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sábado, 12 de junio de 2021

RITOS FUNERARIOS EN BRITANIA: El misterio de los romanos decapitados en Suffolk

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., en la localidad de Great Whelnetham, en el condado de Suffolk, Inglaterra, en 2019, un grupo de arqueólogos, descubrieron cincuenta y dos esqueletos; diecisiete de los cuales habían sido extrañamente decapitados.............

En el año 2019, durante unas excavaciones en la localidad de Great Whelnetham, en el condado de Suffolk, los arqueólogos hicieron el misterioso y fascinante descubrimiento de cincuenta y dos esqueletos, diecisiete de los cuales habían sido extrañamente decapitados.








Un difunto yace en su lecho funerario mientras dos mujeres se lamentan.
Tumba de Paestum. 
Foto: iStock

Cuando un ciudadano moría en la antigua Roma, el familiar más cercano debía recoger su último aliento con un beso y cerrar sus ojos. Los demás, rotos de dolor, debían llamarlo por su nombre varias veces para comprobar que realmente estaba muerto. Después, el cuerpo era depositado en el suelo donde se lavaba y ungía con sustancias aromáticas. Luego se exponía durante varios días sobre el lecho fúnebre para que todos sus allegados pudieran despedirlo. Era el principio de los rituales funerarios que acompañarían al difunto hasta su lugar de inhumación o incineración (ambos ritos se usaron en Roma) fuera de las murallas de la ciudad, adonde era trasladado en procesión. De hecho, los últimos kilómetros de vía que llevaban a Roma estaban jalonados por lápidas funerarias o pequeños monumentos que honraban la memoria de los difuntos.

UN HALLAZGO SORPRENDENTE

Pero lo que tradicionalmente los estudiosos conocían sobre los ritos y costumbres funerarias de los romanos iba a cambiar en 2019 cuando el arqueólogo Andrew Peachey, de la empresa Archeological Solutions, realizó un descubrimiento sorprendente en el transcurso de una excavación arqueológica en la localidad de Great Whelnetham, en el condado de Suffolk, en Inglaterra: los restos de cincuenta y dos esqueletos del siglo IV (un período en el que la presencia romana en Britania empezaba a disminuir), diecisiete de los cuales habían sido decapitados posmortem (en 2010, en York, la antigua Eboracum, aparecieron también los restos de unos romanos decapitados, pero en este caso al parecer fue perimortem). "No esperábamos encontrar tantos y tan bien conservados", explica un sorprendido Peachey. Y lo más excepcional del hallazgo radica en que a algunos de los difuntos los enterraron con la cabeza colocada entre las piernas.


UN ESQUELETO CON LA CABEZA DEPOSITADA ENTRE SUS PIERNAS.

Foto: Archaeological Solutions

Lo más excepcional de hallazgo de Great Whelnetham radica en que a algunos de los difuntos les enterraron con la cabeza colocada entre las piernas.

Desde 1964, los arqueólogos sabían que en la zona existía un gran asentamiento romano fundado en el siglo I d.C. De hecho, el condado de Suffolk se hallaba bajo el control de la tribu de los icenos cuando los romanos invadieron Britania en el siglo I, y hasta principios del siglo V d.C. fue un área intensamente poblada. Pero dado las características arenosas del terreno, lo esperable era que cualquier resto óseo hubiera desaparecido con el paso de los siglos. Así que la sorpresa fue mayúscula cuando durante las excavaciones empezaron a salir a la luz los restos de hombres, mujeres y niños que muy posiblemente habían habitado en aquel lugar. Peachey, responsable de las excavaciones, no ha podido explicar el motivo de esas decapitaciones, aunque sí se ha atrevido a sugerir una teoría: "Este parece ser un rito fúnebre realizado con precisión que podría estar asociado con un grupo en particular dentro de la población local".

