su recelo: aquel hombre era un desconocido, y nunca la habían fotografiado. El campo de refugiados en Pakistán era un laberinto caótico de tiendas de campaña. En el interior de una de ellas, la de la escuela, aquella niña fue lo primero que llamó su atención. Al percibir su timidez, la abordó en último lugar. Ella accedió a posar.
Foto: Steve McCurry

El antes y el después de Sharbat Gula
En 2002 tenía 30 años de edad y tres hijos. Poco después de la primera fotografía se había casado con su actual marido y había regresado a una aldea de Afganistán (la primera fotografía fue realizada en un campo de refugiados de Pakistán). En el centro de la imagen vemos la portada que protagonizó en la versión española en abril de 2002: "Es ella. La historia de la muchacha afgana 17 años después".

Te contamos algunos datos curiosos de una portada mítica que estuvo a punto de no suceder :

Es una de las fotos más populares de la historia... y estuvo a punto de no ser. Como casi todas las grandes historias, la casualidad, el cambio de opinión a última hora, el azar o una combinación de todos ellos provocó que la edición de junio de 1985 de National Geographic abriese con una imagen tan impactante entonces como icónica ahora: la foto de la niña afgana.

Su autor, Steve McCurry, cuenta en su libro Untold: The Stories Behind The Photographs que la publicación de la foto en portada fue una decisión de última hora del director de la revista, en contra del consejo de su editor gráfico, que había elegido un retrato de la misma niña en el que se tapaba la cara. Otra imagen merecedora de ser portada, ciertamente. McCurry recuerda la mirada cargada de misterio y el recelo de la joven: aquel hombre era un desconocido, y nunca la habían fotografiado. El campo de refugiados en Pakistán era un laberinto caótico de tiendas de campaña. En el interior de una de ellas, la de la escuela, aquella niña fue lo primero que llamó su atención. Al percibir su timidez, la abordó en último lugar. Ella accedió a posar.
Para realizar la fotografía de la niña afgana empleó una cámara Nikon FM2 y unas lentes Nikkor 105mm Ai-S F2.5
La intrahistoria le añade un poco más de mística a la narración, ya que McCurry fue el fotógrafo que reveló el último carrete de la Kodachrome 64, la mítica película surgida en la década de 1930. Para realizar la fotografía de la niña afgana, además, el estadounidense empleó una cámara Nikon FM2 y unas lentes Nikkor 105mm Ai-S F2.5
Hoy sabemos el nombre de la protagonista: Sharbat Gula. Y algunas curiosidades más de aquella imagen que ha dado la vuelta al mundo.
 
La muchacha afgana, una vida desvelada :
Steve McCurry fotografió a "la muchacha afgana" en un campo de refugiados de Pakistán. Tras una intensa búsqueda, el fotógrafo y un equipo de National Geographic la encontraron, desvelando así la identidad de la protagonista de una de las imágenes más célebres de la historia .
 
Entonces y ahora
Entonces y ahora
De niña fue fotografiada por Steve McCurry en un campo de Pakistán para ilustrar el reportaje sobre los refugiados afganos que la Geographic publicó en junio de 1985.
Steve McCurry

En 2012 era madre de tres hijas
En 2012 era madre de tres hijas
Entre ellas Alia, de un año de edad.
Steve McCurry

niña afgana madre de tres hijos. La familia de Sharbat Gula
La familia de Sharbat Gula
De izquierda a derecha, Zahida –la hija de tres años–, el matrimonio formado por Rahmat Gul y Sharbat Gula, la pequeña Alia y Kashar Khan, hermano de Sharbat.
Steve McCurry

buscando a la niña afgana. En busca de la muchacha afgana
En busca de la muchacha afgana
Para ayudar en la búsqueda, los residentes más antiguos del campo de Nasir Bagh (derecha) hicieron circular la fotografía de McCurry.
Steve McCurry

Thomas Musheno. La verdad está en los ojos
La verdad está en los ojos
Para verificar que Sharbat Gula era la niña afgana fotografiada por McCurry, Thomas Musheno, inspector forense del FBI, efectuó una comparación facial entre las fotos de finales de 1984 y las tomadas recientemente. «Estoy seguro al cien por cien de que es la misma persona», dijo.
Mark Thiessen

John Daugman, inventor del reconocimiento automático por el iris . John Daugman
John Daugman
John Daugman, inventor del reconocimiento automático por el iris y profesor de informática en la universidad inglesa de Cambridge, determinó matemáticamente que los ojos pertenecen a una misma persona. Los dibujos del iris, como las huellas dactilares, son únicos y pueden ser utilizados en procesos de identificación.
Alexandra Boulat

posible portada de afgan girl. Fondo para jóvenes afganas de National Geographic Society
Fondo para jóvenes afganas de National Geographic Society
En Afganistán hay muchas mujeres que quieren dar a sus hijas lo mismo que Sharbat Gula: educación. National Geographic Society ha decidido crear un fondo de ayuda, el Fondo para Jóvenes Afganas. La Sociedad trabajará en colaboración con las más acreditadas organizaciones sin ánimo de lucro para desarrollar oportunidades educativas destinadas a las niñas y las jóvenes afganas. Le invitamos a participar enviando un cheque a Afghan Girls Fund, Development Office, National Geographic Society, 1145 17th Street NW, Washington, DC 20036
Steve McCurry

Steve McCurry fotografió a "la muchacha afgana" en un campo de refugiados de Pakistán. Tras una intensa búsqueda, el fotógrafo y un equipo de National Geographic la encontraron, desvelando así la identidad de la protagonista de una de las imágenes más célebres de la historia,

Ella recuerda el momento. El fotógrafo la enfocó y disparó. Recuerda su enfado. Aquel hombre era un desconocido. Nunca la habían fotografiado, y hasta que volvieron a encontrarse diecisiete años más tarde, nadie había vuelto a hacerlo.También el fotógrafo recuerda el momento. Había una luz suave. El campo de refugiados en Pakistán era un océano de tiendas. En el interior de una de ellas, la de la escuela, aquella niña fue lo primero que llamó su atención. Al percibir su timidez, la abordó en último lugar. Ella accedió a posar. «No pensé que su fotografía sería diferente de cualquier otra que había hecho ese día», recuerda de aquella mañana de 1984 que pasó documentando la odisea de los refugiados de Afganistán.
 
El retrato de Steve McCurry resultó ser una de esas imágenes que llegan al alma, y en junio de 1985 apareció en la portada de esta revista. Sus ojos son verde mar y en su mirada, inquieta e inquietante, se puede leer la tragedia de un país asolado por la guerra. En National Geographic fue bautizada como «la muchacha afgana», y durante diecisiete años nadie supo su nombre.
En enero, un equipo del programa EXPLORER de National Geographic Television&Film acompañó a McCurry hasta Pakistán en busca de la chica de los ojos verdes. Mostraron su fotografía por todo Nasir Bagh, el campo de refugiados aún existente en las inmediaciones de Peshawar donde se había tomado la foto. Una maestra de la escuela dijo conocer su nombre: Alam Bibi. La joven fue localizada en una aldea cercana, pero McCurry determinó que no era ella.Así lo confirmó un hombre que sí conocía a la niña de la foto. En su infancia habían estado juntos en el campo. Dijo que había regresado a Afganistán hacía varios años y que ahora vivía en las montañas cercanas a Tora Bora. Se ofreció a ir a por ella. Tardaron tres días en llegar. El pueblo está a seis horas en coche más otras tres de caminata por una frontera que devora vidas humanas. Cuando McCurry la vio aparecer, se dijo: «Es ella».
 
Se llama Sharbat Gula, y es una pashto, la más belicosa de las tribus afganas. De los pashto se dice que sólo están en paz cuando hacen la guerra, y en los ojos de Sharbat –en los de entonces y en los de ahora– arde la fiereza. Tiene 28 años, quizá 29, o 30. Nadie, ni siquiera ella, lo sabe con certeza. Los datos fluctúan como la arena en un lugar donde no existen los registros. El tiempo y la adversidad han borrado la juventud de su rostro. Su piel parece de pergamino, las líneas geométricas de su mandíbula se han atenuado, pero sus ojos todavía fulguran. «Ha tenido una vida terrible –dijo McCurry–. Muchos aquí comparten su experiencia.» Revisemos las cifras: 23 años de guerra, 1,5 millones de muertos, 3,5 millones de refugiados. Ésta es la historia de Afganistán en el último cuarto de siglo. Examinemos ahora la fotografía de la joven con ojos verde mar, unos ojos que nos desafían y, sobre todo, nos perturban. No podemos apartar la mirada de ellos.
 
«No hay una sola familia que no conozca el amargo sabor de la guerra», declaraba un joven comerciante afgano en el reportaje publicado por la Geographic en 1985 con la foto de Sharbat en portada. Era una niña cuando su país cayó en las garras de la invasión soviética. Una oleada de destrucción arrasó múltiples aldeas como la suya. Con seis o siete años vio morir a sus padres bajo las bombas. De día el cielo escupía terror. Por la noche enterraban a los muertos. Y a todas horas la atravesaba el espanto que le producía el ruido de los aviones. «Nos fuimos de Afganistán por los ataques –nos contó Kashar Khan, el hermano mayor, ahondando en la narración de su vida. Es un hombre enjuto, con cara de ave rapaz y ojos penetrantes–. Había rusos por todas partes. Mataban a la gente. No nos dejaron otra opción.» Guiados por su abuela, Kashar y sus cuatro hermanas huyeron a pie hasta Pakistán. Durante una semana caminaron a través de las montañas nevadas, mendigando mantas para calentarse. «Nunca sabías cuándo vendrían los aviones –rememoró–. Nos escondíamos en las cuevas.» El viaje, que empezó con la pérdida de sus padres y un recorrido a pie a través de las montañas, terminó en una tienda de un campo de refugiados, conviviendo con extraños.

