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domingo, 14 de septiembre de 2025

Los grandes barcos de guerra de Roma: Águilas del mar: la marina de guerra romana

 Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, nos entrega un reportaje sobre los grandes barcos de guerra del Imperio Romano, cuyos soldados fueron grandes guerreros cuando luchaban en tierra, pero nunca sintieron la misma pasión en las guerras que se enfrentaron en el mar, aún así lograron grandes victorias contra ejércitos más poderosos, tal como la batalla de Actium... siga leyendo....................


Los romanos eran fieros soldados cuando luchaban en tierra, pero nunca sintieron la misma pasión guerrera en el mar. Aun así, adaptaron la flota y las tácticas a su carácter y consiguieron grandes victorias ante potencias navales mucho mayores.


Dos naves de guerra en combate en un fresco del santuario de Isis de Pompeya.

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Mientras fenicios y griegos surcaban el mar con el fin de fundar colonias y establecer sólidas rutas comerciales, los romanos prefirieron vertebrar la tierra construyendo innumerables calzadas que conectaban cada uno de los puntos de su vasto territorio. Quizá por el miedo a lo desconocido y a lo inesperado, los romanos sintieron repulsión hacia el mar. 

Ejemplo de esta actitud son las palabras de un soldado a Marco Antonio antes de la batalla de Actium: «¿Por qué pones tus esperanzas en unos maderos podridos? Que combatan en el mar egipcios y fenicios. A nosotros danos tierra, en la que estamos acostumbrados a mantenernos firmes hasta morir o vencer». Las conquistas pusieron en manos de Roma todas las orillas del Mediterráneo, convertido en el Mare Nostrum («nuestro mar»), y aunque los romanos no sintieron apego al agua, muchas de las grandes contiendas de su historia se decidieron en el mar. 

En sus inicios, el poderío militar romano se basó en una formidable infantería; los pocos barcos que tenía Roma los empleaba en hacer frente a posibles ataques externos y en labores de vigilancia, por lo que no consideraba necesario tener una escuadra en condiciones. Este desprecio por la guerra marítima se hizo evidente en el año 338 a.C., después de la victoria contra el pueblo latino de Ancio, que tenía una pequeña flota. Los romanos no supieron qué hacer con esas naves y decidieron llevar una parte a sus astilleros e incendiar el resto. Una vez desmontados los barcos, se quedaron los espolones como trofeo y los incrustaron en la tribuna principal del Foro; de ahí el nombre de ese espacio: Rostra, «espolones».


Legionarios listos para el combate en galeras equipadas con torres de combate. Relieve de la batalla de Actium encontrado en Italia y hoy expuesto en la Casa de Pilatos de Sevilla.

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Tras la conquista de la península Itálica llegó el conflicto con Cartago por el control de Sicilia, y a mediados del siglo III a.C. estalló la primera guerra púnica. Los cartagineses eran un pueblo de gran tradición marítima y la superioridad púnica en el mar era evidente. Pero la mentalidad práctica romana y su habilidad para aprovechar y mejorar aquello en lo que otros pueblos eran superiores, convirtieron su defecto en una virtud. En su Historia, Polibio cuenta «de qué modo se hicieron marinos por primera vez los romanos». 

Según su relato, tomaron como modelo un barco de combate cartaginés encallado a orillas de Sicilia para construir una flota de cien quinquerremes y veinte trirremes.  «De no haber acaecido este accidente, sin duda su impericia les hubiera imposibilitado llevar a cabo la empresa», aseguraba. Pero el ingenio romano también produjo brillantes ideas originales, y para vencer a los cartagineses idearon una serie de artilugios que ajustaban las condiciones náuticas a su carácter poco propenso a actividades marítimas.



