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jueves, 21 de marzo de 2019

KIRIBATI : CAMBIO CLIMÁTICO .- CALENTAMIENTO GLOBAL .- AGUAS .- Kiribati, contra viento y marea: como combatir el cambio climático

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, ha elaborado un amplio y detallado reportaje sobre los efectos inmediatos del Cambio Climático y el Calentamiento Global, con la próxima inundación y desaparición de un país insular llamado Archipiélago República de Kiribati, que será inundado totalmente en el siglo XXI.
National Geographic .- narra : "¿Cómo no tener miedo cuando el mundo les dice a todas horas que los países insulares de baja altitud como el suyo pronto quedarán sumergidos? Sus gobernantes han declarado que Kiribati –33 islas coralinas situadas en un área del Pacífico Central mayor que la India– está «entre los más vulnerables de los vulnerables». Han predicho que el atolón de Tarawa, capital del país, será inhabitable dentro de una generación...."
National Geographic.- agrega : " Pero muchos kiribatianos se niegan a creer que su patria sea «una nación insular en extinción», con un destino irremisible. No se conside­ran «isleños que se hunden», sino descendientes de navegantes, herederos de una orgullosa tradición de resistencia y supervivencia. Ni mucho menos dan su paraíso por perdido.
Pero es evidente que sufre. El mar se está convirtiendo por momentos en un intruso indeseado que erosiona el litoral y se infiltra en la tierra, contaminando los pozos y matando cultivos y árboles. Atolones como Tarawa dependen de un lentejón de agua dulce, recargado por las lluvias, que flota sobre un acuífero de agua salada. Conforme sube el nivel del mar –por el momento unos pocos milímetros al año pero seguramente se acelerará–, también se eleva el nivel del agua subterránea salada, con lo que a su vez mengua la tan preciada agua dulce. «Ahora odiamos el mar –me dijo Henry Kaake estando un día en su kiakia, un palafito sin paredes que usa de dormitorio y sala de tertulias–. Sí, el mar es bueno porque nos da alimento, pero algún día acabará robándonos la tierra.»

https://www.nationalgeographic.com.es/temas/cambio-climatico/fotos/1/1 
Cambio Climático - 172 imágenes...

https://www.nationalgeographic.com.es/naturaleza/grandes-reportajes/kiribati-contra-viento-y-marea-2_9768/1

El ascenso del nivel del mar amenaza con engullir a Kiribati, pero el espíritu de los isleños no se rinde fácilmente.



Kiribati
En un malecón del atolón de Tarawa, unos niños observan como se aproxima una tormenta. Se prevé que el calentamiento de la atmósfera se traducirá en precipitaciones más abundantes sobre Kiribati y otras naciones insulares del Pacífico Central.
Foto: Kadir van Lohuizen



Kiribati
Los estanques de acuicultura se adueñan de una zona ganada al mar junto al aeropuerto de Tarawa, capital de Kiribati y el más poblado de los atolones que lo integran. La mayor parte de la tierra emergida de Tarawa está a menos de 2,50 metros sobre el nivel del mar y corre el riesgo de quedar bajo las aguas.
Foto: Kadir van Lohuizen



Kiribati
La gente que vive en los atolones exteriores de Kiribati acude en masa a Tarawa Sur en busca de empleo, educación y sanidad, incrementando la población a más de 50.000 habitantes. Los recién llegados a menudo acaban viviendo en zonas marginales que suelen inundarse con la pleamar.
Foto: Kadir van Lohuizen



Kiribati
La novia, Teiti Kiroon, y su futuro marido, Iannang Komi, están construyéndose su casa en Tarawa a pesar de la preocupación generalizada por los efectos que el cambio climático pueda tener sobre Kiribati. Muchos isleños se plantean emigrar a países más seguros, pero al mismo tiempo se sienten íntimamente ligados a su patria y a su estilo de vida.
Foto: Kadir van Lohuizen

Kiribati
Los sacos de arena no son muy efectivos para contener el océano en Temwaiku, una población vulnerable de Tarawa Sur. El pasado mes de febrero el oleaje arrasó este muro defensivo y penetró tierra adentro, dejando tras de sí viviendas inundadas, un terreno salinizado y pozos contaminados.
Foto: Kadir van Lohuizen



Kiribati
Los manglares no pueden detener el avance del océano, pero los troncos y las raíces de los mangles maduros reducen la erosión y atenúan las mareas de tempestad. Cerca del aeropuerto de Tarawa se han plantado ejemplares jóvenes para que estabilicen la orilla de la laguna.
Foto: Kadir van Lohuizen



Kiribati
Un barco pesquero naufragado hace las veces de trampolín para los chiquillos de Tarawa, unos niños que se crían en contacto permanente con el océano. Su generación y las que la sucedan se enfrentan a importantes retos climáticos a medida que el calentamiento, la acidificación y la subida de nivel del océano pone en peligro la vida en sus islas nativas.
Foto: Kadir van Lohuizen
16 de agosto de 2016, 15:33

