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viernes, 3 de noviembre de 2017

EVOLUCIÓN HUMANA : HISTORIA .- NATIONAL GEOGRAPHIC .- El mundo a pie: caminata más allá del Edén

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., es aún un enigma en el preciso momento que el hombre moderno comenzó a caminar en dos pies, la Revista National Geographic, nos entrega la historia de un periodista Paul Salopek, quien se inicia con este proceso histórico desde el Gran Rift Valley de África oriental, y va a  recorrer a pie la ruta que siguieron nuestros antepasados para descubrir el mundo hace por lo menos 60.000 años. Su propósito es estudiar como  recorrer a pie la ruta que siguieron nuestros antepasados para descubrir el mundo hace por lo menos 60.000 años,  aquellos nómadas pioneros que en total no sumaban más de un par de cientos de individuos, nos legaron las cualidades más sutiles que hoy asociamos con el ser humano: el lenguaje complejo, el pensamiento abstracto, el impulso artístico, el genio para la innovación tecnológica y la actual diversidad racial. Sabemos muy poco de ellos. Cruzaron el estrecho de Bab el-Mandeb, la «puerta de las lamentaciones» que separa África de Arabia, y en apenas 2.500 generaciones –un abrir y cerrar de ojos en términos geológicos– ocuparon hasta el más remoto de los rincones habitables de la Tierra.(Texto de National Geographic)......
 El periodista Paul Salopek, escribe: .." Guiado por los fósiles y la nueva ciencia de la «genografía» (disciplina que analiza el ADN de las poblaciones vivas en busca de mutaciones útiles para seguir el rastro de antiguas diásporas), me dirigiré al norte, de África a Oriente Próximo. Desde allí, mi ruta ancestral continúa hacia el este, a través de las vastas y áridas llanuras de Asia hasta China. De nuevo rumbo al norte, avanzaré hacia las azules sombras de Siberia. Desde Rusia, pasaré en barco a Alaska y recorreré, paso a paso, toda la costa occidental del Nuevo Mundo hasta Tierra del Fuego, territorio brutalmente azotado por el viento y última parada de nuestra especie en el nuevo continente. Serán un total de 34.000 kilómetros a pie....."
El periodista Paul Salopek; agrega:..." Los científicos del proyecto de investigación del Awash medio fueron quienes nos invitaron a iniciar el camino en Herto Bouri, nuestro simbólico kilómetro cero en el Rift de Etiopía, uno de los yacimientos de huesos humanos más prolíficos del mundo. En este famoso lugar se han hallado algunos de los fósiles humanos más antiguos que se conocen, como Homo sapiens idaltu, extinguido hace 160.000 años. Se trata de un antepasado de huesos grandes, una versión de nosotros mismos en los albores de nuestra historia.
Los investigadores del proyecto del Awash medio, un equipo dirigido por Tim White, Berhane Asfaw y Giday WoldeGabriel, han descubierto en Etiopía muchos de los fósiles de homininos más importantes de los últimos decenios, entre ellos los de Ardipithecus ramidus, un bípedo que vivió hace 4,4 millones de años. Elema, mi impredecible guía afar, es su veterano cazador de fósiles...."
Los invito a leer esta apasionante historia...."
 
http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/el-mundo-a-pie_7855/1

http://www.ngenespanol.com/exploracion/caminata-fuera-del-eden/15/04/28/caminata-fuera-deleden.HTML

El periodista Paul Salopek emprende un viaje de siete años a pie desde África hasta Tierra del Fuego tras los pasos de nuestros inquietos antepasados.


El mundo a pie
Paul Salopek conduce sus dromedarios a través del desierto etíope de Afar, reviviendo nuestro primer viaje.
Foto: John Stanmeyer

El mundo a pie
Inmigrantes africanos atestan por la noche la playa de Djibouti y tratan de captar la señal de telefonía móvil de la vecina Somalia, mucho más barata. Un tenue vínculo con la familia más allá de las fronteras.
Foto: John Stanmeyer

El mundo a pie
En el desierto de Afar la gente reza para que llueva. Una sequía extrema de miles de años de duración pudo dejar aislados en África a los primeros humanos, al hacer que los desplazamientos fuesen muy arriesgados. Un cambio climático con períodos húmedos probablemente impulsó la primera migración.
Foto: John Stanmeyer

El mundo a pie
Donde hay agua, también hay dromedarios y pastores. Pero el espacio para la vida tradicional seminómada se reduce. En Etiopía un dique desvía el cauce del río Awash como parte de un proyecto para convertir el desierto en una vasta plantación de caña de azúcar.
Foto: John Stanmeyer

El mundo a pie
A pocos centímetros de la superficie del árido desierto de Afar, los paleontólogos del Proyecto del Awash Medio encuentran utensilios y otras evidencias de humanos de hace 60.000 años o más. Un joven afar con un cuchillo tradicional, o jile, en la mano observa a los investigadores mientras trabajan en uno de los lugares más calurosos de la Tierra.
Foto: John Stanmeyer

El mundo a pie
Unos dromedarios viajan a bordo de un camión en dirección a la ciudad de Djibouti, donde los embarcarán rumbo a Oriente Medio. Los dromedarios criados en el Cuerno de África son un valioso artículo de exportación. El destino de algunos de ellos son las carreras, otros los compran por su leche, pero la mayoría se subastan y se sacrifican para aprovechar la carne, un alimento básico en los países del golfo Pérsico.
Foto: John Stanmeyer

El mundo a pie
Un viaje desesperado encontró su fin en un campo de lava en Djibouti. Decenas de tumbas y cadáveres aparecieron a lo largo de la ruta, ejemplo trágico de los africanos que han muerto en la travesía de ese desierto brutal de camino a Oriente Medio en busca de trabajo.
Foto: John Stanmeyer
 
El mundo a pie
Vestidas de blanco como símbolo de pureza, las mujeres acuden a orar a una iglesia ortodoxa de Etiopía, en Asaita. Cada vez son más los cristianos de las tierras altas de Etiopía que vienen a esta zona, a trabajar en las plantaciones.
Foto: John Stanmeyer

El mundo a pie
Un caballero afar examina sus elegantes rizos untados con leche de dromedaria en el espejo de un salón de belleza.
Foto: John Stanmeyer

El mundo a pie
Los camioneros que recorren largas distancias hacen un alto en el camino para disfrutar de la sombra y de unas partidas de billar en un hotel de Logiya, Etiopía.
Foto: John Stanmeyer

El mundo a pie
Los desperdicios de plástico tirados por los viajeros se enganchan en una acacia y susurran con la brisa. Los nómadas afar utilizan el término hahai, o «gente del viento», para referirse a los refugiados, desertores, emigrantes y otros grupos que pasan por el desierto.
Foto: John Stanmeyer

El mundo a pie
Oasis urbano, el mercado central de Djibouti palpita con el tráfico. A bordo de los autobuses llegan inmigrantes, que según Salopek han pasado en tan solo una generación de pastores premodernos a asalariados en esta ciudad de 500.000 habitantes.
Foto: John Stanmeyer
 
El mundo a pie
Más de 20 hombres, casi todos etíopes, aguardan hacinados en una choza de Djibouti a que sus parientes efectúen el pago al cabecilla de una banda que los pasará ilegalmente a Yemen. Unas 100.000 personas emigran cada año del Cuerno de África en busca de trabajo.
Foto: John Stanmeyer
 
El mundo a pie
Armados con sus viejos AK-47, los guardacostas de Djibouti vigilan las aguas de Bab el-Mandeb. Los primeros humanos que salieron de África lo hicieron atravesando este estrecho. Salopek se embarcó aquí hacia Arabia Saudí, siguiendo su estela.
Foto: John Stanmeyer
20 de diciembre de 2013

Andar es caer hacia delante. Cada paso que damos es una caída que detene­mos a tiempo, un fracaso que evitamos, un desastre que sorteamos. Por eso caminar es un acto de fe. Lo repetimos a diario: un milagro en dos compases, un balanceo yámbico, una alternancia entre contenerse y dejarse ir. Durante los próximos siete años me precipitaré por el mundo.
Estoy de viaje. Voy en pos de una idea, una historia, una quimera, quizás una locura. Persigo fantasmas. Partiendo de la cuna de la humanidad en el Gran Rift Valley de África oriental, pienso recorrer a pie la ruta que siguieron nuestros antepasados para descubrir el mundo hace por lo menos 60.000 años. Ese sigue siendo con diferencia el mayor de nuestros viajes. Pero no porque nos abriera las puertas del planeta, sino porque aquellos primitivos Homo sapiens que abandonaron por primera vez el continente original, aquellos nómadas pioneros que en total no sumaban más de un par de cientos de individuos, nos legaron las cualidades más sutiles que hoy asociamos con el ser humano: el lenguaje complejo, el pensamiento abstracto, el impulso artístico, el genio para la innovación tecnológica y la actual diversidad racial. Sabemos muy poco de ellos. Cruzaron el estrecho de Bab el-Mandeb, la «puerta de las lamentaciones» que separa África de Arabia, y en apenas 2.500 generaciones –un abrir y cerrar de ojos en términos geológicos– ocuparon hasta el más remoto de los rincones habitables de la Tierra.
Milenios después, sigo sus pasos.
Guiado por los fósiles y la nueva ciencia de la «genografía» (disciplina que analiza el ADN de las poblaciones vivas en busca de mutaciones útiles para seguir el rastro de antiguas diásporas), me dirigiré al norte, de África a Oriente Próximo. Desde allí, mi ruta ancestral continúa hacia el este, a través de las vastas y áridas llanuras de Asia hasta China. De nuevo rumbo al norte, avanzaré hacia las azules sombras de Siberia. Desde Rusia, pasaré en barco a Alaska y recorreré, paso a paso, toda la costa occidental del Nuevo Mundo hasta Tierra del Fuego, territorio brutalmente azotado por el viento y última parada de nuestra especie en el nuevo continente. Serán un total de 34.000 kilómetros a pie.
Me he embarcado en este proyecto, al que he llamado Caminata Más Allá del Edén (Out of Eden Walk), por muchas razones: para redescubrir los contornos del planeta al ritmo humano de cinco kilómetros por hora. Para desacelerar, para pensar, para escribir… Para informar de los sucesos como una forma de peregrinaje. Espero restablecer ciertas conexiones importantes que la velocidad tecnológica y la falta de atención han destruido. Camino, como todos, para ver qué hay más adelante. Camino para rememorar.

Las sendas trazadas en el desierto etíope son quizá las marcas humanas más antiguas del mundo. Son muchos los que todavía las recorren: los hambrientos, los pobres, los castigados por el clima, los hombres y las mujeres que huyen como sonámbulos de la guerra. Casi mil millones de personas se desplazan hoy por el mundo. Vivimos la mayor migración en masa que ha conocido nuestra especie. Como siempre, el destino final es incierto. En la ciudad de Djibouti, los inmigrantes africanos enarbolan por la noche sus teléfonos móviles en playas cubiertas de basura para captar la barata señal procedente de la vecina Somalia. Los oí murmurar: Oslo, Melbourne, Minnesota… La imagen era extraña, y triste, y hermosa. Seiscientos siglos después, seguimos buscando que nos guíen, nos conforten, o incluso que nos rescaten, los que han emprendido el camino antes que nosotros.
 
