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jueves, 8 de diciembre de 2022

HECHO HISTÓRICO: Annual, la peor derrota española contra Marruecos

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., con motivo de la competencia deportiva del football en Qatar 2022, donde en las eliminatorias donde jugaron España y Marruecos, y siendo eliminado España y allí recordó una viejo pleito de hacía un siglo atrás donde España, invadió a Marruecos y fueron derrotados en forma humillante.
La Revista National Geographic nos recuerdan que en julio de 1,921, que un avance de las tropas españolas en territorio rifeño en Melilla, se produjo un combate donde murieron 7,000 soldados.
Melilla, era una plaza militar como la representación de la expansión colonial española en Marruecos, la guerra de Melilla empezó en 1909 con la derrota española con medio millar de muertos, que se denominó la derrota del Barranco del Lobo.
España había invadido el Norte de África ...."En 1900, España contaba con cinco posesiones en el norte de África: las islas Alhucemas y Chafarinas, el peñón de Vélez de la Gomera y Ceuta y Melilla. La ocupación del territorio marroquí empezó en 1908, cuando, aprovechando un conflicto por la sucesión al sultanato marroquí, España salió de las fronteras de Melilla y tomó La Restinga y el cabo de Agua para evitar, se dijo, el contrabando de armas y la anarquía...."   ...... siga leyendo.....................

Hace más de un siglo, en julio de 1921, el imprudente avance de las tropas españolas en territorio rifeño se saldó con una trágica derrota que se cobró la vida de más de 7.000 soldados.

Foto: Heritage / Cordon Press

Actualizado a 


Melilla ya no es Melilla, / Melilla es un matadero / donde van los españoles / a morir como corderos». Coplas como ésta muestran bien a las claras el escaso entusiasmo que la expansión colonial hispana en Marruecos despertaba entre las clases populares, puesto que eran sus hijos los que vertían su sangre para defender las posesiones del norte de África, en cruentas guerras que a veces los soldados afrontaron en condiciones miserables.

El año 1909 puede considerarse el comienzo de las campañas de Marruecos con la guerra de Melilla, que entrañó la pérdida de vidas humanas rememorada en la citada canción. El conflicto, que empezó por la defensa de los intereses de empresas mineras peninsulares, estuvo marcado por la derrota española en el Barranco del Lobo, que tuvo un profundo impacto en la opinión pública al saldarse (según fuentes oficiales) con 93 muertos y desaparecidos, aunque la prensa madrileña habló de medio millar de caídos. La guerra también estuvo marcada por la resistencia popular a la recién estrenada aventura colonial: el rechazo a la partida de los reservistas hacia Marruecos para intervenir en una guerra que se sentía ajena fue la mecha que prendió la revuelta barcelonesa de la Semana Trágica.


Foto: AKG / Album

El segundo gran ciclo de operaciones militares fue la campaña del Kert (de agosto de 1911 a mayo de 1912), en la zona de Melilla, donde España tuvo que hacer frente al yihad o guerra santa declarada por un santón local, El Mizián. En noviembre de 1912, cuando ya había terminado este conflicto, Francia y España firmaron un acuerdo por el que ambos Estados fijaban los límites de sus respectivas zonas en territorio marroquí; las potencias europeas habían acordado esta tutela colonial aprovechando la incapacidad del sultán para hacer valer su autoridad en el conjunto del país. A España le correspondió el árido norte de Marruecos, sobre el que intentaría establecer su dominio partiendo de sus dos principales enclaves: Ceuta, al oeste, y Melilla, al este. Entre ambos se encontraba la bahía de Alhucemas, un punto estratégico para controlar la costa y facilitar la penetración hacia el interior.

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UN DOMINIO INSEGURO

En 1913, las fuerzas españolas avanzaron desde Ceuta hasta Tetuán, para lo cual se tuvo que hacer frente a la hostilidad del famoso caudillo, santón y bandolero El Raisuni. Tras el paréntesis de la primera guerra mundial, en 1919 se reanudaron las operaciones militares con rápidos progresos tanto en el área de Ceuta como en la de Melilla, comandadas por los generales Dámaso Berenguer y Manuel Fernández Silvestre respectivamente. Parecía una competición por ver quién llegaba antes a Alhucemas.

El plan de Berenguer, para el cual acumulaba fuerzas y recursos militares que, por otro lado, sustraía a la Comandancia General de Melilla, constaba de tres fases. La primera, dominar el estratégico desfiladero de Fondak, vital para asegurar las comunicaciones con Tetuán –la capital del protectorado español–, lo que se consiguió en 1919. La segunda, pacificar toda la región de Yebala (que se extiende desde Tánger hasta el Rif, en el interior del país) y dar un golpe de efecto con la toma de la ciudad sagrada de Xauen, que tuvo lugar en 1920. La tercera, preparar el avance hacia Alhucemas y unir Ceuta con Melilla por tierra, para lo cual había que neutralizar a El Raisuni.

