Blog dedicado a cuentos, notas de interés, actividades políticas , sociales, historia, artes culinarias, fiestas patronales, astronomía, ciencia ficción, temas del Medio Ambiente ,y del acontecer Peruano y Mundial desde otro punto de vista muy personal y diferente!!!!!
********** Blog Fundado el 03 de Enero del 2008 **********
Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., el cambio climático, se nos viene encima, ya se están haciendo estudios de como será nuestra ciudad donde ese vive, en el año 2050. Un nuevo estudio predice que para el año
2050, las condiciones de más de 500 ciudades se asemejaran a las de
otras zonas climáticas: Madrid en 2050 se parecerá al Marrakech de hoy.
NATIONAL GEOGRAPHIC .- narra " Dicha investigación, la cual ha analizado más de 520 urbes de todo el mundo ha estado enfocada a demostrar hasta qué punto es probable que las ciudades más icónicas de todo el mundo cambien en respuesta al cambio climático,
tratando de averiguar si para el año 2050 sus condiciones climáticas se
parecerán más a las actuales, o bien por el contrario se asemejarán más
a la de otras ciudades situadas en otras regiones bioclimáticas
diferentes..."
Un nuevo estudio predice que para el año
2050, las condiciones de más de 500 ciudades se asemejaran a las de
otras zonas climáticas: Madrid en 2050 se parecerá al Marrakech de hoy
En un futuro próximo el 77% de las ciudades probablemente contarán con un clima más cercano al de otra ciudad
Dicha investigación, la cual ha analizado más de 520 urbes de todo el mundo ha estado enfocada a demostrar hasta qué punto es probable que las ciudades más icónicas de todo el mundo cambien en respuesta al cambio climático,
tratando de averiguar si para el año 2050 sus condiciones climáticas se
parecerán más a las actuales, o bien por el contrario se asemejarán más
a la de otras ciudades situadas en otras regiones bioclimáticas
diferentes.
"Incluso en un escenario climático optimista encontramos que en un futuro próximo, el 77% de las ciudades probablemente contarán con un clima más cercano al de otra ciudad existente que a su propio clima actual. Además, el 22% de las ciudades experimentará condiciones climáticas que actualmente no se dan las principales ciudades existentes" explica Tom Crowther investigador en el ETHZ y autor principal del artículo.
Hacia una homogeneización tropical
Como tendencia general, los investigadores han comprobado que todas las ciudades tienden a desplazarse climáticamente hacia los subtrópicos, es decir, las ciudades del hemisferio norte están cambiando a condiciones más cálidas,
más parecidas en promedio a las de ciudades situadas unos 1.000
kilómetros al sur, y lo están haciendo a una velocidad de unos 20
kilómetros por año. Por el contrario las ciudades de los trópicos están cambiando hacia condiciones más secas.
Todas las ciudades tienden a desplazarse climáticamente hacia los subtrópicos
"Predecimos que el clima de Madrid en 2050 se asemejará al clima de Marrakech hoy,
Estocolmo se parecerá a Budapest, Londres a Barcelona, Moscú a Sofía,
Seattle a San Francisco" explica Crowther. "Esta evaluación global
puede facilitar la comprensión del cambio climático a nivel global, pero
también ayudar a administradores y planificadores de las ciudades a
visualizar el futuro del clima de sus respectivas urbes, lo que puede
facilitar la toma de decisiones efectiva en respuesta al cambio
climático en curso" concluye.
Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., en la que creemos nuestra civilización occidental y cristiana, tuvo que aprender mucho de otras civilizaciones y no precisamente occidentales, sino en el oriente nacieron culturas y constituyen el asombro del mundo actual, tal como ejemplo el templo de Göbekli
Tepe, en el sur de Turquía, de 11.600 años de antigüedad; si, en
Göbekli Tepe, un centro religioso construido 7.000 años antes que la
pirámide de Keops.
National Geographic.- narra : " Cuando se edificó Göbekli Tepe, gran parte de la humanidad estaba
organizada en pequeñas bandas nómadas que vivían de la recolección de plantas
y de la caza de animales salvajes. Para construir el templo,
probablemente fue necesario reunir en un solo lugar más personas de las
que jamás se habían reunido hasta entonces. Asombrosamente, los
constructores lograron extraer, tallar y transportar piedras de 16
toneladas a lo largo de cientos de metros, aunque no conocían la rueda
ni disponían de animales de carga. Los peregrinos que acudían a
Göbekli Tepe vivían en un mundo sin escritura, ni metales ni cerámica. A
aquellos que se acercaron al templo subiendo la pendiente, los pilares
debieron de parecerles gigantes petrificados, cubiertos de animales
esculpidos que temblaban a la luz de las llamas, emisarios de un mundo
espiritual que la mente humana apenas comenzaba a vislumbrar...."
Creíamos que la agricultura había dado
origen a las ciudades y, más adelante, a la escritura, el arte y la
religión. Ahora, el templo más antiguo del mundo sugiere que la
conciencia de lo sagrado pudo encender la chispa de la civilización.
Pilares del templo de Göbekli Tepe
Los pilares del templo de Göbekli
Tepe, en el sur de Turquía, de 11.600 años de antigüedad y hasta 5,5
metros de altura, podrían representar un grupo de sacerdotes danzando.
Obsérvense, en la figura en primer término, las manos por encima del
cinturón que sostiene el taparrabos.
Foto: Vincent J. Musi
El templo más antiguo del mundo
Es probable que no viviera nadie en
Göbekli Tepe, un centro religioso construido 7.000 años antes que la
pirámide de Keops. Los arqueólogos han excavado menos de una décima
parte del yacimiento, suficiente para comprender la enorme importancia
del lugar.
Foto: Vincent J. Musi
Los guardianes del templo
La figura de un feroz depredador con
las fauces abiertas surge de un bloque de piedra caliza de cinco
toneladas de peso, que unos artesanos transportaron hasta Göbekli Tepe
desde una cantera cercana sin ayuda de animales de tiro ni de ruedas.
Foto: Vincent J. Musi
Los inicios de la agricultura
En el sudeste de Turquía hay
agricultores que aún siegan el trigo con una hoz. En esta región se
domesticó por primera vez el trigo escaña, tal vez con el objetivo de
alimentar a todos los peregrinos que se concentraban en Göbekli Tepe
para llevar a cabo rituales religiosos.
Foto: Vincent J. Musi
Cuenco de caliza hallado en Nevalı Çori
En un cuenco de caliza hallado en
Nevalı Çori, un asentamiento fundado mil años después que Göbekli Tepe,
dos figuras bailan con un animal. Los animales, tal vez guías
espirituales, eran símbolos importantes en la época en que el hombre
empezó a domesticar ovejas y cabras.
Foto: Vincent J. Musi
El nacimiento de los Dioses
Esta escultura de tamaño natural, que
data por lo menos del año 8000 a.C., fue descubierta en el sudeste de
Turquía, a 14 kilómetros de Göbekli Tepe, el templo más antiguo del
mundo. Cuando los grupos de cazadores-recolectores evolucionaron hacia
sistemas sociales más complejos la representación de seres humanos –o
divinidades– hicieron su aparición.
Pieza fotografiada en el museo de Şanliurfa, Turquía.
Foto: Vincent J. Musi
Un bestiario sagrado
Indicios de lo que fue tal vez la
primera religión organizada del mundo se encuentran dispersos en un
conjunto de yacimientos neolíticos del sur de Turquía, norte de Siria e
Iraq. Los iconos más frecuentes eran las bestias peligrosas que
acechaban los asentamientos que los humanos acababan de crear como, por
ejemplo, los jabalíes. El que aparece en la imagen procede de Göbekli
Tepe.
Pieza fotografiada en el museo de Şanliurfa, Turquía.
Foto: Vincent J. Musi
Dioses viperinos
Otro icono habitual de las primeras
religiones era la serpiente. La que aparece en la foto fue hallada en la
parte posterior de una cabeza humana en Nevalı Çori.
Pieza fotografiada en el museo de Şanliurfa, Turquía.
Foto: Vincent J. Musi
Mundos etéreos
En la base de uno de los círculos de
pilares de Göbekli Tepe se conservan los restos de una puerta, tal vez
una entrada simbólica a un mundo sobrenatural simbolizado al parecer por
los animales que abundan en todo el yacimiento. Muchos de los animales
eran carnívoros, incluido el zorro representado en el pilar del fondo de
la imagen (arriba a la derecha).
Foto: Vincent J. Musi
Una difícil interpretación
Descubierta en verano de 2010, esta
puerta de entrada al templo, de 11.600 años de antigüedad, está rodeada
de fieras esculpidas en la piedra. Entre ellas, una serpiente, un uro
(especie de toro salvaje), un jabalí y un animal depredador todavía sin
identificar. Sabemos muy poco acerca de estas estructuras.
Foto: Vincent J. Musi
Un canto a los muertos
Figuras de buitres, como la de esta
escultura, se han hallado en Göbekli Tepe. Tradicionalmente, las aves se
han asociado con la muerte, lo que lleva a pensar que Göbekli Tepe pudo
ser un lugar para la celebración de rituales relacionados con el poder
espiritual de los ancestros muertos.
Foto: Vincent J. Musi
Sociedad y su arte
Los refinados bajorrelieves con
buitres, escorpiones y otras criaturas hallados en los pilares en forma
de T debieron de ser obra de hábiles artesanos, una evidencia de que los
cazadores-recolectores estaban evolucionando hacia estructuras sociales
más complejas,
Foto: Vincent J. Musi
Trabajos incompletos
Los arqueólogos han hallado un pilar a medio tallar en una de las colinas cercanas a Göbekli Tepe, visible al fondo.
Foto: Vincent J. Musi
Karaca Dağ
Esta familia de pastores lleva un
siglo cuidando del ganado en el extremo septentrional del Creciente
Fértil. El campo donde pacen los animales, en las laderas del Karaca
Dağ, está a menos de 100 kilómetros de Göbekli Tepe, donde los
genetistas creen que una variedad del trigo actual fue domesticado por
primera vez. Las ovejas y las cabras también fueron domesticadas en esta
región.
Foto: Vincent J. Musi
Göbekli Tepe
Un pilar con la estilizada figura de
un zorro se yergue bajo la noche estrellada. Para proteger los frágiles
bajorrelieves, está previsto techar el yacimiento a lo largo de este
año. Reflexionar bajo las estrellas sobre los misterios de este antiguo
templo pronto será cosa del pasado.
Foto: Vincent J. Musi
26 de agosto de 2016, 09:56
Göbekli Tepe: el templo más antiguo del mundo y el nacimiento de la religión
Cada cierto tiempo, en lo alto de una colina remota del sur de Turquía, se escenifica el despertar de la civilización.
Los actores son legiones de turistas, por lo general
turcos, a veces europeos, llegados en autocares blancos con aire
acondicionado y televisión, que suben dando tumbos por el firme
irregular de la sinuosa carretera y aparcan ante el portal de piedra
como acorazados en un puerto. Los visitantes se apean, con sus
botellines de agua y sus reproductores de música, y los guías les gritan
instrucciones y explicaciones. Sin prestarles atención, los turistas
suben la cuesta. Cuando llegan a la cima, se quedan mudos de asombro.
Tienen ante sí decenas de enormes columnas de piedra dispuestas en una serie de círculos, apiladas unas encima de otras. El lugar, llamado Göbekli Tepe, recuerda vagamente Stonehenge,
pero es mucho más antiguo y no está hecho de toscos bloques sino de
pilares de piedra caliza finamente tallados y adornados con
bajorrelieves de animales: un desfile de gacelas, serpientes, zorros,
escorpiones y feroces jabalíes. El conjunto fue construido hace
unos 11.600 años, siete milenios antes que la Gran Pirámide de Keops, y
contiene el templo más antiguo conocido hasta ahora. De hecho, Göbekli Tepe es el ejemplo más antiguo conocido de arquitectura
monumental, la primera estructura levantada por el ser humano con una
envergadura y complejidad mayores que las de una choza. Hasta donde
alcanzan nuestros conocimientos, cuando se erigieron esas columnas no
había en el mundo ninguna otra construcción de tamaño comparable.