Herto Bouri, Etiopía.
«¿Adónde vais a pie?», nos preguntan los pastores afar.
«Al norte, a Djibouti.» (No mencionamos Tierra del Fuego. Demasiado lejos. No tendría sentido.)
«¿Estáis locos? ¿Estáis enfermos?»
Por toda respuesta, Mohamed Elema Hessan –mi guía y protector en el abrasador Triángulo Afar, un granuja encantador, capaz de resolver cualquier problema– se inclina y se ríe. Él dirige nuestra microcaravana: dos dromedarios esquelé­ticos. No es la primera vez que oigo sus carcaja­das socarronas. Para él, este proyecto es un chiste, una broma cósmica. ¡Siete años andando! ¡Por tres continentes! Siete años de dificultades, soledad, incertidumbre, miedo, agotamiento, confu­sión, y todo por unas cuantas ideas, palabras y extravagancias científicas y literarias. Le parece absurdo y le hace gracia. No me extraña, sobre todo considerando nuestro ridículo comienzo.
Me he despertado antes del alba y he visto nieve: espesa, densa, sofocante, cegadora, como plancton suspendido en el fondo de un mar sin sol, formando remolinos a la luz de mi linterna frontal. Era polvo. Cientos de animales de la aldea de Elema habían levantado una nube de polvo tan fino como el talco. Había cabras, ovejas y dromedarios, pero por desgracia ninguno de esos dromedarios eran los nuestros.
Las bestias de carga que había alquilado meses antes (aspecto esencial de un proyecto que había requerido miles de horas de planificación) no aparecían por ninguna parte. Tampoco se habían presentado los conductores, dos nómadas llamados Mohamed Aidahis y Kader Yarri. Hemos tenido que quedarnos sentados en el polvo, esperando. Ha salido el sol, ha empezado a hacer calor, las moscas zumbaban. Al este, al otro lado del Rift, nuestra primera frontera, la de Djibouti, se alejaba a razón de dos centímetros al año, la velocidad con que Arabia se separa de África.
¿Estáis locos? ¿Estáis enfermos? ¿Sí? ¿No? ¿Quizá?
El Triángulo Afar, en el nordeste de Etiopía, es un temido paisaje lunar sin una gota de agua. La temperatura roza los 50 °C. Hay salares tan brillantes que queman la vista. Sin embargo, hoy llueve. Elema y yo no tenemos tiendas impermeables. Pero tenemos una bandera etíope con la que mi compañero se envuelve para caminar. Hemos encontrado y alquilado dos dromedarios. Atravesamos un llano jalonado de acacias, oscurecido hasta el color del chocolate por las gotas de lluvia. Las patas de los dromedarios levantan la frágil costra de humedad y dejan atrás pálidas elipses de polvo claro.
A los 20 kilómetros, Elema ya me pide permiso para volver a su casa. Se ha dejado las botas americanas de andar. Y la linterna. Y también el sombrero y el móvil. Consigue que lo lleven en coche desde nuestro primer campamento hasta su pueblo para recoger esos importantes artículos. Ya ha vuelto. Ha hecho todo el camino de re­­greso corriendo y ahora se queja, riendo, de que se le ha irritado la piel de la entrepierna.
Es imposible recordar todos los detalles en un proyecto de esta magnitud. Yo también me he dejado cosas olvidadas: mochilas ligeras de nailon, por ejemplo. Por eso comienzo mi ruta desde África con equipaje de avión: una maleta urbana con ruedecitas de plástico y asa retráctil, amarrada al lomo de un dromedario.
Los científicos del proyecto de investigación del Awash medio fueron quienes nos invitaron a iniciar el camino en Herto Bouri, nuestro simbólico kilómetro cero en el Rift de Etiopía, uno de los yacimientos de huesos humanos más prolíficos del mundo. En este famoso lugar se han hallado algunos de los fósiles humanos más antiguos que se conocen, como Homo sapiens idaltu, extinguido hace 160.000 años. Se trata de un antepasado de huesos grandes, una versión de nosotros mismos en los albores de nuestra historia.
Los investigadores del proyecto del Awash medio, un equipo dirigido por Tim White, Berhane Asfaw y Giday WoldeGabriel, han descubierto en Etiopía muchos de los fósiles de homininos más importantes de los últimos decenios, entre ellos los de Ardipithecus ramidus, un bípedo que vivió hace 4,4 millones de años. Elema, mi impredecible guía afar, es su veterano cazador de fósiles.
Criado en una cultura nómada de fieros guerreros, Elema habla tres idiomas: afar, amárico y un inglés chapurreado que ha aprendido de los científicos del Awash medio. Es paleontólogo por derecho propio: suelta tacos y exclamaciones de asombro mientras identifica los estratos geológicos del Rift. (A mí me ha puesto el afectuoso apodo de Culo Blanco, y yo le devuelvo el cumplido llamándolo Culo Escocido, por su entrepierna perennemente irritada.) Es el balabat, o jefe tradicional, del clan Bouri-Modaitu de los afar. En su móvil tiene los teléfonos de aristócratas etíopes y de eruditos franceses. Estudió hasta el octavo curso en las escuelas del emperador Haile Selassie. Es un fenómeno.
Estamos acampados en Aduma, donde los científicos del Awash medio vienen a recogernos. Quieren enseñarnos un yacimiento del paleolítico medio.
«Estos utensilios son un poco anteriores a los humanos cuyos pasos estáis siguiendo –dice Yonatan Sahle, investigador etíope del Centro de Investigación sobre Evolución Humana, de la Universidad de California en Berkeley–. Pero la tecnología de estos últimos era básicamente igual de avanzada. Tenían armas arrojadizas que les permitieron superar a los otros homininos que se encontraron fuera de África.»
Nos inclinamos sobre una delicada punta lítica, una obra de arte que yace donde la dejó su fabricante hace entre 80.000 y 100.000 años. Oímos gritos a lo lejos y levantamos la vista.
Vemos a una mujer afar que se acerca a paso rápido por el desierto, agitando los brazos. ¿Quiere que nos marchemos de su colina? Va directa­mente hacia un hombre que dormita en el suelo y le propina un puntapié. Después coge una piedra –quizás un útil del paleolítico medio– y lo amenaza con partirle la cabeza. ¿Querrá co­­brarse una deuda? ¿Será un asunto pasional?
Oigo reír a la víctima. Conozco esas carcajadas de loco. Son del hombre que me guiará hasta Djibouti, en el golfo de Adén.
 
Dalifagi, Etiopía.
El agua es oro en el Triángulo Afar de Etiopía.
No me extraña. Estamos en uno de los desiertos más calurosos del planeta. En tres días de marcha por las proximidades del escarpe occidental del Rift, Elema y yo solo encontramos una milagrosa charca de agua de lluvia fangosa para aliviar la sed de nuestros dromedarios. Pero al día siguiente nos topamos con un nuevo tipo de oasis, un preciado oasis electrónico: el poblado de Dalifagi.
Las vastas llanuras de sal que envuelven las fronteras de Etiopía, Djibouti y Eritrea ni siquiera estuvieron cartografiadas hasta la década de 1920. Durante siglos, los belicosos pastores afar que dominaban la región resistieron todo intento de incursión del mundo exterior. Sin embargo, en la actualidad, además de su armamento habitual de dagas afiladas y fusiles Kaláshnikov, llevan teléfonos móviles. Han adoptado el instrumento de la comunicación instantánea con auténtico fervor. «Les da poder –dice Mulukan Ayalu, de 23 años, técnico del Gobierno etíope encargado del mantenimiento de la diminuta central eléctrica de Dalifagi–. Pueden llamar a diferentes comerciantes de cabras y elegir el mejor precio.»
El generador diésel de Dalifagi produce una corriente de 220 voltios durante seis horas cada día. Por unos céntimos, Ayalu recarga las baterías de los teléfonos de los nómadas. Los lunes (el día de mercado), pastores de aspecto fiero hacen cola delante de su despacho. Entre los pliegues de las túnicas semejantes a sarongs se adivinan los móviles «muertos» de los vecinos de poblados lejanos. Los nómadas son adictos a esos aparatos. «¿Aló? ¿Aló?», aúlla Elema a su móvil mientras vamos por el camino. Está preguntando cómo se llega a un antiguo pozo, o intercambiando noticias de los temidos issa, bandoleros armados de un grupo nómada rival.
El oasis electrónico de Dalifagi es la historia auténtica de hoy en el África subsahariana. Novecientos millones de personas. Una carrera vertiginosa hacia la era digital. Aspiraciones en rápido aumento. Consecuencias desconocidas.
 
Cerca del río Talalak, Etiopía.
El calzado es una moderna marca de identidad. No hay mejor manera de adivinar los valores básicos de un individuo a principios del siglo xxi. Hay que mirarle los pies, no a los ojos.
En el opulento «norte global», donde la moda satisface cualquier capricho y vanidad, el calzado indica la clase social, el grado de modernidad, la profesión, la disponibilidad sexual e incluso las convicciones políticas del usuario (no es lo mismo un par de zuecos que unas botas de cowboy). Resulta desconcertante, pues, caminar por una tierra donde los seres humanos –millones y millones de hombres, mujeres y niños– se ponen todas las mañanas el mismo tipo de calzado: las versátiles, democráticas y baratas sandalias de plástico de Etiopía. La pobreza orienta la demanda. La única marca es la necesidad.
Disponibles en una reducida gama de tonos sintéticos –negro, rojo, marrón, verde y azul–, las humildes sandalias de goma son un triunfo de la inventiva local. Fabricarlas no cuesta nada. Es posible hacerse con un par por el equivalente a un día de trabajo en el campo. (Tal vez dos dólares.) Son frescas, ya que permiten la circulación del aire en torno a los pies sobre el suelo abrasador del desierto. Las ubicuas sandalias de la Etiopía rural no pesan nada y son reciclables. Y todo el mundo las repara en casa: las tiras de plástico rotas se funden y vuelven a unirse sobre el fuego de leña.
A nuestra caravana de dromedarios binaria –las dos bestias de carga que la forman se llaman A’urta, «Cambiado por una Vaca», y Suma’atuli, «Marcado en la Oreja»– se han sumado por fin los dos conductores de dromedarios que estaban desaparecidos: Mohamed Aidahis y Kader Yarri. Los dos hombres nos dieron alcance desde nuestro punto de partida en Herto Bouri tras varios días de marcha a paso rápido. Tal como es costumbre aquí, nadie ha pedido ni ha dado explicaciones sobre la naturaleza de su demora de una semana. Llegaron tarde. Ahora están con nosotros. Ambos calzan las sandalias de plástico típicas de la región. Son de color verde lima.
El polvo del Rift Valley es un palimpsesto escrito con las huellas de ese calzado. Si bien las populares sandalias etíopes se producen en masa, sus usuarios no. Puede haber un hombre que arrastre el talón izquierdo, o una mujer que haya quemado la suela derecha al pisar una brasa.
El otro día Elema se arrodilló en el sendero para examinar esa interminable mutación de huellas.
«La’ad Howeni nos estará esperando en Dalifagi», dijo, señalando un rastro de sandalias en particular. Cuando llegamos a Dalifagi, La’ad nos estaba esperando.
 