Kiribati, contra viento y marea: como combatir el cambio climático

Itingaaro es como llaman aquí al momento en que rompe el alba y la isla em­­­­pieza a despertarse, los gallos compiten por ver quién canta más alto y los charranes blancos gorjean su amor en los árboles del pan. Los vecinos se dirigen adormilados a la laguna para lavarse; se salpican la cara, se ajustan el sarong y se sumergen en el agua.
Aquel día la marea estaba alta y tensa como la piel de una mujer encinta. Más allá de la laguna el océano se fundía con el horizonte. Marawa, karawa, tarawa: mar, cielo, tierra. Es la trinidad milenaria de las gentes de Kiribati (pronunciado «kíribas»). Pero hoy esa trinidad se desequilibra por momentos. La Madre Océano ya no es el corazón de providencia, ese ser protector que siempre han conocido. Ahora empieza a mostrarles otro rostro, un rostro amenazador de mareas invasoras y oleajes violentos. Los kiribatianos conviven con la realidad de que marawa está subiendo. Es la época del bibitakin kanoan boong, el «cambio de tiempo que dura muchos días»: así llaman al cambio climático. La gente vive con el temor y la incertidumbre que entrañan tales palabras.

¿Cómo no tener miedo cuando el mundo les dice a todas horas que los países insulares de baja altitud como el suyo pronto quedarán sumergidos? Sus gobernantes han declarado que Kiribati –33 islas coralinas situadas en un área del Pacífico Central mayor que la India– está «entre los más vulnerables de los vulnerables». Han predicho que el atolón de Tarawa, capital del país, será inhabitable dentro de una generación.
El mar se está convirtiendo por momentos en un intruso indeseado que erosiona el litoral y se infiltra en la tierra, contaminando los pozos y matando cultivos y árboles.
Pero muchos kiribatianos se niegan a creer que su patria sea «una nación insular en extinción», con un destino irremisible. No se conside­ran «isleños que se hunden», sino descendientes de navegantes, herederos de una orgullosa tradición de resistencia y supervivencia. Ni mucho menos dan su paraíso por perdido.
Pero es evidente que sufre. El mar se está convirtiendo por momentos en un intruso indeseado que erosiona el litoral y se infiltra en la tierra, contaminando los pozos y matando cultivos y árboles. Atolones como Tarawa dependen de un lentejón de agua dulce, recargado por las lluvias, que flota sobre un acuífero de agua salada. Conforme sube el nivel del mar –por el momento unos pocos milímetros al año pero seguramente se acelerará–, también se eleva el nivel del agua subterránea salada, con lo que a su vez mengua la tan preciada agua dulce. «Ahora odiamos el mar –me dijo Henry Kaake estando un día en su kiakia, un palafito sin paredes que usa de dormitorio y sala de tertulias–. Sí, el mar es bueno porque nos da alimento, pero algún día acabará robándonos la tierra.»

Una de las primeras víctimas de la insidiosa salinización es el bwabwai, la delicatessen por excelencia de la cultura kiribatiana, el plato de los banquetes, un taro gigante de las marismas que puede tardar más de cinco años en madurar. Sensible a la intrusión de agua marina en los hoyos en los que se cultiva, este tubérculo ha dejado de darse en muchas zonas y podría acabar desapareciendo de la gastronomía de la isla.
El Gobierno y las agencias de cooperación ayudan a los hortelanos a adoptar el cultivo de otros alimentos amiláceos. En una huerta comunal de Abaiang, uno de los atolones vecinos de Tarawa, vi cómo Makurita Teakin picaba hojas para obtener una especie de mantillo y las desperdigaba sobre plantones de una variedad somera de taro que no necesita condiciones pantanosas. En las inmediaciones, otra mujer regaba sus pimpollos con abono de pescado que repartía con una lata perforada con clavos.
La marea se había retirado de los vastos arenales planos de la laguna de Tarawa, y adultos y niños, armados con bolsas de plástico y cubos, rebuscaban en la arena con los dedos y rascaban las grietas de las rocas con cucharillas en busca de moluscos bivalvos, que llaman koikoi, y caracoles marinos. Los mariscadores avanzaban hacia la orilla en retirada, doblando el espinazo, cribando y rascando por un puñado de marisco.

Si encontraban suficientes bivalvos, podrían prepararlos con crema de coco, cocinándolos dentro de una cáscara de coco sobre una hu­meante lumbre de fibra de coco. El cocotero, o nii: ¿hay algo que no dé este árbol? Cestas, es­­cobas, madera, techumbres, aceite, licor, jabón, un sirope dulce y oscuro llamado kamwaimwai. El árbol celestial, dicen algunos. Los kiribatianos usan más de una docena de palabras para referirse a los estadios del fruto, desde que es un pe­­queño fruto seco, antes de que se forme el agua, hasta que envejece y se enrancia.

