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martes, 31 de agosto de 2021

UN CONFLICTO DE MÁS DE UN SIGLO: La expulsión de los Moriscos tras la Reconquista

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., en abril de 1,609, el rey Felipe III  de España, ordenó la expulsión de los moriscos de la península hispana, una decisión drástica y precipitada que afecto a muchos reinos por que la mano de obra morisca constituía la fuerza laboral en la agricultura ..."Del estudio de los registros oficiales se estima que la medida afectó alrededor de 300.000 personas, más de un tercio de las cuales (casi 120.000) vivían en el reino de Valencia; seguido de Aragón (algo más de 60.000), Castilla (casi 45.000) y los diversos reinos del sur de la península (otras 45.000 aproximadamente). En el resto de territorios los números fueron bastante inferiores; una minoría incluso se libró de la expulsión gracias a matrimonios mixtos con cristianos...."

En 1609 el rey Felipe III decretó la expulsión de todos los moriscos de los reinos de la monarquía hispánica. La decisión fue el punto final de más de un siglo de intentos de asimilación forzosa de la población musulmana.







Foto: Pere Oromig.

Entre 1609 y 1613, alrededor de 300.000 personas fueron expulsadas de los diversos reinos de la monarquía hispánica. Se trataba de los moriscos, descendientes de la población musulmana de al-Ándalus, a los que durante varias décadas se había intentado convertir forzosamente al cristianismo en aras de la asimilación cultural.

La decisión final, tomada de forma drástica y expeditiva, estuvo motivada por el miedo del rey Felipe III a que los moriscos constituyeran una especie de quinta columna que facilitara los planes de enemigos externos, principalmente el Imperio Otomano, pero también algunos nobles hugonotes del sur de Francia y los piratas berberiscos. Las consecuencias de esta resolución apresurada tuvieron un fuerte impacto en algunos reinos de la península, donde los moriscos constituían una parte muy importante de la fuerza de trabajo.

En 1609 el rey Felipe III decidió expulsar a los moriscos por miedo a que constituyeran una quinta columna del Imperio Otomano y los piratas berberiscos

UNA ASIMILACIÓN FRACASADA

Los moriscos eran la población de raíces musulmanas que había permanecido en la península Ibérica tras la caída del reino nazarí de Granada en 1492 y que habían sido, aunque solo formalmente, convertidos al cristianismo. En un principio a los musulmanes se les había garantizado el derecho a permanecer en los territorios conquistados y a seguir practicando su religión y costumbres, cláusulas que formaban parte del acuerdo por el que el rey Boabdil accedió a rendir la capital a los Reyes Católicos.

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Sin embargo, pronto hubo sectores de la Iglesia católica que presionaron para que fueran convertidos al cristianismo y cobró fuerza la idea de cortar lazos con el pasado islámico. Tras una infructuosa campaña de evangelización, en 1502 se publicó un edicto por el que se obligaba a todos los súbditos de la Corona al bautizo, fueran o no cristianos. A esta disposición siguieron otras en los años sucesivos que limitaban la práctica de costumbres que pudieran identificarse con el Islam, como el modo de vestir y el uso de la lengua árabe. Estas medidas pretendían forzar la integración de los moriscos y, aunque en apariencia tuvieran un cierto éxito, era común que los convertidos simplemente guardaran las apariencias y siguieran practicando sus costumbres de forma discreta.

Por otra parte, las medidas dieron pie a muchos abusos de poder por parte de las autoridades. En 1526, Carlos de Habsburgo visitó Granada y recibió a una delegación de notables moriscos, los cuales le presentaron una lista de agravios cometidos por funcionarios reales y eclesiásticos. El emperador tenía en aquellos momentos una guerra abierta en Italia y lo último que deseaba eran más problemas en los reinos hispánicos, a los cuales necesitaba militarmente; por ello, acordó una suspensión provisional en la aplicación de las medidas de conversión.