Cuando se edificó Göbekli Tepe, gran parte de la humanidad estaba
organizada en pequeñas bandas nómadas que vivían de la recolección de plantas
y de la caza de animales salvajes. Para construir el templo,
probablemente fue necesario reunir en un solo lugar más personas de las
que jamás se habían reunido hasta entonces. Asombrosamente, los
constructores lograron extraer, tallar y transportar piedras de 16
toneladas a lo largo de cientos de metros, aunque no conocían la rueda
ni disponían de animales de carga. Los peregrinos que acudían a
Göbekli Tepe vivían en un mundo sin escritura, ni metales ni cerámica. A
aquellos que se acercaron al templo subiendo la pendiente, los pilares
debieron de parecerles gigantes petrificados, cubiertos de animales
esculpidos que temblaban a la luz de las llamas, emisarios de un mundo
espiritual que la mente humana apenas comenzaba a vislumbrar.
Los arqueólogos todavía están excavando en Göbekli Tepe y aún no se han puesto de acuerdo respecto a su significado. Pero
lo que sí saben es que el yacimiento es el más notable de una serie de
hallazgos inesperados que han cuestionado anteriores ideas sobre el
pasado remoto de nuestra especie. Hace apenas 20 años la
mayoría de los investigadores creía conocer el momento, el lugar y la
secuencia aproximada de la revolución neolítica, la crucial transición
que condujo al nacimiento de la agricultura, determinante para que Homo sapiens
dejara atrás los grupos dispersos de cazadores-recolectores para
empezar a formar poblados agrícolas y, a partir de ahí, sociedades
tecnológicamente avanzadas con grandes templos, torres, reyes y
sacerdotes que regían el trabajo de sus súbditos y registraban sus
hazañas por escrito. Pero en los últimos años, nuevos descubrimientos,
entre los que destaca Göbekli Tepe, han obligado a los arqueólogos a
replantearse sus puntos de vista.
Al principio, la revolución neolítica se consideraba como un suceso único ocurrido en un único lugar, Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Éufrates (en lo que hoy es el sur de Iraq), que más tarde se extendió a la India, Europa y el resto del mundo. La
mayoría de los arqueólogos creía que ese florecimiento súbito de la
civilización había sido propiciado en gran medida por cambios
climáticos: un calentamiento gradual al final de la última glaciación
que permitió a algunos pueblos iniciar el cultivo de plantas y el
pastoreo de animales.La reciente investigación sugiere que, en realidad, la «revolución» fue obra de muchas manos que actuaron en un área muy extensa y a lo largo de miles de años. Además, es posible que su motor no fuera el medio ambiente sino algo completamente diferente.
Tras un momento de silencio, los atónitos turistas que llegan al
yacimiento se ponen a hacer fotos con sus cámaras y teléfonos móviles.
Hace once milenios, nadie disponía de equipos digitales para captar
imágenes, por supuesto, pero las cosas han cambiado menos de lo que uno
podría suponer. La mayoría de los grandes centros religiosos del mundo,
los del pasado y los que existen en la actualidad, son la meta de los
peregrinos. Basta pensar en el Vaticano, La Meca, Jerusalén,
o Bodh Gaya (donde Buda accedió a la iluminación). Son lugares
monumentales para viajeros espirituales, que recorren a menudo grandes
distancias para conmoverse y admirarse ante su grandeza. Göbekli Tepe es
quizás el primero de todos esos lugares de peregrinaje. Lo que
sugiere, al menos a los arqueólogos que trabajan allí, es que el sentido
humano de lo sagrado, y quizá también el gusto del ser humano por la
escenificación, pueden haber sido el motor de la civilización.
A los pocos minutos de llegar, se dio cuenta de que estaba en un
lugar donde habían trabajado decenas o incluso centenares de personas
varios milenios atrás.
Klaus Schmidt supo casi de inmediato que iba a
dedicarle muchas horas de trabajo a Göbekli Tepe. Actualmente
investigador del Instituto Arqueológico Alemán (DAI), Schmidt había
pasado el otoño de 1994 recorriendo el sudeste de Turquía. Tras varios
años de trabajo en un yacimiento, estaba buscando otro lugar donde
excavar. La ciudad más grande de la zona es Şanlıurfa. Comparada con jóvenes ciudades como Londres,
Şanlıurfa es increíblemente antigua; de hecho, es el lugar donde se
cree que nació el profeta Abraham. Schmidt había ido a la ciudad para
localizar un yacimiento que le permitiera comprender mejor el
neolítico, un lugar a cuyo lado incluso Şanlıurfa pareciera una
adolescente. El paisaje se ondula al norte de Şanlıurfa para formar las
primeras estribaciones de las montañas que atraviesan el sur de Turquía,
donde nacen los ríos Tigris y Éufrates. A 14 kilómetros de la ciudad se
yergue una cresta alargada, de cima redondeada, que los lugareños
llaman Göbekli Tepe, es decir, «monte panzudo».
En la década de 1960, arqueólogos de la Universidad de Chicago estudiaron
la región y llegaron a la conclusión de que Göbekli Tepe no tenía
interés. Observaron signos evidentes de intervención humana en la cima
del monte, pero los atribuyeron a la existencia de un puesto militar
fronterizo de la época bizantina. Hallaron fragmentos dispersos de
piedra caliza, que interpretaron como lápidas. Schmidt había leído la
breve descripción que los investigadores de Chicago habían hecho del
yacimiento y decidió ir a verlo con sus propios ojos. Sobre el terreno
vio astillas de pedernal, grandes cantidades de ellas. A los
pocos minutos de llegar, recuerda el propio Schmidt, se dio cuenta de
que estaba en un lugar donde habían trabajado decenas o incluso
centenares de personas varios milenios atrás. Las losas de
piedra caliza no eran tumbas bizantinas sino algo mucho más antiguo. Al
año siguiente empezó a trabajar en colaboración con el DAI y el Museo de Şanlıurfa.
Unos centímetros por debajo de la superficie el equipo encontró una
piedra cuidadosamente esculpida. A ésta le siguió otra, y otra más,
hasta sacar a la luz un círculo de pilares en pie. A lo largo de los
meses y los años, el equipo de Schmidt, compuesto por estudiantes de
posgrado alemanes y turcos, y más de medio centenar de habitantes de la
zona, encontró un segundo círculo de piedras, después un tercero y a
continuación varios más. En 2003 unas prospecciones
geomagnéticas revelaron la existencia de al menos 20 círculos
distribuidos desordenadamente bajo tierra, los bloques de
piedra apilados unos encima de otros. Los pilares eran de gran tamaño
(los más altos medían 5,4 metros de altura y pesaban unas 16 toneladas) y
presentaban en la superficie toda una galería de bajorrelieves de
animales en diferentes estilos, algunos toscos y otros, los menos, mucho
más refinados y con un claro carácter simbólico. Otras partes
de la colina estaban sembradas de antiguos utensilios tallados en
pedernal, la mayor colección que Schmidt había visto en su vida: un
auténtico almacén de cuchillos, azuelas y puntas de proyectil del
neolítico. La piedra tuvo que ser transportada desde los valles próximos. «Había más piezas de pedernal aquí, en un área de uno o dos metros cuadrados –dice Schmidt–, que las que encuentran muchos arqueólogos en yacimientos enteros.»
Los círculos presentan un diseño común. Todos están hechos de pilares de caliza en forma de una enorme letra T mayúscula. Parecen
cuchillos, miden cinco veces más de ancho que de fondo y se yerguen a
un brazo de distancia unos de otros, interconectados por unos muros
bajos de piedra. En el centro de cada círculo hay dos pilares más altos,
cuyas bases aguzaron los constructores para poder hincarlos en unas
ranuras poco profundas abiertas en el suelo. Le pregunté al arquitecto e
ingeniero civil alemán Eduard Knoll, colaborador de
Schmidt en los trabajos de conservación del yacimiento, si el sistema de
anclaje de aquellos pilares centrales estaba bien diseñado. Me
respondió que no. «Todavía no dominaban la ingeniería.» Knoll piensa que quizá las columnas estuvieran apuntaladas, tal vez con postes de madera.
Los enigmas se acumulaban a medida que avanzaba la excavación.
Según Schmidt, los pilares en forma de T son figuras humanas
estilizadas, como parecen confirmar los brazos esculpidos que parten de
los «hombros» de algunos de ellos, con las manos dirigidas hacia el vientre cubierto con taparrabos. Todos miran al centro del círculo, «como en una reunión o una danza»,
dice Schmidt, en representación quizá de algún ritual religioso. En
cuanto a las figuras animales que corren y brincan en las piedras,
señala que se trata en su mayoría de bestias peligrosas: escorpiones
venenosos, jabalíes en pleno ataque o leones feroces. Las
figuras humanas representadas por los pilares podrían estar protegidas
por esos animales, a los que pudieron atribuir un carácter totémico.
Los enigmas se acumulaban a medida que avanzaba la excavación. Por
razones aún desconocidas, parece ser que los círculos de Göbekli Tepe
perdían su poder, o al menos sus cualidades mágicas, al cabo de cierto
tiempo. Tras unas cuantas décadas, la gente del lugar enterraba las
columnas y levantaba otras nuevas, que formaban un círculo más pequeño
dentro del anterior. A veces construían un tercer anillo de piedras
pasado un tiempo. Después los constructores rellenaban toda la
estructura con escombros y levantaban un nuevo círculo en las
proximidades del anterior. Es posible que este proceso se haya repetido
muchas veces a lo largo de siglos.
Sorprendentemente, las técnicas de construcción empleadas en
Göbekli Tepe fueron empeorando. Los primeros círculos son los más
grandes y los de mayor complejidad técnica y artística. Con el
paso del tiempo los pilares fueron haciéndose cada vez más pequeños y
sencillos, y anclándose al suelo con menos habilidad. Parece ser que
finalmente la actividad cesó por completo hacia el año 8200 a.C. Göbekli
Tepe se desmoronó y no volvió a levantarse.
Tan importante es lo que han hallado los investigadores como lo que no han hallado: ningún indicio de asentamiento. Seguramente fueron necesarios cientos de personas para tallar y levantar los pilares, pero no había agua en el lugar. La
corriente más cercana estaba a unos cinco kilómetros de distancia. Los
trabajadores debieron de necesitar un sitio donde vivir, pero las
excavaciones no han sacado a la luz la menor señal de muros, hogueras o
casas, ni ningún tipo de estructura que Schmidt haya interpretado como
doméstica. También tuvieron que comer, pero no hay indicios de agricultura.
Schmidt tampoco ha encontrado restos de cocinas, ni de fuegos donde se
cocinara. Era un centro puramente ceremonial. Si alguna vez vivió
alguien en ese lugar, debió de tratarse del personal del templo. A
juzgar por los miles de huesos de gacelas y uros que se han hallado, los
trabajadores debieron de alimentarse de remesas de carne de caza,
enviadas con regularidad desde lugares distantes. Para canalizar con
éxito todo ese complejo esfuerzo, debieron de ser necesarios organizadores y supervisores, pero hasta ahora no se han observado indicios de una jerarquía social:
no se han descubierto zonas reservadas a los más ricos, ni tumbas
llenas de ajuares funerarios propios de una élite, ni rastros de que la
dieta de algunos fuera mejor que la de otros.
Descubrir que unos cazadores-recolectores habían construido Göbekli
Tepe fue como saber que alguien había fabricado un Boeing 747 con una
navaja suiza.
