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domingo, 24 de julio de 2022

Alimentación: Una guerra nuclear también tendría consecuencias catastróficas para el clima

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la rivalidad entre las potencias hegemónicas Los Estados Unidos, Rusia y China, quienes están armados hasta los dientes con armas nucleares, hacen prever que en un futuro cercano podría estallar un conflicto bélico entre ellas que podría terminar en un ataque y respuesta nuclear, quienes con tan sólo usasen el 1% de su potencial, ocasionaría una hambruna que con impacto a nivel global que duraría unos 15 años con consecuencias catastróficas..... " No sabemos si nos encontraremos con este escenario climático tras la guerra, pero es una consecuencia esperable de un cisma entre Occidente y Oriente. En estas circunstancias, nos encontraríamos con una intensificación del cambio climático. A día de hoy, con los acuerdos que están aprobados, la temperatura global a nivel medio aumentaría 2,7 ℃ a final de siglo. Bajo el escenario de nacionalismo resurgente, la temperatura aumentaría hasta los 4 ℃. Estamos hablando de la temperatura media global. Esto quiere decir que en algunas zonas el calentamiento podría llegar a ser de 7 ℃..."  ..siga leyendo...................

En un mundo dividido, la degradación ambiental parece cobrar poca importancia si el uso del armamento nuclear está encima de la mesa. En un conflicto regional nuclear donde se usase únicamente un 1% se desencadenaría una hambruna con impactos a nivel global que duraría unos 15 años. En uno a escala global, las consecuencias serían catastróficas.

Imágenes aéreas de la explosión de dos bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki lanzadas por Estados Unidos el 6 y el 9 de agosto de 1945 respectivamente.

Foto: CC

La guerra en Ucrania se está recrudeciendo. El presidente de EE. UU. Joe Biden advertía hace meses que involucrar a la OTAN en la guerra implicaría la tercera guerra mundial y hace poco Putin avisaba de que tenía las cabezas nucleares preparadas.

¿Qué podemos esperar a partir de ahora si el conflicto parece estar enquistándose y la guerra nuclear vuelve a estar sobre la mesa? La ciencia tiene muy claras las consecuencias de una escalada bélica sobre el clima y sobre la escasez de alimentos.

Los modelos climáticos nos permiten simular las repercusiones de la guerra sobre la producción agrícola, ganadera y piscícola. A continuación repasamos algunos de los diferentes escenarios posibles que nos puede dejar un enfrentamiento bélico: desde un invierno nuclear hasta un escenario de creciente rivalidad entre países.

De la independencia a la lucha por sobrevivir: 30 años de una Ucrania libre

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Conflicto nuclear regional

Décadas después del fin de la Guerra Fría, el debate de las armas nucleares vuelve a estar sobre la mesa. En realidad, es un debate que nunca se fue. La carrera armamentística entre India y Pakistán, por ejemplo, puede tener consecuencias globales aunque se trate de una guerra local.

Bajo un escenario de guerra nuclear entre estos dos países, donde solo se usaría el 1% del arsenal nuclear mundial, se emitirían 5 millones de toneladas de hollín a la estratosfera. Esto es, los penachos de las bombas inyectarían a las capas altas de la atmósfera una cantidad ingente de aerosoles que bloquearían la radiación solar.

La radiación solar chocaría contra estos aerosoles y sería reflejada. Como consecuencia, la temperatura global disminuiría 1,8 ℃. El consiguiente oscurecimiento y enfriamiento afectaría a la producción mundial de maíz y trigo, que disminuiría un 13% globalmente.

Esta disminución no afectaría a todo el mundo por igual, sino que la zona templada del hemisferio norte, que incluye a Europa, Estados Unidos y China, sería la más afectada. La producción agrícola disminuiría entre un 20 y un 50% en estos países.

Se desencadenaría, por tanto, una hambruna con impactos a nivel global que duraría unos 15 años. Pasado este tiempo, volveríamos al escenario de cambio climático actual.