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PUNTO DE RUPTURA

Este delicado equilibrio se tambaleó en varias ocasiones debido a las revueltas moriscas, la más importante de las cuales fue la de las Alpujarras, en el reino de Granada, entre 1568 y 1571. Su origen estaba en la Pragmática Sanción decretada por Felipe II en 1567, que restauraba y endurecía las medidas de conversión. Los sublevados llegaron incluso a proclamar un “rey de los moriscos”, un noble granadino de nombre Abén Humeya, al que sin embargo pronto asesinaron por su talante despótico.
La rebelión de las Alpujarras fue sofocada, pero supuso un punto de ruptura. La idea de expulsar a los moriscos, que durante décadas había planeado sobre los sucesivos soberanos, se convirtió en un debate de primer orden. Además, la convivencia se había deteriorado gravemente a raíz de la insurrección, durante la cual fueron asesinados cristianos: estos empezaron a ver a los moriscos con profunda desconfianza y a presionar a favor de su expulsión, algo que también reclamaban -incluso desde antes- los marineros y habitantes del litoral, sometidos a la amenaza de piratas y corsarios que atacaban los barcos y las poblaciones costeras, ayudados por moriscos según las sospechas.

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Para el rey existían otros dos motivos de gran preocupación: el avance del Imperio Otomano y la piratería berberisca. Los moriscos eran vistos, especialmente después de los sucesos de las Alpujarras, como una quinta columna dispuesta a facilitar cualquier ataque que pudiera perjudicar a los reinos de la monarquía hispánica o a la propia Corona. Las sospechas no eran infundadas, ya que durante la rebelión habían pedido ayuda al sultán otomano y al de Marruecos; a la alianza se habían adherido incluso algunos nobles hugonotes del sur de Francia, que habrían recuperado el reino de Navarra a cambio de su apoyo.

Si la expulsión no se llevó a cabo de forma inmediata fue en gran medida por la oposición de muchos nobles, especialmente de los reinos en los que había mayor población morisca, los de Valencia y Aragón. En Granada ya se habían visto las consecuencias para la economía agraria -cuya mano de obra era en gran medida morisca- después de que, como castigo por la rebelión de las Alpujarras, los moriscos fueran deportados a Castilla y repartidos en núcleos reducidos para evitar que pudieran organizar una nueva insurrección. A los nobles, además, la medida les supondría perder buena parte de sus súbditos -en Valencia sumaban hasta un tercio de la población- y habría tenido graves repercusiones económicas debido a la caída drástica de los impuestos recaudados.

La expulsión no se llevó a cabo de forma inmediata por la oposición de muchos nobles, puesto que supondría una drástica pérdida de impuestos y de mano de obra

Debido a esta oposición, durante el resto de su reinado Felipe II se contentó con endurecer las medidas contra la población morisca. Su hijo y sucesor, Felipe III, continuó esta política en la primera década de su reinado, que comenzó en 1598. Sin embargo, en abril de 1609 cambió radicalmente de postura y dispuso que todos los moriscos fueran expulsados de los reinos de la península. Tan drástico cambio de rumbo vino dictado porque su valido, el duque de Lerma, encontró la fórmula para vencer las reticencias de la nobleza: todos los bienes muebles de los moriscos les serían expropiados y pasarían a manos de sus señores como “compensación” por las pérdidas económicas causadas.

LA EXPULSIÓN Y SUS CONSECUENCIAS

El edicto de expulsión era de una extrema dureza y urgencia: desde su promulgación, los moriscos disponían de tres días para embarcar en las naves españolas que los llevarían a la Costa Berberisca. Sólo podían conservar las posesiones que pudieran llevar consigo y se les prohibía vender sus bienes muebles para evitar la expropiación. Además, expirado el plazo para embarcar, si todavía no se habían marchado podían ser asaltados y robados sin consecuencias penales para sus atacantes.

Los moriscos fueron obligados a embarcar en las naves españolas que los llevarían a la Costa Berberisca. Sólo podían conservar las posesiones que pudieran llevar consigo y se les prohibía vender sus bienes muebles

Los que vivían en los reinos de Valencia fueron los más perjudicados, al ser expulsados ese mismo año sin previo aviso. A lo largo de 1610 les siguieron los de la mayoría de reinos salvo el de Murcia, en cuyo caso se paralizó la orden debido a los informes que aseguraban su sincera conversión al cristianismo, incluso con demostraciones públicas como procesiones y fiestas cristianas; a pesar de ello, también fueron expulsados en 1613.

Del estudio de los registros oficiales se estima que la medida afectó alrededor de 300.000 personas, más de un tercio de las cuales (casi 120.000) vivían en el reino de Valencia; seguido de Aragón (algo más de 60.000), Castilla (casi 45.000) y los diversos reinos del sur de la península (otras 45.000 aproximadamente). En el resto de territorios los números fueron bastante inferiores; una minoría incluso se libró de la expulsión gracias a matrimonios mixtos con cristianos.