Cerca de Hadar, Etiopía.
Vamos andando en dirección a Warenso.
El mundo cambia cuando tienes sed. Se encoge, pierde profundidad. El horizonte se acerca. (En el norte de Etiopía la Tierra se da topetazos contra el cielo, liso y duro como la superficie de un cráneo.) El desierto se estrecha en torno a ti como un nudo corredizo. El cerebro sediento comprime las distancias del Rift, sorbiendo los kilómetros con los ojos, y los amplifica, en busca de algún indicio de agua. Lo demás no importa.
Elema y yo hemos andado más de 32 kilómetros con un calor agobiante. Nos hemos separado de los dromedarios para visitar un yacimiento arqueológico acurrucado en una hondonada: Gona, el lugar donde se hallaron los utensilios líticos más antiguos del mundo (2,6 millones de años). Nuestras cantimploras están vacías. Estamos incómodos, ansiosos. Hablamos poco. (¿Qué podríamos decir? ¿Para qué resecarnos la lengua?) Los rayos del sol nos penetran en la cabeza. Un proverbio afar dice que el hombre sediento o perdido hace bien en seguir caminan­do bajo el sol, porque tarde o temprano alguien lo verá. Ceder a la tentación de la sombra y caer bajo uno de los 10.000 arbustos espinosos sig­nifica la muerte: nadie te encuentra. Por eso seguimos andando con paso vacilante a la luz cegadora de la tarde, hasta que oímos un tenue balido de cabras. Entonces sonreímos. Podemos empezar a relajarnos. Si hay cabras, hay gente.
Nuestros anfitriones: una familia afar acampada en una colina. Dos mujeres jóvenes, fuertes y sonrientes. Ocho niños vestidos con harapos. Y una mujer muy anciana –no sabe su edad–, agachada como un gnomo a la sombra de unos juncos. Se llama Hasna. Ha estado sentada allí, tejiendo con dedos de araña, desde el principio de los tiempos. Nos invita a sentarnos con ella, a descansar los huesos y quitarnos los zapatos. Nos sirve agua de un bidón maltrecho. Es calcárea y está tibia, pero aun así es un tesoro. Nos ofrece un puñado de bayas amarillas de un árbol silvestre que crece en los oasis. Es nuestra madre.
Cuando nuestros antepasados salieron de África hace 60.000 años o más, se encontraron con otras especies de homininos. El mundo estaba lleno de primos extraños: Homo neanderthalensis, Homo floresiensis, los denisovanos, y quizás otras variedades de parientes que no eran exactamente como nosotros.
Cuando se producía un encuentro con ellos, quizá como ahora, en la cumbre de alguna colina, ¿compartíamos el agua, nos mezclábamos pacíficamente y teníamos descendencia, como sugieren algunos genetistas? (Fuera de África, las poblaciones modernas presentan al parecer hasta un 2,5 % de ADN neandertal.) ¿O violába­mos y matábamos, iniciando así la larga historia de genocidios de nuestra especie? (En una cueva ocupada por humanos modernos, Fernando Ramírez Rozzi, del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia, ha identificado una mandíbula de neandertal con marcas de utensilios que sugieren un posible canibalismo.) Los científicos aún debaten ese enigma. Lo único seguro es que solo nosotros sobrevivimos para adueñarnos de la Tierra. Ganamos el planeta, pero al precio de quedarnos sin familia cercana. Somos una especie atormentada por la culpa del superviviente. Somos un mono solitario.
Me quedo dormido oyendo la dulce voz de Hasna.
Al despertarme, Elema está conversando en voz baja con los hombres del campamento nómada. Han vuelto de cuidar los rebaños. Nos estrechamos las manos. Les agradecemos. Dejamos paquetes de galletas para la sonriente Hasna y nos ponemos en marcha. Caminamos en dirección a Warenso. Esa noche, mientras bebemos a pequeños sorbos nuestro tesoro de agua salada junto al fuego rojo, Elema me cuenta que los hombres del campamento de Hasna lo han amenazado. No eran de su mismo clan. Estuvo a punto de atizarles unos bastonazos en la cabeza.
 
Dubti, Etiopía.
Avanzando al norte y después al este, dejamos atrás el desierto y pisamos el umbral del antropoceno, la era de los humanos modernos.
Aparece el asfalto: la carretera Djibouti-Etiopía, atestada de camiones. Pasamos por una serie de pueblos exhaustos. Polvo y gasóleo. Bares. Comercios con tablones a modo de mostrador.
Entonces, cerca de Dubti: un mar (no, un mu­­ro) de caña de azúcar. Kilómetros de regadío industrial. Canales. Azudes. Campos nivelados con un bulldozer. Diques rodeados de volquetes. Elema se pierde. La noche nos envuelve. Acabamos andando en círculos, tirando de los dromedarios agotados. «No hay manera! –exclama Elema, irritado–. ¡Esto ha cambiado demasiado!»
Estamos en la multimillonaria plantación de azúcar de Tendaho, un proyecto conjunto de Etiopía y la India que está haciendo florecer el Triángulo Afar. Muy pronto habrá cincuenta mil inmigrantes trabajando en estos 485 kilómetros cuadrados de desierto que han sido inundados por el río Awash para endulzar el café y el té del mundo. El proyecto podría convertir a Etiopía en el sexto país del mundo con mayor producción de azúcar. Y ayudará a aliviar la dependencia del país de la ayuda extranjera. Algo bueno.
Pero los beneficios del progreso económico no suelen repartirse por igual entre todos los participantes. En todo plan de mejora hay ganadores y perdedores. Aquí, uno de los perdedores es una joven afar, una niña en realidad, de mirada inteligente. La encontramos junto a un dique, recogiendo agua de lo que antes era el río Awash.
«La compañía nos echó de nuestra tierra –nos cuenta, señalando con un amplio movimiento del brazo la cortina de cañas–. Hay algunos puestos de trabajo para nosotros, los afar, pero son siempre los más humildes. De vigilante. De peón, con pico y pala.»
Un salario típico en la plantación: 15 euros al mes. La joven nos dice que la policía vino a expulsar a los afar que se resistían a marcharse. Hubo intercambios de disparos y derramamiento de sangre en ambos bandos.
¿Cuán antigua es esta historia? Tanto como el mundo.
¿Cómo se llamaban cada uno de los sioux expulsados por los mineros de las Black Hills (Colinas Negras) del Territorio de Dakota? ¿Quién los recuerda? ¿Quiénes son los millones de personas que renuncian hoy a su medio de vida –agricultores irlandeses en la Unión Europea, ganaderos desplazados por la construcción de autopistas en México– en aras de un abstracto bien común? Es imposible no perder la cuenta. La humanidad remodela el mundo en un ciclo acelerado de cambio que erosiona nuestras historias a la misma velocidad que la capa de suelo fértil. Los vertiginosos cambios de nuestra era nivelan la memoria colectiva, difuminan los precedentes y cercenan los hilos de la responsabilidad. (¿Qué es lo más desconcertante de los barrios residenciales? No es su monotonía arquitectónica, sino la ausencia del tiempo. Allí no hay nada del pasado, y los humanos queremos que haya un pasado en nuestros paisajes.)
Dubti es una animada frontera verde. Los etíopes acuden en masa y traen consigo nuevas es­­peranzas, preferencias, ambiciones, opiniones, un nuevo futuro, una nueva historia.
En Dishoto, otra parada para camioneros, recargo la batería de mi portátil en una comisaría de policía. Todos los agentes son forasteros; no hay ningún afar. Son de las montañas, del sur. Son amigables, curiosos y hospitalarios. A Elema y a mí nos ofrecen té. Interrumpe nuestra conversación la propaganda del Gobierno, anuncios sobre la construcción de la nación: música sobre una serie de imágenes de minería, construcción de carreteras, laboratorios médicos. Les agradecemos y seguimos nuestro camino.
Milan Kundera escribió que la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.
La joven afar se llama Dahara. Tiene 15 años.
 
Cerca de la frontera Etiopía-Djibouti.
Acampamos en la ladera del monte Fatuma, centinela de basalto apostado sobre las sendas de caravanas que se entrecruzan en su marcha hacia el este, en dirección al viejo sultanato costero de Tadjoura. Abajo se extiende la minúscula República de Djibouti: una llanura calcinada, más calurosa y árida que el desierto etíope, con lechos de lagos secos –salares de un blanco cegador–, escarpas grises como el metal de un fusil e, indefectiblemente, en alguna parte a la sombra de una palmera de Doum, más nómadas afar, pastores que han sido arrancados de sus hermanos etíopes por una frontera colonial y que hablan un francés vacilante.
Aquí empiezo a despedirme de los camelleros afar de Herto Bouri.
Elema, Yarri y Aidahis se declaran dispuestos a continuar. Desean recorrer conmigo las playas del golfo de Adén. Pero es imposible. Dos de ellos no tienen pasaporte, ni documentos, ningún trozo de papel que atestigüe su existencia. («¡Todo esto es territorio de los afar!», dicen.) Y además Elema está enfermo. Da órdenes para cargar los dromedarios sin levantarse del suelo. Dentro de unas horas nos separaremos en la nada atractiva localidad fronteriza de Howle.
¿Cómo es recorrer el mundo a pie?
Es tener mañanas como esta: abrir los ojos y no ver nada más que un cielo infinito, día tras día; sentir un vacío pálido y sobrenatural que durante un instante fugaz, cuando te despiertas, parece absorberte hacia las alturas, fuera de tu cuerpo, fuera de ti mismo. Es la claridad del hambre, una transparencia que el viento hace sonar, como cuando se sopla por un tubo hueco. (Ayer caminamos 29 kilómetros con raciones escasas: un cuenco de fideos chinos y unas pocas galletas para cada uno. Mi alianza, que antes me quedaba justa, ahora me baila en el dedo.) Es aprender a leer el paisaje con todo el cuerpo, con la piel, no solo con los ojos: detectar forraje para los dromedarios en una mata de arbustos espino­sos, la inminencia del polvo en el olor del viento y, por supuesto, la presencia de agua en un pliegue del terreno, un recuerdo límbico muy poderoso. Es ver pasar la eternidad de África a paso de hombre, y comprender que incluso un ritmo de cinco kilómetros por hora es demasiado rápido para absorberlo todo. Es el camino compartido.
Mohamed Aidahis: un paso potente que aplasta hormigas. Kader Yarri: la levedad de la marioneta en los andares de un hombre delgado. Mohamed Elema: el paso elástico de un bailarín. En nuestros mejores días, los cuatro caminantes reconocemos nuestra inmensa suerte. Bajamos saltando, casi corriendo, por abruptas sendas de montaña, con el desierto de Etiopía brillando a nuestros pies. Hacemos rebotar nuestras voces en las paredes de roca negra de los cañones para ver quién logra el mejor eco. Después cruzamos las miradas, tres afar y un hombre llegado de la otra punta del planeta, y sonreímos como niños. Los camelleros rompen a cantar.
¿Cómo es recorrer el mundo a pie?
Es así. Es como jugar de verdad. Echaré de menos a estos hombres.
 