En un conflicto regional nuclear donde se usase únicamente un 1% se desencadenaría una hambruna con impactos a nivel global que duraría unos 15 años

Guerra mundial nuclear

Un conflicto nuclear a gran escala entre los Estados Unidos y Rusia en el que se empleasen 4.400 bombas de 100 kt (kilotones, equivalentes a miles de toneladas de TNT) inyectaría a la estratosfera 150 millones de toneladas de aerosoles. Esto disminuiría la radiación solar y la temperatura del mar bajaría 6,4 ℃. Estamos hablando de un escenario en el que solo se usaría en torno a la mitad del arsenal atómico actual.

A nivel global, dos años después de la guerra, la producción de alimentos disminuiría en un 80%. Dichas reducciones serían también más acusadas en la zona templada del hemisferio norte, donde llegarían al 99%.

De forma directa, fallecerían 770 millones de personas tras las bombas (muchas de ellas serían vaporizadas). Los supervivientes se enfrentarían a un invierno nuclear. En la zona templada, tendríamos menos del 1% de los alimentos que actualmente se producen.

Cabe destacar que, probablemente, la especie humana sobreviviría a semejante escenario nuclear. No se trata de un cataclismo comparable, por ejemplo, al causado por el meteorito de Chicxulub, que acabó con los dinosaurios a finales del cretácico. En ese caso, se emitieron más de 1.500 millones de toneladas de hollín.

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Rivalidad regional y nacionalismo exacerbado

El escenario de guerra nuclear es sin duda un escenario extremo y se debe evitar a toda costa. Lo que ya está pasando a día de hoy es que el mundo occidental está tratando de aislar económicamente a Rusia, y no sabemos todavía cómo reaccionarán las otras potencias mundiales. Cabe esperar que disminuya la cooperación internacional y que se produzca un aumento en la rivalidad entre regiones.

No solo las políticas de Putin, sino que muchos de los líderes regionales o nacionales actuales o recientes se encuadran dentro del escenario que el IPCC califica como SSP3. Se trata de un escenario donde, en palabras de sus creadores, se produce un “nacionalismo resurgente”.

En este escenario, las grandes potencias se centran principalmente en sus necesidades domésticas de seguridad alimentaria a corto plazo y en la seguridad nacional. Se abandonan los pactos climáticos actuales, junto con las mejoras tecnológicas y de educación. La degradación ambiental cobra poca importancia en un mundo dividido.

No sabemos si nos encontraremos con este escenario climático tras la guerra, pero es una consecuencia esperable de un cisma entre Occidente y Oriente. En estas circunstancias, nos encontraríamos con una intensificación del cambio climático. A día de hoy, con los acuerdos que están aprobados, la temperatura global a nivel medio aumentaría 2,7 ℃ a final de siglo. Bajo el escenario de nacionalismo resurgente, la temperatura aumentaría hasta los 4 ℃. Estamos hablando de la temperatura media global. Esto quiere decir que en algunas zonas el calentamiento podría llegar a ser de 7 ℃.

Las simulaciones climáticas nos enseñan que el precio de una escalada nuclear o el de un resurgimiento nacionalista es la seguridad alimentaria (aunque en grados diferentes, obviamente). Una escalada bélica no solo no salvaría a nuestros vecinos de Ucrania, sino que además comprometería la disponibilidad de alimentos en otras partes del mundo. Debemos por tanto disminuir, y no aumentar, el número de países que participan en esta guerra.

Las lecciones aprendidas en Chernóbil respecto a la seguridad nuclear. ¿Podría volver a ocurrir?

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LAS LECCIONES APRENDIDAS EN CHERNÓBIL

*Víctor Resco de Dios es profesor de Incendios Forestales y Cambio Global en PVCF-Agrotecnio, Universitat de Lleida. Este artículo se publicó originalmente en The Conversation y se publica aquí bajo una licencia de Creative Commons.



NATIIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achuteguui

domingo, 27 de febrero de 2022

CAMBIO CLIMÁTICO : Cazadores de grillos

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., en la república africana de Uganda, florece un negocio de la caza y venta de grillos de matorral conocéfalos, conocidos como saltamontes o nsenene, que constituye una fuente de proteínas clave a los mercados de Uganda.
NATIONAL  GEOGRAPHIC: narra .- "Los «visitantes», como los llaman en el lugar, se congregan en enormes enjambres para aparearse y alimentarse tras las lluvias de otoño y primavera, y es cuando cientos de personas de todo el país salen a recolectarlos. Salados y fritos, en Uganda se consideran un manjar; se venden a menos de dos euros el saco en mercados, paradas de taxi y puestos de carretera. («A vosotros os gusta comer palomitas de maíz cuando miráis una peli, ¿verdad? Pues yo pico nsenene», me dice alguien).

Es noviembre de 2020, y en Harugongo deberían estar en plena campaña otoñal. Cuenta la leyenda que estos insectos proceden de la luna, y esta noche hay luna llena. Sin embargo, «no tenemos ni uno –dice Islam–. ¿Dónde se han metido?».

Ricos en proteínas, hierro, zinc y otros minerales esenciales, los grillos de matorral, y los insectos comestibles en general, han sido promovidos por la FAO como una de las «fuentes de alimentos del futuro», clave para lograr la seguridad alimentaria, paliar el hambre y prevenir la desnutrición. Y esto es importante en países como Uganda, donde casi un tercio de la población infantil sufre retrasos del crecimiento y la mitad de los menores de cinco años y un tercio de las mujeres padecen anemia...."   ......siga leyendo................


Los recolectores de estos insectos saltarines suministran una fuente de proteína clave a los mercados de Uganda. Pero la sobreexplotación y el cambio climático podrían poner en jaque este alimento del futuro.


Un joven escucha el zumbido de las alas de los insectos y el ruido que generan sus cuerpos al chocar con las planchas de metal corrugado que conforman las paredes de una macrotrampa.

Atraídos por las luces ultrabrillantes y sedados con humo, los enjambres de grillos de matorral caen en los bidones. Estos insectos son un aperitivo muy apreciado, pero la creciente demanda y la pérdida de hábitat están reduciendo sus poblaciones.

Foto: Jasper Doest

Es una noche fría, y un fuerte viento sopla en lo alto de una colina del sudoeste de Uganda.

Mapa ubicación Harugongo, Uganda.

Mapa: NGM Maps
El viento sacude las planchas metálicas de uno por dos metros que conforman las paredes inclinadas de la gigantesca trampa para insectos. A unos metros de distancia ruge un generador diésel que alimenta una bombilla de 400 vatios situada en el centro. La luz resulta cegadora a ojos humanos, pero es un imán para Ruspolia differens. En Uganda los llaman «saltamontes» o nsenene, pero en realidad son grillos de matorral conocéfalos.
Al pie de las planchas aguardan, vacíos, decenas de bidones. Muy pronto, confía Kiggundu Islam, presidente de la asociación local de recolectores de grillos, contendrán millones de estos insectos de casi ocho centímetros de longitud.


Una velocidad de obturación lenta permite al fotógrafo captar los movimientos de los grillos de matorral conocéfalos, conocidos en Uganda como «saltamontes» o nsenene.

Conforme el número de estos insectos mengua, el desarrollo de técnicas de cría en cautividad podría mejorar la seguridad alimentaria, crear nuevas fuentes de ingresos para los campesinos y proteger las poblaciones silvestres de esta especie.

Foto: Jasper Doest

Los «visitantes», como los llaman en el lugar, se congregan en enormes enjambres para aparearse y alimentarse tras las lluvias de otoño y primavera, y es cuando cientos de personas de todo el país salen a recolectarlos. Salados y fritos, en Uganda se consideran un manjar; se venden a menos de dos euros el saco en mercados, paradas de taxi y puestos de carretera. («A vosotros os gusta comer palomitas de maíz cuando miráis una peli, ¿verdad? Pues yo pico nsenene», me dice alguien).

