Mostrando entradas con la etiqueta Kenya. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Kenya. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de noviembre de 2017

MEDIO AMBIENTE : ÁFRICA .- NATIONAL GEOGRAPHIC .- Guepardos al límite

http://www.nationalgeographic.com.es/naturaleza/grandes-reportajes/guepardos-al-limite-2_6630/1

Son los grandes felinos más vulnerables del mundo, pero luchan como ninguno por la supervivencia

Guepardos al límite
Una cámara oculta capta una imagen fugaz de un guepardo asiático. Solo quedan unas pocas decenas de estos animales en un rincón apartado de Irán. La población mundial de guepardos ha retrocedido bruscamente de unos 100.000 ejemplares en 1900 a menos de 10.000 en la actualidad. 
Foto: Frans Lanting

Guepardos al límite
Una cría casi adulta de guepardo se abre paso entre un laberinto de furgonetas de safari en la reserva Nacional masai mara de Kenya. el turismo, los leones y la ganadería en expansión son otros tantos obstáculos para que estos felinos crezcan en la sabana africana. La tasa de mortalidad entre las crías puede llegar al 95 %.
Foto: Frans Lanting

Guepardos al límite
Rescatado de manos de un furtivo cuando era un cachorro, Koshki, de cinco años, creció en una reserva del nordeste de Irán. Es uno de los dos únicos guepardos asiáticos que viven en cautividad. La gruesa cresta de pelo del lomo, necesaria para soportar el crudo invierno de las estepas del centro de Irán, distingue a esta subespecie del guepardo africano.
Foto: Frans Lanting

Guepardos al límite
Una joven madre a la que los investigadores llaman Etta recorre con la vista el Serengeti, atenta a cualquier posible señal de peligro, mientras sus cuatro cachorros de 12 semanas juegan a luchar. Un estudio de larga duración ha descubierto que la mayoría de los cachorros de este lugar son criados por un reducido número de guepardos «supermadres». 
Foto: Frans Lanting

Guepardos al límite
Un guepardo macho adopta una postura vigilante en lo alto de una higuera de la Reserva Nacional Masai Mara, en Kenya. Sus perspectivas son poco alentadoras. tímido y huidizo por naturaleza, y necesitado de vastos espacios para vivir y cazar, el corredor más veloz del planeta ve amenazada su supervivencia. a vuelo
Foto: Frans Lanting
7 de diciembre de 2012
Los leopardos del Okavango
Más información

Los leopardos del Okavango

La expectación se palpa en la multitud. Los dedos se crispan sobre los prismáticos. Las cámaras enfocan, listas para disparar. Nada menos que 11 furgonetas de safari, atestadas de turistas y erizadas de teleobjetivos, se concentran cerca de una acacia solitaria en el Parque Nacional del Serengeti, en Tanzania. Desde hace media hora una guepardo llamada Etta permanece a la sombra del árbol con sus cuatro cachorros de corta edad, observando una manada de gacelas de Thomson que ha aparecido en un promontorio cercano. Etta se levanta y empieza a deslizarse hacia el rebaño con una estudiada indiferencia que no engaña a nadie, y menos aún a las gacelas, que miran con nerviosismo en su dirección.

De repente uno de los guías grita: las gacelas han empezado a dispersarse y a correr, mientras Etta se lanza en una de sus carreras explosivas. El esbelto felino, demasiado veloz para seguirlo con la vista, es una figura borrosa entre las hierbas altas. El espectáculo acaba en unos segundos, con una nube de polvo y una tenaza mortal en el cuello de una infortunada gacela joven. Mientras Etta arrastra la presa hacia sus cachorros, los pequeños salen de entre los matorrales, ansiosos por sumarse al festín. Apenas unos segundos más tarde llegan las furgonetas, cuyos conductores compiten por conseguir el mejor ángulo para que sus clientes hagan fotos.
Los guepardos ocupan un lugar destacado en la imaginación humana. Bellos y exóticos, veloces como coches deportivos y famosos por su docilidad, estos habitantes de la sabana salvaje son estrellas mediáticas, apreciadas por cineastas y publicistas de todo el mundo.
Más información

Elefantes huérfanos

Toda esa presencia en la cultura popular po­­dría crear la falsa impresión de que el guepardo está tan seguro en la naturaleza como en el imaginario colectivo. Pero no es así. De hecho, es el más vulnerable de los grandes felinos. Hay pocos ejemplares en el mundo, y cada vez quedan me­­nos. Hace unos siglos el área de distribución de los guepardos se extendía desde el subcontinente indio hasta el mar Rojo y ocupaba casi toda África. Sin embargo, pese a lo veloces que son corriendo, no pudieron eludir el avance de la actividad humana. Actualmente el guepardo asiático, la elegante subespecie que adornó las cortes reales de la India, Persia y Arabia, está casi extinguido. En África su número se desplomó en más de un 90 % a lo largo del siglo XX, a medida que los agricultores, ganaderos y pastores los expulsaban de su hábitat, los cazadores deportivos los mataban por diversión y los furtivos robaban sus crías para venderlas en el lucrativo comercio de las mascotas exóticas. En total, hoy sobreviven menos de 10.000 guepardos en el medio natural.

