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domingo, 26 de junio de 2022

Incendios: "Apaga y vámonos": La lucha contra incendios del 43 Grupo

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., todos los años en la época de estío o verano, casi en todo el mundo se producen grandes incendios; que diezman bosques y hasta casas cercanas a los bosques como suele suceder en California, en Los estados Unidos; son millones de hectáreas que se pierden y también la fauna que habita esos bosques, afectando de manera severa al medio ambiente.
Sin embargo, existe un grupo de combatientes que luchan contra los incendios y esos son los aviadores que trabajan día y noche piloteando sus avionetas ante incendios, tal como sucede con el Grupo 43 de España..... El teniente coronel Carlos Javier Martín Traverso, Jefe del 431 Escuadrón nos comenta la historia de este tipo de aeronaves antiincendios: “a comienzos del año 1971 llegaron a la Base Aérea de Getafe los dos primeros aviones CL-215, procedentes de la factoría canadiense Canadair, cuyo nombre es, incluso en la actualidad, sinónimo de este tipo de aviones, a pesar de que la propia empresa ha cambiado de denominación. Con el tiempo estos aparatos y los que llegaron con posterioridad, fueron destinados a 3 unidades sucesivamente, el 803 Escuadrón, el 404 Escuadrón en 1973 y finalmente el 43 Grupo en 1980. Los aviones han tenido base en Getafe (inicialmente), en Cuatro Vientos y en Torrejón de Ardoz a partir de enero de 1978”..... .....siga leyendo........................

Cada año miles de hectáreas de bosques desaparecen pasto de las llamas en una de las catástrofes ambientales cíclicas más importantes que debemos sufrir en nuestro país. Cientos de personas luchan cada año contra esta lacra que merma nuestro medio natural. Mecánicos, pilotos, técnicos... nos acercamos a conocer a uno de los grupos antiincendios más importantes de España, el 43 Grupo.

El teniente coronel Carlos Traverso, Jefe del 431 Escuadrón (tercero por la derecha) con algunos miembros de la dotación del 43 Grupo, destinados en la base de Santiago de Compostela.

Foto: Javier González Prieto

Los incendios forestales se han convertido en una trágica realidad que incomprensiblemente debemos asumir con impotencia cada año cuando se aproxima el verano. No existe contrapunto suficiente a la imagen de un bosque devorado por las llamas, pero la llegada de cuadrillas de tierra y la aparición en el horizonte de helicópteros y aviones acudiendo a sofocar un incendio puede ser un buen intento. En especial la imponente presencia de los míticos Canadair y Bombardier con sus llamativos colores y con su panza poderosa que nos sugiere la estampa de un barco con alas, cual exvoto que se suspende sobre nuestras cabezas para alejarnos del peligro. Su característica e inconfundible cromática es utilizada en la mayoría de los países para este tipo de aparatos y la coincidencia con la de la bandera de España tiene su lógica, si recordamos que esta, en su origen, era el pabellón distintivo de la Armada española y que en su elección se buscaba el facilitar la identificación de los buques en alta mar. Cuestión de visibilidad.

La terrible violencia del fuego avivada por el viento.

Foto: Javier González Prieto

Avión cargando agua en el embalse de O Bao (Ourense).

Foto: Javier González Prieto

Descarga de agua sobre un incendio forestal en pleno Macizo Central de la provincia de Ourense muy cerca de uno de los puntos más elevados de Galicia, Cabeza de Manzaneda.

Foto: Javier González Prieto

"No existe contrapunto suficiente a la imagen de un bosque devorado por las llamas..."

Foto: Javier González Prieto

Unos aviones muy especiales

El teniente coronel Carlos Javier Martín Traverso, Jefe del 431 Escuadrón nos comenta la historia de este tipo de aeronaves antiincendios: “a comienzos del año 1971 llegaron a la Base Aérea de Getafe los dos primeros aviones CL-215, procedentes de la factoría canadiense Canadair, cuyo nombre es, incluso en la actualidad, sinónimo de este tipo de aviones, a pesar de que la propia empresa ha cambiado de denominación. Con el tiempo estos aparatos y los que llegaron con posterioridad, fueron destinados a 3 unidades sucesivamente, el 803 Escuadrón, el 404 Escuadrón en 1973 y finalmente el 43 Grupo en 1980. Los aviones han tenido base en Getafe (inicialmente), en Cuatro Vientos y en Torrejón de Ardoz a partir de enero de 1978”.