Opresión en un campo de refugiados

«A las personas habituadas al medio rural, como Sharbat, les es difícil vivir en el entorno opresivo de un campo de refugiados –explicó Rahimullah Yusufzai, periodista paquistaní que hizo de intérprete para McCurry y el equipo de televisión–. Aquí no hay intimidad. Vives a merced de otras personas.» Peor aún, vives a merced de la política de otros países. «La invasión rusa destrozó nuestras vidas», concluyó el hermano. Ésta es la tragedia actual de Afganistán. Invasión. Resistencia. Invasión. ¿Se cerrará el ciclo algún día? «Cada cambio de gobierno reaviva la esperanza –dijo Yusufzai–. Y cada vez, el pueblo afgano se ha visto traicionado por sus líderes o por unos intrusos que proclamaban ser sus amigos y salvadores.» A mediados de los años noventa, durante un cese de las hostilidades, Sharbat Gula regresó a su aldea natal en la falda de unas montañas tapizadas de nieve. Vivir en este poblado de color tierra, al final de un angosto sendero, significa subsistir, nada más. Hay bancales con cultivos de maíz, trigo y arroz, algunos nogales y un riachuelo que se precipita monte abajo, excepto en épocas de sequía, pero no hay escuela, consultorio médico, carreteras o agua corriente.
Según su propio hermano, nunca ha conocido la felicidad, quizá con la excepción del día de su boda
Así transcurre a grandes rasgos un día en la vida de Sharbat. Se levanta antes del alba y reza sus oraciones. Va a buscar agua al arroyo. Cocina, limpia, hace la colada. Cuida de sus hijas, que son el centro de su existencia. Robina tiene trece años; Zahida, tres; Alia, la pequeña, uno. Una cuarta hija murió en la primera infancia. Según su hermano, nunca ha conocido un instante de felicidad, salvo quizás el día de su boda. Su marido, Rahmat Gul, es un hombre de constitución menuda, con una sonrisa luminosa como un faro al anochecer. Sharbat recuerda haberse casado a los trece años. No, la corrige él, había cumplido los dieciséis. Fue un matrimonio concertado. Rahmat vive en Peshawar (en Afganistán escasea el empleo) y trabaja en una panadería.
 
Corre con los gastos médicos de la familia; el dólar diario que gana se esfuma como el humo. El asma de su mujer, que no tolera el calor y la polución de Peshawar en verano, limita su estancia en la ciudad junto a su esposo a los meses de invierno. El resto del año vive en las montañas. Yusufzai comentó que a los trece años debió de abrazar el purdah, la vida de reclusión adoptada por muchas mujeres islámicas al llegar a la pubertad. «Dejan de mostrarse en público», dijo. En la calle viste un burka de color morado que la aísla del mundo y de las miradas de cualquier hombre que no sea su marido. «Es una prenda hermosa, no una maldición», puntualizó. Al ser entrevistada, se refugió tras el chal negro que envolvía su rostro, como si al hacerlo intentara evaporarse. Sus ojos despedían ira. No tenía costumbre de someterse a las preguntas de unos extraños.
 
¿Se había sentido segura alguna vez? «No. Pero se vivía mejor con los talibanes. Al menos había paz y orden.»
 
¿Llegó a ver su fotografía de niña? «No.»
 
Sharbat Gula puede escribir su nombre, pero no sabe leer. Abriga la esperanza de dar a sus hijas una educación. «Quiero que mis pequeñas tengan cultura –dijo–. Me hubiera gustado terminar los estudios, pero no pudo ser. Lo sentí mucho cuando tuve que emigrar.» Dice un proverbio afgano que la educación es la luz que ilumina los ojos. A ella le han negado esa luz, y posiblemente también sea demasiado tarde para su hija de trece años, pero las otras dos aún tienen una oportunidad. La reunión de la mujer de los ojos verdes con el fotógrafo estuvo presidida por la reserva. En el universo de las mujeres casadas, la tradición cultural es estricta. No debía mirar, y menos aún sonreír, a ningún hombre que no fuera su esposo. Según McCurry, su rostro se mantuvo inexpresivo. Sharbat no comprende por qué su retrato ha conmovido al mundo de tal modo. Ignora el poder de esos ojos.
¡Pensar que había tan pocas probabilidades! Pocas probabilidades de que estuviera viva. De que lograsen encontrarla. De que hubiera resistido a la adversidad. Sin duda, el espíritu puede llegar a atrofiarse frente a tantas vicisitudes. Le preguntaron cómo había sobrevivido. La respuesta brotó impregnada de una certeza inquebrantable. «Ha sido la voluntad de Dios», dijo Sharbat Gula. Vi sus ojos por el objetivo de la cámara. Siguen siendo los mismos. Tiene la tez curtida, surcada de arrugas, pero esta mujer es tan asombrosa como la niña que fotografié hace 17 años. Entonces y ahora, nos comunicamos a través de la lente. Esta vez le resultó más fácil mirar al objetivo que a mí. Como mujer casada, no debe posar los ojos en un hombre que no sea su marido. Nuestra conversación fue breve, y en ella no afloró emoción alguna. Le expliqué el enorme impacto que ha tenido su fotografía. He recibido cartas de personas de todo el mundo que, inspiradas por aquella imagen, han trabajado como voluntarias en campos de refugiados o realizado tareas humanitarias en Afganistán.
 
Cuando vio la foto por primera vez, se avergonzó de los agujeros del chal rojo. Dijo que se lo había quemado en unos fogones. Le satisface haber sido fuente de inspiración, pero no creo que la fotografía signifique nada para ella. Lo único que le importa son su marido y sus hijas. Recuerdo el estruendo y la confusión en este campo de refugiados hace 17 años. Sabía que las muchachas afganas, a quienes les faltaban sólo unos años para desaparecer tras el velo tradicional, podían ser reacias a dejarse retratar por un occidental del sexo masculino. Así pues, pedí permiso a la maestra para entrar en la escuela y hacer un reportaje de sus alumnas. Sharbat, la más tímida de todas, dijo que podía fotografiarla, y le disparé varias tomas. Cuando vi la película, me sorprendió el clima de silencio y sosiego que reflejaba. En aquella época los soviéticos llevaban cinco años en suelo afgano, era pues un momento concreto en el tiempo. Sin embargo, la fotografía reflejaba un momento intemporal. Se extendió la idea de que la imagen era emblemática de lo que estaba ocurriendo en Afganistán. Pero mucha gente ignora el contexto histórico de la fotografía, y aun así reacciona ante esa mirada.

Me reconforta saber que aquella muchacha ha sobrevivido y ha logrado forjarse una vida. Espero que el hecho de haberla encontrado sea beneficioso para ella y su familia. Me gustaría que dentro de diez años mire atrás y se alegre de esta circunstancia. Por mi parte, tengo intención de seguir sus pasos el resto de mi vida. El gobierno local va a desmantelar el campo de refugiados para construir una urbanización. Habría resultado imposible localizarla dentro de un año, pues para dar con ella sólo disponíamos de unos contactos en el campo. Afganistán ha pasado las dos últimas décadas en el peor oscurantismo. La reaparición de esta mujer tal vez sea profética, un signo esperanzador. Habrá que esperar para saberlo.
National Geographic
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

MEDIO AMBIENTE : CIENCIA .- BBC Mundo Noticias .- Qué es la era de la “aniquilación biológica” y por qué el culpable de la sexta extinción masiva en la Tierra no será un meteorito

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., los científicos anuncian que se viene,  o tal vez ya estamos en la llamada: Sexta Extinción Masiva de las especies que pueblan la Tierra, la última fue hace 65 millones de años, este catastrófico evento, nos hace  pensar que el único agente de esta extinción es :  El Hombre, si somos los habitantes que se supone  seres inteligentes; sin embargo, con nuestro consumo masivo estamos depredando todo cuanto se nos cruce en el camino.
La aniquilación biológica, no cesa, cada día desaparece una especie de la flora y la fauna.
Un científico Gerardo Ceballos, quien es profesor de la Universidad Autónoma de México, nos ha dado la voz de alarma que ha sido recogida por la Agencia BBC de Londres y la Revista Científica National  Geographic, que nosotros recogimos y la publicamos en este Blog, que justamente nació, para unirse en la lucha contra el calentamiento global y el cambio climático. 

http://www.bbc.com/mundo/noticias-40603476
http://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/grandes-reportajes/construir-el-arca-2_7710/1
http://cnnespanol.cnn.com/2017/07/11/sexta-extincion-masiva-la-era-de-la-aniquilacion-biologica/
http://www.nationalgeographic.com.es/naturaleza/actualidad/tierra-esta-las-puertas-sexta-extincion-masiva-vertebrados_11723       
Manifestantes protestan contra la caza de lobos en Francia.Derechos de autor de la imagen Getty Images
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                                    La sexta extinción masiva tendrá un sólo responsable: el ser humano.

Es probable que la vida en la Tierra tal como la conocemos no terminará por el impacto de un meteorito gigante como el que borró a los dinosaurios de la faz de nuestro planeta hace 65 millones de años.
La sexta extinción masiva, la cual tendrá la capacidad de eliminar entre el 70 y 90% de los animales y plantas del planeta, tendrá un sólo responsable: el ser humano.
Eso es lo que cree el reconocido investigador mexicano Gerardo Ceballos, quien sostiene que esa sexta extinción.
"Es importante usar un lenguaje muy fuerte porque lo que está pasando es gravísimo", dice a BBC Mundo Ceballos, autor principal de un estudio sobre la era de la "aniquilación biológica" publicado hace unos días en la revista científica PNAS.
El estudio, que abarca 27.600 especies de vertebrados, afirma que 32% de ellas decrecieron tanto en tamaño de población como en distribución geográfica entre 1900 y 2015.
Ilustración representando la extinción de los dinosaurios.Derechos de autor de la imagen Science Photo Library
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                                    La última extinción masiva ocurrió hace 65 millones de años y es famosa por haber eliminado a los dinosaurios de la Tierra.

Los mamíferos en particular perdieron 30% o más de su rango geográfico y 40% de las especies sufrieron bajas severas en su población, superando el 80% en algunos casos.
Para el investigador titular del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México "es más grave que el impacto de un meteorito porque está siendo causada por nosotros, es decir, podríamos evitar esta extinción".
Extinción normal vs. extinción masiva
La desaparición de especies es parte un proceso natural. Unas mueren y otras surgen a lo largo de periodos de millones de años. Es tan usual que los científicos la llaman "extinción normal".
En las extinciones masivas, en cambio, la amplia mayoría de las plantas y animales desaparecen de manera catastrófica por algún fenómeno natural, como el impacto de un meteorito, el vulcanismo o cambios en la configuración de los mares.
Raya


La sexta extinción masiva es más grave que el impacto de un meteorito porque está siendo causada por nosotros, es decir, podríamos evitar esta extinción"
Gerardo Ceballos, investigador titular del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México
Getty Images
Raya

En un trabajo de 2015, Ceballos había demostrado que en el último siglo se extinguieron casi 200 especies de vertebrados.
Sin embargo, según la tasa de extinción en los últimos 2 millones de años, la desaparición de esas 200 especies debería haber tomado 10.000 años.
"Las tasas actuales de extinción están muy por encima de las tasas 'normales' que prevalecen entre las cinco extinciones masivas anteriores", había escrito Ceballos hace dos años.
Tan sólo en las últimas dos décadas, varias especies de mamíferos consideradas comunes ingresaron a las listas rojas de conservación.
GuepardoDerechos de autor de la imagen Getty Images
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                                    Según un estudio de 2016, quedan sólo 7.000 guepardos (Acinonyx jubatus) viviendo en en el 9% de lo que era su territorio histórico.