Incluso dentro de las grandes reservas de caza africanas, su situación es difícil. Esquivos y de constitución delicada, estos grandes felinos, los únicos que no pueden rugir, son desplazados por los leones, mucho más fuertes y numerosos. Consideremos por ejemplo el , en Tanzania, y la adyacente Reserva Nacional Masai Mara, en Kenya. Los dos par­­ques acogen en total más de 3.000 leones, una población estimada de 1.000 leopardos y solo 300 guepardos. Y pese a su categoría de estrellas, los leones también los superan en el terreno tu­­rístico. «Por lo general la gente solo busca guepardos en su segundo safari –dice el guía Eliyahu Eliyahu–. En el primero todos quieren ver leones. El problema es que donde la población de leones es grande, no suele haber muchos guepardos.»
Los guepardos no solo constituyen una especie dentro del selecto grupo de los grandes felinos, sino que además pertenecen a un género distinto del que son los únicos miembros, Acinonyx, nom­­bre que hace referencia a la curiosa garra semirretráctil de estos animales, un rasgo que no comparten con ningún otro félido. A diferencia de los leones y los leopardos, cuyas garras retráctiles son instrumentos para desgarrar la carne y trepar a los árboles, los guepardos tienen unas garras semejantes a los clavos de las zapatillas de correr y desempeñan una función similar: mejorar el agarre y facilitar la aceleración.
Todo en el cuerpo del guepardo está hecho para correr. Si pusiéramos un guepardo y un Lamborghini en una autopista, no sería fácil predecir cuál de los dos sería el primero en superar la barrera de los 100 kilómetros por hora. Los dos pueden pasar de cero a cien en menos de tres segundos, pero el guepardo es capaz de alcanzar los 70 kilómetros por hora en un par de zancadas. Gracias a su columna flexible y a sus patas largas y elásticas, el felino se come el terreno en saltos de más de 7,50 metros. Un atleta humano capaz de dar uno solo de esos saltos, después de tomar impulso, podría clasificarse para los Juegos Olímpicos. Un guepardo a toda velocidad puede hacerlo hasta cuatro veces por segundo.
En la Antigüedad, esas impresionantes aptitudes dieron al guepardo un aura legendaria. Los egipcios fueron los primeros en domesticarlos como mascotas y en inmortalizarlos en imágenes en sus tumbas y templos, hace casi 4.000 años. En la India, Irán y Arabia, la caza con guepardos fue un pasatiempo muy popular entre la aristocracia. En la corte de los emperadores mongoles los guepardos eran un símbolo, reflejado en pinturas y tapices, en el folclore y la poesía. Los ejemplares favoritos, adornados con collares de piedras preciosas, ocupaban un lugar prominente en las procesiones reales.
Los guepardos siguen estando muy de moda en Arabia Saudí y los países del Golfo, donde un cachorro puede costar más de 8.000 euros. «Los jóvenes pudientes se compran un guepardo para que combine con su coche deportivo –dice Mordecai Ogada, biólogo keniata que estudia la relación entre guepardos y humanos y el tráfico de especies protegidas–. En estos tiempos es un típico comportamiento de nuevo rico.» En lugares como la Unión de Emiratos Árabes, el guepardo se encuentra en una especie de limbo legal. «La importación es clandestina –dice Ogada–, pero una vez dentro, el comercio es abierto. Los guepardos introducidos de contrabando se pueden “blanquear” para que parezcan criados legalmente en cautividad. Es difícil averiguar el origen de los cachorros a menos que se les hagan análisis genéticos y se los identifique como miembros de una subespecie endémica de un área concreta.»
No es fácil determinar las consecuencias del tráfico para una población en declive, pero los datos indican que el comercio de crías nacidas en libertad es un negocio a gran escala. Internet está lleno de «criadores» que ofrecen cachorros en lugares como Dubai. El año pasado varios contrabandistas de guepardos fueron detenidos en Tanzania y Kenya, y hubo rumores de crías puestas a la venta en lugares tan distantes como Camerún. «Sospecho que el problema es mayor de lo que imaginamos –dice Yeneneh Teka, jefe de la Dirección de Desarrollo y Protección de la Fauna de Etiopía–. Hay mucho dinero de por medio, y al igual que los contrabandistas de drogas o de armas, los traficantes de fauna disponen de redes bien establecidas.»
El año pasado Etiopía implementó duras medidas contra el tráfico de fauna y puso en marcha un programa de formación para guardias fronterizos y funcionarios de aduanas. Como resultado de la nueva política, los agentes interceptaron un cargamento de crías de guepardo cuando los traficantes intentaban pasar la frontera de Somalia.
«Mientras los guardias fronterizos examinaban la documentación del camión, oyeron unos ruidos como si alguien rascara en el interior de un bidón que supuestamente contenía gasolina –cuenta Teka–. Cuando lo abrieron, encontraron cinco cachorritos de guepardo en muy mal estado.» Una de las crías murió. Los otros cuatro, después de varias semanas de atención veterinaria, fueron trasladados a un refugio de fauna.
«Nunca podrán volver a vivir en la naturaleza –lamenta Ogada–. Aunque pudiéramos enseñarles a cazar, los humanos no sabríamos enseñarles a reconocer y eludir a enemigos como los leones y las hienas.» Si bien algunos guepardos han sido reintroducidos con éxito en grandes reservas valladas de Sudáfrica, las extensas sabanas son mucho más peligrosas. Los cachorros huérfanos «no tendrían ninguna posibilidad en un lugar como el Serengeti», asegura Ogada.
Tampoco para una guepardo es fácil criar a los cachorros en el medio natural, donde la mortalidad de las crías puede llegar al 95 %. La ma­­yoría de los pequeños ni siquiera salen de la madriguera en la que nacieron. Caen víctimas de las incursiones de los leones o de las hienas, mueren por las inclemencias meteorológicas o son abandonados por una madre incapaz de cazar lo suficiente para mantenerlos. De hecho, muchas hembras no consiguen que ninguno de sus cachorros llegue a la madurez.
Unas pocas, sin embargo, logran vencer la adversidad y tienen un éxito sorprendente con las crías. Algunas incluso adoptan los cachorros de otras hembras. Esas supermadres, magníficas cazadoras y profundas conocedoras del entorno, logran cobrar una presa casi cada día y mantener a salvo a su prole en la vastedad de la sabana africana, en las mismas narices de hienas y leones. Una de ellas, una hembra de siete años llamada Eleanor, ha criado al menos al 10 % de los guepardos adultos del sur del Serengeti.
«No sé de ningún otro carnívoro que dependa tanto del éxito de tan pocas hembras», dice Sarah Durant, de la Sociedad Zoológica de Londres. Durant dirige el Proyecto de Investigación de Guepardos del Serengeti, uno de los estudios más prolongados que se han hecho en el mundo sobre un carnívoro. Desde hace 38 años, el proyecto lleva un registro de la vida y el linaje ma­­terno de varias generaciones de guepardos del Serengeti. Se trabaja duramente, soportando el calor y el polvo dando tumbos por la sabana a bordo de viejos Land Rover en busca del felino más esquivo de África. Gracias a la laboriosa investigación de Durant conocemos la vital importancia de las supermadres.
Los linajes maternos de los guepardos del Serengeti están ahora bien documentados, pero la paternidad es otra historia. La bióloga Helen O’Neill espera pacientemente en su Land Rover a escasa distancia del lugar donde tres guepardos hermanos (Moca, Latte y Espresso, conocidos colectivamente como los Coffee Boys) descansan a la sombra de un mirobálano de Egipto. O’Neill ha salido a hacer lo que denomina jocosamente la «patrulla de la caca», que consiste en recoger muestras de las heces de ejemplares concretos e identificables. Mediante el estudio del ADN de las muestras, los científicos de la Sociedad Zoológica de Londres esperan añadir los linajes paternos a los árboles filogenéticos del Serengeti. Los datos obtenidos hasta la fecha indican que las hembras son más promiscuas de lo que se sospechaba: en la mitad de las camadas hay cachorros de diferentes padres. «Pensamos que este tipo de apareamiento múltiple podría ofrecer ventajas genéticas en un entorno inestable –dice Durant–. Es como si las madres diversificaran las apuestas para asegurarse de que al menos una parte de su prole sobreviva.»
A un mundo de distancia de la soleada sabana del Serengeti, al final de una fría y despejada tarde de invierno, un solitario guepardo macho avanza cautelosamente por una cresta rocosa cubierta de nieve. Se detiene un momento para marcar olfativamente un tamarisco y enseguida sale del campo visual de la cámara de vídeo operada a distancia que lo ha estado grabando.
La cámara oculta es una de las 80 cámaras-trampa instaladas por el desierto de Kavir, una remota región de la montañosa meseta central de Irán, para captar imágenes de uno de los grandes felinos más raros y esquivos del mundo: el guepardo asiático. «Cuando conseguimos algo así, es como un sueño hecho realidad», dice el biólogo iraní Houman Jowkar refiriéndose a la secuencia de 27 segundos. Jowkar trabaja en el Proyecto de Conservación del Guepardo Asiático, creado en 2001 por el Departamento de Medio Ambiente de Irán para tratar de salvar la última población de esta subespecie amenazada. «Hay poquísimos ejemplares –insiste Jowkar–. Tenemos algunos guardabosques que han vivido y trabajado durante años en estas montañas y nunca han visto un guepardo vivo.»
Gracias al programa de cámaras-trampa, los científicos iraníes han podido determinar a grandes rasgos cuántos guepardos asiáticos quedan y dónde viven, dos datos fundamentales para desarrollar una estrategia de conservación. «Tenemos suerte de que estos preciosos animales tengan manchas –dice Jowkar–. Observando los dibujos de sus pelajes, único en cada ejemplar, podemos identificarlos y deducir su número y su distribución.»
Aun así, salvar al guepardo asiático no será tarea sencilla. Su retroceso comenzó en la época de gloria del Imperio mongol, cuando se puso de mo­­da cazar con guepardos. Se dice que uno de aquellos emperadores reunió más de 9.000 ejemplares durante sus 49 años de reinado.
Esas cifras contrastan con las actuales. En diez años, con decenas de cámaras instaladas, los investigadores iraníes apenas han conseguido 192 imágenes fugaces. En ellas se pueden ver 76 ejemplares huesudos y enjutos, quizá los últimos miembros de la noble subespecie que vivió antaño en la mayor parte de Asia. Estos supervivientes llevan una existencia precaria. Acechan antílopes y ovejas salvajes en las abruptas laderas rocosas y deben competir con los lobos e incluso con los seres humanos, que también recurren a estas especies como fuente de alimento.
«Viven al borde del abismo, en el límite mismo de lo que es ecológicamente posible –dice Luke Hunter, presidente de Panthera, una organización conservacionista internacional dedicada a la protección de los grandes felinos, que colabora con el proyecto del guepardo iraní–. Pero lo curioso es que estos guepardos no se han visto desplazados a las montañas en época re­­ciente. Llevan aquí miles de años. La gente no se da cuenta de lo resistentes y adaptables que son.»
Pese a su vulnerabilidad, los guepardos se cuentan entre los supervivientes más aguerridos y astutos, capaces de soportar los despiadados inviernos de las estepas iraníes y el calor abrasador de los uadis del Sahara. «No son solo veloces –dice el argelino Farid Belbachir, biólogo experto en fauna que ha instalado cámaras-trampa en el macizo de Ahaggar de Argelia para tratar de captar imágenes del guepardo del Sahara, subes­­pecie en peligro crítico–. Entienden el entorno. Han averiguado la forma de aprovechar las partes más estrechas de los uadis para atacar y dar a su presa menos oportunidades de escapar.»
De vuelta en el Parque Nacional del Serengeti, cae la tarde con el sabor caliente del polvo en el aire y las nubes de tormenta agrupándose en el horizonte. Durante una hora más o menos Etta se ha aproximado reptando a un macho grande de gacela, hasta situarse a unos 40 metros, sin que él note su presencia.
«Es muy pronto para saber si Etta llegará a ser una supermadre –dice Durant–. Esta es solo su primera camada. Pero el hecho de que haya sido capaz de sacar a cuatro cachorros del cubil y de que aún los esté criando es muy alentador.»
Etta da un par de pasos más hacia su presa, rápidos y furtivos, y luego se agazapa y espera, como un corredor en los tacos de salida, atento al pistoletazo inicial. Transcurre un minuto de tensión, y luego otro. De pronto, y sin razón aparente, Etta se levanta y se marcha. Algo le habrá parecido mal. Quizás el olor a hiena en la brisa, o tal vez la proximidad de los leones. Sea lo que fuere, una madre de cuatro cachorros, sola en el Serengeti, no puede correr riesgos por una gacela, por muy grande que sea. Reúne a sus crías y se aleja con ellas, entre la neblina violácea.
Noticias relacionadas
NATIONAL GEPGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