«Eran forrajeadores –dice Schmidt, refiriéndose a gente que recogía plantas y cazaba animales salvajes–. Nuestra
imagen de los pueblos forrajeadores siempre ha sido de grupos pequeños y
móviles, formados por algunas decenas de individuos. Creíamos que no
podían construir grandes estructuras permanentes, porque tenían que
desplazarse constantemente en pos de sus recursos. Pensábamos que no
podían mantener castas separadas de sacerdotes y artesanos, porque no
les era posible transportar los suministros adicionales necesarios para
unos y otros. Pero aquí tenemos Göbekli Tepe, donde sí lo hicieron.»
Descubrir que unos cazadores-recolectores habían construido Göbekli
Tepe fue como saber que alguien había fabricado un Boeing 747 con una
navaja suiza. Paradójicamente, Göbekli Tepe se presenta a la vez
como un heraldo del mundo civilizado que estaba por venir y el último
símbolo de un pasado nómada a punto de desaparecer. La proeza fue asombrosa, pero es difícil comprender cómo la llevaron a cabo o lo que significaba. «Dentro de unos 10 o 15 años –afirma Schmidt–, Göbekli Tepe será más famoso que Stonehenge. Y con razón.»
Sobre Göbekli Tepe planea el espíritu de V. Gordon Childe. Australiano afincado en Gran Bretaña,
Childe era un hombre expansivo y apasionado, un marxista convencido que
solía vestir pantalones de golf y pajarita. También fue uno de los
arqueólogos más influyentes del siglo pasado. Gracias a su gran
capacidad de síntesis, interrelacionaba los datos inconexos de sus
colegas proponiendo nuevos métodos de interpretación de la prehistoria
basados en el materialismo histórico. También propuso nuevos conceptos,
el más famoso de ellos, acuñado en la década de 1920, el de «revolución neolítica». Bajo su punto de vista, la revolución neolítica fue un acontecimiento de vital importancia: «el más grande en la historia de la humanidad, después del dominio del fuego».
Hoy, el pensamiento de Gordon Childe podría resumirse más o menos así:Homo sapiens
apareció en escena hace alrededor de 200.000 años. Durante los milenios
que siguieron hubo, por lo general, muy pocos cambios y la especie
siguió organizada en pequeños grupos de forrajeadores nómadas. Entonces tuvo lugar la revolución neolítica, que según Childe supuso «un cambio radical, cargado de consecuencias revolucionarias para el conjunto de la especie».
En un súbito destello de inspiración, parte de la humanidad dejó atrás
el forrajeo y adoptó la agricultura. Este hecho, en opinión de Childe,
trajo consigo nuevas transformaciones. Para cuidar los campos, nuestros
ancestros tuvieron que dejar de desplazarse y se asentaron en poblados
permanentes, donde desarrollaron nuevos utensilios e inventaron la
cerámica.
De todos los aspectos de la revolución, la agricultura fue el más importante.
Durante miles de años, hombres y mujeres provistos de útiles de piedra
habían recorrido los campos en busca de espigas de gramíneas silvestres,
que cortaban y se llevaban a casa. Aunque es posible que aquellos
grupos cuidaran y protegieran los campos donde crecían esas espigas, las
plantas seguían siendo silvestres. El trigo y la cebada silvestres, a
diferencia de las variedades domésticas, producen semillas que caen de
la planta en cuanto están maduras, lo que hace casi imposible la
recolección del grano en su grado óptimo de maduración. Desde el
punto de vista genético, la verdadera agricultura de los cereales
comenzó sólo cuando el hombre empezó a plantar extensas áreas nuevas con
variedades mutadas, que no dispersaban las semillas maduras.
Así aparecieron campos de trigo y de cebada domésticos que, por decirlo
de algún modo, «esperaban» a que los agricultores cosecharan el grano.
En lugar de recorrer el entorno en busca de alimento, nuestros
antepasados ya podían producir todo lo que necesitaban donde les hacía
falta, lo que les permitió vivir juntos en grupos más grandes. La
población aumentó. «Sólo después de la revolución, pero de forma inmediata –escribió Childe–, nuestra especie empezó a multiplicarse con verdadera rapidez.»
En esas sociedades repentinamente más numerosas, era más fácil
intercambiar ideas, y las innovaciones tecnológicas y sociales empezaron
a sucederse a ritmo acelerado. Florecieron la religión y el arte, signos distintivos de la civilización.
Childe, como la mayoría de los investigadores actuales, creía
que la revolución se produjo por primera vez en el Creciente Fértil, el
arco de territorio que se curva hacia el nordeste, desde Gaza hasta el
sur de Turquía, y sigue hacia el sudeste, hasta el actual Iraq.
Delimitado al sur por el desierto de Siria y al norte por las montañas
de Turquía, es una franja de clima templado entre ambientes inhóspitos.
Su extremo meridional es la confluencia de los ríos Tigris y Éufrates,
en el sur de Iraq, el lugar donde floreció el reino de Sumer, hacia 4000
a.C.
En la época de Childe, la mayoría de los investigadores consideraba que Sumer representaba el inicio de la civilización. El arqueólogo Samuel Noah Kramer recogió
esa argumentación en la década de 1950 en su obra La historia empieza
en Sumer. Pero incluso antes de que acabara el libro, la hipótesis ya
estaba siendo cuestionada por nuevos hallazgos en el otro extremo del
Creciente Fértil, el occidental. Allí, en el Levante mediterráneo (área
que hoy abarca Israel, los territorios palestinos, Líbano, Jordania y el oeste de Siria),
los arqueólogos habían descubierto asentamientos que se remontaban al
año 13000 a.C. Aquellos poblados o aldeas, conocidas como natufienses
(así llamadas por el lugar donde fue hallada la primera), se
extendieron por todo el Levante hacia el final de la última glaciación,
durante un período en que el clima de la región se volvió relativamente
cálido y húmedo.
El descubrimiento de la cultura natufiense fue la primera objeción a la revolución neolítica de Childe. Para
el arqueólogo, la agricultura había sido la chispa que permitió los
asentamientos permanentes y prendió la llama de la civilización. Sin
embargo, aunque los natufienses vivían en aldeas estables de varios
centenares de personas, eran forrajeadores, no agricultores, ya que
cazaban gacelas y recolectaban centeno, cebada y trigo silvestres. «Era un indicio importante de que debíamos revisar nuestras ideas», dice Ofer Bar-Yosef, arqueólogo de Harvard.
Las aldeas natufienses entraron en una época difícil hacia el año
10800 a.C., cuando las temperaturas de la región sufrieron un brusco
descenso de unos 7 °C: una miniglaciación que duró 1.200 años y creó
unas condiciones mucho más áridas en todo el Creciente Fértil. Con la
disminución del hábitat de los animales y la reducción de los campos de
cereales, varias aldeas resultaron de pronto demasiado pobladas para
los recursos alimentarios locales. Muchos de sus habitantes volvieron al
forrajeo nómada.
Algunos asentamientos trataron de adaptarse a un entorno más árido. Abu Hureyra,
en el actual norte de Siria, intentó al parecer cultivar centeno, tal
vez replantando los granos recolectados. En 2000, tras examinar granos
de centeno del yacimiento, Gordon Hillman, del University College de Londres, y Andrew Moore, del Instituto Tecnológico de Rochester, concluyeron
que algunos eran más grandes que sus equivalentes silvestres, lo que
podría ser un indicio de domesticación, ya que el cultivo mejora las
cualidades del grano, como el tamaño del fruto y de las semillas.
Bar-Yosef y otros investigadores se convencieron de que lugares
cercanos, como Mureybet o Tell Qaramel, también tuvieron sociedades agrícolas.
Si estos arqueólogos están en lo cierto, aquellas
protociudades ofrecen una nueva explicación para el inicio de las
sociedades humanas complejas. Childe creía que primero fue la
agricultura, considerada como la innovación que permitió al hombre
aprovechar la oportunidad de un entorno nuevo y rico para extender su
dominio sobre la naturaleza. Los yacimientos natufienses del
Levante mediterráneo, en cambio, sugieren que lo primero fueron los
asentamientos y que la agricultura llegó más tarde, como fruto de una
crisis. Ante un clima cada vez más frío y seco, y una población
en aumento, los habitantes de las pocas áreas fértiles que quedaban
pensaron, según Bar-Yosef: «Si nos movemos, vendrán otros a
aprovechar nuestros recursos. Lo mejor para sobrevivir es quedarnos
donde estamos y explotar nuestro territorio». Entonces surgió la agricultura.
La idea de que la revolución neolítica fue impulsada por el cambio climático
tuvo mucho eco durante la década de 1990, una época en que aumentaba la
preocupación por los efectos del actual calentamiento planetario. Pero
los críticos adujeron que los indicios no eran concluyentes, entre otras
cosas porque Abu Hureyra, Mureybet y otros muchos yacimientos del norte
de Siria habían sido inundados por la construcción de presas antes de
que pudieran excavarse a fondo. «Teníamos toda una teoría sobre el
origen de la cultura humana basada, a grandes rasgos, en apenas media
docena de semillas inusualmente grandes –comenta George Willcox, especialista en cereales antiguos del Centro Nacional de Investigación Científica, de Francia–.
¿No es más probable que los granos se hincharan al quemarse o que
alguien en Abu Hureyra hallara un tipo de centeno silvestre poco
corriente?»
La religión organizada surgió con la necesidad de una idea compartida
que cohesionara grupos de personas más grandes y diversificados.
Mientras el debate sobre los natufienses se intensificaba, Schmidt
trabajaba a fondo en Göbekli Tepe. Y lo que encontró obliga una vez
más a los investigadores a replantearse sus ideas.
Los antropólogos han presupuesto que la religión organizada surgió
como un medio para aliviar las tensiones que inevitablemente tuvieron
que aparecer cuando los cazadores-recolectores se establecieron como
agricultores y formaron grandes sociedades. En comparación con
una banda nómada, el poblado tenía objetivos más complejos y a más largo
plazo, por ejemplo, almacenar grano y mantener viviendas permanentes.
Para cumplir sus objetivos, era conveniente que los miembros del
poblado estuvieran involucrados en los fines colectivos. Aunque las
prácticas religiosas primitivas (dar sepultura a los muertos, ejecutar
pinturas rupestres y tallar estatuillas) habían surgido decenas de miles
de años antes, la religión organizada sólo comenzó, según este
punto de vista, cuando fue necesaria una visión común del orden
celestial, una idea compartida por todos que cohesionara esos nuevos
grupos más grandes y diversificados. También es posible que la
religión ayudara a justificar la jerarquía social establecida en una
sociedad más compleja. Los que ascendían al poder se presentaban a sí
mismos como poseedores de una vinculación especial con los dioses. Las
comunidades de fieles, unidos por una visión común del mundo y del lugar
que ocupaban en él, tenían una mayor cohesión que un simple grupo de
individuos propenso a las disputas.
En opinión de Schmidt, Göbekli Tepe representa una inversión de ese panorama. La
construcción de un templo enorme por parte de un grupo de forrajeadores
indica que la religión organizada pudo haber surgido antes que la
agricultura y otros aspectos de la civilización, y sugiere que el
impulso humano de congregarse para la práctica de rituales sagrados
apareció cuando el ser humano dejó de verse como parte del mundo natural
y empezó a tratar de dominarlo. Cuando los forrajeadores
comenzaron a asentarse en poblados, trazaron una línea divisoria entre
el ámbito humano (un grupo fijo de viviendas con cientos de habitantes) y
el peligroso mundo poblado de bestias feroces que había más allá de sus
hogares.
Para el arqueólogo francés Jacques Cauvin, ese cambio en la conciencia fue una «revolución de los símbolos», una transformación conceptual que permitió a la humanidad imaginar que existían dioses en un plano diferente del mundo físico. Para Schmidt, Göbekli Tepe confirma la teoría de Cauvin: «Los animales eran guardianes del mundo espiritual. Los relieves de los pilares en forma de T ilustran ese otro mundo».
Schmidt piensa que los forrajeadores que vivían en un radio de
menos de 160 kilómetros de Göbekli Tepe pudieron erigir el templo como
lugar sagrado, donde se reunían y al que tal vez llevaban ofrendas y
tributos para los sacerdotes y los artesanos. Debió de ser
necesario establecer algún tipo de organización social, no sólo para
construirlo sino también para manejar a las multitudes que atraía.