La población de leones africanos (Panthera leo) cayó 43% desde 1993 y sólo quedan 7.000 guepardos (Acinonyx jubatus) viviendo en el 9% de lo que era su territorio histórico, por citar algunos ejemplos.
En el nuevo estudio, el investigador mexicano demuestra que la extinción poblacional es hoy de una magnitud mayor y más frecuente que la de especies.
Las extinciones poblacionales son un preludio de las de especies y, por eso, según el trabajo, "el sexto episodio de extinción masiva en la Tierra está más avanzado de lo que la mayoría asume".

Todas están disminuyendo

Dentro de las 27.600 especies de vertebrados estudiadas, está el rango completo de estado de conservación: hay especies en peligro crítico, en peligro, vulnerables, casi amenazadas y de preocupación menor.
Paisaje desérticoDerechos de autor de la imagen Getty Images
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                                    Existen "razones éticas, filosóficas, morales, religiosas, económicas" y científicas para proteger a las especies de su extinción, dice Ceballos.

"Es todo el abanico de abundancia que puedes encontrar en la naturaleza", dice Ceballos, cuyo estudio se basa en datos científicos de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.
De acuerdo con su investigación, 8.851 de esas especies perdieron población en el último siglo.
Allí hay mamíferos, anfibios, aves y reptiles grandes y pequeños, muy comunes o en peligro de extinción, con extensos o restringidos rangos geográficos y de todas partes del planeta.
La disminución poblacional va desde menos de 100 ejemplares en especies en peligro crítico de extinción como el gibón de Hainan (Nomascus hainanus) hasta varios millones de individuos en especies comunes como la golondrina (Hirundo rustica).
Dos golondrinas comunes.Derechos de autor de la imagen Getty Images
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                                    Si bien las golondrinas comunes están en la categoría "de preocupación menor" en la escala de conservación, en el último siglo se han perdido varios millones de individuos.

Lo mismo pasa con la distribución geográfica. La caída de ejemplares puede verse en especies restringidas a pequeñas áreas como el semillero azul (Amaurospiza carrizalensis), cuyo hábitat es de menos de 1 kilómetro cuadrado en el norte de Venezuela.
Pero la caída también se registra en especies distribuidas en cientos de miles de kilómetros cuadrados, como el perro venadero o de monte (Speothos venaticus), que habita en América del Sur.
Ceballos afirma: "Por eso llegamos a la conclusión de que es una extinción masiva".

"Pequeña ventana"

No toda la comunidad científica acepta que la sexta extinción masiva ya comenzó.
Paisaje deserticoDerechos de autor de la imagen Getty Images
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                                    La sexta extinción masiva, afirma Ceballos, "pone en riesgo la existencia misma de la humanidad".

Stuart Pimm, investigador de la Universidad Duke, en Estados Unidos, dijo al periódico inglés The Guardian que, si bien la conclusión general del estudio de Ceballos es correcta, la extinción masiva "todavía no empezó": "Estamos en el borde".
Para Ceballos esa diferencia es menor. Y es que, según su estudio, "la ventana para una acción eficaz es muy corta, probablemente dos o tres décadas como mucho".
"Habría muchas razones para evitar la extinción masiva: éticas, filosóficas, morales, religiosas, económicas", dice a BBC Mundo.
"Pero la razón más importante, que es la que nos preocupa a los científicos, es que si se siguen perdiendo especies a este ritmo, lo más seguro es que haya un colapso de la civilización. Y a largo plazo puede incluso amenazar la existencia misma de la humanidad".

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BBC Mundo Noticias
 
 
La Tierra está a las puertas de la sexta extinción masiva de vertebrados :

Thylacinus cynocephalus

Foto: Gtres

La mitad de los animales que vivieron en la Tierra han desaparecido. Ahora un nuevo estudio vaticina una extinción masiva de vertebrados
 
La noticia no coge desprevenidos a muchos investigadores. Desde hace tiempo en la literatura científica se viene anunciando la actual extinción masiva a la que sin darnos cuenta estamos asistiendo. Desde el año 1500 calculan que han desaparecido 322 especies de vertebrados. Se trata de la sexta extinción masiva que acontece en nuestro planeta y parece ser que está afectando principalmente a las especies de vertebrados.
La desaparición de un gran número de especies de plantas y animales alterarán las funciones biológicas de los ecosistemas
Y es que, según los datos, aproximadamente dos especies de vertebrados desaparecen anualmente. Se extinguen. Así, paulatinamente, de una manera casi silenciosa, es como se reduce la fauna en el mundo según un nuevo estudio que analiza el declive mundial de vertebrados y las consecuencias de este sobre los entornos naturales y los seres vivos que comparten hábitat con ellos y que ha sido publicado recientemente en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences.
Para realizar el trabajo el catedrático de la Universidad Nacional Autónoma de México, Gerardo Ceballos, junto a varios colegas de la Universidad de Stanford, han cartografiado la distribución geográfica de más de 27.600 especies de pájaros, anfibios, mamíferos y reptiles; la mitad de las especies vertebradas terrestres conocidas. También han analizado el declive de las poblaciones de 177 mamíferos estudiados en profundidad entre 1990 y 2015. Las conclusiones no son nada halagüeñas.
Los resultados muestran que un 30% de las especies de vertebrados estudiadas están viendo reducidas sus poblaciones y que además, esta disminución esta afectando de igual manera a la diversidad biológica de sus respectivos hábitats. Por otra parte, de las 177 especies de mamíferos estudiadas, todos han perdido el 30% de su hábitat. Y otro 40% ha visto como se reducía y fragmentaba hasta en un 80%.

De hecho, ya en 2014, el biólogo Rodolfo Dirzo de la Univerdidad de Standford, experto en ecología tropical y conservación de especies, haciendo una analogía con el concepto de deforestación, se refería a este proceso con el término de “defaunación del antropoceno”.
“Se trata de un fenómeno críptico que, a diferencia de la tala de árboles, es difícil de detectar y cuantificar. Sin embargo, las profundas consecuencias que surgen de la ausencia o reducción de animales harán pronto que el problema sea cada vez menos críptico” declaraba a SINC el investigador.
De los 177 mamíferos estudiados, todos han perdido el 30% de su hábitat
Los expertos señalan que las regiones más afectadas por la perdida de especies y donde la extinción se está produciendo de forma más acusada son las áreas tropicales y templadas. Aseguran también que los grandes mamíferos del Sudeste Asiático son los animales que ha perdido el mayor porcentaje de territorio habitable y uno de los grupos de especies más vulnerables a corto plazo.
“La disminución masiva en las familias y especies de animales se debe principalmente a la perdida y fragmentación de su hábitat, la caza, el comercio, la sobreexplotación del territorio y la aparición de especies invasoras”, declara el propio Ceballos.

Una extinción gradual: el efecto cascada

Como sabemos, en todo ecosistema existe una compleja interacción entre las diversas especies que en ellos se relacionan. Es decir, al hablar de ecología en general, y en este caso en particular sobre la extinción que está en camino, no debe ponerse el foco en la desaparición de ciertos seres vivos. Esta interconexión entre especies hace necesario contemplar y estudiar los diferentes procesos que se dan en los ecosistemas con una mirada de conjunto, ya que una especie nunca se encuentra aislada en su hábitat, si no que se encuentra en uno otro punto de lo que se conoce como una red trófica, en la que depende de otros seres vivos para sobrevivir, y a su vez otros seres vivos dependen de ella.
Por tanto, la desaparición de una especie dentro de estas complejas redes alterará inevitablemente a un número variable de otras especies; es lo que conocemos como efecto cascada, y será tanto mayor en cuanto la especie afectada ocupe un papel más relevante dentro de la red.
Por tanto, la reducción del número de animales y de la diversidad biológica, aparte de suponer el ‘preludio’ –como lo denominan los autores del trabajo– de una extinción de especies, también implica la perdida de servicios cruciales que ofrecen los ecosistemas, como la polinización de las abejas, el control natural de pesticidas o la purificación del agua.
Tenemos una breve ventana de tiempo para actuar, aunque se está cerrando rápidamente
Para revertir esta situación Ceballos aboga por aumentar las áreas de protección y preservar las poblaciones de animales y plantas en las regiones dominadas por el hombre. También considera necesario reducir el crecimiento de la población humana, disminuir el consumo y apostar por el uso de tecnologías verdes.
Así, en relación al Acuerdo de París, el investigador valora este tratado como positivo pero que se torna insuficiente a la hora de frenar la actual situación de los animales.
“El Acuerdo de París ayudará a reducir la desaparición de las poblaciones de animales, pero no es suficiente” y añade “necesitamos medidas de carácter internacional destinadas a mitigar el comercio de especies amenazadas y reducir la pobreza en países en vías de desarrollo para proteger los hábitats naturales y la biodiversidad”.
“Tenemos una breve ventana de tiempo para actuar, aunque se está cerrando rápidamente”, concluye Ceballos.
Una tercera parte de la megafauna marina se extinguió a finales del Plioceno

Un evento de extinción global, desconocido hasta ahora, afectó principalmente a los mamíferos marinos, que perdieron un 55% de su diversidad


Dientes fosilizados
Dientes de tiburón fosilizados. Un 9% de los tiburones desapareció durante la extinción global de finales del Plioceno. 
Foto: Catalina Pimiento

Yacimiento de fósiles
Excavación de un yacimiento de fósiles en Sabanitas, en Panamá.
Foto: Catalina Pimiento
Un evento de extinción global, desconocido hasta ahora, afectó principalmente a los mamíferos marinos, que perdieron un 55% de su diversidad .-
Alrededor de una tercera parte de la megafauna marina (mamíferos, aves marinas, tortugas y tiburones) desapareció hace entre tres y dos millones de años y, por tanto, "las comunidades de megafauna marina que heredaron los humanos ya estaban alteradas y su diversidad funcionaba de forma reducida", según explica Catalina Pimiento, del Instituto Paleontológico y Museo de la Universidad de Zúrich, que encabeza un estudio publicado en Nature Ecology & Evolution. "Este evento de extinción global que hemos descubierto demuestra que, en el pasado geológico reciente, la megafauna marina era más vulnerable a los cambios globales medioambientales de lo que se creía hasta ahora", afirman los investigadores.

