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lunes, 6 de diciembre de 2021

CURIOSIDADES DE LA HISTORIA: EPISODIO 79 : Diógenes, el filósofo que vivió como un perro

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., el filósofo Diógenes fue un hombre de la "Contracultura", que durante su vida fue extravagante y amante de los gestos escandalosos, pertenecía a la Escuela Cínica; él vivió como un vagabundo en las calles de Atenas, convirtiendo a la pobreza material extrema en una virtud..... "Si hay espíritus que con su insolente orgullo desean ocultar las heridas de su roto corazón, Diógenes era todo lo contrario: su aparente insensatez era una máscara bajo la que se escondía un conocimiento certero de la naturaleza humana; y su polémico estilo de vida, una provocadora manera de denunciar los vicios de su época...." .... siga leyendo.............


Llegado a Atenas como un desterrado, Diógenes se adhirió a la secta filosófica de los cínicos y se rebeló contra todos los valores de una sociedad que consideraba corrupta.

Foto: AKG / ALBUM

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El filósofo Diógenes fue durante su vida una figura extravagante y amante de los gestos escandalosos, un representante único de la «contracultura» de la antigua Grecia, que con total desvergüenza arremetía contra todos, desde reyes a simples esclavos. Vivió en Atenas y en Corinto e hizo alguna visita a Esparta, aunque en realidad era un hombre sin hogar, como muchos griegos de esa época. La sumisión a los reyes macedonios y los continuos reveses políticos habían hecho del destierro una suerte común para muchos que, como Diógenes, la sufrieron a lo largo de su existencia. Cabría considerarlo como el primer apátrida que se autoproclamó con orgullo «ciudadano del mundo» y usó su chusco humor para atentar contra el buen tono y contra esa sociedad «farisaica» que había hecho ricos a unos pocos a costa de la desgracia y la ruina de la gran mayoría.

Diógenes nació en Sinope, una ciudad en la costa turca del mar Negro, y tuvo en su juventud una existencia feliz, ya que era hijo de un banquero. Pero fue desterrado de Sínope por una acusación de falsificar moneda. Diógenes declararía que lo hizo sólo para cumplir un mandato del oráculo de Delfos que le ordenaba «invalidar la moneda en curso» y que sólo más tarde comprendió el verdadero sentido de las palabras del dios: rechazar la falsa moneda de la sabiduría convencional, demostrando la superioridad de la naturaleza sobre la costumbre. Esta idea se convertiría en la piedra angular de su actividad filosófica, y lo hizo mostrarse audaz y estar preparado ante cualquier embate del caprichoso azar.

Rechazar la falsa moneda de la sabiduría convencional, demostrando la superioridad de la naturaleza sobre la costumbre

EL EJEMPLO DE UN RATÓN

Diógenes recaló en Atenas, donde trató de seguir las enseñanzas del filósofo Antístenes, un discípulo de Sócrates que había fundado la escuela de los cínicos, así llamada por su insistencia en denunciar los vicios de la ciudad, «ladrando » contra ellos desde una tribuna (kynikós significa «canino» en griego). Tanto empeño puso en seguir a Antístenes que cuando éste lo apartaba de su lado a bastonazos Diógenes le gritaba: «¡Golpea!, que no encontrarás palo lo bastante duro como para apartarme».

Los cínicos se caracterizaban por la total renuncia a los bienes materiales y los placeres sensuales, y Diógenes llevó esta actitud a su extremo, como relatan las múltiples anécdotas que recogió Diógenes Laercio en sus Vidas de filósofos ilustres. Por ejemplo, en una ocasión en que Atenas se encontraba de fiesta y por doquier se veían coloridos espectáculos, desfiles magníficos, suntuosas ceremonias en templos y mansiones, Diógenes permanecía acurrucado en una esquina como para echarse a dormir, algo dolido por verse marginado y fuera de la diversión. Pero entonces apareció un pequeño ratón y vio cómo se comía con fruición las pocas migas que se habían caído del pan que había sido su cena. «¿De qué te quejas? –se dijo a sí mismo–, mira que este ratón se contenta simplemente con los restos de tu propia comida, mientras que tú, al contrario, te lamentas por no poder emborracharte con ésos allá abajo». Entonces volvió su mirada sobre la ciudad y, aunque no tenía casa, se reconfortó al pensar que la avenida por donde pasaban las procesiones la habían decorado los atenienses para que él viviera allí.

Así, como un pobre que no buscaba ni bienes ni fortuna, se aposentó en el ágora, centro de la vida política de la ciudad, para observar el bullicio urbano y las fútiles ocupaciones con las que los ciudadanos llenaban su existencia. La gente le gritaba: «¡Perro!», a lo que él replicaba: «¡Perros sois todos vosotros que me rondáis cuando como!».

Como jamás le daban limosna, Diógenes denunciaba que la gente ejercía la caridad con los pobres y tullidos, pero no con los filósofos, porque creían que se podía ser cojo o ciego, pero nunca dedicarse a pensar, sobre todo con una filosofía tan incómoda para la sociedad. «Veo en esta ciudad –solía afirmar– a muchos que se entrenan duramente como corredores, pero ninguno que haga el sincero esfuerzo de ser un hombre honesto; músicos que se afanan en templar a tono las cuerdas de su lira, cuando no saben acompasar sus pasiones al verdadero son del espíritu humano; y hasta oradores que se llenan la boca hablando de justicia, pero pocos que parezcan ponerla en práctica».

Diógenes prefería criticar el mundo desde la pobreza antes que vivir en una sociedad embrutecida por el dinero.

Así fue como Diógenes se acostumbró a usar en sus peregrinaciones por Grecia cualquier lugar para casi cualquier cosa, ya fuera comer, dormir o soltar sus diatribas. La tinaja de vino que le sirvió a veces de cubículo era toda una declaración de principios: el hombre había de volver a la naturaleza a través de una rigurosa contención para conquistar su propia libertad. Diógenes prefería criticar el mundo desde la pobreza antes que vivir en una sociedad embrutecida por el dinero.

EL EXHIBICIONISTA

Este modo de vida le valió el desprecio de los otros filósofos, aunque no parece que esto lo preocupara. En efecto, Diógenes siempre se negó a tomarse en serio los debates que causaban furor en su época; lo suyo era la práctica de unos pocos y sencillos principios éticos ante los cuales los grandes sistemas filosóficos resultaban inútiles. También a este respecto corrían anécdotas. Un día se pasó por la Academia y viendo que Platón defendía ante sus alumnos que el hombre era un animal bípedo sin plumas, tomó un gallo, lo peló y lo echó en medio de la escuela al grito de: «¡Ahí va un hombre de Platón!».

En verdad, Diógenes debía de parecer un loco a quienes lo veían en pleno verano revolcándose por la arena caliente y en invierno abrazado a las frías estatuas de mármol, cubiertas de nieve. Ventoseaba ruidosamente en lugares concurridos (incluso durante una de sus teatrales peroratas), orinaba descaradamente encima de alguien como un chucho cualquiera y hasta se masturbaba en público para escándalo de los transeúntes, a lo que siempre replicaba: «¡Ojalá fuera igualmente fácil quitarme el hambre con tan sólo frotarme la tripa!». Pero en todas estas provocaciones había un serio trasfondo ético: limitar los deseos a las verdaderas necesidades que la naturaleza prescribe, pues es condición de los dioses el no desear nada (ni siquiera los sacrificios con que se les rinde culto), comportamiento a imitar por quienes querían parecerse a ellos.

Una vez la ciudad sufrió un asedio y todos empezaron a correr por las calles para prepararse. Diógenes empezó a hacer rodar su tinaja de un lado a otro para no desentonar en medio de ese jaleo que veía inútil: era absurda tanta actividad y empeño en un momento en que las libertades democráticas eran un mero recuerdo.

VIVIR Y MORIR SIN EQUIPAJE

Al llegar a la vejez, uno de sus amigos le aconsejó que relajara un poco los rigores a los que se sometía, pero Diógenes le contestó: «Esto es como si, en plena carrera y cuando estuviera a punto de alcanzar la meta, se me aconsejara que parase».

Murió, pues, en la misma pobreza en la que había vivido, como parece revelar este ruego al barquero del infierno, Caronte, que le sirvió de epitafio: «Acoge, aunque lleves tu barca espantable de muertos cargada, al perro Diógenes. No tengo equipaje, sino una alcuza, la alforja, mi mísera capa y el óbolo con el que pagan los muertos su paso. Cuanto en la vida tenía, todo ello lo llevo conmigo al Infierno; nada en el mundo he dejado».

Si hay espíritus que con su insolente orgullo desean ocultar las heridas de su roto corazón, Diógenes era todo lo contrario: su aparente insensatez era una máscara bajo la que se escondía un conocimiento certero de la naturaleza humana; y su polémico estilo de vida, una provocadora manera de denunciar los vicios de su época.


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Alejandro Magno visita a Diógenes en Corinto, por W. Matthews (1914).


La charla de Alejandro Magno con Diógenes. Una obra de Achilles Vassiliou en la plaza central de Kalamia Corinto.


Diogenes buscando hombres honestos. Cuadro atribuido a J. H. W. Tischbein (ca. 1780).


Diógenes sentado en su tinaja. Jean-Léon Gérôme (1860).


Diógenes (1882) por John William Waterhouse.


Giovanni Battista Langetti - Diogenes
WIKIPEDIA.

Diógenes de Sinope (en griego Διογένης o Diogenes o Sinopeus), también llamado Diógenes el Cínico, fue un filósofo griego perteneciente a la escuela cínica. Nació en Sinope, una colonia jonia del mar Negro,1​ hacia el 412 a. C. y murió en Corinto en el 323 a. C.2​ No legó a la posteridad ningún escrito; la fuente más completa de la que se dispone acerca de su vida es la extensa sección que Diógenes Laercio le dedicó en su Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres.

Diógenes fue exiliado de su ciudad natal y se trasladó a Atenas, donde se convirtió en un discípulo de Antístenes, el más antiguo pupilo de Sócrates. Diógenes vivió como un vagabundo en las calles de Atenas, convirtiendo la pobreza material extrema en una virtud. Se dice que vivía en una tinaja, en lugar de una casa, y que de día caminaba por las calles con una lámpara encendida diciendo que “buscaba hombres” (honestos). Sus únicas pertenencias eran: un manto, un zurrón, un báculo y un cuenco (hasta que un día vio que un niño bebía el agua que recogía con sus manos y se desprendió de él). Ocasionalmente estuvo en Corinto donde continuó con la idea cínica de autosuficiencia: una vida natural e independiente a los lujos de la sociedad. Según él, la virtud es el soberano bien. Los honores y las riquezas son falsos bienes que hay que despreciar. El principio de su filosofía consiste en renunciar por todas partes lo convencional y oponer a ello su naturaleza. El sabio debe tender a liberarse de sus deseos y reducir al mínimo sus necesidades.

WIKIPEDIA.

Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

domingo, 21 de noviembre de 2021

PERSONAJE CLAVE DE LA ILUSTRACIÓN : Voltaire, el filósofo que siempre tenía razón

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., entre los grandes pensadores franceses de la ilustración, muy pocos fueron tan atrevidos con el sarcasmo, tal como lo fue François-Marie Arouet, más conocido con el seudónimo de Voltaire, quien se caracterizó  por ser un crítico feroz, que todo lo consideraba equivocado, y no dejaba títere con cabeza; obligándole a los largo de su vida a viajar huyendo de un país a otro continuamente . "...Sus críticas más feroces iban dirigidas contra la religión, que consideraba en la mayoría de sus formas la fuente de toda la ignorancia e intolerancia. Al cristianismo lo consideraba “la religión más ridícula, absurda y sangrienta que ha infectado este mundo” y llegó a pedir al rey prusiano que “extirpara esa infame superstición si quería dejar algún buen legado tras su muerte”. De los judíos decía que eran “gente ignorante y bárbara que ha unido la avaricia más sórdida, la superstición más detestable y el odio más intenso hacia el resto de la gente que les tolera y enriquece”. A Mahoma, sobre quien llegó a escribir una obra de teatro, lo llamó “vendedor de camellos” y “un charlatán que dijo haber hablado con ángeles, subido a los cielos y escrito un libro ininteligible que a cada página hace estremecer al sentido común”.... siga leyendo.....


Lectura de la tragedia El huérfano de la China de Voltaire en el salón de madame Geoffrin en 1755 (1812), por Lemonnier, castillo de Malmaison. Fue un encargo de la emperatriz Josefina. Entre los asistentes, en presencia de un busto de Voltaire, entonces exiliado, están entre otros Montesquieu, Rousseau y otros numerosos enciclopedistas y pensadores de la Ilustración francesa.
WIKIPEDIA.

Entre los grandes pensadores de la Ilustración, pocos fueron tan atrevidos como Voltaire. Fue un crítico feroz de todo lo que consideraba equivocado; no dejaba títere con cabeza, obligándole a lo largo de su vida a viajar huyendo de un país a otro continuamente.







Imagen: Musée Carnavalet

"No siempre podemos agradar, pero siempre podemos tratar de ser agradables”. Una afirmación que su autor, François-Marie Arouet, más conocido por el seudónimo de Voltaire, no se aplicaba a sí mismo. Al contrario, el que fuera uno de los mayores pensadores ilustrados se caracterizó a lo largo de su agitada vida por exhibir una escasa diplomacia, lo cual lo llevó a huir constantemente de un país a otro.

UNA VIDA ERRANTE

Nacido el 21 de noviembre de 1694 en Châtenay-Malabry, en las afueras de París, este hijo de notario decidió dejar sus estudios de derecho para dedicarse a las letras. El motivo, según él, fue que no quería convertirse en un funcionario más, a pesar de lo cual compaginó su actividad literaria con trabajos en oficinas gubernamentales. Una de sus primeras producciones fue una sátira contra el regente del reino, el duque Felipe de Orléans, un atrevimiento que le llevó a la Bastilla durante casi un año.

Voltaire fue encarcelado y exiliado en diversas ocasiones a causa de su carácter transgesor y sus críticas a la nobleza y a la Iglesia.

Al encarcelamiento siguió un periodo de arresto domiciliario en su casa, que dedicó a la producción de poesía y teatro, en los cuales ya se había hecho un nombre antes de dar con sus huesos en la prisión. En esa época adoptó el seudónimo de Voltaire, sobre cuyo origen existen diversas teorías, ninguna de ellas completamente demostrada. Lejos de moderar su carácter, la cárcel y el confinamiento afilaron más su lengua, al darse cuenta de que por mucho éxito que tuviera como literato y aunque los nobles lo invitaran a sus recepciones, a sus ojos sería siempre un plebeyo y no le estaría permitido criticar a los poderosos sin ser castigado por ello.

En 1726, a raíz de una disputa con el caballero Guy Auguste de Rohan -quien se había negado a batirse en duelo con él por ser un plebeyo-, Voltaire fue encarcelado de nuevo y esta vez exiliado a Inglaterra. Sin embargo, este castigo resultó ser una bendición para él, pues encontró al otro lado del Canal nuevos estímulos intelectuales y una mayor libertad de expresión. Cuando volvió a Francia tres años después, su ingenio y su determinación estaban más vivos que nunca.

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En las décadas siguientes Voltaire alternó su vida literaria en Francia con periodos en el extranjero, principalmente Suiza y Prusia, donde fue chambelán del rey Federico el Grande. A su regreso compró una propiedad cerca de la frontera franco-suiza, para poder huir rápidamente del país si se volvía a meter en problemas, lo cual sucedió a menudo. En sus viajes por Europa se relacionó con pensadores de todas las tendencias, pues alardeaba de su tolerancia, aunque no siempre la practicaba ni mucho menos la recibía.

En febrero de 1778, volvió a su París natal para asistir al estreno de su última obra, Irene, a pesar de su delicada salud. Con 83 años a sus espaldas, veía próximo su fin y quería obtener una última satisfacción volviendo triunfalmente a la ciudad que lo había visto nacer y cuya aristocracia y clero le habían forzado a abandonar. Demasiado triunfal, de hecho, pues los numerosos actos y visitas acabaron de minar su salud. Murió el 30 de mayo, sin llegar a ver la Revolución que sus ideas habían contribuido a inspirar; en 1791, sus restos fueron exhumados y enterrados de nuevo en el Panteón, el monumento reservado a los más ilustres personajes de la historia francesa.


VOLTAIRE EN LA CORTE DE FEDERICO DE PRUSIA

Federico el Grande representó por un tiempo el ideal de soberano ilustrado de Voltaire, ya que el rey prusiano había invitado a su corte a pensadores, artistas y científicos. Sin embargo, el carácter satírico de Voltaire lo enemistó con varios de ellos y con el propio rey, por lo que renunció a su puesto como chambelán.

CRÍTICO CON TODOS

Lo que hizo de Voltaire un personaje tan polémico fueron sus ataques a todos aquellos que consideraba indignos, lo que venía a ser gran parte de la humanidad. No había estamento o credo que se salvara: a los aristócratas los consideraba unos parásitos, a los burgueses unos avariciosos que solo miraban para sí mismos; a los monarcas unos déspotas, a las multitudes una masa ignorante incapaz de construir una alternativa mejor; al poder religioso, una fuente de ignorancia y superstición, al secular, una fuerza opresora que solo pensaba en acaparar cuanto pudiese.

Lo que hizo de Voltaire un personaje tan polémico fueron sus ataques a todos aquellos que consideraba indignos, lo que venía a ser gran parte de la humanidad.

Sus críticas más feroces iban dirigidas contra la religión, que consideraba en la mayoría de sus formas la fuente de toda la ignorancia e intolerancia. Al cristianismo lo consideraba “la religión más ridícula, absurda y sangrienta que ha infectado este mundo” y llegó a pedir al rey prusiano que “extirpara esa infame superstición si quería dejar algún buen legado tras su muerte”. De los judíos decía que eran “gente ignorante y bárbara que ha unido la avaricia más sórdida, la superstición más detestable y el odio más intenso hacia el resto de la gente que les tolera y enriquece”. A Mahoma, sobre quien llegó a escribir una obra de teatro, lo llamó “vendedor de camellos” y “un charlatán que dijo haber hablado con ángeles, subido a los cielos y escrito un libro ininteligible que a cada página hace estremecer al sentido común”.

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En cambio, manifestó un gran aprecio por el hinduismo, que veía como una religión compasiva con todos los seres vivos; y especialmente por el confucianismo, en cuya filosofía de la verdad y la rectitud moral veía un ejemplo que habrían debido seguir todos los gobernantes. Voltaire creía que solo una guía ilustrada y una educación basada en la razón podrían redimir la decadencia moral de Europa; desconfiaba de los estamentos privilegiados, que solo procuraban mantener sus privilegios, y más aún de las masas de gente común, que consideraba peligrosas por su superstición y falta de formación.

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A pesar de sus críticas nada contenidas, fue un ferviente defensor de la tolerancia y los derechos civiles como única base posible para una sociedad moralmente sana. Insistió en que la justicia y las oportunidades debían ser iguales para todos, una creencia arraigada en él desde su primer encarcelamiento, en el que sufrió en sus carnes la discriminación por no ser un noble. La razón y el conocimiento científico debían sustituir a la arbitrariedad y la superstición; y los líderes ilustrados debían usar su poder para garantizar un orden que actuara en el mejor beneficio de todos los miembros de la sociedad sin perjudicar injustamente a ninguno de ellos. Su defensa de una justicia igualitaria caló sobre todo entre los burgueses y los aristócratas ilustrados e inspiró la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en la que se basó el espíritu de la Revolución Francesa.

Voltaire es uno de los autores más importantes en lengua francesa, con una producción que abarca poesía y prosa literarias, obras de teatro, tratados filosóficos, históricos y científicos, y una ingente correspondencia privada.

Su faceta de pensador va a la par con la de escritor. Voltaire es uno de los autores más importantes en lengua francesa, con una producción que abarca poesía y prosa literarias, obras de teatro, tratados filosóficos, históricos y científicos, y una ingente correspondencia privada. Se carteó con personalidades de todo tipo, desde filósofos con quienes mantuvo acaloradas discusiones, hasta la propia emperatriz rusa Catalina la Grande, que representaba su ideal de soberano ilustrado. Voltaire, a pesar de su discurso en favor de la igualdad, nunca creyó en la democracia ni en las cualidades de la gente corriente, como escribió en una carta a la zarina: “No hay casi nada de grandioso que se haya conseguido de no ser por el genio y la firmeza de un solo hombre combatiendo los prejuicios de la multitud”. Una afirmación que sintetiza el pensamiento de un hombre que no solo creía en la razón, sino que además estaba convencido de tenerla.



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Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

miércoles, 17 de febrero de 2021

INSPIRÓ LA REVOLUCIÓN FRANCESA: Rousseau: el filósofo que no quería ser ilustrado

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., quizá uno de los más grandes pensadores y filósofos que ha tenido la humanidad Jean- Jeacques Rousseau. quien fue un defensor acérrimo de la libertad y la igualdad radical entre todos los seres humanos, nació en Ginebra, Suiza el 28 de junio de 1,712, desde muy joven se interesó por personajes ilustres de Grecia y Roma.
Rousseau, un ilustrado que dominó y se puede calificar como escritor, filósofo, botánico, naturista y músico, se interesó en todas las ramas del saber. Representa como ninguno otro el ideal de la ilustración, que abogaba contra la tiranía a través de la razón y el conocimiento y sus ideas influirían de manera decisiva en la Revolución Francesa.
Rousseau, a diferencia de los demás, era contrario a la idea del progreso, su teoría política se basaba, que la civilización, las instituciones, la propiedad privada, la vida social, en definitiva, es el origen del sufrimiento y las injusticias que sufre que sufre el ser humano.......................

Defensor de la libertad y la igualdad radical entre todos los seres humanos, el pensador franco-suizo arremetió contra las ideas de progreso propias de la Ilustración y ensalzó al hombre primigenio y amoral, el único realmente libre.







Foto: Cordon Press

Jean-Jacques Rousseau fue, tal vez, el más inclasificable de los ilustrados franceses. Escritor, músico, botánico, naturalista, filósofo... Se interesó por casi todos los campos del saber, representa como ningún otro el ideal de la Ilustración, que abogaba por combatir la tiranía a través de la razón y el conocimiento, y sus ideas influirían de manera decisiva en la Revolución Francesa. Pero también arremetió contra la idea de progreso que divulgaban los ilustrados, llegando a mantener un agrio enfrentamiento con Voltaire.

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Rousseau nació en Ginebra el 28 de junio de 1712 y desde muy joven se interesó por los personajes ilustres de Grecia y Roma y por la literatura clásica, convirtiéndose en un ávido lector de las Vidas paralelas de Plutarco. A la edad de 10 años quedó al cargó de un pastor calvinista de la vecina Bossey, en la Alta Saboya francesa, y seis años después abandonó la localidad, vagabundeando hasta que fue acogido por Françoise-Louise de Warens, mujer culta y muy liberal, que durante años le hizo de madre y de amante.

SABIO AUTODIDACTA

Junto a Madame de Warens, Rousseau se formó de manera autodidacta y adquirió un conocimiento enciclopédico. En 1741 marchó a París donde pretendía presentar un novedoso sistema de notación musical que había ideado. Allí, conoció al filósofo Louis Diderot, que lo introdujo en los ambientes ilustrados de la capital francesa y le encargó la redacción de los escritos de música de la Enciclopedia. En la capital francesa frecuentó los debates y reuniones ilustradas y conoció a Voltaire, D'Alembert, Rameau y otros intelectuales.


Las veladas literarias e intelectuales eran habituales en París. La pintura recrea la lectura de una obra de Voltaire en el salón de Madame Geoffrin.

Foto: Cordon Press

Pero a diferencia del resto de ilustrados, Rousseau fue muy crítico con la idea del progreso. Su teoría política se basa en que la civilización, las instituciones, la propiedad privada, la vida social, en definitiva, es el origen del sufrimiento y las injusticias que sufre el ser humano. En contraposición, reivindicaba las bondades de lo que él llamó el "buen salvaje".

EL BUEN SALVAJE

El núcleo central de su pensamiento político fue fruto de una revelación que tuvo, según él mismo, durante una caminata en 1749: la corrupción que la vida social causa al hombre es el origen del sufrimiento y las injusticias que sufre. Ideas que expuso en el Discurso sobre las ciencias y las artes (1750) y el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1755). Según Rousseau, los hombres, en su estado "natural", no tenían "ni vicios ni virtudes", estaban "más inclinados a preservarse del daño que podían recibir que a pensar en el que podían infligir" y, por tanto, "sus disputas raramente tenían resultados sangrientos".

En su estado natural, los hombres no tenían "ni vicios ni virtudes" y vivían ajenos al concepto de bien y de mal. Era la corrupción de la vida social, el origen del sufrimiento y las injusticias, según Rousseau.

La época "más feliz y duradera de la humanidad" finalizaría con la invención de la agricultura y la metalurgia, cuando apareció "el primero al que, tras haber cercado un terreno, se le ocurrió decir esto es mío y encontró personas lo bastante simples para creerle", se lamentaba. Cuántas calamidades hubiera evitado "quien, arrancando las estacas o rellenando la zanja, hubiera gritado a sus semejantes: '¡Guardaos de escuchar a este impostor! La tierra no es de nadie!'".

CONTRA TODO Y CONTRA TODOS

Sus planteamientos lo convirtieron en una celebridad, pero lo enfrentaron al resto de filósofos ilustrados por sus diatribas contra el progreso. Voltaire lo acusó de haber escrito su Discurso sobre la desigualdad "contra la raza humana [...] jamás se desplegó tanta inteligencia para querer convertirnos en bestias". También lo enemistaron con a la Iglesia, que lo acusó de negar el pecado original, y por ellas renunció a la pensión real que que le había sido otorgada gracias a El adivino del pueblo, una ópera estrenada con enorme éxito en Fontainebleau y que había encandilado al propio Luis XV.


Una caricatura que recrea la animadversión entre Rousseau y Voltaire.

Foto: Cordon Press.

Rousseau se distanció de sus contemporáneos intelectualmente, pero también puso distancia física con ellos. Se instaló en l'Hermitage, una casa de campo al norte de París, donde pretendía vivir acorde con sus principios, de manera austera. En ese entorno aislado de la civilización y en contacto con la naturaleza escribe de religión, música o amor, pero sobre todo, alumbra un texto fundamental en su obra política El contrato social (1762), que se convirtió rápidamente en un clásico del pensamiento político moderno.

En 1762 alumbró un texto que se convertiría rápidamente en un clásico del pensamiento político moderno, El contrato social.

Se trata de un contrato que intenta hacer compatible el interés del individuo con el interés colectivo. Este pacto social se reduce a los siguientes términos: "cada uno ponemos en común nuestra persona y todo nuestro poder bajo la suprema dirección de la voluntad general, y recibimos corporativamente cada miembro como parte indivisible del todo". La soberanía reside en el pueblo, es decir, en todos y cada uno de los individuos que de manera libre se constituyen en un cuerpo político "compuesto de tantos miembros como votos integran su asamblea". Todos estos individuos son a la vez "ciudadanos, en tanto que depositarios de la autoridad suprema, y súbditos en tanto que sometidos a las leyes del Estado".

PERSEGUIDO Y PARANOICO

En este nuevo "yo común", ningún individuo está por encima de los otros y el Estado no está dominado por los ricos y los poderosos. El contrato social contenía unos fundamentos radicalmente democráticos y era una enmienda a la totalidad del Antiguo Régimen, por lo que no es de extrañar comenzara una persecución política por sus ideas y sus escritos. Las autoridades francesas y suizas decretan órdenes de arresto contra él, y sus obras, especialmente El contrato social y Emilio, o de la educación (un tratado pedagógico que suponía una crítica descarnada de las religiones escrito en las mismas fechas), fueron quemadas en las plazas.


Este grabado del siglo XX recrea la quema pública de 'El contrato Social' organizada en Ginebra en 1763.

Foto: Cordon Press.

Refugiado en el principado de Neuchâtel (actual Suiza) bajo la protección del rey de Prusia, intentó retomar su vida austera. Escribe sobre botánica y redacta un diccionario y un proyecto de constitución para Córcega. Pero su vieja enemistad con Voltaire reaparece de la manera más cruda. En 1764, el filósofo parisino imprimió un panfleto en el que acusaba al ginebrino de sifilítico, falso; de haber matado a la madre de su pareja, falso; y de haber abandonado a sus cinco hijos, cierto. Al año siguiente su casa fue apedreada por una turba furiosa excitada por el pastor calvinista de Ginebra.

Las ideas de Rousseau contenían una enmienda a la totalidad del Antiguo Régimen, por lo que no es de extrañar que las autoridades políticas y religiosas iniciaran una persecución implacable de sus ideas y su persona.

La hostilidad política, religiosa e intelectual desplegada contra él hace mella en su salud mental y comienza a desarrollar una manía persecutoria. Rousseau vuelve a exiliarse, esta vez a Londres, donde paso un par de años acogido por David Hume. Las relaciones entre ambos se deterioran y Rousseau decide regresar a París bajo un nombre falso para evitar su detención.

En 1770 logró recuperar su verdadero nombre y su libertad a condición de no publicar nada más. Obsesionado por su reputación tras la publicación del libelo de Voltaire, Rousseau organizó lecturas de textos autobiográficos autoexculpatorios, que fueron prohibidas a raíz de la intervención de Madamme Épinay, una antigua amante de la alta sociedad, temerosa que salieran a la luz escándalos que la salpicaran.

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LEGADO INMORTAL

Muy lejos del ideal que perseguía, pasó los últimos años de su vida paranoico, prohibido, vilipendiado por los demás ilustrados y perseguido políticamente. Se dedicó a copiar partituras, recoger hierbas y a redactar textos autobiográficos defendiéndose de sus detractores. Murió el 2 de julio de 1778, enfermo y al borde de la miseria.

La civilización que tanto detestaba y a la que había dedicado su vida a combatir parecía haber aniquilado a aquel que había puesto de manifiesto su injusticia y su corrupción. Pero en realidad, Rousseau seguía siendo un pensador político de referencia, y sus escritos inspirarían la revolución que una década más tarde certificaría la muerte del régimen que había intentado acabar con él y con su reputación. En un giro del destino, sus restos, trasladados en 1794 a la cripta del Panteón de hombres ilustres de París, descansan junto a los de su enconado enemigo, Voltaire.


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