Por su parte, Silvestre, comandante general de Melilla desde enero de 1920 y veterano de las campañas marroquíes, parecía tener asegurado su propio avance. Ese año logró tomar el monte Mauro, verdadera fortaleza natural de la potente y belicosa cabila o tribu bereber de los Beni Said. Esta montaña estaba a 35 kilómetros de Melilla y ocuparla fue un verdadero logro para los intereses españoles: la hazaña fue celebrada con salvas de artillería. Al año siguiente continuaron los grandes avances y en marzo de 1921 se había llegado a la línea marcada por las posiciones de Sidi Dris y Annual, en la que se concentraba el mayor número de fuerzas españolas.



Foto: EFE

Tal avance fue fruto de la audacia del mando español y de la grave hambruna que sufrieron en el invierno de 1920 las tribus del Rif (la región montañosa que se extendía desde la Yebala hasta el límite oriental del protectorado, más allá de Melilla). Sin comida no se podía combatir, y la necesidad obligó a muchos nativos a alistarse en la Policía Indígena, compuesta por efectivos indígenas bajo el mando de oficiales españoles.

Los Beni Said, que no habían sido vencidos, se plegaron ante el empuje español, pero conservaron intactos todos sus medios de guerra. Otra potente cabila, la de los Temsamán, cuyos límites territoriales coincidían con la línea de frente de Silvestre –de unos 80 kilómetros de extensión y unas 130 posiciones fijas para su defensa–, se había declarado favorable a la presencia española y se había sometido. En mayo, esa línea parecía estable. Berenguer, que como alto comisario español en Marruecos era el superior de Silvestre, no autorizaba nuevos avances y sólo permitía operaciones de policía.

Algunos destacados oficiales bajo el mando de Silvestre también se inclinaban por asegurar el territorio, pues así lo aconsejaban poderosas razones. En primer lugar, la cosecha de 1921 había sido muy buena en la zona oriental y eso aseguraba el suministro de víveres para las posibles harcas o partidas de guerrilleros. En segundo lugar, el avance había sido muy amplio pero la sumisión de algunas cabilas no parecía fiable. Además, había un grupo de unos 2.000 combatientes de la cabila más importante, la de los Beni Urriaguel, que merodeaban por la zona. Por último, algunos líderes tribales se quejaban de la retirada del pago de pensiones –con las que se compraba la voluntad de esos dirigentes– y de la presión que elementos rifeños desafectos a Madrid ejercían sobre ciertas facciones tribales y cofradías religiosas musulmanas.

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DECISIÓN FATAL

La toma del monte Abarrán, fuera de la línea autorizada por el alto comisario Berenguer, se produjo en este contexto. Se dice que el propio rey Alfonso XIII animó al general Silvestre, con quien le unía una estrecha amistad, a actuar de este modo. Para justificar la operación se alegó que en aquellos momentos existía la posibilidad de avanzar sobre Alhucemas, pero el envío de una pequeña fuerza para ocupar Abarrán fue precipitado.


Foto: EFE

Aquella altura era un lugar santo de los Temsamán y estaba en una posición muy difícil de defender: no contaba con una fuente de agua disponible, se hallaba en un terreno muy escarpado, no había piedras para fortificarla –se emplearon sacos terreros podridos que se desfondaban– y se encontraba a distancia de la posición principal (seis kilómetros en línea recta de Annual), sin caminos y sin posibilidad de fácil socorro o aprovisionamiento. El día 1 de junio de 1921, Berenguer recibía un telegrama en el que se comunicaba la operación, iniciada el día anterior. Al día siguiente recibió otro telegrama: la posición se había perdido en unas cuatro horas.

Este hecho marcó el comienzo de la catástrofe, pues los rifeños se hicieron con piezas de artillería y los europeos mostraron su debilidad al ser aniquilados en escasos 240 minutos. Sólo un tercio de la guarnición logró huir a Annual. Esto se debió a la traición de las tropas indígenas y la muerte prematura de los oficiales, lo que descabezó la resistencia, además del avance interrumpido de una columna de apoyo que se apresuró a retirarse en vez de acudir a luchar. Abd el-Krim, el líder harqueño que había obtenido la victoria, adquirió un prestigio enorme y los Temsamán se le unieron, ofendidos por la intentona de avance español.