La empresa fabricante de los aviones, Canadair, tuvo que adaptarse a las especificaciones técnicas solicitadas por las autoridades españolas en base a las peculiaridades orográficas de nuestro territorio y el campo de acción en que se debían desenvolver los aparatos.

Si bien, en líneas generales, el diseño del avión no difiere apenas del que nos dejaba maravilloso testimonio Hergé en Las aventuras de Tintín​: El Cetro de Ottokar, Canadair hubo de adaptarse a las especificaciones técnicas que las autoridades españolas solicitaron, teniendo en cuenta las peculiaridades orográficas de nuestro territorio y el campo de acción en que se debían desenvolver los aparatos. "No es lo mismo actuar en un enorme pantano con aguas tranquilas, que en una ría con mar picado o en un minúsculo embalse encañonado, rodeado de montañas y con viento sucio, que no sabes de dónde viene,” como nos cuenta Carlos Traverso. Por otro lado las descargas de agua han de hacerse con extraordinaria precisión, porque “abajo hay gente que también se la está jugando”, matiza. La enorme versatilidad y eficacia del modelo resultante lo convirtió en un éxito de la ingeniería aeronáutica e hizo que fuera utilizado igualmente por otros países. Con el tiempo se han introducido mejoras, en especial con el cambio de propulsores que le dotan de mayor potencia, pero en esencia continúa siendo esa bella y excelente herramienta perfecta para la misión que debe desempeñar.


Montaje fotográfico en el que vemos una carga de agua en el pequeño embalse de Cenza (Ourense).

Foto: Javier González Prieto


43 Grupo: 150 personas y 17 aviones

Actualmente el 43 Grupo cuenta con un contingente formado por cerca de 150 personas y 17 aviones, el servicio que presta se desarrolla a lo largo de todo el año en dos fases: la primera, de mantenimiento y formación centrados en la base de Torrejón, entre los meses de noviembre y mayo. Durante este período también se dispone de forma permanente de, al menos, dos aviones en alerta, y se pueden llegar a emplear hasta seis aeronaves en caso de necesidad. La segunda fase es la específicamente dedicada a la labor de extinción de incendios forestales, entre los meses de junio y octubre, y es cuando los Canadair CL 215T, Bombardier CL 2415 y el personal se despliegan en las bases de Badajoz, Pollensa, Málaga, Zaragoza, Santiago de Compostela, Salamanca, Albacete y Madrid.

Al contrario que la mayoría de los aviones, este tipo de aeronave diseñado para volar lo más lento posible, pues las descargas se hacen a no más de 220 km/h mientras que un vuelo, cargado o no, se realiza a unos 275 km/h.

El teniente Javier Gimeno (segundo por la derecha) con sus compañeros del 43 Grupo en la base de Santiago de Compostela.

Foto: Javier González Prieto


Cuando los vemos de cerca y al escuchar las explicaciones de pilotos y mecánicos apreciamos aún más la singularidad de estos aviones anfibios, “que no hidroaviones,” como detalla el subteniente Pedro Barroso: “para mover un hidroavión en tierra hay que usar una grúa, nosotros tenemos ruedas y a la vez nos movemos como un barco y por eso disponemos de cabos, ancla y bichero”, bromea. Pedro es un veterano mecánico y un comunicador nato que disfruta compartiendo su saber enciclopédico sobre los “focas”, como suelen ser conocidos en este mundillo. “Aquí la funcionalidad prima ante todo; el espartano interior, el enorme tamaño de las alas, alerones, flaps y los timones de cola horizontal y vertical, con sus diez metros de altura, los convierte en un instrumento ideal para afrontar las complicadas condiciones que se dan habitualmente en los incendios. La climatología adversa, las turbulencias, la falta de visibilidad... el avión en un incendio forestal es muy inestable, por eso precisa de esas características”. Otro veterano aviador del 43 Grupo, el teniente Javier Gimeno, nos comenta: “al contrario que la mayoría de los aviones, este está diseñado para volar lo más lento posible; las descargas se hacen a no más de 220 km/h y un vuelo, cargado o no, se realiza a unos 275 km/h, de ahí el tamaño de estos elementos”.


El subteniente Pedro Barroso revisando el exterior de la cabina al hacer el prevuelo.