El equipo de investigación ha examinado fósiles de megafauna marina del Plioceno y del Pleistoceno, es decir, desde hace 5,3 millones de años hasta el 9700 a.C. aproximadamente. Y han comprobado que este evento de extinción global, desconocido hasta ahora, afectó principalmente a los mamíferos marinos, que perdieron un 55% de su diversidad; un 43% de las especies de tortuga marina desapareció, un 35% de las aves marinas y un 9% de los tiburones. "Nuestros modelos han demostrado que los animales de sangre caliente en particular eran más propensos a la extinción. Desaparecieron, por ejemplo, especies de vaca marina y de ballena barbada, además del tiburón gigante Carcharodon megalodon", destaca la autora del estudio. Por otro lado, durante la época del Pleistoceno se desarrollaron nuevas formas de vida: alrededor de una cuarta parte de las especies de animales, incluidos el oso polar Ursus, el paíño Oceanodroma o el pingüino Megadyptes, que no existieron durante el Plioceno. Sin embargo no se volvieron a alcanzar los niveles de diversidad anteriores.
¿Cuál fue la causa de esta extinción global? Los investigadores han descubierto que, en la época en la que se produjo, los hábitats costeros se redujeron significativamente debido a las violentas fluctuaciones del nivel del mar; la repentina pérdida de los productivos hábitats costeros, además de factores oceanográficos como la alteración de las corrientes oceánicas, contribuyeron decisivamente a esta extinción masiva. Y lanzan un aviso: actualmente, grandes especies marinas como las ballenas o las focas, también son altamente vulnerables debido a la influencia humana.

Cambio climático :
¿Qué especies prosperarán? .
El planeta se calienta, y ante los cambios que se produzcan no está claro qué animales saldrán perjudicados y cuáles beneficiados.


ARCHIBEBE PATIGUALDO GRANDE
He aquí un ave con capacidad de adaptación, que de momento se las arregla en un medio cambiante. El Cristmas Bird Counts, el censo de aves que la Audubon Society realiza anualmente por Navidad, informa del avistamiento de este correlimos en grandes cantidades, sobre todo en el interior del sur de Estados Unidos. En algunas zonas se podría duplicar el espacio para estas aves, pero se ignora si los veranos podrían resultarles demasiado calurosos.
 
FOTOGRAFIADO EN EL ZOO DE TULSA, OKLAHOMA
Foto: Joel Sartore

¿Qué especies prosperarán?.

CARIBÚ DE LOS BOSQUES
Afectado ya por la pérdida de hábitat, esta especie podría enfrentarse a la escasez de alimentos. Más nieve y lluvias engelantes (resultado de la subida de las temperaturas que añaden humedad al aire seco del Ártico) cubren los líquenes, que constituyen la dieta invernal del caribú, dificultando el acceso a los mismos. En verano, las sequías cada vez más frecuentes provocan incendios que acaban con estos organismos de crecimiento lento.
ZOO ESTATAL DE THOMPSON PARK, NUEVA YORK
Foto: Joel Sartore

¿Qué especies prosperarán?.
RANA TORO AMERICANA
Esta rana nativa de América del Norte –voraz depredadora y dura competidora que transmite enfermedades de anfibios– ha llegado a otros continentes y se está extendiendo como un ejército, sobre todo en América del Sur. Saltando con rapidez de un lugar a otro, se ha convertido en una de las peores (es decir, más exitosas) especies invasoras del planeta. El cambio climático frenará su avance en algunas zonas, pero otros hábitats de gran biodiversidad se volverán más propicios para ella, lo que supondrá más ataques a las especies nativas.
BENNET, NEBRASKA
Foto: Joel Sartore

¿Qué especies prosperarán?.
ZORRO ÁRTICO
A medida que el hábitat de la tundra se derrite, este zorro amante de las nieves encontrará menos cadáveres de focas abandonados por los osos polares y menos lemmings –alimento para sus cachorros–, que abundan sobre todo en los inviernos más fríos. También podría tener que enfrentarse a la competencia con el zorro común conforme esta especie, muy adaptable, amplía su área de distribución hacia el norte.
ZOO DE GREAT BEND BRIT SPAUGH, KANSAS
Foto: Joel Sartore
¿Qué especies prosperarán?.
RATA CANGURO DE MERRIAM
Estos animales resisten bajo un sol de justicia. En el sudoeste de Estados Unidos y en México, las ratas canguro están bien adaptadas a las condiciones áridas, y ya han aguantado el tipo frente a anteriores subidas de la temperatura. Los roedores son rápidos y flexibles a la hora de reproducirse, y su dieta a base de diversas semillas e insectos ocasionales les permite arreglárselas si alguna especie de planta o de insecto desaparece con el calor.
ZOO DE FORT WORTH, TEXAS
Foto: Joel Sartore

¿Qué especies prosperarán?.
EÍDER DE ANTEOJOS
Estas aves septentrionales están en riesgo debido a sus necesidades especiales. En invierno se congregan en una reducida y fría zona del mar de Bering rica en nutrientes para alimentarse de almejas y demás fauna marina. Pero con la retirada de los hielos, el hábitat de esta anseriforme y su acceso a las fuentes de alimento en las zonas de invernada están cambiando. Y los cambios en el litoral están alterando su área de cría en los humedales de la tundra.
ALASKA SEALIFE CENTER, SEWARD, ALASKA
Foto: Joel Sartore
¿Qué especies prosperarán?.
BERRENDO DE LA BAJA CALIFORNIA
Las medidas de protección se han traducido en una clara recuperación de algunos berrendos salvajes, pero esta subespecie sigue en la cuerda floja. Hoy sobreviven menos de 100 ejemplares en Baja California Sur, además de una manada en cautividad que se usa para reforzar a la población salvaje. Los ungulados están adaptados a las condiciones desérticas, pero el calentamiento y la falta de lluvias afectarán a sus pastos de invierno y de verano.
ZOO DE LOS ÁNGELES, CALIFORNIA
Foto: Joel Sartore


TRUCHA TORO
Este es un pez de aguas frías en un mundo que se está calentando y cuyo hábitat, en las Rocosas, podría reducirse a la mitad en 70 años. Pero aunque el calentamiento sea muy acusado, algunas cabeceras de ríos situadas a elevada altitud podrían permanecer lo bastante frías como para albergar poblaciones capaces de resistir a competidores invasivos. Asegurar la protección y conectividad de las corrientes de desove y cría es crucial para la migración.
BIGHORN CREEK, COLUMBIA BRITÁNICA, CANADÁ
Foto: Joel Sartore

¿Qué especies prosperarán?.
LÉMUR PARDO DE FRENTE BLANCA
A lo largo de los próximos 70 años, todas las especies de lémures de la isla de Madagascar podrían perder en torno al 60 por ciento de su hábitat debido al cambio climático. Si el clima fuese el único enemigo de la fauna, tal vez el lémur pardo de frente blanca podría sobrevivir, ya que el cambio climático no reducirá su hábitat en valles y montañas. Pero otros factores, como la agricultura de roza y quema y el crecimiento de la población humana sí podrían afectarles.
ZOO DE NAPLES, FLORIDA
Foto: Joel Sartore
¿Qué especies prosperarán?.
PINGÜINO BARBIJO
Hay ganadores que acaban perdiendo: los pingüinos barbijos prefieren aguas abiertas a las cerradas por el hielo, por eso su población se ha disparado durante el rápido deshielo de la Antártida de los últimos 50 años. Pero ahora el aumento de la exposición a la luz ultravioleta está destruyendo las algas de las que se nutre el krill (la fuente de alimento de los pingüinos), y eso significa menos krill para compartir con las ballenas, que se están recuperando.
ACUARIO DE NEWPORT, KENTUCKY
Foto: Joel Sartore
¿Qué especies prosperarán?.
GARRAPATA AMERICANA DEL PERRO
A las garrapatas les va de maravilla. El clima afecta su ciclo vital e influye en las intrincadas relaciones que existen entre los arácnidos, los huéspedes a los que infecta y las enfermedades que difunde (en el caso de la garrapata del perro, la fiebre de las Montañas Rocosas y la tularemia, entre otras). Pero las consecuencias del cambio climático son complejas y desiguales: la transmisión de enfermedades a humanos podría aumentar en algunas zonas y disminuir en otras. Por otro lado, en el este de Estados Unidos hay ciertas especies, como la garrapata del venado, que se están despertando semanas antes de su letargo invernal y se están adaptando bien a la nueva situación.
LINCOLN, NEBRASKA
Foto: Joel Sartore

¿Qué especies prosperarán?.
TIGRE DE BENGALA
Los tigres salvajes están sometidos a un drástico declive. Quizá queden solamente 3.000 ejemplares. Al final acabarán necesitando un equipo de buceo para vivir en los manglares de los Sundarbans de Bangladesh. Según un estudio dirigido por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), la subida prevista del nivel del mar (28 centímetros respecto al nivel del año 2000) destruiría la mayor parte del hábitat de los tigres en aquella región. En Bután hay mejores perspectivas: a medida que los bosques avanzan a cotas más elevadas en las montañas, es probable que los tigres se trasladen con ellos hacia los parques septentrionales, a lo largo de los grandes valles fluviales. Lo malo es que podrían desplazar o atacar a las panteras de las nieves, que también luchan por sobrevivir.
ALABAMA GULF COAST ZOO, GULF SHORES, ALABAMA
Foto: Joel Sartore
 
El planeta se calienta, y ante los cambios que se produzcan no está claro qué animales saldrán perjudicados y cuáles beneficiados.
Los climas cambian. Es un hecho natural. Pero el actual clima de nuestro planeta está cambiando de manera tan espectacular que está transformando la tierra y el mar, y eso afecta a todas las formas de vida.

«Siempre habrá una minoría que se las arregle para salir adelante ante unas condiciones nuevas y relativamente repentinas –dice Thomas Lovejoy, biólogo de la conservación de la Universidad George Mason y fellow de National Geographic–, pero la gran mayoría se verá enormemente perjudicada», si no destruida.

Las temperaturas más altas causadas por los gases de efecto invernadero son solo el principio de esta historia. Luego vienen los fenómenos meteorológicos extremos (entre ellos, grandes sequías) —que alteran las épocas de cría y de mi­­gración y la disponibilidad de alimentos—, nuevos patrones epidemiológicos, el rápido deshielo y la subida del nivel del mar. Cada cambio da pie a un sinfín de cambios más, con efectos ilimitados.

El cambio puede ser bueno para algunos: primaveras más largas y con más comida, un nicho cómodo para vivir y no tener que emprender estresantes migraciones. Pero con el paso del tiempo y a medida que el calentamiento vaya a más, esos animales «ganadores» podrían alcanzar nuevos límites y quedarse en la estacada.

No estamos hablando del futuro. Los efectos del cambio climático ya son evidentes.
«No hay marcha atrás –advierte James Watson, de la Universidad de Queensland, director del programa del cambio climático global de la Wildlife Conservation Society–. Todo está cambiando.» La flora y fauna silvestres que durante 10.000 años han gozado de un clima relativamente estable están siendo sometidas a presión y puestas a prueba como nunca antes.

Y nuestras predicciones respecto a los «ga­­nadores» y «perdedores» no siempre han sido exactas. «Raramente hemos acertado al predecir lo malo que iba a ser el cambio climáti­co —dice, y pone un ejemplo—. El alcance del deshielo de los polos y su cadena de consecuencias [para la vida salvaje] ha sido im­­presionante.» Otro ejemplo es la sensibilidad de muchos ecosistemas coralinos a la temperatura y a los temporales.

