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sábado, 26 de febrero de 2022

Mitología : Obeliscos, los emblemas del antiguo Egipto

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., el obelisco, que lo conocemos como un símbolo arquitectónico, también tiene otros significados, tales como: símbolo de la vida, de la fuerza, del vigor, que en la Civilización Egipcia era dedicado al dios sol, o Ra, 
El término «obelisco» procede del griego obelískos, diminutivo a su vez de obelós, «asta o columna apuntada». Los antiguos egipcios los llamaban tejen. Los obeliscos son pilares monolíticos –fabricados en un solo bloque de piedra–, de cuatro lados, y su forma es troncopiramidal, es decir, se estrechan ligeramente desde la base hasta la cúspide
El obelisco era un monumento pétreo, orgullo de la mitología egipcia, en veneración al dios Ra, constaban de una sección cuadrada, con cuatro caras trapezoidales iguales, ligeramente convergentes, rematado superiormente en una pirámide llamada: Piramidión., fueron tallados en un sólo bloque de piedra., y se erigían sobre una base de piedra prismática. 

Los obeliscos, representación de los rayos del dios solar Re, se alzaban en templos y tumbas de todo Egipto. Su construcción y traslado constituía una obra titánica que implicaba a cientos de personas

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El obelisco de Luxor erigido en la Plaza de la Concordia, París

Antiguo Egipto

Los obeliscos se utilizaron de manera prominente en el Antiguo Egipto. Tallados en un solo bloque de piedra, generalmente se colocaban por pares a la entrada de los templos, junto a los pilonos. Durante la breve reforma religiosa de Akenatón se consideraban como rayos petrificados de Atón, el disco solar.

La mayoría de los obeliscos procedían de las canteras de granito de Asuán. Actualmente se conocen más de treinta obeliscos egipcios terminados y uno inacabado (hallado en dicha cantera).

Muchos obeliscos egipcios fueron llevados a Roma, la capital del imperio dominante. Posteriormente, otros imperios de occidente también se llevaron obeliscos egipcios para erigirlos en sus capitales, como es el caso del erigido en la Plaza de la Concordia en París.

Estas son las ubicaciones de los obeliscos más conocidos del Antiguo Egipto:

  • Egipto

Obelisco de Tutmosis III, Estambul, Turquía

Obelisco de Sesostris I, en Heliópolis (Egipto). Es el más antiguo que se conserva íntegro.

Monumento a Washington, Estados Unidos.

Secretos del Obelisco Vaticano en la Plaza de San Pedro.
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El papa Sixto V, en 1586, ordenó mudar frente a la fachada -en construcción- de la Basílica de San Pedro, el obelisco que en el pasado decoró el circo de Calígula; para celebrar el triunfo de la Iglesia frente al paganismo y a la herejía. Pero para ello fue necesario cristianizarlo con una inscripción; con los símbolos del escudo de armas del papa: leones y tres montes y con una cruz de bronce que desde el siglo XVIII conserva la reliquia de la Santa Cruz.

El espacio de fuera, frente a la Basílica fue magistralmente completado por Gian Lorenzo Bernini cuando construyó los dos brazos de columnas.

No hay duda de que las construcciones que identifican mejor el paisaje del antiguo Egipto son las pirámides y los obeliscos. De hecho, se trata de monumentos de naturaleza muy similar. Ambos estaban pensados para impresionar por su altura y durar eternamente; su construcción requería una inversión extraordinaria en mano de obra y exigía un vasto despliegue de ingeniería; y estaban cargados de símbolos y mensajes religiosos y políticos. Los europeos quedaron fascinados por las pirámides y los obeliscos, pero estos últimos tenían la ventaja de ser «transportables». Con ello, la rapiña de los occidentales y la liberalidad de algunos gobernantes egipcios permitieron que diversos obeliscos acabasen como adorno de parques y plazas en Roma, Londres, París, Nueva York o Estambul.