domingo, 24 de abril de 2016

NSF: Discovery :- Rough childhoods can have ripple effects for wild baboons.- Infancias ásperas pueden tener un efecto dominó para los babuinos salvajes

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., El trauma infantil puede tener efectos sobre la salud de los adultos y la supervivencia en los seres humanos de gran envergadura, los estudios han demostrado. Ahora, una nueva investigación del mismo es cierto para los babuinos salvajes.
Las personas que sufren de abuso infantil, negligencia y otras características de una infancia difícil son más propensos a desarrollar enfermedades del corazón, diabetes y otros problemas de salud más adelante en la vida, incluso después de los acontecimientos estresantes anteriores han pasado, según la investigación.
Un nuevo estudio revela que los babuinos salvajes que sufren múltiples desgracias durante los primeros años de vida, tales como la sequía o las pérdidas de sus madres, a llevar una vida mucho más cortos - hasta una diferencia de 10 años en la esperanza de vida en comparación con sus compañeros más afortunados.
More information....

Baboons who experience drought, loss of mothers, live shorter lives
A four-month-old infant baboon rides on its mother's back in Amboseli, Kenya.
A four-month-old infant baboon rides on its mother's back in Amboseli, Kenya.
Credit and Larger Version
April 19, 2016
Childhood trauma can have far-reaching effects on adult health and survival in humans, studies have shown. Now, new research finds the same is true for wild baboons.
People who experience childhood abuse, neglect and other hallmarks of a rough childhood are more likely to develop heart disease, diabetes and other health problems later in life, even after the stressful events have passed, previous research shows.
A new study finds that wild baboons who experience multiple misfortunes during the first years of life, such as drought or losses of their mothers, live much shorter lives -- up to a 10-year difference in life expectancy compared with their more fortunate peers.
 
Baboon and human similarities
 
"This suggests that human adult health effects from childhood stresses are not simply products of the modern environment, but have likely been present throughout our evolutionary history," said George Gilchrist, program director in the National Science Foundation (NSF) Division of Environmental Biology, which funded the research.
The results are important because they show that early adversity can have long-term negative effects on survival even in the absence of differences in smoking, drinking or medical care -- factors commonly evoked to explain similar patterns in humans, said Jenny Tung, an evolutionary biologist at Duke University.
Tung co-authored a paper reporting the findings, published this week in the journal Nature Communications.
The conclusions come from a long-term study of 196 wild female baboons monitored on a nearly daily basis between 1983 and 2013 near Amboseli National Park in southern Kenya.
Life isn't easy for a wild baboon, the scientists found. Like many animals on the African savanna, baboons endure drought, overcrowding, disease and predation.
 
