Mostrando entradas con la etiqueta Antigua Roma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antigua Roma. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de septiembre de 2025

Los grandes barcos de guerra de Roma: Águilas del mar: la marina de guerra romana

 Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, nos entrega un reportaje sobre los grandes barcos de guerra del Imperio Romano, cuyos soldados fueron grandes guerreros cuando luchaban en tierra, pero nunca sintieron la misma pasión en las guerras que se enfrentaron en el mar, aún así lograron grandes victorias contra ejércitos más poderosos, tal como la batalla de Actium... siga leyendo....................


Los romanos eran fieros soldados cuando luchaban en tierra, pero nunca sintieron la misma pasión guerrera en el mar. Aun así, adaptaron la flota y las tácticas a su carácter y consiguieron grandes victorias ante potencias navales mucho mayores.


Dos naves de guerra en combate en un fresco del santuario de Isis de Pompeya.

wikimedia commons

Mientras fenicios y griegos surcaban el mar con el fin de fundar colonias y establecer sólidas rutas comerciales, los romanos prefirieron vertebrar la tierra construyendo innumerables calzadas que conectaban cada uno de los puntos de su vasto territorio. Quizá por el miedo a lo desconocido y a lo inesperado, los romanos sintieron repulsión hacia el mar. 

Ejemplo de esta actitud son las palabras de un soldado a Marco Antonio antes de la batalla de Actium: «¿Por qué pones tus esperanzas en unos maderos podridos? Que combatan en el mar egipcios y fenicios. A nosotros danos tierra, en la que estamos acostumbrados a mantenernos firmes hasta morir o vencer». Las conquistas pusieron en manos de Roma todas las orillas del Mediterráneo, convertido en el Mare Nostrum («nuestro mar»), y aunque los romanos no sintieron apego al agua, muchas de las grandes contiendas de su historia se decidieron en el mar. 

En sus inicios, el poderío militar romano se basó en una formidable infantería; los pocos barcos que tenía Roma los empleaba en hacer frente a posibles ataques externos y en labores de vigilancia, por lo que no consideraba necesario tener una escuadra en condiciones. Este desprecio por la guerra marítima se hizo evidente en el año 338 a.C., después de la victoria contra el pueblo latino de Ancio, que tenía una pequeña flota. Los romanos no supieron qué hacer con esas naves y decidieron llevar una parte a sus astilleros e incendiar el resto. Una vez desmontados los barcos, se quedaron los espolones como trofeo y los incrustaron en la tribuna principal del Foro; de ahí el nombre de ese espacio: Rostra, «espolones».


Legionarios listos para el combate en galeras equipadas con torres de combate. Relieve de la batalla de Actium encontrado en Italia y hoy expuesto en la Casa de Pilatos de Sevilla.

wikimedia commons 

Tras la conquista de la península Itálica llegó el conflicto con Cartago por el control de Sicilia, y a mediados del siglo III a.C. estalló la primera guerra púnica. Los cartagineses eran un pueblo de gran tradición marítima y la superioridad púnica en el mar era evidente. Pero la mentalidad práctica romana y su habilidad para aprovechar y mejorar aquello en lo que otros pueblos eran superiores, convirtieron su defecto en una virtud. En su Historia, Polibio cuenta «de qué modo se hicieron marinos por primera vez los romanos». 

Según su relato, tomaron como modelo un barco de combate cartaginés encallado a orillas de Sicilia para construir una flota de cien quinquerremes y veinte trirremes.  «De no haber acaecido este accidente, sin duda su impericia les hubiera imposibilitado llevar a cabo la empresa», aseguraba. Pero el ingenio romano también produjo brillantes ideas originales, y para vencer a los cartagineses idearon una serie de artilugios que ajustaban las condiciones náuticas a su carácter poco propenso a actividades marítimas.



Un ‘cuervo’ para el abordaje

Si los romanos destacaban en el combate en tierra firme, lo más práctico era convertir una batalla marítima en un enfrentamiento terrestre. Así nació el corvus o «cuervo», una pasarela que se lanzaba sobre el barco enemigo y se enganchaba a él con un garfio similar al pico de aquella ave. Esto permitía a la infantería romana abordar el navío y entablar un combate cuerpo a cuerpo, en el que sus soldados eran expertos, además de capturar el barco sin hundirlo. El corvus ya demostró su eficacia en el primer combate naval de envergadura que emprendieron los romanos. En el año 260 a.C., frente a las costas de Milas (al norte de Sicilia), el cónsul Cayo Duilio derrotó contra todo pronóstico a la armada cartaginesa, capturando o hundiendo 50 barcos enemigos. Tan sonada fue esta victoria que al cónsul le fue concedido el privilegio de celebrar un triunfo en Roma. 