Campo de lava de Ardoukoba, Djibouti
Los muertos aparecen en el día 42 de marcha.
Hay cinco, seis, siete… Hombres y mujeres tendidos boca arriba o boca abajo sobre la negra llanura de lava como caídos del cielo. Casi todos están desnudos. Se han arrancado la ropa en un espasmo final de locura. Sus pertenencias yacen dispersas, desvaídas, blanqueadas por el sol. Los licaones que merodean por la noche se han llevado manos y pies. Quizás eran etíopes. O somalíes. Algunos probablemente eran eritreos. Iban caminando hacia el este. Es lo que los une ahora en el silencio mineral del desierto: se dirigían al golfo de Adén en busca de las precarias barcas yemeníes que transportan africanos desposeídos a Oriente Medio para que desempeñen los trabajos más humildes. ¿Cuántos emigrantes mueren en el Triángulo Afar? Nadie lo sabe. Por lo menos 100.000 intentan cruzar a la penín­sula Arábiga cada año, según la ONU. La policía los persigue. Se pierden. La sed los mata.
«¡Un crimen! –exclama Houssain Mohamed Houssain–. ¡Un escándalo!»
Houssain es mi guía en Djibouti. Es un hombre decente. Está furioso y tal vez avergonzado. Se adelanta a grandes zancadas, enarbolando el cayado contra un cielo de mármol. Yo me quedo rezagado. Me enjugo el sudor que me cae sobre los ojos y miro a los muertos.
Un demógrafo ha calculado que el 93 % de todos los seres humanos que han vivido en la Tierra (más de 100.000 millones de personas) se han marchado antes que nosotros. La mayor parte de la humanidad ha desaparecido. El grueso de nuestros sufrimientos y triunfos ha quedado atrás. Los abandonamos a diario en el yermo del pasado. Y está bien que así sea. Porque a pesar de lo que he dicho, no es del todo cierto que camine para recordar. Mientras recreamos una y otra vez el descubrimiento de la Tierra, para seguir adelante, para resistir, debemos emprender también viajes al olvido. Houssain parece saberlo. Él nunca vuelve la vista atrás.
 
Un día después llegamos al golfo de Adén.
Una playa de piedras blancas. Olas de plata batida. Nos estrechamos las manos. Reímos. Houssain abre la bolsa de dátiles que había reservado. Es una celebración. Estamos en el borde de África. El mar también camina: cae interminablemente sobre África y después se retira hacia el este, en dirección a Yemen y la costa de Tihama, hacia los valles purpúreos del Himalaya, hacia el hielo, hacia el amanecer, hacia los corazones de personas desconocidas. Me siento feliz. Lo escribo en mi diario: Me siento feliz.
Viajeros valientes, temerarios, desesperados. Estuvisteis a punto de lograrlo. Caísteis a cinco kilómetros de la costa.
 
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 NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
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lunes, 9 de octubre de 2017

EVOLUCIÓN HUMANA: ÁFRICA .- NATIONAL GEOGRAPHIC .- CIENCIA .- Viaje a nuestros orígenes: el camino de la evolución

http://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/camino-de-la-evolucion_2767
http://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/actualidad/lucy-australopithecus-murio-caerse-arbol_10632
http://www.nationalgeographic.com.es/historia/lucy-la-australopithecus_9920
http://www.nationalgeographic.com.es/historia/actualidad/el-paleontologo-donald-johanson-descubridor-de-lucy-en-atapuerca_7667

El Awash medio es el lugar de la Tierra que ha estado poblado con más persistencia. En esta zona etíope han vivido, han muerto y han quedado enterrados miembros de nuestro linaje durante casi seis millones de años. Los huesos que la erosión está sacando a la luz permiten ahora reconstruir, paso a paso, cómo evolucionó un primate primitivo de cerebro pequeño hasta conquistar un planeta. ¿Qué mejor lugar para averiguar cómo llegamos a ser humanos?

Ardipithecus ramidus
Reconstrucción digital de Ardipithecus ramidus modelada con resina.
Foto: Tim D. White

Río Awash, Etiopía
En busca de fósiles, un equipo internacional inspecciona los sedimentos cerca del río Awash -tras los árboles, en el horizonte- bajo la mirada de un hombre de la etnia afar. En la zona se han hallado especímenes fundamentales para iluminar el transcurso de la evolución humana, entre ellos el esqueleto más antiguo que se conoce. Apodado Ardi, pertenece a la especie Ardipithecus ramidus.
Foto: David L. Brill

Los huesos de Ardi
Los dientes de Ardi, algunos incrustados todavía en los maxilares, son más valiosos que cualquier joya para el paleoantropólogo Berhane Asfaw, que los sostiene en las manos. La delgada capa de esmalte, los patrones de desgaste y la composición química sugieren una dieta de frutos y nueces, propia de un habitante del bosque.
  Foto: Tim D. White / Museo Nacional de Etiopía, Addis Abeba

Cuerpo pequeño, manos grandes
La mano de Ardi, reproducida aquí a tamaño natural y recompuesta a partir de huesos de las manos izquierda y derecha, tiene una medida similar a la mano de un humano moderno, pese a su reducido tamaño corporal.
Foto: Tim D. White

Imposible sin la ayuda de los Afar
Las risas también forman parte de la jornada de trabajo en el Awash medio para Tim White, codirector del proyecto, y Ahamed Elema, jefe de clan afar.
Foto: David L. Brill

Giday WoldeGabriel con la estudiante de posgrado Leah Morgan
Para estos concienzudos investigadores cualquier detalle puede ser importante.
Foto: David L. Brill

Berhane Asfaw
El  Berhane Asfaw codirector del proyecto, examina unos hallazgos
Foto: David L. Brill

Yacimiento de Halibee
El polvo rodea a los investigadores que peinan un yacimiento del Awash medio llamado Halibee, donde aparecieron fragmentos del esqueleto de un Homo sapiens de hace 100.000 años. El material superficial suelto se recoge y se tamiza (al fondo). Los banderines azules definen el perímetro de la excavación, y los amarillos señalan la localización de fósiles o de utensilios de piedra.
Foto: Tim D. White

El hombre de Herto
Un cráneo de Homo sapiens primitivo hallado en 1997, con capacidad de albergar un cerebro grande, revela ya los rasgos humanos presentes en el hombre de Herto.
Foto: David L. Brill

Un temprano carnicero
El hombre de Herto usaba grandes bifaces (19 centímetros de largo) y otros útiles de piedra tallada para descuartizar hipopótamos.
Foto: David L. Brill

Habilidoso carnívoro
Las marcas de cortes en una mandíbula de antílope indican que le cortaron la lengua con un instrumento afilado de piedra.
Foto: David L. Brill

Australopithecus garhi
El fabricante más probable de los útiles es Australopithecus garhi, nombre asignado a un cráneo que fue hallado en 1997.
Foto: David L. Brill

Días de lluvia
Cientos de fragmentos de hueso, dientes, trozos de madera, semillas y otros materiales biológicos son clasificados en un día lluvioso. Cuando el terreno está fangoso y los ríos bajan crecidos, el equipo no puede visitar los yacimientos de Ar. ramidus y se dedica a clasificar y preparar los objetos hallados.
Foto: David L. Brill

Reconstrucciones difíciles
El cráneo fragmentado y aplastado de Ardi era demasiado frágil y estaba demasiado incompleto para reconstruirlo, por lo que Gen Suwa, de la Universidad de Tokyo, hizo una reconstrucción digital de una parte del cráneo mediante microtomografía computarizada (CT). (Ver foto siguiente.)
Foto: David L. Brill

Microtomografía computarizada del cráneo de Ardi
A partir de más de 5.000 imágenes tomográficas de los fósiles, Gen Suwa reunió 64 fragmentos digitales. Comparando su trabajo con datos de otros primates antiguos y modernos, reconstruyó un cráneo virtual y produjo una imagen especular de la parte izquierda de la cara, que no existía (en marrón). Asignó colores al resto de las piezas para diferenciarlas.
Foto: David L. Brill

Los restos de Lucy
Lucy y Ardi vivieron con más de un millón de años de diferencia. Lucy fue hallada en 1974 a unos 60 kilómetros al norte del Awash medio. Su pelvis y sus extremidades indican que era totalmente bípeda, un paso evolutivo que Ardi todavía no había dado.
Foto: David L. Brill
 
El fósil de Ardi
Con el descubrimiento de Ardi, el fósil de Lucy, de 3,2 millones de años de edad, dejó de ser el esqueleto de homínido más antiguo conocido.
Foto: Tim D. White
29 de junio de 2010
 
En el desierto etíope de Afar hay muchas formas de morir. Hay enfermedades, pero también ataques de fieras, mordeduras de serpientes, caídas desde un risco o los tiroteos entre alguno de los clanes afar y los miembros de la etnia issa, que viven al este, en la margen opuesta del río Awash.
Pero la vida es frágil en toda África. Lo diferente aquí es la excepcional perdurabilidad de los restos de los muertos. La cuenca de Afar se encuentra justo sobre una fractura cada vez más ancha de la corteza terrestre. Con el tiempo, los volcanes, los terremotos y la lenta acumulación de sedimentos se han combinado para sepultar los huesos y sacarlos mucho después a la superficie convertidos en fósiles. El proceso no se ha detenido. En agosto de 2008 un cocodrilo mató a un niño en el lago Yardi, en una zona del Afar conocida como Awash medio. Tres meses después, Tim White, paleoantropólogo de la Universidad de California en Berkeley, llegaba a la orilla del lago cerca del lugar donde había muerto el niño. En su opinión, los huesos del pequeño, cubiertos por los sedimentos del lago, tenían bastantes probabilidades de convertirse algún día también en fósiles. «Hace millones de años que muere gente en esta región –dijo White–. A veces tenemos suerte y encontramos sus restos.»
Lo diferente aquí es la excepcional perdurabilidad de los restos de los muertos
El proyecto de investigación del Awash medio, del que White es codirector junto con sus colegas etíopes Berhane Asfaw y Giday WoldeGabriel, anunció el pasado mes de octubre su mayor golpe de suerte: el descubrimiento, que se produjo 15 años atrás, del esqueleto de un miembro de nuestra familia muerto hace 4,4 millones de años en un lugar llamado  a unos 30 kilómetros al norte del actual lago Yardi. Perteneciente a la especie Ardipithecus ramidus, se trata de una hembra adulta - «Ardi»- , más de un millón de años más antigua que la famosa Lucy y mucho más esclarecedora respecto a uno de los santos griales de la evolución: la naturaleza del antepasado común que compartimos con los chimpancés. Es casi un acto reflejo para los medios de comunicación decir que cada nuevo hallazgo «echa por tierra los conceptos anteriores sobre nuestros orígenes». En el caso de Ardi, parece ser cierto.
Sin embargo, Ar. ramidus representa sólo un momento de nuestro viaje evolutivo desde un simio como tantos otros hasta una especie que tiene en sus manos el futuro del planeta. No hay mejor lugar en la Tierra para observar esta transformación que el Awash medio. Además del ya­­cimiento de Aramis, estratos correspondientes a otros 14 períodos han proporcionado homínidos -miembros de nuestro exclusivo linaje, también llamados homininos-, desde formas aún más antiguas y primitivas que Ar. ramidus hasta las primeras encarnaciones de Homo sapiens.