Observándolo, es fácil imaginar cánticos y tambores, y a los animales
de las columnas moviéndose a la luz temblorosa de las antorchas.
Seguramente había festines. Schmidt ha encontrado piletas de piedra que
quizá se usaron para la cerveza. El templo era un centro espiritual, un
escenario para el rito.
Schmidt cree que, con el tiempo, la necesidad de conseguir suficiente
alimento para quienes trabajaban en Göbekli Tepe y los que allí se
reunían para celebrar ceremonias religiosas pudo conducir al cultivo
intensivo de cereales silvestres y a la creación de algunas de las
primeras variedades domésticas. De hecho, los científicos creen
que uno de los centros donde surgió la agricultura fue el sur de
Turquía, a una distancia que es posible cubrir a pie desde Göbekli Tepe,
exactamente hacia la época en que el templo alcanzó su máximo
esplendor. Actualmente, los antepasados silvestres más directos
del trigo escaña cultivado se encuentran en las laderas del monte
Karaca Da, a sólo 96 kilómetros al nordeste de Göbekli Tepe. En
otras palabras, la adopción de la agricultura pudo ser el resultado de
una necesidad profunda de la psique humana, un apetito que aún hoy
impulsa a las personas a recorrer el mundo en una búsqueda espiritual.
Quizá no hubo un único camino hacia la civilización, sino varios, que condujeron al mismo destino por diferentes rutas.
Algunos de los primeros indicios de domesticación de plantas se sitúan en Nevalı Çori, un asentamiento en las montañas a apenas 30 kilómetros de Göbekli Tepe. Como éste, también surgió después de la miniglaciación, una época conocida por los arqueólogos como neolítico precerámico.
La reciente construcción de una presa que proporciona agua de regadío y
electricidad a la región ha inundado el yacimiento. Pero antes de que
el agua impidiera la investigación, los arqueólogos hallaron en Nevalı
Çori pilares en forma de T con imágenes de animales
muy parecidas a las que más adelante Schmidt descubriría en Göbekli
Tepe. Se han encontrado columnas e imágenes similares en yacimientos del
neolítico precerámico a una distancia de hasta 160 kilómetros de
Göbekli Tepe. Según Schmidt, las imágenes de esos yacimientos
son la prueba de una religión común que se practicaba en torno a Göbekli
Tepe y que fue quizá la primera confesión religiosa verdaderamente
grande del mundo.
Naturalmente, algunos de sus colegas discrepan de sus ideas. La falta
de indicios de viviendas, por ejemplo, no demuestra que no viviera
nadie en Göbekli Tepe. Por otra parte, los arqueólogos que estudian los
orígenes de la civilización en el Creciente Fértil miran cada vez con
más recelo los intentos de hallar un solo factor desencadenante
aplicable a la totalidad de los casos. En un lugar determinado, ese
factor pudo ser la agricultura; en otro, el arte y la religión, y en
otro, la presión demográfica o la organización social y la jerarquía. Al
final todos llegaron al mismo punto. Quizá no hubo un único camino hacia la civilización, sino varios, que condujeron al mismo destino por diferentes rutas.
Este verano Schmidt cumplirá su decimoséptimo año en el yacimiento.
Los anales de la arqueología están llenos de científicos que por actuar
con precipitación dieron al traste con hallazgos importantes e hicieron
que algunos conocimientos se perdieran para siempre. Schmidt está
decidido a no añadir su nombre a la lista. Hoy se excava menos de la
décima parte de un yacimiento que ocupa nueve hectáreas.
Schmidt cree que futuras investigaciones en Göbekli Tepe podrían
cambiar sus actuales ideas acerca del yacimiento. Ni siquiera su
antigüedad se conoce con certeza; Schmidt no está seguro de haber
alcanzado el estrato más profundo. «Por cada enigma que resolvemos, aparecen misterios nuevos», afirma. Aun así, ha sacado algunas conclusiones. «Hace 20 años todos creían que la civilización había sido impulsada por causas de tipo ecológico –declara–. Creo que ahora estamos vislumbrando que la civilización es un producto de la mente humana.»
Hola amigos : A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, ha elaborado un amplio y pormenorizado reportaje sobre la seguridad en cuanto a la vigilancia, como un requisito indispensable de la sociedad moderna, que debe adoptar en cualquier parte del mundo, dentro y fuera de su hogar como un mecanismo que le proteja(auto defensa) contra cualquier suceso o ataque como los asaltos al domicilio, o en la calle los asaltos para sacarle el celular, o los ataques de delincuentes que asesinan o sicarios al servicio de bandas criminales, quienes asesinan al objetivo que lo localizaron mediante la vigilancia o reglaje.
Incluso organizaciones internacionales de las Naciones Unidas ONU, en África la WWF o Fondo Mundial para la Naturaleza, utiliza drones y satélites para detectar a los cazadores furtivos.
En países desarrollados como Los Estados Unidos y Reino Unido, utilizan las agencias de inteligencia, para detectar posibles ataques de terroristas.
Hoy mismo en la vida diaria de las grandes ciudades se emplean los : Circuito cerrado de televisión (CCTV), que mediante las cámaras de vigilancia, ayudan a la policía a identificar delincuentes; lo mismo hacen con: Dispositivos de reconocimiento automático de matrículas (o ANPR, por sus siglas en inglés), para detecta vehículos infractores a las leyes de tránsito.
National Geographic .- dice : "Hoy se comparten o cuelgan en internet más de 2,5 billones de imágenes al año, por no hablar de los miles de millones de fotografías y vídeos que los usuarios manejan en privado. En 2020, calcula una empresa de telecomunicaciones, 6.100 millones de personas tendrán un teléfono móvil con cámara. Por el momento se están vendiendo en torno a 106 millones de cámaras de vigilancia al año. Más de tres millones de cajeros automáticos del planeta miran fijamente a sus clientes...."
National Geographic .- agrega : "Y esos son solo los aparatos de «vigilancia» que están al alcance de nuestra mirada. En este mismo instante el cielo es un hervidero de drones: en 2016, aficionados y empresarios estadounidenses adquirieron 2,5 millones de unidades. Esta cifra no incluye la flota de vehículos aéreos no tripulados que emplea el Gobierno de Estados Unidos no solo para bombardear terroristas en Yemen, sino también para frustrar la entrada de inmigrantes ilegales de México, rastrear las inundaciones causadas por huracanes en Texas o capturar a cuatreros que actúan en Dakota del Norte. Tampoco incluye los miles y miles de aerodispositivos espía que usan otros países, entre ellos Rusia, China, Irán y Corea del Norte...."
National Geographic .- finaliza : " Y si algún día sabrían que unos desconocidos invisibles habían estado vigilándolos, igual que otro desconocido podría estar vigilándome a mí en ese instante, un desconocido que quizás estaría escudriñando en una pantalla de CCTV el espectáculo de una figura que, en solitario, caminaba a buen paso por una calle oscura y desierta en una noche fría, sin abrigo, como huyendo de algo...."
¿Qué es una cámaras de vigilancia?
Cámaras de Vigilancia y Seguridad. Las cámaras de videovigilancia son las encargadas de captar todo lo que ocurra en su casa o negocio, por lo que son un elemento vital en cualquier instalación.
¿Qué es un sistema de vídeo vigilancia?
Si todo lo que necesita es supervisar en directo el trabajo de sus empleados o el comportamiento de sus clientes, un sistema de videovigilancia local es todo lo que necesita. La videovigilancia consiste en instalar cámaras de vídeo que son grabadas en un grabador digital y que pueden ser vistas en un monitor central.
La tecnología y nuestra creciente demanda de seguridad nos han puesto a todos bajo vigilancia. ¿Está tocando a su fin el concepto de privacidad?
Vigilando continentes
Dino Bertolino, técnico aeroespacial sénior de Planet, sostiene uno de los satélites equipados con cámaras que esta empresa de San Francisco llama Doves («palomas»). Planet tiene en órbita más de 150 de estos satélites del tamaño de una caja de zapatos, tomando dos fotografías por segundo. Con su flota, y si las condiciones son óptimas, la empresa puede fotografiar toda la masa terrestre del planeta en un día.
Foto: Craig Cutler
Vigilando la atmósfera
Estos minúsculos drones de la Marina de Estados Unidos (básicamente, placas de circuitos aerodinámicas) fueron diseñados para ser soltados desde el aire a modo de enjambre. Sus aplicaciones son múltiples: monitorizar huracanes, tender un cable trampa virtual a lo largo de una frontera o guiar a los agricultores en la siembra.
Foto: Mark Thiessen, NGM
Vigilando a los francotiradores
Shooter Detection Systems, una empresa de Boston, ha inventado un dispositivo (arriba) que se instala en la pared y localiza tiradores activos en el interior de un edificio. El sistema identifica el sonido de los disparos gracias a un software acústico y los verifica mediante detectores infrarrojos que detectan el destello producido en el cañón del arma. Acto seguido proporciona automáticamente a los agentes de seguridad un mapa con la ubicación exacta del incidente.
Foto: Robert Clark
Vigilando las calles
Apodados como la «quinta agencia de inteligencia más grande del mundo», más de 850.000 voluntarios –jubilados con chaleco o brazalete de color rojo– son los ojos y los oídos de los barrios de Beijing donde viven. Desplegados en masa en la capital china los días festivos, ayudan a organizar el tráfico, dan indicaciones a los turistas y visitan a los enfermos. Pero sobre todo se les conoce por estar ojo avizor en las calles, atentos a conductas sospechosas.
Foto: Mark Leong
Vigilando delincuentes
Peter Gold regresa a la calle de Nueva Orleans en la que recibió un disparo cuando intentaba salvar a una mujer de ser secuestrada a punta de pistola. Entonces era un estudiante de medicina de 25 años, e intervino cuando un hombre –identificado como Euric Cain– trataba de meter a la mujer por la fuerza en un vehículo. El incidente, ocurrido en 2015, fue grabado por una videocámara; muestra a Cain disparando a Gold en el abdomen e intentando rematarlo dos veces con un tiro en la cabeza mientras la víctima yacía en la acera. No lo logró porque se le encasquilló el arma. Al igual que el empresario que había instalado la cámara, cada vez más ayuntamientos y ciudadanos particulares recurren a la videovigilancia de las calles para combatir la delincuencia.
Foto: Max Aguilera-Helweb; Departamento de Policía de Nueva Orleans.
Vigilando satélites
En la década de 1960 el Cuerpo de Ingenieros del Ejército estadounidense construyó más de 270 cruces de hormigón de 18 metros de ancho en el desierto de Arizona. Las dimensiones conocidas ayudaron a calibrar los primeros satélites espía del mundo. Para crear la imagen que aparece sobre estas líneas, dos artistas fotografiaron la cruz, identificaron las trayectorias de los satélites que la sobrevuelan y dibujaron en el cielo los arcos que describen.
Foto: Julie Anand y Damon Sauer
Vigilando furtivos
Unos guardas de la Reserva Nacional Masai Mara de Kenya rescatan una cría de elefante que se separó de su manada y quedó a merced de los depredadores; el pequeño fue transportado a un santuario animal.
Foto: Pete Muller
Vigilando furtivos
Gracias a las cámaras que WWF proporciona a Mara Conservancy, los guardas pueden proteger la fauna durante la noche.
Foto: WWF
Ampliar la perspectiva
Para demostrar las capacidades del sistema de CCTV de Islington, las autoridades accedieron a seguir a un hombre contratado por National Geographic en sus desplazamientos por Goswell Road. En esta foto la cámara de alta definición hace zoom para captar un primer plano desde una distancia de 387 metros.
