Blog dedicado a cuentos, notas de interés, actividades políticas , sociales, historia, artes culinarias, fiestas patronales, astronomía, ciencia ficción, temas del Medio Ambiente ,y del acontecer Peruano y Mundial desde otro punto de vista muy personal y diferente!!!!!
********** Blog Fundado el 03 de Enero del 2008 **********
Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG.- la península ibérica, y sobretodo lo que después de llamaría España, nació con el matrimonio del Rey Fernando II de Aragón, con Isabel I de Castilla, formándose la Monarquía Hispánica, y juntos como Los Reyes Católicos, vencieron a los musulmanes afincados en el reino de Granada.
Los Reyes Católicos al vender al último sultán Boabdil, significó la expulsión de los musulmanes de la Península Ibérica.
La Revista National Geographic, ha elaborado un amplio reportaje de los Reyes Católicos, que ofrecemos para su lectura...
Tras casi diez años de guerra, en 1491 los Reyes Católicos pusieron sitio a la capital del reino nazarí de Granada. Su caída era cuestión de tiempo, y Boabdil, el sultán granadino, sólo tenía una opción: rendirse.
Fernando de Aragón e Isabel de Castilla
Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, culminaron la Reconquista con la toma de Granada en 1492 a manos del sultán nazarí Boabdil. a vuelo
El adiós de Boabdil
Las Capitulaciones de Granada fueron muy ventajosas para Boabdil y sus súbditos, pues estipulaban el perdon para todos los resistentes, el respeto a sus propiedades, leyes, lengua e incluso religión. Sin embargo, poco tiempo más tarde, debido a diversas presiones, todo fue papel mojado y la corona impuso nuevos gravámenes e intentó convertir al cristianismo a los musulmanes.
Foto: wikicommons
Boabdil, el sultán que entregó su reino
Al último sultán granadino le tocó vivir un periodo convulso en el que tuvo que afrontar sangrientas luchas por el poder entre diferentes facciones de Granada así como la larga ofensiva militar de los Reyes Católicos.
Foto: wikicommons
La caída de Granada
Al pie de las murallas de Granada se hizo efectiva la rendición musulmana con la entrega de las llaves de la ciudad por parte de Boabdil a los Reyes Católicos. Las condiciones de la capitulación se recopilaron en las llamadas Capitulaciones de Granada. Así imaginó y plasmó la escena Francisco Pradilla en 1882.
Foto: wikicommons
La Alhambra
El conocido como "castillo rojo" domina toda la ciudad de Granada y fue la residencia de la dinastía nazarí desde el siglo XIII. De hecho en ella nació el propio Boabdil, el último sultán.
Dibujos nazaríes ocultos en la Alhambra
Recientemente se descubrieron algunos dibujos de la época nazarí que habían permanecido ocultos en la Alhambra, exactamente en las maderas del templete oeste del Patio de los Leones.
Patronato y Conjunto Monumental de la Alhambra y el Generalife
La caída del último enclave musulmán de Europa occidental parecía compensar la conquista de Constantinopla por los turcos otomanos, que había tenido lugar en 1453, o su más reciente ocupación de Otranto, en el año 1480. El mismo papa Inocencio VIII acudió a la iglesia de Santiago de los Españoles y ofició una misa en celebración de la victoria. Festejada en toda Europa, la conquista de Granada había puesto fin a diez años de guerra entre la Corona de Castilla y el emirato gobernado por la dinastía nazarí.
Entre el 27 de diciembre de 1481, fecha en que los nazaríes ocuparon Zahara, y el 2 de enero de 1492, día de la ocupación de Granada, ambas potencias libraron una contienda de carácter muy distinto a las que hasta entonces habían protagonizado. En efecto,Isabel I de Castilla, al contrario de los que había sucedido en tiempos de su padre Juan II y su hermano Enrique IV, no sólo tenía en mente obtener varias victorias en el campo de batalla, sino que pretendía algo mucho más ambicioso: acabar de una vez por todas con el poder islámico en la Península.
La cruenta conquista de Málaga (en agosto de 1487) privó al territorio sureño de su principal puerto y acabó para siempre con el espejismo de una posible ayuda militar de los reinos musulmanes del Magreb. La toma de Baza, en el otro extremo del reino, marcó asimismo un punto de inflexión. Quedaba claro que no se trataba de una guerra tradicional, basada en campañas veraniegas: aquella era una guerra total. Sólo continuaban resistiendo Granada y algunas escasas comarcas circundantes, y fue en esta zona en la que se concentraron Fernando e Isabel. Ambos esposos, los Reyes Católicos, habían establecido pactos secretos con el rey granadino Boabdil por los que éste se comprometía a rendir la capital tan pronto como las circunstancias lo permitiesen.
Sin embargo, llegado el momento, Boabdil no pudo, o no quiso, cumplir con su parte del trato. La existencia en Granada de un sector intransigente, cerrado a toda negociación, le impedía revelar el acuerdo y le obligaba a mantener la guerra hasta el final, esperando, quizás, una intervención exterior que nunca habría de llegar, pues los imperios islámicos más fuertes estaba demasiado alejados geográficamente e interesados en sus propios asuntos.
La presión de las fuerzas combinadas de Castilla y Aragón se dirigió frontalmente sobre la capital a fin de acabar con la resistencia mediante un solo golpe. En el mes de julio, en pleno bloqueo de Granada, un incendio arrasó el campamento de los reyes; según algunas fuentes, la propia Isabel estuvo a punto de morir carbonizada en su tienda, donde al parecer se inició el fuego. Isabel, en vez de ordenar su desalojo, mandó levantar una nueva población, que tomó el llamativo nombre de Santa Fe. Desde esta estratégica posición las tropas castellanas podían realizar continuas razias sobre los desprevenidos pobladores de la Vega, que rápidamente fueron abandonando sus casas para protegerse tras las fortificaciones granadinas. Así, no sólo se privaba a los nazaríes de provisiones, sino que los sitiadores se aseguraban de que, al aumentar sin tregua la población refugiada tras las murallas de Granada, el hambre se apoderaría rápidamente de la ciudad.
Los musulmanes, perdidas todas las esperanzas, se veían abocados a un durísimo asedio, que podía concluir como el de Málaga, con la muerte y la esclavitud de buena parte de la población. El final llegó por el hambre, por la presión militar y, por supuesto, por el soborno a varios notables cortesanos nazaríes, a los que se prometió conservar sus propiedades y su posición social y concederles determinadas mercedes. El 25 de noviembre de 1491 se formalizaban las condiciones de rendición o capitulaciones en el campamento real de la Vega, cerca de Santa Fe.