A pesar de la gravedad de lo sucedido, parece que Berenguer consideró el incidente como un episodio desagradable más de la guerra colonial. Estaba demasiado ocupado acabando con El Raisuni y preparando el asalto a su fortaleza de Tazarut como para preocuparse de algo que no dejaba de ser parte del oficio de la guerra. Pero en los meses de junio y julio se sucedieron los ataques rifeños –algunos de importante intensidad– sobre la caterva de posiciones españolas, hasta que tuvo lugar el siguiente acto del desastre en Igueriben, una posición ocupada el 7 de junio de 1921 para reforzar Annual, amenazada tras la caída de Abarrán.

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EL DRAMA DE IGUERIBEN

Al igual que Abarrán, Igueriben sufría serios problemas: estaba rodeada de alturas desde donde los rifeños podían disparar, el punto de agua estaba a más de cuatro kilómetros y no había posibilidad de grandes abastecimientos debido a una orografía abrupta que dificultaba su comunicación con el exterior. Tras una serie de actuaciones dubitativas por parte española, las fuerzas enemigas sitiaron la posición el 17 de julio. Los convoyes enviados desde Annual eran tiroteados y cada vez se mostraban menos capaces de abastecer a los asediados. El coste humano por llevar viandas y alguna cuba con agua era enorme.


Foto: EFE


Las peticiones de refuerzos de Silvestre eran insistentes, pero ambiguas, igual que confusa –cuando no nula– era la comunicación con Berenguer. Mientras tanto, la posición sitiada sufría una sed indecible y hay testimonios que hablan de soldados asomados a los sacos terreros para que los tiroteasen y acabar de ese modo con su sufrimiento. Igueriben, además, era cañoneado por los rifeños, que se estrenaban como artilleros con las piezas capturadas en Abarrán.

A esas alturas, Silvestre, que se encontraba en Annual, era plenamente consciente de la gravedad de la situación y comprendió que su frente de casi un centenar de kilómetros pendía de un hilo. El general Felipe Navarro llegó de Melilla con refuerzos y Silvestre ordenó que lo mejor de sus fuerzas tratase de romper el cerco sobre Igueriben el 21 de julio. Pero los combatientes de Abd el-Krim no cedieron un paso y las distintas unidades implicadas en la maniobra fueron desistiendo.

para saber más

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EL DESASTRE

Finalmente, los sitiados recibieron la orden de retirada y, ante un enemigo que se lanzaba en tromba a por ellos, el centenar de supervivientes de Igueriben y las fuerzas de apoyo adoptaron el «sálvese quien pueda». El coste de la operación de rescate fue enorme, y únicamente llegaron a las líneas españolas diez soldados y un sargento, en un estado físico y mental lamentable.

El cerco sobre Annual se completaba. Silvestre se mostraba abatido y las fuerzas concentradas en la posición no debían de tener mejor estado anímico que su líder. De nuevo, la situación geográfica no era la más indicada: había alturas cercanas que dominaban la posición, el acceso al agua era distante… La noche de ese 21 de julio se reunieron los altos mandos y hubo una abrumadora mayoría de opiniones a favor de una retirada a posiciones más consolidadas. Para evitar que la información llegase al campo enemigo, Silvestre decidió encargarse en persona de la arriesgada maniobra y no informar a la oficialidad de la misma. La madrugada del 22 de julio, los 5.000 hombres acampados en Annual iniciaron una retirada «por sorpresa», lo que generó un enorme caos, con soldados sueltos retirándose, grupos que marchaban sin oficiales y servicios de protección mínimos (cuando los hubo).


Foto: EFE

La visión de cinco columnas de rifeños avanzando en su dirección tornó el anárquico repliegue en una desbandada. Se sucedían órdenes contradictorias, Silvestre había desaparecido (algunos afirman que se suicidó), no había fuego artillero que cubriese la retirada, muchas posiciones entre Annual y Melilla no sabían a qué atenerse… Los oficiales que pistola en mano trataban de ordenar algún retén se veían sobrepasados por una marabunta humana en busca de salvación. Los nativos al servicio de España, que solían ocupar la extrema retaguardia y los flancos, desertaron masivamente y se pusieron a matar a los que, segundos antes, eran sus compañeros de armas. En el mismo sentido, buena parte de las cabilas sometidas vieron que habían apostado por el caballo perdedor y se alzaron en armas contra los españoles: ya no había un ejército europeo, sino unos miles de hombres huyendo.