Foto: Toby Smith/ Sala de Control del CCTV de Islington
Vigilando el planeta
Planta solar Nooro III, Marruecos
Foto: Dove the Planet
Vigilando delincuentes
Peter Gold regresa a la calle de Nueva Orleans en la que recibió un disparo cuando intentaba salvar a una mujer de ser secuestrada a punta de pistola. Entonces era un estudiante de medicina de 25 años, e intervino cuando un hombre –identificado como Euric Cain– trataba de meter a la mujer por la fuerza en un vehículo. El incidente, ocurrido en 2015, fue grabado por una videocámara; muestra a Cain disparando a Gold en el abdomen e intentando rematarlo dos veces con un tiro en la cabeza mientras la víctima yacía en la acera. No lo logró porque se le encasquilló el arma. Al igual que el empresario que había instalado la cámara, cada vez más ayuntamientos y ciudadanos particulares recurren a la videovigilancia de las calles para combatir la delincuencia.
Foto: Max Aguilera-Helweb
Vigilando incendios
En esta foto de larga exposición (derecha), una avioneta del Servicio de Bosques de Estados Unidos sobrevuela un incendio cerca del lago Isabella, en el Bosque Nacional de las Secuoyas, California, para tomar fotos (abajo) con un escáner infrarrojo térmico. Los datos se superponen a los mapas (inferior) para conocer los perímetros de los incendios, lo que permite a los bomberos planear sus maniobras e identificar amenazas.
Foto: Stuart Palley; Servicio de Bosques del Departamento de Agricultura de Estados Unidos
Vigilando el planeta
El primer portaaviones chino construido desde cero se bota en Dalian, ciudad portuaria del mar Amarillo. Estas imágenes, tomadas por los satélites Dove de Planet, muestran el buque en un amarradero (izquierda), saliendo al agua (centro) y amarrado (derecha). Planet fotografía movimientos parecidos día a día en cualquier lugar del mundo.
Foto: Dove the Planet
Vigilando el cielo
Mientras un avión deja su estela en el cielo, tres telescopios del centro de vigilancia espacial Deimos Sky Survey, ubicado en Ciudad Real, España, observan atentos para detectar asteroides cercanos y basura espacial que pudiesen causar daños a los satélites. Noelia Sánchez Ortiz, ingeniera aeroespacial, y Jaime Nomen, astrónomo y director del observatorio, monitorizan los instrumentos. Luca Locatelli
Foto: Luca Locatelli
Robert Draper
28 de agosto de 2018
Te están vigilando. Cámaras de seguridad en las ciudades
Al cabo de tres o cuatro minutos abandonan de repente Upper Street y entran en una avenida residencial tranquila y arbolada. Se suben a la acera y apagan las motos. Se apean de ellas y, sin sacarse el casco, charlan un buen rato. Solo ellos conocen el contenido de su conversación. Pero hay algo que seguramente ignoran: a menos de dos kilómetros de distancia, desde una sala sin ventanas, otros dos hombres los están vigilando. «Se mueven», le dice Sal a Eric.
Con una separación de unos tres metros entre uno y otro, están sentados ante el largo panel de mandos de la sala de control del circuito cerrado de televisión (CCTV) de Islington, una habitación con paredes y moqueta grises y sin ninguna decoración. Sal es de mediana edad; Eric es mucho más joven. Ambos visten ropa informal de oficina.
No hay charla banal entre ellos. Cuando los dos motoristas reanudan la marcha, Sal teclea algo en el ordenador y aparece en la pantalla la imagen de la cámara 10. Y ahí está de nuevo la pareja, recorriendo Upper Street como una flecha. Cuando desaparecen del campo visual de Sal, Eric los localiza en la cámara 163. Con un joystick hace zoom sobre la moto que va a la zaga hasta que se lee perfectamente la placa de matrícula.
Sal llama por radio a la comisaría de policía. «Tenemos dos motocicletas sospechosas haciendo caballitos en Upper Street».
Sal y Eric están frente a un inmenso panel con 16 pantallas que proyectan en tiempo real las imágenes captadas por las 180 cámaras del CCTV de Islington. Lo que en ellas se ve revela que esta mañana de sábado es relativamente tranquila. Esta misma semana un joven murió apuñalado en un piso de la zona, y un hombre acabó con su vida tirándose desde el paso elevado de Archway Road, conocido por el funesto nombre de «el puente de los suicidas». Este mismo sábado, dentro de un rato, las cámaras pasarán horas barriendo los 35.000 asistentes al festival de Finsbury Park en busca de carteristas, borrachos pendencieros y maleantes de poca monta.
Sospechosos a la vista
Pero por el momento lo único que llama la atención son los dos motoristas. Y aunque Sal y Eric –que llevan en este trabajo 15 y cuatro años, respectivamente– siguen la pista a sus presas de cámara en cámara con rutinaria eficiencia, puedo sentir que se les acelera el pulso. Porque lo que tenemos aquí, según creen, son dos integrantes de las bandas que llevan más de un año haciendo estragos en Islington: arrebatan los móviles de los viandantes y luego los venden en el mercado negro. Es algo que ocurre unas 50 veces por semana en este municipio de casi 233.000 habitantes.
Y, sin embargo, para el lego en la materia, la posibilidad de pillar a los motoristas con las manos en la masa puede parecer una minucia. Lo que a mí me fascina es el espectáculo de dos individuos que aparentemente no tienen la menor idea de que los vigilan vayan por donde vayan. A lo mejor son delincuentes. O sociópatas.
Nuestra vigilancia no dirime estas cuestiones. Lo único que sabemos con seguridad es que los estamos viendo y ellos a nosotros no. Como un ciervo en el visor de una escopeta de cazador, los motoristas no dan muestras de su vulnerabilidad. En este sentido están absolutamente vendidos.
Esa misma noche, a unos pocos kilómetros de aquí, tomo asiento dentro de una unidad móvil estacionada en el sudoeste de Londres, un poco más abajo del metro de Vauxhall. A mi lado tengo a un joven afable al que llaman Haz. Ante nosotros, varias pantallas de CCTV proyectan las imágenes enviadas por las 10 cámaras que enfocan dos discotecas cercanas.
Haz trabaja aquí un par de fines de semana al mes. Las discotecas, Lightbox y Fire, quieren evitar los problemas con la ley que podrían causarles eventuales trapicheos de drogas entre clientes, así que han contratado a un operador de CCTV móvil y expolicía, Gordon Tyerman, para que ponga a su hombre, Haz, a echar un ojo al personal.
«Es el trabajo más interesante y emocionante que he tenido nunca –dice Haz–. Es impredecible. Está todo tranquilo y de repente hay una pelea».
Haz hace turnos de 10 horas seguidas en la unidad móvil sin apartar la mirada de los clientes. Si ve un posible trapicheo de droga o una pelea, lo comunica por walkie-talkie a los de seguridad de las discos. No sale de su asombro ante la nula discreción que exhiben algunos camellos, con sus calcetines llenos de bultos y sus indisimuladas transacciones, pese a saber que hay guardias de seguridad. «Nos preguntamos: “A ver qué burro eres” –se ríe–. Pero ellos se lo toman como un reto».
Borracheras, peleas, trapicheos...
Esta noche no hay trapicheos ni peleas, solo las idioteces absurdas de jóvenes borrachos. Se tambalean por la calzada. Se meten mano. Vomitan en la acera… Aunque Haz insiste en que ha adquirido «habilidades inestimables en el desempeño de este trabajo», el grueso de esas habilidades que está perfeccionando son las propias de un antropólogo experto en la noche vauxhalliana.
«Ves cada cosa en el CCTV –dice, con asombro– que a veces te preguntas: “¿Pero este tío es un adulto?”. La gente suele olvidar quién es».
¿De veras olvidan quiénes son? ¿O simplemente olvidan que quizás alguien los está vigilando?
En 1949, el fantasma del autoritarismo europeo llevó al novelista británico George Orwell a publicar su magistral distopía 1984, con su siniestra advertencia: «El Gran Hermano te vigila». Por perturbadora que pudiese resultar aquella idea, en realidad la «vigilancia» de aquella época era una actividad sumamente limitada. Ese mismo año, en 1949, una empresa estadounidense puso a la venta el primer sistema de CCTV disponible para el público general. Dos años después, en 1951, Kodak presentó a un público anonadado la cámara de cine portátil Brownie.
Nuestra vida en internet
Hoy se comparten o cuelgan en internet más de 2,5 billones de imágenes al año, por no hablar de los miles de millones de fotografías y vídeos que los usuarios manejan en privado. En 2020, calcula una empresa de telecomunicaciones, 6.100 millones de personas tendrán un teléfono móvil con cámara. Por el momento se están vendiendo en torno a 106 millones de cámaras de vigilancia al año. Más de tres millones de cajeros automáticos del planeta miran fijamente a sus clientes.
Decenas de miles de cámaras conocidas como dispositivos de reconocimiento automático de matrículas (o ANPR, por sus siglas en inglés) se ciernen sobre las redes viarias para cazar excesos de velocidad y aparcamientos indebidos, sí, pero también, como es el caso del Reino Unido, para vigilar las idas y venidas de presuntos delincuentes.
El número –no cuantificado, pero creciente– de individuos que portan cámaras corporales ya no solo incluye a policías, sino también a profesionales hospitalarios y de diversos ámbitos ajenos a los cuerpos de seguridad del Estado. También se multiplican por doquier los aparatos de monitorización personal –cámaras para el salpicadero del coche, cámaras acopladas al casco de los ciclistas para grabar colisiones, timbres domésticos con lentes para evitar hurtos cuando la persona no está en su casa– que rápidamente se están convirtiendo en parte del arsenal cotidiano de muchos urbanitas.
Menos cuantificables todavía, pero infinitamente más fastidiosas, son los miles de millones de imágenes de ciudadanos desapercibidos captadas por las tecnologías de reconocimiento facial y almacenadas en bases de datos del sector privado y de los cuerpos de seguridad públicos sobre las que prácticamente no tenemos el menor control.
Y esos son solo los aparatos de «vigilancia» que están al alcance de nuestra mirada. En este mismo instante el cielo es un hervidero de drones: en 2016, aficionados y empresarios estadounidenses adquirieron 2,5 millones de unidades. Esta cifra no incluye la flota de vehículos aéreos no tripulados que emplea el Gobierno de Estados Unidos no solo para bombardear terroristas en Yemen, sino también para frustrar la entrada de inmigrantes ilegales de México, rastrear las inundaciones causadas por huracanes en Texas o capturar a cuatreros que actúan en Dakota del Norte. Tampoco incluye los miles y miles de aerodispositivos espía que usan otros países, entre ellos Rusia, China, Irán y Corea del Norte.
También desde el espacio nos vigilan. Más de 1.700 satélites observan nuestro planeta. Desde unos 500 kilómetros de distancia, algunos de ellos logran distinguir una manada de búfalos o determinar las fases de un incendio forestal. Una cámara hace clic desde el espacio exterior, y un absoluto desconocido puede adquirir una imagen detallada del edificio en el que trabajamos.
Simultáneamente, en ese mismo edificio, es posible que nos fotografíen decenas de veces al día, a distancias tan cortas como perturbadoras, desde unas cámaras que quizá nunca lleguemos a localizar, y que nuestra imagen se almacene con propósitos que tal vez nunca lleguemos a conocer. El smartphone que manejamos, las búsquedas que hacemos en internet y las cuentas que abrimos en las redes sociales delatan continuamente nuestros secretos. Gus Hosein, director ejecutivo de Privacy International, apunta: «En el siglo XIX, si la policía quería saber qué estabas pensando, tenía que torturarte; hoy les basta con echar un vistazo a tus dispositivos electrónicos».
El smartphone que manejamos, las búsquedas que hacemos en internet y las cuentas que abrimos en las redes sociales delatan continuamente nuestros secretos
Este es –por fusilar el título de otro futurista británico, Aldous Huxley– nuestro nuevo mundo feliz. Que lo veamos venir es flaco consuelo, dado que, en palabras de Alessandro Acquisti, profesor de tecnologías de la información de la Universidad Carnegie Mellon, «en este juego del gato y el ratón que es la protección de la privacidad, el sujeto-dato lleva siempre las de perder». Rendirse al juego es una propuesta descorazonadora, pero proponernos actuar para proteger nuestra intimidad puede ser aún más desmoralizante.