Sources of early adversity
 
The researchers focused on six potential sources of early adversity. Some baboons, for example, saw very little rainfall in their first year of life, or experienced stiff competition for resources because of sibling spacing or rising numbers within their group. Others lost their mothers to death or illness, or had moms with lower rank or little social support.
More than three-fourths of the baboons in the study had at least one of the six early risk factors; 15 percent had three or more.
Baboons who lost their mothers before age four, or whose next-born sibling arrived before they were fully weaned, were found to be the most vulnerable.
For baboons, like humans, the tougher the childhood, the higher the risks of premature death later in life.
Young females who experienced just one or no adverse events -- a group the researchers nicknamed the "silver spoon kids" -- generally lived into their late teens and early twenties, whereas those that endured three or more adverse events often died by age nine.
The "bad luck" babies not only lost more than 10 years from their adult lives, they also had fewer surviving offspring. "It's a snowball effect," said co-author Elizabeth Archie of the University of Notre Dame.
Two females named Puma and Mystery, for example, were both born during years of little rainfall, and raised by low-ranking moms who died before the youngsters' third birthdays.
Puma eventually met her end at age seven in the jaws of a leopard. Mystery lived until her disappearance at age 14, presumably to a predator, leaving behind a single infant who died shortly thereafter.
 
Childhood stress in baboons -- and humans
 
Some researchers studying the effects of childhood stress on adult human health pin the blame on differences in medical care or risky behavior. People who had troubled childhoods, the thinking goes, are more likely to turn to drugs, alcohol or other coping mechanisms that are bad for their health.
But wild baboons don't smoke or binge on junk food, and they don't carry health insurance. This supports the idea that differences in lifestyle and medical care are only part of the story, said co-author Susan Alberts of Duke.
Baboon females that experienced the most misfortune in their early years were also more socially isolated as adults, suggesting that social support may also be at play.
Along with paper co-author Jeanne Altmann of Princeton, the team plans to investigate how some baboons manage to overcome early adversity. It could be that those who form and maintain supportive relationships as they grow older are better able to survive and thrive, Archie said.
Baboon DNA is 94 percent similar to that of humans, which indicates these patterns could be deeply rooted in primate physiology, the researchers believe.
-- Cheryl Dybas, NSF (703) 292-7734
 cdybas@nsf.gov
-- Robin Smith, Duke University (919) 681-8057
 robin.a.smith@duke.edu
Investigators Jenny Tung
Susan Alberts
Related Institutions/Organizations Duke University
Related Awards #1405308 EAGER: New Methods for Genomic Analysis of Noninvasive Samples
Total Grants $292,778
Related WebsitesNSF Discovery: Born during a drought: Bad news for baboons: https://nsf.gov/discoveries/disc_summ.jsp?cntn_id=134000&org=NSF
Members of a baboon group in Amboseli relax and groom together
Members of a baboon group in Amboseli relax and groom together, a primary means of social bonding.
Credit and Larger Version
An adult female baboon with her two-month-old infant
An adult female baboon with her two-month-old infant, who has just learned to climb on her back.
Credit and Larger Version
Two adult female baboons and an infant rest in the shade while a third female approaches.
Two adult female baboons and an infant rest in the shade while a third female approaches.
Credit and Larger Version
Two adult female baboons groom together while an adult male and several offspring rest nearby.
Two adult female baboons groom together while an adult male and several offspring rest nearby.
Credit and Larger Version
An adult female greets a companion who has a new infant.
An adult female greets a companion who has a new infant.
Credit and Larger Versión
the National Science Foundation (NSF)
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
ayabaca@gmail.com
ayabaca@hotmail.com
ayabaca@yahoo.com
Inscríbete en el Foro del blog y participa : A Vuelo De Un Quinde - El Foro!

domingo, 5 de abril de 2015

nsf.gov - National Science Foundation - Born during a drought: Bad news for baboons .- Nacido durante una sequía: Malas noticias para los babuinos

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., hemos recibido información de la Fundación Nacional de Ciencias de Los Estados Unidos, donde han descubierto que los monos Babuinos, hicieron frente a sequias en el Desierto de Mojave en  Kenya.
NSF, nos dice: El dicho "lo que no te mata te hace más fuerte" no puede soportar a un escrutinio científico.Después de las llanuras del sur de Kenia experimentaron una grave sequía en 2009, que tuvo un efecto terrible en la vida silvestre, los investigadores observaron cómo 50 babuinos salvajes hicieron frente a la sequía, y si las condiciones que se enfrentaron en la infancia juegan un papel.
La sabana semiárida del sur de Kenia por lo general recibe un promedio de 14 pulgadas de lluvia al año - similares a gran parte de Nebraska o Kansas - pero en 2009 se redujo a cinco centímetros, menos que el desierto de Mojave.
El año anterior no fue mucho mejor: las lluvias en 2008 se redujo a la mitad de los niveles normales.


More information..........
Findings have implications for human health
Baboon group in Amboseli, Kenya
Baboon group in Amboseli, Kenya, drinking from rainpools that are slowly drying up in a drought.
Credit and Larger Version
April 1, 2015
The saying "what doesn't kill you makes you stronger" may not hold up to scientific scrutiny.
After the plains of southern Kenya experienced a severe drought in 2009 that took a terrible toll on wildlife, researchers looked at how 50 wild baboons coped with the drought, and whether the conditions they faced in infancy played a role.
The semi-arid savanna of southern Kenya usually receives an average of 14 inches of rain a year--akin to much of Nebraska or Kansas--but in 2009 it fell to five inches, less than the Mojave Desert.
The year before wasn't much better: rainfall in 2008 dropped to half normal levels.
 
Grasslands withered
 
The grasslands the animals depend on for food dried up and watering holes disappeared, leaving many animals starving or weak from hunger.
"We lost 98 percent of the wildebeest population, 75 percent of the zebra population and 30 percent of the elephant population," said Susan Alberts, a biologist at Duke University. "It was impossible to go anywhere without smelling death."
Most baboons made it, but the drought left them underweight and many females stopped ovulating.
In a forthcoming paper in the journal American Naturalist, the researchers compared two groups of females--one group born during low rainfall years, the other born during normal rainfall years.
 
Born in a drought
 
All females in the study were adults by time of the 2009 drought, but those born in lean times fared worse in 2009 than those born in times of plenty, the researchers found.
"This study demonstrates lifetime fertility reductions for baboons born during stressful conditions or to low-ranking mothers," said George Gilchrist, program director in the National Science Foundation's (NSF) Division of Environmental Biology, which funded the research along with NSF's Divisions of Integrative Organismal Systems and Behavioral and Cognitive Sciences.
"These 'disadvantaged' early life experiences are linked with less resilience to stressful conditions experienced as adults."
During the 2009 drought, baboons born during low rainfall years were 60 percent less likely to become pregnant, whereas pregnancy rates dipped by only 10 percent for females born during normal rainfall years.
Drought babies born to higher-status mothers were less affected by the 2009 event.
"It might be that baboons born to higher-ranked moms have better access to food, or suffer lower levels of social stress," Alberts said.
 