Columna decorada con espolones en honor al cónsul Cayo Duilio por su victoria en milas. Museo de la Civilización Romana, Roma.

wikimedia commons 

Cuatro años después, al sur de Sicilia, la eficacia militar romana volvió a ser decisiva. En la batalla del cabo Ecnomo, aunque las dos flotas estaban bastante equilibradas, Roma demostró una vez más su mayor capacidad operativa. Las cifras del enfrentamiento no dejan lugar a dudas: 198 barcos hundidos o capturados en el bando cartaginés por tan  sólo 24 de la flota romana. La guerra acabó en el año 241 a.C. con otra aplastante victoria naval romana al este de Sicilia, en las islas Egadas. Cartago perdió la mitad de su flota y tuvo que firmar la paz. 

Después de las guerras púnicas, Roma usó su armada contra los piratas y sobre todo como soporte logístico en campañas militares terrestres. Julio César, por ejemplo, empleó la flota en su conquista de las Galias cuando se enfrentó en el año 56 a.C. a los vénetos, en la actual Bretaña. Los navíos romanos estaban preparados para el tranquilo mar Mediterráneo pero no para soportar las grandes olas del océano Atlántico. 

En Leptis Magna, un importante enclave comercial del norte de África que pasó de manos cartaginesas a romanas tras las guerras púnicas, se alzan los dos arcos de triunfo de la imagen, erigidos por Septimio Severo y Antonino Pío.

iStock 

Los barcos vénetos eran más resistentes, con quillas más planas y proas más altas. Los buques romanos eran más rápidos, pero no podían embestir a los barcos enemigos ni arrojar flechas certeras, así que César –igual que había hecho Duilio dos siglos antes contra los cartagineses, en Milas– optó por emplear técnicas terrestres en el mar. Armó sus barcos con pértigas que tenían unos garfios en la punta, y con ellos destrozaron los mástiles de las naves galas facilitando su abordaje. 
Un año más tarde, recurrió de nuevo a la flota en su primera expedición a Britania (la isla de Gran Bretaña). La escena que describe César evoca otro episodio ocurrido dos mil años más tarde al otro lado del Canal: el desembarco de Normandía. Los legionarios salieron de los botes a varios metros de la costa y se vieron obligados a avanzar haciendo frente al oleaje, con el peso de sus armas a cuestas; bajo una lluvia de flechas y acosados por la caballería britana. 


Batalla naval del cabo Ecnomo durante la Primera Guerra Púnica. Dibujo de Gabriel de Saint-Aubin 1763.

wikimedia commons 

El propio general reconocía en sus crónicas que sus soldados, «aterrados y no acostumbrados a este tipo de lucha, no empleaban la misma fiereza que en los combates a pie». Hasta que el portaestandarte del águila, el emblema de las legiones, se lanzó al mar gritando: «Saltad, si no queréis que el águila acabe en manos del enemigo». Estas palabras insuflaron ánimo en los legionarios, que se emplearon a fondo hasta llegar a la orilla y lograron poner en fuga a los britanos.



La batalla por el poder

El último gran escenario en el que la marina jugó un papel decisivo fue la batalla de Actium, que en el año 31 a.C. decidió la guerra civil entre Marco Antonio y Octavio, el futuro emperador Augusto. La flota de Antonio contaba con unos quinientos barcos y más de cien mil hombres y era superior a la de Octavio en número de soldados, pero no en barcos, que eran grandes octarremes y decarremes, muy difíciles de maniobrar. Esto permitió a las naves de Octavio, más pequeñas y ligeras, rodear y apresar los enormes barcos de su contrincante. El resultado final del combate fue la huida de Marco Antonio y Cleopatra a Alejandría, y la captura por parte de Octavio de unos trescientos navíos. Una victoria aplastante que decidió el curso de la guerra.