Uno de los motivos de la medida había sido acabar con la piratería berberisca y la amenaza otomana, pero el efecto fue justo el contrario

Para la Corona, la expulsión de los moriscos suponía quitarse de encima un conflicto que llevaba más de un siglo arrastrando, pero las consecuencias de la decisión no fueron menores. Como se había temido, se produjo una grave crisis agrícola: aunque se intentó suplir el vacío con mano de obra cristiana, los nuevos agricultores no tenían un conocimiento profundo de las técnicas de regadío que se habían desarrollado en época andalusí, por lo que en muchos lugares se cambió el tipo de cultivo, lo que a su vez tuvo repercusiones en la economía y en los impuestos.

Además, si uno de los motivos de la medida había sido acabar con la piratería berberisca y la amenaza otomana, el efecto fue justo el contrario. Muchos moriscos se unieron a las tripulaciones corsarias, alentados por el resentimiento de haber sido expulsados de sus tierras. Otros se instalaron en Estambul o en Túnez, aportando los conocimientos de agricultura desarrollados en al-Ándalus y mejorando la productividad de los cultivos. A la postre, la expulsión terminó en parte beneficiando al enemigo del que la Corona española se había querido librar.



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Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

EL SOLDADO QUE SE CONVIRTIÓ EN ESCRITOR: La vida aventurera de Miguel de Cervantes Saavedra..

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., sabía usted que Miguel de Cervantes, se le agregó el apellido Saavedra por ser manco del brazo izquierdo, este ingenioso escritor fue un guerrero que participó en la batalla de Naupacto (Grecia), ciudad conocida también como Lepanto, allí perdió el uso de la mano izquierda por que le atravesó una bala el nervio.
Miguel de Cervantes, tuvo una vida muy azarosa, donde estuvo 5 años de esclavo en Argel, que salió pagando una cuantiosa fortuna por su rescate, y estando en España no terminaron sus problemas, que estando en la cárcel de Sevilla en 1,597, escribió una obra que se convertiría más famosa de la literatura universal : El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, .... siga leyendo...  






Miguel de Cervantes Saavedra es uno de los nombres más importantes de la literatura española. Pero más allá de las letras, tuvo una vida aventurera en la que no faltaron batallas, cautiverios y fugas.








Foto: CC Augusto Ferrer-Dalmau Nieto.

En 1569, el rey Felipe II emitió una orden de captura contra Miguel de Cervantes, que entonces contaba veintipocos años. La acusación era la de haber herido en duelo a otro hombre y Cervantes, no queriendo dar con sus huesos en la cárcel, escapó a Italia. Allí obtuvo la protección del cardenal Giulio Acquaviva y, poco más tarde, empezó una nueva vida como soldado junto con su hermano menor Rodrigo, que se unió a la misma compañía que él.

EL MANCO DE LEPANTO

El expansionismo otomano era en aquel momento un motivo de gran preocupación en toda la Europa cristiana. En 1571 se creó la Liga Santa, una coalición militar auspiciada por el papado para hacer frente a los turcos; el 7 de octubre de ese mismo año, seiscientas naves entraron en combate en Naupacto (Grecia), ciudad conocida también como Lepanto y que daría nombre a una de las batallas navales más famosas de la historia.

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Haber participado en la batalla de Lepanto fue siempre uno de los mayores orgullos de Cervantes, que la definió como “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”, a pesar de que en ella perdió el uso de la mano izquierda cuando una bala le seccionó un nervio. Por ello se ganó el apodo de “manco de Lepanto” y él mismo, cuando se dedicó a la escritura, añadió a su apellido el de “Saavedra”, que en dialecto argelino significa precisamente “manco”.

El almirante Álvaro de Bazán, uno de los principales comandantes de la flota, alabó a Cervantes por su valentía, ya que combatió aun estando “malo y con calentura”, es decir enfermo. El haber perdido el uso de una mano no fue un impedimento para que, a los pocos meses de la batalla, se reincorporara al ejército y participara en otras tantas batallas. Pero en septiembre de 1575, durante el viaje de regreso a casa desde Nápoles, sucedió algo que iba a cambiar de nuevo su vida.