Foto: Javier González Prieto

Hay algo que para los profanos en el tema suele generar una enorme curiosidad y que según pilotos y mecánicos les lleva a escuchar comentarios de lo más pintoresco; se trata del ¿cómo es un avión apagafuegos por dentro? “Tienen unas bodegas enormes que se llenan al abrirse las compuertas” o “llevan agua hasta el techo del avión” y no puede faltar la leyenda del buzo que fue hallado en medio de un monte después de ser absorbido por una de estas ballenas voladoras. La realidad es más prosaica, pero no por ello deja de ser sorprendente, incluso espectacular, ya que el agua entra por dos pequeñísimas toberas que conducen la carga a sus respectivos depósitos que se encuentran a ambos lados de la nave y en una posición centrada para facilitar la estabilidad. Esas toberas o probes, como suelen ser conocidas (sonda en inglés) miden 8,5 cm por 14 cm y realmente cuesta trabajo creer que por ese minúsculo espacio puedan introducirse los 3.000 litros de agua que alberga cada uno de los dos depósitos. La carga se realiza en apenas diez o doce segundos a una velocidad de aproximadamente 110 km/h, con el avión sumergido unos 30 cm (puede llegar hasta un máximo de 70 cm) y la descarga se hace con la apertura de las dos compuertas. Me temo que la historia del buzo tiene poco de creíble.


Interior de un avión contraincendios. Estos aviones también efectúan labores de salvamento; con este fin se disponen asientos extra y claraboyas de observación que se encuentran en los laterales. Los depósitos de agua albergan un total de 3.000 litros cada uno. A la derecha observamos los depósitos de espuma que se utilizan en función de las condiciones del incendio.

Foto: Javier González Prieto

Carlos Traverso nos muestra la parte inferior del avión en la que vemos abierta una compuerta de descarga de agua y la pequeña probe (sonda en inglés) por la que el agua se introduce en el depósito. En el otro lado del aparato encontramos los mismos elementos.

Foto: Javier González Prieto

La parte inferior del avión se asemeja a la quilla de un barco.

Foto: Javier González Prieto

Un trabajo exhaustivo

Los aviones tienen una autonomía de 4,5 horas y si las circunstancias lo exigen el tiempo de vuelo de cada tripulación, formada por piloto, copiloto y mecánico, es de nueve horas al día, aunque en la actualidad como consecuencia del COVID-19 se ha reducido a dos sesiones de 3,5 horas cada una. Con los efectivos desplegados en cada base en el período de mayor riesgo de incendios, la jornada comienza con la salida del sol y el equipo de mecánicos se encarga de realizar la labor que denominan como prevuelo. Se trata de una revisión exhaustiva de todos los sistemas del aparato para que esté en perfectas condiciones de operatividad en el menor tiempo posible.


Revisión rutinaria de un avión contraincendios.

Foto: Javier González Prieto

De hecho, con frecuencia después de los vuelos también es precisa una nueva puesta a punto. “Cuando se realiza una extinción con agua de mar hay que eliminar los restos de sal para evitar el deterioro del sistema y cuando se trabaja en un embalse afectado por la intrusión del mejillón cebra, que es una especie invasora en nuestro territorio, es preciso realizar la limpieza y desinfección de depósitos de agua para evitar la propagación de la especie en caso de tener que cargar agua en otro embalse que no esté afectado por este problema” apunta el subteniente Pedro Barroso.

El avión está en la pista, bajo un sol de justicia, y cuando reciben un aviso, junto con el encendido de los motores, la cabina fácilmente puede alcanzar los 50 grados de temperatura.

Basta con preguntar a diferentes miembros de las tripulaciones sobre el momento de salir a extinguir un incendio para percibir rápidamente que el buen ambiente y la complicidad de la base se transformar en profesionalidad de inmediato, pues la aplicación estricta de protocolos durante el vuelo es absolutamente imprescindible en su trabajo. Las variables que se pueden dar en un incendio forestal son tantas y tan dispares que se comprende que las fases de preparación y entrenamiento sean de la máxima exigencia. El teniente coronel Carlos Traverso hace especial hincapié en este punto: “tenemos una gran capacidad de adaptación porque nos preparamos para todos los escenarios posibles y hay que tener en cuenta que el nivel de estrés a que se ve sometida la tripulación es altísimo durante la extinción de un incendio forestal.” Cuando reciben un aviso, el avión está en pista bajo el duro sol del verano y con el encendido de los motores la cabina fácilmente puede alcanzar los 50 grados de temperatura, hasta que el sistema de aire acondicionado empiece a ser realmente efectivo.


Cabina de un avión "apagafuegos".