Pero la experiencia y los modelos, además de los conocimientos que hemos adquirido en el campo de la biología, nos muestran una buena fotografía de la situación a corto plazo. ¿Qué especies se adaptarán bien a estos rápidos cambios? Las generalistas que toleran una amplia gama de climas. Aquellas con mayor diversidad genética y rápida reproducción (lo que contribu­ye a que los rasgos útiles entren rápidamente en el acervo genético). Aquellas que puedan viajar a un nuevo hábitat compatible, y que tengan algún lugar a donde ir. Las especies competitivas, a menudo invasoras. Las malas hierbas.

¿A qué especies les irá mal? A las especialistas, que tienen necesidades climáticas más restringidas. A las que ya están luchando por la supervivencia. A las poblaciones pequeñas y fragmentadas, o a las que están confinadas en entornos hostiles. A los animales que compiten con los humanos. A los grupos que carecen de diversidad genética. A las especies que habitan en altitudes elevadas y en islas, y a numerosos animales que dependen de los corales. A las que necesitan el hielo para sobrevivir.

Este tren no hay quien lo pare. Pero sí podemos disminuir la velocidad de su destructivo avance. Restaurar los paisajes debería ser una parte importante del plan, afirma Lovejoy, quien añade que la persistente degradación de los ecosistemas ha generado una gran cantidad del dióxido de carbono excedente. «Un esfuerzo de restauración a gran escala podría retirar de la atmósfera medio grado de cambio climático potencial antes de que este sea una realidad.»

Evitar más daños y cuidar de lo que nos queda intacto deben ser las dos prioridades. «Lo mejor que podemos hacer ahora es identificar y proteger las poblaciones clave —dice Watson—, y después intentar impedir que la humanidad interfiera en su funcionamiento.»

Construir el arca: el futuro de los zoos :
En breve los zoos deberán decidir entre mantener a los animales que los visitantes queremos ver o salvar aquellos que quizá pronto dejemos de ver.
ANI019-00271. Pantera de Florida, Parque Zoológico Lowry, Tampa, Florida
Pantera de Florida, Parque Zoológico Lowry, Tampa, Florida
Rescatada cuando era un cachorro tras haber sido abandonada por su madre en 2007, Calusa, conocida como «Lucy»,  es una de las 165 panteras de Florida que aún quedan.
Puma Concolor Coryi
Foto: Joel Sartore

110529 A SPX Cape Town 07809. Acuario Two Oceans, Ciudad de El Cabo, Sudáfrica
Acuario Two Oceans, Ciudad de El Cabo, Sudáfrica
Una joven visitante contempla embelesada las ondulantes frondas de kelp gigante en la exposición Ocean Basket Kelp Forest del Acuario Two Oceans de Ciudad de El Cabo, Sudáfrica. La muestra alberga una gran variedad de especies piscícolas locales, entre ellos el galjoen, considerado un símbolo nacional. Las poblaciones salvajes de este pez han disminuido debido a la sobrepesca.
Foto: Joel Sartore
BIR037-00150 high res. Periquito ventrinaranja, Santuario de Healesville, Victoria, Australia
Periquito ventrinaranja, Santuario de Healesville, Victoria, Australia
Neophema chrysogaster
Estado de conservación: en peligro crítico
http://photoark.com
 Foto: Joel Sartore

ANI058-00042 horizontal hr. Panda gigante, Zoo de Atlanta, Georgia
Panda gigante, Zoo de Atlanta, Georgia
Ailuropoda melanoleuca
Estado de conservación: en peligro de extinción
http://photoark.com
Foto: Joel Sartore

ESA002-00075 hr. Licaones, Zoo y Acuario Henry Doorly, Omaha, Nebraska


Licaones, Zoo y Acuario Henry Doorly, Omaha, Nebraska
Nacidos en cautividad  en 2010 en dos parques zoológicos diferentes, estos tres cachorros de licaón  se reunieron en Omaha para convertirse en parte  de una manada, algo esencial para su salud  y supervivencia.
Lycaon Pictus
Estado de conservación: el peligro de extinción
Foto: Joel Sartore
ESA002-00319 HR. Langures chatos dorados, Ocean Park, Hong Kong
Langures chatos dorados, Ocean Park, Hong Kong
Estos primates poco comunes, endémicos de China, son un reclamo tanto para los visitantes como para los fondos destinados a la investigación en los parques zoológicos, afirma el fotógrafo de naturaleza Joel Sartore.
Rhinopithecus Roxellana
Estado de conservación: en peligro de extinción 
Foto: Joel Sartore
ANI050-00091. Rinocerontes indios, Zoo de Fort Worth, Texas
Rinocerontes indios, Zoo de Fort Worth, Texas
Asha («esperanza» en hindi), de cuatro meses de edad, permanecerá junto a su madre durante dos años. Afortunadamente, tanto en los parques zoológicos como en la naturaleza, esta especie de rinoceronte es cada vez más numerosa.
Rhinoceros unicornis
Estado de conservación: vulnerable
Foto: Joel Sartore

131801 S Zoo Atlanta 12590. Tortuga de espolones, Zoo de Atlanta, Georgia
Tortuga de espolones, Zoo de Atlanta, Georgia
Astrochelys Yniphora
Estado de conservación : en peligro crítico
http://photoark.com
Foto: Joel Sartore
MM8181 130306 16259. Gorila occidental de llanura, Zoo de Cincinnati
Gorila occidental de llanura, Zoo de Cincinnati
Unas manos humanas alzan esta cría de gorila de cinco semanas, abandonada por su madre en un zoo de Texas. El zoo de Cincinnati utilizó diez madres adoptivas humanas para alimentar, abrazar y acarrear el bebé hasta que fue adoptada por una de las hembras de gorila del zoo.
Gorilla Gorilla 
Estado de conservación: en peligro crítico
Foto: Joel Sartore

MM8181 130309 16837. Tigre del Amur, Zoo de Indianapolis
Tigre del Amur, Zoo de Indianápolis
Cila, de 10 años, gandulea frente a la audiencia que la observa extasiada desde el otro lado del cristal. Una parte de la cuota de la entrada se destina a esfuerzos de conservación, entre ellos el trabajo de campo con tigres del Amur salvajes en la zona más oriental de Rusia.
Panthera tigris altaica

Estado de conservación: en peligro de extinción
Foto: Joel Sartore

MM8181 120912 03592. León marino de California, Ocean Park, Hong Kong
León marino de California, Ocean Park, Hong Kong
Acompañado de sus cuidadores, un artista con aletas saluda al público durante el espectáculo de delfines y leones marinos «Sea Dreams» de Ocean Park, un híbrido de parque temático y zoo que el año pasado superó en número de visitantes a Hong Kong Disneyland.
Zalophus californianus
Estado de conservación: Preocupación menor
Foto: Joel Sartore

ANI051-00033 HR. Bilbi mayor, Dreamworld, Queensland, Australia

Bilbi mayor, Dreamworld, Queensland, Australia
Macrotis lagotis
Estado de conservación: vulnerable
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Foto: Joel Sartore

MM8181 121107 07287. Osos polares, Zoo y Acuario de Columbus, Powell, Ohio
Osos polares, Zoo y Acuario de Columbus, Powell, Ohio
Las gemelas Aurora y Anana tienen espacio suficiente para efectuar piruetas en la exposición Polar Frontier, que muestra al espectador cómo afecta el deshielo a los osos polares en estado salvaje.
Ursus maritimus
Estado de conservación: vulnerable
Foto: Joel Sartore

MM8181 130330 20133. Jirafas reticuladas, Zoo del Monte Cheyenne, Colorado Springs, Colorado
Jirafas reticuladas, Zoo del Monte Cheyenne, Colorado Springs, Colorado
La mayor manada de jirafas reticuladas en cautividad de América del Norte, 18 ejemplares, mantiene un contacto directo y cercano con el público, a quien se le anima a tocar y alimentar a los simpáticos animales.
Giraffa camelopardalis reticulata
Estado de conservación: vulnerable
http://photoark.com
Foto: Joel Sartore

120215 S LA Zoo 43215. Tapir de montaña, Zoo de Los Ángeles, California
Tapir de montaña, Zoo de Los Ángeles, California
Es posible que en el futuro el único lugar donde pueda verse un tapir de montaña, una especie en peligro de extinción en su hábitat natural, los Andes, sea un zoo. Este macho es uno de los nueve ejemplares que viven en cautividad.
Tapirus pinchaque
Estado de conservación: en peligro de extinción
Foto: Joel Sartore
 
Joel headshot. Joel Sartore
Joel Sartore
La mitad de las especies de la Tierra podrían estar irreversiblemente  abocadas a la extinción antes de 2100. Pero yo no me resigno a aceptarlo. De ahí nace la idea del Arca Fotográfica: lograr que el público mire a estos animales a los ojos y llegue a implicarse en su conservación mientras aún estemos a tiempo. Mi objetivo es fotografiar tantas especies en cautividad como pueda antes de que sea demasiado tarde. Ya tengo unas 3.000, y  no he hecho más que empezar. Trabajo sobre todo en parques zoológicos  y acuarios, los actuales guardianes del reino animal. Muchas especies ya habrían desaparecido si no fuera por sus heroicos esfuerzos de cría en  cautividad. El retrato de estudio sobre fondo blanco o negro crea igualdad: tan importante es una tortuga como un rinoceronte. El poder de la fotografía radica en su capacidad de congelar el tiempo. Mucho después de que yo haya desaparecido, estas imágenes seguirán trabajando a diario para salvar especies. No existe una misión más importante, porque es una locura  pensar que podemos condenar la fauna al olvido y creer que eso no vaya  a afectarnos. Sería un mundo que espero no llegar a ver jamás.
 
En breve los zoos deberán decidir entre mantener a los animales que los visitantes queremos ver o salvar aquellos que quizá pronto dejemos de ver.
 
La doctora Terri Roth se puso el traje de quirófano, se recogió la melena en un moño y se subió un guante de plástico transparente que le cubría el antebrazo derecho casi hasta el hombro. Mientras sus colegas acomodaban a la paciente, una rinoceronte de 680 kilos llamada Suci, en un estrecho recinto y le daban rodajas de manzana, se puso otro guante sobre el primero y agarró lo que pa­­recía el mando de una videoconsola. Seguidamente introdujo el brazo en el recto del animal.
 