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UN ENTIERRO POCO HABITUAL

Según los investigadores, no es extraño encontrar en los cementerios romanos algunos enterramientos poco habituales, pero el caso de Suffolk es realmente curioso. De los cincuenta y dos esqueletos, tan solo diecisiete fueron enterrados en posición "supina", es decir acostados boca arriba. El resto fueron enterrados boca abajo, en una posición agachada o de espaldas, con la cabeza entre las piernas o los pies. Otro hecho curioso es que cuatro de las cabezas estaban colocadas junto a cuerpos que no eran los suyos. "A excepción de tres o cuatro cementerios en todo el país, es muy raro hallar una proporción tan alta de enterramientos atípicos en una necrópolis romana. En este caso podríamos considerar este tipo de enterramientos normales entre esa comunidad", según Peachey.


LOS ARQUEÓLOGOS EXCAVAN EN GREAT WHELNETHAM, EN EL CONDADO DE SUFFOLK.

Los arqueólogos excavan en Great Whelnetham, en el condado de Suffolk. Foto: Archaelogical Solutions.

Otro hecho curioso es que cuatro de las cabezas estaban colocadas junto a cuerpos que no eran los suyos.

Peachey destaca asimismo el hecho de que los fallecidos no habían sido ejecutados. Los investigadores, así, piensan que tras la muerte sus cabezas fueron separadas con cuidado del cuerpo, cortadas desde delante, justo detrás de la mandíbula, más como si se tratase de una operación quirúrgica que no una simple ejecución en la que se cortaba la cabeza de manera violenta. Una posible explicación, según el arqueólogo, es que esta fuera una práctica funeraria llegada desde otro lugar y que fuera traída por "mano de obra o incluso esclavos de una finca situada en otro territorio del Imperio romano". Para salir de dudas, el estudio de las proteínas y de los isótopos de los huesos podría aclarar la procedencia de estas personas. En todo caso, Peachey ha planteado la hipótesis de que ese singular ritual formara parte de un culto muy específico en el que se veneraba la cabeza humana como parte del alma. De hecho, el sistema de creencias de algunas tribus celtas prerromanas relacionaba las decapitaciones con la liberación del espíritu.

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PERSISTE EL MISTERIO

Lo que sí se sabe de estas personas es que la mayoría vivieron hasta una edad bastante avanzada para la época, aunque también había un niño de corta edad y dos un poco más mayores, de unos nueve o diez años. Los torsos de estos esqueletos estaban bastante desarrollados, lo que sugiere que muy posiblemente realizasen duras tareas agrícolas: "Estaban bien nutridos y varios tenían brazos y cuerpos muy robustos, acordes con una población agrícola trabajadora", comenta Peachey. Sin embargo, el análisis de la dentadura de alguno de los esqueletos reveló que la dieta de estos individuos era alta en azúcares naturales y carbohidratos, y que la higiene bucal no era la adecuada: a la mayoría de los esqueletos les faltaban piezas dentales y sufrían abscesos. Aparte de estos problemas dentales, algunos padecieron tuberculosis, algo que era muy común en las comunidades agrícolas de la época. El equipo de arqueólogos también descubrió una gran zanja repleta de diversos elementos de la vida cotidiana como platos de color rojo brillante importados de la Galia, vasos de colores decorados con ciervos y dos elaborados peines, aunque en ninguna de las tumbas se descubrió un ajuar funerario que indicara la posición social del difunto.


UNO DE LOS ESQUELETOS DECAPITADOS DE GREAT WHELNETHAM.

Foto: Archaeological Solutions

Tras la excavación, los huesos fueron trasladados al museo de Suffolk para continuar con su estudio. "La siguiente parte es dar vida a su historia para conocer más sobre el devenir histórico de la aldea y de Suffolk en general", ha concluido Peachey.

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NATIONAL GEOGRAPHIC


Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

domingo, 10 de enero de 2021

NATIONAL GEOGRAPHIC : REVUELTA CONTRA LOS ROMANOS.- Boudica, la rebelión de la reina guerrera de Britania contra Roma

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG.- en la historia de las mujeres guerreras, se debe recordar a la reina Boudica, de Britania;  quien humillada por los invasores romanos, ya que fue violada ella y sus hijas por los legionarios, se sublevó bajo el mando de los icenos, obteniendo victorias consecutivas en cada enclave romano como  Camulodunum (Colchester),  Londinium (Londres), hasta que finalmente fue derrotada por  Suetonio Paulino, que igual que ella no respetó ningún ser viviente pasando por las armas a hombres, mujeres, niños y ancianos, la reina sobrevivió y regresó a los territorios icenos y se suicidó.  