Foto: Javier González Prieto
Así se inicia la jornada. A medida que se acercan al incendio la tensión se palpa en el habitáculo que comparten piloto, copiloto y mecánico y todo lo que pasa por sus cabezas está focalizado con la máxima concentración en unas acciones que tienen interiorizadas gracias al entrenamiento. No hay lugar para la improvisación. Están en permanente comunicación con los diferentes equipos que intervienen tanto en el aire, ya que con frecuencia coinciden distintos medios aéreos, como en el propio terreno. Aquí se encuentra una figura fundamental en los sistemas de extinción de incendios, se trata del Director de Extinción, que es quien debe valorar las necesidades de los medios a emplear en cada actuación.


Un helicóptero de las B.R.I.F. (Brigadas de Refuerzo en Incendios Forestales) en plena intervención en un incendio declarado en Quiroga (Lugo) mientras es sobrevolado por uno de los "focas" del 43 Grupo.

Foto: Javier González Prieto

La coordinación de medios es fundamental en la lucha contra el fuego. En la imagen vemos hasta 5 helicópteros haciendo una ronda de carga de agua en un incendio en la localidad de Vilariño de Conso (Ourense).

Foto: Javier González Prieto

Las tareas del piloto, copiloto y mecánico

Llegados al punto de carga y al incendio cada uno de los tres miembros de la tripulación tiene muy claro el papel que le corresponde: durante las descargas el piloto se encarga del volante buscando la trayectoria óptima en un desplazamiento frenético que no admite errores y en medio de sacudidas que le impiden ni siquiera soltar una mano para, por ejemplo, “dar gas”, y, de hecho esa es una de las principales funciones del copiloto, encargarse de la potencia y la velocidad del avión; el mecánico por su parte sigue las instrucciones del piloto a la hora de configurar los momentos y la forma de carga y descarga y su labor es imprescindible para liberar el enorme estrés a que se ven sometidos piloto y copiloto, especialmente en estas fases críticas, como sucede en el momento de la descarga de agua sobre la superficie en llamas. En palabras del teniente Javier Gimeno: “Este es el único avión en el que pueden llegar a intervenir tres personas para el control de todos los parámetros.” Y con el fin de minimizar ese alto nivel de estrés y gestionar el cansancio, piloto y copiloto se suelen alternar la realización de cada una de las cargas y descargas sobre el fuego.

Durante la extinción de un incendio y con el objetivo de reducir el estrés y el cansancio, piloto y copiloto se suelen alternar en la realización de cada una de las cargas y descargas sobre el fuego.

Hace falta mucha destreza, preparación y sangre fría a la hora de hacer picados escalofriantes descendiendo en el momento de una carga en una zona montañosa, para a continuación meter máxima potencia “subiendo” por la ladera que se presenta enfrente e ir a hacer una descarga en una vaguada imposible con un viento que hace que una montaña rusa resulte aburrida y además sabiendo que debajo tienes árboles centenarios, casas, personas... mucho que cuidar. Recién llegado de un vuelo muy complicado y con el avión ennegrecido por el humo, comentaba el teniente coronel Carlos Traverso con no poca admiración: “Hoy hemos tragado humo de verdad. Pero bueno, mucho más humo tragan los que están en tierra”.


Un miembro del equipo de mecánicos realizando la inspección de la aeronave durante la fase de prevuelo con la que se inicia cada jornada.

Foto: Adolfo Enríquez Calo

Saludo en el aire durante un vuelo de instrucción.

Foto: Javier González Prieto


Para los miembros del 43 Grupo, trabajar con este tipo de aviones les permite sentir el vuelo de la manera más pura, lo cual es un importante aliciente a la responsabilidad de luchar contra los incendios forestales.

Jugar a pelearse contra el viento

Los miembros del 43 Grupo comentan que, además de asumir con enorme satisfacción la responsabilidad de colaborar en la lucha contra los incendios forestales, hay un aliciente añadido que les engancha al trabajar con estos hermosos aviones anfibios, y es que para ellos supone la más palpable y auténtica forma de sentir el vuelo. Sí, volar; jugando y peleando con el viento, la velocidad, el peso de la nave, el contacto con el agua, el rugido de los motores tras una descarga, los equilibrios, los desequilibrios... y la unión de todos esos elementos y muchos otros, lleva a los tres componentes de cada tripulación a coordinarse armoniosamente entre ellos y su avión como en una especie de ejercicio de Thai Chi. El riesgo propio está ahí, lo saben y tienen muy presente que ésta es la Unidad del Ejército del Aire, y posiblemente de las FAS, que más caídos ha tenido en acto de servicio, 15 compañeros en 5 accidentes mortales, pero es una dura realidad con la que aprenden a convivir.