El 2 de enero de 1492 las tropas cristianas entraron en la ciudad, precedidas por varios destacamentos que tomaron las principales fortalezas y torres del recinto amurallado.
Isabel I la Católica, reina de Castilla
La princesa Isabel no estaba destinada a ser reina, pero la muerte de su hermano Enrique IV la llevó al trono de Castilla. Isabel ejerció el poder por sí misma y llevó al reino a la cúspide de su prestigio
No estaba destinada a ocupar el trono, pero su determinación le permitió conquistarlo. Ya dueña de la corona, ejerció por sí misma el poder y llevó al reino de Castilla a la cúspide de su prestigio. Cuando nació su hija, Isabel, el rey Juan II de Castilla ya tenía un hijo varón de veinte años, Enrique (apodado más tarde el Impotente), nacido de su primer matrimonio con María de Aragón, y sería él quien, tras años más tarde, en 1454, le sucedería en el trono. Cuando esto ocurrió, la princesa Isabel fue enviada junto a su madre, Isabel de Portugal, a Arévalo, lejos de la corte y cerca de Medina del Campo, a cuyo castillo de la Mota se sentiría siempre estrechamente vinculada. Pese a esta aparente marginación, Isabel recibió una esmerada educación de acuerdo con lo que se esperaba que aprendiera una princesa del momento.
Desde pequeña vivió rodeada por un excelente grupo de damas de compañía y tutores, designados directamente por su padre antes de morir, entre los que se encontraban algunas de las figuras que con el tiempo estarían llamadas a desempeñar una importante función en su vida y su reinado, como Lope de Barrientos, Gonzalo de Illescas, Juan de Padilla, Gutierre de Cárdenas y fray Martín de Córdoba. De ellos recibió una formación humanística basada en la gramática, la retórica, la pintura, la filosofía y la historia. Nadie supo a ciencia cierta los motivos por los que su hermanastro, que nunca se había preocupado demasiado por ella, decidió llamarla junto a él en 1462, poco antes del nacimiento de su hija Juana, con quien estuvo enfrentada.
Recibió una formación humanística basada en la gramática, la retórica, la pintura, la filosofía y la historia
La princesa contaba entonces diez años. ¿Pensó quizá que era preferible tenerla cerca y bien controlada? La inestabilidad política en Castilla crecía por momentos debido a las desavenencias entre el monarca y algunos magnates del reino, capitaneados por el arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo. Las tensiones llegaron a su punto extremo en 1465, cuando los nobles impusieron al rey un humillante conjunto de medidas que limitaban su poder. Una de las exigencias que Enrique IV debió aceptar fue que la princesa Isabel se alejara de la corte y tuviera casa propia en el Alcázar de Segovia. Tan sólo tres años después, el propio Enrique aceptó un pacto -materializado en una venta cercana a los Toros de Guisando, cerca de Ávila- por el que, a cambio de que sus adversarios aceptaran su continuidad en el trono, reconocía a Isabel como legítima sucesora en la corona de Castilla.
Aconsejada por el arzobispo Alfonso Carrillo, Isabel tomó como pretendiente matrimonial al candidato aragonés, Fernando, hijo y heredero, como ella, de otro Juan II. Todo se llevó en el más absoluto secreto. El 5 de septiembre de 1469, Fernando partió de Zaragoza disfrazado de criado y acompañado por tan sólo seis personas. Cuatro días después tenía lugar la ceremonia nupcial, que incluyó la bendición también en el sentido político, del arzobispo Carrillo. Al día siguiente, como era preceptivo, el matrimonio fue debidamente consumado en la cámara nupcial ante un selecto grupo de testigos.
Los cronistas oficiales presentaron su encuentro como un amor a primera vista. Pero, por supuesto, Fernando tenía tantos intereses políticos en ese matrimonio como los que pudiera tener su esposa. Una fría mañana del 12 de diciembre de 1474 llegó al Alcázar de Segovia, donde habitaba la pareja, la noticia de que Enrique había muerto. Al día siguiente, Isabel I se autoproclamó con toda solemnidad reina de Castilla y envió cartas a las principales ciudades del reino exigiéndoles obediencia. Pero el camino distaba mucho de quedar expedito.
A las pocas semanas, su sobrina Juana hacía lo mismo, Y no sólo eso: negociaba con su tío, el belicoso rey Alfonso de Portugal, un contrato matrimonial que permitiera unir las fuerzas de ambos reinos con el objetivo de defender sus derechos. Comenzaba así una sangrienta guerra por el trono castellano que no finalizaría hasta septiembre de 1479, con los tratados de Alcáçovas y Moura. La victoriosa Isabel I exigió que su sobrina renunciara al matrimonio con Alfonso y entrara como monja en el convento de las clarisas de Coimbra. Con ello, la reina pretendía garantizar a cualquier precio que su rival no tuviera descendencia.
Rey de Castilla desde 1474, gracias a su boda con su prima Isabel, y de Aragón desde 1479
Fernando el Católico
Retrato al óleo de Fernando II de Aragón y V de Castilla. También Rey de Sicilia, Valencia, Mallorca y Cerdeña; de Nápoles y de Navarra; y Conde de Barcelona.
Los Reyes Católicos
Retrato al óleo de los Los Reyes Católicos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. La pintura está datada en el siglo XV y localizado en el Convento de las Augustinas, en Madrigal de las Altas Torres, Ávila.
Fernando de Aragón e Isabel la Católica
Los Reyes Católicos recibiendo una embajada del rey de Fez. Museo Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid
Oleo: Vicente Lopez
La conquista de Almería
Pintura al óleo de Juan Mata Prats. La obra se muestra expuesta en el Museo del Ejército de Madrid.
Foto: Gtres
La conquista de Granada por los Reyes Católicos
Pintura al óleo de Carlos Luís de Ribera. La obra se muestra expuesta en el Museo de la Catedral de Burgos.
Foto: Gtres
Felipe I de Castilla
Felipe I de Castilla, (1478 - 1506), apodado "el Hermoso", yerno de Fernando el Católico., y con quién no pudo evitar disputarse el trono de Castilla.