Una vez en el poder y sin grandes enemigos en el mar, Augusto adaptó la flota a la nueva situación de hegemonía absoluta de Roma y la distribuyó en pequeñas bases por los ríos que marcaban las fronteras naturales del Imperio. Estableció una escuadra permanente en Miseno y otra en Ravena, con embarcaciones ligeras: birremes y liburnas construidas a imitación de los veloces navíos piratas que debían combatir. Siglos más tarde, el Imperio romano de Oriente asumió la hegemonía de los mares y construyó barcos más pequeños, con dos velas para aprovechar el viento, que anticiparon el tipo de navío que se emplearía en la Edad Media.

NATIONAL GEOGRAPHIC 
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

sábado, 6 de mayo de 2023

UNA CIUDAD LLENA DE PLACERES Y PELIGROS: Así era la Roma imperial: un paseo por la ciudad eterna

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., Roma la ciudad eterna, fue y siguió siendo la ciudad más bella de Europa, vamos imaginarnos en el año 300 d.C., con 700,000 habitantes; quienes visitaban la ciudad no dejaban escapar la ocasión para tomar un baño en las termas de Caracalla, ver una carrera de cuadrigas en el Circo Máximo o ir de compras en los bien surtidos mercados de Trajano, o asistir al Coliseo Romano a divertirse en las peleas los gladiadores...."Los viajeros accedían a Roma a través de diecisiete puertas abiertas en la muralla que Aureliano había mandado construir en el año 271 d.C. para proteger la capital de las incursiones bárbaras. Una de las más frecuentadas era la Porta Ostiensis. Quienes viajaban por mar desembarcaban en Ostia (Roma tenía un puerto fluvial, pero allí solo se transportaban mercancías), donde tomaban un carro de pasajeros tirado por mulas, la cisia, que los acercaba a la capital por la vía Ostiense en menos de dos horas. En el trayecto en carro se alcanzaban a ver las salinas del Tíber y los cientos de esclavos y bueyes que servían para arrastrar río arriba las pequeñas naves cargadas con los productos necesarios para abastecer las necesidades de una ciudad densamente poblada...."  ... siga leyendo...................

En torno al año 300 d.C., quienes visitaban Roma no dejaban escapar la ocasión para tomar un baño en las termas de Caracalla, ver una carrera de cuadrigas en el circo Máximo o ir de compras por los bien surtidos mercados de Trajano.


Vista del Foro de Roma desde el Palatino. Al fondo, la basílica de Majencio.

iStock

Actualizado a 

Hacia el año 300 d.C., aunque ya mostraba signos de decadencia, Roma seguía siendo la ciudad más poblada del Mediterráneo, con unos 700.000 habitantes, y concentraba en el interior de sus murallas los principales núcleos administrativos y comerciales del Imperio.

Ciudadanos de todo el mundo acudían a la metrópoli para resolver asuntos judiciales, para establecer contactos comerciales o, simplemente, para admirar sus sofisticadas infraestructuras y los magníficos monumentos de un pasado glorioso.


LA LLEGADA A LA URBE

Los viajeros accedían a Roma a través de diecisiete puertas abiertas en la muralla que Aureliano había mandado construir en el año 271 d.C. para proteger la capital de las incursiones bárbaras. Una de las más frecuentadas era la Porta Ostiensis. Quienes viajaban por mar desembarcaban en Ostia (Roma tenía un puerto fluvial, pero allí solo se transportaban mercancías), donde tomaban un carro de pasajeros tirado por mulas, la cisia, que los acercaba a la capital por la vía Ostiense en menos de dos horas. En el trayecto en carro se alcanzaban a ver las salinas del Tíber y los cientos de esclavos y bueyes que servían para arrastrar río arriba las pequeñas naves cargadas con los productos necesarios para abastecer las necesidades de una ciudad densamente poblada. 

Quienes viajaban por mar desembarcaban en Ostia, donde tomaban un carro de pasajeros tirado por mulas que los acercaba a la capital por la vía Ostiense.


Pirámide de Cayo Cestio, en Roma.