Con el ocaso, la misión cumplida y satisfecho el “Apaga y vámonos” del lema del 43 Grupo, toca regresar a la base. Y mañana será otro día.

Los héroes olvidados

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LOS HÉROES OLVIDADOS DE LOS INCENDIOS

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Fotografías

NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

jueves, 17 de febrero de 2022

MEDIO AMBIENTE : Las especies tropicales son las más amenazadas por el cambio climático Phelsuma inexpectata

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG.,  el cambio climático es la peor amenaza a la supervivencia de numerosas especies endémicas de determinadas regiones, como la rana Mantella aurantiaca de Madagascar, y el  gecko Phelsuma inexpectata de la isla La Reunión, que se reducirá su población drásticamente hasta 2070, y muchas otras especies que están sufriendo perturbaciones en sus hábitats por las elevadas temperaturas, los trópicos son el hogar de especies acostumbradas a temperaturas templadas, pero el calentamiento global ya a modificado por las olas de calor vastos sectores de muchas regiones del planeta La Tierra....... siga leyendo.................

Los trópicos son el hogar de especies acostumbradas a temperaturas templadas, pero cualquier perturbación en su hábitat puede llevarlas lejos de su zona de confort. El cambio climático es una amenaza real para la supervivencia de numerosas especies endémicas que requieren de condiciones muy específicas.

Las predicciones indican que es probable que las poblaciones de la rana de Madagascar Mantella aurantiaca disminuyan drásticamente de aquí a 2070

Foto: CC

15 de febrero de 2022, 17:15 | Actualizado a 


Los acuerdos ratificados en Glasgow en la COP26 no serán suficientes para limitar el calentamiento global a menos de 2 °C, según declaró recientemente a Franceinfo el climatólogo Benjamin Sultan. Los efectos del cambio climático ya se dejan sentir desde hace varios años: desde olas de calor hasta incendios de una magnitud sin precedentes en algunas regiones, pasando por inundaciones en otras.

Las especies no son inmunes a estas perturbaciones: es lo que señalan los investigadores en ecología de todo el mundo en la documentación del IPBES, el equivalente al IPCC para los ecólogos. En todo el mundo se han observado descensos drásticos de las poblaciones, sobre todo de insectos, incluso en zonas aparentemente vírgenes.

Las proyecciones para el futuro no son más tranquilizadoras: los estudios destinados a predecir los efectos del cambio climático sugieren que habrá ganadores y perdedores, pero sobre todo perdedores, por no hablar de los trastornos que podría causar la irrupción de estos “ganadores”.

Aunque la idea de limitar el calentamiento a 2 °C está ganando terreno, esta limitación sigue siendo insuficiente, como señaló un estudio publicado en la revista Climate Change en mayo de 2019.

Un efecto más pronunciado en los trópicos

El cambio climático se dejará notar incluso en las regiones templadas como el sur de Europa. Sin embargo, cada vez son más los estudios que muestran un gradiente en la intensidad de estos efectos sobre las especies. Cuanto más cerca del ecuador, más fuertes serán estos efectos. Este es el caso de las aves en Europa, donde las poblaciones más meridionales disminuyen más que las que viven más al norte.

El mismo fenómeno puede observarse en las montañas americanas, donde las aves acuden a buscar el frescor en las alturas, pero sobre todo en los trópicos.

Este gradiente también se ha observado en el tamaño corporal de los paseriformes franceses. Un estudio publicado en Global Ecology and Biogeography demostró que los ejemplares jóvenes crecían menos en años anormalmente cálidos, pero solo en el sur de Francia.

Especies más cercanas al umbral

¿Cómo se puede explicar este fenómeno? ¿Las especies y poblaciones más meridionales no estarían adaptadas a climas más cálidos? Por supuesto que sí. Sin embargo, el calor y la sequía siguen siendo las principales limitaciones en estas regiones. Por ejemplo, el calentamiento en la región mediterránea provocará un aumento de la aridez, lo que a su vez reducirá el crecimiento de las plantas, que son la base de la cadena alimentaria.

Más calor, más aridez, menos plantas, menos insectos, menos alimento para las aves. ¿Pero qué pasa con los trópicos, donde el clima sigue siendo muy húmedo? Las especies están adaptadas a estos climas, por supuesto. Salvo que su límite de tolerancia al calor no es muy diferente de los presentes en otras regiones.

