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lunes, 9 de agosto de 2021

HACIA EL FINAL DE LA REPÚBLICA ROMANA: La Batalla de Farsalia, hacia el final de la República Romana....................... MAR MEDITERRÁNEO: La campaña de Pompeyo contra los piratas.....

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG.,  el Imperio Romano, pasó por etapas de su existencia, unos tiempos fue República, donde justamente hubo un enfrentamiento entre Julio César y Pompeyo Magno, era una guerra civil, por la supremacía de la Republica, que curiosamente en la batalla de Farsalia, fue su final, con el rotundo triunfo de Julio César.... "Entonces Pompeyo decidió reagrupar a sus tropas en Tesalia (Grecia) y César le siguió hasta Farsalia, donde el 9 de agosto tuvo lugar el enfrentamiento definitivo. Pompeyo no deseaba la batalla, pero se vio forzado a ella por el espíritu belicoso de sus soldados y por las conspiraciones de sus generales. Aunque sus 30.000 hombres doblaban los efectivos de César, éste desarrolló una mejor estrategia y, según contó él mismo, sólo perdió 230 hombres frente a 15.000 pompeyanos muertos y 24.000 cautivos. Fuentes más imparciales estimaron las bajas de César en 1.200, y las de su rival, en 6.000...." ... sigamos la lectura................


El enfrentamiento entre César y Pompeyo supuso un punto de inflexión clave para el fin de la República y el inicio del Imperio romano









La carrera política de Pompeyo Magno empezó tras la primera guerra civil que vivió la sociedad romana. Siguiendo la tradición familiar, Pompeyo consiguió sus primeros éxitos militares luchando en el lado de los optimates, que gobernaban desde su victoria en la guerra. Tras estas primeras campañas, fue nombrado cónsul en su vuelta a Roma y emprendió nuevas campañas que aumentarían todavía más su buena fama: acabó con la piratería en el Mediterráneo, algo que favorecía el comercio marítimo, y detuvo el expansionismo de dos poderosos reyes hostiles a Roma en Oriente, Mirtídates VI del Ponto y Tigranes II de la Gran Armenia.

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La campaña de Pompeyo contra los piratas

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De forma paralela, César empezaba sus andanzas políticas en el Senado, y tras perder apoyos, Pompeyo se vio obligado a forjar una alianza secreta —el primer triunvirato (60 a.C.)— con César y Craso, ambos del partido opuesto, para lograr objetivos comunes. César se marchó a las Galias para consolidar su carrera política mediante éxitos militares, pero cuando pretendía regresar tenía el Senado en su contra. De este modo, se vio obligado a desafiarlo, cruzó el Rubicón en el año 49 a.C. y dio inicio a la segunda guerra civil romana en la que Pompeyo participó como comandante del ejército de la República.

En el invierno de 49 a.C., Julio César consiguió llevar una parte de sus tropas a los Balcanes desde Bríndisi, burlando la vigilancia que Pompeyo, instalado en Dirraquio, había establecido en el Adriático. El resto de sus efectivos no pudo cruzar hasta la primavera del año siguiente; mientras tanto, pompeyanos y cesarianos invernaron en torno a Dirraquio. Con la llegada de los refuerzos, ambos ejércitos iniciaron una guerra de desgaste en la que las tropas de César, mal abastecidas, llevaron la peor parte. Cuando Pompeyo ordenó el ataque definitivo, César y su ejército se refugiaron en la cercana Apolonia.

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Entonces Pompeyo decidió reagrupar a sus tropas en Tesalia (Grecia) y César le siguió hasta Farsalia, donde el 9 de agosto tuvo lugar el enfrentamiento definitivo. Pompeyo no deseaba la batalla, pero se vio forzado a ella por el espíritu belicoso de sus soldados y por las conspiraciones de sus generales. Aunque sus 30.000 hombres doblaban los efectivos de César, éste desarrolló una mejor estrategia y, según contó él mismo, sólo perdió 230 hombres frente a 15.000 pompeyanos muertos y 24.000 cautivos. Fuentes más imparciales estimaron las bajas de César en 1.200, y las de su rival, en 6.000.