White me contó que muchas de esas «ventanas al pasado» están tan próximas entre sí que puedes literalmente desplazarte a pie de un yacimiento a otro en dos días, y me invitó a visitar a su equipo sobre el terreno para demostrármelo. Nuestro plan era comenzar en el presente, en el lago Yardi, y remontarnos en el tiempo para ir desprendiéndonos poco a poco de lo que nos hace humanos, rasgo a rasgo, especie a especie.

Herto: El antiguo pariente

Salí de Addis Abeba con dos docenas de científicos y estudiantes y seis guardias armados. Nuestra caravana de 11 vehículos llevaba provisiones y material para seis semanas. A medida que avanzábamos por los montes, las abruptas terrazas con plantaciones de sorgo y maíz dieron paso a bosques sumidos en la niebla.
Desde lo alto del escarpe descendimos en zigzag la colosal escalinata formada por la separación de las placas litosféricas Arábiga y Africana, que comenzó hace entre 30 y 25 millones de años y que ha hundido cada vez más la cuenca de Afar situándola en la sombra orográfica de las montañas, lo que impide la llegada de las nubes de lluvia. A unos cientos de metros del fondo de la cuenca, nos detuvimos. A nuestros pies, las colinas más cercanas, al oeste, descendían hacia una accidentada llanura marcada por infinidad de fallas. En el horizonte, al sudeste, más allá de la franja verde del río Awash, los montes parecían confluir en el cono del joven volcán Ayelu. Al pie del Ayelu vimos una media luna de plata: el lago Yardi.
Dos días después estaba paseando por sus orillas con White, Asfaw, WoldeGabriel y otros dos veteranos del proyecto, el geólogo Bill Hart, de la Universidad de Miami en Ohio, y Ahamed Elema, jefe del clan afar Bouri-Modaitu. Durante un rato seguimos la orilla del lago. Como en el pasado, continúa siendo el lugar idóneo para la formación de fósiles. Los animales acuden a comer y a beber, a matar y a morir. Los huesos quedan enterrados, a salvo de la descomposición, y a lo largo de los milenios, el agua infiltra minerales y se lleva la materia orgánica.

Nuestro primer día de caminata nos llevó al este a través de un brazo de tierra elevado que se llama península de Bouri, hasta la aldea afar de Herto. Salimos de la sombría vegetación que bordea el lago y atravesamos unas dunas bajas de arena gris. Muy pronto, un niño y una niña afar vinieron a recibirnos con su rebaño de ca­­bras. Los afar son pastores, y excepto porque ahora tienen armas de fuego, su vida no es hoy muy diferente de como era hace 500 años. Mientras caminábamos bajo el sol entre los animales, era fácil imaginar que el tiempo histórico retrocedía con rapidez a cada paso. Nos acercamos a la chozas cubiertas de hierba y a las empalizadas de espino de Herto. «Fíjese dónde pisa», me aconsejó Asfaw, el antiguo director del Museo Nacional de Etiopía en Addis Abeba. A mi alrededor, la erosión hacía emerger de la arena amarillenta y pedregosa los fragmentos de un cráneo fósil de hipopótamo. A escasa distancia yacía un utensilio de piedra en forma de lágrima, de unos 12 centímetros de largo. Los afar no fabrican utensilios de piedra. Habíamos llegado a nuestra primera ventana al pasado.
En noviembre de 1977 el equipo estaba inspeccionando el terreno donde ahora nos encontrábamos, a unos 200 metros de la aldea, cuando uno de sus miembros descubrió el fragmento de un cráneo de homínido. Marcó su localización con un banderín amarillo y el equipo se abrió en abanico en busca de más fragmentos. Pronto los banderines amarillos brotaron como flores en el campo, concentrados en un punto en particular. Incrustado en la arena había lo que resultó ser un cráneo humano notablemente completo.
Mientras otros miembros del equipo excavaban en el sitio del hallazgo, WoldeGabriel, geólogo del Laboratorio Nacional de Los Álamos en Nuevo México, recogía muestras: trozos de obsidiana y pumita. Esas rocas, expulsadas en forma de lava fundida por las erupciones volcánicas, son muy valiosas para los geólogos porque muchas veces se pueden datar. Las muestras de Herto fueron analizadas y dieron una edad de entre 160.000 y 154.000 años para el cráneo.
Las muestras de Herto fueron analizadas y dieron una edad de entre 160.000 y 154.000 años para el cráneo.
La datación situaba el hallazgo en un período muy significativo. Comparando el ADN de seres humanos actuales de diferentes regiones, los genetistas habían establecido hace tiempo que la ascendencia de todos los humanos modernos podía rastrearse hasta una población que vivió en África hace entre 200.000 y 100.000 años. Sin embargo, había pocos restos fósiles de ese período que respaldaran el modelo genético. Entonces apareció el fósil de Herto. Cuando el cráneo masculino, ancho y de entrecejo prominente, emergió de su matriz arenosa, le puso cara a la teoría del origen africano. Se trataba de un Homo sapiens moderno muy temprano. De hecho, según Time White, es el miembro de nuestra especie más antiguo hallado hasta ahora. Lo más asombroso de su cráneo alto y redondeado eran sus dimensiones: con un volumen de 1.450 centímetros cúbicos, supera el tamaño medio del cráneo humano actual. (Un segundo cráneo me­­nos completo hallado en el mismo lugar podría ser incluso más grande.) Pero la cara alargada del fósil y algunos rasgos puntuales en la parte posterior del cráneo lo vinculan con formas anteriores y más primitivas de Homo en África, incluido un cráneo de 600.000 años de antigüedad hallado en 1976 por otro equipo en el Awash medio, en un lugar llamado Bodo.
«Una de las cosas que sabemos de la población de Herto es que les gustaba comer carne, sobre todo de hipopótamo», dijo White mientras limpiaba un cráneo de este animal. Muchos huesos de mamífero hallados en Herto presentan marcas de cortes practicados con útiles de piedra. Sin embargo, es imposible determinar si los pobladores del lugar cazaban, o si aprovechaban las piezas cobradas por otros depredadores. Las caracolas halladas en la arena de la playa han revelado que troceaban la carne a orillas de un lago de agua dulce, como el Yardi actual. Pero no hay indicios de hogueras, ni ningún otro signo de ocupación, por lo que no se sabe dónde vivían.

A juzgar por el tamaño enorme de su cerebro, el hombre de Herto era tan «humano» como cualquiera de nosotros. No obstante, desde el punto de vista del comportamiento faltaba algo fundamental. Los útiles de piedra hallados en Herto representan una tecnología bastante compleja, pero no son muy diferentes de los instrumentos fabricados 100.000 años antes o incluso 100.000 años más tarde. No hay cuentas perforadas, como en otros yacimientos africanos de 60.000 años después. Tampoco hay figurillas es­­culpidas u otras obras de arte, como en el paleolítico superior europeo, ni mucho menos indicios de arcos y flechas, metalurgia, agricultura y todo el virtuosismo cultural y tecnológico que llegaría después. Con sólo remontarnos 160.000 años (un simple parpadeo en nuestro viaje evolutivo), hemos despojado a la humanidad de uno de sus atributos más característicos: la innovación.
Pero un detalle curioso observado en los huesos podría ser un anuncio de la complejidad conductual que estaba por llegar, el susurro de un símbolo, de un acto cargado de significado. Varios días después del hallazgo de los cráneos de individuos adultos, Asfaw descubrió otro: el de un niño de seis o siete años. Las marcas de cortes indicaban que la carne había sido cuidadosamente separada del hueso cuando éste aún estaba fresco, de una manera que sugería una práctica ritual más que simple canibalismo. La superficie del cráneo infantil se había conservado intacta y aparecía pulida, un indicio de que el objeto había sido manipulado repetidamente. Quizás el cráneo del niño pasó de mano en ma­­no, venerado como una reliquia posiblemente durante generaciones, antes de que alguien lo depositara por última vez allí, en Herto.

Daka: de nuestro lado de la divisoria

Tras un almuerzo rápido, proseguimos nuestra marcha por la margen opuesta a la aldea de Herto, bajando por la ladera oriental de la sierra de Bouri, hacia un reseco paisaje lunar de areniscas grises, jalonado por pequeñas cuevas y pilares de formas intrincadas. WoldeGabriel explicó que las fallas habían levantado e inclinado hacia el sudoeste esos sedimentos, modelados después por el viento, el agua y la fuerza de la gravedad. Habíamos llegado a una nueva ventana al pasado, el llamado miembro Dakanihylo, o «Daka», una de las tres unidades geológicas de la formación Bouri. Los sedimentos de Daka tienen un millón de años. A finales de diciembre de 1997, el estudiante de posgrado Henry Gilbert advirtió que la parte superior de un cráneo asomaba entre los sedimentos de Daka. Al final de la jornada, el equipo había desenterrado una porción esférica de arenisca de 50 kilos en torno a la bóveda craneal completa, pero sin cara, de un Homo erectus.
Homo erectus es uno de los homínidos antiguos que mejor conocemos
Descubierto en 1891 en Indonesia, Homo erectus es uno de los homínidos antiguos que mejor conocemos. Por su tamaño corporal y por las proporciones de sus extremidades, se parecía mucho a los humanos modernos. Su cultura lítica, conocida como achelense, tuvo como elemento típico en la mayoría de las regiones hachas de mano grandes y simétricas. Elema cogió una para mostrármela: un buen trozo de basalto negro tallado por los dos lados, que sólo había perdido la punta aguzada. Era más tosca que los útiles que acababa de ver en Herto, pero, provisto de esas herramientas y de sus largas piernas, H. erectus era capaz de explotar una amplia variedad de hábitats y fue probablemente el primer homínido que salió de África, hace casi dos millones de años, y llegó hasta el Sudeste Asiático.
Sin embargo, en el breve recorrido de Herto a Daka, habíamos perdido definitivamente otro aspecto tangible de nuestra naturaleza humana: varios cientos de centímetros cúbicos de materia gris. El espécimen de Daka tiene una capacidad craneal de mil centímetros cúbicos, un tamaño bastante típico para un ejemplar de H. erectus y mucho más pequeño que el del fósil de Herto o incluso que el cráneo intermedio de Bodo, de hace 600.000 años, hallado al otro lado del río.
En cuanto a falta de innovación, los útiles achelenses fabricados por H. erectus se mantuvieron invariables durante más de un millón de años, un lapso de tiempo que en un famoso comentario un antropólogo describió como un período de una «monotonía casi inimaginable». White fue más condescendiente. «La especie tuvo un éxito enorme y logró multiplicar con creces la expansión geográfica de sus antecesores. H. erectus estaba del mismo lado que nosotros en una gran línea divisoria, con un cráneo más grande y un nicho ecológico definido por el uso de herramientas. Retrocedamos aún más en el tiempo y eliminemos esos aspectos, y entraremos en un mundo realmente extraño.»