Un ‘cuervo’ para el abordaje

Si los romanos destacaban en el combate en tierra firme, lo más práctico era convertir una batalla marítima en un enfrentamiento terrestre. Así nació el corvus o «cuervo», una pasarela que se lanzaba sobre el barco enemigo y se enganchaba a él con un garfio similar al pico de aquella ave. Esto permitía a la infantería romana abordar el navío y entablar un combate cuerpo a cuerpo, en el que sus soldados eran expertos, además de capturar el barco sin hundirlo. El corvus ya demostró su eficacia en el primer combate naval de envergadura que emprendieron los romanos. En el año 260 a.C., frente a las costas de Milas (al norte de Sicilia), el cónsul Cayo Duilio derrotó contra todo pronóstico a la armada cartaginesa, capturando o hundiendo 50 barcos enemigos. Tan sonada fue esta victoria que al cónsul le fue concedido el privilegio de celebrar un triunfo en Roma. 


Columna decorada con espolones en honor al cónsul Cayo Duilio por su victoria en milas. Museo de la Civilización Romana, Roma.

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Cuatro años después, al sur de Sicilia, la eficacia militar romana volvió a ser decisiva. En la batalla del cabo Ecnomo, aunque las dos flotas estaban bastante equilibradas, Roma demostró una vez más su mayor capacidad operativa. Las cifras del enfrentamiento no dejan lugar a dudas: 198 barcos hundidos o capturados en el bando cartaginés por tan  sólo 24 de la flota romana. La guerra acabó en el año 241 a.C. con otra aplastante victoria naval romana al este de Sicilia, en las islas Egadas. Cartago perdió la mitad de su flota y tuvo que firmar la paz. 

Después de las guerras púnicas, Roma usó su armada contra los piratas y sobre todo como soporte logístico en campañas militares terrestres. Julio César, por ejemplo, empleó la flota en su conquista de las Galias cuando se enfrentó en el año 56 a.C. a los vénetos, en la actual Bretaña. Los navíos romanos estaban preparados para el tranquilo mar Mediterráneo pero no para soportar las grandes olas del océano Atlántico. 

En Leptis Magna, un importante enclave comercial del norte de África que pasó de manos cartaginesas a romanas tras las guerras púnicas, se alzan los dos arcos de triunfo de la imagen, erigidos por Septimio Severo y Antonino Pío.

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Los barcos vénetos eran más resistentes, con quillas más planas y proas más altas. Los buques romanos eran más rápidos, pero no podían embestir a los barcos enemigos ni arrojar flechas certeras, así que César –igual que había hecho Duilio dos siglos antes contra los cartagineses, en Milas– optó por emplear técnicas terrestres en el mar. Armó sus barcos con pértigas que tenían unos garfios en la punta, y con ellos destrozaron los mástiles de las naves galas facilitando su abordaje. 
Un año más tarde, recurrió de nuevo a la flota en su primera expedición a Britania (la isla de Gran Bretaña). La escena que describe César evoca otro episodio ocurrido dos mil años más tarde al otro lado del Canal: el desembarco de Normandía. Los legionarios salieron de los botes a varios metros de la costa y se vieron obligados a avanzar haciendo frente al oleaje, con el peso de sus armas a cuestas; bajo una lluvia de flechas y acosados por la caballería britana. 


Batalla naval del cabo Ecnomo durante la Primera Guerra Púnica. Dibujo de Gabriel de Saint-Aubin 1763.

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El propio general reconocía en sus crónicas que sus soldados, «aterrados y no acostumbrados a este tipo de lucha, no empleaban la misma fiereza que en los combates a pie». Hasta que el portaestandarte del águila, el emblema de las legiones, se lanzó al mar gritando: «Saltad, si no queréis que el águila acabe en manos del enemigo». Estas palabras insuflaron ánimo en los legionarios, que se emplearon a fondo hasta llegar a la orilla y lograron poner en fuga a los britanos.