Haber participado en la batalla de Lepanto fue siempre uno de los mayores orgullos de Cervantes, a pesar de que en ella perdió el uso de la mano izquierda

A la altura del Golfo de Roses, en el litoral catalán, la galera en la que viajaban los dos hermanos Cervantes fue capturada por una flotilla musulmana y llevada a Argel. Miguel, que tenía consigo una carta de recomendación de Juan de Austria -hijo ilegítimo del emperador Carlos V y comandante de la armada cristiana que había combatido en Lepanto- fue tomado por un personaje importante y capturado con la expectativa de recibir un cuantioso rescate por él.

Cervantes pasó cinco años en Argel como esclavo, mientras su familia intentaba reunir los quinientos escudos de oro que pedían como rescate. Durante este tiempo intentó organizar cuatro fugas junto con sus compañeros y su hermano, todas infructuosas; con cada fracaso se intensificaba la vigilancia sobre él y sus condiciones de cautiverio empeoraban, pero eso no le hacía desistir de volver a intentarlo.

Cervantes pasó cinco años en Argel como esclavo y organizó cuatro tentativas fallidas de fuga

Después del primer intento de fuga su familia consiguió al menos parte del rescate, suficiente para liberar a su hermano: Rodrigo volvió a casa, no sin antes pactar con Miguel un plan para liberarlo a él enviando una nave a la cosa argelina para recogerlo en una cueva; pero la nave fue apresada y el segundo intento de fuga terminó mal también. El tercero y el cuarto fracasaron incluso antes de empezar, uno porque el mensajero que debía solicitar ayuda española fue preso y el otro porque el mercader sobornado le traicionó y reveló el plan.

En 1580 le llegó finalmente la libertad mediante el pago del rescate por parte de los miembros de la Orden de la Santísima Trinidad, que entre otras cosas se ocupaba de la liberación de cautivos cristianos mediante donaciones y colectas. En octubre de aquel año pudo regresar a casa junto con otros prisioneros liberados.

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Cervantes, el escritor aventurero que creó el Quijote

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NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA

A pesar de los problemas personales que le había supuesto su cautiverio, Cervantes supo aprovechar en cierta medida esos cinco años de cautiverio y usarlos de inspiración para algunas de sus obras, como Los baños de Argel y Los tratos de Argel, que transcurren precisamente en la ciudad que había sido su prisión. Además, sus conocimientos de la cultura del norte de África le sirvieron para algunas misiones encomendadas por Felipe II, con las que esperaba pagar las deudas contraídas para su rescate y ganarse el favor del rey.

Tras su retorno no dejó de meterse en problemas, aunque podían parecer una nimiedad comparados con lo que había pasado. En 1597 fue a parar a la cárcel de Sevilla bajo la acusación de haberse apropiado de dinero público en las misiones encomendadas por la Corona. Fue precisamente en este segundo cautiverio cuando dio a luz la obra que lo convertiría en una de las figuras más importantes de la literatura universal: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, que se publicaría por primera vez en 1605.

En 1597 Cervantes fue preso en la cárcel de la Sevilla, donde dio a luz su obra universal, El Quijote

Cervantes se acercaba en aquel entonces a los sesenta años y ya no podía partir en busca de más emociones. A partir de entonces serían sus personajes quienes las vivirían por él, en especial aquel hidalgo venido a menos que, a pesar de su edad, no dudaría en lanzarse a los caminos a vivir aventuras, eso sí, mucho más cómicas que las que había sufrido su creador.


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Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

domingo, 8 de agosto de 2021

GUERRA CIVIL ESPAÑOLA: La multitudinaria fuga del fuerte de San Cristóbal

Hola amigos: A VEULO DE UN QUINDE EL BLOG., la guerra civil española, fue una tragedia a los intentos de establecer la república; hay un hecho histórico que sucedió en el fuerte de San Cristóbal, Pamplona,  donde estaban hacinados 2947 presos políticos, de los cuales un 22 de mayo de 1,938, todos ellos republicanos; se fugaron 795 presos, considerada como la mayor fuga de las cárceles de Europa, de los cuales solo 3 llegaron a la frontera con Francia, el resto muchos murieron abatidos por las fuerzas de la represión franquistas y regresaron a la cárcel tan solo 585 . ..... siga leyendo................

Considerada una de las mayores evasiones carcelarias de Europa, el 22 de mayo de 1938 un nutrido grupo de republicanos presos en el Fuerte de San Cristóbal logró escapar del temido penal. Tan solo tres llegaron a la frontera con Francia, y las consecuencias para el resto fueron devastadoras.