FOTO: BEAUX-ARTS DE PARÍS / RMN-GRAND PALAIS

Foto: BEAUX-ARTS DE PARÍS / RMN-GRAND PALAIS

Este grabado de Jean-Nicolas Huyot muestra de forma idealizada el levantamiento de un obelisco mediante una rampa de arena. Foto: BEAUX-ARTS DE PARÍS / RMN-GRAND PALAIS


para saber más

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El término «obelisco» procede del griego obelískos, diminutivo a su vez de obelós, «asta o columna apuntada». Los antiguos egipcios los llamaban tejen. Los obeliscos son pilares monolíticos –fabricados en un solo bloque de piedra–, de cuatro lados, y su forma es troncopiramidal, es decir, se estrechan ligeramente desde la base hasta la cúspide. Su origen es el mismo que el de las pirámides; no por casualidad estaban coronados por una pequeña pirámide o piramidión, llamada por los egipcios benben. Ésta es una representación estilizada de la colina primigenia de la mitología egipcia, el montículo que surgió durante el nacimiento del mundo y en el que se crearon los dioses y los seres vivos cuando aún no existía nada. Esta leyenda se desarrolló en la ciudad de Heliópolis, donde se veneraba al Sol y se rendía culto a la piedra benben desde el período Tinita (3065-2686 a.C.).

Quizás en su origen esta piedra fue un meteorito caído del cielo, que adquirió carácter sagrado porque provenía de la esfera de los dioses. En los Textos de las pirámides, el jeroglífico que representa al benben es un piramidión completo o truncado, una escalera doble o sencilla, o un promontorio de borde redondeado; en todos los casos aparece como un elemento que se eleva de la tierra al cielo y que sirve de conexión entre ambos mundos. El benben simbolizaba el proceso por el cual los rayos solares, que dan la vida, caen sobre la tierra y la fertilizan. Por ello, en el piramidión se inscribían símbolos solares y figuras del rey protegido por el dios solar Re o Amón-Re.

El término «obelisco» procede del griego obelískos, diminutivo a su vez de obelós, «asta o columna apuntada». Los antiguos egipcios los llamaban tejen.


EL OBELISCO DE TEODOSIO

El Obelisco de Teodosio

El Obelisco de Teodosio, conocido en turco como Dikilitaş, fue erigido por vez primera por Tutmosis III al sur del séptimo pilono del gran templo de Karnak y re-erigido en el hipódromo de Constantinopla -hoy Estambul- por el emperador romano Teodosio I.

Foto: Gtres

Los mensajes simbólicos de los obeliscos no se limitaban al piramidión. Sobre los cuatro lados del monolito se grababan inscripciones jeroglíficas, que incluían una dedicatoria a los dioses y los nombres y títulos del faraón. A través de estos textos, el monarca quedaba unido a la divinidad y mediaba entre los hombres y los dioses. En el año 390 d.C., el emperador romano Teodosio I llevó a Constantinopla (la actual Estambul) el obelisco de Tutmosis III, donde se lee que este rey: «Mandó erigir muchos grandes obeliscos de granito, con su piramidión de electro, como monumento para su padre el dios Amón, para que done vida eternamente como Re». Asimismo, la base del obelisco podía estar adornada con babuinos, animales asociados con el Sol a causa de los gritos que profieren al amanecer y al anochecer, y que se interpretaban como un homenaje al astro rey. Así lo vemos en el obelisco de Ramsés II que todavía permanece en pie ante la entrada monumental del templo de Luxor.


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Éste es el único obelisco que aún queda en pie ante el pilono de entrada del templo de Luxor. Su hermano fue llevado a París en 1834. Ambos fueron erigidos por Ramsés II. Foto: Yann Arthus-Bertrand / CORBIS / Cordon Press.

TEMPLOS SOLARES Y OBELISCOS

Según las fuentes antiguas, algunos obeliscos estuvieron cubiertos de oro o de una aleación de oro y plata, el electro–como el de Tutmosis III, según hemos visto–. Con todo, lo más probable es que simplemente se forrara el piramidión que lo coronaba con chapa de oro. El uso de este metal se debe a su perdurabilidad y a su relación con los dioses, cuya carne, según los egipcios, estaba hecha de esta materia. El oro, además, tenía una relación especial con el sol, del color de este metal, cuyos rayos propiciaban e impulsaban la vida en la tierra.


