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sábado, 31 de marzo de 2018

CAMBIO CLIMÁTICO : CALENTAMIENTO GLOBAL.- AGUA DULCE .- NATIONAL GEOGRAPHIC .- Planeta sediento: África sin agua

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, nos entrega un amplio reportaje de la escases de agua en África, el informe fue preparado el 22 de marzo del 2010, han pasado 08 años adelante el problema se empeorado, por las constantes y prolongadas sequías, guerra civiles y el desperdicio de la poca agua disponible. En muchas aldeas de Kenia y etiopia, acarrear agua sucia es un incluso de desagües es un privilegio, tan grave es la escases que anualmente mueren muchos niños por enfermedades intestinales.
En muchos lugares de Etiopia, se invierten hasta 08 horas diarias solo en el transporte de agua para el consumo de la casa. Y lo más grave hay conatos de guerra civil entre aldeanos por el derecho del agua limpia.
El planeta sediento, se agrava más cada día, ya que en muchos casos que se han intentado entregar a empresas privadas la dotación de agua y desagüe en los países en desarrollo;  ha terminado en fracaso con la expulsión de la empresa, por los cobros excesivos por los servicios prestados, nunca ellos establecen precios razonables para la gente muy pobre, el problema de la solución del agua limpia y los servicios de saneamiento es estatal y con precios subvencionados que muchos gobiernos africanos no pueden hacerlo por no contar con los recursos económicos.  La diferencia de consumo de agua limpia entre ricos y pobres sigue siendo desigual como por ejemplo: El estadounidense medio consume unos 380 li­­tros de agua al día, sólo en el hogar; Aylito Binayo en Etiopia se arregla con nueve....

http://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/planeta-sediento-africa-agua_2216/1
http://www.ngenespanol.com/fotografia/lo-mas/11/08/01/pesada-carga-sed/
Si los millones de mujeres africanas que tienen que recorrer grandes distancias para ir a por agua tuviesen un grifo en la puerta de sus casas, sociedades enteras se transformarían.
 
Educar para sobrevivir
La maestra Hiruut Nigusee se ríe al mostrar el dibujo de un hombre defecando en la clase de higiene que imparte cerca de la ciudad etíope de Ticho. Al principio los alumnos se sentían incómodos, pero ahora usan la letrina, se lavan las manos y sufren menos brotes de diarrea.
Foto: Lynn Johnson

«Todo lo podemos»
«Todo lo podemos», cantan los aldeanos mientras cavan una zanja para tender tuberías cerca de Ticho. Con la ayuda de WaterAid, sus esfuerzos pronto se materializarán en agua corriente.
Foto: Lynn Johnson

Addis Abeba, Etiopía
En una lavandería callejera de un barrio de chabolas de Addis Abeba, Muntaha Umer gana un dólar al día lavando ropa de hombre (sólo ellos pueden permitírselo) en un agua inmunda.
Foto: Lynn Johnson

Río Arayo, Etiopía
En la estación seca, el río Arayo de Etiopía es un rezumadero lodoso en el que las mujeres «escarban» en busca de agua. Gracias al dique de arena construido río arriba, con las próximas lluvias se acumulará agua limpia en un depósito subterráneo provisto de bomba manual.
Foto: Lynn Johnson

Carreteras de esperanza y desesperanza
En una nueva carretera construida por una empresa china, que unirá el norte de Kenya con Etiopía, un camión con hombres armados pasa a toda velocidad junto a una mujer que acarrea hierba para su ganado. Las medidas de seguridad se han reforzado en esta zona afectada por la sequía después de que un ingeniero chino fuera asesinado por unos lugareños.
Foto: Lynn Johnson

Rendille, Kenia
Los vecinos de Rendille, una aldea del norte de Kenya, extraen hasta la última gota de un depósito de agua que un camión cisterna del gobierno llenó la noche anterior. En un día el nivel ha bajado tanto que ya no alcanza la espita, y el camión no volverá hasta la semana que viene.
Foto: Lynn Johnson
 
¿Quién bebe primero?
Haciendo equilibrios en una escala improvisada, nueve mujeres, una por encima de la otra, se pasan de mano en mano la preciada agua desde el fondo de un pozo en la región de Marsabit, en el norte de Kenya. Luego se la disputarán con los hombres por el sediento ganado.
Foto: Lynn Johnson
El poder del agua
Si los millones de mujeres que tienen que recorrer grandes distancias para ir a por agua tuviesen un grifo en la puerta de sus casas, sociedades enteras se transformarían.
Foto: Lynn Johnson

Foro, Etiopía
Unas jóvenes adolescentes y unos niños suben por un sendero empinado del pueblo de Foro, en Etiopía, cada uno de ellos cargado con seis galones de agua turbia de río que utilizarán para beber y cocinar. Varias veces al día recorren el trayecto de unas dos o tres horas. Cuando los niños varones alcanzan la edad de 7 o 8 años se les exhime de esta tarea. Pero las mujeres dedican la mayor parte de su vida a acarrear agua.
Foto: Lynn Johnson

Konso, Etiopía
Unos niños afortunados por poder acceder a la educación gracias a las donaciones muestran con orgullo sus cartillas de evaluación en la escuela Mechello de Konso, en Etiopía. El agua potable y la higiene protegen a los niños de la enfermedad y les permiten asistir a clase.
Foto: Lynn Johnson

Hasta la última gota
En un poblado de Kenya, el agua sale con lentitud del grifo de un tanque casi vacío. Un camión del gobierno llenó el tanque la noche anterior, pero los habitantes del poblado lo dejaron prácticamente seco en poco tiempo, y las disputas no se hicieron esperar.
Foto: Lynn Johnson
 