Hata: una sorpresa

Un solo paso nos llevó a ese extraño lugar. Debajo de Daka hay un paréntesis en la sucesión geológica donde los caprichos de las fallas y la erosión han borrado una porción de tiempo. Dimos una larga zancada sobre esa divisoria, retrocedimos otro millón y medio de años y llegamos a una llanura agreste surcada por barrancos del color de la ceniza violácea bajo el calor de la tarde. Los estratos bajo nuestros pies pertenecen a otra de las unidades geológicas de la formación Bouri conocida como miembro Hata, una ventana a un pasado aún más lejano. A mediados de los años noventa, una sucesión de hallazgos en ese lugar permitió vislumbrar una de las transiciones más revolucionarias de nuestro trayecto evolutivo. En 1996 el equipo descubrió huesos de antílope, de caballo y de otros mamíferos con unas reveladoras marcas de cortes realizados con útiles de piedra hace 2,5 millones de años, uno de los indicios más antiguos del uso de herramientas.

«Las marcas en el interior de una mandíbula de antílope indican que le cortaron la lengua –dijo White–. Por eso no sólo sabemos que fa­­bricaban útiles, sino lo que hacían con ellos: extraer las partes más nutritivas de los cadáveres de grandes mamíferos.» Curiosamente, no se halló ninguna herramienta en el sitio. Quizá los que despiezaron el animal se llevaron los utensilios cuando se marcharon. «No creo que ocuparan este lugar –dijo White–. Llegaron y se fueron.» Junto a esos huesos de mamíferos aparecieron las primeras pistas acerca de quiénes podían ser «ellos», los que iban y venían: a unos tres metros se halló un fémur, varios huesos del brazo y un fragmento del maxilar inferior, restos todos ellos pertenecientes a un único homínido. El fémur era bastante largo, un rasgo avanzado propio del género Homo, pero también lo eran los huesos del antebrazo, lo que se considera una característica más simiesca.
Hasta ese momento, parecía que todo se desarrollaba como en el mejor de los sueños de un paleoantropólogo. Hacia esa época, el linaje de los homínidos se había bifurcado. Una de las ra­­mas del género Australopithecus se especializó en el consumo de tubérculos duros y otros alimentos difíciles de masticar, por lo que desarrolló grandes músculos maxilares y muelas robustas. La otra rama (homínidos con muelas cada vez más pequeñas, de estructura más ligera, piernas más largas y cerebros cada vez más grandes) condujo hasta nosotros. Los cerebros grandes son útiles, pero también son costosos de mantener. Requieren alimentos muy calóricos, como los que se pueden conseguir, por ejemplo, aprovechando las piezas cobradas por los leones y rompiendo los huesos para chupar el tuétano. Lo que faltaba en Hata era un cráneo que encajara con esa descripción: un ejemplar que, sin tener un cerebro tan grande como el de H. erectus, estuviera claramente encaminado en esa dirección. Tal como se esperaba, en la siguiente campaña de excavaciones el miembro del equipo Yohannes Haile-Selassie, actual director de antropología física del Museo de Historia Natural de Cleveland, descubrió el primer fragmento de un cráneo de homínido. Pero no era como se esperaba.
El cráneo resultó tener algunos rasgos del género Homo, en particular el tamaño de los incisivos. Pero los molares y premolares eran enormes, y con sólo 450 centímetros cúbicos de capacidad craneal, el cráneo no era más grande queel de un Australopithecus típico. Aquella no era una criatura capaz de dominar su entorno como H. erectus, sino un primate bípedo bastante listo, capaz de sobrevivir entre depredadores más grandes y más rápidos y de eludir sus fauces el tiempo suficiente para transmitir su creciente inteligencia a la siguiente generación.
En lengua afar, garhi significa «sorpresa»
El equipo lo bautizó con el nombre de Australopithecus garhi; en lengua afar, garhi significa «sorpresa». Au. garhi vivió en el lugar y momento adecuados para ser el antepasado inmediato de Homo. Si verdaderamente lo fue, está por ver. «El misterio se resolverá pronto –dijo Asfaw mientras íbamos hacia los coches para volver al campamento–, y se resolverá en el Awash medio.»

Aramis: hallazgo contra todo pronóstico

A la mañana siguiente, nuestra ruta se adentraba en el territorio de un beligerante clan afar, el clan Alisera. Para evitar problemas, primero haríamos una visita diplomática a su aldea de Adgantole con los seis policías afar. También era una ventaja llevar con nosotros a Ahamed Elema: como administrador del distrito, el jefe del clan Bouri-Modaitu gozaba del respeto de todos los clanes afar del Awash medio. Después de la conversación amigable que esperábamos mantener, el equipo de investigación regresaría al oeste, en dirección al territorio Bouri-Modaitu, y nos dejaría a algunos por el camino cuando estuviéramos fuera de la vista de la aldea para que pudiéramos continuar nuestra excursión hacia el pasado sin interferencias desagradables del presente.

Situada junto a la llanura de inundación del río Awash, Adgantole era una aldea polvorienta y maloliente. Los afar suelen saludarse con el tradicional dagu, un entusiasta besamanos acompañado de un intercambio de noticias. En las otras aldeas que habíamos visitado la gente salía en masa para compartir el dagu con nosotros; allí sólo unos pocos fueron a recibirnos. El jefe del clan, que por lo visto estaba enfermo, se quedó dentro de su choza. Elema entró a hablar con él. Cuando salió, volvimos a la sierra que separaba dos torrentes. Nuestra siguiente parada en el viaje a través del tiempo debería haber sido un yacimiento de 3,4 millones de años de antigüedad llamado Maka, donde habían sido hallados un maxilar y otros restos de Australopithecus afarensis. Pero Maka estaba al otro lado del río, y la guerra entre los afar y los issa había convertido la zona en una tierra de nadie intransitable.
El espécimen más conocido de Au. afarensis es Lucy, hallada por Donald Johanson en el yacimiento etíope de Hadar en 1974 y descrita en 1979 por el propio Johanson y Tim White (que entonces tenía 28 años), junto con otros fósiles de Hadar y del yacimiento de Laetoli, en Tanzania. Con una antigüedad de 3,2 millones de años, Lucy tenía la mandíbula prominente y el cerebro poco más grande que el de un chimpancé, pero su pelvis y los huesos de las extremidades (por no mencionar las huellas conservadas en un lecho de ceniza en Laetoli) revelaron que la especie ya era bípeda. Algunos científicos señalaron, sin embargo, que sus dedos de las manos largos y curvos, sus largos antebrazos y otros rasgos indicaban que Lucy también estaba bien adaptada para moverse por los árboles, como un chimpancé. La mayoría de los estudiosos supusieron que sus antepasados debieron de parecerse aún más a los chimpancés, que se ba­­lancearían colgados de las ramas y caminarían sobre los nudillos cuando estaban en el suelo. Sólo hacía falta hallar huesos para demostrarlo. Pero les esperaba una buena sorpresa. «Pensábamos que Lucy era primitiva –dijo White mientras conducíamos por la sierra. Dejó escapar una sonora carcajada–. No teníamos ni idea de lo que era ser primitivo.»
«No teníamos ni idea de lo que era ser primitivo»
Unos cientos de metros más adelante, los que estábamos haciendo el viaje en el tiempo nos bajamos de los coches. El día anterior habíamos caminado hacia el este, en dirección al río; esta vez nos dirigimos al sudoeste, a través de una zona de cárcavas conocida como Complejo del Awash Central (CAC). En el centro del CAC se encuentra Aramiscuna de la famosa Ardi.
Desde principios de la década de 1990, Giday WoldeGabriel había estado estudiando la complicada geología del CAC. Hace 5,2 millones de años, un mar de lava se derramó sobre una enorme llanura de inundación. Con el tiempo, los se­­dimentos se depositaron sobre la base basáltica. Las ocasionales erupciones volcánicas dejaron capas de ceniza intercaladas en los sedimentos, como capas de mermelada en una gran tarta. Mientras tanto, el magma que empujaba desde abajo inclinó la tarta hacia el oeste, dejando al descubierto sedimentos que llevaban mucho tiempo sepultados y algunas capas de ceniza, que a menudo es posible datar. Nuestro paseo nos llevó a través de la zona inclinada de los de­­pósitos, por lo que nuestro desplazamiento horizontal en el espacio fue en realidad un descenso vertical en el tiempo. Por desgracia, a través de los milenios, la tarta del CAC se ha visto aleatoriamente sacudida y alterada por los movimientos tectónicos y ha sufrido el desgaste de la erosión, por lo que los trozos de bizcocho y los de mermelada se encuentran entremezclados de manera bastante caótica.
Mientras bajábamos la pendiente, WoldeGabriel se detuvo para romper con el martillo de geólogo una pálida veta de roca volcánica llamada toba Lubaka (lubaka significa «león» en afar). La toba Lubaka no contiene minerales que admitan la datación radiométrica; pero un poco más abajo había otro tipo de material datable. A lo largo del tiempo, la polaridad magnética del planeta ha cambiado bruscamente varias veces, y esos cambios han quedado registrados en la orientación de los minerales magnéticos de algunas rocas. Uno de esos cambios de polaridad, producido hace 4,18 millones de años, dejó su huella en los sedimentos del CAC.
Justo debajo de ese marcador estratigráfico se encontraba nuestro primer destino: un llano jalonado de arbustos donde en 1994 salió a la luz una mandíbula fósil. La pieza guardaba muchas similitudes con los fósiles hallados por Meave Leakey y su equipo en dos yacimientos del Gran Rift Valley, en Kenya, a los que Leakey bautizó como Australopithecus anamensis. Posteriormente aparecerían más fósiles en un lugar del Awash medio llamado Asa Issie, a unos 10 kilómetros de distancia del sitio donde entonces nos encontrábamos.