La Comandancia de Melilla cayó cual fichas de dominó. Algunos mandos que trataron de empujar a soldados despavoridos dentro de posiciones fuertes se encontraron con individuos que habían arrojado sus armas y sus municiones, sin moral y sin ganas de seguir luchando. No había casi vehículos de transporte para una retirada rápida y muchos heridos fueron abandonados a su suerte y capturados por los cabileños. La escena debió de ser dantesca: soldados aprisionados y torturados, degollados por las gumías rifeñas, españoles obligados a disparar sobre sus compañeros bajo amenaza de muerte, indígenas aplastando cráneos con piedras, mutilando cuerpos…

Entre tanto desastre también hubo actos de valentía y generosidad. Por ejemplo, el teniente coronel Fernando Primo de Rivera (hermano del futuro dictador) se lanzó reiteradamente con sus cinco escuadrones del Regimiento Alcántara de Caballería a frenar a los rifeños que hostigaban la desbandada española. La unidad acabó casi exterminada y sus caídos se sumaron a los más de 7.000 muertos de aquella tragedia, entre los cuales el número de oficiales no llegó al centenar.


Foto: Oronoz / Album


La catástrofe militar no se debió sólo a las carencias materiales del ejército español. Fiarse de los pactos con las cabilas y dejar que mantuvieran su armamento detrás de las líneas españolas, así como el uso constante de fuerzas indígenas aliadas no fueron buenas políticas ante la tentación de la traición. Tampoco lo fue, por ejemplo, la obsesión por el dominio de las cumbres mediante blocaos, habitualmente difíciles de abastecer.

 

LAS CONSECUENCIAS

Otros factores coyunturales contribuyeron al desastre. Uno fue la ambición de Silvestre, que le llevó a estirar sus líneas más allá de lo conveniente, a subestimar al enemigo y a fiarse de las promesas de cabilas insumisas, además de no diseñar un plan de retirada, posiblemente porque nunca contempló una derrota. No ayudó su tirante relación con Berenguer y la falta de coordinación entre ambos. Además, se calcula que había 20.000 soldados desplegados sobre el terreno, la mitad de los que teóricamente tenía que haber, algo achacable a las corruptelas y la desidia administrativa. También contribuyeron al desastre el resentimiento de Abd el-Krim, líder de la rebelión rifeña, por haber sido encerrado en una cárcel española en el pasado, y la influencia de agentes alemanes y otomanos durante la Gran Guerra, que habían entregado dinero y armas a los nativos para crear problemas a Francia en el norte de África.

Annual tuvo graves consecuencias: miles de muertos, territorio perdido, prisioneros en manos de los rifeños y responsabilidades político-militares por depurar. La derrota a manos de unos indígenas impactó a la sociedad peninsular. El sistema político de la Restauración no superó la prueba. Los militares no estaban dispuestos a vivir el oprobio de ser culpados por lo acaecido, y el rey Alfonso XIII, llamado el Africano, aceptó y apoyó en 1923 un golpe de Estado que tumbó el sistema liberal y lo libró de toda responsabilidad, dando pie a la dictadura del general Miguel Primo de Rivera. Al mismo tiempo, un sector del ejército de Marruecos, los llamados africanistas, cargó con el peso del contraataque, para lo que usaron métodos expeditivos y contaron con el mejor material bélico: en Alhucemas, en 1925, se produjo la primera operación de desembarco con apoyo aeronaval exitosa de la historia. Durante esas campañas, muchos destacados oficiales se vieron inmersos en una espiral de violencia que los marcó para siempre, como Sanjurjo, Goded, Varela, Mola… y Francisco Franco.


Foto: EFE

LA GUERRA DE MARRUECOS

Al avance protagonizado por el general Silvestre y la caída de sus posiciones en el verano de 1921 le siguieron feroces campañas en las que la venganza se mezcló con los imperativos militares de recuperación del territorio, e incluyeron el uso de gases tóxicos contra la población civil.

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Foto: Jordi Camí / Alamy / ACI

LOS INICIOS DE LA OCUPACIÓN

En 1900, España contaba con cinco posesiones en el norte de África: las islas Alhucemas y Chafarinas, el peñón de Vélez de la Gomera y Ceuta y Melilla. La ocupación del territorio marroquí empezó en 1908, cuando, aprovechando un conflicto por la sucesión al sultanato marroquí, España salió de las fronteras de Melilla y tomó La Restinga y el cabo de Agua para evitar, se dijo, el contrabando de armas y la anarquía.


Foto: EFE

EL RAISUNI

Caudillo de las cabilas o tribus de la región de Yebala, a la vez bandido y líder religioso, proclamó en 1913 el yihad o guerra santa contra los españoles. Derrotado en 1919, colaboró con éstos desde 1922, esperando hacerse con el gobierno de parte de Marruecos, pero en 1925 fue capturado por Abd el-Krim y murió estando en su poder.