Marsabit, Kenya
Cerca de Marsabit, Kenya, los habitantes del poblado y los asnos se inclinan para acceder al agua del «pozo cantarín», llamado así porque la gente canta en las colas que se forman, mientras los bidones llenos corren de mano en mano. Cada individuo puede llenar sólo un bidón al día y, a menudo, las mujeres tienen que esperar a que los animales hayan saciado su sed.
Foto: Lynn Johnson

Manchas de vida
Hace algunos años, estos lugareños descubrieron una mancha húmeda en una llanura árida y pedregosa del norte de Kenya y cavaron un pozo poco profundo al que acuden regularmente. La mujer de la derecha espera agachada junto al pozo a que salga el agua.
Foto: Lynn Johnson
22 de marzo de 2010

Planeta sediento: África sin agua
Sus pies conocen el camino de memoria. Aylito Binayo es capaz de bajar hasta el río a las cuatro de la madrugada por la ladera pedregosa sin más luz que la de las estrellas y subirla de nuevo hasta la aldea cargada con 23 litros de agua a la espalda. Lleva haciendo ese trayecto tres veces al día desde hace casi 25 años, los mismos que ha cumplido, al igual que las demás mujeres de Foro, una aldea del distrito de Konso, en el sudoeste de Etiopía. Binayo dejó la escuela a los ocho años, en parte porque tenía que ayudar a su madre a acarrear agua del río Toiro. Es un agua sucia y no apta para el consumo; cada año que se prolonga la actual sequía, el que fuera un río caudaloso se agota más y más. Pero Foro nunca ha conocido más agua que esa.
La tarea de ir a por agua define la vida de Binayo. También debe ayudar a su marido a cultivar mandioca y legumbres en los campos que poseen, apañar hierba para las cabras, secar el grano y llevarlo al molino para obtener harina, preparar la comida, limpiar la vivienda familiar (un recinto cercado con varias tiendas en su interior) y atender a sus tres niños. Ninguna de estas ocupaciones es tan importante ni tan absorbente como las aproximadamente ocho horas diarias que dedica cada día a ir a por agua.
Ocho horas diarias para ir a por agua
En las regiones ricas del mundo, la gente abre un grifo y tiene agua limpia. Pero casi 900 millones de personas carecen de acceso al agua limpia, y 2.500 no tienen un modo seguro de deshacerse de los excrementos: muchos defecan en campos abiertos o cerca de los mismos ríos de los que beben. El agua sucia y la falta de retretes y de una higiene adecuada se cobran en el mundo 3,3 millones de vidas todos los años, en su mayoría de niños menores de cinco años. Aquí, en el sur de Etiopía y el norte de Kenya, la ausencia de lluvias de los últimos años ha hecho que hasta incluso el agua sucia sea difícil de encontrar.
En los lugares donde más escasa es el agua limpia, ir en su busca es casi siempre trabajo de las mujeres. En Konso un hombre sólo se ocupa de esta tarea cuando la mujer ha dado a luz, y sólo durante las primeras semanas después del parto. Los niños pequeños también colaboran, pero sólo hasta los siete u ocho años. La regla se aplica con mano dura, tanto por parte de ellos como de ellas. «Si los niños ya son mayorcitos, la gente murmura y llama holgazana a la mujer», dice Binayo. La reputación de una konsense, explica, se basa en el trabajo duro: «Si me quedo sentada en casa sin hacer nada, todos me despreciarán, pero si corro arriba y abajo para traer agua, dirán que soy lista y trabajadora».
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En buena parte del mundo en vías de desarrollo, la falta de agua es el meollo de un círculo vicioso de desigualdad. Algunas mujeres de Foro bajan al río cinco veces al día, una o dos para hacerse con el agua necesaria para preparar a sus maridos una especie de cerveza casera. Cuando llegué a Foro por primera vez, me topé con unos 60 hombres sentados a la sombra de un edificio, bebiendo y charlando. Era por la ma­­ñana. Las mujeres, insiste Binayo, «no tienen ni cinco segundos para sentarse a descansar».
Una calurosa tarde la acompaño al río con un bidón vacío en la mano. El camino es empinado y resbaladizo a trechos. Pasamos con dificultad por encima de grandes piedras, junto a cactos y espinos. Al cabo de 50 minutos llegamos al río, o a lo que es un río en determinadas épocas del año. Hoy es una serie de pozas negras y lodosas, algunas de las cuales no son más que meros charcos. Las orillas y las piedras están manchadas de excrementos de burros y vacas. Hay unas 40 personas en el río, suficientes para que Binayo decida que vayamos río arriba para no tener que esperar tanto. Lo peor es a primera hora de la mañana, así que ella suele hacer el primer viaje antes del alba, dejando a su hijo Kumacho, un hombrecito de expresión seria que ni siquiera aparenta los cuatro años que tiene, al cuidado de sus hermanos pequeños.
Caminamos río arriba otros diez minutos has­ta que se hace con un puesto junto a una buena poza, alimentada no sólo por un charco sucio que hay justo arriba sino también por un arroyuelo más limpio que fluye al lado. Unos niños saltan en la orilla, chapoteando en el lodo y revolviendo el agua. «No saltéis –los regaña Binayo–. ¿No veis que ensuciáis más el agua?» Un burro se acerca a beber del charco que de­­semboca en la poza donde estamos. Cuando se marcha, las mujeres achican el agua más sucia, haciendo que vaya a parar hasta nuestra poza, y Binayo se lo echa en cara.
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A la media hora llega su turno. Toma el primer bidón y el cazo amarillo de plástico. Justo cuando sumerge el cazo, levanta la vista y ve que otro burro mete las pezuñas en la charca que comunica con la suya. Hace una mueca, pero no puede esperar más. No puede permitirse el lujo de perder tiempo.
Una hora después de llegar al río, ha logrado llenar dos bidones: uno lo transportará ella misma ladera arriba, el otro lo llevaré yo. Ata una correa alrededor de mi bidón y me lo pone a la espalda. Agradezco que sea de cuero blando; Binayo usa una cuerda basta. Aun así, las correas se me clavan en los hombros. El bidón de plástico está lleno a rebosar, y los 23 kilos de peso me golpean la columna a cada paso. Con dificultad, hago la mitad del camino. Pero cuando el sendero alcanza su máxima inclinación me es imposible continuar. Muerta de vergüenza, hago un intercambio de bidones con una niña de unos ocho años que lleva uno la mitad de grande que el mío. Se debate bajo el peso de su nueva carga, y cuando quedan unos diez minutos de pendiente ya no puede más. Binayo se lo quita y se lo echa ella misma a la espalda, encima del que ya llevaba. Nos lanza a ambas una mirada de hastío y continúa la ascensión, ahora con casi 45 litros de agua encima.
«Nacemos sabiendo que tendremos una vida dura –me dice luego, sentada a la puerta de una de las cabañas de su vivienda, delante de la mandioca que está secando sobre una piel de cabra, sosteniendo a Kumacho en el regazo–. Es la cultura de Konso, y viene de muy atrás.» Ella nunca se ha cuestionado esa existencia, nunca ha esperado otra cosa. Pero dentro de poco las cosas van a cambiar por primera vez.
"Nacemos sabiendo que tendremos una vida dura"