La batalla por el poder

El último gran escenario en el que la marina jugó un papel decisivo fue la batalla de Actium, que en el año 31 a.C. decidió la guerra civil entre Marco Antonio y Octavio, el futuro emperador Augusto. La flota de Antonio contaba con unos quinientos barcos y más de cien mil hombres y era superior a la de Octavio en número de soldados, pero no en barcos, que eran grandes octarremes y decarremes, muy difíciles de maniobrar. Esto permitió a las naves de Octavio, más pequeñas y ligeras, rodear y apresar los enormes barcos de su contrincante. El resultado final del combate fue la huida de Marco Antonio y Cleopatra a Alejandría, y la captura por parte de Octavio de unos trescientos navíos. Una victoria aplastante que decidió el curso de la guerra.

Una vez en el poder y sin grandes enemigos en el mar, Augusto adaptó la flota a la nueva situación de hegemonía absoluta de Roma y la distribuyó en pequeñas bases por los ríos que marcaban las fronteras naturales del Imperio. Estableció una escuadra permanente en Miseno y otra en Ravena, con embarcaciones ligeras: birremes y liburnas construidas a imitación de los veloces navíos piratas que debían combatir. Siglos más tarde, el Imperio romano de Oriente asumió la hegemonía de los mares y construyó barcos más pequeños, con dos velas para aprovechar el viento, que anticiparon el tipo de navío que se emplearía en la Edad Media.

NATIONAL GEOGRAPHIC 
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

martes, 25 de febrero de 2025

El gran triunfo de Augusto: La batalla de Accio: Octavio derrota a Antonio y Cleopatra

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la historia de Roma es una pasión, que la llevo grabada desde los años 1960s, cuando estudiaba secundaria en Ayabaca, y era el curso de Historia Universal mi favorito, donde mis notas eran entre 19 y 20, nadie me ganaba; tiempos de recuerdo que ahora gracias a la Revista National Geographic, acoge mi Blog., que esta vez  nos describe con lujo de detalles sobre lo que fue la Batalla de Accio o Actium, entre Octavio con su poderosa flota que representaba a Roma y la alianza de amantes Marco Antonio y la Reina de Egipto Cleopatra, quienes también exhibían una poderosa flota naval; aquí se detalla los entretelones, los preparativos, el odio engendrado contra Cleopatra que era inaceptable para los romanos los desplantes de prepotencia que exhibía Cleopatra. La fecha de la batalla fue el 02 de septiembre  del año 31 a.C. La batalla culminó con la derrota absoluta de Marco Antonio y Cleopatra que huyeron y terminaron suicidándose. Las consecuencias de esta batalla, dio origen a que Cayo Julio César Octavio, más conocido como Octavio, se proclamara Emperador de Roma con el nombre de Augusto, esto fue en el año 27 a.C. ... siga leyendo esta apasionante historia................

El combate naval librado en la costa de Grecia en 31 a.C. puso fin a los sueños de grandeza de Marco Antonio y Cleopatra y abrió el camino del poder absoluto a Octavio Augusto, el primer emperador

La batalla de Actium recreada en un óleo obra de Lorenzo A. Castro. Siglo XVII. Museos Reales, Greenwich.

Wikimedia Commons


Mapa de la Batalla de Accio o Actium,
batalla de Accio

Hay batallas memorables porque significaron momentos decisivos de la Historia, porque en ellas el éxito de unos combatientes y el fracaso de sus contrarios acabó decidiendo el futuro del mundo. Así ocurrió en encuentros bélicos como los de Salamina, Gaugamela o Waterloo, y, desde luego, ése fue también el caso de la batalla de Actium, o Accio. Frente a este promontorio del oeste de Grecia, en la costa adriática, el 3 de septiembre del año 31 a.C. la flota romana de Octavio consiguió una aplastante victoria naval sobre las fuerzas de sus oponentes, Marco Antonio y Cleopatra, que se lanzaron a una desastrosa huida. El episodio determinó un renovado horizonte político y abrió el camino para la creación del Imperio Romano en favor de Augusto. 