Implications for human health
 
The findings also help explain why people who are malnourished in early childhood go on to have higher rates of obesity, diabetes and heart disease as adults.
Some researchers argue that human babies conceived or born in lean times are programmed for food shortages later in life.
They develop a "thrifty metabolism," aimed at storing fat and conserving energy in order to survive starvation.
Things go awry, the thinking goes, only when the environments they experienced as infants and as adults don't match, such as when a child conceived in famine grows up and eats an excess of cheeseburgers, said paper co-author Amanda Lea, a biologist at Duke.
But the baboon fertility study lends support to another idea, namely that kids who don't get enough to eat during their first year of life are simply less resilient as adults than their counterparts.
"The data suggest that early adversity carries lifelong costs," said co-author Jenny Tung, a biologist at Duke.
"It's bad to be born in bad times, but with the right social or economic environment, that can be mitigated," Alberts added.
Jeanne Altmann of Princeton University is also a co-author of the paper.
In addition to NSF, the National Institute on Aging in Bethesda, Md.; Duke University; Princeton University; and the Max Planck Institute for Demographic Research supported the research.
-- Cheryl Dybas, NSF (703) 292-7734 cdybas@nsf.gov
-- Robin Ann Smith, Duke University (919) 681-8057 ras10@duke.edu
Investigators Jenny Tung
Susan Alberts
Related Institutions/Organizations Duke University
Related Programs Biological Anthropology
A juvenile and an infant baboon play together on a tree snag
A juvenile and an infant baboon play together on a tree snag in Amboseli.
Credit and Larger Version
Adolescent female baboon grooming her mother.
Adolescent female baboon grooming her mother.
Credit and Larger Version
Adult female baboon with a one-day-old infant, sitting with an adult male baboon.
Adult female baboon with a one-day-old infant, sitting with an adult male baboon.
Credit and Larger Version
Infant baboon reaching toward an older juvenile who is feeding.
Infant baboon reaching toward an older juvenile who is feeding.
Credit and Larger Version
Juvenile male baboon holding his young infant brother.
Juvenile male baboon holding his young infant brother.
Credit and Larger Versión
 
The National Science Foundation (NSF)
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
Inscríbete en el Foro del blog y participa : A Vuelo De Un Quinde - El Foro!

miércoles, 5 de junio de 2013

nsf.gov - News - A Grassy Trend in Human Ancestors' Diets . Seis millones de años de la sabana africana

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Fundación Nacional de Ciencias de Los Estados Unidos de América (NSF), nos entrega un estudio  de la Evolución humana, que sucedió en las sabanas africanas, desde hace unos seis millones de años hasta la actualidad, el estudio se publicó el 03 de agosto del 2,011.

Los pastizales de sabana están salpicados de árboles dispersos; se encuentran en las regiones ecuatoriales.

Paranthropus, con cierto parecido a los gorilas, compartió su hábitat con otros tres homininos: Homo habilis, Homo rudolfensis y Homo erectus. A diferencia de estos, P. boisei tenía una dieta más herbívora, mientras que los otros eran más oportunistas: comían carne y alimentos proteínicos que les permitieron desarrollar más la inteligencia e impulsó a un cada vez mayor uso de herramientas. Sin embargo, P. boisei también comía termitas y hormigas, como lo hacen los actuales simios.

Seis millones de años de la sabana africana :
Los entornos abiertos y cubiertos de hierba acompañaron la evolución humana.

3 de agosto de 2011

Este material está disponible principalmente para fines de archivo. Los números de teléfono u otra información de contacto pueden estar desactualizados; consulte la información de contacto actual en contactos con los medios .

Los científicos que utilizan isótopos químicos en suelos antiguos para medir la cobertura de árboles prehistóricos (en efecto, la sombra) han descubierto que las sabanas cubiertas de hierba y salpicadas de árboles prevalecían en la mayoría de los sitios de África oriental donde los antepasados ​​humanos y sus parientes simios evolucionaron durante los últimos seis millones de años.

"Hemos podido cuantificar cuánta sombra había disponible en el pasado geológico", dice el geoquímico de la Universidad de Utah Thure Cerling, autor principal de un artículo titulado "Cobertura leñosa y entornos de homínidos en los últimos 6 millones de años" sobre los resultados en el número de esta semana de la revista Nature .

"Muestra que ha habido hábitats abiertos durante los últimos seis millones de años en los ambientes del este de África, donde se encontraron algunos de los primeros fósiles humanos más importantes.

"Dondequiera que encontremos antepasados ​​humanos, encontramos evidencia de hábitats abiertos similares a las sabanas, mucho más abiertos y parecidos a una sabana que boscosos".

Los científicos han pasado un siglo debatiendo la importancia del paisaje abierto de sabana en la evolución humana, incluido el desarrollo de la marcha erguida, el aumento del tamaño del cerebro y el uso de herramientas.

Parte del problema ha sido una definición imprecisa de "sabana", que se ha utilizado para describir "prácticamente todo, entre pastizales completamente abiertos y cualquier cosa excepto un bosque denso", dice Cerling.

Agrega que el uso más común es un entorno herboso bastante abierto con muchos árboles dispersos: una pradera o una pradera arbolada.

En el estudio, Cerling y sus colegas desarrollaron una nueva forma de cuantificar la apertura de los paisajes tropicales. Este es el primer método para cuantificar la cantidad de cubierta de dosel, la base para decidir si algo es sabana.

La Fundación Nacional de Ciencias (NSF) y la Fundación Leakey financiaron el estudio.

"El desarrollo de un proxy paleo-sombra para la temperatura del suelo y la cubierta leñosa, y su aplicación a sitios de fósiles antiguos, refuerza la teoría de larga data de que las raíces de los orígenes humanos están en los entornos abiertos de pastizales/sabanas de África oriental", dice. H. Richard Lane, director de programa en la División de Ciencias de la Tierra de NSF.

Kaye Reed, de la División de Ciencias Cognitivas y del Comportamiento de la NSF, agrega: "Estos investigadores han hecho un trabajo increíble al recopilar muestras comparativas modernas de isótopos y temperatura del suelo para compararlas con muestras de paleosuelos [suelo fósil] de localidades de homínidos. Su método recientemente desarrollado para calcular 'paleo -shade' es muy innovador".

Cerling no discute que las sabanas del este de África se volvieron más expansivas en los últimos dos millones de años, o que los ancestros y parientes humanos probablemente pasaron tiempo en estrechos "bosques de galería" a lo largo de los corredores fluviales.