Es noviembre de 2020, y en Harugongo deberían estar en plena campaña otoñal. Cuenta la leyenda que estos insectos proceden de la luna, y esta noche hay luna llena. Sin embargo, «no tenemos ni uno –dice Islam–. ¿Dónde se han metido?».

Ricos en proteínas, hierro, zinc y otros minerales esenciales, los grillos de matorral, y los insectos comestibles en general, han sido promovidos por la FAO como una de las «fuentes de alimentos del futuro», clave para lograr la seguridad alimentaria, paliar el hambre y prevenir la desnutrición. Y esto es importante en países como Uganda, donde casi un tercio de la población infantil sufre retrasos del crecimiento y la mitad de los menores de cinco años y un tercio de las mujeres padecen anemia.


Los recolectores descargan de las bacas sacos de grillos de matorral vivos en el mercado de Katwe, en Kampala.

Los minoristas pujan a gritos para hacerse con el género; a veces el ganador revende porciones más pequeñas a la competencia para obtener el mayor beneficio posible. La escasez y la demanda creciente de estas delicias saladas y fritas han hecho que el negocio del nsenene sea cada vez más competitivo.

Foto: Jasper Doest
Pero lo que antes era en Uganda una recolección personal y a pequeña escala ha devenido en una actividad cada vez más mercantilizada, con macrotrampas instaladas en colinas y tejados que recogen toneladas de grillos de matorral para satisfacer una demanda al alza. Mientras, la disminución de las capturas sugiere que la especie está sobreexplotada, lo que se traduce en presiones para hacer la recolección de estos insectos más sostenible.


Muntadhar Nasif muestra los grillos que ha atrapado mientras ayudaba a un amigo recolector.

De niño los cogía, pero ahora tiene unos ingresos estables como guía turístico. Dice que el negocio del nsenene es arriesgado, porque los enjambres son más pequeños y menos fiables que antes.

Foto: Jasper Doest

Cuando Islam empezó a recolectar grillos en 2017, era solo para consumo de la familia. Recogían los que una luz de seguridad atraía hacia su casa. Pero la creciente demanda prometía unos buenos ingresos e Islam no tardó en instalar dos trampas comerciales. «Venían nsenene a montones», recuerda. «Teníamos muchos clientes que venían a por ellos. En una buena noche sacas hasta 400 sacos –de hasta 50 kilos cada uno– que luego vendemos en Kampala». Pero estos tres días en la colina de Harugongo no han dado frutos.

«La demanda de estos insectos se ha disparado –confirma Philip Nyeko, entomólogo de la Universidad Makerere, en Kampala–. Y la oferta, al ser estacional, no puede seguirle el ritmo».

Nyeko dirige un equipo de investigadores que está desarrollando un método de cría en cautividad de los grillos de matorral. El objetivo es aliviar la presión ejercida sobre las poblaciones silvestres, posibilitar que exista oferta de nsenene todo el año y proporcionar otra fuente de ingresos a los agricultores, cuyos cultivos están cada vez más amenazados por las graves sequías y las plagas.

Hasta hace poco apenas existía conocimiento científico sobre la biología, la ecología o el ciclo vital de estos insectos. «Si los sacas de su hábitat natural, ¿en qué condiciones los mantienes? ¿Dónde los metes?», se preguntaba Nyeko. ¿Qué temperatura prefieren? ¿Qué alimentos les van mejor? ¿Dónde desovan? Hubo que empezar de cero.


La expansión de la red eléctrica en Uganda ha provocado la proliferación de grandes trampas.

Los recolectores de insectos colocan postes de madera en los que instalan focos con bombillas de hasta 1.200 vatios, unas 20 veces más potentes que una bombilla doméstica. La luz atrae más grillos, pero también eleva el riesgo de sufrir quemaduras y daños oculares.