Dos días antes Roth, directora del Centro de Conservación e Investigación de Especies en Peligro del Zoo de Cincinnati, había intentado inseminar a Suci, una rinoceronte de Sumatra nacida en el zoo en 2004. La inseminación artificial (IA) supuso introducir un tubo largo y delgado a través de los complicados pliegues del cérvix de Suci. Ahora había llegado el momento de hacerle una ecografía. En una pantalla de or­­denador apoyada cerca de las formidables nalgas del animal apareció una imagen granulada. Cuando se hizo la IA, daba la impresión de que el ovario derecho de Suci estaba a punto de liberar un óvulo. De ser así, existía la posibilidad de que se hubiera quedado preñada durante ese ciclo. Pero el óvulo seguía allí, en el mismo lugar donde Roth lo había visto la última vez, un círculo negro dentro de una nube gris. «Suci no ha ovulado», anunció la doctora a la media docena de trabajadores del zoo que asistían a la ecografía. Se oyó un suspiro generaliza­do. «¡Qué pena!», dijo alguien. A pesar de estar obviamente decepcionada, inmediatamente Roth empezó a planificar el siguiente ciclo de Suci.
Hoy tal vez queden menos de cien rinocerontes de Sumatra en todo el mundo
Hacer una ecografía a un rinoceronte puede parecer un tanto extremo, pero tengamos en cuenta lo siguiente: cuando el Zoo de Cincinnati abrió sus puertas en 1875, había hasta un millón de rinocerontes de Sumatra paciendo en los bosques desde Bután hasta Borneo. Hoy tal vez queden menos de cien en todo el mundo. Tres de ellos –Suci y sus hermanos Harapan y Andalas– nacieron en Cincinnati. Hace seis años el zoo envió a Andalas a Sumatra, donde se sabe que ha engendrado una cría en el Parque Nacional Way Kambas. Si esta especie sobrevive, será en gran parte gracias a los 16 años que Roth ha pasado recogiendo muestras de sangre, haciendo pruebas hormonales y ecografías a animales en cautividad.
A medida que los espacios naturales se reducen, los zoos van convirtiéndose en una especie de arcas de Noé modernas

Y lo mismo puede decirse de una creciente lista de especies que se están rescatando del olvido. A medida que los espacios naturales se reducen, los zoos van convirtiéndose en una especie de arcas de Noé modernas: el último refugio frente a una creciente marea de extinciones. Aunque las colecciones de animales exóticos existen desde hace varios miles de años (en el siglo XV a.C. Hatshepsut, la célebre reina faraón del Antiguo Egipto, era dueña de una colección de monos, leopardos y jirafas), el parque zoológico es, como concepto y como una realidad, una invención relativamente reciente. La primera sociedad zoológica de Estados Unidos se fundó en 1859, en Filadelfia, con el fin de crear algo más valioso y educativo que los espectáculos ambulantes de animales y las menageries (colecciones de fieras salvajes) de moda en aquel momento. Pasaron otros 15 años antes de que se inaugurara el Zoo de Filadelfia. Poco después se incorporaron los de Cincinnati y Cleveland.

Desde sus inicios, los parques zoológicos estadounidenses se interesaron por la conservación de las especies. A finales del siglo XIX, el Zoo de Cincinnati intentó, aunque sin éxito, criar palomas migratorias, cuya población estaba cayendo en picado. A principios del siglo XX, cuando se calculaba que solo había 325 bisontes en libertad en América del Norte, el Zoo del Bronx instauró un programa de cría en cautividad que ayudó a salvar la especie. Pero los zoos han de mantenerse, y los animales que atraen a las masas no son necesariamente los que más ayuda precisan.
 
Robert Lacy, biólogo conservacionista de la Sociedad Zoológica de Chicago, afirma que los zoos deberán «tomar algunas decisiones francamente difíciles en cuanto a sus prioridades. ¿Es mejor salvar unos pocos animales grandes y peludos, porque eso es lo que atrae al público? ¿O merece la pena centrarse en un montón de criaturas más pequeñas, en principio menos atractivas para la gente, si así se pueden salvar muchas más especies con los mismos fondos?».
 
Otros sostienen que la situación se está volviendo tan desesperada en el siglo XXI que los zoos tendrán que replantearse su razón de ser. ¿Por qué destinar recursos a especies que se las arreglan bien por su cuenta? «Creo que decir que el público quiere ver x, y o z es una excusa –afirma Onnie Byers, presidenta del Grupo de Especialistas en Conservación y Reproducción, parte de la Comisión de Supervivencia de Especies de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN)–. Muchas especies requieren precisamente la experiencia que puede proporcionar un zoo. Me encantaría que los zoos dejaran gra­dualmente de tener aquellas especies que no precisan su ayuda y utilizasen sus instalaciones para aquellas que sí la necesitan.»
Entre los animales que siguen existiendo gracias a los esfuerzos de cría en cautividad por parte de parques zoológicos estadounidenses están el oryx de Arabia, el hurón de pies negros, el lobo rojo, el rascón de Guam y el cóndor californiano. En 1982 la población de cóndores californianos se había reducido a tan solo unos 22 ejemplares. Poco después se capturaron todos los que quedaban en libertad y se llevaron a los zoos de Los Ángeles y San Diego. Aunque la reintroducción de esta ave ha estado llena de problemas, ahora hay más de 200 individuos en el medio natural.
 
Dado que este tipo de programas son muy caros, suelen dirigirlos los parques zoológicos de las grandes ciudades. Pero cada vez hay más zoos pequeños que participan. El Zoo del Parque Miller, en Bloomington, Illinois, es uno de los parques zoológicos acreditados más pequeños de Estados Unidos: solo ocupa 1,6 hectáreas. En él se han criado lobos rojos y próximamente quieren aprender a criar una subespecie amenazada de ardilla conocida como la ardilla roja del monte Graham. «Es un animal pequeño que no requiere gran cantidad de espacio –dice Hay Tetzloff, director del zoo–. Uno de los guardas del parque me miró y me dijo: “¿no sería genial ser el primer zoo en criar este animal?”.»
 
En este momento, el grupo de animales más amenazado del mundo es seguramente el de los anfibios. Según la UICN, que elabora la Lista Roja de especies amenazadas, más de una tercera parte de las especies de rana, sapo y salamandra se encuentran en riesgo de extinción. Los anfibios carecen incluso del mínimo carisma del que gozan el cóndor o el lobo rojo, y por su­­puesto no pueden competir con las especies que atraen a la gente a los zoos, como el oso panda o el león, que no se enfrentan (todavía) a la extinción inminente en su medio natural. No obstante, ser pequeño también tiene sus ventajas. Por ejemplo, se puede conservar una población entera de anfibios en menos espacio que el que se necesita para un solo rinoceronte de 700 kilos, como Suci.
 
«Es una responsabilidad enorme tener a tu cargo la mitad de los miembros existentes de una especie» dice Jim Breheny, director del Zoo del Bronx, de la Wildlife Conservation Society. Está en lo que había sido el hospital veterinario del zoo y ahora es una unidad de reproducción de última generación, llena de terrarios con sa­­pos de Kihansi, unos anfibios de color amarillo mostaza del tamaño de una moneda de 50 céntimos de euro. Parece un padre primerizo después de un parto difícil: orgulloso y aliviado.
 
Según como se mire, el sapo de Kihansi es una de las especies más desafortunadas o una de las más afortunadas. Hasta finales de la década de 1990 era un desconocido para la ciencia. No fue descubierto hasta que un proyecto hi­­droeléctrico estaba arrasando su diminuto hábitat: menos de dos hectáreas de humedal envuelto en neblina en la garganta del río Kihansi, en el este de Tanzania. En el año 2000, al percatarse de que el proyecto podría dañar la recién descubierta especie, el Gobierno tanzano invitó al Zoo del Bronx a recoger algunos de los animales para mantener una «colonia de seguridad».
"Es una responsabilidad enorme tener a tu cargo la mitad de los miembros existentes de una especie"
Se capturaron exactamente 499 sapos; la mi­­tad permanecieron en el Bronx, y los demás acabaron en el Zoo de Toledo (Ohio). Unos años más tarde un hongo mortal que había estado diezmando poblaciones enteras de anfibios por todo el mundo apareció en la garganta del Kihansi. Entre el germen patógeno y los efectos del proyecto hidrológico, el número de sapos cayó en picado. En 2004 los investigadores que trabajaban en la zona solo vieron tres ejemplares, y en los siguientes años, no encontraron ni uno. En 2009 el sapo de Kihansi fue declarado extinto en estado silvestre.
 
Mientras esto ocurría, los parques zoológicos trataban de averiguar la manera de recrear el microhábitat altamente especializado que da nombre a este sapo. En la garganta hay una serie de cataratas cuya salpicadura proporcionaba a estos animales una fina llovizna las 24 horas del día. En el Bronx se instaló un pulverizador en cada terrario para imitar ese efecto. El sapo de Kihansi es un anfibio poco usual porque es vivíparo. Para esas diminutas crías recién nacidas, el zoo tuvo que encontrar presas aún más pequeñas; a la larga dieron con unos diminutos artrópodos conocidos como colémbolos.
 
Tras algunas pérdidas iniciales bastante alarmantes, los sapos empezaron a medrar y a re­­producirse. En 2010 ya había varios miles de ejemplares en Nueva York y Toledo. Aquel año se enviaron 100 sapos de vuelta a Tanzania, a la Universidad de Dar es Salaam. Mientras tanto, los tanzanos estaban trabajando en la garganta. Al desviar agua de las cataratas, el proyecto hidrológico había eliminado la humedad constante de la cual dependen estos animales. Los tanzanos montaron en la garganta una especie de aspersor inmenso para restaurar la llovizna. En 2012 se reintrodujeron los primeros sapos criados en cautividad.
Pero por cada éxito hay decenas de casos de especies que están al borde de la extinción
Pero por cada éxito hay decenas de casos de especies que están al borde de la extinción. Después de inspeccionar los sapos en el Zoo del Bronx, Breheny presumió de unas tortugas de caja de cabeza amarilla recién nacidas. Procedentes de China, estas tortugas están en peligro crítico de extinción; se cree que no hay más de 150 ejemplares en la naturaleza. Hace poco el zoo anunció que intentará criar la mitad de las 25 especies de tortugas más amenazadas del mundo. Y ha hecho un llamamiento para que otros zoos se encarguen de la otra mitad. «No podemos perder esta oportunidad –dice Breheny–. Incluso un zoo pequeño puede albergar una o más especies y cambiar la situación.»
 
En la otra punta del país, en el Instituto de Investigación para la Conservación del Zoo de San Diego, Marlys Houck saca una caja de pe­­queños viales de plástico de un tanque de nitrógeno líquido (la temperatura en el interior del tanque es de -196 °C), localiza los dos que quiere y los coloca sobre una mesa de acero. Dentro de los viales se halla lo que queda del poo-uli, un ave robusta de rostro negro y dulce y pecho claro que vivía en la isla hawaiana de Maui. El poo-uli seguramente se extinguió un año o dos después de que el Zoo de San Diego y el Servicio de Pesca y Vida Salvaje de Estados Unidos efectuaran un último intento de salvarlo, en 2004. En ese momento se creía que solo había tres ejemplares, y la idea era capturarlos e intentar reproducirlos. Pero solo uno de ellos, un macho, se dejó atrapar.
 