Pero dice que el nuevo método muestra que los pastizales y los pastizales boscosos (sabanas) han prevalecido durante más de seis millones de años en la cuna de la humanidad, con una cubierta de árboles inferior al 40 por ciento en la mayoría de los sitios.

Por definición, los bosques tienen más del 40 por ciento de cubierta arbórea; El bosque tiene más del 80 por ciento de cobertura arbórea.

"En algunos períodos, era más tupido, y otras veces era menos tupido", dice.

"Casi nada podría haber sido llamado un bosque denso, pero podemos mostrar algunos períodos en los que ciertos entornos fueron consistentemente más boscosos que otros.

"Encontramos homínidos en ambos lugares. La forma en que los primeros homínidos dividieron su tiempo entre hábitats 'más abiertos' y 'más cerrados' sigue siendo una pregunta abierta".

Cerling dice que incluso el escaso dosel leñoso proporcionó a los homínidos sombra, algunos alimentos y refugio de los depredadores.

La evidencia fósil de homínidos se remonta a 4,3 millones de años y posiblemente a 6 millones de años, dice Cerling. El nuevo método se utilizó para buscar y encontrar sabana hasta hace 7,4 millones de años.

"Actualmente, muchos científicos creen que antes de hace 2 millones de años, la región estaba cubierta de bosques y que las condiciones de sabana han estado presentes solo durante los últimos 2 millones de años", dice Cerling. "Este estudio muestra que durante el desarrollo del bipedalismo [hace unos 4 millones de años] las condiciones abiertas estaban presentes, incluso predominantes".

Cerling realizó el estudio con los biólogos Samuel Andanje y David Kimutai Korir del Servicio de Vida Silvestre de Kenia; el geólogo Michael Bird de la Universidad James Cook, Cairns, Australia; los estudiantes de posgrado de la Universidad de Utah William Mace, Anthony Macharia y Christopher Remien; y Jonathan Wynn de la Universidad del Sur de Florida, Naomi Levin de la Universidad Johns Hopkins y Jay Quade de la Universidad de Arizona.

El nuevo método fue desarrollado mediante la correlación de proporciones de isótopos de carbono en 3.000 muestras de suelo modernas con fotografías satelitales de árboles y vegetación en 75 sitios tropicales en todo el mundo, la mitad en África, que representan bosques cerrados y pastizales abiertos.

Eso permitió a los científicos determinar el porcentaje de cobertura de árboles y arbustos leñosos hace millones de años en función de las proporciones de isótopos de carbono en suelos fósiles conocidos como paleosuelos.

“Este estudio se basa en el axioma geológico de que el presente es la clave del pasado”, dice Cerling. "Asumimos que los suelos en el pasado tenían relaciones similares con la vegetación como las que observamos hoy".

Los investigadores recolectaron muestras de suelo en sitios de Kenia y Etiopía y utilizaron datos publicados sobre muestras de suelo recolectadas por otros durante la última década en sitios a lo largo de los trópicos.

Las muestras de suelo modernas procedían de parques y reservas nacionales y de áreas no agrícolas, de modo que las proporciones de isótopos de carbono reflejaban la vegetación natural.

La relación entre el carbono 13 raro y el carbono 12 común en el material vegetal en descomposición en los suelos revela hasta qué punto el paisaje estaba cubierto por plantas que usan lo que se conoce como la vía de fotosíntesis C3, en comparación con las plantas que usan la fotosíntesis C4.

Los árboles, arbustos, hierbas, hierbas y pastos de estación fría son plantas C3, que incluyen frijoles y la mayoría de las verduras. Las plantas C4 son pastos tropicales o de estación cálida que dominan las sabanas y plantas llamadas juncos. Las plantas C4 tienen una mayor proporción de carbono-13 que las plantas C3.

La composición de isótopos del suelo fósil da una medida de la composición total del ecosistema en términos de cuánto era dosel frente a cuánto era paisaje abierto, dice Cerling.

En un bosque, incluso el suelo de los claros abiertos muestra la firma C3 debido a las plantas C3 no leñosas que crecen allí, mientras que en una sabana, el suelo debajo de un árbol C3 mostrará la firma C4 debido a las hierbas que crecen debajo del árbol.

Cerling y sus colegas utilizaron el nuevo método para analizar los suelos fósiles e inferir que la cobertura vegetal se remonta a hace 7,4 millones de años, un período que incluye el momento en que los ancestros humanos y los simios se separaron de un ancestro común.

Su análisis de 1.300 muestras de suelo fósil de sitios en o cerca de donde evolucionaron los ancestros humanos y sus parientes muestra que más del 70 por ciento de los sitios tenían menos del 40 por ciento de cubierta leñosa, lo que significa que eran pastizales o pastizales boscosos. Menos del uno por ciento de las muestras reflejaron sitios donde la cubierta arbórea excedía el 70 por ciento.

"Por lo tanto, los bosques 'cerrados' (más del 80 por ciento de la cubierta leñosa) representan una fracción muy pequeña de los entornos representados por estos paleosuelos", escriben los investigadores.

"Llegamos a la conclusión de que ha habido sabanas abiertas todo el tiempo para las que tenemos fósiles de homínidos en los entornos donde se encontraron los fósiles durante los últimos 4,3 millones de años, los fósiles más antiguos que ahora se aceptan como ancestros humanos", dice Cerling.

Los investigadores también crearon cronologías de vegetación del valle Awash de Etiopía y la cuenca Omo-Turkana de Etiopía y Kenia, hogar de muchos fósiles de ancestros humanos, incluidos Ardipithecus , Australopithecus , Paranthropus y nuestro propio género, Homo .

Encontraron que durante los últimos 7,4 millones de años, la cobertura leñosa osciló entre el 75 % (bosques cerrados) y el 5 % o menos (pastizales abiertos), pero hubo áreas significativas con una cobertura leñosa inferior al 50 % (bosques de sabana a pastizales de sabana) consistentemente presentes. .

Se han encontrado fósiles de humanos primitivos y sus ancestros y parientes extintos tanto en ambientes boscosos como abiertos en el este de África.

Incluso el Ardipithecus de 4,3 millones de años, que vivía en los bosques, según sus descubridores, tenía un pequeño componente de hierbas u otras plantas C4 en su dieta, dice Cerling.

"El hecho de que tuviera esto significa que iba a la sabana", dice, "a menos que estuviera comiendo comida para llevar".