Randolph Lewis, profesor de la Universidad de Texas, escribe en su último libro, Under Surveillance: Being Watched in Modern America (Bajo vigilancia: vivir observado en los Estados Unidos de hoy): «Muchas veces la vigilancia es agotadora para quien verdaderamente percibe su tirón:
Apabulla con su acoso incesante, sus misterios omnipresentes, sus tabulaciones infinitas de desplazamientos, adquisiciones, potencialidades». El deseo de privacidad, dice Acquisti, «es un rasgo universal del ser humano que trasciende culturas y épocas. Lo preocupante es que si todos nosotros sufrimos individualmente por la pérdida de privacidad, la sociedad como conjunto tal vez no será consciente de su valor hasta haberla perdido para siempre y sin remedio».
¿Es nuestro avance hacia el estado de oscuros tintes orwellianos que se vislumbra en el horizonte un camino sin retorno? ¿O existe una perspectiva más esperanzadora, en la que un planeta vigilado podría ser en muchos sentidos un lugar mejor? Pensemos en las 463 cámaras-trampa de las que se vale el Fondo Mundial para la Naturaleza en Chinapara monitorizar los movimientos del amenazado panda gigante.
O en los dispositivos termográficos con los que los guardas detectan de noche a los cazadores furtivos que merodean por la Reserva Nacional Masai Mara de Kenya. O en el sistema de cámaras submarinas fonoactivadas que han desarrollado investigadores de la Universidad de California en San Diego para seguir la pista en el golfo de California a la casi extinta vaquita marina. O en las cámaras conocidas como «vigilantes forestales» que han instalado en Sri Lanka para proteger sus menguantes bosques maderables.
«Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro –era la funesta advertencia que Orwell nos hacía en su obra maestra–, figúrate una bota aplastando un rostro humano… incesantemente». Esta visión autoritaria subestima la posibilidad de que los Estados puedan utilizar este tipo de instrumentos para incrementar la seguridad ciudadana.
Recordemos, por ejemplo, el papel que cumplieron las grabaciones de las cámaras de seguridad en el esclarecimiento de los atentados del metro de Londres en 2005 y de la maratón de Boston en 2013. Existen cantidad de episodios menos famosos, como el de Euric Cain, a quien en 2015 una cámara grabó disparando a un estudiante de medicina llamado Peter Gold cuando este frustró su intento de raptar a una mujer en las calles de Nueva Orleans. (Gold sobrevivió; Cain fue condenado a 54 años de cárcel por una carrera criminal desenfrenada que incluía violaciones, atracos e intentos de asesinato).
En el puerto de Boston se ha testado un método de visualización de mercancías inventado por dos físicos del MIT, Robert Ledoux y William Bertozzi. Gracias a la técnica de fluorescencia de resonancia nuclear, que posibilita la identificación de elementos mediante la excitación de sus núcleos, este artefacto es capaz de determinar la composición elemental de lo que se esconde en el interior de un contenedor sin tener que abrirlo. A diferencia de un escáner de rayos X convencional, que solo muestra la forma y densidad, el nuevo dispositivo logra discriminar entre refrescos azucarados y edulcorados, entre diamantes naturales y artificiales, entre plásticos y explosivos de alta energía o entre material nuclear y no nuclear.
¿Alguien duda de que si en los últimos 150 años el mundo hubiese estado sometido a inspecciones más rigurosas, nos habría ido mejor? Tal vez sabríamos quién era Jack el Destripador, si Lee Harvey Oswald actuó en solitario, si O. J. Simpson hizo algo o no hizo nada…
Huelga decir que la seguridad pública ha sido el pretexto para implantar vigilancias desde antes de Orwell, pero hoy en día estas tecnologías pueden entenderse como un salvavidas en un sentido más amplio que nunca. Gracias a las imágenes enviadas por los satélites, las organizaciones de ayuda humanitaria han localizado refugiados cerca de Mosul, acampados en los desiertos del norte de Iraq. Y gracias a numerosas sondas espaciales, los científicos tienen pruebas de que el clima del planeta está cambiando a pasos agigantados.
¿Es posible que la imaginación de Orwell haya errado? ¿Acaso el Gran Hermano salvará a la humanidad en vez de esclavizarla? ¿O tal vez ambos escenarios pueden verificarse simultáneamente?
En ningún otro lugar del mundo he visto un afán por la vigilancia como en el Reino Unido», me dijo Tony Porter, el único comisionado para la videovigilancia del que se tiene noticia en el mundo, cuando nos reunimos en la cafetería de un edificio gubernamental de Londres desde cuyos rincones nos observaban varias cámaras de CCTV. Exagente de policía y especialista en lucha antiterrorista, Porter fue reclutado hace cuatro años por el Ministerio del Interior británico para dar una apariencia de supervisión al galopante estado de vigilancia total que vive el país.
Con un presupuesto anual de solo 270.000 euros, Porter y tres empleados dedican su jornada laboral a conminar una y otra vez –con relativo éxito– a los usuarios de cámaras de vigilancia, tanto del Estado como de las empresas, a ceñirse a las normativas y recomendaciones pertinentes. Sin embargo, más allá de hacer constar el nombre de quienes no las respetan en los informes que remite al Parlamento, el negociado de Porter carece de competencias para hacer cumplir la ley.
Aun así, su apreciación de que el Reino Unido es el país del mundo más receptivo a las tecnologías de vigilancia está muy extendida. La red londinense de cámaras de vigilancia se concibió a principios de los años noventa a raíz de dos atentados perpetrados por el IRA en la City, el distrito financiero de la capital. Lo que se desencadenó entonces fue una proliferación febril de los sistemas de vigilancia. William Webster, profesor de política pública de la Universidad de Stirling en Escocia, y un experto en el tema, recuerda: «En aquel momento el discurso de la seguridad pública era: “Quien no tiene nada que ocultar, no tiene nada que temer”. Visto a posteriori, el origen de semejante lema nos retrotraería a la Alemania nazi. Pero era una frase muy repetida que aplastó cualquier atisbo de crítica contra los CCTV».
La infraestructura de seguridad original de Londres, el «anillo de acero», se amplió y aumentó posteriormente con la implantación de tecnologías de ANPR en las grandes arterias viarias. Ahora hay repartidas a lo largo y ancho del país 9.000 cámaras de reconocimiento de matrículas que cada día captan y almacenan de 30 a 40 millones de imágenes de todas y cada una de las matrículas que pasan frente a ellas, no solo de coches que exceden los límites de velocidad o llevan delincuentes al volante.
A lo largo y ancho del país 9.000 cámaras de reconocimiento de matrículas que cada día captan y almacenan de 30 a 40 millones de imágenes de todas y cada una de las matrículas que pasan frente a ellas
Como apunta Allan Burnett, excoordinador de lucha antiterrorista de la policía escocesa, «hoy sería muy difícil atravesar Escocia sin que te vea alguna cámara de ANPR».
«Diría sin temor a equivocarme que tenemos más sistemas de CCTV per cápita que ninguna otra ciudad del planeta –me dijo el ex viceprimer ministro Nick Clegg en su despacho de Londres, mientras desde el otro lado de la calle una cámara lo observaba, enfocándole directamente la espalda–. Y básicamente ha ocurrido sin que mediase un debate significativo, ni público ni político.
En parte es así porque no tenemos los antecedentes de fascismo y regímenes no democráticos que en otros países han instilado una profunda suspicacia para con el Estado. Aquí se percibe como un ente benévolo. Solo que, tal como nos enseña la historia, es benévolo hasta que deja de serlo».
El miedo y el romanticismo ayudan a explicar el grado de vigilancia que impera en el Reino Unido. Al fin y al cabo, hablamos de un país que se salvó gracias al espionaje: el museo de Bletchley Park, todo un homenaje a los legendarios criptógrafos de la Segunda Guerra Mundial situado a 70 kilómetros de Londres, recibe en la actualidad un gran número de visitas.
Tantas como la exposición permanente que el Museo del Cine de Londres dedica al apuesto espía James Bond, personaje creado por el novelista y exagente de inteligencia naval británico Ian Fleming.
La figura del agente 007 se entreteje en la propia imagen de posguerra de la nación, como también la estremecedora realidad de que el Reino Unido fue uno de los primeros países que bregaron con la amenaza constante de un atentado terrorista. En su papel de protector de la ciudadanía, el Gobierno británico proyecta una imagen más positiva que quizá la de los Gobiernos de otras sociedades libres.
Incluso después de que Edward Snowden, antiguo empleado de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, revelase que las agencias de inteligencia estadounidense y británica se habían dedicado a hacer acopio de montañas y montañas de datos sobre sus ciudadanos –una revelación que llevó a los dos partidos estadounidenses a exigir reformas–, el Parlamento británico no hizo sino blindar esos poderes a finales de 2016 al sancionar la Ley de Poderes de Investigación sin apenas oposición pública.
Así es como me lo explicó David Osman, exdirector del Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno, una de las agencias de inteligencia británicas que según las acusaciones de Snowden recogen datos de manera masiva e indiscriminada: «En general consideramos que nuestro Gobierno es eficiente y benévolo. Gestiona la sanidad, la educación y la seguridad social.
Y gracias a Dios no hemos vivido la experiencia de que un hombre con abrigo militar de piel marrón aporree la puerta de nuestra casa a las cuatro de la mañana, así que cuando hablamos de que el Gobierno vigila, aquí evocamos un imaginario totalmente distinto».
Esto no significa ni mucho menos que un país como Estados Unidos, cuya visión de un Gobierno poderoso es más escéptica, sea absolutamente inmune al avance sigiloso de la vigilancia. La mayoría de los departamentos de policía estadounidenses ya utilizan o están pensando en utilizar cámaras corporales, un avance que –al menos por el momento– ven con buenos ojos los colectivos de defensa de las libertades civiles, convencidos de que pondrán freno a los abusos policiales.
Todas las grandes ciudades de Estados Unidos cuentan con cámaras de ANPR para hacer cumplir las normativas de circulación y estacionamiento. A raíz de los atentados del 11 de septiembre, el ayuntamiento de Nueva York amplió su red de CCTV: hoy tiene unas 20.000 cámaras oficiales solamente en Manhattan. Mientras tanto, Chicago ha invertido a lo grande en su red de 32.000 puntos de CCTV para ayudar a atajar la epidemia de homicidios que lacran el centro de la ciudad.
Pero otras ciudades estadounidenses sin antecedentes de atentados terroristas y con tasas de delincuencia violenta relativamente bajas también han abrazado las tecnologías de vigilancia. Estudié la red de CCTV que sigilosamente se ha extendido por el centro urbano de Houston, Texas. Hace bien poco, en 2005, la ciudad no tenía ni una sola cámara. Pero entonces Dennis Storemski, director del departamento municipal de Protección Pública y Seguridad Interior, empezó a visitar otras ciudades. «Básicamente me llamó la atención esta tecnología por lo que vi en Londres», recuerda.
Hoy, gracias a los fondos federales, Houston cuenta con 900 cámaras de CCTV, con acceso a otras 400. Al igual que en Londres, los agentes no monitorizan todas esas cámaras minuto a minuto, y por ello, alega Storemski, «no constituye una vigilancia per se. Quisimos anular la presunción de que hay gente observando». Quizá por ese motivo, el sistema de CCTV de Houston pronto superará con mucho los límites del centro urbano, pero –en un estado que no destaca precisamente por su confianza en el Gobierno–sin desencadenar el más mínimo revuelo.
En la misma línea, el beneplácito que los británicos dan a la proliferación de cámaras es sorprendente. Las cámaras de CCTV y de ANPR –y los carteles que advierten de su presencia (aunque ni mucho menos de todas)– son tan anodinas que se funden con el resto de las infraestructuras urbanas. Durante las tres semanas que estuve en Londres paseé por los plácidos barrios en los que residieron Orwell y Huxley.