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Foto: EFE

ABD EL-KRIM EL JATABI

El dirigente de la cabila de los Beni Urriaguel colaboró con España en su juventud y llegó a ser cadí de Melilla, pero su oposición a la colonización española lo llevó a la cárcel en 1915. Tras esta experiencia, alentó la rebelión en el Rif, protagonizó la victoria de Annual y creó la República del Rif. En 1926 se rindió a los franceses; murió en Egipto, en 1963.

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POCOS ESPAÑOLES

Los reclutas españoles que llegaban a Marruecos tenían una baja moral, estaban atemorizados ante la ferocidad que se atribuía a su enemigo y carecían de material y entrenamiento adecuados. Por ello no es de extrañar que se tendiera a usar combatientes indígenas instruidos y dirigidos por oficiales españoles; los soldados españoles sólo se enviaban a primera línea para defender posiciones en altura tomadas previamente o pactadas con las cabilas. En Annual, esta dependencia de los combatientes nativos –que tomaron las armas contra sus compañeros españoles– se reveló como un error de la estrategia de ocupación.

Este artículo pertenece al número 211 de la revista Historia National Geographic.

para saber más

Desastre de Annual. Puesto de socorro detrás de la línea de fuego de Tauima durante las campañas del Rif de 1921. Serie de tarjetas postales de Postal-Expres.

Piojos, ratas y moscas: Marruecos y el soldado español

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NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

jueves, 9 de mayo de 2019

VISIGODOS : NATIONAL GEOGRAPHIC .- La batalla del Guadalete

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, nos alcanza un amplio reportaje sobre la Batalla del Guadalete, que significó la derrota de los defensores de la Península Hispana con el rey visigodo Rodrigo a la cabeza, que cayó en manos de los musulmanes comandados por Tariq ibn Ziyad, misión que fue encomendada por el gobernador del norte de África Musa ibn Nusayr,, quien a sugerencia del gobernador de Ceuta, Julián que decidió colaborar con los invasores musulmanes.
El rey visigodo Rodrigo, que tenía serias dificultades con la aristocracia visigoda, por haber dejado fuera de la sucesión a los hijos Sisberto y Oppa del último rey Witiza. quien murió  en el año 710, estos resentidos por haber perdido el reino, colaboraron con los invasores musulmanes, quienes derrotaron a las tropas del rey visigodo Rodrigo en la Batalla del Guadalete, entre el 19 y el 26 de julio del 711, no se puede asegurar una fecha exacta; con la ayuda de los príncipes ibéricos Sisberto y Oppa, quienes desertaron permitiendo la victoria total del invasor musulmán Tariq ibn Ziyad, nunca se encontró el cuerpo del rey Rodrigo, pero si su montura, probablemente su cuerpo fue destrozado por los invasores musulmanes.
Con la derrota del rey visigodo Rodrigo, significó el avance de los musulmanes de la península ibérica, quienes se adueñaron de las ciudades de Toledo y Córdoba.

https://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/la-batalla-del-guadalete_6310/1

En el año 711, un ejército bereber cruzó el estrecho de Gibraltar y libró una batalla decisiva contra el rey visigodo, Rodrigo. La traición de parte de la nobleza goda dio la victoria a las tropas islámicas


La capital de los omeyas
La Gran Mezquita de Damasco fue levantada por los califas de la dinastía omeya en la capital de su imperio. La erigió Walid I, durante cuyo reinado se conquistó Hispania.
CHRISTOPHER RENNIE / CORBIS

Ocho siglos de guerra
Tras la victoria musulmana en el Guadalete, en el año 711, hubo estados islámicos en la península Ibérica durante casi ocho siglos, hasta 1492.
ORONOZ / ALBUM

Resistencia en el norte
La primera victoria cristiana sobre el Islam llegó en el año 722, con el triunfo de Pelayo en Covadonga, en Asturias. En la imagen, la iglesia asturiana de Santa Cristina de Lena.
ORONOZ / ALBUM

Los dos adversarios
En esta miniatura de las Semblanzas de reyes aparecen don Rodrigo, a la izquierda, y su rival Tariq. Manuscrito del siglo XI conservado en la Biblioteca Nacional, Madrid.
PRISMA

El final de don Rodrigo/ El ataque musulmán
Aunque las fuentes no proporcionan muchos detalles sobre el encuentro, sabemos que Rodrigo comandaba el centro del ejército visigodo, mientras que Sisberto y Oppa, hijos (o hermanos) del rey anterior, Witiza, dirigían las alas. Ambos estaban enfrentados a Rodrigo, porque había impedido que la sucesión de Witiza recayera en los descendientes del rey. Los experimentados y hábiles jinetes bereberes, dotados de armamento más ligero que la caballería visigoda, pesadamente armada, debieron de practicar una maniobra envolvente para flanquear la línea del enemigo, rodeándolo.
© SANTI PÉREZ

