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viernes, 13 de mayo de 2022

Energías renovables. El camino a 2070 . David Guttenfelder y Craig Welch.

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., ya en Los estados Unidos de América, se preparando para el uso de energías renovables con miras a largo plazo que ellos denominan: EL CAMINO A 2070, ...."Para quienes se pregunten cómo será el mundo en 2070, el momento actual es tan crítico como con­fuso. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de las Naciones Unidas afirma que debemos reducir a cero la emisión de gases de efecto invernadero en los próximos 50 años, o incluso antes, si queremos impedir una catástrofe climática. En lugar de eso, el mundo está produciendo más combustibles fósiles, no menos. Las compañías petroleras y gasistas de Estados Unidos, convertido en el primer productor mundial, planean potenciar su desarrollo un 30% antes de 2030..."
Sigamos el viaje en unas serie de  carros eléctricos de 7,000 kilómetros desde California a Washington del fotógrafo David Guttenfelder y Craig Welch, quienes describen en cada ciudad que cruzan los usos de los combustibles, las construcciones de nuevas plantas de energía eólica, y paneles solares; las dificultades que tienen para cargar las baterías de sus carros eléctricos, entrevistas con responsables del cambio energético; aún hay mucho que hacer frente a las 150,000 gasolineras de combustibles fósiles y tan sólo los 3,800 puntos de recarga lenta de baterías de autos eléctricos, existen evidentes contradicciones: En Texas, la energía limpia sirve para extraer más combustibles fósiles, cuando lo suyo es que los sustituya totalmente.
El optimismo es contagiante y predicen: "Sin embargo, al mismo tiempo estamos en plena revolución de la energía verde. En todo el mundo, en el próximo lustro las energías renovables darán un salto productivo equivalente a la capacidad de producción eléctrica de Estados Unidos. ¿Qué profesión crecerá más en Estados Unidos a lo largo de la próxima década, según el Departamento de Estadísticas Laborales? Instalador de paneles solares. (En segundo lugar: técnico de mantenimiento de aerogeneradores)."............. sigamos leyendo.........................

Un viaje en coche eléctrico por Estados Unidos ilustra cómo las nuevas ideas pueden ser nuestro combustible hacia un futuro sostenible.


Los alerones traseros de los Cadillac apuntan a la lluvia en el Aparcamiento de Vehículos Recreativos Cadillac Ranch de la ciudad texana de Amarillo.

Foto: David Guttenfelder

22 de marzo de 2021, 13:06 | Actualizado a 


En un malecón azotado por el océano Pacífico, cerca de las cabinas de fotomatón, un puesto de pretzels y un hombre que moldea en arcilla los bustos de los turistas, gira una noria alimentada por electricidad solar. Unos cien metros más allá, un cartel marca el final de la vieja Ruta 66. El muelle de Santa Mónica, donde confluyen la energía verde y la historia de la automoción, parecía el lugar idóneo para emprender un viaje por carretera –el clásico road trip estadounidense–, de costa a costa del país, al volante de diversos coches eléctricos.

La Ruta 66, una de las primeras vías perfectamente practicables de Estados Unidos, nació en Chicago. Desde los años treinta hasta que cayó en desuso, obsoleta por obra de las autopistas interestatales, canalizó a millones de migrantes del Medio Oeste que hacían un alto en sus moteles y tiendas de baratijas de camino hacia las costas resplandecientes de California y contribuyó a la transformación de este estado, que pasó de paraíso rural a aglomeración de ciudades en expansión. En el proceso adquirió carta de símbolo: el poder transformador de los coches, la libertad de la carretera desierta, la magia de combinar lo uno y lo otro en un viaje al volante. Hoy los via­­jeros ávidos de cultura estadounidense, habiéndose metido en el cuerpo 3.600 kilómetros de la vieja Ruta 66, hacen cola ante una caseta de madera del muelle de Santa Mónica para obtener el certificado que atestigua que han completado la ruta.


El muelle de Santa Mónica, en la ciudad homónima de California, está conectado con Chicago por la vieja Ruta 66... y por su noria alimentada con energía solar.

La exposición universal de Chicago de 1893 exhibió la primera noria, así como una nueva forma de energía: la electricidad. Para millones de estadounidenses, el futuro era ilusionante.

Foto: David Guttenfelder

El muelle también invita a reflexionar sobre el mundo que hemos creado, en parte a través de nuestra historia de amor con el motor de combustión interna. Al este se extiende Los Ángeles, con sus siete millones de coches sedientos de gasolina, que emiten más dióxido de carbono que 13 estados de este país. Al sur queda Venice Beach, donde en la década de 1940 no cabía un solo pozo petrolífero más y a cuyas playas han arribado en los últimos años leones marinos famélicos, víctimas de las olas de calor que sufre el océano agravadas por el cambio climático. Al oeste y al norte están Malibú y las colinas que la dominan, escenario del devastador incendio que asoló Woolsey en noviembre de 2018, tras años de sequía y temperaturas al alza. El fuego se cobró tres vidas, forzó la evacuación de 250.000 vecinos y calcinó 1.075 viviendas.

Los vientos de Santa Ana «avivaron aquel in­cendio con una rapidez increíble, expandiéndolo hasta el mismo mar en un solo día», recordaba Dean Kubani un caluroso día del pasado otoño mientras charlábamos al pie de la noria. Kubani acababa de jubilarse como director de sostenibilidad de Santa Mónica tras 25 años en el Ayuntamiento; había observado el incendio desde la playa. «Normalmente la temporada de incendios es septiembre, octubre», dijo. Pero ahora es más larga, «porque no nos llega la lluvia ni el frío».


Los hornos de la fábrica de acero SSAB America en Montpelier, Iowa, son eléctricos; la empresa afirma que en 2022 se calentarán con energía renovable.

El sector del hierro y el acero, que suele depender del carbón, es responsable de alrededor del 7 % de las emisiones globales de CO2. Desenganchar la industria pesada del calor barato que aportan los combustibles fósiles es especialmente difícil.

Foto: David Guttenfelder


Para quienes se pregunten cómo será el mundo en 2070, el momento actual es tan crítico como con­fuso. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de las Naciones Unidas afirma que debemos reducir a cero la emisión de gases de efecto invernadero en los próximos 50 años, o incluso antes, si queremos impedir una catástrofe climática. En lugar de eso, el mundo está produciendo más combustibles fósiles, no menos. Las compañías petroleras y gasistas de Estados Unidos, convertido en el primer productor mundial, planean potenciar su desarrollo un 30% antes de 2030. Donald Trump ha retirado al país del Acuerdo de París, cuya meta es empezar a abandonar gradualmente el uso de combustibles fósiles.

Sin embargo, al mismo tiempo estamos en plena revolución de la energía verde. En todo el mundo, en el próximo lustro las energías renovables darán un salto productivo equivalente a la capacidad de producción eléctrica de Estados Unidos. ¿Qué profesión crecerá más en Estados Unidos a lo largo de la próxima década, según el Departamento de Estadísticas Laborales? Instalador de paneles solares. (En segundo lugar: técnico de mantenimiento de aerogeneradores).