Las cámaras de CCTV y de ANPR –y los carteles que advierten de su presencia (aunque ni mucho menos de todas)– son tan anodinas que se funden con el resto de las infraestructuras urbanas.
La casa de Orwell, en Canonbury Square, en Islington, entra en el encuadre de varias cámaras de CCTV y ANPR y apenas dista cuatro minutos andando de la central de control del municipio. La que fuera residencia de Huxley, a unos pocos kilómetros de distancia, se vigila permanentemente desde una inexpugnable sala de control acorazada.
Fuera de la ciudad, en el condado de South Yorkshire, visité el hospital Barnsley, parte de cuyo personal de seguridad porta cámaras corporales para disuadir a pacientes y visitantes de mostrar conductas conflictivas. Durante mi estancia en el país se publicó que estaba testándose el uso de cámaras similares en el caso de los maestros.
Dado que unos 150.000 agentes de policía británicos, según se calcula, ya están equipados con estos dispositivos, quizás el siguiente paso natural conduzca a otras figuras de autoridad, como educadores y enfermeros. A partir de ahí, ¿con quién seguiríamos? ¿Con los auxiliares de vuelo? ¿Los carteros? ¿Los psicólogos? ¿Los directores de recursos humanos?
«Hay autoridades locales empeñadas en que los taxistas lleven obligatoriamente cámaras –me contó Porter, el comisionado para la videovigilancia–. Ante eso, y el uso de cámaras corporales en hospitales y colegios, yo plantearía la siguiente pregunta: ¿en qué clase de sociedad queremos vivir? ¿Es aceptable que vayamos por la calle grabándonos legalmente los unos a los otros, por si acaso en un momento dado alguien llegase a hacernos algo?».
Reflexioné sobre esa pregunta en los últimos días que dediqué a vagar por las pulcras calles de Londres, con la vista ya acostumbrada a buscar miradas ciclópeas en esquinas y farolas. Cuando mis pasos me llevaron inevitablemente al famoso puente de Westminster, sobre el Támesis, me vi de pronto engullido por la masa de turistas de múltiples nacionalidades que alzaban sus smartphones para anotarse el último selfie londinense. Al principio agachaba la cabeza, me daba la vuelta y pedía perdón, pero pasado un rato comprendí que era en vano.
Y aquellas eran solo las cámaras que me ponían delante de mis narices. ¿Estaban quedando grabados todos mis movimientos? ¿Tenía en realidad la menor importancia que el Gran Hermano me observase o dejase de observarme, habida cuenta de que todo el mundo estaba ya observando a todo el mundo?
Había estado debatiendo a propósito de la creciente obsesión social por fotografiarlo absolutamente todo con dos avispadas observadoras. La primera, Chloe Combi, fue maestra, y su ópera prima, el libro Generation Z: Their Voices, Their Lives (La generación Z: sus voces, sus vidas), es el fruto de cientos de horas de entrevistas con adolescentes británicos. En ellas hacían gala de una notable indiferencia al saberse fotografiados y filmados en cualquier contexto imaginable. «Si echas un vistazo al teléfono de una persona, te encuentras con un documental biográfico en toda regla –me dijo Combi–.
Vivimos en un mundo en el que cada vez es más difícil tener un secreto. Y es muy posible que la privacidad acabe siendo un símbolo de riqueza, un lujo tan solo al alcance de quienes puedan costeárselo con una fortuna. Para los demás, el mundo entero terminaría siendo un escenario, sobre el que todos interpretaríamos un papel deliberadamente».
Vivimos en un mundo en el que cada vez es más difícil tener un secreto
El espectáculo futurista concebido por Chloe Combi –un teatro en el que todos y cada uno de nosotros somos simultáneamente voyeurs y exhibicionistas las 24 horas del día, los 7 días de la semana– se me antojó una versión un tanto igualitarista de 1984 y Un mundo feliz, si bien no menos distópica. ¿Estamos ya inmersos en él, en la estación terminal de lo que William Staples, sociólogo de la Universidad de Kansas, denominó en el año 2000 el «estado de visibilidad permanente», solo que en virtud de nuestro propio consentimiento y no por imposición del Estado?
Nuestra constelación visual está repleta de bebés, gatitos y elefantitos adorables, pero también de decapitaciones del autodenominado Estado Islámico, famosos pillados en cama ajena y políticos con el micro abierto, policías disparando a civiles desarmados… A su vez, a nosotros nos escudriñan, de cerca y hasta extremos demasiado personales, los guardas de seguridad de los aeropuertos, las vallas publicitarias «inteligentes» que nos muestran unos anuncios u otros en función de nuestro aspecto, y todos los amigos de aquella persona que nos fotografió o grabó con su cámara aquel día que habríamos jurado que estábamos solos.
Es difícil decir si todo lo anterior conduce a una sociedad más informada, más sobreestimulada o a ambas cosas. Pedí opinión a Susan Greenfield, neurocientífica y reputada crítica de la obsesión por las redes sociales, que además es diputada del Parlamento británico. El análisis de la baronesa Greenfield no era menos contundente que el de Combi. «El concepto de privacidad, de privación, es cerrar la puerta a algo –dijo–.
Tenemos que incomunicarnos. Da la impresión de que todo el mundo encuentra fantástico estar permanentemente conectados y expuestos. ¿Pero qué ocurre cuando todo es literal y visual? ¿Cómo explicas un concepto como el honor cuando no aparece en Google Images? El universo de lo abstracto es inexplicable. Los matices de la vida se esfuman».
Y así, mientras hablaba con Tony Porter en la cafetería hipervigilada del Ministerio del Interior, me sorprendí a mí mismo repitiendo algo que ya le había manifestado meses atrás. ¿No creía que ese miedo al Gran Hermano ahora parecía desfasado? ¿No se trata de algo que ya está superado?
«Ahora utilizo ese término en mis discursos», me informó el comisionado británico para la videovigilancia con una sonrisa satisfecha. Luego su expresión se tornó seria. Porter acababa de estar en la Unión de Emiratos Árabes, una federación de monarquías que no consiente la disidencia y tiene un vivo interés en las tecnologías de vigilancia. Aquello le daba mala espina. «Entiendo por dónde va usted –me dijo–, pero la vigilancia estatal es invasiva, es potentísima, y es capaz de hacer conexiones que la población no podría ni imaginar. Eso no tiene absolutamente nada que ver con hacerse un selfie, por decir algo.
»Mire –prosiguió–, el verdadero peligro será cuando demos el paso hacia la vigilancia integrada. Las grandes cadenas comerciales están invirtiendo millones de libras en estudiar cualquier posibilidad de hacerlo realidad.
Yo soy un señor gordo de mediana edad; imagine que entro en un supermercado y enseguida empiezan a anunciar por megafonía su oferta de croissants. ¿Y si la cosa es más siniestra y, a partir de mi perfil de Facebook, consiguen poner la diana en mi hija y preguntar dónde compra?¿Quién va a regular eso? ¿O no es necesario regularlo? ¿Es demasiado tarde y ya no hay nada que hacer? ¿Es un tema que ya está “superado”?».
Las tecnologías de la vigilancia se sofistican por momentos, hasta el punto de que más de un defensor de las libertades civiles ve en ellas un tren de alta velocidad que ha perdido el control. Ross Anderson, profesor de ingeniería de la seguridad de la Universidad de Oxford, advierte: «Tenemos que empezar a pensar a 20 años vista, porque para entonces estará aquí la realidad aumentada, un Oculus Rift 2.0 con al menos 3.000 píxeles por centímetro.
Eso significa que desde la última fila de un paraninfo, usted podrá distinguir perfectamente el texto de la pantalla del móvil del docente. Al mismo tiempo, las cien cámaras de CCTV que habrá en ese paraninfo leerán sin problema la contraseña que usted esté marcando en el suyo».
«Las cien cámaras de CCTV que habrá en ese paraninfo leerán sin problema la contraseña que usted esté marcando en el suyo.»
Ni siquiera Huxley, cuya obra maestra presenta la pavorosa visión de un Londres hiperindustrializado en el año 2540, alcanzó a vislumbrar un mundo visibilizado hasta tal extremo que no siempre podemos ocultar nuestros secretos más íntimos. ¿En qué situación nos deja eso? Por un lado, hace que la supresión voluntaria de estos instrumentos resulte de todo punto inconcebible.
En palabras de David Anderson, abogado londinense que durante seis años fue el revisor independiente en materia de legislación antiterrorista nombrado por el Gobierno: «Una de dos, o creemos que la tecnología nos ha dotado de unas capacidades muy potentes que el Gobierno debería utilizar con salvaguardas igual de potentes, o creemos que esta tecnología es tan terrorífica que conviene hacer como si no existiese.
Y yo me alineo rotundamente con la primera opción; no porque afirme que hay que confiar en el Gobierno, sino porque en una democracia madura como la nuestra somos capaces de construir salvaguardas lo bastante buenas como para que los beneficios compensen las desventajas».
Por otro lado, permitir que tal progreso tecnológico llegue a un mercado apenas regulado parece igual de imprudente. Jameel Jaffer, director y fundador del Knight First Amendment Institute, de la Universidad Columbia, en Nueva York, dice: «Creo que vivimos una existencia cada vez más grabada y rastreada. Y también pienso que solo estamos empezando a bregar con lo que eso conlleva, que en nuestras sociedades arraiguen nuevas formas de vigilancia, se impone reflexionar sobre sus implicaciones a largo plazo».
¿Cómo articular esos juicios? Esforzarse en hacerlo es particularmente irritante cuando un nuevo adelanto pone patas arriba nuestra idea de cómo podemos ver el mundo. De hecho, ya se ha producido algo revolucionario en este sentido que cambia las reglas del juego: existe una tecnología capaz de observar toda la masa terrestre del planeta en una sola jornada. Es la creación de una empresa radicada en San Francisco llamada Planet, fundada por dos excientíficos idealistas de la NASA, Will Marshall y Robbie Schingler.
Su sede central está en un inhóspito almacén del barrio de South of Market. Su interior es el arquetipo de Silicon Valley: más de 200 tecnólogos, la mayoría jóvenes, vestidos de manera informal, afanándose en silencio ante un teclado en un espacio abierto del que solo se escinden media docena de salas de reuniones rotuladas en alusión a algunos de los héroes que inspiran a la empresa, como Galileo, Gandhi y Al Gore. Tomé asiento en una de ellas, desde donde se dominaba la sofisticada cafetería de los empleados.
Se reunieron conmigo Marshall y Schingler. El primero es un británico larguirucho; el segundo, un californiano de espaldas anchas y modales desenfadados. Ambos de 39 años, parecían recuperados de la cena con la que la víspera habían celebrado el quinto aniversario de cuando empezaron a trabajar a tiempo completo en Planet. En la NASA les había fascinado la idea de captar imágenes desde el espacio, en especial de la Tierra, y por motivos más humanitarios que científicos.
Experimentaron con poner en órbita smartphones normales y corrientes, gracias a lo cual confirmaron que una cámara relativamente económica funciona en el espacio exterior. «Pensamos: ¿qué podríamos hacer con esas imágenes? –dijo Schingler–. ¿Cómo podemos usarlas en beneficio de la humanidad? Haga una lista de los males del mundo: pobreza, falta de vivienda, desnutrición, deforestación… Todos ellos, problemas cuya solución se agiliza si disponemos de información actualizada sobre el planeta. Imagínese que dentro de unos años nos despertamos y nos topamos con un agujero en la selva amazónica. ¿Y si hubiésemos podido aportar datos al Gobierno brasileño con más celeridad?».