Foto: Museo del Louvre
16 de noviembre de 2012
Fernando II el Católico fue un diplomático hábil y un rey implacable. Su papel en la conquista de Granada, Navarra y Nápoles fue fundamental. Pero no pudo evitar enfrentarse con su yerno Felipe el Hermoso por el trono de Castilla.Y su matrimonio con Germana de Foix pudo cambiar la historia de España. Soberano implacable, político audaz y perfecto caballero del Renacimiento, Fernando II de Aragón marcó por sí mismo, más allá de su boda con Isabel I de Castilla, una de las épocas más brillantes y agitadas de la historia de España.
El 10 de marzo de 1452 nació en la villa oscense de Sos un infante que en principio no parecía encaminado a grandes destinos. El niño, bautizado con el nombre de Fernando, era hijo de Juan II de Aragón y su segunda esposa y parienta lejana doña Juana Enríquez, hija del almirante de Castilla, uno de los principales magnates del país vecino. La sucesión al trono había de recaer en su hermano primogénito, Carlos, príncipe de Viana, pero la prematura muerte de éste llevó a Fernando inesperadamente al trono. A esta situación se le sumaría un acontecimiento tan singular como afortunado: la boda de Fernando con su prima segunda la infanta Isabel de Castilla, la futura reina Isabel I la Católica.
Juntos gobernarían casi todo el territorio peninsular, forjando la unión dinástica que dio carta de nacimiento a España. La trayectoria vital de Fernando II de Aragón y V de Castilla refleja perfectamente la transición entre los tiempos medievales y modernos, encarnando el paso de unos estados situados en la periferia de Europa a un Imperio plurinacional convertido pronto en la mayor potencia del mundo.
Irónicamente, Fernando el Católico fue el rey aragonés que más sangre castellana llevó en sus venas, descendía por casi todos sus costados de príncipes y nobles castellanos. La estabilidad del gobierno quedó fijada, tras arduos debates y más de un amago de ruptura entre los cónyuges, mediante una serie de concordias, acuerdos por los cuales Fernando e Isabel reinaban de forma conjunta en Castilla. En 1478 se funda la Inquisición, instrumento de poder político a la par que tribunal de la fe. Ambos monarcas decidieron expulsar a los judíos de sus reinos y los dos, y Fernando en mayor medida, usaron la Inquisicióncomo arma. No olvidemos que el Santo Oficio era, junto con la Corona, la única institución común a Aragón y Castilla, y su largo brazo alcanzaba lugares donde no llegaba la jurisdicción regia.
Fernando decidió acometer dos ambiciosos proyectos que debían ampliar sustancialmente el territorio bajo su poder: la guerra de Granada, para la que contó con el apoyo de su esposa, ya que se trataba de destruir el último reducto del Islam en la península Ibérica; y la recuperación para Cataluña de los condados ultrapirenaicos del Rosellón y la Cerdaña, una pretensión que no contaba con el beneplácito de Isabel por la posibilidad de abrir un nuevo frente bélico. En todo caso, si hay algo que podemos adscribir a Fernando es la política italiana, para dar continuidad a los intereses de la Corona de Aragón con el control de Cerdeña, Sicilia y el comercio marítimo, y con las pretensiones sobre Nápoles.
La vida de Fernando el Católico se vio trastornada por la muerte de Isabel I en 1504
Todo se precipitó con la intervención francesa en 1494, debido a las ambiciones italianas del rey Carlos VIII, que conquistó Nápoles. La respuesta de Fernando no se hizo esperar: creó la Liga Santa, una coalición con el Papa, Milán y Venecia. Así comenzaron las guerras de Italia, que duraron hasta 1559 y terminaron por asentar la hegemonía española. Otro de sus grandes éxitos consistió en la conquista definitiva de Canarias, el prólogo inevitable de la intervención en América. En pleno éxito, la vida de Fernando el Católico se vio trastornada por la muerte de Isabel I en 1504. Pero un año después el monarca firmó el tratado de Blois con Luis XII de Francia, para contrarrestar el poder de Felipe el Hermoso, y se casó con Germana de Foix, sobrina del rey. Las historias tradicionales parecen obviar los últimos doce años de vida del Rey Católico, tiempo sin embargo desbordado de acontecimientos.
Sea como fuere, lo cierto es que Fernando el Católico fue uno de los mejores monarcas de los siglos medievales y modernos. Desde luego, uno de los más grandes y el que puso los cimientos del Imperio español de los siglos XVI y XVII, la mayor potencia del orbe.
El de Isabel y Fernando no fue un matrimonio por amor (muy pocos lo eran), pero la pasión y el afecto tuvieron su lugar en una unión determinada por la razón de Estado
Boda de los Reyes Católicos, Tapiz
Fernando de Aragón e Isabel la Católica, Catedral de Lérida.
Fernando de Aragón e Isabel la Católica
Los Reyes Católicos recibiendo una embajada del rey de Fez. Museo Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid
Oleo: Vicente Lopez
Los Reyes Católicos administrando justicia
1860, Palacio Real, Madrid
Oleo: Victor Manzano
Jura de los fueros por los Reyes Católicos
Azulejos de la plaza mayor de Sevilla
Foto: Gtres
Salida de los Reyes Católicos del Castillo de la Mota
Oleo de Fernando Alvarez de Sotomayor
Foto: Gtres
Isabel I de Castilla
Demencia de Isabel de Portugal. Isabel junto a su madre enferma. Museo San Carlos, México
El matrimonio de los Reyes Católicos, realizado cuando ambos eran unos adolescentes y ninguno de ellos era rey ni tenía seguridades completas de llegar a serlo, tuvo consecuencias trascendentales para la historia de España, e incluso del mundo, pues conllevó la unión de Castilla y Aragón, el fin de la Reconquista o el descubrimiento de América. Pero a la vez el enlace revistió una dimensión personal no menos interesante para el historiador.Aunque en su origen la unión estuvo dictada por razones de conveniencia política, desde los primeros momentos se advirtió entre los esposos una compenetración especial. En ello no faltó la pasión amorosa, en el caso de Fernando sobre todo en las fases iniciales del matrimonio, cuando en sus cartas a la reina aludía al mal que le causaba la separación o se presentaba como amante despechado; a Isabel, más discreta pero también más constante, la dejaban en evidencia sus recurrentes accesos de celos.