Todos esos fósiles eran un poco más antiguos y un poco más primitivos que Au. afarensis, pero a juzgar por una tibia hallada en Kenya y un fémur descubierto en Asa Issie, Au. anamensis también era bípedo. La principal diferencia entre las dos especies es simplemente el paso del tiempo. En otras palabras, los nombres representan dos puntos arbitrarios en un único linaje en evolución, sin una clara línea divisoria entre ambos. Por debajo del nivel de Au. anamensis, el pa­­norama de la evolución de los homínidos en el Awash medio se sume temporalmente en la oscuridad. La arcilla verde amarillenta por la que caminábamos se depositó hace entre 4,4 y 4,3 millones de años, cuando esta parte del CAC era un lago parecido al Yardi. Nada se ha conservado en ella, excepto peces. Sin embargo, debajo del estrato de los peces aguarda el premio gordo.
Llegamos a una extensión pedregosa y abrasada por el sol, sin más rasgo distintivo que un tosco semicírculo de rocas basálticas. Las piedras marcaban el lugar donde el 17 de diciembre de 1992 el paleoantropólogo Gen Suwa, de la Universidad de Tokyo, observó un enigmático molar que asomaba en el suelo. Tenía suficientes características para revelar que era de homínido. Dos días después el cazador de fósiles Alemayehu Asfaw encontró cerca de ese punto un fragmento de maxilar infantil con un primer molar. «Ese diente de leche era diferente a todos los que yo había visto de niños homínidos, y los había visto todos –me contó White–. Gen y yo nos miramos, sin necesidad de decirnos nada. Aquello era muchísimo más primitivo.»
El equipo marcó un perímetro y comenzó a peinar la zona. WoldeGabriel acudió para estudiar la geología y determinó que los depósitos que contenían los fósiles de homínido estaban comprendidos entre dos capas de ceniza volcánica, la toba Gàala («camello») y la toba Daam Aatu («babuino»). Las dataciones de ambas tobas resultaron ser indistinguibles: 4,4 millones de años para las dos, lo que significaba que las erupciones volcánicas habían capturado un pe­­ríodo específico, que quizá no había durado más de mil años. En todos los puntos donde afloraban esos depósitos,  sobre un arco de nueve kilómetros, había fósiles: monos, antílopes, osos, rinocerontes, aves, insectos, madera y otros elementos vegetales fosilizados, e incluso fósiles de bolas de estiércol de las que hacen rodar los escarabajos peloteros. El equipo llamó al lugar Aramis, el nombre afar de un cauce seco cercano.
«En este lugar, en ese momento, se dieron todas las condiciones adecuadas –dijo White, extendiendo los brazos–. Todo estaba bien.»
Al año siguiente el equipo empezó a explorar un afloramiento en Aramis, más o menos a un kilómetro al oeste. Aparecieron más fósiles de homínido: un canino superior sin desgastar, un molar de llamativo aspecto perlado, más dientes y un hueso de un brazo. Pero más importante aún que los huesos de homínido era la abundancia de datos sobre el contexto ecológico en el que vivieron aquellas criaturas. Durante casi un siglo los científicos habían supuesto que nuestros an­­tepasados empezaron a caminar erguidos cuando abandonaron el bosque, donde todavía viven nuestros parientes los primates antropomorfos, y se establecieron en las sabanas abiertas. Pensaban que habían adoptado la nueva postura para desplazarse con más eficacia sobre largas distancias. Pero una aplastante mayoría de los huesos de mamífero hallados en Aramis eran de monos y antílopes del bosque. Los patrones de desgaste de los dientes de homínido y el análisis de los isótopos del esmalte sugirieron una dieta más propia de un ambiente boscoso. Si efectivamente la criatura era bípeda (hasta ese momento, los indicios eran sólo indirectos), entonces quizás había que abandonar una de las premisas más aceptadas acerca de la evolución humana. El equipo dio al nuevo homínido el nombre de Ardipithecus ramidus. (Ardi significa «terreno» o «suelo» en lengua afar, y ramid, «raíz».)

En 1994 el equipo estaba ansioso por regresar, y al final del primer día, aprovechando las últimas horas de luz, todos corrieron al afloramiento. Mientras se ponía el sol, Yohannes Haile-Selassie encontró el hueso de una mano a tiro de piedra del lugar donde el año anterior se habían hallado los dientes. Al día siguiente el equipo empezó a tamizar el limo arenoso y suelto en torno al hallazgo, y aparecieron más huesos de manos y pies. Después, una inspección a fondo de la zona proporcionó una tibia. Finalmente aparecieron el cráneo y la pelvis, ambos aplastados. De hecho, todos los huesos grandes estaban en mal estado y prácticamente se pulverizaban al separarlos del sedimento compactado. Cada vez que aparecía un hueso, lo remojaban con líquido endurecedor, extraían una porción del sedimento que había a su alrededor y envolvían el conjunto en escayola para proteger el fósil durante el viaje al museo de Addis Abeba.
Ninguno de los investigadores se había atrevido a pensarlo al principio, pero era evidente que habían encontrado el esqueleto de un solo individuo, tan completo como el de Lucy pero diferente de todo lo que se había visto hasta ese momento. Mientras que la mayoría de los otros huesos del yacimiento presentaban signos de haber sido destrozados por las hienas después de la muerte, el esqueleto de homínido se conservaba milagrosamente intacto. Aparentemente, tras la muerte de la hembra, sus huesos se hundieron en el barro, tal vez pisoteados por hipopótamos u otros herbívoros, y quedaron protegidos de los carroñeros. Tras permanecer enterrados durante 4,4 millones de años, se habrían reducido a polvo si hubieran estado uno o dos años más en la superficie. «Fue más que un golpe de suerte –afirmó White–. Fue un hallazgo contra todo pronóstico.»
Durante 15 años, sólo él, White y un pu­­ñado de colegas tuvieron acceso al esqueleto
La recuperación del esqueleto llevaría otros dos años, además de los que se necesitaron para limpiar y preparar los huesos, y los que todavía hicieron falta para catalogar los 6.000 restos de otros vertebrados hallados en Aramis, realizar estudios isotópicos de las piezas dentales y estudiar a fondo la geología. Mientras, Suwa, un mago en el nuevo ámbito de la antropología virtual, realizó escáneres tomográficos de los huesos que por su fragilidad no podían manipularse y creó versiones digitales que podían ser sometidas a estudio. Durante 15 años, sólo él, White y un pu­­ñado de colegas tuvieron acceso al esqueleto.
En el trayecto hasta Adgantole, hicimos un alto en el lugar donde se halló el esqueleto de Ardi, en un llano junto a la carretera, más o menos del tamaño de una pista de tenis. Un montón de piedras tapaba el sitio de la excavación. Reinaba el silencio, pero no me costó imaginar los gritos de entusiasmo cuando de la tierra fueron emergiendo cada uno de los huesos (125 en total), o cuando más adelante, en el museo, los investigadores los extrajeron de la funda de escayola. Uno de ellos se produjo al retirar la escayola que envolvía un primer cuneiforme, un pequeño hueso del pie, que se articula con la base del dedo gordo. En los humanos y otros homínidos, la superficie de unión de este hueso está orientada de tal forma que el dedo gordo queda alineado con los otros dedos, lo que hace posible la presión contra el suelo para dar una buena zancada bípeda. En los primates antropomorfos, la superficie de unión apunta en otra dirección, de tal modo que el dedo gordo se puede separar de los otros y oponerse a ellos, para agarrarse a las ramas de los árboles. En ese rasgo fundamental, Ardi se parecía a los primates antropomorfos. Sin embargo, en otros aspectos, su pie no era nada simiesco y presentaba características que le habrían permitido caminar erguida.
Ardi no era otro bípedo más, ni un cuadrúpedo más
Miraran donde mirasen, los científicos encontraban un extraño mosaico de rasgos: algunos muy primitivos, otros avanzados y exclusivos de los homínidos. Ardi no era otro bípedo más, ni un cuadrúpedo más. Era las dos cosas a la vez. Pregunté a White si la forma transicional de Ardi justificaría que habláramos de Ar. ramidus como de un «eslabón perdido». Nada más oír la pregunta, dio un respingo: «Esa expresión es errónea en tantos sentidos que no sé por dónde empezar. Lo peor de todo es insinuar que en algún momento del pasado existió algo a medio camino entre un chimpancé y un humano. El concepto del eslabón perdido es un error muy difundido que desde el comienzo ha sido una plaga para el pensamiento evolutivo, un error que Ardi debería erradicar de una vez por todas».
De hecho, si la interpretación del equipo del Awash medio es correcta, Ar. ramidus no se pa­­rece en nada a un chimpancé o un gorila modernos. Por supuesto, primates antropomorfos y humanos descienden de un antepasado común. Pero sus linajes han evolucionado de forma independiente y en direcciones bastante diferentes desde entonces.

Más allá: el último ancestro común

En el Awash medio, todavía me quedaban un millón de años por recorrer antes de la cena. Desde Aramis cruzamos una llanura pedregosa hasta llegar a un mirador desde donde pudimos contemplar más de 250 kilómetros cuadrados del área estudiada bajo un inmenso cielo azul. Nuestra atalaya pa­­recía un buen lugar para repasar el camino evolutivo que condujo desde Ardi hasta nosotros.
«El hallazgo de Ardi nos permite contemplar la evolución humana como una cadena de montaje en tres etapas»
«El hallazgo de Ardi nos permite contemplar la evolución humana como una cadena
de montaje en tres etapas», dijo White. La mejor representación de la primera es Ardipithecus, el «punto cero» en la evolución de los homínidos, un bípedo primitivo con una parte del pie en el pasado y otra en el futuro, con los caninos masculinos ya reducidos y «feminizados», y con un hábitat restringido a zonas boscosas. Después hubo más de dos millones de años de Australopithecus, que aún tenía el cerebro pequeño pero ya era totalmente bípedo, no vivía sólo en el bosque, y su área de distribución se extendía 2.500 kilómetros al oeste del Rift y hacia el sur. Una fase de un éxito enorme para los homínidos, tanto en el tiempo como en el espacio.
¿Evolucionó Australopithecus a partir de Ardipithecus? No es fácil saberlo. En el Awash medio, el estrato con fósiles de peces pero sin homínidos corre un telón entre los dos géneros. Mientras no se encuentren más indicios, allí o en otro lugar, nadie podrá saber si Ardi es la «madre» de Lucy o una tía soltera que murió sin descendencia. Para White hay otra pregunta mejor: ¿Sería posible que Australopithecus derivara a partir de partes de Ardipithecus? Para algunos científicos eso es especular demasiado. Pero no para White. Por los estudios genéticos sabemos que pequeñas alteraciones en la regulación de los genes pueden tener consecuencias anatómicas importantes en muy poco tiempo. Según White, si una locomoción bípeda más eficaz supone una ventaja considerable, la selección natural no tardará muchos milenios en alinear el dedo gordo del pie con los demás y hacer los cambios correspondientes en la estructura del esqueleto.

La misma regla se aplica a la transición de Australopithecus a la tercera fase de nuestro «montaje». Si empezamos a consumir alimentos más calóricos, favoreciendo así el crecimiento del cerebro, el resultado está a la vista: Daka, Bodo, Herto y nosotros. Por supuesto que hay fósiles en otros lugares que también iluminan el camino evolutivo. Pero en el Awash medio, el registro de las transformaciones demuestra que la evolución consiste en construir sobre lo ya construido.«La cadena de montaje de coches es una buena analogía –dijo White–. El bipedalismo es el bastidor; la tecnología es la carrocería; el lenguaje es el motor, que se instala casi al final del montaje, y los iPhones son los adornos del capó.»
Desde nuestro mirador en el Awash, también podemos volver la vista hacia el oeste y retroceder mucho más en el tiempo hasta las estribaciones del escarpe que forma el margen occidental del área de estudio. También allí se han hallado huesos fragmentarios de homínido, de 5,8 millones de años. Reunidos a lo largo de cuatro años por Yohannes Haile-Selassie, han recibido el nombre de Ardipithecus kadabba. La mayoría de los científicos cree que Ar. kadabba es una «cronoespecie» de Ar. ramidus, es decir, una versión anterior del mismo plan básico. White y sus colegas se inclinan por incluir también en esa sucesión dos hallazgos aún más antiguos: unos fragmentos de huesos del muslo procedentes de Kenya, de seis millones de años y a los que se ha dado el nombre de Orrorin tugenensis, y un espectacular aunque enigmático cráneo hallado en Chad, llamado Sahelanthropus tchadensis, con una edad provisional de siete millones de años.