En el año 60 d.C., la reina de los icenos encabezó una gran revuelta contra los invasores que habían asesinado a su marido, la habían sometido a un trato degradante y habían violado a sus hijas. El levantamiento fue sofocado pero acabó con la vida de unos 70.000 romanos y britanos aliados suyos.








Foto: Scala, Firenze. Color: Santi Perez

Un siglo después de que Julio César emprendiera la conquista de Britania, los territorios de las actuales Inglaterra y Gales distaban de estar totalmente pacificados. Las rebeliones indígenas y las campañas de sometimiento por parte de Roma eran constantes. En el año 60 d.C., durante el reinado de Nerón, un nuevo gobernador del país, Suetonio Paulino, se propuso acabar con el foco rebelde de la isla de Mona (Anglesey), frente a la costa oriental del país, donde se habían hecho fuertes los silures. Las tropas de Suetonio Paulino pasaron a cuchillo a todos los habitantes de Anglesey, sin distinción de sexo o edad, y talaron los bosques en los que se practicaban las ceremonias de los druidas.

Mientras esto sucedía, más al este, en el territorio de los actuales condados de Norfolk y Suffolk, moría Prasutago, rey de los icenos. Tras su papel en la sublevación icena del año 47, Prasutago había gobernado con el apoyo de los romanos, y en su testamento repartió sus dominios a partes iguales entre el emperador Nerón y sus hijas, para asegurarse de que Roma apoyaría también a sus sucesores. Sin embargo, el procurador imperial, Cato Deciano, reclamó la totalidad del reino para Roma. Las tropas de Deciano saquearon el país, despojaron a los nobles de sus bienes, les expulsaron de sus predios ancestrales y esclavizaron a sus familias. También violaron y humillaron a la viuda de Prasutago, Boudica (o Boadicea), y a sus hijas, creyendo que con su deshonra acabarían con su línea dinástica.

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ESTALLA LA REBELIÓN

Los romanos no contaban con el carácter de Boudica y la influencia que ejercía entre los suyos. No era sólo la esposa del rey: su cargo de sacerdotisa de la diosa Andraste le confería un gran ascendiente sobre los icenos. La reina lo empleó, como relata Dión Casio, para abominar de la dominación romana y convencer a los suyos de que era preferible la muerte a soportar por más tiempo la opresión.

Estalló así una violenta rebelión en la que los acontecimientos se sucedieron vertiginosamente. Primero, los icenos y sus aliados los trinovantes se dirigieron a la capital de éstos, Camulodunum (Colchester), que se había convertido en la principal colonia romana de la región. Con el apoyo de los britanos que residían en el lugar, los rebeldes la asaltaron, masacrando a los colonos y veteranos romanos. Tras el saqueo, todos los edificios fueron demolidos hasta los cimientos y entregados a las llamas.


Esta estatua colocada en el puente de Westminster de Londres representa a la reina Boudica con sus hijas.

Foto: Alamy / ACI

MARCHA SOBRE LONDRES

Eufóricos por su victoria, los britanos se dirigieron a continuación hacia Londinium (Londres), el principal enclave comercial romano. Para oponerse al avance, el legado Quinto Petilio Cerealis reunió diversos destacamentos de la Legión IX Hispana y planteó batalla, confiando en la superior capacidad de combate de los legionarios. Pero las fuerzas rebeldes se habían engrosado con nuevos contingentes atraídos por las primeras victorias, y los romanos fueron prácticamente aniquilados. Tan sólo se salvó Petilio junto con algunos soldados de caballería. El responsable de la sublevación, Cato Deciano, puso tierra de por medio y huyó a la Galia.

Los rebeldes exterminaron a todos los pobladores de Londres que no se unieron a la columna de Paulino Suetonio, una espiral de odio que continuó en Saint Albans.