Foto: Jasper Doest

Es una mañana soleada en Katwe, un mercado de Kampala donde los puestecillos de madera flanquean una embarrada pista de tierra. Junto a cada puesto hay hombres y mujeres debajo de enormes sombrillas, aparentemente mano sobre mano. Entonces aparece un hombre con un saco de plástico lleno hasta la mitad de grillos. Los vendedores despiertan de su inactividad y lo rodean. ¿Cuánto pides? ¿Vas a traer más? El hombre es proveedor de grillos de matorral, pero hoy trae poco género, que lo compra el dueño de un puesto cercano. Los demás se alejan decepcionados, confiando en poder hacerse con la siguiente remesa.

El problema no es solo la sobreexplotación, dice Hajji Quraish Katongole, jefe de Old Masaka Basenene Association Limited, la organización nacional de recolectores que establece normas para esta actividad y lleva un registro de quienes la ejercen. «Dios ha bendecido a Uganda con un suelo fértil y un entorno favorable», dice, pero las talas forestales para dar paso a la caña de azúcar y la palma aceitera han destruido gran parte del hábitat del grillo de matorral. Y el cambio climático hace que las estaciones lluviosas sean imprevisibles, lo que repercute sobre la formación de enjambres.

«Si solo dependemos de la naturaleza, quizá no sea sostenible» para el futuro de la especie, declara Geoffrey Malinga, catedrático de la Universidad de Gulu, que ha firmado un acuerdo de colaboración con la Universidad Makerere y la Universidad de Copenhague para realizar los inminentes ensayos de campo del proyecto de cría en cautividad. Los grillos de matorral conocéfalos no pueden desaparecer bajo ningún concepto: constituyen una fuente de proteínas crucial para una parte de la población ugandesa, «sobre todo niños pobres que no pueden permitirse otras fuentes de proteína como la carne», explica Malinga.


Namuna Mzee recoge nsenene de una planta de maíz.

A diferencia de sus parientes las langostas –cuyas plagas arruinan cosechas y medios de subsistencia en toda el África oriental—, estos grillos no suelen ser tan destructivos en Uganda, donde generan empleo a recolectores y vendedores. El cambio climático ha hecho que se intensifiquen las plagas de langostas, y en cambio supone una amenaza para el grillo de matorral, cuyo ciclo vital está íntimamente ligado a unas estaciones lluviosas estables.

Foto: Jasper Doest

En 2019, tras ocho años de experimentos, Nyeko y sus colaboradores descifraron el secreto para criarlos en cautividad: jaulas de malla metálica y plexiglás, una variedad de cereales como alimento y arena húmeda. El siguiente paso eran los ensayos de campo. La pandemia retrasó los planes de implantar un proyecto piloto con agricultores en 2020, pero está previsto que se lance a principios de 2022. Los investigadores han seleccionado para participar en él a 99 poblaciones del distrito central de Mityana, pensando en que eso sea el germen de algo mayor.

«Nosotros formamos a esos agricultores y ellos a su vez formarán a otros», dice Malinga.


Esta vista aérea de las trampas muestra cómo cooperan los recolectores entre sí para aumentar la luminosidad y el calor, y atraer de este modo más grillos de matorral.

Hace décadas la gente los atrapaba con sábanas para consumo familiar, pero el auge de los nsenene ha convertido su recolección en un negocio, lo que ha dado lugar a la proliferación de macrotrampas como estas.

Foto: Jasper Doest

También planean probar de introducir nsenene en las gachas que comen los niños en la escuela.

En la colina de Harugongo, Islam ha regresado. Una careta, perneras y mangas largas protegen a este hombre enjuto y de voz grave de la intensa luz de la trampa... y del doloroso contacto de los escarabajos errantes de fuego. La temporada de otoño de 2021 ha comenzado hace unos días y ha recogido tres sacos, dos menos que el año anterior en las mismas fechas. Como otros colegas, ha pedido préstamos para aguantar en el negocio y le preocupa su devolución. «Ahora tendremos que buscar un plan B –dice–. Habrá que encontrar otra fuente de ingresos que no sean los "saltamontes"».

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La periodista Halima Athumani está afincada en Uganda. Este es su primer artículo para la revista. Jasper Doest centra su trabajo en explorar la relación entre la naturaleza y el ser humano.