Este afecto mutuo no impidió que entre los cónyuges surgieran desavenencias pasajeras, por ejemplo por el empeño de Isabel en hacer visible que ella era la “reina propietaria” de Castilla, mientras que Fernando en Castilla era simple rey consorte, aunque le otorgara plena facultad de mando. Con el tiempo entre ambos se impuso una complicidad basada en sus comunes intereses políticos pero también en la preocupación compartida por la suerte de sus hijos. La muerte del príncipe heredero Juan, en 1497, supuso un duro golpe para ambos, agravado por el fallecimiento de su otra hija mayor, Isabel, y del hijo de ésta, Miguel, heredero del reino.
La sucesión pasó entonces a su tercera hija, Juana, cuyos desequilibrios psicológicos amargaron los últimos días de la reina Isabel, fallecida cuando tenía poco más de 50 años, en 1504. Fernando escribió entonces: "su muerte es para mí el mayor trabajo que en esta vida me podría venir…" La juventud y los años de plenitud de la monarquía unificada se habían esfumado, ante un futuro que no se sabía aún qué depararía.Para saber más sobre los Reyes Católicos: Isabel I la Católica, Reina de Castilla y Fernando II, el Católico Reyes CatolicosIsabel la CatólicaFernando el CatólicoMonarquíaHistoria de España
Isabel I la Católica, reina de Castilla
La princesa Isabel no estaba destinada a ser reina, pero la muerte de su hermano Enrique IV la llevó al trono de Castilla. Isabel ejerció el poder por sí misma y llevó al reino a la cúspide de su prestigio
No estaba destinada a ocupar el trono, pero su determinación le permitió conquistarlo. Ya dueña de la corona, ejerció por sí misma el poder y llevó al reino de Castilla a la cúspide de su prestigio. Cuando nació su hija, Isabel, el rey Juan II de Castilla ya tenía un hijo varón de veinte años, Enrique (apodado más tarde el Impotente), nacido de su primer matrimonio con María de Aragón, y sería él quien, tras años más tarde, en 1454, le sucedería en el trono. Cuando esto ocurrió, la princesa Isabel fue enviada junto a su madre, Isabel de Portugal, a Arévalo, lejos de la corte y cerca de Medina del Campo, a cuyo castillo de la Mota se sentiría siempre estrechamente vinculada. Pese a esta aparente marginación, Isabel recibió una esmerada educación de acuerdo con lo que se esperaba que aprendiera una princesa del momento.
Desde pequeña vivió rodeada por un excelente grupo de damas de compañía y tutores, designados directamente por su padre antes de morir, entre los que se encontraban algunas de las figuras que con el tiempo estarían llamadas a desempeñar una importante función en su vida y su reinado, como Lope de Barrientos, Gonzalo de Illescas, Juan de Padilla, Gutierre de Cárdenas y fray Martín de Córdoba. De ellos recibió una formación humanística basada en la gramática, la retórica, la pintura, la filosofía y la historia. Nadie supo a ciencia cierta los motivos por los que su hermanastro, que nunca se había preocupado demasiado por ella, decidió llamarla junto a él en 1462, poco antes del nacimiento de su hija Juana, con quien estuvo enfrentada.
Recibió una formación humanística basada en la gramática, la retórica, la pintura, la filosofía y la historia
La princesa contaba entonces diez años. ¿Pensó quizá que era preferible tenerla cerca y bien controlada? La inestabilidad política en Castilla crecía por momentos debido a las desavenencias entre el monarca y algunos magnates del reino, capitaneados por el arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo. Las tensiones llegaron a su punto extremo en 1465, cuando los nobles impusieron al rey un humillante conjunto de medidas que limitaban su poder. Una de las exigencias que Enrique IV debió aceptar fue que la princesa Isabel se alejara de la corte y tuviera casa propia en el Alcázar de Segovia. Tan sólo tres años después, el propio Enrique aceptó un pacto -materializado en una venta cercana a los Toros de Guisando, cerca de Ávila- por el que, a cambio de que sus adversarios aceptaran su continuidad en el trono, reconocía a Isabel como legítima sucesora en la corona de Castilla.
Aconsejada por el arzobispo Alfonso Carrillo, Isabel tomó como pretendiente matrimonial al candidato aragonés, Fernando, hijo y heredero, como ella, de otro Juan II. Todo se llevó en el más absoluto secreto. El 5 de septiembre de 1469, Fernando partió de Zaragoza disfrazado de criado y acompañado por tan sólo seis personas. Cuatro días después tenía lugar la ceremonia nupcial, que incluyó la bendición también en el sentido político, del arzobispo Carrillo. Al día siguiente, como era preceptivo, el matrimonio fue debidamente consumado en la cámara nupcial ante un selecto grupo de testigos.
Los cronistas oficiales presentaron su encuentro como un amor a primera vista. Pero, por supuesto, Fernando tenía tantos intereses políticos en ese matrimonio como los que pudiera tener su esposa. Una fría mañana del 12 de diciembre de 1474 llegó al Alcázar de Segovia, donde habitaba la pareja, la noticia de que Enrique había muerto. Al día siguiente, Isabel I se autoproclamó con toda solemnidad reina de Castilla y envió cartas a las principales ciudades del reino exigiéndoles obediencia. Pero el camino distaba mucho de quedar expedito.
A las pocas semanas, su sobrina Juana hacía lo mismo, Y no sólo eso: negociaba con su tío, el belicoso rey Alfonso de Portugal, un contrato matrimonial que permitiera unir las fuerzas de ambos reinos con el objetivo de defender sus derechos. Comenzaba así una sangrienta guerra por el trono castellano que no finalizaría hasta septiembre de 1479, con los tratados de Alcáçovas y Moura. La victoriosa Isabel I exigió que su sobrina renunciara al matrimonio con Alfonso y entrara como monja en el convento de las clarisas de Coimbra. Con ello, la reina pretendía garantizar a cualquier precio que su rival no tuviera descendencia.
Conoce su relación con el rey Fernando II el Católico
Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., realmente el descubrimiento del llamado Nuevo Mundo o América como se le llamó después gracias Américo Vespucio; fue una proeza de Cristóbal Colón, que tuvo que convencer a los reyes Católicos: la Reina Isabel I de Castilla y su esposo el rey Fernando II de Aragón, con el financiamiento y auspicio, se organizó la empresa rumbo a las Indias, o el Lejano Oriente, y que ya en el mar o sea el Océano Atlántico, no se dirigirían hacia el sur, sino al oeste, que ningún navegante había hecho semejante aventura, gracias a los vientos, condujeron a los navegantes en las tres Carabelas: La Niña, La Pinta y la Santa María, hacía la Isla de Guanahaní, el 12 de octubre del 1492, cuando el tripulante y vigilante desde la Carabela La Pinta; Rodrigo de Triana avistó tierra y gritó : ¡¡¡Tierra!!!