Cuando te pasas horas acarreando agua a distancias kilométricas, vigilas hasta la última gota. El estadounidense medio consume unos 380 li­­tros de agua al día, sólo en el hogar; Aylito Binayo se arregla con nueve. Convencer a la gente de que use el agua para lavarse es infinitamente más difícil cuando para disponer de esa agua hay que cargar con ella montaña arriba. Sin embargo, la limpieza y las medidas higiénicas son importantes: un simple lavado de manos puede reducir las enfermedades diarreicas alrededor de un 45 %. Binayo se lava las manos con agua «una vez al día, o así», dice. La ropa, una vez al año. «Si no nos llega para beber, ¿cómo vamos a lavar la ropa?», explica. El cuerpo se lo lava muy de vez en cuando. En 2007 un estudio reveló que ni un solo hogar de Konso disponía de agua y jabón, o ceniza (un limpiador bastante bueno), junto a las letrinas para lavarse las manos. La familia de Binayo abrió una letrina hace poco, pero no puede permitirse comprar jabón.
El estadounidense medio consume unos 380 li­­tros de agua al día, sólo en el hogar; Aylito Binayo se arregla con nueve
Buena parte del poco dinero que tienen se va en visitas al dispensario de la aldea (entre tres y seis euros cada vez) para curar a los niños de las diarreas bacterianas y parasitarias que padecen constantemente por la falta de higiene y por beber agua del río sin tratar. En el dispensario, el enfermero Israel Estiphanos me explicó que allí lo habitual es que el 70 % de los pacientes sufra enfermedades transmitidas por el agua. En ese momento había en la zona un brote especialmente severo, y al lado del dispensario habían levantado una tienda de campaña blanca para alojar a los enfermos con cuadro diarreico.
A 26 kilómetros de allí, en el centro de salud del distrito de la capital de Konso, casi la mitad de los 500 pacientes que atendían diariamente sufrían también enfermedades transmitidas por el agua. Pese a ello, el propio centro carecía de agua limpia. En las paredes de las salas del personal, unos carteles listaban los principios del control de infecciones. Pero cada año, durante cuatro meses se quedaban sin agua corriente, según Birhane Borale, el enfermero jefe, y el go­­bierno les enviaba camiones cisterna con agua fluvial. «En ese caso sólo usamos el agua para que los pacientes beban o tomen la medicación –explicó–. Tenemos enfermos de VIH y hepatitis B. Sangran, y sus enfermedades son de fácil contagio; necesitamos agua para desinfectar, pero sólo podemos limpiar las salas una vez al mes.»
Ni siquiera el personal médico tenía la costumbre de lavarse las manos entre paciente y paciente, ya que sólo funcionaban unos pocos grifos en diferentes puntos del edificio. La enfermera Tsega Hagos me contó que se había salpicado de sangre al retirar una vía. «Me cambié el guante, sin más –dijo–. Las manos me las lavo cuando llego a casa después del trabajo.»
Llevar agua limpia a los hogares es esencial para invertir el ciclo de la miseria.
Llevar agua limpia a los hogares es esencial para invertir el ciclo de la miseria. Cuando una comunidad tiene acceso a agua limpia en abundancia, esa sociedad se transforma. Todas las horas que antes se invertían en acarrear agua pueden emplearse en cultivar más alimento, criar más animales o incluso emprender negocios que reporten ingresos. Las familias dejan de beber un agua infecta que es un caldo de microbios y consecuentemente pasan menos tiempo enfermos o cuidando unos de otros. Y lo más importante, liberarse de la esclavitud del agua significa que las niñas pueden ir a la escuela y aspirar a una vida mejor. La obligación de ir a buscar el agua para la familia o de cuidar de los hermanos mientras va la madre es la principal causa de que haya tan pocas konsenses escolarizadas.
El acceso al agua no es un problema exclusivamente rural. En todo el mundo en vías de de­­sarrollo, muchísimas personas que viven en los barrios de chabolas de las grandes ciudades pasan buena parte del día haciendo cola delante de una bomba de agua. Con todo, las dificultades de llevar agua a aldeas tan remotas como las de Konso son extraordinarias. Foro, la aldea de Binayo, está en lo alto de un monte. Muchas al­­deas tropicales se levantaron en las alturas: son más frescas, menos susceptibles a la malaria y más ventajosas para divisar al enemigo, pero no tienen fácil acceso al agua. La sequía y la deforestación se traducen en un descenso del nivel freático; en algunas zonas de Konso ya se encuentra a más de 120 metros de profundidad. Para algunas aldeas la mejor solución es abrir un pozo cerca del río. El agua sigue estando igual de lejos, pero al menos el suministro es fiable, resulta más fácil de extraer y es más probable que esté limpia.
Sin embargo, en muchos países pobres hay cantidad de aldeas que podrían disfrutar de un pozo y carecen de él. Abrir un pozo de barrena exige conocimientos en geología y una maquinaria pesada muy costosa. En muchos países, como es el caso de Etiopía, el agua es competencia de cada distrito, y sus autoridades carecen de conocimientos y de fondos. «Los habitantes de barrios de chabolas y de zonas rurales sin acceso a agua potable son los mismos que no tienen acceso a los políticos», afirma Paul Faeth, presidente de Global Water Challenge, un consorcio de 24 organizaciones no gubernamentales con sede en Washington, D.C. Por eso el esfuerzo de llevar agua limpia a la población recae en gran medida en colectivos filantrópicos, con resultados dispares.
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Las aldeas de Konso están plagadas de proyectos hídricos abandonados. En los muchos Konsos que hay en el mundo, el principal problema con los planes relacionados con el agua es que la mitad de las infraestructuras se estropean en cuanto los grupos que las han instalado se marchan del país. A veces se usan tecnologías que no pueden ser reparadas en la zona porque se requiere especialización, o se necesitan recambios que sólo se encuentran en la capital. También hay otras razones descorazonadoramente triviales: los aldeanos no tienen los tres dólares que cuesta una pieza, o no se fían de nadie para que la compre con el dinero reunido. El estudio de 2007 reveló que de los 35 proyectos desarrollados en Konso sólo seguían funcionando nueve.
WaterAid, organización radicada en el Reino Unido y una de las principales ONG del mundo dedicadas al agua y el saneamiento, se ha propuesto llevar agua a las aldeas más olvidadas de Konso. En las fechas de mi viaje, WaterAid ya había reparado cinco proyectos y constituido en las aldeas los comités que los gestionarían, y estaba trabajando para resucitar otros tres. En el centro de salud de la capital del distrito instalaba canalones en los tejados para conducir las aguas pluviales a una cisterna cubierta. Ahora esas aguas se tratan y se utilizan en el centro.WaterAid también trabaja en aldeas como Foro, en las que nunca antes se había concluido con éxito ningún proyecto para llevar agua.