Este artículo pertenece al número de Marzo de 2022 de la revista National Geographic.

Consumo de insectos, una alternativa más ecológica

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CONSUMO DE INSECTOS, EL FUTURO DE LA ALIMENTACIÓN


NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

jueves, 10 de febrero de 2022

MEDIO AMBIENTE: Legumbres contra el cambio climático, por que aprovechan el nitrógeno atmosférico...

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la batalla contra el Cambio Climático no nos da tregua, últimas investigaciones nos indican que el cultivo de las leguminosas es una alternativa contra el cambio climático; por que estas maravillas familias de plantas son capaces de aprovechar el nitrógeno atmosférico, formando para ello una relación simbiótica con ciertas bacterias presentes en el suelo..... "Con este fin, aprovechar las ventajas agronómicas y ambientales que ofrecen las leguminosas es clave. Para ello, es vital comprender el efecto que el calentamiento global tendrá sobre estos cultivos y, con esta información, seleccionar variedades más eficientes en condiciones climáticas futuras. Pero estas acciones, irremediablemente, deben ir unidas a otras medidas como incentivos al cultivo de leguminosas a través de la política agraria comunitaria y aquellas encaminadas a aumentar su consumo entre la población...."  ....siga leyendo....

No todos los cultivos tienen la misma dependencia del nitrógeno sintético. Las leguminosas son capaces de aprovechar el nitrógeno atmosférico, formando para ello una relación simbiótica con ciertas bacterias presentes en el suelo.

Campo de alfalfa en Ribera de Navarra (España)

Foto: David Soba

10 de febrero de 2022, 12:00 | Actualizado a 


Son plantas pertenecientes a la familia de las dicotiledóneas que tienen la particularidad de formar en sus raíces unas estructuras llamadas nódulos, estos nacen como resultado de la interacción que existe entre estas plantas y las bacterias del genero Rhizobium que son capaces toma y fijar nitrógeno atmosférico, al establecer una simbiosis con las plantas y almacenarlo en sus hojas en forma de proteína. Por este motivo las leguminosas ayudan a la fertilidad de los suelos, ya que ese nitrógeno que captan de la atmosfera a la larga lo incorporan al suelo (Clitoria o campanita, Fríjol terciopelo, Maní forrajero, Guandul, Canavalia etc).

https://infopastosyforrajes.com/las-leguminosas/

Esta planta anual presenta tallos vellosos cuadrangulares y hojas compuestas formadas por numerosos folíolos oblongos y opuestos. Las hojas de la veza vellosa rematan en zarcillos ramificados que se enganchan a otras plantas. En las axilas de las hojas de la Veza vellosa crecen largos racimos asimétricos de hasta 30 flores azul-violáceas. Estas flores producen vainas que pueden contener hasta ocho semillas redondeadas. Una sola planta puede dar hasta varios centenares de semillas, que germinan en otoño. La Veza vellosa suele cultivarse para forraje. Se la encuentra en ocasiones en los campos de trigo y en los baldíos, donde puede haberse refugiado. Originaria del Mediterráneo, Asia occidental y norte de África, ha sido introducida en la mayor parte de Europa.

Esta planta robusta es originaria de la costa Pacífica de Norteamérica. Allí se cultiva como forraje para el ganado, o bien, trasladada al campo, sirve de abono orgánico. Además de una raíz pivotante vivaz, el altramuz desarrolla numerosas raíces secundarias provistas de nódulos. Las bacterias que viven en esos nódulos captan el hidrógeno, enriqueciendo el suelo. El altramuz sirve también para estabilizar los terraplenes que hay a lo largo de las vías del tren y de las carreteras, porque sus numerosas raíces evitan que el suelo se desplace. Esta planta presenta hojas redondeadas, muy pecioladas, con 13-15 folíolos alargados y racimos densos y erectos con flores azules o blanquiazules, semejantes a las del guisante. En las plantas cultivadas, las flores son de diversas tonalidades pastel.