Gracias a un amplio reportaje de la Revista National Geographic, hemos preparado este artículo que los invito a leer...
Justo en la noche del 11 al 12 de octubre de 1492 se dio el grito de "¡Tierra!", y la historia de Europa y de América cambió de manera irreversible. Así descubrió Cristóbal Colón el posteriormente llamado "Nuevo Mundo"
Colón en la corte de Fernando el Católico
Xilografía según un óleo de Wenzel Von Brozik. Siglo XIX. Gracias a su seguridad en sí mismo y su entusiasmo visionario, Colón persuadió a los Reyes Católicos de aceptar su proyecto, aunque nada habría logrado sin el apoyo decidido de varios personajes clave de la corte castellana. En la negociación final, Colón exigió que se le concediera el título hereditario de Almirante del Mar Océano, el cargo de virrey y gobernador y el diez por ciento de las ganancias del descubrimiento. Cuando los consejeros de Isabel consideraron que eran condiciones desorbitadas, Colón partió airado a Córdoba, pero la reina lo volvió a llamar y el 17 de abril de 1492 se firmaron las capitulaciones.
El Tratado Colombino
Las Capitulaciones de Santa Fe fueron pactadas y firmadas por fray Juan Pérez, representante de Colón, y Juan de Coloma, secretario de Fernando el Católico. Se trató de un documento suscrito por sus majestades el 17 de abril de 1492 en la localidad de Santa Fe, a las afueras de Granada, y que recoge los acuerdos alcanzados con Cristóbal Colón relativos a la expedición que se planeaba hacia el desconocido occidente.
Foto: DEA / Album
La ruta hacia el nuevo mundo
Carta náutica atribuida a Cristóbal Colón
Foto: Biblioteca Nacional de París
Desembarco de Colón de Dióscoro Puebla
Primer desembarco de Cristóbal Colón en América, óleo de 1862 de Dióscoro Teófilo Puebla (1831-1901), en el Ayuntamiento de La Coruña.
La Española, 1493
Bosquejo de la costa noroeste de la isla Española (actual Haití), posiblemente realizado por Cristóbal Colón o alguno de sus tripulantes hacia el final de su primer viaje a las Indias, en enero de 1493.
Cristóbal Colón
Azulejos en la plaza de España, en Sevilla, con la imagen de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, los Reyes Católicos, en el momento en que reciben a Cristóbal Colón tras su viaje a las Indias.
En abril de 1493 Cristóbal Colón fue recibido por los Reyes Católicos en Barcelona. No se sabe con certeza el día en que el almirante entró en la ciudad, aunque probablemente fue a finales de abril. Tampoco se sabe el lugar exacto en el que fue recibido; pudo ser en el Salón del Tinell, en el centro de Barcelona, o en el monasterio de San Jerónimo de la Murtra, en Badalona; puede incluso que visitara ambos lugares.
Imagen: picture alliance / United Archives / WHA / Gtres
Los Reyes reciben a Colón en Barcelona
Un cronista explica que, a la llegada de Colón a Barcelona a mediados de abril de 1493, «los Reyes Católicos le esperaban públicamente, con toda la majestad y grandeza, en un riquísimo trono bajo un dosel de brocado de oro, y cuando fue a besarles las manos se levantaron como si fuera un su lado». Así recrea la escena este óleo de Francisco García Ibáñez (Museo del Ejército, Madrid). Sin embargo, los diarios de la ciudad no registran una recepción pública. Parece que el encuentro se produjo en alguna sala de palacio, repleta, eso sí, de curiosos y admiradores.
Foto: Prisma Archivo
Los Reyes Católicos y Cristóbal Colón
Estatuas de los Reyes Católicos y Cristóbal Colón en el Alcázar de los Reyes Cristianos, en Córdoba.
Retrato de Cristóbal Colón conservado en la biblioteca del Congreso de los Estados Unidos de América. Copia del siglo XIX a partir de un grabado de Aliprando Caprioli.
Colón al final de su vida.
Óleo por Claude Jacquand. 1870. Museo de Le Havre. El navegante y explorador murió en Valladolid, España, el 20 de Mayo de 1506, a los 55 años de edad, a consecuencia de un ataque cardíaco.
Foto: Bridgeman / ACI
Santo Domingo, República Dominicana
Estatua de Cristóbal Colón en Santo Domingo, en la República Dominicana.
Foto: Ramón Espinosa / AP Photo / Gtres
11 de octubre de 2017
El descubrimiento de América el 12 de octubre de 1492, el primer viaje de Colón a las Indias Ellos no lo sabían, pero su viaje cambiaría el rumbo de la historia de manera irreversible. El que había de ser uno de los viajes más trascendentales de la historia empezó a tomar forma el 22 de mayo de 1492, cuando llegó al puesto de Palos de la Frontera, en Huelva, una carta de los Reyes Católicos en la que se le ordenaba a la municipalidad contribuir con dos embarcaciones a la expedición. Aunque no fue fácil armar los barcos y reclutar a la tripulación, Colón pudo echarse finalmente a la mar el 3 de agosto al frente de tres naves, la Santa María, la Pinta y la Niña. Tres naves cargadas de provisiones, marineros y esperanzas de encontrar una nueva ruta comercial que cruzara el Atlántico.Descubrimiento de América
La primera, la capitana, era una nao, mientras que las otras dos eran carabelas. Las naos eran barcos de tres mástiles y velas cuadradas, de tradición atlántica; pesadas y robustas, resultaban muy aptas para navegaciones largas. Por su parte, las carabelas eran más ligeras y maniobrables, tenían dos o tres palos que se solían aparejar con velas latinas.
El que había de ser uno de los viajes más trascendentales de la historia empezó a tomar forma el 22 de mayo de 1492, cuando llegó al puesto de Palos de la Frontera, en Huelva, una carta de los Reyes Católicos en la que se le ordenaba a la municipalidad contribuir con dos embarcaciones a la expedición. Aunque no fue fácil armar los barcos y reclutar a la tripulación, Colón pudo echarse finalmente a la mar el 3 de agosto al frente de tres naves, la Santa María, la Pinta y la Niña.