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Tutmosis III, el constructor. El faraón hizo erigir varios obeliscos en Karnak. Dos de ellos salieron de Egipto ya en la Antigüedad: a Roma y a Constantinopla. Foto: Erich Lessing / ALBUM


El color de la piedra también estaba vinculado a conceptos divinos. Egipto

El material más usado fue el granito rojo o rosado de Asuán, en la primera catarata, también vinculado al Sol por su color. Los obeliscos estuvieron presentes a lo largo de toda la historia de

, desde el Imperio Antiguo hasta el fin de la civilización egipcia, aunque no tuvieron siempre las mismas características.

Estos edificios pueden considerarse como antecedentes del obelisco, dado que tienen una forma muy similar aunque no tan esbelta, y en lugar de estar realizados en un solo bloque de piedra estaban construidos con bloques cubiertos de piedra caliza blanca. Más tarde, en la dinastía VI, el rey Teti ordenó levantar en el templo de Heliópolis un pequeño obelisco, éste sí de piedra, pero de apenas tres metros de altura. Pepi I, por su parte, adornó la pirámide de su esposa, la reina Inenek-inti, con otro ejemplar.


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Este colosal obelisco yace en su lecho de piedra en una cantera de granito de Asuán. Fue abandonado debido a una fisura en la roca. Foto: Kenneth Garret.

Durante los imperios Antiguo y Medio, Heliópolis fue el gran centro de culto al dios solar Re, y por ello fue allí donde se construyeron principalmente los obeliscos. Por ejemplo, Sesostris I hizo levantar dos obeliscos de 20 metros de altura. Al mismo faraón se debe el curioso obelisco-estela de granito rojo que se alzaba en Abgig, en el oasis de El Fayum, de algo más de doce metros de altura. Se distingue por su extremo superior redondeado, en lugar del tradicional piramidión, aunque el simbolismo es idéntico.


El dios solar Ra.

Ra es el dios del Sol y del origen de la vida en la mitología egipcia. Ra es el símbolo de la luz solar, creador de vida,1​ y responsable del ciclo de la muerte y la resurrección.

Dios que representa el sol del mediodía, en su máximo esplendor. En los primeros tiempos era la figura más importante del Mundo Inferior;2​ se decía que cada noche viajaba por él bajo la forma de Auf-Ra, el sol poniente.

Para viajar por el cielo se creía que lo hacía en barca de Oriente a Occidente en un viaje de 24 horas; de día era una barca conocida como "Mandjet"; por la noche viaja en una barcaza pequeña llamada "Mensenktet";3​ según los momentos del viaje, se manifestaba en tres entidades diferentes: al amanecer era Jepri; al mediodía, Horajti y al anochecer, Atum.

https://es.wikipedia.org/wiki/Ra_(mitolog%C3%ADa)


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AGUJAS DE PIEDRA PARA EL DIOS AMÓN

En tiempos del Imperio Nuevo, Tebas se convirtió en centro de adoración del dios Amón-Re, que reunía características del dios solar Re y del dios tebano Amón. Por esta razón se levantaron allí numerosos obeliscos, sobre todo en el templo de Amón-Re en Karnak y, en menor medida, en el de Luxor. De hecho, el Imperio Nuevo fue el período álgido de la construcción de obeliscos, en el que se crearon los más bellos y altos, realizados con los materiales más diversos: granito, cuarcita, caliza, grauvaca... Su silueta aparece en papiros, relieves, pinturas, y hasta en amuletos y joyas.

Los obeliscos se erigían en los templos como un modo de señalar un lugar «sagrado». Solían disponerse por parejas ante los pilonos que flanqueaban las puertas de los recintos sagrados. De esta forma se manifestaba el aspecto dual del dios Re como el Sol y la Luna, pues los egipcios creían que el satélite era el aspecto nocturno del astro rey.