Las especies tropicales viven permanentemente cerca de este límite, por lo que un ligero calentamiento podría empujarlas fuera de su zona de confort fisiológico.

Predicciones alarmantes para el futuro

Es posible anticipar las consecuencias del cambio climático mediante el uso de modelos de predicción. Tras identificar las condiciones climáticas favorables de una especie, los investigadores ecológicos utilizan las proyecciones realizadas por los climatólogos para el futuro.

En un estudio realizado en colaboración con la Universidad de Oporto y la asociación malgache Madagasikara Voakajy, estos modelos predicen un dramático descenso de las condiciones climáticas para 2070 para dos especies.


Phelsuma inexpectata, una especie de gecko que vive en la isla de La Reunión

Foto: CC

Se trata de dos pequeños vertebrados que ya están muy amenazados: un gecko (lagarto cuyos dedos le permiten adherirse a cualquier superficie) que vive en la isla de La Reunión y una rana malgache de vivos colores. Ambas están confinadas a un área extremadamente pequeña y están asociadas a condiciones climáticas muy específicas. El estudio tiene en cuenta diversas fuentes de incertidumbre, incluidas las relacionadas con los diferentes escenarios o los métodos utilizados.

En todos los casos, el clima se volverá desfavorable para ambas especies, no solo en su área de ocupación actual, sino también en el resto de sus respectivas islas. El cambio climático se suma así a la lista de amenazas a su entorno.

Un rayo de esperanza

Estos modelos sugieren que las condiciones climáticas ideales para estas especies ya no existirán en el futuro. Sin embargo, no dicen nada sobre la capacidad de adaptación de las especies. Algunas pueden cambiar sus hábitos para evitar los periodos más calurosos. Otras encuentran microrrefugios climáticos, tanto en la naturaleza como en las casas. También es posible que estas especies sean más resistentes al calor de lo esperado.

Ya se han tomado medidas para salvaguardar la especie en La Reunión. La asociación Nature Océan Indien ha organizado programas para restaurar el hábitat natural del gecko.

Estos trabajos ya permiten anticiparse a los riesgos ligados al cambio climático, favoreciendo a las poblaciones existentes, lo que aumentará considerablemente sus posibilidades de adaptación.

Pero ¿de qué sirve si el clima deja de ser favorable en el futuro? Pues bien, el estudio predictivo ha permitido identificar con precisión las zonas donde las condiciones serán menos perjudiciales para la especie. Estos resultados guiarán a los profesionales de la conservación y ayudarán a mantener o crear hábitats que proporcionen un hogar a este pequeño lagarto en peligro de extinción.

El estudio incluyó solo dos especies, ya que faltaban datos, pero estas sombrías predicciones podrían hacerse realidad para muchas especies tropicales. Otra señal de alarma en un mundo ya sobrecalentado.

Descubriendo el hada de los bosques, un curioso insecto cavernícola

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DESCUBRIENDO UN NUEVO INSECTO: EL HADA DE LOS BOSQUES

*Nicolas Dubos es investigador especializado en Ecología del Museo Nacional de Historia Natural de Francia. Este artículo se publicó originalmente en The Conversation y se publica aquí bajo una licencia de Creative Commons.




NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

viernes, 3 de septiembre de 2021

VIDA COTIDIANA EN LA ANTIGÜEDAD: Los Vigiles, el cuerpo de bomberos de la Antigua Roma...

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Antigua Roma, como casi muchas ciudades antiguos sufrieron grandes incendios, algunos provocados; como el emperador Nerón que incendió Roma, el año 64 a.C., que acabó con gran parte de los barrios de Roma, para combatir los incendio se creó el cuerpo de Vigiles, el año 6 a.C. por el emperador Augusto, los Vigiles, fueron divididos en cohortes de 480 hombres cada uno, al mando de siete tribunos que fueron repartidos en distintas zonas de la ciudad; los vigiles disponían de diversos artefactos para facilitar su labor: escaleras (scalae), cubos hechos de soga trenzada (amae), garfios (porticae), hachas (dolobrae), esteras (formionae), escobas (securae) y esponjas (spongiae)..... ... sigamos leyendo...........