Pese a la antigüedad de esos especímenes aislados, Ar. ramidus es de momento el que ofrece una mejor perspectiva de lo que hay en la base del linaje humano, donde se sitúa nuestro último antepasado común con los chimpancés. Al tiempo de regresar del Awash, pregunté a White por el aspecto que debió de tener el último antepasado común. Nada parecido a un «eslabón perdido» con los chimpancés, desde luego. Según él, debió de parecerse a Ardi, aunque sin la serie de rasgos que en ella hacían posible una locomoción bípeda pese a ser ineficaz. Pero eso sólo es una predicción, y si algo he aprendido en el Awash medio es a no confiar en las predicciones.
«Si de verdad quieres saber cómo fue una criatura, sólo hay una manera de averiguarlo –dijo White–: lanzarse a buscarla.»
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Lucy, la Australopithecus, murió al caerse de un árbol

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Lucy, la Australopithecus, murió al caerse de un árbol

Tenía 20 años cuando cayó de una altura de más de 12 metros y falleció rápidamente, según un nuevo estudio publicado en la revista Nature


John Kappelman, el investigador principal
El trabajo de Kappelman y su equipo ha permitido conocer cómo fue la muerte de uno de los ejemplares más famosos e importantes en el árbol de la evolución humana. En la imagen sostiene algunas reproducciones de los huesos de Lucy que le han permitido llegar a la conclusión de que murió tras una fuerte caída desde más de 12 metros de altura.
Foto: Marsha Miller, UT Austin

Investigando a Lucy
John Kappelman analizando minuciosamente los restos de Lucy.
Foto: Marsha Miller, UT Austin

Lucy, el homínido más famoso del mundo
Este es el aspecto que tendría Lucy, la Australopithecus afarensis, según los especialistas.
Foto: CC

Analizando los restos
John Kappelman y Richard Ketcham analizan los huesos de Lucy durante el escaneo de los mismos con tecnología puntera.
Foto: Marsha Miller, UT Austin

El esqueleto de Lucy
La Australopithecus afarensis más famosa del mundo tiene unos 3,18 millones de años de edad.
Foto: UT Austin


Lucy, la famosa Australopithecus afarensis, ancestro de los humanos modernos, vivía hace 3,18 millones de años en la actual Etiopía. Se trata de uno de especímenes más famosos por su importancia en el árbol de la evolución humana y ahora, gracias a un estudio de la Universidad de Texas en Austin (Estados Unidos), sabemos algo más sobre ella: probablemente cayó de un árbol muy alto y murió rápidamente.

Como apunta John Kappelman, profesor de ciencias geológicas en la Universidad de Texas en Austin, y autor principal del estudio publicado en la revista Nature, "es irónico que el fósil que protagoniza el debate sobre el papel arbóreo en la evolución humana muriera posiblemente de las heridas sufridas en una caída de un árbol".

Pero, ¿cómo saben los científicos que cayó de un árbol?

"Lucy es valiosa. Solo hay una Lucy y queremos estudiarla tanto como sea posible" explica Richard Ketcham, coautor del trabajo, de ahí que una de las claves de la investigación sea la metodología. Durante 10 días los investigadores escanearon el 40% del esqueleto de Lucy obteniendo imágenes de tomografía computarizada, una técnica no destructiva con mayor resolución que la tomografía médica y que permite escanear a través de materiales sólidos, como las rocas.
Gracias a estas imágenes pudieron observar que el extremo del húmero derecho está fracturado de una manera que normalmente no se ve en los fósiles. Preserva una serie de cortes afilados y limpios con pequeños fragmentos de huesos y astillas.


"Ese tipo de fractura es resultado de una mano que toca el suelo durante una caída, que hace que impacten los elementos del hombro hasta crear una marca única en el húmero", señala el investigador, que consultó a Stephen Pearce, un cirujano ortopédico, por medio de un modelo 3-D a escala humana de los huesos de Lucy.
De este modo Pearce confirmó las sospechas de Kappelman: la lesión era compatible con una fractura de húmero proximal en cuatro partes, causada por una caída desde una altura considerable que Lucy intentó parar estirando el brazo.
Al no haber ninguna evidencia de curación, los investigadores han concluido que las roturas se produjeron en un momento próximo a la muerte
Tal y como apuntan desde Sinc, el estudio identifica fracturas similares, pero menos graves, en el hombro izquierdo y otras a lo largo de todo el esqueleto, incluidas roturas en el tobillo derecho, en la rodilla izquierda y en la pelvis. Además observaron una prueba aún más sutil: la fractura de la primera costilla, lo cual cuadra perfectamente con una caída desde esa altura.
Y claro, al no haber ninguna evidencia de curación, los investigadores han concluido que las roturas se produjeron en un momento próximo a la muerte. Incluso que fuera dicha caída la causa de la muerte.

¿Qué hacía en un árbol tan alto?


Una duda sigue rondando la cabeza de los antropólogos: ¿por qué estaba subida a un árbol antes de morir? Kappleman parece que lo tiene claro. Según él, al ser pequeña –medía poco más de un metro y pesaba unos 27 kilos- debió buscar refugio nocturno en los árboles, lejos de predadores que podrían acabar con su vida.
El motivo de la caída sigue siendo una incógnita, sin embargo, según el comunicado emitido por los investigadores, probablemente golpeó el suelo en su caída a más de 56 kilómetros por hora. Y en base al patrón de las roturas, Kappelman cree que aterrizó con los pies, preparó sus brazos al caer hacia adelante y "la muerte le siguió rápidamente" apunta.
El Museo Nacional de Etiopía ha creado un sistema de intercambio de los datos de los investigadores que, en palabras del propio Kappleman, “lidera el intercambio abierto de datos digitales". Se puede acceder al conjunto de archivos en 3-D del hombro y la rodilla de Lucy para que cualquiera pueda descargarlos y evaluar la hipótesis por sí mismo. También han puesto a disposición del público materiales didácticos y archivos 3-D en la página web elucy.org.





Lucy, la australopithecus más famosa del mundo

Google decidió dedicarle su Doodle del 24 de noviembre de 2015

Reproducción de Lucy
Se han realizado varias reproducciones del cuerpo y la cabeza de este Australopithecus afarensis. En la imagen se muestra la que está expuesta en el Museo de Ciencias Naturales de Houston, en Estados Unidos.
Gtres

Los restos de Lucy
Actualmente los restos de Lucy permanecen custodiados en una caja fuerte de máxima seguridad en la capital de Etiopía de donde apenas han salido para evitar su deterioro.
CC

Reproducción del cráneo de Lucy
Las muelas del juicio (recién salidas en su mandíbula) hacen suponer a los científicos que Lucy rondaba los 20 años de edad cuando murió.
CC

El Doodle de Google
El 24 de noviembre de 2015 Google dedicó su famoso Doodle de portada  al aniversario del descubrimiento de los huesos de Lucy.
Google

Justo el 24 de noviembre de 1974 un equipo de paleontólogos hacía un descubrimiento que revolucionaría el mundo de la antropología: descubrían a Lucy, el esqueleto de una especie de homínido que revolucionó el árbol evolutivo de nuestra especie, Australopithecus afarensis.

Lucy lo conforman 52 huesos y aunque no se trata de un esqueleto completo, sirvió en su momento para afirmar que andaba erguida hace unos 3,2 millones de años, estableciendo la conexión entre los primates que caminaban a cuatro patas y el bipedismo humano. Para saberlo los científicos revisaron la forma y el desgaste de los huesos de la pelvis y las rodillas.

Lucy medía aproximadamente un metro, tenía unos 20 años cuando murió y pesaba unos 27 kilos. Además, los investigadores confirmaron que había tenido hijos, aunque no han podido saber cuántos con exactitud.

Pero, ¿de dónde viene ese curioso nombre? Según parece, durante los trabajos de desenterramiento los antropólogos escuchaban a los Beatles y en especial uno de sus temas más conocidos, 'Lucy in the sky with diamonds'. De ahí que los investigadores, con el responsable de la excavación, Donald Johanson a la cabeza, decidieran bautizar a este nuevo ejemplar como "Lucy". Y de ahí a la fama, pues al poco tiempo se convirtió en el esqueleto más famoso del mundo.

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El yacimiento se encuentra en el noreste de Etiopía, a unos 150 kilómetros de la capital, Addis Abeba y a la postre ha resultado un lugar esencial para la ciencia. No solo por Lucy sino porque en la región se han encontrado más de 250 fósiles de 17 individuos distintos. Y probablemente no sean los últimos.

Evolución Humana

El paleontólogo Donald Johanson, descubridor de Lucy, en Atapuerca

El famoso paleontólogo tuvo la ocasión de visitar los yacimientos de la sierra de Atapuerca y el Museo de la Evolución Humana, donde dio una rueda de prensa

Donald Johanson en Atapuerca
El famoso paleontólogo visita los yacimientos de la sierra de Atapuerca con Juan Luis Arsuaga
MEH

Johanson y Arsuaga con Lucy
Los dos paleontólogos posan con una reconstrucción de Lucy en el Museo de la Evolución Humana.
MEH

Donald Johanson en rueda de prensa
Johanson dio una rueda de prensa ante los medios reunidos en el Museo de la Evolución Humana.
MEH
30 de septiembre de 2013

Allá por 1974, Donald Johanson, un joven paleontólogo norteamericano, se hallaba excavando en el yacimiento de Hadar, en la región etíope de Afar, cuando hizo el descubrimiento que le haría mundialmente famoso: el primer esqueleto casi completo de un homínido desconocido, que vivió en África oriental hace entre 3 y 4 millones de años. La nueva especie fue bautizada con el nombre de austalopitecus afarensis, y el esqueleto, perteneciente a una hembra, recibió el nombre de Lucy. Johanson ha viajado a Europa formando parte de una expedición de National Geographic Society y ha recalado en Burgos tras visitar algunos yacimientos del sur de Francia y del norte de España. En Burgos ha visitado los yacimientos de la sierra de Atapuerca y el Museo de la Evolución Humana, de la mano de Juan Luis Arsuaga, director científico del Museo. Johanson realizó una rueda de prensa ante los medios de comunicación en la que manifestó estar gratamente impresionado por hallarse en Atapuerca, uno de los yacimientos más importantes del mundo en cuanto a hallazgos paleoantropológicos, ya que aquí se descubrió la que posiblemente sea la especie humana más antigua hallada en Europa, el homo antecessor, que vivió hace aproximadamente un millón de años. Johanson también apostó por una fructífera colaboración científica entre el Instituto de los Orígenes Humanos de Arizona, del que es fundador, y el Museo de la Evolución Humana, mediante el estudio de fósiles y el intercambio de científicos y estudiantes. El Museo de la Evolución Humana de Burgos ha contado últimamente con la visita de grandes científicos e historiadores, como la primatóloga Jane Goodall, a la que recibió el pasado mes de febrero.

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Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

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