Tres años antes había tenido lugar en el gran gimnasio de Alejandría «una manifestación teatral y arrogante de hostilidad hacia Roma», como la definió Plutarco de acuerdo con otros historiadores. En esa fastuosa fiesta, Cleopatra se había proclamado «reina de reyes», soberana de Egipto, Chipre, Libia y Celesiria; además asoció al trono a su hijo Cesarión, habido con Julio César, y concedió a sus otros hijos, los que tenía con Marco Antonio, extensos dominios: a Alejandro Helio, los reinos de Armenia, Media y Partia; a Tolomeo Filadelfo, Fenicia, Siria y Cilicia; y a Cleopatra Selene, las provincias de Cirenaica y Libia.



Los hombres fuertes de Roma. Antonio y Octavio retratados en una áureo romano del año 41 a.C., cuando ambos todavía eran aliados en la guerra contra los asesinos de César.

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Parecía anunciarse una época de esplendor para la dinastía de los Tolomeos, que, con sangre romana y bajo la protección de Antonio, regiría en el futuro todo el Oriente. Con una gran pompa, Cleopatra se presentó en su trono vestida como la diosa Isis, mientras que a su lado se erguía Marco Antonio como un nuevo Dioniso, en una procesión festiva muy al gusto alejandrino. 

En Roma, como era de esperar, tan escandalosas proclamas sonaron como el colmo de la arrogancia por parte de la pérfida reina egipcia, que otra vez desafiaba el poderío de la República, repartiendo a su gusto amplios territorios conquistados o a medio conquistar por las legiones romanas. Estimulando una xenofobia tenaz y rencorosa, la propaganda orquestada por el astuto Octavio –en la que colaboraron poetas como Propercio y Virgilio– pintaba a la reina egipcia como una lasciva seductora que había hechizado al voluble Antonio, como ya antes lo intentara con Julio César. 



CLEOPATRA, LA ENEMIGA DE ROMA 

De este modo, en el año 32 a.C., Octavio instó al Senado a declarar la guerra a Cleopatra. Para él ésta era una manera de dar al conflicto que mantenía con Marco Antonio el aire de una lucha patriótica del pueblo de Roma contra una amenaza extranjera. La alianza que ambos habían formado años atrás junto con Lépido –el llamado segundo triunvirato– se había ido resquebrajando inexorablemente, sobre todo desde que Antonio repudiara a su esposa, la bella y casta Octavia, hermana de Octavio, para unir fatalmente su destino al de la reina egipcia.

Ahora, con su maniobra, Octavio no declaraba todavía «enemigo público» a Antonio, pero lograba despojarle de su consulado para el año 31 a.C. y, a la vez, le hacía responsable de cualquier acción contra los decretos senatoriales. Si Marco Antonio se enfrentaba con su ejército a las tropas que, en nombre de Roma y el Senado, acaudillaba Octavio, se convertiría en un traidor a la patria y perdería todos sus partidarios en Italia si trataba de invadirla. 



Proclamado emperador tras la batalla de Actium, Octavio renovó el urbanismo de Roma, y en especial el Foro Romano.

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Uno y otro se lanzaron a reclutar poderosos ejércitos. Antonio contó con veteranos romanos que habían conseguido notables éxitos contra Bruto y Casio, los asesinos de César, en Filipos (42 a.C.) y se habían batido con valentía contra los bárbaros partos; a ese núcleo sumó también fuerzas de Egipto y Asia Menor. Por su parte, Octavio se hizo con un poderoso ejército romano, acrecentado con milicias de las provincias occidentales. Se dibujaba, así, un enfrentamiento entre Occidente y Oriente, entre Roma y Alejandría. Si Antonio se decía protegido por Dioniso, Octavio esperaba el favor de Apolo. El campo de batalla no sería ni Italia ni África, sino una zona intermedia de la costa de Grecia. Recordemos que en las tierras griegas, los romanos habían librado dos batallas memorables: la de Farsalia (48 a.C.), en la que César venció a Pompeyo, y la ya mencionada batalla de Filipos. 