Desde tiempos inmemoriales, los incendios han sido un grave problema en las grandes ciudades del mundo antiguo. A principios de nuestra era, el emperador Augusto creó en Roma el cuerpo de vigiles, la primera brigada estatal dedicada a la extinción de incendios, con más de tres mil efectivos organizados según una estructura militar, un cuerpo que también participó en labores de seguridad en una ciudad tan peligrosa como era la antigua Roma.









Incendio de Roma. Robert, Hubert. 1785. Museo de Bellas Artes André Malraux, Le Havre. 
Foto: PD.

Roma, una ciudad fascinante, capital del imperio más poderoso que el mundo jamás haya conocido, era un hervidero de gente que atestaba sus numerosos mercados y que recorría a todas horas sus sinuosas (y peligrosas) callejuelas. Roma estaba repleta de cauponas (las antiguas tabernas y restaurantes), de termas o baños públicos (donde se daban cita los romanos de cualquier clase social) y de insulae, esos edificios construidos con ladrillo barato y soportados por vigas de madera donde se hacinaban gentes de todo tipo, desde los más pudientes, que ocupaban los bajos de los edificios, a los más pobres, que malvivían en los áticos. Porque, en efecto, a diferencia de en la actualidad, vivir en el piso más alto de una insula no suponía ser el más rico del barrio, sino todo lo contrario. Hasta las alturas no llegaba el agua corriente y no contaban con cocina; en todo caso, se empleaba una especie de hornillo para calentar los alimentos, con el consiguiente riesgo para la seguridad. Pero no sólo en los áticos existía el peligro de incendios. En los pisos de las plantas bajas, con muchas más comodidades y que sí disponían de cocinas, se almacenaba todo tipo de materiales que podían ser inflamables.

LAS DEVASTADORAS LLAMAS

De hecho, Roma fue en innumerables ocasiones pasto de las llamas. La Urbe sufrió pavorosos incendios a lo largo de toda su historia. Uno de los más famosos es el que se produjo en el año 64 d.C., que acabó con gran parte de los barrios de la ciudad y cuya autoría muchos han atribuido al emperador Nerón, que aprovechó gran parte de los solares devastados para construir un gran palacio, la Domus Aurea. Aunque no sería este el único gran incendio que destruyó Roma. Entre los muchos que se desataron tanto en época republicana como imperial destaca también por su devastación el que se produjo en el año 80 d.C., bajo el mandato de Tito, y que arrasó con gran parte de los edificios más importantes de la ciudad. En este caso no se buscó un culpable para el desastre, ya que los romanos creyeron, como dijo el historiador Dion Casio, que "seguramente el desastre no fue de origen humano, sino divino".


Sala cirucular de la Domus Aurea, el palacio de Nerón en Roma.

Foto: iStock.

Uno de los incendios más famosos es el que se produjo en el año 64 d.C., que acabó con gran parte de los barrios de la ciudad y cuya autoría muchos han atribuido al emperador Nerón.

Como hemos visto, los incendios no eran nada infrecuentes en la antigua Roma, sino todo lo contrario, y a los ediles, funcionarios elegidos para gobernar tan solo un año, les era muy complicado establecer un sistema eficaz capaz de combatir esa constante amenaza. Aunque, de hecho, Roma sí disponía de una especie de cuerpo de bomberos que actuaba en estos casos. Pero ¿Cómo lo hacían para sofocar los terribles incendios que periódicamente asolaban la Urbe? ¿Cuál fue el origen de los vigiles, el cuerpo de bomberos de la antigua Roma?

EL PRECIO DE LA DESTRUCCIÓN

Se ha dicho que la responsabilidad de crear el primer cuerpo de vigiles recayó en Marco Licinio Craso, un general y político considerado el hombre más rico de Roma. Craso, viendo en los frecuentes fuegos una gran oportunidad de negocio, decidió crear una brigada privada de quinientos hombres para apagar los recurrentes incendios que azotaban demasiado a menudo la ciudad. Esta brigada estaba preparada para actuar en cualquier momento, pero, antes de hacerlo, el responsable negociaba en nombre de Craso el precio de compra del edificio en llamas con el propietario del inmueble (normalmente irrisorio), y solo cuando este accedía a vender la propiedad la brigada actuaba para apagaba las llamas, que muy posiblemente ya lo habían calcinado todo. Como el gran especulador que era, a Craso también se lo acusó de ser el causante de un gran número de incendios para beneficiarse después, tal como cuenta el historiador Plutarco.


Busto de Marco Licinio Craso. Gliptoteca de Copenhague.

Foto: CC.