Livioandronico 2013 (CC BY-SA 4.0)

Conforme el viajero se acercaba a la ciudad podía ver las numerosas tumbas situadas a ambos lados de la vía y tal vez tropezaba con algún cortejo fúnebre, precedido por flautistas y plañideras, que guiaba al difunto y a sus familiares y amigos hasta el sepulcro. Sin duda, no dejaría de fijarse en una tumba en forma de pirámide erigida por un liberto adinerado del siglo I a.C., justo al lado de la puerta. Allí mismo dejaría el carro en la estación de cambio (mutatio) cercana a la puerta de la muralla, en la que se podía dar de beber y de comer a los animales antes de emprender el camino de regreso con nuevos pasajeros, y acto seguido se adentraba en la bulliciosa metrópoli.

EL PUERTO FLUVIAL

Antes de empezar a callejear, si lo requería, el viajero podía aliviarse en los retretes públicos, letrinas situadas junto a la puerta de la muralla y comer algo en alguna de las numerosas posadas (llamadas cauponae o tabernae) que ofrecían raciones de jamón, queso, aceitunas y vino. Desde la puerta tenía la opción de tomar un camino por la izquierda que lo llevaba al puerto fluvial de Roma, el llamado Emporium, donde se alzaban los inmensos graneros de la Marmorata. El ambiente allí era de ajetreo incesante.

El viajero podía comer algo en alguna de las numerosas posadas que ofrecían raciones de jamón, queso, aceitunas y vino.


Interior del panteón de Roma, con su gran cúpula, obra del arquitecto Apolodoro de Damasco.

iStock

Elio Arístides, un retórico griego del siglo II d.C., afirmaba en su Elogio de Roma que en el puerto del Tíber "confluye de cada tierra y de cada mar lo que generan las estaciones y producen las diversas regiones, ríos, lagos y las artes de los griegos y de los bárbaros. Si uno quiere observar todas estas cosas, tiene que ir a verlas viajando por todo el mundo conocido o venir a esta ciudad, pues cuanto nace y se produce en cada pueblo es imposible que no se encuentre siempre aquí y en abundancia".

En efecto, al puerto fluvial de Roma llegaban cargamentos de la India y de Arabia, tejidos babilonios, adornos de las regiones bárbaras, mármoles griegos y africanos, aceite hispano y, principalmente, toneladas de trigo de Sicilia y de Egipto, que se depositaban en los almacenes del puerto, los horrea. La mayor parte de ese trigo se distribuía después gratuitamente por las panaderías industriales diseminadas por la ciudad para asegurar el pan a los más pobres.

para saber más

Cuadro pintado en el año 1889 por Edwin Lord Weekss en el que puede verse un mercado en la India.

MUZIRIS, PUERTO COMERCIAL Y COLONIA ROMANA EN LA INDIA

Leer artículo



DEL MONTE TESTACCIO AL AVENTINO

Cerca del puerto había numerosos hornos de pan (Forum Pistorium) así como dos grandes mercados: uno de frutas y verduras (Forum Holitorium) y otro de carne (Forum Boarium). Las ánforas en las que llegaban envasados el aceite y el vino, una vez vaciadas se rompían y se tiraban a un depósito al sur del puerto fluvial, que terminó convirtiéndose en una colina artificial de treinta metros de altura y de un kilómetro de circunferencia, conocida hoy como el monte Testaccio. Si el viajero deseaba evitar el jaleo del puerto, podía, desde la puerta Ostiense, emprender la subida al monte siguiendo el camino denominado ventino vicus portae Radusculanae.

Las ánforas vacías se tiraban a un depósito al sur del puerto fluvial que terminó convirtiéndose en una colina artificial de treinta metros de altura.


Imagen aérea del Coliseo romano construido entre los años 72 y 80 d.C.

Foto: iStock


Gladiadores-podian-obtener-su-libertad-de-dos-maneras-comprandola-con-sus-ahorros-o-ganando-muchos-combates_82c0ac71_1280x124


Por su parte, el Aventino era una de las zonas más venerables de Roma. Allí se había alzado la acrópolis desde la que la plebe romana se había enfrentado a los patricios y que había albergado numerosos templos. Hacia 300 d.C. estos se hallaban ya deteriorados, como el templo de Diana –copia del Artemision de Éfeso– y los santuarios de Ceres, Libero y Libera. Cercanos a estos, en los últimos tiempos habían surgido templos dedicados a dioses orientales, como Júpiter Doliqueno, Mitra e Isis.