Suetonio Paulino regresó rápidamente de la isla de Anglesey para intentar defender Londinium, pero nada pudo hacer. Los britanos arrasaron la ciudad y se ensañaron con sus pobladores, a los que sometieron –según Tácito y Dión Casio– a las más crueles torturas. La espiral de odio continuó en la ciudad de Verulamium (Saint Albans), que también fue reducida a cenizas. Hasta ese momento habían perecido más de 70.000 romanos y aliados, esencialmente civiles, y, lo que es más grave, Roma corría el riesgo de ser expulsada de Britania.


Esta ilustración representa el aspecto de Londres, ya recuperada del asalto de Boudica, rodeada de murallas. La gran plaza porticada del centro se corresponde con el foro.

Foto: Bridgeman / ACI

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LA BATALLA DECISIVA

Suetonio Paulino se esforzó en reunir todas las tropas disponibles, pero con escaso éxito. Reducido a poco más de 11.000 hombres pertenecientes a la Legión XIV Gemina y a los veteranos de la Legión XX Valeria Victrix, el general romano fio su suerte a su superior experiencia táctica y a su astucia. Después de saquear los centros religiosos del centro de Britania, Suetonio supo atraer a los britanos, con efectivos muy superiores –algunas fuentes cifran su número en 230.000 guerreros–, pero mal organizados, hacia un terreno angosto cerca de Lichfield favorable a su plan.

La rebelión de Boudica se había cobrado la vida de 70.000 romanos y aliados y, lo que era más más grave, Roma corría el riesgo de ser expulsada de Britania.

Ya en el campo de batalla, la reina Boudica recorrió las líneas animando a sus hombres. Les recordó que combatían para vengar las ofensas recibidas y por la libertad, y que era el momento de vencer o morir. Las mujeres de las diversas tribus –añadía– habían decidido ya su destino; correspondía ahora a los hombres demostrar si deseaban combatir antes que vivir como esclavos. Suetonio Paulino, por su parte, animó también a los suyos invocando a la vez su afán de gloria y su codicia, prometiéndoles que podrían disponer a su gusto tanto del botín como de los territorios de sus enemigos.


Un guerrero celta combate desde un carro guiado por su auriga. Denario romano acuñado hacia 48 a.C. Museo Ashmolean, Oxford.

Foto: Bridgeman / ACI

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El choque fue terrible. Sobreponiéndose al terror que causaban los cánticos y el griterío de los britanos, las legiones avanzaron en formación cerrada arrojando una lluvia de pila (lanzas) sobre sus enemigos para después abalanzarse sobre ellos con las espadas. Tras un duro combate, en el que la caballería romana apoyó a la infantería en los puntos más comprometidos, los britanos empezaron a retroceder. Al topar con los carros en los que transportaban a sus familias, el combate derivó en carnicería. Enardecidos por los excesos anteriores de los britanos, los romanos no hicieron prisioneros. Hombres, mujeres y niños fueron exterminados, en una orgía de sangre de la que no se salvaron ni los caballos uncidos a los carromatos. Cuando, agotados por la masacre, los legionarios depusieron sus armas, los cadáveres de más de 80.000 britanos cubrían el campo de batalla, por sólo 400 romanos. Por su victoria, la Legión XIV obtuvo el sobrenombre de Martia Victrix.

La represión durante el año 61 fue feroz. Boudica se refugió con sus hijas en el territorio de los icenos, donde se suicidaron mediante veneno. Suetonio Paulino arrasó el territorio de los sublevados, con la intención de exterminar totalmente a los britanos. Pero las autoridades enviadas desde Roma impidieron esto último, y el general victorioso fue finalmente destituido. Su sucesor, Publio Petronio Turpiliano, se decantó por una política de acercamiento a las élites locales. La rebelión de Boudica había demostrado que sin su apoyo era imposible mantener el dominio romano en Britania.