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La aguja de Tutmosis I. El rey levantó varios obeliscos en Karnak, aunque hoy sólo queda éste en pie, ante el tercer pilono, de 23 m de alto y 143 toneladas. Foto: Sandra von Stein / Getty Images.


En el templo de Karnak, Tutmosis I erigió la primera pareja de obeliscos, de los cuales sólo uno se conserva en pie. En el mismo templo le siguieron dos más de Tutmosis II, dos de Hatshepsut (uno de los cuales yace junto al lago sagrado del templo) y tres de Tutmosis III. Uno de estos últimos debió de alcanzar originalmente los 33 metros, lo que lo convierte en el más alto de los que aún se conservan en pie. Más tarde, Tutmosis IV erigió otro, al igual que Seti I, aunque el de este rey era de menor tamaño. Por su parte, Ramsés II hizo colocar un par de nuevos obeliscos ante la entrada del recién construido templo de Luxor; uno de ellos fue trasladado a Europa en 1834 y preside hoy día la plaza de la Concordia de París. El mismo Ramsés ordenó levantar otros obeliscos para las ciudades norteñas de Heliópolis y Pi Ramsés.

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El oro de los faraones

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No se puede dejar de mencionar el famoso obelisco que no llegó a ser erigido porque se fracturó en la cantera de Asuán mientras los obreros estaban tallándolo. No se sabe con exactitud qué faraón ordenó la obra, pero sí que, de haber tenido éxito, con sus casi 42 metros de altura y un peso de 1.168 toneladas se habría convertido en el obelisco más alto e imponente de Egipto. Constituye una prueba elocuente del titánico esfuerzo que suponía tallar estos enormes bloques de piedra de una sola pieza, para luego trasladarlos mediante rampas y trineos hasta el Nilo, transportarlos en barco y colocarlos en su destino final, con un impresionante derroche de energía física, capacidad técnica y pericia artística por parte de quienes grababan las inscripciones.

OBELISCOS PARA TODO EL MUNDO

No todos los obeliscos de Egipto eran obra de los faraones ni tenían las proporciones monumentales de los que se alzaron en el templo de Karnak.También había obeliscos «privados» de menor tamaño, que fueron colocados en tumbas particulares. Para su construcción se requería la autorización expresa del monarca, pues éste tenía el monopolio sobre la piedra y sólo la entregaba como regalo o recompensa a un individuo concreto.


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La parte superior del obelisco es de granito y mide 2,5 metros de largo. Este fragmento ha sido excavado en el complejo funerario de la reina Anjesenpepi II en la necrópolis de Saqqara. Foto: Ministry of Antiquities of Egypt.


Estos obeliscos, que ya se fabricaban bajo la dinastía VI, eran más toscos, mucho más pequeños –menos de un metro de altura– y más imperfectos que los que construían los faraones. Se disponían en parejas a la entrada del enterramiento o ante la mesa de ofrendas, formando parte de un rito funerario, y servían no sólo para rendir homenaje al dios Sol, sino también para proporcionar y garantizar el bienestar del difunto a través de la magia de la divinidad.

PARA SABER MÁS

Pirámides y obeliscos, transporte y construcción: una hipótesis. A. Ricart Cabús. Fundación Juanelo Turriano, Madrid, 2008.
El arte de construir en Egipto. Auguste Choisy. Instituto Juan de Herrera, Madrid, 2007.
El gran viaje del obelisco. Robert Sole. Edhasa, Barcelona, 2007.


NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

jueves, 12 de noviembre de 2020

NATIONAL GEOGRAPHIC : UNA AUTÉNTICA HAZAÑA.- El transporte de obeliscos desde Egipto hasta Roma (y más allá)....