-NSF-

Contactos con los medios
Cheryl Dybas, NSF, (703) 292-7734, Email:cdybas@nsf.gov
Lee Siegel, Universidad de Utah, (801) 244-8993, Email:leesiegel@ucomm.utah.edu

La Fundación Nacional de Ciencias de EE. UU. impulsa a la nación al promover la investigación fundamental en todos los campos de la ciencia y la ingeniería. NSF apoya la investigación y las personas proporcionando instalaciones, instrumentos y fondos para apoyar su ingenio y mantener a EE. UU. como líder mundial en investigación e innovación. Con un presupuesto para el año fiscal 2022 de $8800 millones, los fondos de la NSF llegan a los 50 estados a través de subvenciones a casi 2000 colegios, universidades e instituciones. Cada año, la NSF recibe más de 40 000 propuestas competitivas y otorga alrededor de 11 000 premios nuevos. Esos premios incluyen el apoyo a la investigación cooperativa con la industria, la investigación y las operaciones en el Ártico y la Antártida, y la participación de EE. UU. en esfuerzos científicos internacionales.

icono de correo Reciba actualizaciones de noticias por correo electrónico 

Conéctese con nosotros en línea
Sitio web de NSF: nsf.gov
NSF News: nsf.gov/news
Para medios de comunicación: nsf.gov/news/newsroom
Estadísticas: nsf.gov/statistics/
Base de datos de premios: nsf.gov/awardsearch/


Síganos en Twitter social : twitter.com/NSF y twitter.com/NSFspox
Facebook: facebook.com/US.NSF
Instagram: instagram.com/nsfgov

Tooth enamel shows surprising change in our ancient buffet.-
 
 Mandibles of Australopithecus anamensis (left) from Kenya and A. afarensis from Ethiopia.
Mandibles of Australopithecus anamensis (left) from Kenya and A. afarensis from Ethiopia are shown.
Credit: Bill Kimbel, Mike Hettwer
Download the high-resolution JPG version of the image. (105 KB)
Photo of Geologist Thure Cerling of the University of Utah in the Turkana Basin in Kenya
Geologist Thure Cerling of the University of Utah in the Turkana Basin in Kenya.
Credit: Naomi Levin
Download the high-resolution JPG version of the image. (197 KB)
 
 Skulls of hominins from the Turkana Basin; they show evidence of hominin dietary changes.
Skulls of hominins from the Turkana Basin; they show evidence of hominin dietary changes.
Credit: Yang Deming, Mike Hettwer
Download the high-resolution JPG version of the image. (248 KB) 
Photo of field crew sieving for fossils with geologist Jonathan Wynn.
Field crew sieves for fossils with geologist Jonathan Wynn.
Credit: Jonathan Wynn
Download the high-resolution JPG version of the image. (413 KB)

Photo of Ethiopia's Hadar Formation at Dikika and Hadar.
The fossil-bearing sediments of Ethiopia's Hadar Formation at Dikika and Hadar.
Credit: Jonathan Wynn
Download the high-resolution JPG version of the image. (329 KB)
 