 MAR MEDITERRÁNEOLa campaña de Pompeyo contra los piratas..... 

En el año 67 a.C., las autoridades de Roma concedieron a Pompeyo el Grande una autoridad absoluta para perseguir y destruir a los corsarios que infestaban todo el mar Mediterráneo








BRIDGEMAN / INDEX.

La lucha contra los piratas

Los piratas cilicios se aventuraron a saquear grandes navíos en alta mar, como los de la imagen. Pintura mural de la casa de los Vettii en Pompeya.


AGE FOTOSTOCK.

El primer hombre de Roma

Efigie de Pompeyo el Grande y navío en una moneda acuñada por su hijo Sexto.


MARTIN SIEPMANN / AGE FOTOSTOCK.

Guarida de piratas

La ciudad de Anemurium, hoy Anamur, fundada por los fenicios en el siglo XII a.C., fue una de las más prósperas de Cilicia. Su costa fue refugio de piratas durante siglos.


En su empeño por crear un gran imperio en el Mediterráneo, uno de los mayores desafíos a los que se enfrentó Roma fue el de imponer su ley a los piratas que amenazaban sin descanso las rutas comerciales y la seguridad de las ciudades. El fenómeno de la piratería era muy antiguo, pero en los primeros decenios del siglo I a.C., la fase final del período republicano, se convirtió en una auténtica plaga. Los más temibles de todos estos corsarios eran los originarios de Cilicia, en el sureste de Anatolia (actual Turquía), una zona que poseía importantes riquezas naturales y que gracias a su relieve montañoso ofrecía un fácil refugio a los corsarios, que hicieron de la ciudad de Traquea su base de operaciones.


Plutarco dejó un vívido relato de las actividades de los corsarios cilicios a principios del siglo I a.C. Contaban con múltiples bases repartidas por la costa, defendidas con torres y murallas, y se calculaba que disponían de un millar de navíos, con tripulaciones aguerridas y pilotos hábiles. Envanecidos por sus éxitos, los piratas lucían en sus barcos «astiles dorados de popa, cortinas de púrpura y remos con ramas plateadas». Se los conocía en todas las costas por su música, sus cantos y sus festines. También sorprendían sus ritos religiosos, incluidas algunas prácticas mistéricas como la adoración del dios iranio Mitra; según Plutarco, fueron ellos los primeros en introducir este culto en el mundo romano.

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Las acciones de los piratas eran principalmente de dos tipos: secuestros y capturas de ciudades. Los primeros reportaban pingües beneficios, porque las personas capturadas se vendían luego como esclavos en los mercados de Sicilia, Rodas, Alejandría y Asia Menor. Un ejemplo muy conocido es el del joven Julio César, quien en 74 a.C., cuando se dirigía a Rodas, fue secuestrado en la isla de Farmacusa. Los piratas exigieron un rescate de 20 talentos (unos 500 kilos de plata), pero César declaró, con su típica arrogancia, que ésa era una cifra muy baja y que él no valía menos de 50 talentos.

El único inconveniente en la vida de los piratas era que en caso de caer prisioneros no podían esperar más que una ejecución sumaria

Según Plutarco, los piratas cilicios llegaron a tomar cuatrocientas ciudades, sobre todo las desprovistas de murallas. Una vez ocupadas, exigían de sus habitantes un cuantioso rescate para liberarlas. También saqueaban templos, considerados asilos inviolables, y a veces se adentraban en el territorio para robar en los caminos y saquear las casas de campo. Por otra parte –y aunque ése no era su principal objetivo–, no desdeñaban el saqueo de navíos mercantes en alta mar, que iban cargados de piedras y metales preciosos, esencias, telas, sal, tintes, vino y todo tipo de mercancías. El único inconveniente en la vida de los piratas era que en caso de caer prisioneros no podían esperar más que una ejecución sumaria –César, por ejemplo, apresó a sus secuestradores y los hizo crucificar– o, en el mejor de los casos, ser vendidos como esclavos.