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Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

viernes, 11 de diciembre de 2020

NATIONAL GEOGRAPHIC : LA CONQUISTA MÁS DIFÍCIL DE ROMA .- Britania, la irreductible Isla de los Druidas

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, nos entrega un reportaje sobre la conquista de las Islas Británicas, por el Imperio Romano; que ellos conocían como Britania, pero más nombrada como la Isla de los Druidas; que a pesar que estuvieron allí más de un siglo, pero  nunca lograron domar a estos habitantes irreductibles.
NATIONAL GEOGRAPHIC.- narra : "....En el año 43 d.C., Claudio envió cuatro legiones a Britania al mando de Aulo Plaucio, un importante senador y militar que ya había obtenido fama en la conflictiva provincia de Panonia, en la frontera danubiana del imperio. En total contaba con unos 60 o 70 mil soldados entre legionarios y auxiliares, pero esa no era ninguna garantía; Britania era una tierra boscosa y desconocida donde las legiones no podían hacer valer su principal arma, el combate en formación. Años antes, durante el principado de Augusto, tres legiones habían sido aniquiladas en Germania en condiciones muy similares....."

En el año 43 d.C., el emperador Claudio envió las legiones romanas a Britania. Circulaban terribles rumores sobre esta isla, por lo que se trataba de una empresa arriesgada pero que daría enorme gloria a quien la lograse. Su conquista duró más de un siglo y nunca llegó a completarse.








cuando Claudio se convirtió en el cuarto emperador de Roma, no venía precedido por una gran fama. Su propia familia lo consideraba un incapaz y si la guardia pretoriana lo había apoyado era justamente porque pensaban que era demasiado tonto como para representar un problema, al contrario que su predecesor CalígulaPara el nuevo emperador, obtener prestigio y congraciarse con el ejército eran tareas urgentes. Y el mejor modo de matar esos dos pájaros de un tiro era organizando una campaña de conquista.

El emperador Claudio tomó la sorprendente decisión de atacar Britania, la misteriosa isla de los druidas a la que Julio César y Augusto habían renunciado.

Sin embargo, el objetivo elegido por Claudio resultó sorprendente: Britania, la misteriosa isla de los druidas. Esta solo era conocida por las historias de los veteranos de Julio César, que habían sido los primeros romanos en desembarcar en la isla en los años 55 y 54 a.C. César no había ido a conquistarla sino a establecer pactos con algunos líderes tribales del sur, pero sus hombres regresaron con historias terribles sobre los britanos y las prácticas de los druidas, incluyendo sacrificios humanos. Augusto había planificado tres campañas, ninguna de las cuales se había llevado a cabo finalmente. ¿Qué mejor manera de obtener la gloria eterna que conquistar la isla a la que habían renunciado el gran general y el primer emperador de Roma?

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EN BUSCA DE LA GLORIA

En el año 43 d.C., Claudio envió cuatro legiones a Britania al mando de Aulo Plaucio, un importante senador y militar que ya había obtenido fama en la conflictiva provincia de Panonia, en la frontera danubiana del imperio. En total contaba con unos 60 o 70 mil soldados entre legionarios y auxiliares, pero esa no era ninguna garantía; Britania era una tierra boscosa y desconocida donde las legiones no podían hacer valer su principal arma, el combate en formación. Años antes, durante el principado de Augusto, tres legiones habían sido aniquiladas en Germania en condiciones muy similares.


Igual que había sucedido en Germania décadas antes, los densos bosques proporcionaban ventaja a las tribus locales, que podían atacar con flechas y troncos y huir rápidamente. Además, los soldados no podían sino sentirse intimidados por aquellos parajes frondosos y llenos de pantanos, donde su táctica de combate no servía para nada.


Por ello, Plaucio procedió con extrema cautela. Desembarcó en la costa sudeste de la isla y envió a exploradores a reconocer el terreno, sin avanzar nunca más allá de lo que estos habían hecho. Su primer objetivo era establecer un campamento desde el que poder planificar la campaña con más seguridad, pero antes de que pudiera hacerlo los romanos tuvieron sus primeros encuentros con los catuvellaunos, una tribu britana, que les acechaban en los bosques y les atacaban desde la distancia con flechas y troncos; gracias a su conocimiento del terreno, desaparecían rápidamente antes de que estos pudieran contraatacar.

En Roma circulaban historias terribles sobre los britanos y la magia de los druidas. Los legionaros quedaron impresionados y asustados porque los britanos luchaban a cuerpo descubierto, sin armadura y cubiertos de pinturas.