A lo largo y ancho del país, ciudades y estados se comprometen con el cambio. Desde este año California exige que las viviendas de nueva construcción estén provistas de placas solares. El Ayuntamiento de Berkeley ha prohibido el gas natural en las nuevas edificaciones; Santa Mónica y otros municipios están tomando medidas parecidas. Los Ángeles pretende instalar 28.000 puntos de recarga para vehículos eléctricos en tan solo ocho años; Santa Mónica ha puesto sus miras en disponer de 300 para este mismo año.

«Cuando empecé aquí, la ciudad tenía un solo coche eléctrico, un Ford Taurus reconvertido», nos contó Kubani. Llevaba paneles solares en el techo. «Tenía una autonomía de unos 15 kilómetros». El fotógrafo David Guttenfelder y yo planeábamos recorrer más de 7.000 kilómetros en una serie de coches eléctricos. Cargados con plátanos (para mí) y carne seca (para él), partimos de Santa Mónica hacia la Costa Este, acuciados por una pregunta: ¿podemos como país alcanzar el destino en el que necesitamos estar? O, en otras palabras, ¿podemos desengancharnos de los combustibles fósiles con la rapidez necesaria para que en 2070 sigamos teniendo un mundo habitable?


Oatman, en Arizona, antaño un pueblo minero donde el oro y la plata se bajaba del monte en burro, se reinventó como un alto en el camino para los migrantes que recorrían la Ruta 66.

Hoy es una atracción turística, con burros que dormitan a la sombra y «pistoleros» del Salvaje Oeste que actúan en shows. En otro punto del condado de Mohave se está construyendo un centro de datos alimentado con energía solar.

Foto: David Guttenfelder

Al norte de Los Ángeles, en el condado de Kern, todavía se bombea crudo de vastos campos petrolíferos. Pero al este de la capital comarcal del petróleo, Bakersfield, más allá de la polvorienta sierra Tehachapi, un futuro más limpio centellea bajo el aire recalentado. Llegamos al pueblo de Mojave, en el desierto homónimo, en nuestro Hyundai Kona de alquiler y estacionamos en el aparcamiento de una tienda de ropa, donde el viento sacudía los vestidos colgados en el exterior. Al otro lado de unas herrumbrosas vías férreas pudimos ver los aerogeneradores que descollaban sobre los parques solares en la que quizá sea la concentración de renovables más densa del país.

Ben New, vicepresidente de construcción de 8minute Solar Energy (el nombre alude al tiempo que tarda la luz del Sol en llegar a la Tierra), nos condujo a un clúster de módulos solares que en una superficie de 200 hectáreas generan 60 megavatios, un suministro suficiente para 25.000 hogares californianos. Enjuto y de barba canosa, New hablaba con precipitación, como quien está habituado a trabajar contra reloj. «Hace 20 años las placas solares eran tan caras que nadie habría creído posible hacer lo que hemos hecho aquí», dijo.

Hoy los paneles solares son una ganga. El precio de los módulos fotovoltaicos se ha desplomado un 99% desde los años setenta, en gran parte gracias a las políticas públicas y la investigación, en Alemania, Japón, China y Estados Unidos. A me­dida que los Gobiernos empujaban a las energé­ticas a fomentar las renovables, la demanda se disparó. La producción se hizo más eficiente. Los precios cayeron. Instalar un vatio de energía solar cuesta a New la quinta parte de lo que le costaba hace 10 años; además, ocupa la mitad de espacio.

Estados Unidos tardó 40 años –lo logró en 2016– en instalar un millón de sistemas de energía solar, desde paneles en tejados hasta parques solares de tamaño industrial. El segundo millón, que estaba listo en 2019, se instaló en solo tres años. Se prevé que en 2023 la cifra se haya duplicado de nuevo. Estados Unidos tiene ya energía solar suficiente para abastecer a 13 millones de hogares. Los proyectos están ganando entidad: la empresa de New ha anunciado la firma de otros 400 megavatios, con una capacidad de almacenamiento de 300. Este y otros proyectos de 8minute suministrarán energía limpia a un millón de angelinos.


Aerogeneradores y módulos solares tapizan el desierto de Mojave en el condado de Kern, California, una de las concentraciones más densas de energía renovable en Estados Unidos.

Los sectores solar y eólico han crecido con rapidez y hoy suministran energía a millones de hogares. Aun así, siguen produciendo menos del 10 % de la electricidad del país.

Foto: David Guttenfelder


Pero por impresionantes que sean las cifras, están muy lejos de ser suficientes. Actualmente en Estados Unidos menos del 2% de la elec­­tricidad procede del sol, y otro 7% es de origen eólico. Las cifras mundiales son equiparables. Para frenar el calentamiento en 1,5 °C, estimaba un reciente informe de la ONU, las emisiones globales deben caer un 7,6 % anual en la próxima década. El año pasado volvieron a aumentar. Para que las renova­­bles salven esa brecha, decía el informe, tendrían que crecer a un ritmo seis veces superior al actual.

Esto exigiría una movilización masiva e ingentes inversiones en infraestructuras: en capacidad de fabricación de acero y cable, en baterías y líneas de transmisión eléctrica. En Estados Unidos, cuya red eléctrica se divide en tres áreas (la oriental, la occidental y Texas), se necesitaría una reforma colosal para llevar energía de la soleada Arizona a la carbonífera Virginia Occidental. Por ahora, apuntó New, tendríamos que generar muchos giga­­vatios «en zonas del país que nunca lo han hecho». Ello implicaría la complicada obtención de licencias en lugares donde los combustibles fósiles go­­zan de gran predicamento. Aunque nada agradaría más a New que asistir a una rápida transición a la energía solar, no cree que se logre a tiempo. La des­­gravación fiscal del 30% a la inversión solar, en vigor desde el mandato de George W. Bush, empie­­za este año a desaparecer paulatinamente.

¿Podría expandirse la energía solar al ritmo necesario si se fomentase como es debido? No sería la primera vez que los expertos subestiman su potencial. En 2008 el profesor de Harvard David Keith predijo que podríamos darnos con un canto en los dientes si llegábamos a ver energía solar a 30 centavos el vatio antes de 2030. En realidad vamos a verla en 2020. «Nos equivocamos de plano –ha declarado Keith recientemente–. La energía solar barata es una realidad. Algo asombroso».


La mesa de una cafetería de Tucumcari, en Nuevo México, es real; la pareja de comensales, un trampantojo.

La pintura situada sobre ellos muestra una escena, otrora común en el Oeste, de ganado reunido alrededor del agua que bombea un molino de viento. Los paisajes del futuro tendrán que incluir un gran número de turbinas eólicas y parques solares, sobre todo si damos la espalda a la energía nuclear.

Foto: David Guttenfelder


Al despedirnos de New, pensé en lo rápido que puede cuajar en Estados Unidos cualquier transformación tecnológica, desde el auge de los teléfonos inteligentes y las redes sociales hasta la expansión en apenas unos años de los sucedáneos de la carne, ya presentes en las hamburgueserías de este país carnívoro. Esa misma tarde Guttenfelder y yo aparcamos en la Base Aérea y Espacial de Mojave, un centro de prue­­bas y lanzamientos.

Fuimos allí porque la base contaba con puntos de recarga para vehículos eléctricos. Al enchufar nuestro Kona, apareció un mensaje en el salpicadero: la recarga llevaría cerca de seis horas. Allí lo dejamos hasta el día siguiente y, con el mentón hundido contra el pecho para protegernos de la brisa arenosa, caminamos casi dos kilómetros hasta el motel más cercano.

¿Podemos expandir la energía solar con la rapidez necesaria? No sería la primera vez que los expertos subestiman su potencial, y la tecnología puede obrar transformaciones vertiginosas

El road trip americano surgió con una apuesta. En 1903, cuando no existían autopistas interestatales ni gaso­lineras, un socio de un club privado californiano apostó 50 dólares a que Horatio Jackson, médico de profesión, no sería capaz de llegar en automóvil a la Costa Este. Al cabo de cuatro días, según Horatio's Drive: America's First Road Trip, película y libro de 2003 de Dayton Duncan y Ken Burns, Jackson y un mecánico salieron de San Francisco en un Winton de 20 caballos. Adoptaron un bulldog y le pusieron gafas de piloto para protegerle los ojos del polvo. Subieron puertos de montaña por pistas sin asfaltar, vadearon arroyos, sufrieron averías y fueron remolcados por caballos, y aguardaron la llegada por correo ferroviario de las piezas de repuesto que necesitaban. Jackson llegó a Nueva York 63 días después, tras completar el primer viaje transpaís al volante de un automóvil.

Ahora el viaje por carretera está grabado a fuego en la psique estadounidense, que ha visto en él un vehículo de descubrimiento, una ocasión de recordar, olvidar, pasar página, perderse. Guttenfelder y yo, oriundos ambos del Medio Oeste (él es de Iowa; yo, de Kansas) ya habíamos completado sendos viajes de costa a costa en nuestra juventud. El mío me introdujo, a los 21 años, a los paisajes rocosos del Oeste: los Teton, los Olympics, el Gran Cañón. Aquel viaje me cambió la vida. Menos de un año después me mudé a Wyoming. Desde entonces nunca he vivido a más de una hora en coche de las montañas.

Por el momento, atravesar el país en coche eléctrico exige recalibrar las expectativas. La recarga completa del vehículo puede llevar entre una y 24 horas, dependiendo de la batería y del cargador. Con la salvedad de los más de 750 puntos de carga ultrarrápida específicos de Tesla, pocos lugares hay en Estados Unidos donde se pueda llevar a cabo una recarga rápida, frente a las casi 150.000 gasolineras que hay en el país. Pero la mayoría de los vehículos eléctricos pueden cargarse de noche, en casa. Y Tesla, dueña de la mejor red de carga rápida, también tiene unos 3.800 puntos de carga lenta.


Una bomba petrolífera en un campo de algodón de Lubbock, Texas, en el borde norte de la cuenca Pérmica.

El fracking de arcilllas compactadas profundas permitió a esta región extraer más de una tercera parte de todo el crudo estadounidense en 2019. En septiembre, fecha en que se tomó esta foto, Estados Unidos fue exportador neto de crudo por primera vez desde que empezaron a llevarse registros mensuales en 1973.

Foto: David Guttenfelder


Después de Mojave, dejamos atrás las llanuras salinas y entramos en el estrecho valle de Panamint. En condiciones ideales, nuestro Hyundai Kona tenía 415 kilómetros de autonomía. Pero pasábamos por puertos de montaña y el viento tórrido hacía traquetear las puertas y nos obligaba a tener el aire acondicionado a tope. Había leído que tan­to lo uno como lo otro podían reducir la vida de la batería, lo cual despertó en nosotros el primero de varios brotes de «ansiedad de la autonomía». Aquel acabó sin novedad en el valle de la Muerte, en el sudeste de California, donde encontramos un hospedaje espléndido con cargador incluido.

Al día siguiente cargamos a tope en el aparcamiento del Termómetro más Alto del Mundo, un imponente pilar que conmemora el récord de temperatura mundial: los 56,7 °C registrados en 1913. Matando el tiempo en la tienda de regalos, Ian Bowen, el encargado, me contó que en su infancia había sido «el niño aburrido del asiento de atrás» cuando su familia recorría como una exhalación Nebraska y Iowa en sus vacaciones, dejando atrás las tentaciones del camino. «De pequeño nunca entendí qué sentido tenía viajar en coche si total no íbamos a hacer paradas», decía. Para él, los viajes por carretera son una ocasión para paladear el trayecto y explorar. Por ahora, las largas paradas obligadas en los puntos de recarga «casan perfectamente con esa filosofía».

Enchufar coches y camiones a la red eléctrica es parte fundamental de la estrategia que busca desenganchar a Estados Unidos y al mundo de los combustibles fósiles. En décadas venideras aumentará enormemente la demanda de electricidad. En otras épocas del pasado el mercado habría respondido con más centrales térmicas de carbón, pero ya no. El nuevo proyecto de 8minute, por ejemplo, suministrará energía a Los Ángeles por menos de dos centavos el kilovatio-hora, un precio mucho más económico que el carbón.

Nos topamos con Russell Benally una tarde que revisaba su caballo en un promontorio rocoso a las afueras de LeChee, una pequeña comunidad navaja de Arizona cercana al lago Powell. A lo lejos, silueteada por el sol crepuscular, se distinguía la Estación Generadora Navaja, la central térmica de carbón más grande al oeste del Mississippi.

Esta central con 45 años de historia, que en su día generaba en un año electricidad suficiente para dos millones de hogares –Los Ángeles recibió de ella parte de su energía hasta 2016– se hallaba en proceso de cierre porque ya no podía competir con el gas barato y las renovables. Su clausura supondría la destrucción de cientos de empleos, casi todos ellos ocupados por nativos americanos. Y aunque los navajos y hopi no eran propietarios de la central, sí se embolsaban millones de dólares en concepto de regalías y arrendamiento, unos ingresos de difícil sustitución. Pero la central había sido enormemente contaminante: 14 millones de toneladas como mínimo de CO2 al año. Para irritación de algunos miembros de la nación de los navajos, aquellos malos aires los generaba una energía que en su inmensa mayoría se consumía lejos de allí. «Muchos habitantes de esta zona ni siquiera tienen electricidad», nos contó Benally, un fontanero navajo jubilado.

Lo acompañamos a su casa para conocer a su esposa, Sharon Yazzie. Criada en LeChee, recordaba cómo era la vida antes de la central. Asegura que no la echará de menos. «Siempre ha producido para fuera, nunca para nosotros», dijo.

El cierre de la térmica se enmarca en una tendencia que parece imparable. En Estados Unidos se han clausurado desde 2010 más de 500 centrales de carbón, y en el horizonte cercano se vislumbran decenas de cierres más. En este país, el consumo de carbón en 2019 fue el menor de los últimos 40 años: en abril, las renovables generaron más electricidad que el carbón por primera vez en la historia. China y la India todavía están sumando centrales térmicas de carbón de nueva creación, pero incluso allí se intuye el cambio de paradigma: muchas centrales chinas funcionan esporádicamente; en 2018 la India sumó más energía renovable que carbón.


En 2019, 40 años después de la fusión parcial de un reactor en la central nuclear de Three Mile Island, en Pennsylvania, la planta cerró definitivamente.

Tanto la construcción como el funcionamiento de las nucleares sale caro, pero a cambio producen electricidad las 24 horas sin emitir carbono. En Estados Unidos suministran casi el 20 % de la electricidad.

Foto: David Guttenfelder


A unos 10 kilómetros de LeChee, en Page, todavía en Arizona, aparcamos nuestro nuevo coche de alquiler, un Tesla Model S, junto a un majestuoso meandro del río Colorado llamado Horseshoe Bend. Estaba repleto de turistas. El cierre de la térmica era un palo, nos contó Judy Franz, directora de la Cámara de Comercio de Page, pero el turismo crecía por momentos. Cada vez eran más las familias navajas que abrían restaurantes y agencias de guías. «Al principio mucha gente se asustó un poco –dijo–, pero saldremos adelante».

Durante los días siguientes describimos una enorme curva a través del futuro y el pasado, que coexisten en una tensión incómoda. Entrando en Utah por el sur, pasamos junto a bosques ralos y montículos de roca blanca. Salvamos el remoto terreno aterrazado del Monumento Nacional de Grand Staircase–Escalante, la última región cartografiada de los estados contiguos. Tras parar en un punto de recarga lenta de Boulder (240 habitantes), en Utah, pusimos rumbo a Colorado.

En las afueras de Denver, en el Laboratorio Nacional de Energías Renovables (NREL, por sus siglas en inglés), un minibús eléctrico autónomo acababa de entrar en funcionamiento para trasladar a los científicos desde el garaje hasta sus espacios de trabajo. Guttenfelder y yo observamos cómo uno de ellos, David Moore, con bata y guantes de laboratorio, untaba de líquido con un pincel un recuadro de vidrio conductor del tamaño de una tarjeta de crédito, transformándolo instantáneamente en una diminuta célula fotoeléctrica. El líquido era una disolución de perovskitas, un material cristalino semiconductor que ofrece una excepcional eficiencia a la hora de absorber la radiación solar. Hay quien cree que las perovskitas podrían ejercer un efecto transformador de profundo calado, haciendo que la energía solar sea omnipresente y baratísima.

«Podríamos revestir de estos materiales una pared de ladrillo, un entablado, un muro orientado al sur… cualquier cosa que reciba sol –dijo Moore–. El techo de un coche. El exterior de la ropa. Una mochila». Él imagina células solares que se imprimen en rollos de película, como los periódicos en las rotativas, lo que facilitaría su fabricación en serie a gran velocidad. En el sector hay curiosidad, pero también escepticismo. A menudo los descubrimientos revolucionarios no cuajan fuera del laboratorio.

Muchas de esas revoluciones llegarán entre hoy y 2070; la cuestión es a qué velocidad permitirán los intereses creados que se destierren las viejas tecnologías. En Texas fuimos testigos de esa dinámica.


Una malla de varillas corrugadas forma la base de uno de los 120 aerogeneradores que se sumarán al parque eólico de Sage Draw, en la cuenca Pérmica.

Texas genera más energía eólica que ningún otro estado. La energía eólica sale tan barata que ExxonMobil ha adquirido la mayor parte de la producción de este parque de 338 megavatios... para continuar extrayendo crudo y gas mediante la técnica del fracking.

Foto: David Guttenfelder

Una mañana, al sudeste de Lubbock, vimos un camión que entre cultivos de algodón transportaba una pieza de aerogenerador. Al igual que nosotros, la pieza acababa de cruzar las llanuras de Texas en dirección a Sage Draw, un proyecto eólico de 16.500 hectáreas todavía en construcción. Nos pusimos el casco y nos pateamos la periferia de una zanja de tierra en la que un entramado de barras de acero corrugado pronto sostendría una torre aerogeneradora, una de las 120 que en conjunto generarán 338 megavatios.

Texas, sinónimo de crudo, genera hoy más energía eólica que cualquier país del mundo excepto cuatro. El órgano legislativo dispuso que las compañías energéticas invirtiesen miles de millones de dólares en la actualización de la red eléctrica del estado, tendiendo miles de kilómetros de nuevas líneas de transmisión para que los parques eólicos del ventoso oeste de Texas pudiesen vender electricidad a ciudades del este como Dallas. El resultado fue espectacular. En 2017, el Estado de la Estrella Solitaria producía ya la cuarta parte de la electricidad eólica del país.

Al mismo tiempo, en cambio, la cuenca Pérmica del oeste de Texas y Nuevo México se convertía en uno de los campos petrolíferos más vastos del mundo gracias a los avances en la técnica de fractura hidráulica, o fracking. Hoy Texas produce más del doble de crudo del que salía de Alaska cuando alcanzó su pico de producción en 1988. Solo el gas natural sobrante que las empresas queman o disipan, a falta de gasoductos con los que comercializarlo, alcanza los 22,5 millones de metros cúbicos al día, según Rystad Energy, una cantidad suficiente para satisfacer la demanda de consumo del estado de Washington, donde yo resido. Quemar gas emite CO2; el gas natural disipado a la atmósfera es principalmente metano, cuyos efectos de calentamiento sobre el planeta son todavía más potentes.

En Sage Draw confluyen los booms eólico y petrolero de Texas. ExxonMobil proyecta ampliar su actividad de extracción de crudo un 80% en cuatro años. Para alimentar parcialmente sus operaciones, ha firmado la adquisición de la mayor parte de la electricidad renovable producida en Sage Draw y un parque solar cercano, propiedad ambos de la danesa Ørsted. Frank Sullivan, de la división terrestre americana de Ørsted, calificó el contrato de «elocuente indicador» de la nueva competitividad de la energía limpia. También es indicador del extrañísimo momento que vivimos. En Texas, la energía limpia sirve para extraer más combustibles fósiles, cuando lo suyo es que los sustituya totalmente.

En 2007 un tornado arrasó Greensburg, en Kansas. La ciudad reconstruida funciona con energía renovable: es el regreso a la autonomía de los pioneros de las praderas

Cierto es que la mayoría de los estadounidenses seguimos comprando lo que vende ExxonMobil. Y recorrer de lado a lado esta nación dividida pone de manifiesto que algunos no tienen el menor deseo de que las cosas cambien. En Tucumcari, Nuevo México, cerca del Blue Swallow Motel, hay un pequeño punto de recarga para vehículos eléctricos en una vieja gasolinera Conoco. El día que llegamos, una camioneta lo bloqueaba.


En la fábrica de TPI Composites de Newton, Iowa, los operarios lijan, pintan y pulen las aspas de los aerogeneradores.

Las energías renovables insuflaron renovada vida a Newton tras el cierre en 2007 de la fábrica de lavadoras y secadoras Maytag. En un antiguo edificio de Maytag, TPI produce chasis de autobuses eléctricos; en otro, una empresa fabrica las torres de los aerogeneradores.

Foto: David Guttenfelder


En Kansas, un camión que transportaba la gi­gantesca aspa de un aerogenerador no lograba doblar una esquina, produciendo el consiguiente embotellamiento. Mientras los coches se iban deteniendo, una pick-up dio un volantazo e hizo un cambio de sentido, escupiendo un chorro de humo negro. El impaciente conductor había trucado el motor diésel del vehículo para que emitiese más gases de escape con solo pulsar un botón, una forma de protesta antimedioambientalista conocida como «rolling coal» o «Prius dusting».

Así y todo, asistimos a un cambio de actitud; los estadounidenses se suman a la transición energética cuando esta les facilita la vida. Paseando por el parque de atracciones de Las Vegas, con sus fuentes iluminadas y reflectores que inundaban el cielo de luz, me quedé boquiabierto ante el despilfarro energético. Pero ha entrado ya en vigor la nueva ley que exige que la mitad de la electricidad consumida en el estado proceda de renovables antes de 2030. En el estado contiguo, Arizona, una energética invirtió 38 millones de dólares en 2018 para frustrar una iniciativa legislativa popular de objetivos similares. Este año, sin embargo, ha dado un golpe de timón al anunciar que se marca como meta ser cien por cien renovable en 2050.

En Colorado conocimos al ingeniero de software Kevin Li mientras cargaba su Tesla Model 3 de 2018. Acababa de recogerlo en California y volvía con él a su casa de Carolina del Norte. Cuando le pregunté hasta qué punto el cambio climático había influido en su decisión de pasarse al coche eléctrico, Li pareció confundido. Repetí la pregunta. ¿Había comprado un Tesla movido por una profunda preocupación por el calentamiento global?

«No», respondió Li.

¿Entonces por qué?

«Porque corre –me dijo con una sonrisa–. Es rápido. Rapidísimo».

En el oeste de Kansas nos pasamos un día en Greensburg (790 habitantes). En 2007 un tornado arrasó más del 90% de este pueblo agrícola y segó 11 vidas. Cuando llegó el momento de reconstruirlo, hubo quien propuso aprovechar la coyuntura para subirse al tren de la sostenibilidad: haría honor a su nombre convirtiéndose en un «green burg», un burgo verde. A Bob Dixson, el exalcalde, aquello le sonó bastante hippy. Sin embargo, con el tiempo empezó a verlo como un retorno a las virtudes de los antepasados que se asentaron en aquellas praderas. Los pioneros de Kansas levantaban molinos de viento para bombear agua, vivían en casas techadas con tepes vivos y almacenaban el alimento en bodegas subterráneas. El nuevo colegio de Greensburg utiliza energía solar y calefacción geotérmica, y la comunidad reconstruida genera electricidad eólica. Hoy la red eléctrica de Greensburg emite cero carbono.


Brian Clatrider cosecha maíz en la granja familiar en Iowa.

MidAmerican Energy, la empresa eléctrica que abastece la zona, ha instalado aerogeneradores en el condado de Adair desde 2018, generando unos bienvenidos ingresos a los agricultores. Su cosecha de maíz se retrasó en 2019 por culpa de unas lluvias torrenciales en primavera, el tipo de meteorología extrema que se supone traerá consigo el cambio climático.

Foto: David Guttenfelder


Una noche en Des Moines, Iowa, mientras me acomodaba en mi habitación del hotel, Guttenfelder me envió un mensaje de móvil desde el otro lado del pasillo. Una visitante inesperada iba a dar una conferencia al día siguiente a dos horas de donde nos encontrábamos: la activista climática Greta Thunberg. La adolescente sueca también estaba cruzando el país en un Tesla como nosotros, solo que en sentido contrario.

Entramos en Iowa City cuando miles de personas se concentraban para oírla. Vi un dibujo de un planeta con la leyenda «Socorro, me muero». Thunberg apareció en el estrado acompañada de estudiantes de la ciudad. «Los líderes mundiales están comportándose como niños y alguien tiene que hacer el papel de adulto», dijo. La multitud aplaudió a rabiar.

Thunberg había llegado a Estados Unidos por mar para no coger un avión; un solo vuelo puede generar más CO2 que algunas personas en todo un año. Con una apuesta climática cada vez más arriesgada y un tráfico aéreo cada vez más popular, algunos europeos y estadounidenses –científicos entre ellos– se han propuesto restringir los viajes en avión. Guttenfelder y yo hablamos sobre la enorme presencia de los combustibles fósiles en nuestras vidas.

Al principio de nuestro viaje incluso me había subido a un avión para estar en casa en el undécimo cumpleaños de mi hija. Sentí culpa al contribuir a crear un mundo un poco más inhóspito para ella. Y frustración al verme obligado a elegir entre su presente y su futuro. Pero el objetivo es construir un mundo en el que podamos viajar sin lamentarnos del carbono que emitimos. En el NREL se investigan combustibles para aviones a partir de algas o residuos alimentarios. La primera aeronave comercial eléctrica, un hidroavión de seis pasajeros, completó con éxito el primer vuelo de prueba en Canadá el pasado mes de diciembre.

Por todo Iowa los aerogeneradores giraban sus aspas sobre los campos de maíz; las desgravaciones fiscales los han convertido en una valiosa fuente de ingresos para los agricultores. Tras Kansas, Iowa es ya el segundo estado que obtiene de fuentes renovables la mayor proporción de electricidad. En Newton (15.000 habitantes), los aerogeneradores se fabrican en una antigua fábrica de lavadoras Maytag. En Montpelier, la acerera sueca SSAB manufactura piezas para aerogeneradores. Las infernales temperaturas que manejan no provienen de quemar carbón de coque, como en la mayoría de las fábricas de acero, sino de hornos de arco eléctrico. Dentro de dos años esos hornos se alimentarán exclusivamente de energía limpia. Una acería de la América profunda que utiliza energía eólica para fabricar piezas de aerogeneradores: nos pareció todo un hito.

Cuando estudiaba en el Instituto Tecnológico de Massachussets, Robert Scaringe (conocido como R. J.) trataba de minimizar su huella de carbono, aunque eso «le exigiera tiempo y esfuerzo». Instar a los demás a renunciar a las comodidades modernas, concluyó, no era una estrategia muy prometedora. «Exige demasiado», nos dijo. Hoy Scaringe dirige la start-up de vehículos eléctricos Rivian, que planea comercializar un SUV y una pick-up este mismo año. También ha firmado un acuerdo con el gigante comercial Amazon para construir 100.000 camiones de reparto eléctricos antes de 2030.

Sobre las renovables puede decirse lo mismo que sobre los vehículos eléctricos: las cosas cambian a buen ritmo, solo que no lo bastante rápido. En todo el mundo hay cinco millones de coches eléctricos, un incremento de casi dos millones al año. Volkswagen, por poner un ejemplo, proyecta fabricar otros 26 millones en 10 años. Pero en el mundo hay unos 1.500 millones de coches y camiones. Los vehículos eléctricos apenas suponen el 2% del mercado estadounidense.

Tesla no es la única empresa que intenta hacer que los coches eléctricos sean más atractivos. Ford ha presentado un Mustang eléctrico; Harley-Davidson, una moto enchufable. Pero a escala mundial los conductores siguen optando por los SUV, coches pesados y más contaminantes; hay más de 200 millones en las carreteras, seis veces más que en 2010. Scaringe quiere entrar en ese mercado.

En Plymouth, Michigan, vimos a los empleados de la central de ingeniería y diseño de Rivian desplazarse por las instalaciones en monopatín. Scaringe, de 37 años, quiere fabricar vehículos para personas activas que hacen vida al aire libre. Junto con sus socios, planea instalar puntos de recarga en zonas menos transitadas. De igual modo que los adolescentes no pueden imaginarse cómo vivíamos sin redes sociales, Scaringe confía en que sus propios hijos –que todavía no han cumplido cinco años– no lleguen a conocer un mundo «sin puntos de recarga en cada esquina».


Este cartel de Menlo, una ciudad de Iowa, se colocó en 1934 en la que entonces era la autopista 6.

El fotógrafo David Guttenfelder solía pasar por delante de él cuando de pequeño iba a Menlo a visitar a sus abuelos. La gasolinera cerró cuando la I-80 desvió el tráfico por el sur de la ciudad, pero el cartel, restaurado en 2008, saluda de nuevo a los transeúntes diciendo adiós a la vieja cultura del automóvil y hola a la innovación.

Foto: David Guttenfelder


Durante los siguientes días Guttenfelder y yo pisamos a fondo rumbo a nuestro destino: Washington D.C. Hicimos un alto en Ohio para visitar First Solar, el primer fabricante estadounidense de paneles solares. En Pennsylvania pasamos junto a la central nuclear de Three Mile Island. Cuarenta años después del accidente nuclear que supuso el cierre de su primer reactor, el otro acaba de clausurarse también: hoy resulta demasiado caro mantenerlo en funcionamiento. Desde 2013 han cerrado en Estados Unidos otras siete centrales nucleares; siete más tienen fecha de caducidad para antes de 2025. Buena parte de la electricidad libre de carbono que producían será sustituida por gas natural, un gran generador de emisiones. El debate sobre el futuro de la energía nuclear es complejo y cada vez más ideológico.

Otro tanto ocurre con el debate sobre el cambio climático. «Por desgracia, y debido a motivos difícilmente comprensibles, la sostenibilidad se ha convertido en un tema de lo más politizado», me dijo Scaringe. Pero si queremos acelerar nuestra transición a la energía limpia, es imprescindible que se corrijan las políticas a todos los niveles gubernativos. ¿Puede una nación polarizada cohesionarse en torno a las soluciones?

En vísperas de iniciar nuestro viaje visité a un hombre que se había presentado a las elecciones presidenciales para conseguir justamente eso. La tarde en la que la CNN organizaba debates públicos sobre el clima con candidatos demócratas, me puse al volante de un Nissan Leaf y conduje desde mi casa de Seattle hasta Olympia, capital del estado de Washington, para ver al gobernador, Jay Inslee. Inslee había confeccionado una hoja de ruta integral que contenía desde políticas nacionales de energías renovables para las compañías energéti­cas hasta unos estándares de construcción de cero emisiones. Pero su campaña presidencial no llegó a despegar, y acababa de darla por finiquitada.

Me contó una historia que ponía de manifiesto la capacidad del país de moverse con celeridad cuando hay voluntad. En 1940 el Ejército de Estados Unidos había solicitado a los fabricantes de automoción que diseñasen un nuevo vehículo de «reconocimiento ligero». Al término de la Segunda Guerra Mundial, cinco años más tarde, habían fabricado casi 645.000 Jeeps. «Estamos en una película y todavía no hemos visto el rollo final –dijo Inslee–. Y está en nuestra mano conseguir que sea un final feliz».

Al mes de partir de Santa Mónica, Guttenfelder y yo llegamos a Washington D.C. Al pasarnos por el Museo Nacional de Historia Nacional distinguí el Winton rojo de Horatio Jackson, incluida la réplica del bulldog con gafas. La exposición, que versaba sobre viajes por las carreteras de Estados Unidos, también resaltaba la ardua travesía campo a través de un convoy militar en 1919 en uno de cuyos vehículos viajaba un joven Dwight Eisenhower. Siendo ya presidente, Eisenhower sería paladín del sistema de autopistas interestatales.

Unos paneles trazaban la historia de cómo las autopistas llegaron a ser imprescindibles. En menos de 25 años desde la travesía de Jackson, los coches se habían convertido en parte del estilo de vida americano. Veintitrés millones de ellos recorrían sus carreteras en 1930, cuando empezó a asfaltarse la Ruta 66. Más de la mitad de las familias estadounidenses tenían su propio automóvil.

En este país nos adaptamos con rapidez una vez estamos convencidos de que el cambio es ne­cesario, incluso útil. Podríamos adaptarnos una vez más. Es posible que en 2070 los humos de quienes practican el «rolling coal» no sean más que el recuerdo de unas volutas perdidas en el viento. 

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Este artículo pertenece al número de Abril de 2020 de la revista National Geographic.


NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

viernes, 27 de julio de 2018

ENERGÍA : CIENCIA .- ENERGÍA EÓLICA .- ENERGÍA SOLAR .- NATIONAL GEOGRAPHIC .- Energía renovable para abastecer a todo el planeta

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., creo que el futuro en cuanto al consumo de energía de nuestra querida La Tierra en muy negro; por que el consumo aumenta muy acelerado por el crecimiento de la población mundial que devora energía sin control. Y ya se prevé el cenit de los combustibles fósiles a medidos del presente siglo.
La Revista National Geographic, ha elaborado un amplio reportaje de lo que ellos llaman : Energía renovables para abastecer todo el planeta; y presenta muchas alternativas que se están desarrollando en diferentes países del mundo, predominando las energías renovables que no generan contaminación con la energía solar y la eólica, que irán reemplazado a los combustibles fósiles como el petróleo, gas natural y el carbón.
Lamentablemente, hay muchos intereses económicos muy poderosos metidos en los combustibles fósiles;  que impiden el desarrollo masivo de energías renovables, sólo falta una política mundial, ojalá dentro de las Organización de las Naciones Unidas, se tomen las medidas pertinentes para implementar una acción vinculante en el  desarrollo masivo de las energía renovables.  

http://www.nationalgeographic.com.es/temas/energia-eolica/fotos
http://www.nationalgeographic.com.es/temas/energia-solar/fotos
http://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/grandes-reportajes/energia-renovable-para-abastecer-a-todo-planeta_11706
Si continuamos así el futuro pinta muy negro. Negro hollín, negro CO2, negro contaminado. Abastecer a la población mundial requiere reducir el gasto energético y aumentar decididamente el consumo de energías renovables y limpias

¿Energía para todos?
Si hoy ya afrontamos profundas secuelas ambientales derivadas del uso de combustibles fósiles, ¿qué escenario nos espera cuando, en un futuro próximo, seamos 10.000 millones de habitantes en la Tierra? El cambio climático detonado por las emisiones descontroladas de dióxido de carbono es la causa de las olas de calor, las sequías, las inundaciones y la exacerbación de los modelos climáticos que se da en muchos lugares del planeta. A la vez, la población no para de aumentar y se generan nuevas demandas energéticas. Abastecer a la población mundial requiere combinar la necesaria reducción del dispendio energético con el aumento decidido de energías renovables y limpias.
Foto: Imagestate/Gtres

Escasez de reservas
Por todos es sabido que los combustibles fósiles son finitos. Antes o después se agotarán. Desde hace años se habla de que nos hallamos en el cénit del petróleo, lo que significa que ya se ha traspasado la tasa máxima de extracción, por lo que la producción será cada vez menor y más cara. Algunos autores señalan que el cénit del gas está al caer, y algo más tarde, a mediados de este siglo, se alcanzará el del carbón. Tampoco el uranio, del que dependen las centrales nucleares, durará para siempre: se prevé que también dentro de este siglo xxi alcance su cénit. Es por tanto una eviden­cia que el motor del mundo, queramos o no, va a tener que cambiar de combustible. Cuanto antes, mejor.
Dana Edmunds/ Getty Images

A merced del viento
Según apunta el informe de la situación mundial de las energías renovables de 2016 (REN21)*, el 76,3 % de la indispensable energía eléctrica se obtiene de fuentes no renovables, y el restante 23,7 %, de energías verdes (de entre las cuales la hidráulica representó el 16,6 %). La fuerza del viento, capaz de mover un sinfín de turbinas generadoras de ese valioso flujo de electrones, es hoy un puntal dentro de las renovables. La eólica es, después de la hidráulica (que en muchas regiones ha visto disminuida su producción debido a las sequías), una de las fuentes de energía más productivas para generar la electricidad con la que iluminamos nuestros hogares y funcionan los electrodomésticos, el aire acondicionado, las telecomunicaciones, los motores eléctricos o la robótica.
En 2015 la energía eólica se convirtió en la fuente principal de la nueva capacidad de generación de electricidad en Europa y Estados Unidos, y la segunda en China. En muchos países representa una gran parte del aporte eléctrico total, como en Alemania, donde en cuatro de sus länder ha superado el 60%, o en Dinamarca, donde alcanza el 42%. En España cubrió, en 2015, el 18,3% de la demanda y, en Uruguay, el 15,5%. Nuestro país ocupa la quinta posición en el ranking mundial de naciones con mayor capacidad eólica per cápita, después de Dinamarca, Suecia, Alemania e Irlanda, y también es uno de los países líderes en la fabricación de turbinas eólicas, con más de un 5% del mercado.
En estos últimos años, la capacidad eólica mundial se ha incrementa­do muchísimo: si en 2005 era de unos 60 GW, en 2015 superó los 430 GW. Las energías eólica y fotovoltaica representaron en 2015 el 77 % de las nuevas instalaciones de producción de electricidad. El porcentaje restante corresponde a la hidroe­léctrica. Otro dato: en 2015, el 67 % de las inversiones mundiales en energía eólica corrieron a cargo de los países en desarrollo.
Foto: Desiree Martin/ AFP / Getty Images

Capturando la luz solar
Las iniciativas para convertir los rayos solares en energía proliferan en todo el mundo. En Marruecos, un hombre supervisa un horno solar en el que se cocina un tayín tradicional durante la primera edición del Festival Solar de Marruecos, celebrado en 2014.
Foto: FAdel Senna/ AFP/ Getty Images

Cereales y otras hierbas en el motor
Los biocombustibles no son un invento moderno: a principios del siglo pasado, el empresario del automóvil Henry Ford ya pensó en utilizarlos. Actualmente, la recuperación de la idea de obtener combustibles de las cosechas va ligada a la crisis del petróleo y a la creciente preocupación por el calentamiento global causado por las emisiones de CO2. Entre las especies vegetales útiles para generar este tipo de combustible figuran cereales como el maíz  y el mijo , o plantas como la colza  y la caña de azúcar .
Foto: Gerald Zanetti/ Getty

El enorme potencial del sol
Cada hora el sol lanza a la Tierra más energía de la necesaria para satisfacer las necesidades de la población mundial durante un año, pero el aprovechamiento que hacemos de ella es mínimo. Hoy, la tecnología más utilizada y extendida para convertir esa riqueza procedente de nuestra estrella en energía (eléctrica o térmica) es la energía solar fotovoltaica, que se obtiene haciendo incidir la radiación solar en un dispositivo semiconductor –la célula fotovoltaica– que convierte la energía lumínica en electricidad.
Pero a pesar del infinito potencial del Sol y de los esfuerzos realizados en los últimos años para promover esta energía limpia, en la actualidad es todavía una fuente minoritaria; en la Unión Europea, por ejemplo, cubre solo el 3,5 % de la demanda eléctrica, una media que puede alcanzar picos de hasta un 7%.
Sin embargo, su aumento es continuo. El pasado año 2016, y según datos del grupo de expertos internacional PVMA (Photo Voltaic Market Alliance), el mundo batió un nuevo récord en cuanto a la instalación de potencia solar fotovoltaica, alcanzando los 75 GW, un 50% más que en 2015. Al frente de ese impulso está China, con 34,2 GW, seguido de Estados Unidos (13 GW), Japón (8,6 GW), Europa (6,5 GW) y la India (5 GW).
También aumentan otras formas de obtener energía capturando el calor que emana del astro rey, tales como la energía solar térmica o la termosolar de concentración. Pero, en líneas generales, su avance es lento; demasiado, si lo que queremos es ir liberándonos de nuestra enorme dependencia de los combustibles fósiles. Según datos de la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA), y siendo optimistas, el Sol podría ser la fuente del 13% de la demanda energética del mundo para el año 2030, lo que de todas maneras representa un gran salto si tenemos en cuenta que hoy abastece tan solo un 2 % del total. ¿Será suficiente? En vista de la demanda, no lo parece.
Foto: Peter McDiarm/ Getty Images

Aerogeneradores y represas
Un técnico revisa el cableado de una turbina eólica durante las comprobaciones realizadas en el Centro Nacional Danés de Pruebas para Grandes Aerogeneradores, en Østerild, el año pasado.
Foto: Chris Ratcliffe/ Bloomberg/ Getty Images

Energías alternativas
Aunque el crecimiento de las renovables aumentará una media anual de 2,6 %, muchas voces afirman que solo con estas no se sostiene el descomunal consumo energético del mundo. ¿Estamos dispuestos a reducirlo? Mientras experimentos científicos como el ITER buscan producir a gran escala y mediante la fusión nuclear una energía segura, apenas contaminante e ilimitada, parece que por ahora, además de apostar al máximo por las energías verdes, deberemos echar mano de las otras fuentes energéticas disponibles. A la espera de un respaldo internacional que implemente una transición energética que, como ya sabemos, se contrapone a voraces intereses económicos.
Foto: Barcroft Media/ Getty Images

Problemas ambientales
El modelo energético actual es la causa de que países como China sufran repetidos episodios de contaminación ambiental extrema debido a las emisiones del tráfico urbano y de la industria y al uso del carbón, su principal fuente de energía. Recientemente han alcanzado picos jamás registrados, episodios que la gente llama airpocalypse. La OMS establece que una exposición a un nivel de PM2,5 (partículas en suspensión de menos de 2,5 micras) mayor de 25 μg/m3 de media en 24 horas es perjudicial para la salud y estima que la contaminación causará unas 900.000 muertes de aquí a 2030 solo en China. En Beijing los límites han excedido la capacidad de los marcadores: 500 PM2,5.
Foto: DepositPhotos
Redacción
24 de julio de 2018

Energía renovable para abastecer a todo el planeta
El International Energy Outlook 2016, un informe que publica cada año la Administración de Información Energética de Estados Unidos, predijo que el consumo de energía en el mundo se incrementará un 48% entre 2012 y 2040. Los sectores que más energía demandan son el de la industria, el transporte, la construcción, los servicios y la agricultura.
Aunque el uso de combustibles no fósiles aumentará más que el de los fósiles (petróleo, gas natural y carbón), estos últimos representarán más de tres cuartas partes del consumo mundial. Los efectos medioambientales de este modelo energético son la causa del cambio climático que afecta a todo el planeta y también generan, entre otras muchas cosas, episodios de contaminación extrema. En este mundo superpoblado, encontrar una manera sostenible de progresar requiere, indefectiblemente, un replanteamiento de nuestro uso de la energía.
Los pros y contras del fracking
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Los pros y contras del fracking

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Fotografías
NATIONAL GEOGRAPHIC

Energía solar

"Nevada Solar One"
Sobre un área de más de 160.000 hectáreas, el "Nevada Solar One" es un titánico proyecto erigido en el desierto, al sur de Las Vegas. 760 concentradores cilíndricos parabólicos y más de 182.000 espejos concentran los rayos del sol sobre más de 18.240 tubos receptores para la obtención de energía solar. Las emisiones de dióxido de carbono que se evitarán con el proyecto equivaldrán a retirar anualmente unos 20.000 automóviles de la carretera. Es un sitio refrescante de mirar. Esta imagen es parte de un gran proyecto que documenta nuestra transición a la energía limpia y renovable.
Foto: Jassen Todorov / Smithsonian Photo Contest

Pioneros de la energía solar

Avión solar
Los pilotos suizos André Borschberg y Bertrand Piccard son pioneros del vuelo con un avión solar gracias al proyecto Solar Impulse.
Foto: Solar Impulse

Cruzar el Pacífico sin combustible
Este año consiguieron volar en su avión solar durante 5 días completos (día y noche) para cruzar de Hawaii hasta Japón sin usar ni una sola gota de combustible.
Foto: Solar Impulse

Laboratorios Nacionales Sandia, Nuevo México
Los discos solares SunCatcher de los Laboratorios Nacionales Sandia, en Nuevo México, aguardan en reposo mientras sale la luna. Cuando amanezca, cada juego de espejos girará hacia el sol, y la luz concentrada calentará un motor Stirling situado en el punto focal, lo que accionará los pistones del generador de electricidad. No hay otro sistema más eficiente para convertir los fotones en corriente alterna preparada para el suministro. La compañía Stirling Energy Systems tiene previsto instalar unos 60.000 SunCatchers en parajes desérticos entre Los Ángeles y San Diego.
Foto: Michael Melford

Solar Termoeléctrica
En la Nevada Solar One, junto a Las Vegas, el aceite que circula por las filas de reflectores absorbe el calor concentrado del sol y se calienta lo suficiente para producir el vapor que acciona una central de 64 megavatios. Muchas compañías prefieren este sistema al fotovoltaico, que es más caro.
Foto: Michael Melford
 
Solar Retro
La energía del futuro tiene un pasado. Trozos de espejos (superior) yacen bajo sus recambios en el SEGS I, la primera planta solar térmica comercial de Estados Unidos, inaugurada hace 25 años. En 1977, Carter (arriba) anunció el primer impulso gubernamental a las energías renovables. La iniciativa se estancó tras dejar Carter la presidencia y caer el precio del petróleo.
Foto: Michael Melford

San Bernardino, California, Estados Unidos
Sólo la sombra fugaz de unas pocas nubes y el paso de un tren alteran la paz de una llana extensión de desierto, en el condado californiano de San Bernardino, donde Stirling Energy Systems tiene previsto instalar unos 30.000 captadores de luz solar (SunCatchers). En las pruebas realizadas en los Laboratorios Nacionales de Sandia, en Nuevo México, los dispositivos establecieron un récord de eficiencia, al transformar el 31,25 % de la luz solar incidente en corriente alterna. Algunas células fotovoltaicas de última generación ofrecen una eficiencia inicial aún mayor, pero se quedan atrás cuando la corriente continua que generan se convierte en corriente alterna, lista para el suministro.
Foto: Michael Melford

Leyes sostenibles
Para convertir un espacio inutilizado en fuente de energía para 1.300 hogares, los operarios de la compañía Southern California Edison instalan unos 33.000 paneles fotovoltaicos sobre 5,6 hectáreas de tejados de almacenes industriales cerca de Los Ángeles. Las leyes de California obligan a las compañías eléctricas a generar un 20 % de su producción a partir de energías renovables, antes de 2010.
Foto: Michael Melford
 
Energía eólica
Molino de viento
Foto: Francis Cormonn

Huerto eólico, Téxas Estados, Unidos

Viento en popa
Ramón Larramendi: “En ocasiones la gente nos pregunta si podemos ir muy rápido pero de hecho, nuestra principal preocupación es no ir demasiado rápido. El problema es precisamente como controlar esta energía y aprovecharla adecuadamente ya que en realidad nos sobra. Esto nos demuestra el increíble potencial que tiene la energía eólica”.
Foto: Tierras Polares

El trineo de Larramendi: noveno prototipo
El noveno prototipo, se utilizó la última expedición a Groenlandia en 2014. Una de sus innovaciones,  atendiendo a su objetivo último, consistió en rebajar el peso del vehículo para que pudiera cargar con más material científico. Expertos en diseño testaron nuevos materiales más resistentes, flexibles y menos pesados para los travesaños. Con un total de 9 metros de largo por 2,80 de ancho, este prototipo constaba por primera vez de tres módulos. 
Foto: Tierras Polares

Veleros de hielo
A lo largo de todo el siglo XX se continuó intentando mejorar los trineos. Los exploradores sabían que debían aprovechar la geografía llana del interior de los territorios polares y los fuertes vientos para convertirlos en una especie de pseudo-barcos, por lo que desde comienzos de la década de los 70 hubo varios proyectos para convertir los trineos en pequeños veleros de hielo. Con ello no sólo se adquirió velocidad, sino que también se hacía innecesario llevar perros, evitando problemas con los animales y el sobrepeso que suponía su alimentación. 
Foto: Tierras Polares

La respuesta está en el viento
Un operario prepara el aspa de una turbina eólica para la fase de pintado en una fábrica de Siemens en Dinamarca. Con 75 metros de largo, estas aspas huecas de resina y fibra de vidrio son casi tan largas como la envergadura de un gran avión comercial. Un solo aerogenerador instalado en el mar del Norte puede suministrar electricidad a 6.000 hogares alemanes.
Foto: Luca Locatelli

Apuesta por la energía eólica
Los aerogeneradores rodean una central térmica de carbón próxima a Garzweiler, en la Alemania occidental. Las energías renovables generan hoy el 27 % de la electricidad del país, cuando hace un decenio la cifra era del 9 %. Con el tiempo acabarán reemplazando al carbón, pero antes Alemania clausurará todas sus centrales nucleares.
Foto: Luca Locatelli

Futuros parques eólicos
A casi 90 metros por encima del mar del Norte y a más de 50 kilómetros de la costa alemana, un ingeniero trabaja en un aerogenerador operado por la compañía danesa Dong Energy. En aguas alemanas del mar del Norte y del mar Báltico ya hay 19 parques eólicos en funcionamiento o en fase de construcción.
Foto: Luca Locatelli

La respuesta ciudadana
Ciudadanos particulares han financiado la mitad de las inversiones alemanas en energías renovables desde que una ley las hizo rentables. En las afueras de Feldheim, un grupo visita el parque eólico. El parque vende electricidad a la red eléctrica nacional, pero también abastece a la red municipal que hace autosuficiente a este pequeño pueblo alemán.
Foto: Luca Locatelli
NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
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