 Photo of terrain vehicle in the Awash Valley in Ethiopia.
"Commuting" to the field research site through the Awash Valley in Ethiopia.
Credit: Jonathan Wynn
Download the high-resolution JPG version of the image. (201 KB)
Most apes eat leaves and fruits from trees and shrubs.
But new studies show that human ancestors expanded their menu 3.5 million years ago, adding tropical grasses and sedges to an ape-like diet. The change set the stage for consuming more modern fare: grains, grasses, and meat and dairy from grazing animals.
In four studies of carbon isotopes in fossilized tooth enamel from scores of human ancestors and baboons in Africa from 4 million to 10,000 years ago, researchers found a surprise increase in the consumption of grasses and sedges--plants that resemble grasses and rushes but have stems with triangular cross sections.
"At last, we have a look at 4 million years of the dietary evolution of humans and their ancestors," says University of Utah geochemist Thure Cerling, lead author of two of four papers published online today in the journal Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).
Funding was primarily from the National Science Foundation's (NSF) Divisions of Behavioral and Cognitive Sciences, Earth Sciences and Integrative Organismal Systems.
"For a long time, primates stuck by the old restaurants--leaves and fruits--but by 3.5 million years ago, they started exploring new diet possibilities--tropical grasses and sedges--that grazing animals discovered a long time before, about 10 million years ago," Cerling says, when African savanna began expanding.
"Tropical grasses provided a new set of restaurants. We see an increasing reliance on this resource by human ancestors, one that most primates still don't use today."
Grassy savannas and grassy woodlands in East Africa were widespread by 6 million to 7 million years ago. A major question is why human ancestors didn't start exploiting savanna grasses until less than 4 million years ago.
The isotope method cannot distinguish what parts of grasses and sedges human ancestors ate--leaves, stems, seeds and/or underground storage organs such as roots or rhizomes.
The method also can't help with determining when human ancestors began getting much of their grass through eating grass-eating insects or meat from grazing animals.
Direct evidence of human ancestors scavenging meat doesn't appear until 2.5 million years ago, and definitive evidence of hunting dates to only about 500,000 years ago.
With the new findings, "we know much better what they were eating, but mystery does remain," says Cerling.
"We don't know if they were pure herbivores or carnivores, if they were eating fish [which leave a tooth signal that looks like grass-eating], if they were eating insects, or if they were eating mixes of all these."
Why our ancestors' diets matter
The earliest human ancestor to consume substantial amounts of grassy foods from dry, more open savannas "may signal a major and ecological and adaptive divergence from the last common ancestor we shared with African great apes, which occupy closed, wooded habitats," writes geologist Jonathan Wynn, lead author of one of the papers.
Wynn is currently a program director in NSF's Division of Earth Sciences, on leave from the University of South Florida.
"Diet has long been implicated as a driving force in human evolution," says Matt Sponheimer, an anthropologist at the University of Colorado, Boulder.
He notes that changes in diet have been linked to larger brain size and the advent of upright walking in human ancestors roughly 4 million years ago.
Human brains were larger than those of other primates by the time our genus, Homo, evolved 2 million years ago. (Our species, Homo sapiens, arose 200,000 years ago.)
"If diet has anything to do with the evolution of larger brain size and intelligence, then we are considering a diet that is very different than we were thinking about 15 years ago," says Cerling. At the time, it was believed that human ancestors ate mostly leaves and fruits.
How the studies were performed: you are what you eat
The new studies analyze carbon isotopes in 173 teeth in 11 species of hominins.
Hominins are humans, our ancestors and extinct relatives that split from other apes roughly 6 million years ago.
Some of the analyses were done in previous research, but the new studies include new carbon-isotope results for 104 teeth from 91 individuals of eight hominin species.
Those teeth are in African museums and were studied by two groups of scientists working at separate early human sites in East Africa.
Wynn wrote the paper about teeth from Ethiopia's Hadar-Dikika area, where research is led by Arizona State University's William Kimbel and California Academy of Sciences scientist Zeresenay Alemseged.
Cerling wrote the paper about teeth from the Turkana Basin in Kenya, where the research team is led by Turkana Basin Institute paleoanthropologist Meave Leakey, Cerling and geologist Frank Brown of the University of Utah. Cerling also wrote a paper about baboon diets. Sponheimer wrote a fourth paper, summarizing the other three.
The method of determining ancient creatures' diets from carbon isotope data is less than 20 years old, and is based on the idea that "you are what you eat," Sponheimer says.
Tiny amounts of tooth enamel were drilled from already broken fossil teeth of museum specimens of human ancestors and relatives.
The powder was placed in a mass spectrometer to learn ratios of carbon isotopes incorporated into tooth enamel via diet.
Ratios of rare carbon-13 to common carbon-12 reveal whether an animal ate plants that used so-called C3, C4 or CAM photosynthesis to convert sunlight to energy.
Animals eating C4 and CAM plants have enriched amounts of carbon-13.
C3 plants include trees, bushes and shrubs and their leaves and fruits; most vegetables; cool-season grasses and grains such as timothy, alfalfa, wheat, oats, barley and rice; soybeans; non-grassy herbs and forbs.
C4 plants are warm-season or tropical grasses and sedges and their seeds, leaves or storage organs like roots and tubers. C4 plants are common in African savannas and deserts.
C4 grasses include Bermuda grass and sorghum. C4 grains include corn and millet.
CAM plants include tropical succulent plants such as cactus, salt bush and agave.
Today, North Americans eat about half C3 plants, including vegetables, fruits and grains such as wheat, oats, rye and barley, and about half C4 plants, which largely come from corn, sorghum and meat animals fed on C4 grasses and grains.
The highest human C3 diets are in northern Europe, where only C3 cool-season grasses grow, so meat animals there graze on them rather than on C4 tropical grasses.
The highest C4 diets likely are in Central America because of the heavily corn-based diet.
If early humans ate grass-eating insects or large grazing animals like zebras, wildebeest and buffalo, it also would appear they ate C4 grasses.
If they ate fish that ate algae, it would give a false appearance of grass-eating because of the way algae takes up carbonate from water, Cerling says.
If they ate small antelope and rhinos that browsed on C3 leaves, it would appear they ate C3 trees-shrubs.
Small mammals such as hyrax, rabbits and rodents would have added C3 and C4 signals to the teeth of human ancestors.
The findings: a dietary history of human ancestors and relatives
  • Previous research showed that 4.4 million years ago in Ethiopia, early human relative Ardipithecus ramidus ("Ardi") ate mostly C3 leaves and fruits.
  • About 4.2 million to 4 million years ago on the Kenyan side of the Turkana Basin, Cerling's results show that human ancestor Australopithecus anamensis ate at least 90 percent leaves and fruits--the same diet as modern chimps.
  • By 3.4 million years ago in northeast Ethiopia's Awash Basin, according to Wynn, Australopithecus afarensis was eating significant amounts of C4 grasses and sedges: 22 percent on average, but with a wide range among individuals of anywhere from 0 percent to 69 percent grasses and sedges. The species also ate some succulent plants.
    Wynn says that the switch "documents a transformational stage in our ecological history." Many scientists previously believed A. afarensis had an ape-like C3 diet. It remains a mystery why A. afarensis expanded its menu to C4 grasses when its likely ancestor, A. anamensis, did not, although both inhabited savanna habitats, Wynn says.
  • Also by 3.4 million years ago in Turkana, human relative Kenyanthropus platyops had switched to a highly varied diet of both C3 trees and shrubs and C4 grasses and sedges. The average was 40 percent grasses and sedges, but individuals varied widely, eating anywhere from 5 percent to 65 percent, Cerling says.
  • About 2.7 million to 2.1 million years ago in southern Africa, hominins Australopithecus africanus and Paranthropus robustus ate tree and shrub foods, but also ate grasses and sedges and perhaps grazing animals.
    A africanus averaged 50 percent C4 grass-sedge-based foods, but individuals ranged from none to 80 percent. P. robustus averaged 30 percent grasses-sedges, but ranged from 20 percent to 50 percent.
  • By 2 million to 1.7 million years ago in Turkana, early humans, Homo, ate a 35 percent grass-and-sedge diet - some possibly from the meat of grazing animals - while another hominin, Paranthropus boisei, was eating 75 percent grass - more than any hominin, according to a 2011 study by Cerling.
    Paranthropus likely was vegetarian.  Homo had a mixed diet that likely included meat or insects that had eaten grasses. Wynn says that a drier climate may have made Homo and Paranthropus more reliant on C4 grasses.
  • By 1.4 million years ago in Turkana, Homo had increased the proportion of grass-based food to 55 percent.
  • Some 10,000 years ago in Turkana, Homo sapiens' teeth reveal a diet split 50-50 between C3 trees and shrubs and C4 plants and likely meat - almost identical to the ratio in modern North Americans, Cerling says.
Humans: the only surviving primates with a C4 grass diet
Cerling's results show that while human ancestors ate more grasses and other apes stuck with trees and shrubs, two extinct Kenyan baboons represent the only primate genus that ate primarily grasses and perhaps sedges throughout its history.
Theropithecus brumpti ate a 65 percent tropical grass-and-sedge diet when the baboons lived between four million and 2.5 million years ago, contradicting previous claims that they ate forest foods.
Theropithecus oswaldi ate a 75 percent grass diet by two million years ago and a 100 percent grass diet by one million years ago. Both species went extinct, perhaps due to competition from hooved grazing animals.
Modern Theropithecus gelada baboons live in Ethiopia's highlands, where they eat only C3 cool-season grasses.
Cerling notes that primate tropical grass-eaters--Theropithecus baboonsand Paranthropus human relatives--went extinct while human ancestors ate an increasingly grass-based diet.
Why is an open question.
Additional support for the research came from many other organizations, including the National Geographic Society and the Leakey Foundation.
-NSF-
Media Contacts Cheryl Dybas, NSF (703) 292-7734 
cdybas@nsf.gov
Lee Siegel, University of Utah (801) 581-6773
 lee.siegel@utah.edu
Jim Scott, University of Colorado (303) 492-3114
Related WebsitesNSF News Release: Six Million Years of African Savanna:
The National Science Foundation (NSF) is an independent federal agency that supports fundamental research and education across all fields of science and engineering. In fiscal year (FY) 2012, its budget was $7.0 billion. NSF funds reach all 50 states through grants to nearly 2,000 colleges, universities and other institutions. Each year, NSF receives about 50,000 competitive requests for funding, and makes about 11,500 new funding awards. NSF also awards about $593 million in professional and service contracts yearly.
Useful NSF Web Sites:
NSF Home Page: http://www.nsf.gov
NSF News: http://www.nsf.gov/news/
For the News Media: http://www.nsf.gov/news/newsroom.jsp
Science and Engineering Statistics: http://www.nsf.gov/statistics/
Awards Searches: http://www.nsf.gov/awardsearch/
The National Science Foundation (NSF).
 Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
ayabaca@gmail.com
ayabaca@hotmail.com
ayabaca@yahoo.com
Inscríbete en el Foro del blog y participa : A Vuelo De Un Quinde - El Foro!

Mi lista de blogs