Para muchos kiribatianos es importante aferrarse a la tradición. Cuando conocí a Mwairin Timon, estaba trenzando cuerda de coco, sentada delante de su cabaña a orillas de la laguna, enrollando penachos de fibra de coco con la palma de la mano sobre un pedazo de madera de deriva. La enrollaba para formar cordel del mismo modo que habría hecho su abuela, y la abuela de esta, en una cadena que se remonta hasta los primeros colonos que arribaron a las costas de estos atolones hace unos 3.000 años.

Unas nubes oscuras cargadas de lluvia recorrían la laguna, velando los islotes de Tarawa Norte, el otro extremo del atolón. Pronto traerían alivio al calor extremo de esta zona, Tarawa Sur, donde vive la mitad de la población del país en menos de 16 kilómetros cuadrados de tierra.
Mientras haya agua dulce, los demás cambios son asumibles… al menos por un tiempo. Quién sabe hasta cuándo.
Es una bendición que se prevea un incremento de las precipitaciones en las próximas décadas, aunque también es cierto que probablemente los aguaceros serán más violentos y causarán inundaciones. A medida que las reservas de agua dulce subterránea se vean comprometidas por el ascenso del mar (y, en el caso de Tarawa, también por la altísima presión demográfica), recoger el agua de lluvia en los tejados podría ser una alternativa interesante. En Abaiang algunas comunidades se han dotado, gracias a la ayuda internacional, de sencillos sistemas de recogida, filtrado, tratamiento y almacenamiento de las aguas pluviales. Mientras haya agua dulce, los demás cambios son asumibles… al menos por un tiempo. Quién sabe hasta cuándo.

La marea subió de nuevo y el océano cubrió la costa como una placa de vidrio verdoso, em­­pujando a los mariscadores. Las mareas son uno de los ejes de la existencia de los kiribatianos. Los otros son el movimiento del sol, de la luna y de las estrellas, y la dirección del viento y del oleaje. En el pasado, comprender esos ejes permitía calcular cuándo plantar los cultivos, cuándo pescar, cuándo zarpar en las baurua, las canoas de batanga de 30 metros de eslora. Esta era el álgebra del Pacífico.

Los pescadores sabían qué cebo prefería cada pez, si era mejor pescarlo de día o de noche, y qué táctica se prestaba mejor a cada especie: anzuelo, lazo, red. Pero las certidumbres de aquel mundo se están desmoronando. Las pesquerías que nunca decepcionaban hoy devuelven las redes y los sedales vacíos. Se cree que el calentamiento del océano está empujando algunas especies hacia aguas más frías.
También sufren los arrecifes de coral, y lo peor todavía no ha llegado. A medida que el mar se caliente y se acidifique a lo largo de este siglo, se prevé que el crecimiento de los arrecifes se frene e incluso se detenga. El blanqueamiento coralino –fenómeno por el cual los corales bajo estrés expulsan las algas simbiontes que les aportan color y nutrientes– solía producirse más o menos una vez por decenio, pero cada vez es más frecuente y podría llegar a ocurrir con pe­­riodicidad anual, lo que amenazaría la supervivencia del coral y convertiría el arcoíris de vida de los arrecifes en una sombra gris de lo que fue.
Para Muchos kiribatianos es profundamente injusto el hecho de que las tribulaciones climáticas de su país sean culpa de otros
El sino de los arrecifes será también el de las islas. Si las islas de atolón asoman del agua es gracias a los depósitos de sedimentos generados por los corales y otros organismos marinos, a menudo arrastrados a la costa por las tormentas. En cierto modo son como una obra: si se agotan los materiales de construcción, el edificio se paraliza. Un arrecife muerto es incapaz de sostener las islas que ha construido. ¿Qué mundo es este en el que el mar fagocita sus propias creaciones?
Para Muchos kiribatianos es profundamente injusto el hecho de que las tribulaciones climáticas de su país sean culpa de otros. Desde la década de 1980 los dirigentes de los países del Pacífico han regañado, lisonjeado, suplicado y leído la cartilla a los que generan las mayores emisiones de carbono. Las islas son hormigas y las naciones industrializadas son elefantes, declaró Teburoro Tito, expresidente de Kiribati, aludiendo a la ínfima cuota de responsabilidad que ha tenido su país en la carga de dióxido de carbono que soporta el planeta.

Hay un aspecto de la displicencia del mundo rico que a los kiribatianos irrita de manera especial. Ellos son particularmente escrupulosos en el respeto de las fronteras. Según la tradición, nunca jamás se cogen cocos de un cocotero ajeno. Ni siquiera se recogen sin permiso hojas secas de un árbol del pan para encender un fuego. Los arrecifes también tienen fronteras. La gente sabe dónde puede mariscar y dónde no. Esas normas siguen hoy vigentes. Una vez fui con unos pescadores de Tarawa a Abaiang. El patrón detuvo el fueraborda en un arrecife, y un miembro de la tripulación lanzó al mar cigarrillos de pandano liados a mano a modo de ofrenda y muestra de respeto hacia los propietarios del territorio que estábamos atravesando.

La primera vez que vas a otra isla, lo primero que haces es anunciar tu presencia visitando un lugar sagrado. Haces una ofrenda de tabaco o unas pocas monedas, y el guarda del santuario coge un puñado de arena húmeda, te la aplica en las mejillas y te ata un tallo de enredadera en la cabeza. Tras realizar este ritual en Abaiang, el guarda me dijo: «Ahora ya eres de esta isla».

¿Qué saben de respetar fronteras los países ricos? Imagino una nube de gases de efecto invernadero llegando a Tarawa , como la radiactividad de las armas nucleares detonadas en las Espóradas Ecuatoriales de Kiribati tras la Segunda Guerra Mundial. Lluvia radiactiva en el siglo XX, cambio climático en el siglo XXI.
"No somos víctimas. Podemos reaccionar. No vamos a ser un pueblo derrotado"
El sentimiento de ser víctimas de una injusticia es general en los atolones más amenazados por la subida del nivel del mar: Kiribati, las Maldivas, las islas Marshall, Tokelau y Tuvalu. Un antiguo primer ministro de Tuvalu, Saufatu Sopoaga, llegó a comparar las consecuencias del cambio climático con «una forma lenta e insidiosa de terrorismo del que somos víctimas».

Así y todo, algunos rechazan el discurso del victimismo y de que las naciones del Pacífico son impotentes. «No somos víctimas –me dijo Toka Rakobu, empleada de una agencia turística de Tarawa–. Podemos reaccionar. No vamos a ser un pueblo derrotado.»

¿Pero quién puede reprochar a los políticos, entre ellos el presidente de Kiribati, Anote Tong, que se declaren desvalidos en los foros internacionales? El discurso sobre islas engullidas por el mar y refugiados climáticos ha hecho de Kiribati un topónimo conocido en el mundo entero. Fotógrafos y periodistas han viajado hasta Ta­­rawa para informar desde «la primera línea de la crisis del cambio climático». Sus visitas tienden a concentrarse en la época de las mareas vivas, las más altas del año, cuando el espectáculo de las olas sobrepasando los malecones es más impresionante. A principios de este año una marea viva levantó un pecio del arrecife de Betio (el islote más occidental de Tarawa) y lo llevó a tierra, donde perforó un malecón. Allí sigue. El barco hundido tiene un nombre irónico: Tekeraoi, «buena suerte».
Ningún país ha abierto sus puertas de par en par a los refugiados climáticos.
Las noticias sobre los problemas climáticos del Pacífico han generado un movimiento de so­­lidaridad y una corriente de fondos de cooperación hacia Kiribati y sus vecinos insulares, pero si uno oye hasta la saciedad el mensaje de catástrofe medioambiental, es muy posible que llegue a creer que no tiene más opción que abandonarlo. Hoy se habla mucho sobre emigración. ¿Qué hacemos, nos quedamos o nos vamos? ¿Habrá reasentamientos forzosos? ¿Dónde? Ningún país ha abierto sus puertas de par en par a los refugiados climáticos. Son preguntas angustiosas, en buena parte porque tienen que ver con la conciencia de la propia identidad. En la lengua de Kiribati «tierra» y «pueblo» son la misma palabra. Si tu tierra desaparece, ¿quién eres?

Pero al mismo tiempo las gentes del Pacífico son famosas por sus migraciones; a fin de cuentas, sus antepasados hicieron del océano entero su hogar. Según la historia del origen de Kiribati, Nareau, el Creador, es una araña, y los kiribatianos llevan tejiendo telarañas desde entonces. No hay familia que no tenga parientes en Nueva Zelanda, Australia, Fidji y aún más lejos. Cada migración es un hilo de seda en una malla de parentescos.

A veces se da por hecho que los jóvenes se marcharán de Kiribati y los viejos se quedarán. Pero algunos de esos jóvenes eligen vivir una vida sencilla en su tierra ancestral en vez de buscar la prosperidad en el extranjero. Mannie Rikiaua, una joven madre que trabaja en el Ministerio de Medio Ambiente de Kiribati, me explicó que prefiere trabajar para su gente antes que servir a otro país, por más que su padre la inste a emigrar a «algún sitio más alto».

«Parte de mí quiere irse», admitió. Pero luego agregó: «Kiribati es el mejor lugar para mis hijos, pese a las amenazas».

Respondía al tangiran abam, dijo, el amor y la añoranza que los kiribatianos sienten por su tierra. El tangiran abam explica que los atolones más remotos de Kiribati acojan una enorme actividad cultural, incluso cuando pierden población en beneficio de Tarawa. Sigue siendo un impulso fortísimo. Oí ese amor patrio en las voces de gente cantando en la laguna. Lo vi en las danzas de los escolares que imitaban los movimientos de las aves marinas. Lo sentí en las palabras de Teburoro Tito cuando me recibió entre sesiones parlamentarias y me dijo que, en su corazón, es un chiquillo de la isla: «Crecí del suelo y la arena y el coral de este lugar. Amo estas islas, y no concibo mi hogar en ningún otro lugar».
Para proteger ese hogar del océano voraz, algunos isleños han empezado a plantar mangles, cuya matriz de raíces y troncos atrapa el sedimento y frena la erosión provocada por las olas. Poco más pueden hacer para aferrarse a su tierra, como no sea reconstruir los malecones cuando las olas los revientan.

El mangle podría llegar a ser un buen símbolo nacional, pensé: un árbol resistente que hace frente a las tormentas y sujeta el suelo. El símbolo actual, que figura en la bandera de Kiribati, también es evocador: un eitei, un rabihorcado, ave de jefes, ave de la danza, ave de altura que planea en el viento en vez de luchar contra él. Pero los rabihorcados deben seguir a los bancos de peces que les dan sustento. Si esos peces parten para no volver, ¿seguirá hendiendo los cielos de Kiribati la cola bifurcada del rabihorcado?

Una de las plantadoras de mangles, Claire Anterea, empleada del programa de adaptación climática del Gobierno, decía que sus compatriotas deben reconocer su responsabilidad para con el cambio climático, por mínima que sea, e intentar compensarla. «Contribuimos poco, pero contribuimos –me dijo–. Hemos comido mucha comida occidental, que se prepara en fábricas que emiten gas. Todos tenemos parte de culpa porque queremos vivir al modo occidental.»

Anterea acababa de construir una vivienda tradicional equipada con una placa solar. «No puedo hablar de justicia climática extranjera si yo misma no actúo como es debido –afirmó. Hasta las acciones más modestas tienen un efecto multiplicador, cree ella–. Si los países del Pacífico trabajamos todos a una, podemos mantener nuestras islas y quedarnos aquí.»

En mi última noche en Tarawa quise tener un detalle de solidaridad con mis vecinos de Kiribati. También yo soy un isleño del Pacífico, si bien es cierto que las montañosas islas de Nueva Zelanda de donde procedo no se enfrentan a nada ni remotamente parecido a la amenaza existencial que se cierne sobre los atolones, donde buena parte de la tierra apenas asoma un metro sobre el nivel del mar. Con todo, la «sangre azul de Oceanía», como denomina al Pacífico el poeta kiribatiano Teweiariki Teaero, nos une a todos en una gran familia.

Se había producido un apagón, un problema muy habitual aquí, así que dos de mis amigas plantadoras de mangles, Vasiti Tebamare y Tinaai Teaua, que regentan un balneario en la población de Temwaiku, propusieron ir a cenar al aeropuerto. Es una especie de tradición que en las noches de bochorno las familias extiendan sus esteras en la apenas frecuentada pista de aterrizaje para cenar al raso. Allí siempre corre el fresco de la brisa marina.

Llevamos pescado a la parrilla, arroz y rodajas de fruta del pan fritas, además de moimoto –cocos verdes– para beber. En el aeropuerto parpadeaban las linternas y se percibía el murmullo suave de las conversaciones. Encontramos un lugar tranquilo, cenamos, charlamos y luego nos tumbamos para contemplar el firmamento, el «vientre de la anguila», como llaman los kiribatianos a la Vía Láctea. Me hubiese gustado ser capaz de identificar las constelaciones como aquellos primeros navegantes que las conocían como la palma de su mano. Las aprendieron observando el cielo como el techo de una sala comunal, dividida en casillas por las vigas y las líneas de la techumbre. Las estrellas salían en un cuadrante, recorrían el techo y se ocultaban en otro.

Los navegantes más expertos conocían más de 150 estrellas. Podías dejarlos en cualquier punto del océano, que ellos siempre sabrían ubicarse. Los kiribatianos quizá vivan en islas mínimas, pero su conciencia del lugar que ocupan en el mundo nada tiene de pequeña.
NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
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miércoles, 5 de diciembre de 2018

MEDIO AMBIENTE : KIRIBATI.- La nación del Pacífico que busca soluciones de ciencia ficción para evitar su hundimiento

Hola amigos : A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG.,  el cambio climático empieza a preocupar a todo un conjunto de islas y atolones del archipiélago de la República de Kiribati, que desaparecerá a medios del Siglo XXI, inundada por el Océanos Pacífico Oeste, desapareciendo del mapa, si es que no se hacen los esfuerzos necesarios, para evitar el calentamiento global de los polos.
El diario El País, ha elaborado un reportaje, en el que el expresidente de Kiribati, Anote Tong, trata de convencer a la comunidad internacional de la necesidad tomar medidas drásticas para combatir el cambio climático

EL PAÍS

La nación del Pacífico que busca soluciones de ciencia ficción para evitar su hundimiento

Un documental narra los esfuerzos del expresidente de Kiribati por convencer a la comunidad internacional de la necesidad tomar medidas drásticas para combatir el cambio climático


Una imagen del documental 'Anote’s Ark'. En vídeo, tráiler del film. 
Los más de 100.000 habitantes de Kiribati, un pequeño archipiélago coralino del Pacífico, buscan con urgencia soluciones para evitar que su país acabe sumergido bajo las aguas cristalinas del océano en menos de dos generaciones.
Algunos científicos creen que se podría ganar tiempo con las medidas a gran escala que propone la ingeniería climática, como inyectar partículas a la atmósfera para repeler los rayos solares y enfriar la Tierra, pero investigadores británicos han advertido de que eso no salvará a la república de su desaparición. Creen además que pueden alejarnos del objetivo más acuciante: reducir las emisiones contaminantes.
El nivel del mar ha crecido entre 1 y 4 milímetros al año desde que comenzaron a tomarse mediciones en Kiribati, en 1993, y se calcula que gran parte de sus 33 atolones quedarán inundados antes de que termine este siglo. El calentamiento global provoca además que los huracanes, que hasta hace poco no frecuentaban esas regiones ecuatoriales, embistan cada vez más a menudo a la antigua colonia británica.
El destino fatal que aguarda al archipiélago queda reflejado en un documental estrenado esta semana en el Museo de la Ciencia de Londres. Anote’s Ark, nominado en el festival de cine documental de Sundance, que narra los esfuerzos del expresidente de la república, Anote Tong, por convencer a la comunidad internacional de la necesidad tomar medidas drásticas para combatir el cambio climático y encontrar un nuevo hogar para sus conciudadanos.

“El problema con la geoingeniería solar es que si comienzas a utilizarla, deberás hacerlo siempre. Puede que consigas darle otra década a la gente de Kiribati, pero terminarán cubiertos por las aguas de todas formas, porque no habrás hecho lo que tenías que hacer”, dice una experta

La desesperada situación del archipiélago llevó en 2014 a Tong a comprar 20 kilómetros cuadrados de tierra en la vecina Fiji a los que trasladar a sus ciudadanos llegado lo peor. Los problemas asociados a mover a 100.000 personas a otro país están lejos, sin embargo, de haber quedado resueltos. Discutió también con ingenieros japoneses la posibilidad de construir islas flotantes, altamente tecnológicas pero con un coste exorbitante para una nación como Kiribati.
Tong, que presidió Kiribati hasta hace dos años, no es el único que reivindica que solo se podrá hacer frente a los retos del cambio climático con una buena dosis de imaginación. En un artículo publicado en la revista Nature en abril, un grupo de investigadores de países en desarrollo propone que se considere seriamente la geoingeniería solar—inyectar partículas de aerosol en la estratosfera para reflejar una parte de la radiación—como medida para ganar tiempo hasta que se puedan reducir las emisiones de gases contaminantes.
Pese a reconocer que esta tecnología roza la ciencia ficción, los autores del artículo, liderados por Atiq Rahman, director ejecutivo del Centro de Estudios Avanzados de Bangladesh, en Daca, afirman que “podría ralentizar, detener e incluso revertir el alza de las temperaturas globales en uno o dos años”. Rahman y sus compañeros defienden que lugares como Kiribati no pueden esperar décadas a que otras tecnologías en fase de desarrollo, como las plantas para extraer dióxido de carbono de la atmósfera y enterrarlo a gran profundidad, se desarrollen y se generalicen.
La comunidad científica, sin embargo, no ha alcanzado un consenso en lo referente a la ingeniería climática, como puso de manifiesto un debate organizado por la Royal Society y el Museo de Ciencia de Londres tras la première británica del documental, dirigido por Matthieu Rytz.
Joanna Haigh, física de la atmósfera en el Imperial College London, afirmó que la geoingeniería solar no solo no salvará a Kiribati, sino que puede distraer de lo que ella considera debe continuar siendo la prioridad: reducir las emisiones de gases contaminantes.
“El problema con la geoingeniería solar es que si comienzas a utilizarla, deberás hacerlo siempre. Tan pronto como te detengas, la temperatura volverá a subir a los niveles que había alcanzado anteriormente. Puede que consigas darle otra década a la gente de Kiribati, pero terminarán cubiertos por las aguas de todas formas, porque no habrás hecho lo que tenías que hacer”.
De la misma opinión es Jack Stilgoe, experto en innovación responsable en la University College de Londres y autor de un libro sobre geoingeniería. “No queremos engañarnos a nosotros mismos con esta forma de pensamiento mágico donde continuamos inflando la burbuja especulativa que sugiere que hay tecnologías, si no ahora mismo, a la vuelta de la esquina, que podrían venir a nuestro rescate. Hay mucha especulación entre los que estudian la geoingeniería solar. No digo que no debamos hablar de ello, pero tal vez deberíamos hablar de ello de otra manera.”
La mayoría de las propuestas de geoingeniería solar son solamente “ideas y teorías” que aún distan mucho de poder llevarse a la práctica, convino Naomi Vaughan, investigadora sénior en la Universidad de East Anglia especializada en ingeniería climática.
El escritor científico Oliver Morton, autor del libro The Planet Remade: How Geoengineering Could Change the World, considera, con todo, que la geoingeniería solar se merece una oportunidad. “Nadie cree que vaya a solucionar todos los problemas. Lo que deberíamos pensar es cuánto riesgo podríamos reducir con ella. Obviamente, nadie responsable está pensando en aplicar la geoingeniería solar en lugar de reducir las emisiones,” dijo. “Tenemos el deber con aquellos que vendrán de comenzar a pensar en las posibilidades, las ventajas y los inconvenientes, y cómo se podría desarrollar. Decir que esta tecnología es ridícula supone descartar algo que podría salvar muchas vidas si se aplicase de manera justa y sostenible”.
 Cambio climático

El primer país al que puede engullir el mar por el cambio climático

100.000 personas viven en Kiribati, un archipiélago en el Pacífico que lleva desde 1989 en alerta por el nivel del océano. Un documental cuenta la emigración de sus habitantes y la lucha de su presidente


Tráiler del documental 'Anote's Ark', de Matthieu Rytz, sobre la situación medioambiental de Kiribati.
De los habitantes de Kiribati, un Estado compuesto por 33 islas en medio del Pacífico, se ha dicho que algún día se convertirán en la Atlántida y que quedarán irremediablemente sumergidos bajo las aguas del océano. Un informe de la ONU alertaba en 1989 de que se convertiría en el primer país víctima del cambio climático en el siglo XXI, al ser engullido por las aguas. El Gobierno ha diseñado en estos años un plan de evacuación a las cercanas Islas Fiyi por si esto llegara a producirse y su expresidente Anote Tong ha recorrido el mundo en la última década llevando el nombre de su país por todos los foros posibles: la sede de la ONU, las cumbres climáticas, programas de televisión, visitas oficiales a otros Estados, el Vaticano...


El expresidente Anote Tong, protagonista del documental.
El expresidente Anote Tong, protagonista del documental.

El fotoperiodista canadiense Matthieu Rytz aterrizó en este país para un reportaje hace cuatro años y se dijo: "Esta es mi historia". Sin ninguna experiencia previa en rodajes, invirtió todos sus ahorros en seguir a Tong en sus viajes para grabar el documental Anote's Ark, que se estrenó en Sundance y que se proyectará en el Another Way Film Festival, que se celebra del 4 al 7 de octubre en Madrid. Esta cita cultural proyecta una veintena de documentales sobre activismo, desarrollo sostenible, consumo responsable y salud global. La historia de Anote clausura la programación.


Otros títulos que se podrán ver en el Another Way Film Festival


Jane. Grabaciones inéditas muestran los primeros días de la primatóloga en Tanzania y su historia de amor con el cámara que las rodó
Silas. Retrata la vida del activista Silas Siakor y su lucha por la defensa de la tierra en Liberia
When lambs become lions. La historia de un comerciante de marfil y su prima en la selva de Kenia.
The end of meat. Relato que imagina un mundo post-carne.
"Estamos tan aislados que siempre pensamos que las tribulaciones del mundo no tenían nada que ver con nosotros, pero aquí estamos, sometidos al fenómeno global del cambio climático", cuenta el expresidente en la cinta. En 2016 perdió las elecciones frente a Taneti Mamau, un mandatario que ha dado un giro a la política de relaciones exteriores de Tong y se ha centrado en potenciar el turismo y la pesca en un plan para los próximos 20 años. Tras cuatro yendo y viniendo de las islas, Rytz ya no es bien recibido en Kiribati. "Las pasadas navidades fui allí para proyectar el documental. Para mí era importante que, después de haber convivido con ellos, vieran el resultado. Estaba en casa de unos amigos con mi pareja y tres policías se quedaron con mi ordenador y me dijeron que tenía que coger el próximo vuelo", relata en conversación telefónica.
Los habitantes de Kiribati son gente de agua. Juegan en ella, obtienen de ella sus alimentos diarios, son azotados por potentes tormentas, sus casas están construidas a pie de playa. "Para ellos tiene un sentido casi espiritual, sienten un gran respeto por el océano porque cuando estás allí literalmente solo ves océano", explica el cineasta. Más allá de ser devorados completamente por el Pacífico, sus habitantes se enfrentan ya a la falta de agua potable y algunos pueblos a orillas del mar ya han tenido que desplazarse unos metros al interior del territorio. El documental de Rytz contiene preciosas imágenes en las que el agua, que les da vida y puede acabar matando su país, es la protagonista. Grandes planos grabados con un dron muestran el inmenso azul que rodea a Kiribati y en el que sus ciudadanos se sumergen cada día.

Tiemeri, madre de seis hijos, decide abandonar la isla  en busca de un futuro para su familia en Nueva Zelanda. La natalidad en Kiribati supera los tres hijos por mujer
El documental sigue también a Tiemeri, madre de seis hijos que decide abandonar la isla (Kiribati ocupa el puesto 139 de 184 países dentro del Índice de Desarrollo Humano), en busca de un futuro para su familia en Nueva Zelanda. La población del país oceánico no deja de crecer y la natalidad supera los tres hijos por mujer. Organizaciones como el Banco Mundial han elaborado informes para reclamar la acogida obligatoria por parte de Australia y Nueva Zelanda de los habitantes de las islas del Pacífico. El segundo país ofrece cada año 75 puestos laborales para los kiribatianos gracias a un acuerdo entre las dos naciones.
Más de la mitad de su población es católica, pero el fotoperiodista relata que en los últimos años la iglesia mormona de Utah (EE UU) ha estado invirtiendo dinero en este Estado insular y ganando adeptos para su fe. "La mayoría de la comunidad en estas islas se organiza en torno a la iglesia, es un lugar de encuentro para ellos. Por eso cuando el presidente fue a ver al Papa estaba convencido de que iba a ser algo relevante", resume Rytz. En la cinta se ven iglesias abarrotadas con feligreses que luchan por hacerse un hueco para besar las imágenes religiosas seguidas de bailes tradicionales polinesios.
Mientras limpia un pescado, Tong resume así la realidad que lleva viviendo más de una década: "Los que se han ido han perdido la conexión espiritual con Kiribati, porque ya no se consideran a sí mismos indígenas. No podemos resistirnos, estas islas van a desaparecer. Si nos vamos,  preservar nuestra cultura y tradiciones no va a ser nada fácil".


República de Kiribati
Ribaberikin Kiribati
Republic of Kiribati

Flag of Kiribati.svg
Coat of arms of Kiribati.svg
Lema: Te Mauri, Te Raoi ao Te Tabomoa
(en gilbertés: «Salud, paz y prosperidad»)
Himno: Teirake Kaini Kiribati
(en gilbertés: «Levántate, Kiribati»)
Kiribati on the globe (small islands magnified) (Polynesia centered).svg
CapitalTarawa1​
1°24′00″N 172°58′00″ECoordenadas: 1°24′00″N 172°58′00″E (mapa) Ver y modificar los datos en Wikidata
Ciudad más pobladaTarawa Sur (40.000 habitantes)
Idiomas oficialesInglés y gilbertés
GentilicioKiribatiano/a
Forma de gobiernoRepública parlamentaria
PresidenteTaneti Mamau
Órgano legislativoHouse of Assembly of Kiribati Ver y modificar los datos en Wikidata
Independencia
- fecha
del Reino Unido
24 de julio de 1979
SuperficiePuesto 188.º
 • Total811 2​ km²
 • Agua (%)0 %
Fronteras0 km 2​
Línea de costa1 143 km 2​
Punto más altoBanaba Ver y modificar los datos en Wikidata
Población totalPuesto 197.º
 • Censo110,136 hab.
 • Densidad135 hab./km²
PIB (PPA)Puesto 188.º
 • Total (2011)US$ 599 millones
 • Per cápitaUS$ 5.721
IDH (2015)Decrecimiento 0,5883​ (137.º) – Medio
MonedaDólar de Kiribati y Dólar australiano (AUD)
Huso horarioUTC +12 (Islas Gilbert), UTC+ 13 (islas Phoenix) y UTC+ 14 (islas Espóradas Ecuatoriales)
 • En veranono aplica
Código ISO296 / KIR / KI
Dominio internet.ki Ver y modificar los datos en Wikidata
Prefijo telefónico+686
Prefijo radiofónicoT3A-T3Z
Código del COIKIR Ver y modificar los datos en Wikidata
 Kiribati (pronunciado "Kíribas" en gilbertés, AFI: [ˈkiɾibas]), oficialmente la República de Kiribati (en inglés: Republic of Kiribati; en gilbertés: Ribaberikin Kiribati), es un archipiélago y país insular ubicado en la zona central oeste del océano Pacífico, al noreste de Australia. Está integrada por un grupo de 33 atolones coralinos y la isla volcánica de Banaba diseminados en un área de más de tres millones de kilómetros cuadrados. Entre ellos destaca Kiritimati (Isla Christmas), el atolón más grande del mundo y primer lugar poblado del planeta en dar la vuelta al calendario cada año. Alcanzó su independencia en 1979 y se convirtió en miembro pleno de la ONU en 1999. Su capital y ciudad más poblada es Tarawa Sur.
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 Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
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