Las fuerzas de uno y otro bando eran formidables. En el verano del año 32 a.C., Antonio trasladó el grueso de su ejército al golfo de Corinto y a la costa sur del Épiro. Disponía de unos 100.000 legionarios y 12.000 soldados de caballería, además de unos 500 navíos y los combatientes egipcios que le aportaba Cleopatra. Eran 19 aguerridas legiones y una flota tan numerosa como no se había visto desde las guerras médicas, casi cinco siglos atrás. Por su parte, Octavio reunió en Brindisi –desde donde estaba dispuesto a cruzar a la costa del Adriático– unos 80.000 soldados de infantería y unos 12.000 jinetes, así como una armada de casi 400 naves, en general de menor tamaño que los enormes barcos que llevaba Antonio, pero más ágiles, bien equipadas y con tripulaciones perfectamente adiestradas. 

UNA TENSA SITUACIÓN DE ESPERA 

La flota de Antonio se refugió en la amplia rada del golfo de Ambracia, en cuya angosta entrada se alzaba la colina de Actium, que las tropas de Antonio fortificaron de inmediato. Instalado en Patras, desde donde planeaba su estrategia, Marco Antonio permitió que el ejército de Octavio se trasladara desde Italia a la costa del Epiro, y que sus tropas, que zarparon desde el puerto de Brindisi, desembarcaran sin contratiempos en Torine e instalaran allí un campamento bien fortificado, algunos kilómetros al norte de Actium. Las fuerzas de Augusto también tomaron la cercana isla fronteriza de Corcira (Corfú), con lo que se aseguraban una buena comunicación con el sur de Italia. El gran campamento de Antonio quedaba al sur de la entrada al golfo. 


Barcos de guerra romanos en un relieve del siglo I a.C. Colección de los duques de Cardona, Córdoba.

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Durante algunos meses, la situación se mantuvo en una tensa espera, con algunas escaramuzas de escaso efecto. Durante el otoño y el invierno, los huracanados vientos de la zona impidieron un combate naval en toda regla y en verano las calmas y la falta de vientos lo hacían muy difícil. La poca acción y la demora resultaron a la larga muy perjudiciales para las tropas de Antonio concentradas en la zona, obligadas a permanecer inactivas y con problemas de abastecimiento. 

Octavio, consciente de que era más hábil como político que como estratega, dejó la dirección última de la campaña en manos de Marco Vipsanio Agripa, su fiel lugarteniente y constructor del célebre Panteón de Roma. Agripa actuó con rapidez y gran pericia táctica. Apenas acabó el invierno zarpó hacia Grecia con una rauda escuadra de galeras pequeñas y ágiles, las llamadas liburnias. 



Marco Vipsanio Agripa, el vencedor de Actium. Copia de un busto del siglo I a.C. Museo del Ara Pacis, Roma

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Se apoderó primero del puerto de Metona (cerca del cabo Ténaro, en el suroeste del Peloponeso), junto con unas cuantas naves enemigas surtidas de víveres, y conquistó luego la rocosa isla de Léucade, logrando, de este modo, cortar las comunicaciones e impedir la llegada de las provisiones que Antonio esperaba recibir de Egipto. Más tarde, Agripa conquistó Patras y Corinto. Con estos movimientos dejaba asediado al ejército de Antonio, que pronto sufrió las penalidades del desabastecimiento, mientras su gran flota, inmovilizada en la rada de Ambracia, soportaba en un ambiente pantanoso los rigurosos calores del verano. 