Cuando murió, dos meses después, su cuerpo fue inmediatamente enviado al Zoo de San Diego. Era el fin de semana del Día de Acción de Gracias, y Houck fue corriendo al instituto para cultivar las células del cadáver que aún estaban vivas. «Es nuestra última oportunidad –recuerda que pensó–. Como pasó con el dodo.» Pudo cultivar algunas de las células de un ojo del ave, y los resultados de ese esfuerzo constituyen ahora el contenido de estos viales. Houck no quiere que las células se calienten tanto como para dañarse, por lo que pasado un minuto, coloca los viales de nuevo en la caja y los devuelve al tanque. El nitrógeno líquido emite un vapor neblinoso y fantasmal.
 
Junto con miles de otros viales de aspecto idéntico, los tubos con células de poo-uli representan lo que se podría describir como un último intento desesperado de conservación: el Zoo Congelado. Hay casi mil especies en este zoo, que ocupa una sala del primer piso del instituto.
Me planteo ese futuro en el que lo que se entiende por conservación se relacionará demasiadas veces con el nitrógeno líquido
Por ahora, al menos, todas excepto una de las especies que están congeladas a temperaturas muy bajas siguen teniendo ejemplares de carne y hueso. Pero se podría predecir con bastante fiabilidad que en los próximos años habrá cada vez más especies que sigan los pasos del poo-uli. Muchos de los animales de ese «zoo» están en grave peligro de extinción; entre ellos, el orangután de Sumatra, el leopardo del Amur y el solitario puaiohi, un ave cantora de Kauai. Mientras miro cómo Houck guarda los pequeños viales, me planteo ese futuro en el que lo que se entiende por conservación se relacionará demasiadas veces con el nitrógeno líquido. A pesar de que las ranas y los sapos gozan del dudoso mérito de pertenecer al grupo de animales con mayor riesgo de extinción, hay que señalar que las tasas de extinción de muchas otras clases de animales se están aproximando a las de los anfibios: se calcula que una tercera parte de los corales que construyen arrecifes, una cuarta parte de los mamíferos, una quinta parte de los reptiles y una sexta parte de las aves están abocadas al olvido.

«Creo que habrá cada vez más especies en las que el único material vivo que quede sea unas células dentro del Zoo Congelado», me dice Oliver Ryder, el director de genética del instituto. Resulta que una especie de este tipo, bueno, en realidad una subespecie –el rinoceronte blanco norteño–, se encuentra a tan solo unos cientos de metros del despacho de Ryder. De este animal nativo de África central solo quedan siete ejemplares, y su inminente extinción se considera inevitable. Dos de los siete animales –Nola, una hembra, y Angalifu, un macho– viven en el Safari Park del Zoo de San Diego, y cuando salgo del instituto para ir a verlos, los encuentro disfrutando del sol de media tarde. Ambos están acercándose a los 40 años de edad y son demasiado mayores para reproducirse, pero cuando mueran, en cierta manera, podemos decir que sobrevivirán: una última esperanza suspendida en una nube congelada.
 
 PhotoArk: Retratos de animales antes de que desaparezcan :
En una misión profundamente personal, Joel Sartore se ha propuesto fotografiar todos los animales que pueda...antes de que desaparezcan :

150510 Newport Aquarium 9018. Pingüino barbijo
Pingüino barbijo
Foto: Joel Sartore

ANI062-00340 hr. Puercoespín arborícola
Puercoespín arborícola
Foto: Joel Sartore

ANI078-00388 hr. Rana dorada de Panamá
Rana dorada de Panamá
Foto: Joel Sartore

31 ANI050-00104. Rinoceronte blanco norteño
Rinoceronte blanco norteño
Foto: Joel Sartore

ANI040-00178 hr. Cercopiteco de cola roja de de Schmidt
Cercopiteco de cola roja de de Schmidt
Foto: Joel Sartore

ANI019-00531 hr. Gato de las arenas
Gato de las arenas
Foto: Joel Sartore

ANI013-00100 hr. Cocodrilo filipino
Cocodrilo filipino
Foto: Joel Sartore

150722 Budapest Zoo 17544. Cetonia polifemo de la subespecie "confluens"
Cetonia polifemo de la subespecie "confluens"
Foto: Joel Sartore
ANI012-00041. Erizo de vientre blanco
Erizo de vientre blanco
Foto: Joel Sartore

150722 Budapest Zoo 19374. Mantis gigante de Taiwan
Mantis gigante de Taiwán
Foto: Joel Sartore

150328 Philly Zoo 161433. Lirón asiático de jardín
Lirón asiático de jardín
Foto: Joel Sartore

151025 Pure Aquariums 41523. Pez payaso de cola amarilla
Pez payaso de cola amarilla
Foto: Joel Sartore
150129 Tracy Aviary Woodrat 134243. Rata cambalachera de garganta blanca
Rata cambalachera de garganta blanca
Foto: Joel Sartore
ANI058-00063 HR. Panda gigante
Panda gigante
Foto: Joel Sartore

BIR035-00072 hr. Flamenco del Caribe
Flamenco del Caribe
Foto: Joel Sartore

ANI062-00339 hr. Pangolín arborícola africano
Pangolín arborícola africano
Foto: Joel Sartore
ANI064-00069 hr. Mandril
Mandril
Foto: Joel Sartore

ANI027-00106. Pitón verde arborícola
Pitón verde arborícola
Foto: Joel Sartore

NationalGeographic 1380992. Rana deslizadora sudamericana
Rana deslizadora sudamericana
Foto: Joel Sartore
ANI040-00296 HR. Macaco de cola de león
Macaco de cola de león
Joel Sartore

151025 Pure Aquariums 41682. Caracola del lodo
Caracola del lodo
Foto: Joel Sartore

ANI004-00112 HR. Fénec
Fénec
Foto: Joel Sartore
151010 Mandalay Aquatics 37789. Gallito de las rocas guayanés
Gallito de las rocas guayanés
Foto: Joel Sartore

ANI012-00169 high res. Puercoespín norteamericano
Puercoespín norteamericano
Foto: Joel Sartore

151201 Plzen Zoo 54556. Pinzones australianos
Pinzones australianos
Fotos: Joel Sartore

120805 Gladys Porter Zoo 16128 hr. Varano de MacRae
Varano de MacRae
Foto: Joel Sartore
70 FIS023-00073 hr. Babosa de mar gigante
Babosa de mar gigante
Foto: Joel Sartore
ANI012-00025 high res. Rata topo lampiña
Rata topo lampiña
Foto: Joel Sartore
ANI040-00174 hr. Orangután de Sumatra
Orangután de Sumatra
Foto: Joel Sartore
120802 Gladys Porter Zoo 12346 1. Gacela dama
Gacela dama
Foto: Joel Sartore
151020 Suzhou Zoo 39501 hr. Galápago de caparazón blando de Shanghai
Galápago de caparazón blando de Shanghai
Foto: Joel Sartore

ANI012-00247 hr. Musaraña elefante de Peters
Musaraña elefante de Peters
Foto: Joel Sartore

ANI040-00333 HR. Langur de Cat Ba
Langur de Cat Ba
Joel Sartore

ANI042-00005 hr. Lémur de cola anillada
Lémur de cola anillada
Foto: Joel Sartore
ANI045-00013. Cebra de Grevy
Cebra de Grevy
Foto: Joel Sartore

ANI040-00483 hr. Mono araña de cabeza parda
Mono araña de cabeza parda
Foto: Joel Sartore
ANI048-00022 hr. Tapir malayo
Tapir malayo
Foto: Joel Sartore
ANI051-00032 hr. Bilbi mayor
Bilbi mayor
Foto: Joel Sartore
ANI042-00004 hr. Lémur rufo rojo
Lémur rufo rojo
Foto: Joel Sartore

ANI040-00187 hr. Cercopiteco de Diana
Cercopiteco de Diana
Foto: Joel Sartore
ANI065-00060 hr. Serpiente ratera rinoceronte
Serpiente ratera rinoceronte
Foto: Joel Sartore
ANI072-00051 high res. Ardilla roja de la subespecie "exalbidus"
Ardilla roja de la subespecie "exalbidus"
Foto: Joel Sartore
ANI090-00001 hr. Orangután
Orangután
Foto: Joel Sartore
BIR010-00074 hr. Ibis tornasolado
Ibis tornasolado
Foto: Joel Sartore

ANI092-00038 hr. Camaleón pantera
Camaleón pantera
Foto: Joel Sartore

ANI040-00360 hr. Langur de Delacour
Langur de Delacour
Foto: Joel Sartore
ANI094-00001 HR. Loris perezoso pigmeo
Loris perezoso pigmeo
Foto: Joel Sartore

BIR015-00107 hr. Ostrero pío americano
Ostrero pío americano
Foto: Joel Sartore

BIR025-00111 high res. Búho nival
Búho nival
Foto: Joel Sartore

ANI068-00013 hr. Rana cornuda de América del Sur
Rana cornuda de América del Sur
Foto: Joel Sartore

BIR053-00028. Carraca de raquetas
Carraca de raquetas
Foto: Joel Sartore

BIR055-00001 hr. Paloma de Nicobar
Paloma de Nicobar
Foto: Joel Sartore

ESA002-00410 hr. Guacamayo jacinto
Guacamayo jacinto
Foto: Joel Sartore

FIS011-00320-HR. Camarón escarlata
Camarón escarlata
Foto: Joel Sartore

BIR037-00117 high res. Loro cacique
Loro cacique
Foto: Joel Sartore

INS002-00199 hr. Ciervo volante gigante
Ciervo volante gigante
Foto: Joel Sartore

INS006-00122 HR. Tarántula de Paraguaná
Tarántula de Paraguaná
Foto: Joel Sartore

INS014-00017. Escolopendra poliforma de Arizona
Escolopendra poliforma de Arizona
Foto: Joel Sartore

INS014-00116 hr. Milpiés de bandas amarillas
Milpiés de bandas amarillas
Foto: Joel Sartore

INS017-00038 hr. Escorpión de cola delgada
Escorpión de cola delgada
Foto: Joel Sartore
INS014-00161-HR. Termita norteamericana
Termita norteamericana
Foto: Joel Sartore

BIR055-00061-HR. Dúcula cerirrubra
Dúcula cerirrubra
Foto: Joel Sartore

INS007-00119 hr. Mariposa emperador de manchas azules
Mariposa emperador de manchas azules
Fotos: Joel Sartore

NationalGeographic 1512351. Rana deslizadora china
Rana deslizadora china
Foto: Joel Sartore

ENV020-00162. Perca de Virginia
Perca de Virginia
Foto: Joel Sartore

INS007-00129 HR. Mariposa de la pasionaria de la subespecie incarnata
Mariposa de la pasionaria de la subespecie incarnata
Foto: Joel Sartore

P1A FIS011-00333 hr. Pez león
Pez león
Foto: Joel Sartore

WOL009-00114 hr. Lobo del Himalaya
Lobo del Himalaya
Foto: Joel Sartore

NationalGeographic 1764943. Cría de pantera nebulosa
Cría de pantera nebulosa
Tras una sesión de fotos en el Zoo de Columbus, Ohio, una cría de pantera nebulosa juega con Sartore. Estos felinos de la selva tropical de Asia son muy buscandos por los furtivos, ávidos de sus pieles moteadas.
Foto: Grahm S. Jones, Zoo y Acuario de Columbus

En una misión profundamente personal, Joel Sartore se ha propuesto fotografiar todos los animales que pueda...antes de que desaparezcan
Durante muchos años el fotógrafo de National Geographic Joel Sartore trabajó lejos de casa, documentando la asombrosa fauna salvaje del Parque Nacional de Madidi, en Bolivia, escalando los tres picos más altos de Gran Bretaña o acercándose más de lo debido a los grizzlies de Alaska. Mientras tanto, su esposa, Kathy, se quedaba en Lincoln, Nebraska, al cuidado de los hijos.