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, nos entrega un reportaje sobre el transporte de Obeliscos desde Egito a Roma, que se dio con la conquista de Egisto; sucesivos emperadores llevaron a Roma antiguos obeliscos, de más de 200 toneladas, a bordo de inmensas naves. Hoy en día estos monumentos todavía se pueden ver en la Ciudad Eterna y son testigos de la avanzada ingeniería que hizo posible su transporte.

Después de la conquista de Egipto, sucesivos emperadores llevaron a Roma antiguos obeliscos, de más de 200 toneladas, a bordo de inmensas naves. Hoy en día estos monumentos todavía se pueden ver en la Ciudad Eterna y son testigos de la avanzada ingeniería que hizo posible su transporte.

Francesc Cervera

08 de noviembre de 2020 ·


Foto: iStock

Según relata Plinio el Viejo, en el año 10 a.C., por orden de Augusto, se transportaron a Roma dos obeliscos de Heliópolis (al nordeste de El Cairo). El primero se colocó en la espina del Circo Máximo, y el segundo sirvió de marcador para el monumental reloj de sol que se construyó en el Campo de Marte. Para Augusto, primer emperador de Roma, fue también un símbolo con el que celebrar su victoria sobre Antonio y Cleopatra.

Uno de los obeliscos que se transportaron a Roma sirvió de marcador para el monumental reloj de sol que se construyó en el Campo de Marte.

Cincuenta años después, en el año 40 d.C. Calígula imitó a su divino antepasado: se llevó a Roma un obelisco de 25 metros del templo de Karnak, en Tebas, y lo instaló en el Circo Vaticano. Plinio refiere que tanto la nave usada por Augusto como la empleada por Calígula, causaron asombro entre los romanos, de manera que fueron amarradas, la primera en el antiguo puerto romano de Ostia y la segunda en Nápoles, para que el pueblo las pudiera visitar.

Años más tarde Claudio hundiría la nave de Calígula, que remolcó desde Nápoles, llenándola con cajas de cemento, para asentar el faro del nuevo puerto de Ostia. De hecho algunos restos de esta nave fueron descubiertos en 1959 por el arqueólogo Otello Testaguzza, quien propuso que el casco de la nave tendría unas medidas de 104 por 20 metros. Sin embargo el hecho de que el obelisco de Calígula midiera solo 25 metros de altura, ha hecho sospechar a investigadores más recientes de que la nave no superaría los 50 metros de largo.

La fuente de los Cuatro Ríos en la famosa plaza Piazza Navona de Roma está coronada por la copia romana de un obelisco egipcio, proveniente del Circo de Majencio.                                                                                                                                                     Foto: Istock

La moda de los obeliscos

La iniciativa de estos primeros emperadores fue muy popular, de modo que, a lo largo de los siglos siguientes, se importarían más obeliscos antiguos, se encargarían nuevos ejemplares e incluso se harían copias en la propia Roma. El obelisco de mayor envergadura (32 metros y 455 toneladas de peso) fue trasladado desde Karnak por Constancio II, hijo de Constantino, en el 357 d.C.

Según comenta Plinio, el barco de Calígula estaba dotado de un amplio velamen: el mástil de fresno era tan grueso que se necesitaban los brazos de cuatro hombres para rodearlo. Amiano Marcelino, por su parte, afirma que la nave de Constancio II se impulsaba con 300 remeros. Se supone además que ambas embarcaciones dispondrían de un conjunto de remolcadores, para ayudar en su maniobra y navegación.

La logística no era fácil: la nave de Constancio II se impulsaba con 300 remeros.

Ante la parquedad de datos que nos proporcionan las fuentes, el método concreto con el que se transportaron los pesados obeliscos, desde tan lejos y con la tecnología de la época, continúa siendo una incógnita que los arqueólogos luchan por descubrir.