Otra de las características más importantes de las plantas leguminosas es su capacidad de fijar el nitrógeno atmosférico en el suelo. Esto quiere decir que son capaces de hacer que el nitrógeno del aire se convierta en un nutriente aprovechable para las plantas en forma de nitrógeno mineral en la tierra. ¿Cómo lo consiguen? Gracias a la simbiosis que las leguminosas mantienen con las bacterias de la familia Rhizobium, estas plantas forman nódulos en sus raíces. Las bacterias toman el nitrógeno del aire, y lo convierten en nutrientes para la planta. Una vez la planta muera, estos nódulos cargados de nitrógeno se incorporarán tarde o temprano al suelo, enriqueciéndolo de forma natural. Los rizobios se encuentran siempre en todo tipo de suelos, con lo que simplemente con plantar las leguminosas estos entran en simbiosis con la planta y producen esta unión tan beneficiosa para el suelo. Incluso si al inicio aparecen pocos rizomas, solo será necesario dar algo de tiempo al cultivo.


Según las previsiones del Panel Intergubernamental del Cambio Climático para los próximos años, se espera que los cultivos del futuro crezcan en ambientes más secos y cálidos.

Los estreses ambientales (descenso en la precipitación, incremento en la temperatura, etc.) son factores clave en la producción y calidad de los cultivos. Por eso será necesario un mayor esfuerzo en el desarrollo de variedades mejor adaptadas a condiciones adversas para alcanzar la creciente demanda de alimentos.

La cara y la cruz de los fertilizantes

Junto con el desarrollo de variedades mejor adaptadas, en las últimas décadas se ha optado por aumentar el uso de fertilizantes nitrogenados. De esta forma se consigue incrementar la producción de manera efectiva y económica. Esto es así porque, en general, la respuesta del cultivo suele ser proporcional al nitrógeno aportado y este es relativamente barato. Tal es su éxito, que el uso global de fertilizantes nitrogenados ha aumentado casi un 800% desde 1961.

Otro dato que da fe de nuestra actual dependencia: se estima que los abonos sintéticos permiten alimentar a la mitad de la población mundial. O dicho de otra forma, la mitad de las calorías que consumimos han sido producidas gracias a este tipo de fertilizantes. Frente a estas indudables ventajas, existen inconvenientes.

En el mejor de los casos, solo el 50% del nitrógeno aplicado es tomado por los cultivos. ¿El resto? Parte acaba en las aguas, tanto superficiales como subterráneas, en forma de nitrato, parte se pierde a la atmósfera en forma de óxido nitroso. La principal fuente de emisión de este gas, con un potencial de calentamiento casi 300 veces mayor que el CO₂, son los abonos nitrogenados. Por lo tanto, el uso de estos abonos participa activamente en el calentamiento global.

Leguminosas al rescate

No todos los cultivos tienen la misma dependencia del nitrógeno sintético. Hay una familia de cultivos que es capaz de aprovechar el nitrógeno atmosférico, formando para ello una relación simbiótica con ciertas bacterias presentes en el suelo. Son las leguminosas: desde las lentejas a la alfalfa, pasando por alubias y garbanzos.

Esta relación tiene lugar en unos tejidos subterráneos específicos. Son los nódulos. En ellos, la planta huésped (en este caso las leguminosas) suministra al nódulo la fuente de carbono (energía) en forma de fotoasimilados. La bacteria, a cambio, le suministra el nitrógeno fijado, que puede ser usado por la planta, por ejemplo, para formar proteínas. Esto hace a las leguminosas prácticamente independientes del aporte de nitrógeno sintético.

Así, esta singular característica de las leguminosas puede ayudarnos a combatir el cambio climático de dos maneras:

  • * evitando el uso de abonos nitrogenados y la consiguiente emisión de óxido nitroso;
  • * reduciendo las emisiones de CO₂ asociadas a la producción de fertilizantes (se estiman en el 1,8 % del total de emisiones).

Además, los residuos que deja el cultivo de leguminosas (ricos en nitrógeno) enriquecen el suelo y fertilizan el cultivo siguiente de forma natural.

Entonces, ¿Cuál es el problema?