Su filosofía combina tecnologías de resistencia probada (como, por ejemplo, construir una presa de arena que represe y filtre una lluvia que de otro modo se perdería) e ideas novedosas, como la instalación de retretes que además generen me­­tano para alimentar una cocina colectiva. Pero la verdadera innovación es que WaterAid ve en la tecnología solamente una parte de la solución. Igual de importante es conseguir que la población local se implique en el diseño, la construcción y el mantenimiento de los nuevos proyectos hídricos. Antes de emprender un proyecto, WaterAid solicita a la comunidad que constituya un comité de siete miembros, cuatro de los cuales deben ser mujeres. Este comité de agua, saneamiento e higiene trabaja con WaterAid en la planificación de los proyectos e implica a la aldea en su materialización. A continuación mantiene y gestiona el proyecto.
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La gente de Konso, que cultiva en terrazas cavadas con laboriosidad en las laderas de las montañas, es famosa por su capacidad de trabajo, lo que supone una gran ventaja (una de las pocas de las que goza) a la hora de hablar de agua en esa parte del mundo. En la aldea de Orbesho, los propios vecinos construyeron una carretera para permitir el acceso a la maquinaria de perforación. El verano pasado estaban incorporando un motor a la bomba del río para que bombease agua a un nuevo depósito construido en lo alto de un monte cercano. Desde él, la gravedad conduciría el agua a las aldeas de la otra vertiente. Todos los vecinos de esas aldeas habían contribuido con unos céntimos a la financiación del proyecto, preparado cemento y recogido pie­dras para las estructuras, y en ese momento ya estaban cavando zanjas para tender las tuberías.
De lejos parecían una serpiente multicolor: 200 personas, en su mayoría mujeres, formando un sinuoso cordón ladera arriba desde la bomba hasta el depósito. Varios hombres ayudaban a colocar las gruesas tuberías en la zanja. La escena era casi una fiesta de bienvenida al progreso. Cientos de personas llevaban cuatro días dedicando las mañanas a cavar, y cada día que pasaba la serpiente avanzaba un poco más en su ascenso de la montaña, hacia el depósito.
Si instalar una bomba de agua es un reto tecnológico, fomentar la higiene es un desafío muy distinto. Wako Lemeta, uno de los dos promotores de la higiene que WaterAid ha formado en Foro, pasa por casa de Binayo y le pregunta a su marido, Guyo Jalto, si puede echar un vistazo a los bidones que utilizan. Jalto lo lleva a la cabaña donde los guardan. Lemeta destapa uno y lo olfatea. Asiente con aprobación; la familia usa WaterGuard, un producto que con sólo un tapón se potabiliza un bidón entero de agua. El gobierno empezó a repartirlo cuando se detectó el reciente brote diarreico. Lemeta también comprueba si disponen de letrina y explica a los vecinos las ventajas de hervir el agua de beber, lavarse las manos y bañarse dos veces por semana.
«Cuando les digo que usen jabón, suelen contestar: “Si me das el dinero…”»
Muchos lugareños han adoptado las nuevas prácticas. Las encuestas indican que el uso de letrinas ha aumentado del 6 al 25 % en la zona desde que WaterAid emprendió su actividad en diciembre de 2007. Pero es una lucha constante. «Cuando les digo que usen jabón, suelen contestar: “Si me das el dinero…”», cuenta Lemeta.
Son éstas las barreras que deben superarse si se pretende que los programas sigan en marcha cuando el equipo de cooperación acaba su trabajo y parte del lugar. WaterAid y otros grupos que también están obteniendo buenos resul­tados creen que cobrar una tasa de uso (por lo general un máximo de un céntimo de euro por bidón) es básico para mantener en marcha un proyecto. El comité de la aldea reúne las cuotas con las que se costearán repuestos y reparaciones. Pero los aldeanos consideran el agua un don de Dios. ¿Qué será lo siguiente, pagar por respirar?
Agua y dinero siempre han sido una mezcla complicada.
Agua y dinero siempre han sido una mezcla complicada. Es famoso el caso de Bolivia, que en 1999 dio a un consorcio multinacional una concesión de 40 años para el suministro de agua y la prestación de servicios de saneamiento a la ciudad de Cochabamba. Las protestas contra los elevados precios acabaron provocando la retirada de la empresa y atrajeron la atención internacional hacia el problema de la privatización del agua. Las multinacionales a las que se encomienda la gestión de sistemas hídricos públicos no consideran rentable llevar agua a los hogares rurales situados en lugares remotos, ni tampoco fijar unos precios asequibles para los pobres.
Pero el agua no puede ser gratis. Alguien tiene que pagar por ella. El agua nace de la tierra, pero las tuberías y las bombas, por desgracia, no. Por eso incluso los usuarios de sistemas pú­­blicos tienen que pagar por ella. Y a menudo el suministro más caro es para quien menos puede permitírselo: la gente que vive en aldeas remotas, apenas pobladas y azotadas por la sequía.
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«La pregunta clave es quién decide, los usuarios del agua o las grandes compañías –declara Faeth desde Global Water Challenge–. En Cochabamba nadie habló con los más pobres.» Instalar una bomba en un poblado rural, afirma, es otra historia. «A nivel local hay más conexión directa entre quienes ponen en práctica el programa y quienes obtienen acceso al agua.»
Los aldeanos de Konso, por ejemplo, poseen y gestionan sus propias bombas. Los comités electos fijan las cuotas para cubrir el mantenimiento. Nadie pretende obtener beneficios. Los propios vecinos me contaron que al cabo de unas semanas comprendieron que un céntimo por bidón es mucho más barato que invertir tantas horas en acarrear el agua… y que el tiempo, el dinero y las vidas que se cobran las enfermedades.
¿Cómo sería la vida de Aylito Binayo si no tuviese que ir al río a por agua? En el fondo de una garganta, muy lejos de Foro, hay un pozo. Tiene 120 metros de profundidad. Cuando lo visité no había mucho que ver: un rectángulo de cemento con un bidón boca abajo y una pirámide de espinos alrededor a modo de protección. Pero antes de marzo, un motor bombearía el agua montaña arriba hasta un depósito. La gravedad volvería a hacerla bajar hasta los grifos de las aldeas de la zona, entre ellas Foro, que entonces contaría con dos grifos comunitarios y unas duchas. Si todo salió bien, Binayo tendrá ahora un grifo de agua limpia a tres minutos de casa.
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Cuando le pido que imagine esa vida más có­­moda, cierra los ojos y recita una lista de tareas. Irá al campo para ayudar a su marido, recogerá hierba para las cabras, hará la comida para su familia, limpiará la casa, pasará tiempo con sus hijos. «No sé si dará resultado. Estamos en lo alto de la montaña, y el agua está allí abajo –dice–. Pero si funciona, voy a ser feliz, muy feliz.»
Le pregunto qué esperanzas tiene para su fa­­milia, y la modestia de su respuesta me conmueve por completo: resistir la nueva hambruna causada por la sequía, resistir el nuevo brote de enfermedad. Ella no sueña. Nunca ha osado confiar en que un día la vida podría cambiar a mejor, que pudiese existir una espita metálica de la que manase dignidad.
NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegi
ayabaca@gmail.com
ayabaca@hotmail.com
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sábado, 2 de septiembre de 2017