LA AMENAZA CILICIA

En la década de 70 a.C., los piratas cilicios se habían convertido en una amenaza para la supervivencia misma de Roma. Sus razias ponían en peligro el suministro de trigo a la Urbe e incluso interferían gravemente en el comercio terrestre. No es de extrañar que las autoridades romanas organizaran operaciones para erradicar este azote, aunque ninguna surtió un efecto duradero. Tal había sido el caso de la expedición dirigida por el pretor Marco Antonio en 102 a.C., a quien siguieron Publio Servilio Isáurico, en 78 a.C., que durante dos años acosó a los piratas cilicios desde Panfilia, y Marco Antonio Crético, en 76 a.C., pero la crisis siguió sin resolverse.
Ante el enquistamiento del problema, en Roma se llegó a la conclusión de que había que cambiar de estrategia para terminar de una vez por todas con aquella amenaza. Se decidió poner la dirección de todas las operaciones en manos de una sola persona con poderes extraordinarios. Fue así como, en el año 67 a.C., el tribuno de la plebe Aulo Gabinio presentó la lex Gabinia, por la que se decretaba la elección de un hombre con categoría de procónsul durante tres años para eliminar la piratería en el Mediterráneo. El elegido fue Cneo Pompeyo, por entonces el general más popular de la República gracias a sus victoriosas campañas contra Sertorio y Espartaco. Tendría a su mando una armada de dimensiones impresionantes: 120.000 soldados de infantería –el equivalente a veinte legiones–, 4.000 jinetes y 270 naves –70 de ellas ligeras–. Su presupuesto ascendería a 6.000 talentos áticos.

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POMPEYO LANZA SU OFENSIVA

Pompeyo dividió todo el espacio del Mediterráneo en trece zonas vigiladas por un contingente de naves bajo el mando de un comandante

El plan de Pompeyo pasaba por proteger los graneros de Sicilia, África y Cerdeña y las rutas de transporte de grano mediante la armada y guarniciones militares; una vez garantizado el suministro de trigo, el procónsul emprendería una ofensiva naval y terrestre contra las bases corsarias. Pompeyo dividió todo el espacio del Mediterráneo en trece zonas, cada una de las cuales estaría vigilada por un contingente de naves bajo el mando de un comandante, el cual debía permanecer en su zona para capturar a los piratas que quisieran huir a otra. El mismo Pompeyo, «como un rey de reyes», iba pasando de una zona a otra para asegurarse de que sus lugartenientes cumplían con su deber. Según Plutarco, Pompeyo «admiró a todo el mundo por la rapidez de sus movimientos, la importancia de sus preparativos y su reputación formidable». Los piratas, que habían pensado plantarle cara y atacarlo, «se atemorizaron, abandonaron sus ataques sobre las ciudades que asediaban y huyeron a sus ciudadelas y sus fondeaderos acostumbrados». En apenas cuarenta días, Pompeyo limpió de piratas los mares Tirreno, Líbico, de Cerdeña, de Córcega y de Sicilia.


Los piratas que escaparon a las redadas de Pompeyo y sus generales buscaron refugio en sus madrigueras de Cilicia, pero el generalísimo se dirigió contra ellos con sesenta de sus mejores naves. Tras reunir sus efectivos en la isla de Rodas, dirigió su armada a los acantilados de la Cilicia Traquea. La superioridad romana era aplastante, y los piratas, presa del pánico, se rindieron, esperando ser tratados con clemencia. Los más recalcitrantes se concentraron en Coracesio (actual Alanya), pero no pudieron sostener el ataque final que Pompeyo lanzó por tierra y por mar.