Pasillo de entrada al Fuerte de San Cristóbal, también conocido como el Fuerte de Alfonso XII. 

Foto: CC.

El 22 de mayo de 1938, y al grito de "¡Sois libres!, ¡A Francia!", daba inicio una de las fugas más multitudinarias de la historia y quizás una de las más desconocidas. Setecientos noventa y cinco presos republicanos se daban a la fuga del Fuerte de San Cristóbal, una fortaleza con funciones de penal situada al norte de Pamplona, aprovechando que era domingo y que la mayoría de los carceleros se encontraba cenando. Veamos cómo ocurrió.

PRESOS EN EL INFIERNO

El fuerte de San Cristóbal se alza en la cima del monte Ezkaba, al norte de la ciudad de Pamplona. El lugar, que tardó cuarenta años en levantarse, fue construido como una fortaleza durante las guerras carlistas. En 1934 fue reconvertido en prisión, y durante la guerra civil albergó a presos de todo tipo, la mayoría de ellos republicanos (un total de 2.497). El fuerte de San Cristóbal estaba considerado uno de los centros penitenciarios más duros de la Península. En una entrevista concedida a la Agencia Efe, el vocal de La Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra, Ángel Urío, narraba la dureza de las condiciones de vida en el penal, que eran extremadamente difíciles, ya que los presos sufrían una "mala alimentación, enfermedades, mucha humedad, frío y un hacinamiento espantoso".

Las condiciones de vida en el penal eran extremadamente difíciles, ya que los presos sufrían una 'mala alimentación, enfermedades, mucha humedad, frío y un hacinamiento espantoso', según Ángel Urío.

Ese domingo 22 de mayo había muy pocos militares en el fuerte, y los pocos que había se hallaban desarmados y se disponían a cenar. Fue entonces cuando una treintena de presos (que usaban el esperanto para comunicarse) aprovecharon para intentar huir. Consiguieron desarmar a muchos de los guardias y hacerse con sus armas; durante la refriega, solo uno de los guardias opuso resistencia y perdió la vida. Pero recelando de lo fácil que estaba resultando todo, muchos de los presos, que vieron las puertas de sus celdas abiertas, pensaron que era una trampa de los funcionarios para matarlos una vez las cruzasen. En un artículo del diario El País publicado el 21 de octubre de 2007 se recoge el testimonio de varios de los presos de San Cristóbal. Uno de ellos, Ernesto Carratalá, que en 2007 tenía 89 años, dijo lo siguiente: "El desconcierto era total. Había rumores, pero nunca pensamos que la fuga fuera a llevarse a cabo. Cada uno tiró por su lado; algunos, que incluso pensaron que se había terminado la guerra, fueron directos a la estación de tren de Pamplona y trataron inocentemente de comprar un billete con los vales de la prisión. Naturalmente, los detuvieron enseguida. Yo calculo que estuve unos 15 minutos corriendo desorientado por el monte hasta que oí claramente el toque de trompeta de las fuerzas que venían de refuerzo desde Pamplona, así que decidí regresar a la prisión. Para cuando llegaron los refuerzos militares de Pamplona, yo estaba en mi sitio de siempre".


UN PROFUNDO FOSO RODEABA LOS LÍMITES DEL FUERTE DE SAN CRISTOBAL, DIFICULTADO TANTO EL ACCESO COMO LA HUÍDA.

Foto: CC

UNA CACERÍA HUMANA

Tras la fuga, las noticias llegaron a Pamplona y las autoridades franquistas enviaron enseguida refuerzos al penal con la intención de dar caza a los fugados. Varios camiones militares equipados con reflectores consiguieron abortar parte de la fuga y capturar a un gran número de evadidos. De inmediato empezaron las batidas para detener al resto de huidos, unos 795, que se lanzaron desesperadamente hacía la montaña, descalzos y mal vestidos, en dirección a la frontera francesa. Los presos eran perseguidos sin tregua y abatidos uno a uno, aunque algunos fueron detenidos de nuevo y pudieron salvar la vida. En el mismo artículo del diario El País, otro de los antiguos presos, Félix Álvarez, recordaba: "Las tropas nos perseguían a tiros por el monte, nos iban matando como a conejos, al que veían lo mataban, así que nos fuimos dividiendo y dividiendo, y al final íbamos dos gallegos y yo, que soy de León, juntos. No sabíamos dónde estaba Francia. Por la noche avanzábamos y por el día permanecíamos agazapados, hasta que ya no aguantamos más el hambre y nos arriesgamos de día. Llegamos a un pueblo, Gascue-Odieta, y una mujer avisó a los militares. Vinieron a por nosotros, pero, antes de devolvernos al fuerte, la señora nos dio el mejor manjar que he probado en mi vida, un plato de sopa, ¡con fideos!".