UN EJÉRCITO DESMORALIZADO 

En el campamento de Antonio, la situación y la moral de la tropa no hacían sino empeorar. Algunos de sus generales, como Canidio, eran partidarios de levantar el campamento y marchar hacia el norte, hacia Tracia, buscando una batalla por tierra y rehuyendo el gran riesgo de un encuentro naval. Alegaban que sus tropas habían probado su valor en la lucha campal a las órdenes de Antonio y desconfiaban de un choque en el mar ya que eran inexpertos en esos combates. Cleopatra, sin embargo, opinaba lo contrario, y recordaba que aportaba sus numerosos navíos y con ellos un enorme tesoro para subvencionar la campaña. Más de uno aconsejó a Antonio enviar a Cleopatra de vuelta a Egipto para poder actuar con más libertad. Comenzaron, en goteo incesante, las deserciones de aliados y amigos al bando de Octavio. Incluso antiguos amigos de Antonio, como Domicio Enobarbo, se pasaron al enemigo. 

Además también se multiplicaban los presagios adversos. A Pisaura, colonia fundada por Antonio a orillas del Adriático, se la tragó la tierra; en Alba, una estatua de Antonio sudó copiosamente; en Patras unos rayos cayeron sobre el templo de Heracles, y en Atenas un vendaval derribó la estatua del dios Dioniso –el protector de Antonio–, que cayó en el teatro. La reina, pese a todo, logró imponer su voluntad y se decidió que la gran batalla tendría lugar allí, y la flota buscaría la victoria en el mar, a la salida de Actium.



Las quinquerremes, de hasta 60 m de largo, eran movidas por 270 remeros y llevaban hasta 130 soldados. En Actium formaron el grueso de la flota de Antonio.

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En cuanto cesaron las tormentas de fines de agosto, la flota de Antonio se hizo a la mar. Era el 3 de septiembre del año 31 a.C. Los navíos –después de que se hubieran quemado todos aquellos que no estaban en condiciones de navegar– avanzaron primero a fuerza de remos, luego impulsados por el viento del norte. En total, Antonio contaba con unos 400 barcos, en su mayoría de gran tamaño, pues no sólo llevaba trirremes y quinquerremes, sino incluso naves con ocho o diez filas de remeros. Todas ellas estaban provistas de las habituales máquinas de guerra y transportaban de 20.000 a 30.000 legionarios, además de los remeros. Llevaban a bordo todas las velas, dispuestas para una larga travesía. La escuadra de Octavio, que disponía de un número de barcos parecido o algo superior, aunque en su mayoría de menor tamaño, más ligeros y mejor provistos, retrocedió para que el combate se librara en mar abierto. 

Marco Antonio estableció seis escuadrones en línea de combate. Él mismo dirigía el ala derecha, con 170 naves, justo enfrente del ala izquierda de la flota romana, dirigida por Agripa. Octavio, por su parte, se había situado en el ala derecha. Las naves egipcias de Cleopatra, unos 60 barcos, quedaban a retaguardia de la extensa armada de Marco Antonio. El propósito inicial de éste parece haber sido envolver el ala izquierda romana, permitiendo así que la flota egipcia avanzara a su izquierda y, llenando el hueco del centro, cortara en dos la línea enemiga.





De este modo, las naves de Antonio avanzaron, mientras que las de Octavio aguardaban el choque. Lo cuenta con detalle Plutarco (Antonio, 45): «Tras pasar revista al resto de la flota en formación, y una vez que una embarcación lo llevó al ala derecha, Octavio quedó sorprendido al observar a los enemigos inmóviles en el estrecho, porque las naves se presentaban a su vista como si hubieran echado el ancla y estuvieran fondeadas. Al ver esto mantuvo sus naves alejadas a unos ocho estadios [1.400 metros] de las contrarias». 