El final de don Rodrigo/ La derrota visigoda
En el momento decisivo del ataque, Sisberto 1 y Oppa 2 habrían desertado, permitiendo que el enemigo completase el cerco del ejército visigodo y condenándolo, con ello, a la destrucción. Su derrota fue completa, y pereció el propio monarca godo 3; su cuerpo nunca fue encontrado, aunque sí su montura, a orillas del río 4. Con la desaparición de su soberano, el reino de Toledo se colapsó y no hubo nadie que se pusiera al frente de la resistencia, de manera que las columnas en que se dividieron las tropas vencedoras pudieron adueñarse de varias ciudades principales, entre ellas Córdoba y la propia Toledo.
© SANTI PÉREZ

Los jinetes visigodos
Pieza de bronce de un arnés. La caballería visigoda fue destruida en el Guadalete.
ORONOZ / ALBUM

El avance de los invasores
Como sucedió en otras regiones sometidas al Islam, la conquista de Hispania se vio favorecida por los pactos con miembros de la aristocracia indígena. Los hijos del anterior rey, Witiza, fueron los principales impulsores de tales acuerdos, justificados por el enfrentamiento que mantenían con Rodrigo, el cual les había apartado de la sucesión al trono. En la progresión de los invasores también contaron las calzadas romanas que permitieron su rápido desplazamiento, el apoyo que encontraron entre los judíos perseguidos por los reyes godos y la pasividad de una población cargada de impuestos por los monarcas.
© EOSGIS
07 de octubre de 2016, 11:45

La batalla del Guadalete

Hay personajes en la historia de los que conocemos pocas cosas, pero las suficientes como para constatar que protagonizaron un trágico destino. Uno de ellos es el rey visigodo Rodrigo. De él apenas sabemos que debió de pertenecer a alguna de las principales familias del reino y que ejerció cierta autoridad en el sur de la Península, concretamente en Córdoba, donde es posible que tuviera un palacio.

Rodrigo protagonizó un golpe de Estado después de la muerte del rey Witiza en el año 710, lo que le permitió asumir la corona con el apoyo de un sector de la aristocracia del reino. El golpe supuso el desplazamiento de los hijos y los partidarios del rey difunto en un ambiente de luchas de poder. Sin tiempo de extender su autoridad, Rodrigo sólo emitió algunas monedas de oro en Toledo y Egitania (Idanha a-Velha, Portugal) en las que podía leerse «En el nombre de Dios, Rodrigo rey» y se adivinaba la efigie del nuevo monarca tocado con una corona.

Diez años más tarde, y después de que Rodrigo fuera derrotado y muerto en la batalla de Guadalete, el califa de Damasco ordenó construir en torno al 720 un pequeño palacete de recreo llamado Qusayr Amra, a unos ochenta kilómetros al este de Ammán, la actual capital de Jordania. Este palacete alberga un extraordinario conjunto de pinturas murales que representan escenas de caza, bailarinas y estrellas, sin parangón en el arte islámico posterior. En uno de esos frescos aparece una gran figura sentada, posiblemente el propio califa –que en el momento de la conquista era al-Walid I–, ante el cual se presentan varios personajes, hoy en día apenas visibles, pero a los que una inscripción escrita en árabe y en griego identifica como el emperador bizantino, el soberano persa, el monarca etíope y el mismísimo Rodrigo. Por encima de estas figuras aparece la palabra griega Niké, «Victoria», lo que hace pensar que aquí se quiso mostrar a los soberanos sometidos por los ejércitos árabes. Pero la figura de Rodrigo no sólo se representó en un lugar perdido del desierto jordano a más de seis mil kilómetros de Toledo. También alimentó buen número de leyendas árabes cuyo origen posiblemente fue Egipto, y que reflejaban el deslumbramiento producido por el remoto país que ahora se conocía como al-Andalus.

Las leyendas de Rodrigo

En una de aquellas leyendas, Rodrigo desoye a quienes le advierten de que no debe entrar en una misteriosa mansión de Toledo clausurada por una puerta a la que cada rey visigodo había añadido un candado. El orgullo y la curiosidad pueden más que cualquier consejo, y tras haber forzado la entrada Rodrigo sólo encuentra un cofre con un pergamino que representa a los árabes y anuncia que invadirán Hispania el día en que alguien penetre en la estancia. En otra leyenda Rodrigo viola a la hija del señor de Ceuta, que le había sido encomendada para su educación, y éste acude al gobernador árabe del norte de África, Musa ibn Nusayr, para que le ayude a vengarse, iniciándose así la conquista del reino. Misterios y cuentos pasaron a envolver la explicación del final del reino haciendo de la interpretación histórica una tarea a veces casi imposible.