Las casas populares que cubrían el monte antiguamente habían sido sustituidas paulatinamente por refinadas residencias aristocráticas, que gozaban de una ubicación excelente, cercana al centro neurálgico de la ciudad y con vistas incomparables sobre Roma. No era de extrañar que en un lugar tan privilegiado hubieran tenido su residencia personajes como Augusto, Trajano y Adriano antes de ser nombrados emperadores.

para saber más

Vista del Foro romano.

EL FORO DE ROMA

Leer artículo



UNA TARDE EN EL CIRCO

En la ruta hacia el circo Máximo, el camino pasaba por los aledaños de dos termas privadas de lujo, las Suranae y las Decianae, y de las termas públicas construidas por el emperador Caracalla, que podían acoger a 1.600 bañistas por turno y en torno a 8.000 personas al día. Las termas de Caracalla no eran tan grandes como las establecidas por el emperador Diocleciano al norte de la ciudad, entre los barrios del Quirinal, el Viminal y el Esquilino, pero ofrecían igualmente magníficas piscinas de agua caliente y fría y pórticos y jardines en los que se podían contemplar bellas esculturas y asistir a conciertos y recitales poéticos.


Detalle de las termas construidas por el emperador Caracalla en Roma.

iStock

Continuando el paseo hacia el norte se llegaba al circo Máximo, el mayor edificio de espectáculos con el que contó Roma. Fundado en el siglo VI a.C., fue objeto de continuas restauraciones y ampliaciones hasta dar acogida a nada menos que 385.000 espectadores. En él se desarrollaban principalmente carreras de caballos al menos una vez a la semana. Asistir a uno de los ludi circenses resultaba una experiencia inolvidable. Según recordaba el obispo cristiano Juan Crisóstomo: " El edificio se llena hasta las últimas gradas. Las caras son tan numerosas que el corredor superior y el techo mismo quedan escondidos por la masa de espectadores y no se ven ni ladrillos ni piedras, sino que todo es rostros y cuerpos humanos (venationes)".

El circo Máximo era el mayor edificio de espectáculos con el que contó Roma. Podía acoger  a nada menos que 385.000 espectadores.


Roma Imperial circo-maximo_785243d3_230426120624_800x508

Eran frecuentes, además, las representaciones teatrales en el teatro de Marcelo y, solo diez días al año, los cuestores de la ciudad pagaban juegos gladiatorios y cacerías, que tenían lugar en el anfiteatro Flavio, el Coliseo. Hay que tener presente que en el siglo IV había 177 días festivos en el calendario romano, aunque el pueblo solo abandonaba sus ocupaciones para ir a los espectáculos durante algunas horas.

para saber más

Coliseo de Roma

GLADIADORES, COMBATES A MUERTE EN EL ANFITEATRO

Leer artículo



EL AJETREO DEL FORO

Desde el Coliseo, el viajero se vería sin duda arrastrado hacia la zona de los foros, tanto el de época republicana como los adyacentes construidos por Julio César, Augusto, Vesapasiano, Nerva y Trajano. Esta era sin duda la zona más concurrida y bulliciosa de la ciudad. En el Foro romano, en particular, se podía encontrar todo tipo de personas dedicadas a los oficios más diversos, no siempre respetables. El comediógrafo Plauto había descrito así el ambiente del Foro: "Los maridos ricos y los derrochones se pueden buscar en los alrededores de la basílica; allí también están las mujeres de mala vida y los negociantes sin escrúpulos […]. En la parte más baja del Foro pasean las personas honestas y los ricos, y en el centro, los fanfarrones. Bajo los viejos talleres, están los usureros. En el vicus Tuscus se encuentran los hombres que comercian con su cuerpo; en el Velabro, el panadero, el carnicero, el arúspice [adivino], los embrollones…".



Vista nocturna del Foro romano. En primer término, el templo de Saturno.

iStock

Por encima de las voces de todos ellos se podía oír al pregonero anunciando los espectáculos patrocinados por los ricos o a algún orador que pronunciaba sobre la nueva tribuna el elogio fúnebre de un difunto, acompañado por el clamor de tubas y cuernos; e incluso podían aparecer los senadores reunidos sobre las escalinatas de alguno de los templos de la plaza. Como apuntaba Plauto, por la noche, después de que las tiendas, los talleres y las oficinas de la administración pública hubieran cerrado, el Foro se convertía en lugar de encuentro para la prostitución, tanto masculina como femenina, aunque existían también prostíbulos (lupanares) repartidos por toda la ciudad.