Satélites de bajo coste
Como si del guion de una película se tratase, Marshall y Schingler desarrollaron su primer modelo en un garaje de Silicon Valley. La idea era diseñar un satélite de bajo coste y del tamaño de una caja de zapatos (para minimizar el presupuesto astronómico que a menudo exige el desarrollo de estas tecnologías), y a continuación, como me explicó Marshall, «lanzar la mayor constelación de satélites de la historia de la humanidad». Con un gran número de aparatos en órbita, la empresa podría conocer la transformación que se produce a diario en toda la superficie terrestre.
En 2013 lanzaron los primeros satélites y recibieron las primeras fotografías, que aportaban una visión de la vida en todo el mundo muchísimo más dinámica que las imágenes de cartografía global disponibles hasta ese momento. «Lo que más nos sorprendió fue que casi todas las imágenes recibidas mostraban cómo estaba cambiando la Tierra –recordaba Marshall–. Se reconfiguraban campos, se movían ríos, se talaban árboles, se levantaban edificios. Verlo en conjunto altera totalmente la concepción de un planeta estático. Y en vez de conformarse con un número que cuantifica la superficie de territorio deforestado en un país, ahora la gente puede motivarse por las imágenes que muestran cómo está produciéndose esa deforestación».
Hoy Planet tiene en órbita más de 200 satélites, 150 de los cuales, aproximadamente, son los llamados Doves («palomas»), unos dispositivos capaces de fotografiar a diario hasta el último metro de tierra si las condiciones lo permiten. Planet tiene estaciones terrestres en puntos tan distantes como Islandia o la Antártida. Y su clientela es igual de variada.
La empresa trabaja con la Asociación para la Conservación de la Amazonia monitorizando la deforestación de Perú. Ha aportado a Amnistía Internacional imágenes que documentan los ataques contra aldeas rohinyá por parte de las fuerzas de seguridad birmanas. El Centro de Estudios para la No Proliferación del Instituto Middlebury emplea imágenes planetarias para detectar la aparición repentina de un campo de pruebas de misiles en Irán o en Corea del Norte. Y cuando USA Today y otras cabeceras necesitaron imágenes aéreas de la base aérea siria de Shayrat antes y después del bombardeo estadounidense del pasado mes de abril en represalia por el ataque químico contra una ciudad siria bajo control rebelde, la prensa tuvo muy claro a quién debía solicitarlas.
Los clientes citados reciben imágenes de Planet gratuitamente. Entre los que pagan por ellas figuran Orbital Insight, una empresa de análisis geoespacial con base en Silicon Valley que interpreta datos a partir de imágenes de satélite. Con ese material visual, Orbital Insight sigue el avance de obras de construcción viaria o arquitectónica en América del Sur, la expansión de plantaciones ilegales de palma aceitera en África y los rendimientos agrícolas en Asia.
En la sala de reuniones de la empresa, James Crawford, su director ejecutivo, abrió el portátil para mostrarme vistas aéreas de tanques de almacenamiento de petróleo chinos, cuyos techos flotantes indicaban que estaban a dos tercios de su capacidad. «Los fondos de inversión, los bancos y las propias petroleras saben cómo están sus tanques –me dijo con una sonrisa maliciosa–, pero no los ajenos, así que la resolución temporal es de capital importancia».
La empresa de Crawford también usa la potencia visual de Planet con fines benéficos. Por ejemplo, lleva a cabo análisis de pobreza en México para el Banco Mundial, utilizando la altura de los edificios y la densidad del parque automovilístico como indicadores de bienestar económico.
Mientras tanto, el equipo de marketing de Planet pasa los días estudiando fotos para localizar clientes potenciales: una compañía de seguros que quiere seguir la pista a los daños por inundación que han sufrido las viviendas del Medio Oeste; un investigador noruego en busca de pruebas de que los glaciares pierden masa… ¿Pero qué ocurriría si ese cliente fuese un dictador interesado en localizar un ejército disidente desplegado?
Ahí es donde entrarían en juego las propias normas éticas de Planet. No solo podría negarse a trabajar con un cliente al que mueven motivos malévolos, sino que tampoco permite que los compradores obtengan el uso exclusivo de las imágenes que adquieren. La otra restricción significativa es de naturaleza tecnológica.
La observación del mundo con una resolución de tres metros basta para distinguir el contorno desdibujado de un camión, pero no la silueta de un ser humano. En materia de resolución, los 30 centímetros que constituyen actualmente la máxima calidad disponible son mérito de otra empresa de imágenes de satélite: DigitalGlobe. Pero por ahora, solo Planet, con su formidable flota de satélites, tiene la capacidad para suministrar imágenes diarias de toda la superficie terrestre del planeta. «Hemos logrado un hito que parecía imposible –afirmó Marshall–. Pero saber que es posible no hace que sea más fácil».
Pese a todas las dificultades, Planet ha abierto una senda pionera. Otros seguirán sus pasos algún día. Cuando eso ocurra, ¿cómo pondrán coto a la posibilidad de ver una parte tan importante del globo todos y cada uno de los días del año? ¿Serán sus objetivos tan benévolos como los de Planet?
¿Querrán perfeccionar la fotografía de satélite para alcanzar mayor resolución y, por ende, mayor potencial invasivo? Marshall no lo cree posible. «Para identificar a una persona a 500 kilómetros de distancia se necesitaría una cámara del tamaño de un autobús», me dijo. Y en cualquier caso, añadió, la empresa estadounidense que se lo propusiese se toparía con los considerables obstáculos de la legislación federal.
Cierto es que las normativas cambian. Como también cambian los límites de nuestras posibilidades tecnológicas. No hace ni dos años que el propietario de la mayor flota de satélites funcionales en órbita era el Gobierno de Estados Unidos, con unos 170. Ahora Planet reina en los cielos, superando en efectivos a la nación más poderosa de la Tierra.
¿Quién da más para convertirse en el Supergrán Hermano?
Una tarde de otoño en San Francisco regresé a Planet para ver el mundo a través de su lente omnividente. Más de una docena de clientes estarían allí mostrando cómo usan las imágenes de satélite, lo que significa, en esencia, ver el mundo en todo su dinamismo. Zigzagueé entre semicírculos de tecnólogos embelesados frente a sus monitores. Dondequiera que mirase, el mundo se hacía visible.
Vi, en el estado brasileño del Pará, cómo franjas de color verde oscuro de la selva amazónica se encendían en rojo y automáticamente se enviaban correos electrónicos al propietario del terreno: ¡Atención, alguien está deforestando sus tierras! Vi la bulliciosa actividad del puerto de Singapur. Vi una red de carreteras totalmente nueva en un Alepo devastado por la guerra de Siria (y, dicho sea de paso, un obstáculo también totalmente nuevo en una de esas vías, tal vez el cráter de un bombardeo). Vi plataformas de perforación petrolera en Siberia: un 17% más que el año anterior, sorprendente indicio de una producción acelerada que probablemente desencadenaría reajustes frenéticos en los mercados mundiales de crudo y gas.
Un joven llamado John Goolgasian deseaba mostrarme cómo la empresa que había fundado en Virginia hacía menos de un año, GeoSpark Analytics, asociaba datos de delincuencia con las imágenes de Planet. Tras un par de clics, estábamos observando en la pantalla barrios de Nigeria tomados por el grupo extremista Boko Haram. Más clics, y se materializó ante nosotros un litoral con forma de media luna que había visitado nueve años antes: Mogadiscio, en Somalia, con las heridas aún abiertas de los atentados con bomba perpetrados por Al-Shabaab. Otra serie de clics mostró una imagen todavía más familiar: mi barrio de Washington, D.C.; concretamente un punto cerca de mi casa donde acababa de darse parte de un robo.
Los anfitriones de Planet hicieron una pausa en las exposiciones para dirigirnos unas palabras. Andy Wild, CRO (Chief Revenue Officer) de la empresa, es decir, el responsable de todas las actividades capaces de general rentabilidad, habló de los nuevos horizontes. Una cosa era alcanzar «una cadencia cotidiana de la masa terrestre entera», pero a continuación los custodios de aquella tecnología debían «materializarla en resultados».
Tom Barton, director de operaciones, declaró: «Confío en que dentro de un año estaremos aquí diciendo: “Madre mía, hemos cambiado el mundo en sentido literal”».
Reflexionaba sobre todo aquello cuando una joven me mostró su portátil. Era Annie Neligh, directora de «ingeniería de soluciones al cliente» de Planet. Uno de esos clientes en busca de soluciones era una aseguradora de Texas. La compañía sospechaba que estaba renovando las pólizas de seguros a clientes que ocultaban haber instalado una piscina en el jardín, con lo que incurría en pérdidas de un 40%.
Así que solicitó a Planet imágenes de satélite. Neligh me mostró lo que había detectado. Observando un barrio de 1.500 fincas en Plano, saltaban a la vista 520 pequeñas masas de agua brillantes, una proporción que superaba con creces lo comunicado por los clientes. Neligh se encogió de hombros y esbozó una fina sonrisa. «La gente miente, ya se sabe», dijo.
Ahora su cliente conocía la verdad. ¿Qué pensaba hacer con aquella información? ¿Llevar a cabo un registro sorpresivo de los somnolientos barrios de Plano? ¿Subir las primas? ¿Adquirir imágenes en las que apareciesen brigadas de obreros instalando nuevos jacuzzis y cubiertas de teja cerámica?
El futuro ya está aquí, y en él, la verdad es algo más que un benigno agente informativo: es un arma que se blande contra leñadores furtivos, ladrones, terroristas y catástrofes naturales, pero también contra pequeñas miserias humanas. La gente miente, ya se sabe. Y ha llegado la era de la transparencia.
Mientras regresaba caminando al hotel, recordé a los dos motoristas de Islington, como tantas otras veces en los meses transcurridos desde aquel ejercicio de vigilancia londinense. Me pregunté si los habrían detenido. Si habrían cometido algún delito más allá de llamar la atención.
Y si algún día sabrían que unos desconocidos invisibles habían estado vigilándolos, igual que otro desconocido podría estar vigilándome a mí en ese instante, un desconocido que quizás estaría escudriñando en una pantalla de CCTV el espectáculo de una figura que, en solitario, caminaba a buen paso por una calle oscura y desierta en una noche fría, sin abrigo, como huyendo de algo.
Contar con una cámara de vigilancia con estas características puede reportarnos multitud de ventajas, ya que además de proporcionar una sensación de seguridad y protección adicional, también permiten identificar a personas, elementos y cualquier tipo de circunstancia que se pudiera generar y que resultase peligrosa o preocupante para nuestros intereses.
Si nos fijamos, no hay empresa, comercio o finca de gran valor que haya optado por prescindir de las cámaras de vigilancia si se le ha presentado la oportunidad de cuestionarlo, pues todos deseamos aumentar siempre nuestras medidas de seguridad para evitar a toda costa cualquier tipo de imprevisto o amenaza que nos pudiera comprometer, a nosotros o al negocio.
Es vital contar con “refuerzos” a la hora de protegernos del resto. Ya no solo por la integridad física, puesto que no siempre lo que se pretende vigilar es a la persona en sí, sino por garantizar la protección de documentos y objetos de gran valor.
Pero eso no es todo, muchas de ellas también son empleadas para poder ejercer funciones de supervisión y seguimiento sobre otros, permitiendo obtener pruebas grabadas de determinados actos que pudieran generar un conflicto posteriormente. Las grabaciones hacen posible que se pueda identificar a las personas que han participado en actos o disputas, demostrando o no las versiones que cada uno pudiera ofrecer sobre lo sucedido.
Cámaras de vigilancia una de las mejores opciones
Las cámaras de vigilancia son sin duda alguna, una de las mejores opciones que tenemos en la actualidad para garantizar que una zona o perímetro están siendo vigiladas de forma permanente.
Semana Mundial del Ahorro en Perú
-
Semana Mundial del Ahorro en Perú “No ahorres lo que te queda después de
gastar, gasta lo que te queda después de ahorrar”, éstas son palabras
sabias del g...
EL CUERPO DE CRISTO
-
#lamentedeCristoelprimerdia
Ef 2: 19 Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos
de los santos, y miembros de la familia de Dios.
Fo...