Con todas estas ventajas, se podría pensar que su uso debería estar extendido. Sin embargo, aunque a nivel global ocupan el 15% de la superficie cultivada, solo por detrás de los cereales, su éxito es mucho menor en Europa. Concretamente se cultivan en el 1,5% de la superficie agraria europea. Esto es debido, principalmente, a tres causas:

  • * Falta de aceptación por parte de los consumidores. Pese a ser un alimento arraigado en la cultura mediterránea, su consumo ha descendido por la introducción de nuevos patrones de consumo.
  • * Alta especialización de la agricultura europea en la producción de cereales y oleaginosas (girasol y colza). Esto provoca una dependencia de los abonos nitrogenados y de las importaciones de materias primas proteicas (Europa importa el 70 %, principalmente soja).
  • * Poco atractivo para los agricultores. Esto es debido a los bajos precios y a que su producción (en gran parte condicionada por su capacidad para fijar nitrógeno) se ve fuertemente afectada por estreses ambientales, muchos de ellos asociados al cambio climático.

El problema limita la solución

Como se ha indicado, su independencia de los abonos nitrogenados y su baja huella de carbono hacen de los distintos cultivos de leguminosas una gran herramienta para reducir el impacto de la agricultura en el cambio climático. Sin embargo, al mismo tiempo, la producción de leguminosas se ve fuertemente condicionada por los factores climáticos adversos asociados al mismo.

Es en este punto cuando la investigación entra en escena. El funcionamiento del nódulo está estrechamente relacionado con el estado fisiológico de la planta huésped. Por lo tanto, factores ambientales que afecten a la planta lo harán también a la fijación de nitrógeno por el nódulo y, en definitiva, a la producción. Es preciso incrementar nuestros conocimientos sobre los mecanismos que condicionan la fijación de nitrógeno atmosférico y su potenciación como herramienta de fertilización natural en un contexto de cambio climático.

El trabajo continuo y cooperativo de distintos grupos de investigación está permitiendo identificar y comprender estos mecanismos. Esta información permite identificar las variedades y perfiles fisiológicos y moleculares implicados en una producción más sostenible en condiciones de crecimiento adversas.


Instalaciones para estudiar el efecto del CO₂ en plantas leguminosas imitando condiciones reales. Departamento de Agricultura de Estados Unidos (Alabama, EE. UU.)

Foto: David Soba

Potenciar su producción y consumo

Como se ha visto, es imprescindible optimizar la gestión de los cultivos para alcanzar el objetivo fijado por la UE de reducir las pérdidas de nutrientes en un 50% y el uso de fertilizantes sintéticos en un 20% para 2030. Al mismo tiempo, estos deben satisfacer las demandas de una población creciente y con hábitos de consumo cambiantes. Todo ello bajo unas condiciones de cambio climático.

Con este fin, aprovechar las ventajas agronómicas y ambientales que ofrecen las leguminosas es clave. Para ello, es vital comprender el efecto que el calentamiento global tendrá sobre estos cultivos y, con esta información, seleccionar variedades más eficientes en condiciones climáticas futuras. Pero estas acciones, irremediablemente, deben ir unidas a otras medidas como incentivos al cultivo de leguminosas a través de la política agraria comunitaria y aquellas encaminadas a aumentar su consumo entre la población.

Sorgo, un nuevo aliado en la lucha contra el cambio climático

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SORGO, UN NUEVO ALIADO EN LA LUCHA CONTRA EL CAMBIO CLIMÁTICO

*David Soba es Investigador Postdoctoral en Agricultura Sostenible y Biomonitorización en el Instituto de Agrobiotecnología (IdAB - CSIC - Gobierno de Navarra) e Iker Aranjuez es Científico titular en Caracterización multidisciplinar encaminada al estudio de modelos agrícolas sostenibles en el Instituto de Agrobiotecnología (IdAB - CSIC - Gobierno de Navarra). Este artículo se publicó originalmente en The Conversation y se publica aquí bajo una licencia de Creative Commons.


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