MEDIO AMBIENTE : AGUA .- National Geographic .- El agua, fuente de vida

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., realmente estamos a punto de sufrir la peor catástrofe con la pérdida del Agua Dulce, símbolo de la existencia de la vida en La Tierra, todos los días gastamos millones de litros de agua dulce, empezando por nuestra casa; que tan solo para lavarnos los dientes cada vez que lo hacemos desperdiciamos hasta 6 litros. National Geographic, nos entrega un articulo de : Como usamos el Agua Dulce en el Mundo.
Tal vez, los humanos somos muy egoístas no llegamos a tener conciencia que El Agua es al fuente de la vida; muchos lugares del mundo sufren inundaciones que destruyen propiedades y matan valiosas vidas humanas, y al otro extremo otros lugares del mundo sufren largas sequías, que incluso se avizoran conflictos internacionales por la tenencia del agua dulce.
Lamentablemente, cada día perdemos mas reservas de agua dulce, con angustia leemos las noticias de los desprendimientos de Iceberg de la Antártica y el Ártico, si sabemos que en aquellos lugares se almacena el 95% del agua dulce del mundo, y si eso se pierde ya no tendremos más agua dulce.
El Perú, cuya Cordillera de los  Andes es su columna vertebral como fuente de agua dulce, pero lamentablemente los nevados se están perdiendo su capas de hielo, ya perdido nevados completos como:  Glaciar Pastoruri, ubicada en el Cordillera Blanca, comprensión del Parque Nacional del Huascarán;  le sigue El nevado Huaytapallana, la causa todos desastres, lo conocemos es el Calentamiento Global que afecta  a toda La Tierra, y esto origina el cambio climático, somos privilegiados en observar las cumbres peruanas que dan nacimiento a ríos, lagos y lagunas, pero hasta cuando tendremos esa suerte, el efecto invernaderos es el peor enemigo de la pérdida de agua dulce en el mundo...... Leamos el trabajo de National Geographic.....