UNA BATALLA DESIGUAL 

Continúa Plutarco: «A la hora sexta, cuando empieza a soplar la brisa marina, los hombres de Antonio, incapaces de soportar la espera, y confiados en la altura y el tamaño de sus navíos, que creían inexpugnables, movieron el ala izquierda. César [Octavio] se alegró al percibirlo, e hizo retroceder de popa su ala derecha con la intención de arrastrar aún más a sus enemigos fuera del golfo y los estrechos, y, tras rodearlos con sus maniobreros barcos, lanzarse a entablar combate contra unas naves cuya pesada mole y escasa tripulación las hacía lentas y difíciles de gobernar». 


Corino, capital de la provincia romana de Macedonia, fue ocupada por las tropas de Octavio comandadas por Agripa en 31 a.C., poco antes del enfrentamiento final en Actium. En la imagen, templo de Apolo, del siglo VI a.C.

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La batalla comenzó muy reñida. Antonio perdió en su embestida inicial diez o quince barcos, mientras que su buque insignia quedó apresado por un harpax, una especie de garfio para el abordaje inventado por Agripa, y tuvo que trasladarse a otra nave. Tanto Dión Casio como Plutarco destacan esa diferencia de tamaño y movilidad entre los navíos de una y otra flota, algo que dio al combate un aspecto singular. Los barcos romanos, más ágiles y más bajos, atacaban a las embarcaciones mayores, más torpes de movimientos, intentando quebrar sus filas de remos, a menudo sin concluir el abordaje, mientras los otros, desde sus altas bordas, los rechazaban lanzando fuego, proyectiles y piedras con sus máquinas de guerra. 

El historiador Dión Casio describe vivamente la refriega que se produjo: «En uno de los bandos eran los pilotos y remeros los que soportaban las mayores penas y fatigas; en el otro, los marinos. El primero actuaba de forma semejante a la caballería, con sus cargas y prontas retiradas; el segundo se parecía a una formación de infantería pesadamente armada, que defendiera la posición tratando de rechazar al enemigo...».



Antonio y Cleopatra en Alejandría. Óleo sobre tela de Andrea Casali, 1720. Museo de Arte Blanton, Austin.

Plutarco ofrece un relato parecido: «La lucha, por lo tanto, se asemejaba a un combate en tierra o, por decirlo así, al asalto de una muralla, pues tres o cuatro naves de César hostigaban a la vez a una sola de las de Antonio empleando escudos de mimbre, lanzas, pértigas y proyectiles incendiarios, mientras que las de Antonio disparaban con catapultas desde sus torres de madera. Al extender Agripa el ala izquierda en una maniobra envolvente, Publícola [que mandaba la izquierda del ala de Antonio], forzado a avanzar contra él, quedó separado de los del centro, quienes, en la confusión, se lanzaron al encuentro de las naves de Arruncio». 

La batalla estaba aún sin decidir, y se peleaba con terrible furia en todo el frente, cuando Antonio advirtió que algunas de sus naves retrocedían o se rendían, mientras que los 60 barcos de Cleopatra emprendían la fuga hacia el sur, con las velas desplegadas, aprovechando el viento que soplaba del norte y el espacio que había quedado libre al sur al desarrollarse el combate. Sus más negros presentimientos se estaban cumpliendo. Desconfiando de sus propias fuerzas, él mismo, con su navío, abandonó la línea de combate y marchó tras la flota egipcia hacia alta mar. Su decisión sembró la confusión entre el resto de sus barcos, algunos de los cuales lo siguieron. En su rápida huida, Antonio pronto logró alcanzar la galera de Cleopatra, la llamada Antonia. Tras subir a ella, se sentó en la proa del navío, solitario y silencioso, con la cabeza entre las manos y sin querer ver a nadie, rumiando su fracaso durante horas.



La batalla de Actium en un grabado de principios de siglo XX. Biblioteca de la Universidad de California.