La primera, la capitana, era una nao, mientras que las otras dos eran carabelas. Las naos eran barcos de tres mástiles y velas cuadradas, de tradición atlántica; pesadas y robustas, resultaban muy aptas para navegaciones largas. Por su parte, las carabelas eran más ligeras y maniobrables, tenían dos o tres palos que se solían aparejar con velas latinas.
Los principales conocimientos de Colón sobre el viaje y las distancias que recorrerían se basaban en dos hechos: uno cierto, la esfericidad de la Tierra, y otro erróneo, el tamaño de la misma. De este modo, Cristóbal Colón pensaba que nuestro planeta tenía una circunferencia ecuatorial de unos 30.000 kilómetros, es decir, unos 10.000 menos de los que en realidad tiene.
Así pues, después de hacer escala en las Canarias, el 6 de septiembre la armada tomó rumbo al oeste. El almirante calculaba que la distancia hasta Cipango (Japón) sería de unas 700 leguas, por lo que cuando se superaron las 800 sin avistar tierra hubo de afrontar el descontento de sus hombres, deseosos de abandonar una aventura que cada vez parecía más temeraria.
¡Tierra a la vista!
A principios de octubre se vieron bandadas de aves, y la noche del 11 al 12 de octubre se dio el ansiado grito de "¡Tierra!". Era la isla de Guanahaní, bautizada por Colón como San Salvador e identificada con la actual Watling, una de las Bahamas. El navegante siguió su periplo por las islas de este archipiélago -Santa María de la Concepción (Rum Cay), Fernandina (Long Island), Isabela (Crooked Island), etc.- antes de arribar a Juana (Cuba) el 28 de octubre. El 6 de diciembre llegó a La Española. El día 24 del mismo mes la Santa María encalló a la altura del actual cabo Haitien y sus restos sirvieron para construir un pequeño fuerte, bautizado como Navidad.
Por fin, el 16 de enero de 1493 Colón ordenó el regreso. Tras superar las Azores y después de una breve escala en Lisboa, la armada fondeó de nuevo en Palos de la Frontera el 15 de marzo. Una aventura que abrió las puertas de América a los europeos. Una peligrosa empresa que cambió el mundo.
Cuando expuso su proyecto de viajar a Asia atravesando el océano Atlántico, los expertos lo tacharon de loco. Fue la reina Isabel la que venció las reticencias e hizo posible su empresa descubridora
Colón en la corte de Fernando el Católico. Xilografía según un óleo de Wenzel Von Brozik. Siglo XIX.
Gracias a su seguridad en sí mismo y su entusiasmo visionario, Colón persuadió a los Reyes Católicos de aceptar su proyecto, aunque nada habría logrado sin el apoyo decidido de varios personajes clave de la corte castellana. En la negociación final, Colón exigió que se le concediera el título hereditario de Almirante del Mar Océano, el cargo de virrey y gobernador y el diez por ciento de las ganancias del descubrimiento. Cuando los consejeros de Isabel consideraron que eran condiciones desorbitadas, Colón partió airado a Córdoba, pero la reina lo volvió a llamar y el 17 de abril de 1492 se firmaron las capitulaciones.
El Tratado Colombino
Las Capitulaciones de Santa Fe fueron pactadas y firmadas por fray Juan Pérez, representante de Colón, y Juan de Coloma, secretario de Fernando el Católico.
Foto: DEA / Album
Carta náutica atribuida a Cristóbal Colón
Los sabios portugueses y castellanos que estudiaron el proyecto de Colón tenían motivos para rechazarlo. Basándose en diversos autores, el genovés creía que Asia era mucho más extensa de lo que es en realidad y erraba en la magnitud de la milla náutica, con lo que suponía que Japón estaba a 2.400 millas de las Canarias, cuando de hecho son 10.600.
Foto: Biblioteca Nacional de París
Desembarco de Colón el 12 de Octubre de 1492 en Guanhani. Óleo por Dióscoro de la Puebla.
La carta que Colón escribió a los Reyes Católicos desde Lisboa, en marzo de 1493, fue impresa enseguida y se difundió por toda Europa. Antes de finales de siglo se hicieron hasta catorce ediciones, en latín (nueve), castellano, italiano, catalán y alemán. El texto, sin embargo, tenía algunas variaciones. La traducción latina realizada el 20 de abril de 1493 por Leandro de Cosco, un humanista aragonés probablemente de origen judío, destacaba islas reportaba a Fernando el Católico y el papel que había tenido en la empresa el tesorero general de Aragón, Gabriel Sánchez, un judeoconverso. Tan sólo las versiones castellanas mencionaban a Isabel a la par de su esposo. Sin duda, era Fernando quien controlaba los hilos de la propaganda regia.
Foto: Art Archive
El encuentro con un nuevo mundo
Sus cuatro viajes a América cambiaron el mundo para siempre. En realidad, tal como es sabido, Cristóbal Colón buscaba el lejano oriente con una ruta alternativa que evitara los problemas que habían encarecido el comercio entre Europa y las regiones orientales. Su idea era que el extremo oriental estaba mucho más cerca de lo que en realidad decían los cosmógrafos de la época. Debido a tal error, durante su navegación se encontró con algo inesperado: América, o las Indias, como se denominó el continente hasta la publicación del Planisferio de Martín Waldseemüller, en 1507.
Foto: CC
Los Reyes reciben a Colón en Barcelona
Un cronista explica que, a la llegada de Colón a Barcelona a mediados de abril de 1493, «los Reyes Católicos le esperaban públicamente, con toda la majestad y grandeza, en un riquísimo trono bajo un dosel de brocado de oro, y cuando fue a besarles las manos se levantaron como si fuera un su lado». Así recrea la escena este óleo de Francisco García Ibáñez (Museo del Ejército, Madrid). Sin embargo, los diarios de la ciudad no registran una recepción pública. Parece que el encuentro se produjo en alguna sala de palacio, repleta, eso sí, de curiosos y admiradores.
Foto: Prisma Archivo
Catedral de Santo Domingo
En 1495 Colón fundó en La Española la ciudad de La Isabela, llamada así en honor de la reina. Pero pronto fue abandonada en favor de un nuevo núcleo en el sur de la isla, Santo Domingo.
Foto: Maremagnum/ Getty Images
El descubridor humillado.Óleo por Lorenzo Delleani.