Esos primeros combates dieron a los romanos una idea de la gente a la que se enfrentaban. Quedaron impresionados a la par que asustados porque los britanos luchaban a cuerpo descubierto, sin armadura y cubiertos de pinturas a las que atribuían propiedades mágicas y protectoras, por lo que se lanzaban al combate sin miedo aparente. Los druidas, sobre los que circulaban rumores terribles desde la época de Julio César, entonaban espantosos cantos que aterrorizaban a los soldados. Y según los cronistas de la época, por allí donde pasaran las tropas romanas encontraban cráneos que corroboraban las leyendas sobre sacrificios humanos.

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Plaucio mandó a algunos de sus auxiliares cruzar el Támesis hasta el campamento britano para averiguar su número y equipamiento, tras lo cual mataron a sus caballos para impedirles la huida. El ejército romano entonces cruzó el río e infligió una dura derrota a los catuvellaunos, causando la muerte de uno de sus líderes, Togodumno. Su hermano Carataco asumió el mando y se retiró con los supervivientes hacia el norte. Habiendo eliminado el peligro más inmediato, Plaucio estableció su campamento a orillas del Támesis y mandó llamar al emperador Claudio, que pudo ostentar una victoria sobre la que asentar su posición.

Plaucio estableció la capital de la Britania romana en Camulodunum y volvió a Roma como un héroe. La isla estaba lejos de ser conquistada, pero era mucho más de lo que cualquier otro romano hubiera conseguido nunca.

Tras conquistar Camulodunon, la capital de los cautuvellanos, Plaucio estableció en ella la capital de la Britania romana, que fue rebautizada como Camulodunum y siglos después tomó su actual nombre: Colchester. Pero el general ya había agotado sus cuatro años como gobernador de Britania y fue relevado, una práctica habitual aunque hubieran tenido éxito -es más, sobre todo si habían tenido éxito- para evitar que sus soldados se vincularan demasiado a ellos y se rebelaran para proclamarles emperadores. Plaucio volvió a Roma como un héroe, con una acogida triunfal en la que el propio Claudio le acompañó. La isla estaba lejos de ser conquistada, pero era mucho más de lo que cualquier otro romano hubiera conseguido nunca en Britania.


Los campamentos permanentes se convertían con el tiempo en ciudades, que permitían a los legionarios llevar una vida de estilo romano lejos de Roma. Muchos formaban familias, a menudo con mujeres locales, aunque tales matrimonios no eran reconocidos hasta que terminaban sus años de servicio en el ejército. Si sobrevivían a los 25 años de servicio, recibían tierras en las provincias colonizadas.

LA TIERRA DE LOS DRUIDAS

La derrota de los catuvellaunos dividió a los britanos acerca de cómo recibir a los romanos. Algunos, como el derrotado Carataco, insistieron en formar una resistencia conjunta contra los invasores. Otras como Cartimandua, la reina de los brigantes -la tribu más numerosa y poderosa, asentada en el centro de la isla- optaron por entablar buenas relaciones con ellos. Esto les proporcionaba no solo la tranquilidad de no ser atacados, sino también una posición de fuerza respecto a las demás tribus.

Con la seguridad de tener a Cartimandua cubriéndoles las espaldas en el norte, el nuevo gobernador, Publio Ostorio Escápula, puso en su punto de mira las tierras galesas, donde se habían refugiado las tribus que se oponían a ellos y el propio Carataco. Esta campaña representó un reto todavía mayor que las anteriores, puesto que los britanos no presentaban batalla abiertamente y los romanos eran incapaces de encontrarles entre las montañas y los bosques. La alianza con Cartimandua se reveló muy provechosa y les permitió capturar finalmente a Carataco y su familia, que fueron enviados ante el emperador en Roma. Claudio les perdonó la vida, pero pasaron el resto de sus vidas como cautivos en un palacio del emperador.

La última y más feroz resistencia de los britanos se produjo en la isla de Mona o Anglesey, que los druidas consideraban tierra sagrada.

La última y más feroz resistencia de los britanos se produjo en la isla que los romanos llamaron Mona (actual Anglesey, o Môn en lengua galesa). Esta era la plaza fuerte de los druidas, que la consideraban tierra sagrada. Puesto que la religión celta era el elemento aglutinante de las diversas tribus britanas, acabar con sus sacerdotes asestaría un duro golpe a la resistencia. En el año 60 d.C., ya durante el principado de Nerón, el gobernador Cayo Suetonio Paulino se dispuso a acabar con el problema de una vez por todas y se dirigió a Mona al mando de su mejor legión, la XIV Gemina, que había participado en la invasión de la isla en tiempos de Claudio.