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LA CLEMENCIA DEL GENERAL

La campaña contra los piratas había durado algo más de tres meses. Según los historiadores antiguos, murieron en combate más de 10.000 corsarios mientras que Pompeyo reunió un inmenso botín, formado por más de 20.000 hombres, 400 navíos, armas, y multitud de materias primas y productos artesanales. Aun así, Pompeyo mostró una actitud misericordiosa con los derrotados. Según Plutarco, «de los piratas que todavía quedaban y erraban por el mar, trató con benignidad a algunos; y contentándose con apoderarse de sus embarcaciones y personas, ningún daño les hizo; con lo que concibieron los demás buenas esperanzas, y huyendo de los otros caudillos se dirigieron a Pompeyo y se le entregaron con sus hijos y sus mujeres. Los perdonó a todos, y por su medio pudo descubrir y prender a otros, que habían procurado esconderse por reconocerse culpables de las mayores atrocidades». Muchos piratas fueron asentados como colonos en distintos puntos de Anatolia, de Tarento, de la Cirenaica o del norte de Grecia con el fin de que olvidasen las razias en el mar y colonizaran nuevas ciudades.

PARA SABER MÁS

Cneo Pompeyo Magno, el defensor de la República romana. L. Lamela Valverde. Signifer, Libros, 2003.


NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

viernes, 15 de enero de 2021

NATIONAL GEGORAPHIC : EL VENGADOR DE CÉSAR.- Marco Antonio, el romano que no pudo reinar

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., Marco Antonio, un militar romano, que se caracterizó por ser un gran estratega, brillante guerrero y arrojado valiente en los múltiples combates y batallas que participó, fue el amigo fiel de Julio César, quien fue asesinado por Bruto, después de esta tragedia; tuvo la oportunidad, de convertirse en el primer emperador romano; pero, por múltiples errores de gobierno y su amor por Cleopatra acabaría su vida suicidándose en Alejandría.

Militar brillante y valiente, durante años fue el aliado más fiel de Julio César, y tras el asesinato de su mentor parecía destinado a convertirse en el nuevo hombre fuerte de Roma. Pero sus errores de gobierno, su desprecio hacia el futuro Augusto y su pasión por el lujo y por Cleopatra acabarían acarreándole la ruina.








Foto: Sergey Sosnovskiy (cc)

Tal vez Marco Antonio, ya herido de muerte por su propia espada, rememorara aquellos tiempos de gloria y triunfo, cuando los destinos de Roma estuvieron en sus manos. Es posible que evocara también, aunque diluido en las brumas del tiempo, a su madre Julia o a su buen padre, que murió siendo él todavía un niño… O, aun, aquella época de su juventud, pasada con su inseparable amigo Cayo Escribonio Curión. Cuántas noches transcurrieron entre borracheras y francachelas, cuántos locales de mala fama recorrieron y cuántos acreedores los persiguieron para cobrar las altas sumas que les adeudaban… Todo ello en el ambiente cada vez más enrarecido de una Roma convulsa, sacudida por graves problemas sociales y agitada por un hervidero de luchas políticas. Luchas en las que él no tardaría demasiado en participar de la mano de quien sería su gran mentor, Cayo Julio César, el vencedor de las Galias. Pero eso sería más tarde, porque antes tuvo que labrarse un nombre, alcanzar una reputación que le permitiera abordar la escena política.

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JUVENTUD DISIPADA

Marco Antonio nació en Roma en enero del año 83 a.C. en el seno de una influyente familia plebeya. Su abuelo, gran orador que desempeñó los cargos de cónsul y censor, fue un destacado miembro del partido de Sila, ajusticiado por orden de Mario en el contexto de las luchas de poder entre optimates y populares a inicios del siglo I d.C. Hijo de un militar mediocre, quedó muy pronto huérfano de padre y durante su juventud llevó una vida disipada frecuentando la amistad con Curión, que "lo precipitó en el trato con rameras y en gastos desmedidos e insoportables, de resulta de lo cual contrajo la cuantiosa deudas", según Plutarco.


El foro romano, donde se desarrollaba la vida política y económica de la república.

Foto: iStock

Fue Clodio, un conocido agitador y demagogo, quien introdujo a Marco Antonio en el ambiente de las intrigas y conjuras romanas. No obstante, los escándalos provocados por su vida licenciosa aconsejaron al joven cambiar de aires, quizá llevado del deseo de completar su formación y adquirir una experiencia que, sin duda, le haría falta para afrontar el despiadado mundo de la política republicana. Así, en 56 a.C. Antonio partió hacia Grecia, donde se dedicó al estudio de la oratoria y a frecuentar las palestras. Un año más tarde se integró en el ejército del procónsul Gabinio como comandante de caballería y fue así como recibió su bautismo de guerra en la campaña de Siria, en la que pronto destacó por su valor, temeridad y visión como estratega. Ganada la confianza de Gabinio, las legiones bajo su mando partieron a Egipto para reponer en su trono a Ptolomeo XIII Auletes.

HOMBRE DE CONFIANZA DE CÉSAR

Esos tempranos éxitos militares le abrieron a Marco Antonio las puertas del regreso a Roma. Allí se reencontró con su amigo Curión, antiguo protegido y partidario de Cneo Pompeyo el Grande –árbitro de la política y famoso por sus éxitos militares– que se había pasado al bando contrario, al de los populares, a cuya cabeza estaba Julio César. Siguiendo los consejos de su viejo compañero de libertinaje, Antonio se dirigió hacia la Galia, donde participó en diversas operaciones militares bajo el mando de César. Éste, reconociendo su capacidad, lo envió de regreso a Roma, donde conseguiría escalar los peldaños inferiores del cursus honorum, que englobaba los cargos de la magistratura republicana. Desde este momento Antonio será uno de los hombres de confianza de César y uno de sus agentes políticos más activos, oponiéndose en lo posible a los planes de Pompeyo y de la clase nobiliaria representada en el Senado.

Marco Antonio se dirigió a la Galia para ponerse a las órdenes de Julio César, donde destacó en algunas operaciones militares a las órdenes del general, convirtiéndose más tarde en su hombre de confianza en Roma.

El 10 de diciembre de 50 a.C., Marco Antonio y Quinto Casio alcanzan el tribunado defendiendo las posturas de César ante el Senado e iniciando una amplia campaña a su favor entre la plebe. A inicios del año siguiente una discusión en el Senado sobre la disolución simultánea de los ejércitos de César y Pompeyo (defendida por los partidarios del primero y a la que se oponía el segundo y sus acólitos) acabó con la expulsión de la cámara de los tribunos de la plebe y la concesión a Pompeyo de todos los poderes para de defender la República, lo que supuso el enfrentamiento total entre los dos triunviros y dio inicio a la guerra civil.


Julio César (izquierda) y Pompeyo Máximo. Bustos del siglo I a.C.

Foto: Cordon Press

La noticia del paso de César por el río Rubicón junto a Antonio y sus legiones fue recibida con espanto en una Roma que inmediatamente fue evacuada por Pompeyo. En seis meses, César se hizo con el control de Italia, entrando en la capital sin encontrar resistencia. Perdonó a los adversarios que se habían quedado en la ciudad y se apoderó del tesoro del Estado. Seguidamente distribuyó los puestos de importancia entre sus más estrechos colaboradores. Entre ellos figuraban Marco Emilio Lépido, quien recibió el encargo de velar por Roma, y Marco Antonio, que quedó al mando de las tropas de Italia. Seguidamente, César marchó a Hispania a someter los ejércitos de Pompeyo.

LA DERROTA DE POMPEYO

En ausencia de César, Antonio cometió todo tipo de arbitrariedades en la gestión económica y en la administración de la justicia, compensando esta actitud con el trato fácil y la camaradería con los soldados. Sin embargo, pronto hubo de acudir en ayuda de su valedor, cercado en las proximidades de Dirraquio (la actual Durrës, en Albania) en una posición poco favorecida. En condiciones meteorológicas adversas, con un mar embravecido, Antonio demostró su arrojo embarcando ochocientos caballos y veinte mil hombres, y llegando a tiempo para socorrer a César. Éste decidió luego internarse en Macedonia, donde, en 48 a.C., en la llanura de Farsalia, libró la batalla decisiva contra Pompeyo. Brillaron aquí el genio de César como estratega y el arrojo de Antonio al mando del ala izquierda del ejército, contribuyendo a una victoria completa que provocó la huida de Pompeyo a Egipto, donde sería asesinado por orden del último de los Ptolomeos.

Antonio regresó a Roma con buena parte de las tropas. Nombrado magister equitum, quedaba como lugarteniente de César. De esta manera logró convertirse en dueño y señor de los asuntos de Roma. Pero su fama militar resultaba ensombrecida por su mal gobierno, próximo al despotismo. La imagen de moderación que César quería ofrecer a sus conciudadanos quedaba en entredicho por el ejemplo de un Antonio cuya vida privada era el escándalo de la ciudad: frecuentaba la compañía de comediantes y prostitutas, ofrecía banquetes de lujo inaudito que concluían en vergonzosas borracheras… Además, en sus viajes por Italia se hacía acompañar por un séquito de la peor ralea, vejando a los ciudadanos de las localidades por donde pasaban.

La vida privada de Marco Antonio era el escándalo de la ciudad, ofreciendo banquetes de un lujo inaudito, que culminaban en vergonzosas borracheras, lejos de la imagen de moderación que César quería ofrecer a sus conciudadanos.

La vuelta de César de sus campañas orientales puso las cosas en su sitio. Al conocer los escándalos privados y públicos de su lugarteniente, lo sancionó con la privación del consulado al que aspiraba. En su lugar fue elegido Lépido, formando pareja con el propio César. Éste, arreglados sus asuntos y tomadas las medidas sociales y económicas apropiadas, marchó a África a combatir a los hijos y partidarios de Pompeyo. La advertencia no cayó en saco roto y, aparentemente, Antonio moderó desde entonces sus costumbres. Se casó con Fulvia, la viuda de Curión, y para alojarla compró la suntuosa casa de Pompeyo en Roma, despojándola de sus tesoros, lo que le valdrá la crítica de Cicerón.

Tras la decisiva victoria de Munda sobre los pompeyanos (45 a.C.), con la que se ponía el punto final a la guerra civil, César regresó a la capital para emprender la tarea de reorganizar el Estado y dar a Roma la magnificencia de las ciudades orientales. Sobre su persona se acumulaban privilegios, honores y magistraturas como nadie antes había tenido, lo que provocó un malestar creciente entre determinados sectores de la nobleza. En 44 a.C., César tomó a Antonio como colega en el consulado. En febrero de ese mismo año, durante la fiesta de las Lupercales, ambos protagonizaron un episodio que dio mucho que hablar: a la vista de todo el mundo, Antonio coronó a César con la diadema real, que el ya dictador perpetuo rechazó por tres veces. Pero la oposición no se dejó convencer por ese gesto teatral. Además, entre los planes inmediatos de César estaba la campaña contra los partos: una victoria en la misma, al menos a ojos de los conjurados, allanaría la coronación de César como monarca absoluto, sin que nada ni nadie pudiera impedirlo. Por ello, reafirmaron su propósito de asesinarlo.

EL MAGNICIDIO DE CÉSAR

A la cabeza de la conspiración estaban Cayo Casio y su cuñado Marco Junio Bruto, quienes agruparon a su alrededor a no menos de sesenta personajes ilustres, muchos de ellos antiguos colaboradores y amigos del dictador, deseosos de devolver las libertades a la República. La Curia de Pompeyo, en la importante reunión del Senado que se iba a celebrar en los idus de marzo, pocos días antes de la marcha a Oriente de César, fue el lugar elegido para el magnicidio. Presagios, advertencias y precauciones fueron desatendidos por el dictador, mientras que, a su llegada a la Curia, Antonio era retenido en la entrada con un asunto banal. Cuando oyó los gritos de su mentor y quiso reaccionar ya era tarde: Julio César había caído asesinado bajo la estatua de Pompeyo.


El asesinato de Julio César recreado por Vincenzo Camuccini.

Foto: Cordon Press

Aterrado ante el nuevo panorama que se abría, Antonio decidió esconderse. Sin embargo, cuando se enteró de la situación de los conjurados, refugiados en el Capitolio, tomó las riendas del poder, como correspondía a la magistratura que ostentaba, y reunió al Senado, que aprobó conceder una amnistía a los conjurados, además de mantener las disposiciones de César y abolir la dictadura, volviendo a la legalidad republicana. Después, ante el pueblo, pronunció el elogio fúnebre de César, mostrando su toga ensangrentada y las generosas donaciones a Roma de su testamento, con lo que logró despertar la ira de una plebe que, tras quemar el cadáver, se lanzó contra los asesinos para vengar al dictador.

Ya sin César, Antonio se hizo dueño de Roma. En los meses siguientes su poder creció sobre las disposiciones del dictador, las Acta Caesaris, de las que se había apropiado, manipulándolas a su antojo, vendiendo exenciones y privilegios que provocaron nuevos escándalos y un creciente malestar. Pero cuando pretendió modificar la distribución de las provincias a su favor entró en conflicto con el gobernador de la Galia Cisalpina, Décimo Bruto, por lo que se dispuso a luchar contra él.

A la muerte de César, Antonio se hizo dueño de Roma, pero su desempeño en el poder provocó nuevos escándalos y malestar contra él.

OCTAVIANO ENTRA EN ESCENA

Es en esos momentos cuando aparece en escena el joven Cayo Octavio, hijo de una sobrina de César, al que este había adoptado haciéndole su heredero. Volvía de Apolonia, donde su tío lo había mandado a estudiar y a familiarizarse con el ejército. Ahora reclamaba su herencia, pero Antonio, viéndolo joven e inexperto, lo menospreció sin atender sus peticiones. Octavio tomó entonces el nombre de Cayo Julio César Octaviano, reunió dinero de su propia fortuna y consiguió ganarse el apoyo del pueblo. Así, mientras Antonio partía para Módena, donde se había refugiado Décimo Bruto, Octaviano se acercó a los miembros más influyentes del Senado, en especial a Cicerón. Es entonces cuando el gran orador pronuncia las Filípicas, en las que denuncia todos los hechos negativos de Antonio.

Así las cosas, Octaviano logró del Senado el cargo de propretor y el permiso para acompañar a los nuevos cónsules, Aulo Hircio y Cayo Pansa, a combatir a Antonio, declarado enemigo público. Derrotado, Antonio huyó a la Galia en busca de Lépido, mientras Octaviano obtenía el consulado y lograba que se persiguiera a los asesinos de su padre adoptivo. Para asegurar su situación aceptó reunirse con Antonio y Lépido en Bolonia, donde constituirá el segundo triunvirato. El objetivo del mismo es triple: castigar a los asesinos de César, repartirse las provincias y eliminar a sus enemigos políticos con las proscripciones. El primero de ellos, Cicerón.

El Senado declaró a Marco Antonio enemigo público y envió a los cónsules a combatirlo acompañados del sobrino de César, Octaviano, el futuro Augusto.

Unidas, las legiones de Antonio y Octaviano buscaron a las de Bruto y Casio, trabando batalla en Filipos (Macedonia) el 23 de noviembre del 42 a.C. La victoria de los primeros es completa gracias a la mayor experiencia militar de Antonio. En el reparto de provincias que sigue, Hispania le corresponde a Octaviano, África a Lépido y Oriente a Antonio.


El célebre encuentro entre Marco Antonio y Cleopatra recreado por sir Lawrwnce Alma-Tadema.

Foto: Sotheby's New York

Desde Éfeso, este último recorre Asia Menor ordenando el territorio hasta llegar a Tarso, a donde emplaza a ir a Cleopatra, reina de Egipto, para pedirle explicaciones por las ayudas prestadas a Casio. Ella llegará en un espléndido bajel con las velas de púrpura tendidas al viento, vestida como Venus y haciendo gala de todo su poder de seducción, de tal manera que cautiva al romano, que la sigue a Alejandría, donde, en medio de suntuosas fiestas, olvida sus obligaciones como militar y gobernante.

LA UNIÓN CON CLEOPATRA

Al año siguiente, Antonio acude a Brindisi, donde renueva el triunvirato con sus otros colegas, contrayendo matrimonio con Octavia, hermana de Octaviano, para reforzar el pacto. Se establece entonces en Atenas, dirigiendo desde allí la política oriental, especialmente la guerra contra los partos. El pacto se renovará en Tarento en 37 a.C., con la promesa por parte de Octaviano de enviarle a Oriente veinte mil hombres para la lucha con los partos, a cambio de 120 navíos. Pero Antonio, con el pretexto de la guerra, envía a su esposa a Roma y, llegado a Antioquía, contrae matrimonio con Cleopatra.

Tras constituir un triunvirato junto a Octaviano y Lépido, Marco Antonio queda encargado de la conquista y pacificación de los territorios del Mediterráneo oriental.

La guerra contra los partos se salda con un rotundo fracaso, y cuando Antonio logra llegar a Siria con el ejército que ha logrado salvar comprueba que Octaviano no ha cumplido su promesa de enviarle refuerzos, lo que le aboca a un callejón sin salida. La ruptura entre ambos es ya definitiva. De regreso a Alejandría, Antonio amplía el reino de Egipto mediante donaciones de territorios vecinos que otorga a Cleopatra y sus hijos, lo que será aprovechado por Octaviano para levantar una feroz campaña de desprestigio contra su rival y le brindará la excusa perfecta para declarar la guerra a Egipto por apropiación de territorios pertenecientes al pueblo romano

El enfrentamiento es inevitable y Antonio y Cleopatra concentran sus tropas en Éfeso, desde donde marchan a Grecia, tomando posiciones en el golfo de Ambracia frente al ejército de Octaviano. Pero es en la desembocadura del golfo, junto a Actium, donde el día 2 de septiembre de 31 a.C. se libra una decisiva batalla naval, en la que la escuadra romano-egipcia será derrotada.


La batalla de Accio. Grabado del siglo XIX.

Foto: Cordon Press

EL FINAL

A pesar de ello, Antonio y Cleopatra deciden resistir en Egipto, al tiempo que envían embajadas a Octaviano para negociar. Es inútil. Al frente de un cuerpo de caballería, Antonio se lanza de nuevo al combate y vence a la vanguardia de Octaviano; mas pocos días después su infantería es derrotada y los pocos soldados que le quedan se pasan al enemigo. En esta situación desesperada le llega la noticia, falsa, de que la reina se ha suicidado. Haciendo honor a su temple de romano, que prefiere la muerte antes que caer en manos del enemigo, Antonio se atraviesa con su espada. No mucho después, las tropas romanas ocupan Alejandría.

Tras obtener permiso para embalsamar el cuerpo de Antonio, Cleopatra permanece unos días junto al cadáver en el mausoleo instalado en Alejandría, hasta que una orden de Octaviano la obliga a regresar a palacio. El nuevo dueño de Roma tiene la intención de llevarla a la capital y exhibirla en su desfile triunfal. Sospechándolo, la reina mantiene una entrevista con él para intentar salvar, al menos, a sus hijos. Cleopatra despliega todos sus encantos, mas sin efecto; Octaviano se mantiene frío y distante, pese a tratarla con cortesía. Ante este fracaso, la reina se suicida, según la tradición, mediante la mordedura de un áspid que acerca a su seno. Octaviano ordena que Antonio y Cleopatra sean enterrados juntos, pero también manda dar muerte al joven Antonio, el mayor de los hijos que aquel tuvo con Fulvia, y a Cesarión, hijo de César y Cleopatra. Curiosamente, Octaviano entregó a su hermana Octavia, la segunda esposa de Antonio, la tutela de los hijos de Antonio y Cleopatra. Éste fue el destino del hombre que hubiera podido ser el primer emperador de Roma, y el de sus descendientes.

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