El jefe de la brigada negociaba con el dueño del inmueble en llamas, y solo cuando este accedía a vender la propiedad a un precio irrisorio la brigada actuaba para apagaba las llamas, que muy posiblemente ya lo habían calcinado todo.

Conocidos como triumviri nocturni, estos funcionarios eran los encargados de apagar los múltiples incendios que se producían en una ciudad tan grande como Roma, además de ser los responsables de ocuparse también de la seguridad en las calles, a modo de la actual policía, sobre todo por las noches. En el siglo I a.C., el senador Marco Egnacio Rufo creó un cuerpo de vigiles para luchar contra el fuego formado por esclavos de su propiedad, lo que proporcionó a la ciudadanía una brigada gratuita que intervenía cada vez que se producía un siniestro. A causa de ello Egnació obtuvo una gran popularidad entre las masas, lo que le valdría ser elegido pretor al año siguiente y, así, seguir escalando posiciones en el cursus honorum, la carrera política romana, y, de este modo, ascender aún más en el escalafón social.


Plano que muestra la distribución de las cohortes de vigiles en Roma.

Foto: CC.

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BOMBEROS PROFESIONALES

Pero sería a partir de un grave incendio cuando en el año 6 d.C. el propio emperador Augusto se hizo cargo de la organización del servicio de vigiles de Roma, creando una brigada compuesta por más de tres mil hombres, todos ellos bajo un mando militar. Los vigiles se dividieron en siete cohortes, de 480 hombres cada una, al mando de siete tribunos, que fueron repartidas por distintas zonas de la ciudad. Con el tiempo, los collegi o gremios de Roma tomaron el control de estas brigadas de vigiles y se organizaron para darse apoyo mutuo en caso de necesidad. Los miembros de aquellas cohortes estaban especializados en diversas tareas relacionadas con la extinción de incendios: los aquarii se encargaban de manejar las bombas de agua, los siphonarii se ocupaban de empapar mantas con vinagre para ahogar las llamas y los centones iluminaban la zona siniestrada con antorchas para facilitar el trabajo. Asimismo, los vigiles disponían de diversos artefactos para facilitar su labor: escaleras (scalae), cubos hechos de soga trenzada (amae), garfios (porticae), hachas (dolobrae), esteras (formionae), escobas (securae) y esponjas (spongiae).


Busto del emperador Augusto. Gliptoteca de Múnich.

Foto: PD.

Fue el emperador Augusto quien se hizo cargo de la organización del servicio de vigiles creando una brigada de más de tres mil hombres, todos ellos bajo un mando militar.

Gracias a la importante red de fuentes de la que disponía Roma, los siphonarii podían transportar una bomba de agua con la que los aquarii apagaban el incendio formando una cadena, contando además con la ayuda de la población. Al mismo tiempo se procedía a la evacuación de los vecinos de los edificios colindantes ante la posibilidad de que la estructura se viera afectada y se viniera abajo, algo que ocurría muy a menudo. Su lema era Ubi dolor ibi vigiles, "allí donde hay dolor están los vigilantes", una divisa que podía leerse en cada uno de los cuarteles que se habían desplegado por la ciudad, y cuyo mando había recaído desde el año 22 d.C. en los praefectus vigilum. Escritores como Juvenal, Séneca o Plinio el Joven relatan en sus escritos los frecuentes problemas que tenía la ciudad con el fuego y como aquellas brigadas se paseaban por las calles de Roma buscando cualquier indicio que les hiciese sospechar sobre la existencia de un posible incendio.


Cuartel de la séptima cohorte de los vigiles en el Trastevere, en Roma.

Foto: CC

Ya en el siglo II, bajo el gobierno del emperador Trajano, los vigiles contaban con un responsable con facultades para perseguir a los presuntos culpables e iniciar procesos judiciales contra cualquiera que fuera sospechoso de haber provocado un incendio en la ciudad, y dado el importante número de efectivos con los que llegaron a contar estas brigadas era muy habitual asimismo verlos realizando incluso tareas antidisturbios y policiales. Posteriormente, el emperador Septimio Severo integraría el cuerpo de vigiles en el ejército, y algunos de sus miembros fueron eximidos de pagar impuestos como agradecimiento a los servicios prestados durante sus actuaciones. Hoy en día, y como curiosidad, el actual cuerpo de bomberos en Italia es conocido como los vigili del fuoco. Un homenaje a aquellos pioneros "bomberos" romanos que, como los actuales, se jugaban la vida para salvar las de los demás.

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Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

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