En 1500, Colón fue arrestado en La Española por un delegado de los Reyes Católicos y enviado a España en una carabela. Las casas reproduce el diálogo entre Cristóbal Colón y general Villejo, quien fue a arrestarle:
«Villejo, ¿adónde me lleváis?» «Al buque, Señor Excelentísimo, a embarcarse» «¡A embarcarse! Villejo, ¿me decís la verdad?» «Por la vida de Vuesencia, que es cierto»
El Almirante debió de suspirar con alivio y dejó que lo llevaran al navío que debía devolverlo a España. Cuando le ofrecieron quitarle las cadenas, Colón declaró que «los reyes me mandaron por escrito que me sometiese a lo que Bobadilla ordenase en su nombre; por su autoridad me ha puesto estas cadenas; yo las llevaré hasta que ellos me las manden quitar».
Foto: Culture-Images / Album
Los hermanos Colón arrestados por el corregidor Bobadilla en La Española. Grabado de Theodor de Bry. Siglo XVI
Al llegar el corregidor Bobadilla a Santo Domingo, la capital de La Española, en mayo de 1500, los pobladores españoles le comunicaron toda clase de agravios contra el Almirante. Incluso se difundió el rumor de que, al saber la llegada del corregidor y cómo éste había arrestado a su hermano Diego, Colón quiso organizar una resistencia armada contra el representante de la Corona. En realidad, la conducta del Almirante muestra su obediencia ciega a cualquier orden emanada del poder real. Acudió de inmediato a Santo Domingo y aceptó resignadamente que lo encadenaran y lo metieran en una fortaleza. Desde allí instó a su otro hermano, Bartolomé, a que también se entregara, como así hizo éste. En una ocasión, al ver entrar en la celda a un oficial llamado Villejo, pensó que venían a ejecutarlo
Foto: AKG / Album
La Torre del Oro
En Sevilla, de vuelta de su último viaje, Colón se lamentaba: «Poco me han aprovechado veinte años de servicio, pues no tengo techo que me cubra».
Foto: Juan Carlos Muñoz / Fototeca 9x12
Colón al final de su vida. Óleo por Claude Jacquand. 1870. Museo de Le Havre
Al enterarse de la muerte de la reina, Colón le dedicó un sentido elogio en una carta a su hijo Diego: «Su vida siempre fue católica y santa [...] y por esto se debe creer que está en su santa gloria». En cartas posteriores al mismo Diego le pedía que se informara sobre si la soberana había dejado estipulado en su testamento algo relacionado con él, pero no había nada.
A finales del año 1491, Cristóbal Colón parecía a punto de renunciar al sueño que llenaba todos sus pensamientos desde hacía acaso una década: la travesía marítima hacia Asia a través del océano. Con 40 años recién cumplidos, había consumido en vano los últimos seis haciendo gestiones ante el gobierno de Castilla en busca de apoyos para la expedición. Pese a que no faltó quien le secundase, los consejeros de los reyes y los expertos de la junta formada en Salamanca en 1486 se mostraban escépticos, cuando no hostiles, a un proyecto inusitado, que contradecía muchas ideas adquiridas, incluso la letra de las Sagradas Escrituras, y que se basaba en cálculos geográficos de lo más aventurado, sin contar que quien lo planteaba era un forastero desconocido y sin formación académica. Es cierto que los reyes no le habían dado una negativa clara, pero no cesaban de postergar su decisión, absortos como estaban en las operaciones de la guerra de Granada y otras ocupaciones.
Entre el navegante genovés y la Reina Católica se fraguó una conexión trascendental en la aventura del descubrimiento
Colón no desfalleció y había seguido a la corte en sus constantes desplazamientos, e incluso se dice que tomó las armas en una campaña de la guerra. Pero cuando a fines de 1491, justo antes de lanzar el asalto a Granada, los reyes lo recibieron en Santa Fe y de nuevo rehusaron garantizarle el apoyo a su empresa, el genovés decidió abandonar la corte y marchó a Huelva, al monasterio de la Rábida, donde había recalado en la primavera de 1485 después de que los portugueses también hubieran desoído su propuesta. La única opción que le quedaba era probar suerte en Francia, cuyo rey le había escrito invitándolo a exponerle su proyecto. Fue entonces cuando fray Juan Pérez, el monje de la Rábida que lo había acogido en 1485 y que desde el principio había creído en su plan, decidió hacer una última gestión. Pérez había sido confesor de la reina Isabel y confió que ella le atendería. En efecto, la reina lo recibió, y aquella conversación fue decisiva para que la reina volviera a llamar a Colón y para que éste, en una audiencia en Santa Fe justo después de la rendición de Granada, convenciera a los monarcas de que apoyaran su empresa. No tenemos datos precisos sobre cómo se desarrolló el encuentro, pero cabe pensar que fue en aquel momento cuando entre el navegante genovés y la Reina Católica se fraguó una conexión que tendría un efecto trascendental en la aventura del descubrimiento.
Clima de euforia
En Santa Fe, Colón se cuidó de hacer encajar su empresa con el clima de exaltación religiosa que acompañaba el fin de Reconquista. Según afirmó, el viaje a la India permitiría llevar ayuda a los cristianos de aquel continente, trabajar por la conversión de los infieles y, además, utilizar los beneficios económicos de la expedición, que se preveían ingentes, para financiar una cruzada que liberara Jerusalén de los musulmanes, afirmación esta última ante la que los reyes no pudieron evitar una sonrisa.
Colón se cuidó de hacer encajar su empresa con el clima de exaltación religiosa que acompañaba el fin de Reconquista.
En cualquier caso, los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, se dejaron convencer e incluso aceptaron, después de un amago de retirada por parte del genovés, las desorbitadas exigencias de éste en términos de autoridad personal, tal como quedaron plasmadas en las Capitulaciones de Santa Fe, suscritas el 17 de abril de 1492. Sin duda debieron de pensar que poco importaban tales concesiones en una empresa de resultado tan incierto y, por otra parte, ésta tampoco les iba a resultar gravosa económicamente, pues el presupuesto, de unos dos millones de maravedíes, quedaba cubierto por un préstamo realizado por un funcionario del rey, Luis de Santángel, por la propia aportación de Colón (gracias a un préstamo particular) y por la contribución forzosa de la ciudad de Palos, que debió proporcionar dos de las tres carabelas de la expedición.