Con la conquista de Hispania culminó en Occidente la fulgurante expansión árabe iniciada tras la muerte del profeta Mahoma, en 632. En apenas diez años, los ejércitos de los califas (los sucesores del Profeta al frente de la comunidad musulmana)se habían hecho con todo el Próximo Oriente hasta Egipto. En el resto del norte de África la resistencia, en cambio, fue feroz. Las tropas árabes sufrieron aquí las más severas derrotas que habían conocido hasta entonces. Fueron necesarias siete décadas de guerra para doblegar tanto a los representantes del Imperio bizantino que quedaban en la zona como a las tribus bereberes que dominaban un territorio semidesértico, que se extendía hasta los confines atlánticos. Cuando esa resistencia se apagó, Ceuta, que hasta entonces había sido un enclave bizantino, quedó a merced de los conquistadores. Abandonado a su suerte, su gobernador, llamado Julián (o Urbano), decidió colaborar con los invasores.

De Ceuta a la Península

Los tratos con Julián fueron llevados por el recién nombrado gobernador del norte de África, Musa ibn Nusayr, que entonces contaba unos sesenta años. De orígenes inciertos –algunos cronistas musulmanes dudan incluso de que sus antepasados fueran árabes–, el gobernador pertenecía a la nueva clase de gentes que habían hecho carrera dentro de la administración imperial de los califas omeyas, aunque no siempre se distinguían por su honestidad. Dueño de un territorio que tanto había costado sojuzgar, Musa apostó por integrar en su ejército a las mismas tribus bereberes que hasta entonces lo habían combatido. Muchos de los soldados ahora reclutados apenas sabían hablar árabe y es dudoso que su conversión al Islam fuera algo más que superficial. Pero el control de Ceuta otorgaba la llave del Estrecho, la perspectiva de nuevas conquistas en las que podían integrarse definitivamente los bereberes era muy atractiva, y desde Hispania llegaban noticias que hablaban de una fuerte crisis interna que invitaba a una fácil ocupación. Musa no parece habérselo pensado mucho y pronto comenzó a enviar expediciones hacia la Península para reconocer el territorio de cara a su conquista.

La expedición más importante le fue encomendada a Tariq ibn Ziyad, con toda probabilidad un bereber, al que se le asignó una fuerza compuesta sobre todo por tropas norteafricanas que las fuentes cifran en unos 12.000 hombres. Julián facilitó el paso del Estrecho mediante naves que iban y volvían desde Ceuta, y que en la Península desembarcaron junto al promontorio que pasó a ser conocido como «monte de Tariq» (Yabal Tariq), esto es, Gibraltar. Las partidas expedicionarias pronto se dispersaron por la bahía de Algeciras. Uno de los primeros enclaves que ocuparon fue Carteia (San Roque), una próspera ciudad romana que había decaído en época visigoda. Fue allí donde los recién llegados establecieron su primera mezquita. No era un gran edificio, sino un oratorio al que muchos años después seguían acudiendo los habitantes de la vecina Algeciras para realizar rogativas en petición de lluvias durante las épocas de sequía.

Consolidada su base en la bahía de Algeciras, Tariq optó por esperar acontecimientos. Rodrigo hizo justo lo contrario. Congregó al ejército y se dirigió hacia el sur, buscando forzar la batalla, convencido de que una victoria le permitiría consolidar su frágil autoridad. Se trató de un error fatal. Los antecesores de Rodrigo habían decretado duras leyes contra quienes desoyeran el llamamiento a las armas por parte del rey, que podía confiscar sus bienes, exiliarles o incluso darles muerte. Es comprensible, pues, que en la incertidumbre del momento tanto aliados como enemigos del monarca respondieran a su convocatoria. A la vista del ejército congregado en Córdoba, Rodrigo podía pensar que había hecho valer su autoridad, pero lo cierto es que sus fuerzas no eran más que una reunión de tropas a la que habían acudido los magnates llevando consigo no sólo sus propios soldados, sino también sus querellas y rencillas.

Entre los que habían unido sus fuerzas a las del monarca estaban los miembros de la familia del rey Witiza, enfrentados con Rodrigo a propósito de la sucesión al trono. Lo que pasó entonces resulta confuso. Las fuentes discrepan sobre el nombre de los hijos de Witiza apartados del trono por Rodrigo, lo que ha dado lugar a infinitas controversias. Lo que está fuera de duda es que los familiares del anterior soberano tuvieron un papel destacado en los acontecimientos que estaban a punto de precipitar el fin del reino visigodo. Dos hijos, o quizá hermanos, de Witiza, llamados Sisberto y Oppa –otros, en cambio, hablan de Artobás, Alamundo y Agila– entraron en tratos con el enemigo. Fueron los primeros en establecer pactos con los conquistadores, por los cuales los witizianos veían reconocida la tenencia de sus extensas propiedades. A cambio, se mostraron dispuestos a desertar del combate en plena batalla.