Unos 795 presos se lanzaron desesperadamente hacía la montaña, descalzos y mal vestidos, en dirección a la frontera francesa. Eran perseguidos sin tregua y abatidos uno a uno, aunque algunos fueron detenidos de nuevo y pudieron salvar la vida.

De los 795 hombres que lograron fugarse de San Cristóbal, solo tres pudieron llegar a la frontera francesa; el resto, 585, fueron apresados de nuevo, y los demás fueron abatidos en el monte o fusilados posteriormente. Algunos fugados fueron muy difíciles de capturar. Por ejemplo el último de ellos, que recibió el apodo de "Tarzán", ya que sobrevivió durante un tiempo alimentándose a base de ranas y cangrejos de rio. Los prisioneros muertos fueron enterrados en poblaciones vecinas, en fosas comunes, pero el flujo de cadáveres era tal, que sus habitantes al final se negaron a recibir más cuerpos. Entonces las autoridades habilitaron cerca del fuerte un cementerio conocido como "el cementerio de las botellas", ya que cuando un preso era enterrado el sacerdote o bien el enterrador le colocaba una botella entre las piernas con su nombre, apellidos y procedencia. En ese cementerio fueron enterrados 131 presos.

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MUERTOS POR LA LIBERTAD

La multitudinaria fuga cogió por sorpresa al por entonces jefe de la guarnición, el alférez Manuel Cabeza, que había decidido pasar una tarde que en principio se preveía muy aburrida en Pamplona. Su negligencia le costó cara: veinte meses de cárcel. Pero, al final, fue sometido a un Consejo de Guerra en enero de 1945 y absuelto de todos los cargos. Las autoridades justificaron la elevada cifra de muertos alegando "su resistencia a ser capturados, por desobedecer las intimidaciones de la fuerza pública o hacer armas contra ella. La temeridad de la intentona y la fatalidad de los hechos producto de los combates entablados durante su busca y captura". Catorce de los diecisiete impulsores de la fuga fueron fusilados en pleno centro de Pamplona. Uno de los procesados que se libró de la pena capital apareció descrito en el sumario de la causa como un "psicópata inadaptado a la sociedad civil, débil mental". Este joven se llamaba Gregorio Morata Gómez, tenía diecinueve años y era deficiente mental.


EN EL MONTE EZCABA, CERCA DEL ANTIGUO FUERTE DE SAN CRISTÓBAL, SE YERGUE ESTE MONUMENTO QUE RECUERDA LAS VÍCTIMAS DE LA DESASTROSA FUGA. EN LA LOSA PUEDE LEERSE: 'POR LA LIBERTAD Y POR LA REPÚBLICA DIERON LA VIDA'.

Foto: CC.

Uno de los procesados que se libró de la pena capital apareció descrito en el sumario de la causa como un 'psicópata inadaptado a la sociedad civil, débil mental'. Este joven se llamaba Gregorio Morata Gómez, tenía diecinueve años y era deficiente mental.

Al final, solo fueron tres los presos que consiguieron llegar a Francia, y de ellos solo se ha podido seguir la pista de uno, José Marinero Sanz, que murió en México, donde se casó y tuvo tres hijas. De los otros dos fugados que lograron cruzar la frontera nunca más se supo. El desenlace fue tan trágico que algunos de los huidos, como dijo Félix Álvarez en el artículo de El País, se arrepintieron amargamente: "No nos teníamos que haber fugado. Salimos sin provisiones, muy débiles, sin conocer la zona. Fue un error, pero nos estaban matando de hambre y de frío". El malhadado penal fue clausurado en el año 1945, siendo abandonado definitivamente por el ejército en 1987. A día de hoy sigue cerrado y es propiedad del Ministerio de Defensa. En 1988, cincuenta años después de la fuga, se erigió un monumento en una de las laderas donde se recuerda a todos aquellos presos que cayeron en busca de su libertad.