Ocho meses después de la partida de Colón desde el puerto de Palos el 3 de agosto de 1492, llegó a la corte castellana la noticia de su retorno. Desde Lisboa, donde había recalado su navío, en marzo de 1493 Colón enviaba una carta a los Reyes Católicos en la que les anunciaba su sensacional gesta: había completado su viaje a través del océano hasta llegar a las costas de Asia, la misma zona que Marco Polo había recorrido dos siglos antes. Fernando e Isabel, radiantes por aquel nuevo signo de favor de la providencia divina, escribieron de inmediato a «nuestro Almirante del Mar Océano y visorrey y gobernador de las islas que se han descubierto en las Indias» –tal era el título que le correspondía en virtud de las Capitulaciones de Santa Fe– instándole a que se apresurara a reunirse con ellos en Barcelona, donde se hallaban en esos momentos.
El viaje del Almirante hasta la Ciudad Condal causó sensación. Colón llevaba siete indígenas americanos, así como papagayos, otros animales y plantas y frutos diversos, de modo que «la gente corría a los caminos para verle y a los indios y otras cosas y novedades que llevaba », según escribía un cronista. En Barcelona los soberanos lo recibieron con alborozo y le prodigaron los mayores gestos de deferencia, permitiéndole sentarse ante ellos o paseándose con él por las calles de la ciudad. Aunque las fuentes no lo precisan, debió de producirse entonces un encuentro personal entre Colón y la reina que dejó honda impresión en el Almirante, pues ocho años más tarde, en una carta a la soberana, escribiría en tono rendido: «Yo soy siervo de vuestra alteza. Las llaves de mi voluntad yo se las di en Barcelona [...] Yo me di en Barcelona a Vuestra Alteza sin desar de mí cosa».
Los frutos de la hazaña
El éxito del viaje de 1492 le valió a Colón no sólo el consiguiente momento de fama, sino también una posición privilegiada en la corte real, como experto navegante y cartógrafo al que los soberanos pedían a menudo consejo. Pero el prestigio del descubridor no tardaría en agrietarse a causa de su discutida labor como gobernador de las tierras descubiertas. Ya durante su segunda estancia en las islas del Caribe llegaron a la corte quejas de colonos españoles que se sentían discriminados o maltratados por el Almirante. A la vuelta de este segundo viaje, Colón acudió a Burgos para explicarse, e «informó [a los reyes] muy por menudo y les dio sus disculpas lo mejor que pudo», según recoge el cronista Santa Cruz. Los monarcas lo disculparon y le encargaron un nuevo viaje, el tercero, que al cabo resultaría letal para la reputación de Colón.
El prestigio del descubridor no tardaría en agrietarse a causa de su discutida labor como gobernador de las tierras descubiertas
Enfrentado a la rebelión abierta de una parte de los colonos españoles, sus intentos por imponer su autoridad no hicieron sino redoblar las quejas y denuncias hasta que finalmente los reyes decidieron intervenir enviando a un comisario especial para que asumiera el gobierno de las islas, aun a costa de violar los privilegios de Colón. Nada más llegar a La Española, en agosto de 1500, el corregidor Bobadilla apresó a los tres hermanos Colón y los envió encadenados a España.
Antes de este desenlace, hubo otro asunto que indispuso a la reina con su Almirante, el del trato dispensado a los indígenas. Aunque inicialmente se mostró benevolente con los indios y trató de evitar los abusos, a partir de su segundo viaje Colón concibió el plan de esclavizar a aquellos indios que se hubieran rebelado contra los españoles o que fueran caníbales y venderlos como esclavos de guerra en Europa. En 1495 envió un primer «cargamento » de 300 esclavos indios para que un socio suyo los vendiera en Andalucía, y en 1498 expidió cinco navíos más repletos de esclavos.
Los reyes, y en particular la reina Isabel, se apresuraron a frenar esa actividad. Al principio fue sólo un escrúpulo de conciencia lo que los llevó a ordenar retener el dinero recibido por la venta de los primeros 300 esclavos, hasta que una junta de teólogos no dictaminase si aquel tráfico era moralmente lícito. Pero cuando la reina se enteró de que Colón, en su tercer viaje –en el que había recibido el encargo expreso de ocuparse de la evangelización de los indígenas– había repartido a los indígenas como esclavos de sus colonos, estalló de indignación. Según Las Casas, la soberana clamó: «¿Qué poder tiene mío el Almirante para dar a nadie mis vasallos?». Los habitantes de las Indias no eran enemigos de la Corona y por ello no se les podía hacer la guerra y luego venderlos como esclavos. Por ello, ordenó que los indios llegados a España como esclavos fueran devueltos a sus lugares de origen en América.
Postreras esperanzas
Pese a todos estos conflictos, los reyes no se ensañaron con Colón. Nada más llegar a Cádiz en noviembre de 1500, mandaron liberarlo y lo llamaron a la corte. En una carta al Almirante le decían: «Tened por cierto que vuestra prisión nos pesó mucho [...] y luego que lo supimos lo mandamos remediar [...] y ahora estamos mucho más en vos honrar y tratar muy bien». En Granada le dispensaron una calurosa acogida y le permitieron organizar un nuevo viaje, que ellos mismos se prestaron a financiar. Pero le prohibieron poner el pie en La Española y lo despojaron del monopolio del comercio con las Indias.
Ese cuarto viaje fue una sucesión de desastres, y Colón hubo de volver a Sevilla a finales de 1504, enfermo y deprimido. Cuando se enteró de que la soberana se encontraba gravemente enferma, escribió una carta, el 1 de diciembre de 1504, a su hijo Diego, que desempeñaba un cargo en la corte, en la que rogaba por la salud de la reina y decía que ella era la única que podría impedir que las Indias se perdieran. Pero todas sus expectativas se vieron defraudadas: la reina había fallecido cinco días antes, y sus sucesores desatendieron todas las instancias del Almirante, que murió en Valladolid, no pobre, como él mismo decía con exageración, pero sí amargado, el 20 de mayo de 1506
NOTAS ADICIONALES :
Primer viaje (3 de agosto de 1492-15 de marzo de 1493)
Retrato de hombre, óleo sobre lienzo de Sebastiano del Piombo, fechado en 1519, con una leyenda de dudosa autenticidad que lo identifica como el ligur Colombo, «el primero en entrar en barco en el mundo de las Antípodas» (Nueva York, Metropolitan Museum).[5]
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