Pero en 2005, en la víspera de Acción de Gracias, a Kathy le diagnosticaron un cáncer de mama. La enfermedad trajo consigo siete meses de quimioterapia, seis semanas de radioterapia y dos intervenciones quirúrgicas. Así las cosas, Sartore no tuvo opción: con tres niños de 12, 9 y 2 años, no podía emprender los largos viajes que son la base de su profesión. Hablando ahora de aquellos momentos, recuerda: «Tuve un año para pensar». Y pensó en John James Audubon, el ornitólogo. «Pintó varias aves hoy extinguidas –dice Sartore, quien tiene en casa láminas de los dibujos que Audubon hizo de la cotorra de Carolina y del picamaderos picomarfil–. Vislumbró, ya en el siglo xix, que para algunas especies llegaba el fin.» Pensó en George Catlin, quien se dedicó a pintar a las tribus indias americanas «sabiendo que su modo de vida iba a sufrir profundos cambios» debido a la expansión territorial hacia el oeste. Pensó en Edward Curtis, quien «fotografió y filmó, con las primeras técnicas de audio y vídeo», culturas nativas amenazadas.

«Y luego pensé en mí mismo –dice–. Llevaba casi 20 años fotografiando la naturaleza y no había logrado hacer demasiada mella en la opinión pública.» Había tomado fotos que mostraban en una sola imagen las tribulaciones de una especie determinada –por ejemplo, un ratón viejo de campo de Alabama ante una promoción costera que amenazaba su hábitat–, pero se preguntaba si tendría más éxito adoptando un enfoque diferente, más simple. Con un retrato podría captar la morfología de un animal, sus rasgos, en mu­chos casos su mirada penetrante. ¿Serviría además para captar la atención del público?
Un día de verano de 2006 Sartore llamó a su amigo John Chapo, director ejecutivo del Zoo Infantil de Lincoln, para preguntarle si podría retratar algunos de sus animales. Aunque Kathy estuviese enferma, podía trabajar un poco cerca de casa, y el zoo estaba a un par de kilómetros. Chapo, algo escéptico, le contestó que adelante.
Al llegar, Sartore pidió dos cosas a Chapo y al conservador Randy Scheer: un fondo blanco y un animal capaz de posar inmóvil. «¿Qué tal una rata topo lampiña?», propuso Randy Scheer. Colocó al roedor calvo y dentón sobre una tabla de cortar de cocina y empezó a tomar fotos.

Puede parecer extraño que una criatura tan humilde pudiese servirle de inspiración para lo que acabaría convirtiéndose en la obra de su vida: fotografiar las especies cautivas y hacer que la gente se preocupe de su destino. Pero emprender una misión de alcance mundial a partir de un roedor minúsculo casa a la perfección con la filosofía de Sartore. «Lo que más me gusta es trabajar con bichos como este, a los que nadie presta la menor atención», dice.



Se calcula que en el planeta existen entre dos y ocho millones de especies animales. Muchas de ellas (entre 1.600 y tres millones) podrían extinguirse antes de que acabe este siglo como consecuencia de la pérdida de hábitat, el cambio climático y el comercio de fauna salvaje. «La gente cree que sus nietos ya no verán algunos animales –dice Jenny Gray, directora ejecutiva de los Zoos Victoria de Australia–, cuando la realidad es que están desapareciendo ya.»
Los zoos son la última esperanza de muchos animales abocados a la extinción, pero apenas acogen una mínima parte de las especies del mundo. Así y todo, Sartore calcula que fotografiar la mayoría de las especies en cautividad le llevará 25 años, si no más.
Se calcula que en el planeta existen entre dos y ocho millones de especies animales. Muchas de ellas (entre 1.600 y tres millones) podrían extinguirse antes de que acabe este siglo como consecuencia de la pérdida de hábitat

En los últimos diez años ha fotografiado más de 5.600 animales para el proyecto personal que llama PhotoArk («Arca Fotográfica»). Ha retratado animales pequeños (una rana punta de flecha verdinegra o una mosca de Mydas), grandes (un oso polar o un reno norteamericano de montaña), animales marinos (un pez cara de zorro o un calamar hawaiano) y aves (un faisán de Edwards o un turpial de Montserrat). Y mu­cho más. Dice que no parará hasta que se muera.

Sandra Sneckenberger, bióloga del Servicio de Pesca y Vida Salvaje de Estados Unidos, ha visto de primera mano el efecto que las fotos de Sartore puede tener sobre los demás. Hace unos años la población de chingolos saltamontes de Florida –un ave que, admite Sneckenberger, de lejos parece «marrón y aburrida»– había caído en picado hasta unas 150 parejas que resistían en solo dos localizaciones. Cuando la imagen tomada por Sartore divulgó su situación desesperada, la financiación federal que recibía el Servicio para trabajar por su conservación pasó de 20.000 dólares a más de un millón.
Sartore ha retratado animales que podemos salvar, pero también otros que están condenados a muerte. El verano pasado, en el zoo Dvůr Králové de la República Checa, fotografió un rinoceronte blanco norteño, uno de los cinco ejemplares que quedan en el mundo. Una semana después aquella hembra de 31 años sucumbía a una ruptura quística. En otoño de 2015 murió otro rinoceronte blanco norteño; hoy solo sobreviven un macho y dos hembras. «¿Que si me parece triste la desaparición de los rinocerontes? Triste se queda corto. Es trágica», dice Sartore.

La mayoría de los animales del PhotoArk, proyecto apoyado por National Geographic Society, nunca habían sido fotografiados con tanto detalle, haciendo que sus rasgos, su pelaje o su plumaje se aprecie con tanta claridad. Si desaparecen, las fotos servirán para recordarlos. El objetivo de Sartore «no es solamente componer una necrológica gigantesca de lo que hemos echado a perder –afirma–. El objetivo es ver estos animales tal y como eran cuando vivían».

Hoy millones de personas ya han visto todas estas criaturas. Se han encontrado con su mirada en Instagram, en esta revista, en documentales, y también proyectadas en algunos de los monumentos más importantes del mundo: el Empire State Building, la sede de la ONU y, recientemente, la basílica de San Pedro.
Hay tantas maneras de fotografiar un animal como animales hay en el mundo, pero Sartore trabaja dentro de unos parámetros básicos. Toma todos los retratos sobre un fondo negro o blanco. «Es un método de igualación muy democrático –declara–. El oso polar no es más importante que el ratón, ni el tigre que el escarabajo tigre.»

A los animales grandes los fotografía en sus recintos, donde o bien cuelga un telón negro gigante que hace de fondo o bien pinta un muro. A los pequeños los coloca en una caja acolchada, con un orificio lateral por el cual introduce el objetivo. «Algunos se quedan dormidos o se po­nen a comer –cuenta–. Y a muchos no les gusta nada.» Nunca prolonga las sesiones, que como mucho duran unos pocos minutos.

La tarea de manipular a los animales compete únicamente al personal de los zoos. Si en algún momento «el animal da señales de estrés –explica el fotógrafo–, la sesión concluye en el acto. Su seguridad y comodidad es primordial». Ningún animal ha sufrido nunca el menor daño.

Algo que no puede decir el propio Sartore. «En una ocasión una grulla intentó picarme los ojos –recuerda–. Fue espantoso.» Un mandril, un primate bastante corpulento, le propinó un puñetazo en plena cara. Un cálao cabeciblanco («el pájaro más malvado y mal nacido que me he encontrado jamás») le arreó un picotazo que lo dejó sangrando. «Pero en cierto modo me lo busqué yo mismo, ¿verdad?», concluye.
Joel y Kathy Sartore están sentados a la mesa de la cocina de su casa de Lincoln, a media luz. Él regresó anoche de Madagascar (en 2007 retomó sus viajes) y quiere que su mujer le ayude a elegir las fotos de lémures y patos buceadores que va a colgar en Instagram. «Lo que atrae a la gente es el elemento humano», dice Kathy, que muchas veces le hace de editora gráfica.
Joel Sartore se crió cerca de Lincoln, en Ralston, Nebraska. Sus padres amaban la naturaleza. El padre lo llevaba a recoger setas en primavera, a pescar en verano y a cazar en otoño; la madre, que falleció el verano pasado, le regaló un especial sobre pájaros cuando tenía unos ocho años, un libro que quizá le cambió la vida. Hacia el final, en un capítulo sobre extinciones, había una foto de Martha, la última paloma migratoria del mundo. Él recuerda volver a aquella página una y otra vez: «Me asombraba que de una población de miles de millones de individuos solo quedase uno».
Joel y Kathy se conocieron cuando estudiaban en la Universidad de Nebraska, en un local llamado el Zoo Bar. «Quedábamos para pescar y cazar ranas», recuerda Kathy. Tiene su explicación, aclara Sartore: «Eran ranas toro, que en Lincoln son una especie invasora».

Kathy sufrió una recaída del cáncer en 2012; se sometió a una mastectomía doble. Ese mismo año a su hijo Cole, de 18 años, le diagnosticaron un linfoma. Ambos superaron sus enfermedades, pero no sin consecuencias. «Ahora lo relativizamos todo mucho más», dice Sartore.

El proyecto PhotoArk también lo ha cambiado a él: «Me ha hecho consciente de mi propia mortalidad. Sé cuánto tiempo me llevará completarlo». Si no consigue fotografiar las miles de especies que le quedan, lo relevará Cole. «Quiero que las fotos sigan cumpliendo su misión mucho después de mi muerte», dice Sartore.
National Geographic
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui