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domingo, 29 de enero de 2023

UN ENIGMA DEL SIGLO XVIII: El Caballero D'éon, el espía francés que pasó la mitad de su vida como una mujer

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., "existe una curiosa pintura en el palacio de Buckingham, concretamente en Carlton House. El cuadro representa a una mujer mayor blandiendo un florete frente a un hombre. Este último se trata de Joseph Bologne, más conocido como el Caballero de Saint-Georges, y la justa tuvo lugar en abril de 1787. Esta escena, que podría parecer sorprendente sobre todo teniendo en cuenta la época, en realidad no lo es tanto porque la supuesta mujer que blande el florete al parecer no era tal, sino que se trataba de un hombre llamado Charles d’Éon de Beaumont, también conocido como Caballero d'Éon...", este personaje fue embajador de Francia en Rusia, y miembro del servicio secreto del rey Luis XV y espía del monarca francés en Londres.
Entró en controversia la sexualidad del Caballero D'éon.. hasta que ..."Sumido en la miseria, pasó los dos últimos años de su vida postrado en una cama antes de morir el 21 de mayo de 1810 a los 81 años de edad. Tras haber sido un hombre durante 47 años, D'Éon vivió otros 30 como una mujer, aunque el examen post mortem revelaría definitivamente que d’Éon tenía órganos masculinos "en todos los aspectos perfectamente formados, pero con el pecho notablemente relleno"....  ..... siga leyendo.....

Embajador de Francia en Rusia, miembro del servicio secreto de Luis XV y espía del monarca francés en Londres, Charles de Beaumont, más conocido como Caballero d’Éon, ha pasado a la historia por vivir la primera parte de su existencia como un hombre y la segunda, como una mujer. Tras suscitar dudas y escándalos respecto a su verdadero sexo, las pruebas realizadas tras su muerte, confirmarían finalmente que el caballero fue en realidad un hombre.


Combate de esgrima entre el Caballero de Saint George y el Caballero d'Éon, cuadro pintado por Alexandre Auguste Robineau entre 1787 y 1789. Royal Collection Trust, Londres.

Foto: PD

J. M. Sadurní
J. M. Sadurní

Colaborador

Actualizado a 



Existe una curiosa pintura en el palacio de Buckingham, concretamente en Carlton House. El cuadro representa a una mujer mayor blandiendo un florete frente a un hombre. Este último se trata de Joseph Bologne, más conocido como el Caballero de Saint-Georges, y la justa tuvo lugar en abril de 1787. Esta escena, que podría parecer sorprendente sobre todo teniendo en cuenta la época, en realidad no lo es tanto porque la supuesta mujer que blande el florete al parecer no era tal, sino que se trataba de un hombre llamado Charles d’Éon de Beaumont, también conocido como Caballero d'Éon.

El Caballero d'Éon fue un personaje singular. La vida de este diplomático y espía francés de la segunda mitad del siglo XVIII presenta una particularidad. Y es que D'Éon vivió como una mujer durante la Regencia y el reinado del rey Jorge IV de Inglaterra. De hecho, nadie en la corte inglesa pudo determinar jamás el verdadero sexo de aquel extraño y enigmático personaje que había pasado la primera etapa de su vida como un hombre.

D'ÉON, ¿DESCENDIENTE DE UN HEREJE?

Charles-Geneviève-Louis-Auguste-André-Thimothée d’Éon de Beaumont nació en 1728 en la localidad de Tonnerre, en la región francesa de Borgoña. Según contaba él mismo, y tal como acabaría confirmando un tribunal en 1780, procedía de una familia aristocrática originaria de Bretaña (aunque algunos historiadores afirman que sus antepasados no alcanzaron el rango de nobleza hasta el año 1668). También declaró ser descendiente de Éon de l’Étoile, un hereje del siglo XII, a pesar de que tan solo consta su palabra como prueba de ello. 

Según el caballero d'Éon, procedía de una familia noble originaria de Bretaña y era descendiente del hereje Éon de l’Étoile.


Caballero d'Éon. Retrato pintado por el artista Thomas Steward en el año 1792. National Portrait Gallery, Londres.

Foto: PD

En 1743, D'Éon se trasladó a París para vivir con su tío Michel d’Éon de Germigny y estudiar en el Collége Mazarin, donde se graduó en Derecho Civil y Canónico seis años más tarde. Gracias a sus excelentes calificaciones pudo acceder al Parlamento, donde seguiría los pasos de su padre como abogado, a la vez que escribía artículos políticos y económicos en la revista Année littéraire. Todo aquello le sirvió para ganarse una buena reputación y convertirse en secretario del intendente de París, Bertier de Sauvigny, lo que le permitió además ejercer como censor de historia y literatura.

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pd - Liobertad guiando al pueblo. Cuadro pintadio por Eugène Delacroix en 1830 y expuesto en el Museo del Louvre.

CONSECUENCIAS DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA: SU LEGADO Y SU IMPACTO

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D'ÉON EL ESPÍA

En el ascenso social de D'Éon jugaron asimismo un papel fundamental su afición por la equitación y la esgrima. De hecho, gracias a ello llegó a intimar con el príncipe de Conti, primo del rey, Luis XV, quien tenía en alta estima sus aptitudes y no dudó en incorporarlo en 1756 en el Secret du Roi, la red francesa de espionaje de la época. Hay que decir que era tal el grado de secretismo de aquella organización que ni siquiera el ministro de exteriores francés sabía de su existencia.

Durante su desempeño en el SecretD'Éon conoció a personajes de alto nivel como los condes de Broglie y Vergennes, el mariscal de Noailles y el autor de El barbero de Sevilla Las bodas de FígaroPierre-Augustin de Beaumarchais. Pero lo más curioso del acceso de D'Éon a la secreta red de espionaje francesa son algunas versiones que afirman que, de hecho, fue el propio monarca quien lo introdujo en la Societé tras haberlo confundido con una mujer en un baile de disfraces al que D'Éon asistió vestido con ropas femeninas. Aunque muchos historiadores consideran esta historia poco veraz.


Se dice que fue el príncipe de Conti, primo de Luis XV, quien introdujo a d'Éon en la red de espionaje francesa.


Retrato del Caballero d'Éon realizado hacia el año 1775 al estilo de la pintora Angelica Kauffmann.

Foto: PD

Al final, aunque el rey sabía que D'Éon era un hombre pensó que de todos modos podría aprovechar sus cualidades para llevar a cabo ciertas actividades diplomáticas. Así, disfrazado de mujer, D'Éon pudo acercarse a la zarina Isabel I sin atraer sospechas y convencer a la emperatriz rusa de formar una alianza con Francia, que desde 1756 participaba en la guerra de los Siete Años. Bajo el nombre de Lia de Beaumont, D'Éon logró convertirse en lectora privada de la zarina y defender la causa francesa con más eficacia que la mismísima diplomacia gala. Su aspecto andrógino le permitía pasar desapercibido cuando se disfrazaba de mujer en las recepciones imperiales. De aquella manera logró asimismo sumar el favor de algunos consejeros anglófilos a la causa francesa. 

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Retrato de Eugène-François Vidocq

VIDOCQ, EL PRIMER DETECTIVE DE LA HISTORIA

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¡BANCARROTA!

Pero las andanzas de D'Éon no terminaron aquí. Tras su paso por la corte rusa, el caballero llegó a la capital británica en 1762 como secretario del embajador francés, el duque de Nivernais, y encargado de negociar la Paz de París, que puso fin a la guerra de los Siete Años. Según algunas fuentes, D'Éon habría sido el responsable de que Francia conservara algunas concesiones en el extranjero tras embriagar a algunos delegados rivales en alguna recepción. Finalmente, y como premio a su actuación, D’Éon fue condecorado con la Cruz de San Luis, una de las más altas distinciones de su época. En la cima de su éxito, a D'Éon le encargaron una peligrosa misión: idear un plan para invadir Gran Bretaña.

 D'Éon llegó a la capital británica en 1762 como secretario del embajador, el duque de Nivernais, encargado de negociar la Paz de París.


Foto: PD


Para llevar a cabo este ambicioso proyecto, D'Éon organizó lujosas recepciones invitando a la flor y nata de la sociedad inglesa. De hecho, muy pronto se ganó la estima del rey Jorge III. Pero su estilo de vida era considerado excesivamente extravagante por sus propios compatriotas. Tanto que llegó a dilapidar toda su asignación. D'Éon pidió entonces un aumento, pero el ministro de Exteriores, Étienne François de Choiseul, se lo negó, y acabó cesado de sus funciones en la embajada el 4 de noviembre de 1763, siendo sustituido por el conde de Guerchy. Un año más tarde, en 1764, d’Éon, privado de su salario, y a modo de venganza, publicó la correspondencia diplomática sobre su cese bajo el título Lettres, mémoires et négociations particulières du chevalier d’Éon

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George Sand (sentada en la butaca), el pianista Liszt y otros amigos en una velada. Óleo por Josef Danhauser.

TRAVESTIDAS, UN DESAFÍO A LOS ROLES DE GÉNERO

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LA SEXUALIDAD DE D'ÉON EN ENTREDICHO

A pesar de que la publicación de aquella correspondencia confidencial implicaba directamente al monarca francés, nadie se atrevió a tomar represalias contra D'Éon. Finalmente, el caballero fue demandado por difamación ante un tribunal inglés, ante el que declaró que había sufrido un intento de secuestro e incluso afirmó que habían intentado envenenarle. En 1766, D’Éon recobró su pensión y una anualidad de 12.000 libras, logrando que la Corona cediese. Sin embargo aquello le valió el ostracismo. Pero D’Éon, ignorado, no se conformó. Intentó volver a estar en boca de todos y para ello provocó otro escándalo: volvió a disfrazarse de mujer afirmando que ese siempre había sido su sexo. 

D'Éon fue demandado por difamación ante un tribunal inglés, ante el que declaró que había sufrido un intento de secuestro.


El Caballero d'Eón caricaturizado como medio mujer y medio hombre. Biblioteca del Congreso, Washington.

Foto: PD

A partir de entonces empezaron a surgir por todo Londres rumores acerca de su sexualidad, y en toda la prensa británica aparecieron caricaturas del Caballero d'Éon bautizado como "Epiceno d'Éon", en clara alusión a su dualidad sexual ("epiceno" es el sustantivo que designa por igual a individuos de ambos sexos). Tal fue el escándalo, que en la capital británica se llegaron a realizar apuestas acerca del sexo del caballero, hasta el punto de que finalmente un juez dirimió, sin escuchar la opinión del afectado, que Charles d’Éon era una mujer.

En 1774, abrumado por los acontecimientos, Luis XV exigió a D'Éon que pusiera fin a todos aquellos rumores. Pero lejos de retractarse, el caballero declaró de manera solemne que era una mujer. A pesar de ello, se negó a desnudarse en presencia de los médicos que tenían que certificarlo, por lo que estos tuvieron que contentarse con palparlo. Sorprendentemente, los galenos determinaron que, definitivamente, el Caballero d’Éon era una mujer. 

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D'ÉON EN LA MISERIA

Finalmente, en 1777, el nuevo rey francés, Luis XVI, ordenó a D'Éon no dejar nunca sus ropas femeninas, puesto que a partir de ahora Francia lo consideraba una mujer. Sin embargo, el rey le concedió una renta vitalicia y también le proporcionó un nombre femenino. Algo con lo que D'Éon, a pesar de que años atrás había afirmado que era una mujer, no estuvo en absoluto de acuerdo. 

Sus últimos años de vida, D'Éon los pasó en Londres de manera precaria. Se confiscaron todas sus propiedades en Francia y se incautaron los documentos que guardaba con tanto celo. El rey Jorge III le había concedido una pensión de 200 libras esterlinas, pero este importe no le permitía vivir con la holgura que deseaba, así que, a pesar de su edad y de su sobrepeso, el Caballero d'Éon se vio obligado a ganarse la vida batiéndose en duelo hasta los 68 años. Finalmente, el 26 de agosto de 1796 resultó gravemente herido.

El Caballero d'Éon se vio obligado a ganarse la vida batiéndose en duelo hasta los 68 años.


Poder notarial con descripción del Caballero d'Éon. Biblioteca Nacional de Francia, París.

Foto: PD

Sumido en la miseria, pasó los dos últimos años de su vida postrado en una cama antes de morir el 21 de mayo de 1810 a los 81 años de edad. Tras haber sido un hombre durante 47 años, D'Éon vivió otros 30 como una mujer, aunque el examen post mortem revelaría definitivamente que d’Éon tenía órganos masculinos "en todos los aspectos perfectamente formados, pero con el pecho notablemente relleno".

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Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

jueves, 11 de noviembre de 2021

CESE DE HOSTILIDADES EN LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL : El armisticio de Compiègne, el final de la gran guerra, el preludio de la Segunda Guerra Mundial

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., un día como hoy 11 de Noviembre del 1,918, se recuerda la rendición de Alemania ante los aliados poniendo fin a la Primera Guerra Mundial, el armisticio se firmó en un vagón de tren en el bosque francés de Compiègne; poniendo fin a más de cuatro años de batallas y millones de muertos, pero lamentablemente las condiciones impuestas contra Alemania, serían la semilla para después se produzca la Segunda Guerra Mundial. La lista de demandas imponía a Alemania una fuerte desmilitarización, la pérdida de territorios, indemnizaciones de guerra y concesiones estratégicas a los aliados. La delegación alemana protestó por lo que consideraban condiciones abusivas y más propias de una rendición que de un armisticio, pero no estaban en condiciones de negociar. Un punto especialmente criticado fue la falta de reciprocidad de los acuerdos, como la obligación de Alemania de liberar a todos los prisioneros de guerra mientras que los aliados no estaban obligados a hacer lo propio con los alemanes, o la libertad de circulación de barcos aliados en sus aguas mientras se mantenía el bloqueo naval sobre Alemania....."

El 11 de noviembre de 1918, en un vagón de tren en el bosque francés de Compiègne, un vagón de tren a más de cuatro años de batallas y millones de muertes. Terminaba la Primera Guerra Mundial, pero las condiciones impuestas a Alemania serían la semilla de la Segunda.








Fotografía tomada después de llegar a un acuerdo para el armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Este es el propio ferrocarril de Ferdinand Foch y la ubicación es el Bosque de Compiègne. El jefe de gabinete de Foch, Maxime Weygand, es el segundo desde la izquierda. El tercero desde la izquierda es el principal representante británico, sir Rosslyn Wemyss. Foch es el segundo desde la derecha. A la derecha está el almirante George Hope.
WIKIPEDIA.


En noviembre de 1918, la situación bélica del Imperio Alemán se había vuelto insostenible; en seis semanas, todos sus aliados habían capitulado ante la Triple Entente. El último país de las potencias centrales llevaba desde octubre intentando conseguir un armisticio lo más favorable posible, pero Estados Unidos condicionaba su firma a la aceptación de una serie de medidas que el gobierno alemán consideraba inaceptables, la principal de las cuales era la abdicación del káiser Guillermo II.

EL FIN DEL IMPERIO ALEMÁN

Cuando el Imperio Austro-Húngaro se rindió el 3 de noviembre, estaba claro que era cuestión de días que Alemania le siguiera. La situación militar se había agravado más aún cuando parte de la marina y del ejército se amotinaron ante lo que veían como un sacrificio inútil de vidas en una guerra ya perdida. Temerosos de que las revueltas desencadenaran una revolución como había sucedido en Rusia, los políticos y jefes militares alemanes se apresuraron a aceptar unas duras condiciones de paz sin sospechar que estaban llevando a su país a una nueva guerra.

Temerosos de que las revueltas desencadenaran una revolución como había sucedido en Rusia, los políticos y jefes militares alemanes se apresuraron a aceptar unas duras condiciones de paz.

La crisis final se desencadenó la noche del 29 de octubre, cuando una flota alemana destinada al Mar del Norte se negó a entablar batalla con las naves británicas, desafiando a los altos oficiales y empezando un motín que en cuestión de días se propagó a gran parte de la marina y al ejército. Cuando la revuelta se extendió a las ciudades, las presiones sobre Guillermo II para que abdicara y facilitara el armisticio se convirtieron en exigencias, ya que este era un punto innegociable para el presidente estadounidense T.W. Wilson.


PINTURA QUE REPRESENTA EL MOMENTO DE LA FIRMA DEL ARMISTICIO EN EL VAGÓN.

De izquierda a derecha se encuentran el almirante alemán Ernst Vanselow, el conde alemán Alfred von Oberndorff, el general alemán von Winterfeldt Detlof (con casco) y el oficial naval británico Jack Marriott. De pie delante de la mesa; Matthias Erzberger, jefe de la delegación alemana. Detrás de la mesa están los dos oficiales de la marina británica, el contraalmirante George Hope, sir Rosslyn Wemyss, y los representantes de Francia, el mariscal Ferdinand Foch (de pie), y el general Maxime Weygand.

Foto: CC

Finalmente el 9 de noviembre el káiser renunció a sus títulos y partió inmediatamente hacia los Países Bajos, posiblemente temiendo correr el mismo destino del zar Nicolás II y su familia si la revolución se hubiera radicalizado. Los últimos militares leales a él interpretaron esta huida como una traición.

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EL VAGÓN DE LA HUMILLACIÓN

Pocos días antes, una delegación alemana había partido hacia Francia para firmar el armisticio. El 8 de noviembre llegaron al punto de encuentro pactado, tras lo cual se les acompañó al lugar secreto donde tendría lugar la firma de paz, un claro en el bosque de Compiègne. El mariscal Ferdinand Foch, comandante en jefe de los ejércitos aliados, les esperaba en un vagón de su tren privado, pero no para negociar. El veterano militar francés se limitó a entregar a la delegación alemana un documento con todas las demandas de los aliados, les dio 72 horas para aceptarlas y les dejó con un grupo de oficiales aliados diciendo que volvería a más tardar tres días después para conocer su respuesta.

La lista de demandas imponía a Alemania una fuerte desmilitarización, la pérdida de territorios, indemnizaciones de guerra y concesiones estratégicas a los aliados. La delegación alemana protestó por lo que consideraban condiciones abusivas y más propias de una rendición que de un armisticio, pero no estaban en condiciones de negociar. Un punto especialmente criticado fue la falta de reciprocidad de los acuerdos, como la obligación de Alemania de liberar a todos los prisioneros de guerra mientras que los aliados no estaban obligados a hacer lo propio con los alemanes, o la libertad de circulación de barcos aliados en sus aguas mientras se mantenía el bloqueo naval sobre Alemania.

La delegación alemana protestó por lo que consideraban condiciones abusivas y más propias de una rendición que de un armisticio, pero no estaban en condiciones de negociar.

El 10 de noviembre, la delegación fue informada de la abdicación del káiser el día anterior y el recién nombrado canciller Friedrich Ebert les dio la orden de firmar fueras cuales fueran las condiciones. El armisticio fue firmado a las cinco de la madrugada del día 11, supervisado por el mariscal Foch y anunciado a lo largo de las siguientes horas, para entrar finalmente en vigor a las 11 de la mañana según el horario de París. A pesar de ello, se siguieron produciendo hostilidades hasta la hora acordada y casi 3.000 personas murieron en aquellas últimas horas de la guerra.

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LA “PUÑALADA POR LA ESPALDA”

Lo precipitado del acuerdo y las duras condiciones impuestas a Alemania plantaron la semilla del descontento de la que crecería el nazismo. En particular, los sectores militaristas más duros no aceptaron que Alemania pudiera haber perdido la guerra y atribuyeron la derrota a una supuesta conspiración de socialdemócratas y judíos para “sabotear intencionadamente el esfuerzo bélico”, lo que dio lugar a la llamada “leyenda de la puñalada por la espalda”.



HITLER EN EL VAGON DE COMPIÈGNE

Adolf Hitler habla con un grupo de altos oficiales nazis el 21 de junio de 1940, frente al vagón donde se firmó el armisticio al día siguiente.

Foto: Bundesarchiv, Bild 183-M1112-500 / CC-BY-SA 3.0

Ese discurso llegó entre otros a un cabo del ejército llamado Adolf Hitler, ingresado en un hospital militar a causa de un ataque con gas. Los médicos que se ocupaban de él relataron que “reaccionó de forma histérica” al anuncio del armisticio, llegando incluso a padecer una ceguera temporal, y un psiquiatra del ejército lo calificó de “peligrosamente psicótico”. Hitler nunca olvidó aquella humillación e hizo de “la puñalada por la espalda” la base de su retórica antisemita.

El 22 de junio de 1940 le llegó finalmente la oportunidad de vengarse: el Tercer Reich había ocupado Alemania y el ahora Führer obligó a los franceses a firmar un nuevo armisticio -esta vez, favorable a Alemania-, para lo cual hizo mover el mismo vagón de tren al mismo lugar donde, el 11 de noviembre de 1918, había terminado la primera Gran Guerra y había empezado el preludio de la segunda.

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Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

sábado, 25 de septiembre de 2021

PIONERA DE LA IGUALDAD: Christine de Pizan, una feminista del Siglo XV.

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., Quizás la Historia del Feminismo, empieza con Christine de Pizan, quien fue una mujer feminista del siglo XV, quien enviudó a la edad de 25 años con tres que mantener y su madre, gracias a sus dotes de escritora y poeta pudo salir adelante... "la primera vez que vemos a una mujer tomar su pluma en defensa de su sexo" fue en la Francia del siglo XV. Así lo aseguraba Simone de Beauvoir, en su ensayo El segundo sexo, uno de los textos fundamentales del feminismo moderno. Esa primera feminista de finales de la Edad Media era Christine de Pizan, poeta y erudita que defendía ideas tan "revolucionarias" como que la inferioridad femenina en realidad no era natural y que si las niñas tuvieran una educación igual a la de los niños "aprenderían y entenderían las dificultades y las sutilezas de todas las artes y las ciencias tan bien como los hombres"....  .... siga leyendo..............

Tras enviudar, y con tres hijos a su cargo, esta mujer de letras vivió de su pluma y se hizo famosa por su reivindicación del saber y la dignidad de las mujeres mucho antes de la llegada de los masivos movimientos feministas de siglos posteriores.








Christine de Pizan en su estudio. Miniatura de su obra Cien baladas

Foto: Bridgeman / ACI.

"La primera vez que vemos a una mujer tomar su pluma en defensa de su sexo" fue en la Francia del siglo XV. Así lo aseguraba Simone de Beauvoir, en su ensayo El segundo sexo, uno de los textos fundamentales del feminismo moderno. Esa primera feminista de finales de la Edad Media era Christine de Pizan, poeta y erudita que defendía ideas tan "revolucionarias" como que la inferioridad femenina en realidad no era natural y que si las niñas tuvieran una educación igual a la de los niños "aprenderían y entenderían las dificultades y las sutilezas de todas las artes y las ciencias tan bien como los hombres".

HIJA DE UN ERUDITO

A mediados del siglo XIV vivía en Venecia un médico originario de Bolonia, llamado Tommaso da Pizzano. Reconocido como estudioso y hombre sabio, llegó a ocupar el cargo de consejero de la Serenísima. Tommaso era un astrólogo reputado en toda Europa, hasta el punto de que dos monarcas europeos lo invitaron a prestar sus servicios: Carlos V, rey de Francia, y Luis el Grande, rey de Hungría. Quizá fue la reputación de intelectual y de amante de la cultura del rey Carlos lo que convenció a Tommaso de viajar a su corte. Su decisión fue acertada: lo recibieron con todos los honores y durante años gozó en Francia de una excelente posición económica y social.

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Tommaso llegó junto a toda su familia, su esposa y sus tres hijos: Cristina, Paolo y Aghinolfo, nacidos todos en Venecia. Hombre de mente abierta, Tommaso se opuso a las opiniones más tradicionales de su esposa y decidió proporcionar una educación formal no sólo a sus hijos varones, sino también a su primogénita. Así, Christine, además de aprender a leer y a escribir, recibió lecciones de historia, filosofía y medicina. Con el tiempo también dispuso de libre acceso a la biblioteca del palacio real del Louvre, fundada por el propio Carlos V, germen de la actual Biblioteca Nacional de Francia.


CARLOS V DE FRANCIA SE GANÓ UNA REPUTACIÓN DE AMANTE DE LA CULTURA.

ESCRITORA PRECOZ

Desde muy joven, Christine demostró dotes literarias particulares y compuso canciones y baladas que deleitaban a los miembros de la corte. Su padre, cada vez más cercano al rey Carlos V, hizo lo posible para que, al llegar a la edad de casarse, la joven pudiera contraer un matrimonio ventajoso. En 1380, a los 15 años, Christine se casó con Étienne de Castel, notario y secretario del rey, al que Tommaso eligió tanto por su posición como por su carácter. Y tenía razón al alentar la unión de ambos jóvenes. Fue un matrimonio feliz del que nacieron tres hijos: dos niños y una niña. Pero, por desgracia, en pocos años la suerte de Christine cambió.

Nacida en Venecia como Cristina da Pizzano, en Francia se convirtió en Christine de Pizan

En 1380, Carlos V murió y lo sucedió su hijo, Carlos VI, que apenas había cumplido once años. Francia se encontraba en plena guerra de los Cien Años y el país no podía ser dirigido por un niño. El gobierno fue confiado a los cuatro tíos del rey, que tenían que restituir el poder a su sobrino al cumplir los 14 años. Sin embargo, lo conservaron hasta que Carlos VI lo recuperó por la fuerza, con 21 años.

A las dificultades públicas se sumaron las de carácter privado. En efecto, Christine perdió en pocos años a su padre, que murió en 1387, y a su marido, que falleció en 1390 a causa de una epidemia. Con 25 años, Christine se encontró viuda, con tres hijos y una madre a los que cuidar. Sus hermanos no podían ayudarla, porque entretanto habían regresado a Italia. Las estrecheces económicas la sumieron en una situación casi desesperada. Parecía que la única solución posible para Christine era volverse a casar con un hombre que le aportara estabilidad.

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Quizá pensaba que no sería feliz con otro que no fuera Étienne, o quizá no quería depender de nadie, pero eligió el camino menos convencional: el de enfrentarse por sí misma a la situación y hacer todo lo posible para asegurar el bienestar económico de su familia. "Tuve que convertirme en un hombre", escribió sobre su obligación de mantener a sus hijos y a su madre. Así, al cabo de poco tiempo se hizo cargo de un taller de escritura, un scriptorium, en el que supervisaba la labor de los maestros calígrafos, encuadernadores y miniaturistas.

A los 25 años, Christine se encontró viuda con una madre y tres hijos a los que cuidar y se hizo cargo de un taller de escritura y siguió escribiendo, tareas tradicionalmente encomendadas a los hombres

En su tiempo libre, sin embargo, seguía escribiendo. Consciente de que su situación era precaria, envió baladas y sonetos a todos los personajes influyentes de la época. Apreciados por todos los que los leían, sus textos le depararon jugosas recompensas por parte de sus patronos y se convirtieron pronto en su único sustento. En consecuencia, su producción literaria aumentó y su nombre se hizo famoso en toda Europa. En solo dos años compuso El libro de las cien baladas y recibió encargos de Felipe II de Borgoña y Juan de Valois, los hermanos del soberano, e incluso de la reina consorte Isabel de Baviera.

Por entonces, a principios de 1400, Christine participó en uno de los debates más célebres de la historia literaria francesa: la llamada Querelle de la Rose. El centro de la polémica era un largo poema alegórico, el Roman de la Rose, escrito casi un siglo antes y que en algunos pasajes relegaba a la mujer a objeto de deseo que servía sólo para complacer y satisfacer los instintos masculinos. Christine se convirtió en portavoz de las críticas a esta obra, lanzando así en la corte francesa un debate más general sobre la condición de la mujer y su igualdad con el hombre. En opinión de Christine, la inferioridad femenina en realidad no era natural, sino cultural. Si las mujeres quedaban relegadas a las cuatro paredes domésticas y no recibían educación, ¿Cómo podían aspirar a los logros que conseguían los hombres?

Christine insistía en que las mujeres se veían limitadas por sus dificultades para acceder a la educación en igualdad con los hombres

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LA CIUDAD DE LAS DAMAS

"Si fuera habitual mandar a las niñas a la escuela y enseñarles las ciencias con método, como se hace con los niños, aprenderían y entenderían las dificultades y las sutilezas de todas las artes y las ciencias tan bien como los hombres", escribió Christine en el libro La ciudad de las damas (1405), quizá su obra más conocida. En esa obra, deseosa de demostrar que la falta de formación era el único límite del género femenino, creó una ciudad ficticia regida por Razón, Rectitud y Justicia, y habitada sólo por mujeres, damas no por su sangre sino por su espíritu noble.

Dentro de las murallas de esta "ciudad de las damas", Christine reunió a mujeres que, con su saber, su comportamiento o su fe, habían hecho contribuciones significativas al crecimiento y el desarrollo de la sociedad. Entre ellas estaban la poeta Safo; Dido y Semíramis, fundadoras de Cartago y Babilonia, o Lucrecia, la matrona romana que decidió suicidarse tras ser violada por el hijo del último rey etrusco de Roma. Guerreras, mártires, santas, poetas, científicas o reinas: Christine reunió a las mujeres de la historia y de la mitología en una ciudad para demostrar que la opresión del hombre era la única y verdadera causa de la inferioridad femenina. "No todos los hombres (sobre todo los más inteligentes) comparten la opinión de que es malo educar a las mujeres. Pero es cierto que muchos hombres estúpidos lo afirman, ya que no les gusta que las mujeres sepan más que ellos", sostenía.


CHRISTINE DE PIZAN, RECTITUD, RAZÓN Y JUSTICIA INAUGURAN LA CIUDAD DE LAS DAMAS

ÚLTIMOS AÑOS

Christine escribió sin interrupción durante años, a menudo sobre el recuerdo de la juventud perdida y sobre la situación de las viudas, pero también sobre los cambios de la fortuna, la política y la sociedad. Entre las decenas de textos que produjo, firmó una biografía de Carlos V encargada por su hermano, Felipe de Borgoña. Pero la situación política no era nada prometedora. Enrique V de Inglaterra invadió Francia en 1415, y Christine, que por primera vez no se sentía segura en París, decidió dejar la ciudad. No se planteó abandonar su país adoptivo: aunque se definiera como italienne, alejarse de la tierra que la había acogido desde niña le parecía casi una traición. Así que prefirió refugiarse en un convento, probablemente en Poissy, donde años antes su hija había tomado los hábitos. Allí se quedó más de una década.

Cansada y profundamente afectada por la situación que estaba viviendo el país, dejó de escribir durante un largo período, y sólo interrumpió su silencio literario para escribir una obra religiosa y un poema sobre Juana de Arco, el único texto escrito mientras la doncella de Orleans aún vivía. "El sol volvió a brillar", escribió Christine a propósito de la irrupción de Juana en 1429. Ella, sin embargo, se extinguió al año siguiente.


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