http://www.nationalgeographic.com.es/naturaleza/grandes-reportajes/agua-fuente-vida_2189/13








La cantidad de humedad en el planeta Tierra no ha cambiado. El agua que bebían los dinosaurios hace millones de años es la misma que hoy cae en forma de lluvia. Pero, ¿habrá suficiente para un mundo mucho más poblado?

LAGO TOFTE, ESTADOS UNIDOS.
Un aguacero de verano alimenta el Lago Tofte, en el norte del Estado de Minnesota.
Foto : JIM BRANDENBURG / MINDEN PICTURES


Cataratas del Iguazú.
Una colosal masa de agua desciende por las Cataratas del Iguazú, en la frontera entre Brasil y Argentina.
Foto : FRANS LANTING



BANGLADESH
Durante una larga sequía que azotó a Bangladesh, durante 1972, un campesino regaba sus plantas una a una
Foto: DICK DURRANCE II / NATIONAL GEOGRAPHIC STOCK



Ahorro Hídrico.
El riego consume un 70% del agua dulce. Métodos mas eficientes como el uso de microaspersores pueden reducir el gasto en un tercio.
Foto: SIEGFRIED LAYDA/GETTY IMAGES


Río Kolgríma, Islandia .
En Islandia, los brazos del caudaloso Río Kolgríma fluyen por las llanuras que se extienden desde el glaciar Vatnagökull, el más grande la isla, hasta el mar, tallando la tierra a su paso.
Foto: HANS STRAND


SOMOS AGUA .
Tres cuartas partes del cuerpo de los bebés humanos son agua.
Foto : ZENA HOLLOWAY / GETTY IMAGES


A LA DERIVA.
Este iceberg desgajado del borde la Antártida podrá flotar durante años, mientras se derrite y  libera en mar su reserva de agua dulce, con el tiempo, las moléculas de agua se evaporarán, se condensarán y volverán a caer sobre La Tierra en forma de precipitación.
Foto : CAMILLE SEAMAN.


Un bien Común .
Los agricultores del sudoeste de los Estados Unidos han compartido durante siglos acequias comunitarias del Pueblo, de 150 años de antigüedad, que recorre el valle de San Luis, en Colorado.
Foto : JACK DYKINGA.


Mumbai, India .
Shiva domina el parque acuático Suraj, cerca de Mumbai, donde la decoración es India, pero los placeres son universales. Las actividades de ocio demandan cada vez más agua.
Foto : JOHN STANMEYER.



Brooklyn, Nueva York .
Una cascada de 27 metros de altura vierte sus aguas bajo el Puente de Brooklyn en Nueva York. El artista Olafur Eliasson la instaló en 2008 como homenaje a "Materialidad del Agua".
Foto : THOMAS HAVISHAM / PANOS.


Luanda, Angola .
Una vendedora de agua limpia de pozo(a siete céntimos de Euro la bolsa) no tiene dificultad para encontrar clientes en un suburbio de Luanda, En 2006, la contaminación del agua en la ciudad causó una de las peores epidemias de cólera en África, con 80,000 afectados.
Foto :  THOMAS HAVISHAM / PANOS


Osaka, Japón .
Para cuidar el cuerpo y el espíritu, Taizo Noda, de 72 años, se baña en un onzen, o fuente termal, cerca de Osaka. Las horas pasadas a remojo son "El secreto de la larga vida", dice.
Foto : JOHN STANMEYER.

Botas de Lluvia
Botas de lluvia, del artista suizo Roman Signer, es una llamada de atención sobre una realidad : sin agua, no somos nada.
Foto: WASSERSTIEFELL 1986 / THOMAS SIGNER CORTESÍA DE HAUSER & WIRTH; FOTO: MAREK ROGOWIEC.

La cantidad de humedad en el planeta Tierra no ha cambiado. El agua que bebían los dinosaurios hace millones de años es la misma que hoy cae en forma de lluvia. Pero, ¿habrá suficiente para un mundo mucho más poblado.....?

Mi hija y yo estamos atentas a las maravillas que cada mañana nos salen al paso cuando bajamos por el sendero de casa para ir a por el autobús escolar. Y todas son el reflejo de la magia del agua: una telaraña cargada de rocío como un collar de brillantes, una garza del color de la lluvia que echa a volar desde la orilla del riachuelo… Una mañana increíble nos visitaron las ranas. Decenas de ellas irrumpieron a nuestros pies, brincando, describiendo arcos saltarines y mostrando sus barrigas blancas, como si se hubiera desatado una lluvia de anfibios que marcara el inicio de una nueva era acuática. Otro día encontramos una tortuga mordedora, con su arcaico caparazón verde oliva. Normalmente esta criatura no sale de las lagunas, pero alguna oscura ambición la había llevado a adentrarse en nuestro sendero de grava, aprovechando la semana lluviosa como un trampolín para ir de nuestra granja a algún otro sitio.
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El pequeño riachuelo sin nombre que atraviesa nuestra finca nos tiene maravillados. Antes de mudarnos al sur de la región de los Apalaches, vivimos durante años en Arizona, donde un curso de agua permanente de este tamaño sería me­­recedor por sí solo de una reserva natural. En Arizona, el estado del Gran Cañón, todo te recuerda que el agua puede cambiar la faz de la Tierra, pues es capaz de partir la roca del desierto y abrir un abismo de kilómetro y medio de profundidad e infinidad de matices. Allí las ciudades son como bases espaciales, que importan cada mililitro de agua dulce de ríos distantes o de acuíferos fósiles. Es tal la tendencia humana a considerar el agua un derecho incuestionable que en las plazas de las ciudades de Arizona aún borbotean las fuentes, los agricultores siguen con los cultivos de regadío y los jubilados riegan su césped porque les recuerda los verdes prados del hogar que dejaron atrás. Pero la verdad acecha detrás de todas las fantasías, y los habitantes del desierto cuentan meses entre una lluvia y otra, viendo cómo los correcaminos se disputan las valiosas gotas que se escapan de un grifo en el jardín. El agua es vida. Es el caldo salobre de nuestros orígenes, el palpitante sistema circulatorio del mundo. Constituye las dos terceras partes de nuestro cuerpo, como el mapa del mundo; nuestros fluidos vitales son salinos, como el océano.
El agua es vida. Es el caldo salobre de nuestros orígenes, el palpitante sistema circulatorio del mundo
Aunque a veces subestimamos a la Madre Agua, los humanos sabemos que es ella quien manda. Levantamos nuestras civilizaciones en la costa y a orillas de ríos caudalosos. A nada te­­memos más que a la falta de agua, o a su exceso. En los últimos tiempos hemos provocado un aumento de la temperatura media de la Tierra de 0,74 °C, algo que podría parecer intrascendente. Pero estas palabras no lo son: inundaciones, sequía, huracanes, nivel del mar en aumento, diques que no resisten… El agua es la cara visible del clima, y por tanto, del cambio climático. Cuando varían los regímenes de lluvias, algunas regiones se inundan y otras se secan. La naturaleza nos da así una lección de física: el aire caliente retiene más moléculas de agua que el aire frío.
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Como en tiempos de los vikingos

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Los resultados están a la vista en las castigadas costas desde Luisiana hasta Filipinas, donde el aire sobrecalentado del océano produce tormentas colosales como nunca habíamos conocido. En los parajes áridos, la misma ley de la física amplifica la evaporación y la sequía, visible en las granjas polvorientas de la cuenca del Murray-Darling, en Australia. En las cumbres del Himalaya están retrocediendo los glaciares, cuya agua de fusión abastece a zonas muy pobladas. La tortuga mordedora que encontré en el sendero de mi casa debía de estar buscando un terreno más elevado. El verano pasado sufrimos una serie de inundaciones que pudrieron los tomates en las plantas y obligaron a nuestros agricultores a acogerse por tercer año consecutivo a las ayudas para zonas catastróficas. La década pasada nos dejó más lluvias torrenciales que nunca, con tormentas de las que descargan cientos de milímetros en un solo día, echan a perder las cosechas y tumban postes telefónicos y grandes árboles cuyas raíces no tienen suficiente agarre en la tierra saturada de agua. Calificar hoy esos desastres de «situaciones excepcionales» parece una broma. Cuando el tiempo meteorológico nos ha dado ya suficientes sorpresas, es imposible permanecer indefinidamente sorprendidos.
Calificar hoy esos desastres de «situaciones excepcionales» parece una broma.
¿Cómo es posible que el mundo cambie tanto ante nuestros ojos? Todo lo que sabemos se basa en los ritmos del planeta: el agua fluye desde las cumbres nevadas, la lluvia y el sol llegan en sus respectivas estaciones. El lenguaje humano apareció seguramente para que los mayores explicaran a sus hijos esas constantes. ¿Qué de­­beríamos decirles ahora? ¿Que a la certeza de las cosas se la llevó la riada, que la mató la sequía?
El valle del Bajo Piura, un mundo a años luz de mi húmedo hogar, es una gran cuenca con las arenas del holoceno más secas que jamás se me han metido en los zapatos. El desierto de Piura, que ocupa 36.000 kilómetros cuadrados desde el litoral noroccidental de Perú hasta el sur de Ecuador, alberga gran cantidad de especies espinosas endémicas. Los manuales describen esta ecorregión como «seca» o «muy seca», y el extremo sur del Bajo Piura es lo más seco de todo. Entre enero y marzo puede recibir unos 25 milímetros de lluvia, dependiendo de los caprichos de El Niño, según me explicó mi chófer mientras avanzábamos dando tumbos por el lecho seco del río Piura, «pero algunos años no llueve nada». Atravesamos durante horas campos incrustados de sal, arruinados por años de regadío, y valles castigados por un sol cegador donde no vive nada, excepto grupos diseminados de Prosopis pallida de raíces profundas, probablemente el árbol me­­jor adaptado a la sequía, y, extraordinariamente, algunas familias dispersas de Homo sapiens.
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Son refugiados económicos en busca de tierra gratis. En el Bajo Piura la encuentran, pero allí la vida tiene otros costes, y los frágiles ecosistemas áridos también pagan su precio, porque la gente acelera la desertización al talar todo lo que pueden para obtener leña. Lo que me llevó allí como periodista fue un innovador proyecto de reforestación. Un grupo de conservacionistas peruanos, en colaboración con la ONG Heifer International, estaba asesorando a la población en la cría de cabras, que comen el fruto del mezquite autóctono, rico en proteínas, y dispersan sus semillas por el desierto. A la sombra de un refugio construido con ramas, una joven madre colocó una olla sobre un fuego alimentado con estiércol y me enseñó a hacer queso fresco con leche de cabra. Pero no le resultaba fácil encontrar tiempo para ordeñar las cabras cuando ella y todas las mujeres que conocía tenían que caminar unas ocho horas al día para ir a buscar agua.
Los maridos estaban perforando un pozo cerca. Trabajaban con palas, encofrado de madera contrachapada para revestir el pozo de hormigón, centímetro a centímetro, y un cabrestante hecho a mano para bajar a un hombre hasta el fondo y sacar a la superficie cubos de arena. Una docena de trabajadores con sombreros de paja se apartaron del pozo para dejarme inspeccionar su obra, de la que hasta ese momento sólo habían extraído una montaña de arena, seca como el polvo. Me asomé al fondo de ese agujero negro, y no pude reprimir las lágrimas. No podía entender tanta perseverancia y me preguntaba cuánto tiempo más resistiría aquella gente acorralada antes de que la falta de agua pudiera con ellos y los obligara a marcharse a otro lugar.
Cinco años después siguen sacando arena seca, y su difícil situación es como un microcosmos de la vida en este planeta. No hay otro sitio adonde ir. El 40 % de los hogares del África subsahariana está a más de media hora del suministro de agua más próximo, y la distancia va en aumento. Los agricultores australianos no pueden seguir a las lluvias, que se han desplazado hacia el sur y ahora caen en el mar. Un salmón que se topa con una presa cuando intenta regresar a su torrente natal no puede cambiar de planes. Tenemos que cavar ese pozo todos juntos, y emplearnos a fondo.
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El renacer de un lago salado

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Desde niña he oído que si levantas la vista desde el fondo de un pozo ves las estrellas, incluso de día. Aristóteles escribió al respecto, y también Charles Dickens. La imaginaria visión de ese círculo de cielo cuajado de estrellas me ha servido de consuelo en muchas noches oscuras. El problema es que no es verdad. La civilización occidental no ha tenido prisa en renunciar a ese mito. Los astrónomos lo creyeron durante siglos, pero al final algunos lo pusieron a prueba y la simple observación les demostró que era una ilusión.
Tampoco ha tenido prisa la civilización en renunciar al mito de la infinita generosidad de la Tierra. Convencidos de que ésa era la realidad, nos negamos a ver las pruebas en su contra. Explotamos los acuíferos y desviamos los ríos. Ahora está cayendo en picado el nivel freático en países que sostienen a la mitad de la población mundial. Con nuestros dispendios, hemos excedido nuestro crédito. En 1968 el ecólogo Garrett Hardin escribió un ensayo titulado La tragedia de los bienes comunes, desde entonces lectura obligada para los estudiantes de biología.
Trata de problemas que sólo se pueden solucionar mediante «un cambio en los valores humanos o las ideas sobre moral» en situaciones en que la búsqueda racional del interés personal conduce a la ruina colectiva. Los pastores que comparten unos prados de propiedad común, por ejemplo, incrementarán poco a poco los rebaños hasta destruir el recurso por sobrepastoreo. En lugar de eso, lo correcto es lle­gar a un acuerdo para la autoimposición de unos límites, algo que desde el punto de vista del interés personal sería impensable en un principio. A pesar de que nuestras leyes llevan implícita la invariabilidad de la moral, Hardin sostuvo que «la moralidad de una acción depende del estado del sistema en el momento en que dicha acción se lleva a cabo». Seguramente no era pecado cazar alguna paloma migratoria norteamericana para hacerse un pastel de carne cuando esta ave, hoy extinguida, abundaba en el continente.
El agua es el bien común fundamental. Hubo un tiempo en que los ríos parecían tan ilimitados como aquellas palomas que, por su número, oscurecían el cielo, y la idea de proteger el agua parecía tan ridícula como la de embotellarla. Pero las reglas cambian. En repetidas ocasiones las sociedades han estudiado los sistemas hidrológicos y han redefinido lo que consideraban un uso racional. Ahora Ecuador se ha convertido en el primer país del mundo en consagrar en su Constitución los derechos de la naturaleza, de tal modo que los ríos y los bosques no son simples propiedades sino que mantienen su derecho a prosperar y florecer. Bajo esa legislación, un ciudadano puede acudir a los tribunales en nombre de una cuenca fluvial degradada, porque la sociedad reconoce que su salud es de vital im­­portancia para el bien común. Es posible que otros países sigan el ejemplo de Ecuador. Las facultades de derecho están ahora reformando sus programas de estudios para comprender y reconocer los derechos de la naturaleza.
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Océanos en movimiento

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Sobre mi escritorio, un vaso de agua capta la luz de la tarde, y yo sigo en busca de maravillas. ¿De quién es esta agua? ¿Cómo puedo decir que es mía si su destino es pasar por los ríos y los seres vivos, en un ciclo eterno? Es una reliquia antigua y resplandeciente, temporalmente confinada en mi vaso, lista para reunirse otra vez con el resto del agua y mover montañas. Es la moneda de cambio de la biología, y lo bueno es que podemos conservarla de innumerables maneras. A diferencia del petróleo, el agua siempre estará con nosotros. Nuestra confianza en la infinita generosidad de la Tierra era hasta cierto punto fundada, pues cada gota de lluvia volverá tarde o temprano al océano, y éste ascenderá al firmamento en forma de nubes. Pero hasta cierto punto era también infundada, porque nosotros no somos importantes para el agua, sino a la inversa. Nuestra misión consiste en encontrar maneras razonables de sobrevivir dentro de sus límites. El impulso de los hechos demostrados, la guía de la ciencia y el empeño por proteger los bienes comunes serán las herramientas de un nuevo siglo. Si contemplamos nuestro planeta de agua con los ojos abiertos a la maravilla y el asombro, sabremos mejor lo que está en juego, y comprenderemos cuál es nuestro lugar.
National Geographic
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

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