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Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

sábado, 7 de agosto de 2021

CURIOSIDADES DE LA HISTORIA: EPISODIO 63: El día a día de Carlos III, el rey ilustrado

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la vida de algunos monarcas europeos, era muy simple, tal como sucedió con el rey Carlos III de España, quien tenía una rutina diaria que la cumplía escrupulosamente, fue poco amante del boato, de las grandes fiestas, solía usar la misma ropa, y cuando tenía que cambiarse para ceremonias especiales, terminada la faena, agradecía a Dios, sacarse aquellas ropas.
Nunca mostró afición por la música, o la literatura, aunque la bibliografía lo califican con Carlos III el Rey Ilustrado, su única afición fue la caza, gobernó por 29 años.  .... sigamos leyendo...........


Poco amante del boato y las ceremonias, Carlos III siguió una rutina diaria invariable durante los casi treinta años que se mantuvo en el trono.








FOTO: Album.

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"Primero Carlos que rey". Con esta conocida frase le gustaba a Carlos III recordar que, pese a todos los oropeles que rodeaban a los monarcas en el siglo XVIII, él nunca olvidaba que era un hombre como los demás. Así lo demostró a lo largo de los 29 años que fue rey de España (y los 25 que lo fue en Nápoles y Sicilia). En efecto, pocos monarcas mostraron en su vida diaria tan escaso gusto por el boato, las ceremonias y las diversiones de corte como Carlos III.

Ese talante se manifestaba ya en su vestuario. Como explica el conde de Fernán-Núñez, un ministro del rey que escribió una muy interesante Vida de Carlos IIIno sólo "su vestido era el más sencillo y modesto", sino que incluso se resistía a renovarlo y aguantaba tanto como podía con las mismas prendas. "Estrenar vestido, zapatos o sombrero nuevo era para Su Majestad un martirio, y antes que se determinase a tomar el sombrero nuevo estaba éste a veces ocho días al lado del viejo, del que poco a poco se iba desprendiendo". Tampoco le gustaban los vestidos de gala, hasta el punto de que cuando tenía que ponérselos para alguna ceremonia, al volver a su habitación se los quitaba con alivio diciendo: "Gracias a Dios".

Su carácter sencillo y escrupuloso hizo que al subir al trono decidiera mantener unas costumbres diarias fijas, que se repetían todos los días del año y allí donde estuviera. Cada jornada estaba pautada por el reloj. "Nunca se adelantaba ni atrasaba un minuto la hora que daba para cada cosa", escribió el mismo Fernán-Núñez, quien en su Vida explica con todo detalle el desarrollo de la jornada del rey.

A las 6 de la mañana entraba a despertar al rey su ayuda de cámara favorito, Almerico Pini. El monarca se aseaba, se vestía y rezaba durante un cuarto de hora. Para desayunar, a las 7, tomaba una taza de chocolate, mientras conversaba con los médicos, cirujanos y boticarios. Cuenta Fernán-Núñez que "cuando había acabado la espuma, entraba en puntillas con la chocolatera un repostero antiguo, llamado Silvestre, que había traído de Nápoles, y como si viniera a hacer algún contrabando, le llenaba de nuevo la jícara, y siempre hablaba Su Majestad con este criado antiguo". Tras el desayuno, Carlos III se bebía "un gran vaso de agua; pero no el día que salía por la mañana, por no verse precisado a bajar del coche".

Luego el rey iba a misa y a continuación se encerraba en su despacho para trabajar en los asuntos de Estado, desde las 8 hasta las 11. Carlos III quiso cumplir siempre con sus obligaciones como soberano y vigilaba que sus ministros hicieran lo propio. Como en una ocasión expresó su esposa, María Amalia de Sajonia: "Los secretarios se hallan todos llenos de terror y trabajan como fieras, más hacen en una semana que antes en seis meses". Por otro lado, por razones de economía, Carlos redujo la nómina de criados de corte e incluso fusionó las Casas del Rey y de la Reina a la muerte de su esposa, ocurrida apenas un año después de llegar a España a causa de la tuberculosis.