Por la noche, el Foro se convertía en lugar de encuentro para la prostitución, tanto masculina como femenina.


Panorámica de los Mercados de Trajano, en Roma.

iStock

Si el forastero que visitaba Roma quería ir de compras, lo primero que tenía que hacer era cambiar moneda en el puesto de un banquero, que solía encontrarse en el centro de los mercados permanentes (macella). Después podía adquirir productos de mayor calidad en las tiendas cercanas al Foro o en las instaladas dentro de los mercados de Trajano, el mayor centro comercial de Roma, o bien buscarlos a bajo precio en los puestos ambulantes de los mercadillos que se organizaban en los barrios cada nueve días (nundinae).

para saber más

Relieve de un sarcófago romano que representa a una pareja viajando en un carruaje.

IMPOSIBLE PEGAR OJO: LA AGITADA VIDA NOCTURNA EN LA ANTIGUA ROMA

Leer artículo



BARRIOS BULLICIOSOS

Separado del foro de Augusto por un alto muro de piedra, que servía también de cortafuegos, se encontraba el barrio de la Subura, famoso como centro de prostitución. La calle que atravesaba el barrio, el clivus suburanus, era una áspera vía siempre interrumpida por el lento paseo de las recuas de mulas, según describe Marcial, con el empedrado sucio y mojado por el agua de la fuente de Orfeo. Más allá de aquella fuente comenzaba un barrio de fastuosas mansiones dotadas de grandes peristilos internos, como la que habitó Plinio el Joven. Con la Subura colindaba por el noreste el Sambucus, un barrio popular de callejones tortuosos e irregulares y de casas rústicas, dotadas de pequeños postigos, corrales y huertos, donde los vecinos se despertaban cada mañana con el canto de los gallos.

La calle que atravesaba el barrio de la Subura, el clivus suburanus, era una áspera vía siempre interrumpida por el lento paseo de las recuas de mulas.


La Vía Apia fue una de las calzadas más importantes de la antigua Roma.

Foto: iStock

Paseando por aquellos barrios, el viajero podía tener la falsa sensación de estar en un pueblo. Pero si dirigía sus pasos hacia la vía Flaminia, que partía desde el Foro hacia el norte de Roma, encontraría un panorama de grandes bloques de apartamentos (insulae), de entre tres y ocho plantas. Las vertiginosas torres de viviendas que "parecían alcanzar las nubes", según describen los poetas romanos, eran grandes moles de ladrillo organizadas en torno a un patio de luz interno, con accesos y escaleras colocados en diversos lados y dotados de amplios balcones.

En cada esquina del edificio había una fuente y a lo largo de la calle se levantaba un amplio porticado, sobre el que se abrían diferentes negocios en los que vivían hacinados los esclavos que los gestionaban. Los mejores apartamentos estaban en los pisos bajos, mientras que los más pequeños y peor ventilados ocupaban los pisos más altos.

para saber más

iStock-1072649552

EL ALQUILER EN LA ANTIGUA ROMA: CARO Y SIN COMODIDADES

Leer artículo



UN LUGAR PARA PASAR LA NOCHE

Pasada la jornada en medio del bullicio de la gente, el ruido de los carros, las continuas y repetitivas cantinelas de los vendedores o los malos olores de las lavanderías y los mercados, llegaba el momento de buscar alojamiento para la noche. Lo más habitual era alojarse en casa de un ciudadano con el que la familia tenía un pacto de hospitalidad, el cual se demostraba mediante una tessera hospitalis, un objeto, normalmente en bronce, compuesto por dos partes que encajaban entre sí.

Para pasar la noche lo más habitual era alojarse en casa de un ciudadano con el que la familia tenía un pacto de hospitalidad.

Según las normas de hospitalidad, el anfitrión debía recibir a su huésped, hacer un sacrificio en su nombre, prepararle un baño, servirle una buena cena, darle conversación, ofrecerle una cama cómoda y colmarlo de regalos a su partida. Pero si no era así, había que conformarse con un camastro en el piso superior de una caupona, un bar normalmente mugriento y oscuro, en donde se daban cita borrachos, jugadores y prostitutas.


NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

Mi lista de blogs