Los druidas eran la fuerza unificadora de las sociedades celtas. El emperador Claudio prohibió su religión, en parte porque algunas de sus prácticas horrorizaban a los romanos, pero también porque era consciente de su poder para atizar la resistencia contra Roma.

Sin embargo, incluso aquellos veteranos que conocían Britania desde hacía casi veinte años quedaron aterrorizados por el recibimiento que les esperaba en la tierra sagrada de los druidas, cuyo nombre en antiguo galés era Ynys Dywyll, “la isla oscura”. Según los historiadores Tácito y Suetonio, hombres y mujeres vestidos con harapos se mezclaban con los guerreros britanos y lanzaban maldiciones contra los soldados romanos. Solo la determinación de Paulino pudo mantener la disciplina entre sus hombres y convencerlos de que todo aquel espectáculo era simple superstición. Superado el miedo inicial, las tropas romanas masacraron tanto a los druidas como a los guerreros que se habían refugiado en la isla huyendo de Gales.

Cabe decir que todos estos relatos nos han llegado de fuentes secundarias, puesto que ni Tácito (que en aquel entonces tenía 5 años) ni mucho menos Suetonio (que vivió en la época de Trajano y Adriano) los presenciaron: el primero seguramente recurrió al testimonio de algún veterano, que pudo haberlo exagerado, y Suetonio tomó como referencia los textos que Tácito y otros historiadores habían dejado.

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UNA ISLA IRREDUCTIBLE

Si Paulino creía haber apagado el último foco de resistencia britana, no podía estar más equivocado; de hecho, sus problemas acababan de empezar. Mientras él estaba en Mona, había empezado uno de los episodios más famosos de la historia de la Britania romana: la reina Boudica de los icenos se había rebelado a causa de las vejaciones sufridas por ella y sus hijas a manos de los romanos. La revuelta duró dos años y, aunque terminó con la muerte de la reina, se saldó con graves pérdidas para los romanos, incluyendo la destrucción de Camulodunum; según Suetonio, la crisis fue tal que Nerón se planteó seriamente retirarse de Britania.

Septimio Severo fue el último emperador que intentó completar la conquista de Britania y con él murió definitivamente el viejo sueño romano de domar la isla irreductible de los druidas.

Los problemas continuaron en el año 69 cuando se produjo una lucha por el poder entre la reina Cartimandua, su principal aliada en Britania, y su marido Venatius, que lideraba una facción partidaria de expulsar a los romanos e intentó arrebatar el poder a su esposa. Aunque fue finalmente derrotado, Cartimandua murió sin herederos poco después, obligando a los romanos a dejar una fuerza permanente en el centro de la isla. Al mismo tiempo, se producían nuevas rebeliones en las montañas galesas.

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Todos estos episodios convencieron a los emperadores de la necesidad de romanizar completamente a los britanos. La tarea no era fácil, puesto que la isla se encontraba muy aislada, estaba lejos de ser pacificada -en las tierras de Caledonia, la actual Escocia, todavía habitaban los temibles pictos- y su clima inhóspito y poco propicio para la agricultura ahuyentaba a los colonos.


«Fui el primero que trazó un muro, de ochenta mil pasos, para separar a los bárbaros de los romanos», afirma Adriano en la Historia augusta. Esta colosal infraestructura –en la imagen, a su paso por Northumberland, en la frontera con Escocia– fue erigida para proteger el territorio conquistado por Roma de los ataques de las tribus escocesas.


Finalmente, Adriano y su sucesor Antonino Pio, que gobernaron el Imperio entre los años 117 y 161 d.C., decidieron erigir sendas murallas para separar la Britania romana del norte de la isla. Septimio Severo fue el último emperador que intentó completar la conquista de Britania: falleció en Eboracum (actual York) en el año 211, y con él murió definitivamente el viejo sueño romano de domar la isla irreductible de los druidas.

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