A las 11 de la mañana, el rey recibía la visita de sus hijos y luego del confesor, así como del presidente del Consejo de Castilla y algún ministro. En una sala especial recibía a los embajadores. Luego llegaba el momento de tomar el almuerzo, que en las cortes reales de la época constituía toda una ceremonia. Felipe V, el primer Borbón en el trono español, había instituido la norma de que toda la familia real se reuniera para tomar idéntico menú en presencia de la corte. Carlos III, al quedar viudo, comía solo, pero en público. Un viajero inglés, el mayor Whiteford Dalrymple, contempló en 1774 la refección palaciega: "Toda la familia real come en público, pero cada uno separadamente; es de etiqueta el ir a hacer su corte en cada habitación durante las comidas [...] La última visita es para el rey [...] En la comida, los pajes traen los platos y los presentan a un oficial que los coloca sobre la mesa, mientras otro gentilhombre se mantiene cerca del rey para verter el vino y el agua, que prueba, y los presenta después de rodillas [...] El inquisidor mayor está también al lado del rey, un poco más lejos; y el capitán de los guardias, de cuartel, está al otro lado; los embajadores forman un círculo cerca de él".

Frente a la mesa, el rey se comportaba siempre igual. "Aunque comía bien –dice Fernán-Núñez–, porque lo exigía el continuo ejercicio que hacía, era siempre cosas sanas y las mismas. Bebía dos vasos de agua templada, mezclada con vino de Borgoña, a cada comida, y su costumbre era tal en todo, que observé mil veces que bebía el vaso (que era grande) en dos veces, y la una llegaba siempre al fin de las armas que había grabadas en él».

Después del almuerzo dormía la siesta, pero sólo en verano, porque en ningún caso podía dejar que cayera la tarde sin salir a cazar, su gran pasión. Esta afición la tenía desde pequeño y nunca la abandonó. Todos los días del año –excepto Viernes Santo– se adentraba junto a sus cortesanos por los inmensos terrenos de caza de los Sitios Reales (Aranjuez, La Granja de San Ildefonso, El Escorial), o bien, cuando estaba en Madrid, en la Casa de Campo y El Pardo. La caza era prácticamente la única diversión de Carlos III, dado que no mostró nunca interés por la música, el teatro o la literatura. Le servía para distenderse e incluso como remedio psicológico para evitar las depresiones que afectaron a su padre, Felipe V, y a su hermano, Fernando VI. En cambio, no puede decirse que hiciera mucho ejercicio físico, pues se limitaba a apostarse en un lugar desde el que disparaba cómodamente a los jabalíes y venados que los ojeadores conducían hasta su posición.

De vuelta a palacio, y no sin antes contar las presas cobradas durante la jornada de caza, Carlos III visitaba a sus hijos y nietos, atendía nuevamente el despacho y, si le quedaba un rato, se entretenía jugando al revesino (un popular juego de naipes). A diferencia del almuerzo, tomaba la cena en privado, a las nueve y media. Fernán-Núñez cuenta que "cenaba siempre una misma cosa, su sopa; un pedazo de asado, que regularmente era de ternera; un huevo fresco; ensalada con agua, azúcar y vinagre, y una copa de vino de Canarias dulce, en que mojaba dos pedazos de miga de pan tostado y bebía el resto".

Terminaba con un plato de rosquillas cubiertas de azúcar y otro de fricasé (carne frita, después guisada), que solía repartir entre los perros que pululaban alrededor de su silla. Durante la cena, que duraba entre 15 y 20 minutos, el rey repetía siempre un curioso gesto: tras beberse el huevo, cogía la cucharilla y la lanzaba contra la huevera de forma que se quedara clavada en la cáscara. El gentilhombre de cámara debía retirar el plato con sumo cuidado. Por último, el monarca se retiraba a la cámara particular, donde rezaba unos minutos, se ponía el camisón, recordaba en voz alta la hora de despertarse a la mañana siguiente y se dormía.

Esta rutina se mantenía inalterable incluso cuando el rey viajaba a los Reales Sitios. En El Pardo estaba desde el 7 de enero hasta la víspera de Semana Santa, en que regresaba a Madrid. El primer miércoles después de Pascua salía a las 7 de la mañana hacia Aranjuez, donde residía hasta fines de junio. Volvía a la capital, y a mediados de julio marchaba a La Granja de San Ildefonso parando un día en El Escorial. En La Granja permanecía hasta principios de octubre, de donde pasaba a San Lorenzo y luego a Madrid. El rey mantuvo estas costumbres prácticamente hasta el final. "Qué, ¿creías que había yo de ser eterno? Es preciso que paguemos todos el debido tributo", dijo a un ministro en su lecho de muerte.

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