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Sobre este sorprendente desenlace del combate se han avanzado diversas interpretaciones. Para algunos historiadores, ya desde un principio Antonio habría planeado, tal vez como una segunda alternativa, en caso de que resultara adverso el desarrollo de la batalla, la retirada de Cleopatra con sus barcos y su tesoro hacia Egipto; así que habría actuado de acuerdo con ella al darse cuenta de que algunos de los navíos de su frente desertaban y no podía confiar en la victoria en el ataque inicial. Para otros historiadores antiguos (como Plutarco y Dión Casio, que describen minuciosamente el transcurso de la batalla, pero que seguramente lo hacen influidos por la versión romana y la propaganda oficial), la huida fue iniciativa de la propia Cleopatra, que abandonó la batalla quizá por pánico y pensando sólo en salvarse con sus barcos y riquezas, mientras que el impulsivo Marco Antonio la habría seguido movido por su pasión amorosa, sin meditar el alcance de su acción. 

El combate duró aún largas horas, hasta que al final las fuerzas de Antonio se rindieron totalmente. Los muertos no fueron excesivos para lo feroz del encuentro: unos 5.000 o 10.000 entre los vencidos, por una cifra desconocida, aunque seguramente mínima, en el bando vencedor. Cerca de 300 naves quedaron como botín de guerra para Octavio, que mandó quemar la mayoría y envió los espolones de sus proas para adornar el templo del Divino Julio (dedicado a César) en Roma. 

EL SUICIDIO DE LOS AMANTES 

Octavio no se demoró en aniquilar rápidamente el sueño imperial de Marco Antonio y Cleopatra. Las tropas del gran ejército de Antonio, que habían quedado en tierra griega, desmoralizadas y aisladas, no tardaron mucho en someterse al vencedor de Actium –y con él al Senado romano–. Su jefe, Canidio, logró a duras penas escapar y llegar hasta Egipto. Otras once legiones que estaban acantonadas en la Cirenaica y Libia, y que en un principio habrían podido servir a Antonio para defender el norte de África, también se pasaron al bando victorioso, que, en definitiva, era el que garantizaba el orden y el triunfo. 



Antonio y Cleopatra prueban en condenados a muerte venenos con los que suicidarse en un óleo de Antoine van Hammee realizado en 1866. 

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Así, durante unos meses, Octavio se dedicó a aceptar la rendición de la mayoría de las tropas de Antonio y concluyó pactos con sus aliados. Hasta que, finalmente, se dirigió a Egipto, donde debía desarrollarse el último acto de la guerra. En su primera aproximación a Alejandría, su vanguardia fue derrotada por la caballería de Marco Antonio, pero pronto logró poner un estrecho cerco a la ciudad. Una ofensiva desesperada de Antonio contra el general de Octavio, Pinario, fracasó estrepitosamente y le hizo perder las pocas tropas que le quedaban. La suerte del antiguo triunviro estaba echada y con ella la de Cleopatra. 

El final de ambos amantes se dejaba presentir en el ambiente de pesadumbre y crepúsculo que siguió a la fuga de Actium. Fue un final de indudable grandeza trágica: Antonio se suicidó con su propia espada, al creerse no sólo vencido, sino abandonado por su amada, y sufrió una patética agonía, mientras que Cleopatra, unos días después, sola y prisionera de Octavio, recurrió para morir a la mordedura de un áspid venenoso. 

El suicidio de Cleopatra privó a Octavio de completar su gloria en Roma exponiendo a la gran enemiga en su procesión triunfal. El ya único heredero de César permitió, en un gesto magnánimo, que enterraran juntos a los dos amantes, pero mandó dar muerte en secreto al joven Cesarión, poniendo así punto final a la dinastía de los Ptolomeos, que había gobernado Egipto durante casi tres siglos. A continuación decidió que el antiguo reino de Egipto sería anexionado a Roma (30 a.C.), pero no como una provincia más, sino como posesión personal, con un gobernador elegido por él mismo. Tres años más tarde, el Senado concedería al vencedor de Actium el título casi divino de Augusto, consagrándolo como primer emperador de la historia de Roma. 



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