El complicado transporte de los obeliscos

Así pues ¿cómo podría haber sido el transporte de un obelisco, desde su lejano templo o cantera hasta Roma? Primero se bajaba el monumento hasta un trineo especialmente diseñado, con ayuda de poleas y un armazón de madera para evitar su rotura. El siguiente paso era la excavación de una trinchera al lado del Nilo, en la que se construía la barcaza de transporte. Era entonces el momento de arrastrar el obelisco hasta el río, con ayuda de leche y mantequilla como lubricantes, y subirlo a su medio de transporte. Llegada la crecida del Nilo, la trinchera se convertía en un canal, con lo que la barcaza flotaba, y se remolcaba río abajo hasta Alejandría mediante pequeñas embarcaciones.

Ya en la costa el obelisco era trasladado a una nave de transporte de mayor envergadura y calado. A su llegada a Ostia, el obelisco era reembarcado en una segunda barcaza fluvial, tirada por yuntas de bueyes Tíber arriba. Al llegar a Roma sería descargado y transportado hasta su lugar de destino mediante un trineo, para finalmente ser arrastrado por un conjunto de grúas sobre una rampa de tierra hasta descender su base al pequeño pozo donde encajaba.

¿Tres naves?

En el año 2000 el historiador Armin Wirsching afirmó que el transporte se habría realizado por tres barcos unidos: dos embarcaciones de unos 37 por 5 metros unidas con vigas sostendrían el obelisco entre sus cascos, mientras que un trirreme situado delante se encargaría del remolque.

Wirsching basó su estudio en la reinterpretación de ciertos murales egipcios, como los de la tumba de Hatshepsut, y otras fuentes que describen naves paralelas usadas para transportar bloques de piedra. Además, según él, no existía la tecnología para crear un barco tan grande, por lo que se tendrían que haber usado otros más pequeños. Así mismo, afirma en su investigación que el transporte sería más estable si el obelisco se mantenía a nivel del agua.

Transporte de una de las Agujas de Cleopatra desde Alejandría, Egipto, hasta Nueva York a bordo del SS "Dessoug" en el verano de 1880.                                                                                                             Foto: Cordon Press,

Después de los Césares

El Renacimiento avivó de nuevo el interés por los obeliscos: numerosos conjuntos esculturales -como la fuente de los cuatro ríos de Bernini- fueron levantados para servirles de soporte, se restauraron algunos que habían caído e incluso se volvieron a realizar copias. Precisamente en este período cuando se movió el obelisco de Calígula desde las ruinas del Circo Vaticano hasta la nueva plaza de San Pedro. Para moverlo, al igual que en tiempos antiguos, se usó una estructura de madera para sostener el peso, mientras que el monumento era bajado hasta unas vías de madera. Los cabestrantes tirados por caballos sustituyeron las grúas de rueda romanas, y en vez de un trineo se usaron troncos para transportar rodando los enormes bloques por los raíles de madera. El traslado por tierra fue tan lento que se avanzaba a poco más de 30 metros al día.

No será hasta el siglo XIX, con la llegada de los nuevos barcos de vapor, que volverán a transportarse obeliscos por vía marítima. Deseoso de romper con el poder otomano y estrechar sus vínculos con occidente, Mehmet Alí, el nuevo valí o gobernador de Egipto, decidió regalar algunos monumentos antiguos. 

Obelisco de la parisina Plaza de Concorde.                                                                                                

Francia fue el primer país en beneficiarse de ello. Champollion en persona se encargó, en 1830, de escoger uno entre todos los del templo de Luxor. Al año siguiente un vapor de fondo plano especialmente construido para la ocasión, y apropiadamente llamado Louxor, partió hacia Egipto. Tras ser remolcado por el Mediterráneo, remontó el Nilo hasta Tebas, donde cargó el obelisco, llegando a París en 1833, después de dar la vuelta a España y navegar Sena arriba. Este obelisco se levanta hoy en la Place de la Concorde.

Por su parte ingleses y americanos también recibieron sendos obeliscos en la segunda mitad de siglo, popularmente conocidos como las Agujas de Cleopatra, Cleopatra’s Needles en inglés: el obelisco americano se halla hoy en Central Park, delante del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, mientras que el inglés se puede ver en Londres, en los jardines del Victoria Embankment al borde del Támesis.

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Foto: iStock.

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