Un choque decisivo

Rodrigo posiblemente marchó de Córdoba en dirección a Sevilla con la intención de reclutar más fuerzas, y desde allí tomó la dirección que le llevaría a encontrar a las fuerzas de Tariq. Éste, por su parte, había decidido mover sus tropas hacia Sevilla, quizá buscando un terreno propicio: un célebre relato lo muestra arengando a sus hombres, a quienes señala que no cabe la huida porque a sus espaldas sólo hay el mar. Ambos ejércitos se encontraron junto al río Guadalete. Comenzó entonces una lucha encarnizada, que quizá se prolongó durante varios días con escaramuzas y emboscadas previas entre ambos bandos.

En el combate decisivo Rodrigo comandaba el centro del ejército, mientras que las alas habían sido encomendadas a Sisberto y Oppa. Rodrigo resistió con sus tropas frente a Tariq en el centro de la formación, pero los witizianos desertaron de los flancos en pleno combate, lo que provocó la desbandada y derrota del resto del ejército. Las bajas fueron cuantiosas y entre ellas se contó la de Rodrigo, de quien nunca se localizó el cuerpo. Tan sólo fueron hallados su caballo y una bota adornada con piedras preciosas. Siglos más tarde, no faltó quien añadiera un nuevo eslabón a la leyenda pretendiendo haber visto un epitafio en Viseo (al norte de Portugal) que proclamaba: «Aquí yace Rodrigo, último rey de los visigodos».

La resonante victoria convenció a Tariq de que era el momento de tomar la ofensiva. Su primer objetivo fue Écija, en donde se habían refugiado los restos del ejército derrotado. Posiblemente la ciudad no estaba amurallada, razón por la cual el ejército visigodo volvió a entablar una nueva batalla campal que se saldó con otra completa derrota. Con el ejército visigodo diezmado, con parte de la aristocracia dispuesta a colaborar con los conquistadores y con un desconcierto político general, se produjo una situación que ya se había dado en Oriente durante las grandes conquistas árabes: no hubo más intentos de defensa unitaria, y ciudades y territorios quedaron abandonados a su suerte. Ante esta situación, Tariq tomó una decisión arriesgada pero que resultó trascendental. Siguiendo el consejo de Julián, dividió su ejército en varias columnas, de las cuales una se dirigió hacia Córdoba y las otras hacia Elvira (cerca de Granada) y Málaga. Ninguna de estas ciudades opuso una seria resistencia. Tan sólo en Córdoba un puñado de defensores resistió durante algún tiempo en la iglesia de San Acisclo, hasta que fueron diezmados por los conquistadores que habían penetrado en la ciudad por una brecha en la muralla. Por su parte, Tariq siguió avanzando hasta ocupar Toledo, la capital visigoda.

Esta sucesión de triunfos pronto llegó a oídos de Musa. Acompañado de un ejército formado principalmente por árabes, desembarcó en Algeciras deseoso de realizar sus propias conquistas, y tomó una ruta que le llevó a conquistar Sevilla y Mérida, tras breves asedios. Cuando por fin se encontró con Tariq en Toledo, el encuentro estuvo lejos de ser cordial. Entre reproches del gobernador a Tariq por haberse extralimitado en sus órdenes, y la desconfianza de Musa sobre posibles apropiaciones ilícitas del botín por parte de Tariq, la tensión entre los dos hombres estalló con virulencia. A pesar de lo que dicen algunas fuentes es dudoso que, una vez unidas las fuerzas, llegaran siquiera a Zaragoza. Musa pronto recibió la orden de presentarse en Damasco, donde el califa estaba preocupado por la independencia con que actuaba su gobernador. Cuando éste partió en dirección a Oriente para no volver jamás, dejó a su hijo Abd al-Aziz al frente del nuevo territorio. La conquista de al-Andalus no había finalizado, pero muchos habían comenzado a comprender que el viejo orden visigodo había quedado sepultado en el campo de batalla de Guadalete.

Para saber más:
Invasión e islamización.
Pedro Chalmeta. Mapfre, Madrid, 1994.
Conquistadores, emires y califas. Eduardo Manzano. Crítica, Barcelona, 2006.
«711. Arqueología e historia entre dos mundos». Varios autores. Revista Zona Arqueológica. Museo Arqueológico Regional de Madrid, 2011.
NATIONAL GEOGRAPHIC
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