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sábado, 11 de junio de 2022

EL PADRE DE LA HISTORIA: Heródoto en Egipto, crónica de un viaje por el país del Nilo

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., el gran historiador Heródoto, nació en Halicarnaso en el año 484 a.C., en una de las múltiples colonias jonias establecidas en el sureste de la actual Turquía; murió en el año 425 a.C., en un lugar indeterminado, tal vez en Turios donde se estableció en el año 444 a.C.
Heródoto, se le considera como el "Padre de la Historia", la mitad de su vida lo pasó en plenas guerras médicas entre Grecia y Persia; debido a las turbulencias de estas guerras, Heródoto abandonó Halicarnaso y deambuló por el Mar Mediterráneo y recopiló información de los pueblos, las cual fue sistematizada y escribo 9  libros de su historia.
Heródoto, visita las tierras del Río Nilo - Egipto, donde describe extensamente las grandezas de este país en su segundo libro de su historia.........  ....siga leyendo.............

El gran historiador de Halicarnaso hizo un viaje por Egipto en el que descubrió monumentos, costumbres y ritos sin parangón en su propio mundo.


Templo de Isis - Foto: Giuseppe Masci / Alamy / ACI

Actualizado a 



cronología

el padre de la historia

484 a.C.

Nace Heródoto en Halicarnaso, una de las numerosas colonias jonias establecidas en la costa suroeste de la actual Turquía.

490-479 a.C.

Grecia sufre dos grandes invasiones persas, momentos culminantes de las guerras médicas que Heródoto relatará en su Historia.

454 a.C.

Heródoto inicia sus viajes por Egipto, Tiro (Fenicia), Babilonia, Atenas y Turios, una colonia ateniense en la península itálica.

430 a.C.

De esta fecha data el último acontecimiento citado en la Historia, que Heródoto debió de terminar por entonces.

425 a.C.

Heródoto muere en algún lugar indeterminado, tal vez en Turios, donde se había establecido hacia el año 444 a.C.

Siglo I a.C.

El escritor y político romano Cicerón, en su obra Las leyes, bautiza al historiador griego como el «padre de la historia».

como sucede con muchos autores de la Antigüedad, poco se conoce sobre la vida y circunstancias de Heródoto. en tierras de lo que hoy es Turquía.

Sabemos, eso sí, que su padre se llamaba Lixes y su madre Drío (o Rhoio), y que vino al mundo en torno al año 484 a.C. en una ciudad-estado de la antigua Caria: Halicarnaso (la actual Bodrum),

La primera mitad de su vida transcurrió en plenas guerras médicas, que enfrentaron a griegos y persas.


Busto del historiador griego. Museo Metropolitano, Nueva York.

Foto: Metropolitan Museum / ALBUM

Quizás el origen de la vocación literaria de Heródoto se encuentre en su tío (o quizá su primo) Paniasis. De él se dice que escribió una obra en verso en catorce libros sobre los orígenes de la presencia griega en Jonia (la costa occidental de Turquía, colonizada por emigrantes llegados de Grecia). Merece la pena subrayar que, como todas las obras relevantes de la época, era un largo poema, un modo de redactar que Heródoto no utiliza, pues escribe en prosa, género para el cual entonces ni siquiera existía una palabra. El autor de Halicarnaso no fue el primero en utilizar la «palabra desnuda» (psilos logos), pero sí quien terminó por convertirla en la herramienta adecuada para la transmisión y el debate de ideas.

De resultas de las turbulencias políticas provocadas por las guerras médicas, que llevaron a la ejecución de Paniasis, Heródoto hubo de abandonar Halicarnaso en una fecha que desconocemos. Comenzó entonces a deambular por distintos puntos del Mediterráneo y a recopilar información sobre sus pueblos, la cual veremos sistematizada después en los nueve libros de su Historia.

Aunque no todos los especialistas creen que Heródoto viajase a todos los lugares que menciona, lo cierto es que la información contenida en su texto casi siempre se ha confirmado, lo que indica que sí estuvo donde dice o, cuanto menos, que utilizó fuentes de información fiables. Un perfecto ejemplo de ello puede ser su recorrido por tierras del Nilo, que posiblemente fue una de las primeras regiones que visitó tras abandonar su ciudad natal y que describe extensamente en el segundo libro de su Historia.


Este mapa recrea el mundo conocido o ecumene descrito por Heródoto en sus obras: desde Sudán hasta Europa Central y desde la India hasta Iberia.

Foto: Tony Querrec / RMN-Grand Palais.

GEOGRAFÍA Y PIRÁMIDES

Heródoto empieza ofreciendo al lector una descripción pormenorizada de la geografía de Egipto, incluida la causa de la crecida del Nilo y la situación de las fuentes del río. Dado el limitado conocimiento geográfico de la época, sus suposiciones no pasan de ser elucubraciones sin mucho sentido. También describe los beneficios que esa crecida aporta a los egipcios y lo fácil que vuelve para ellos las tareas agrícolas.


«Desde la costa y hasta Heliópolis, tierra adentro, Egipto es ancho, totalmente llano y rico en agua y limo [...]. Curso arriba de Heliópolis, sin embargo, Egipto es estrecho», dice Heródoto. Vista aérea del Nilo y su valle, rodeado por el desierto.

Foto: Tony Querrec / RMN-Grand Palais.


Aquí nos topamos con un dato que nos permite atisbar las muchas briznas de información real contenidas en el texto. Menciona Heródoto que los egipcios utilizaban piaras de cerdos para introducir la simiente en el terreno reblandecido por las aguas: el campesino deja caer las semillas en el suelo «y suelta a los cerdos; pisoteando, las bestias hunden en la tierra el grano y el hombre sólo tiene que esperar a la cosecha». Aunque autores posteriores, como Plinio el Viejo, negaron este dato, milenios después quedaría demostrado por los estudiosos que examinaron los relieves de las tumbas.

Heródoto dedica un espacio significativo a uno de los monumentos emblemáticos de Egipto, las pirámides de Gizeh. A pesar de que enumera correctamente a sus constructores –Keops, Kefrén y Micerino– y explica que se trata de sus tumbas, no se puede decir que después se muestre como el más exacto de los historiadores. No sólo describe cámaras inexistentes en la Gran Pirámide, sino que confunde la calzada de acceso a la misma con la rampa utilizada para arrastrar piedras. Igualmente, menciona un sistema de elevación de sillares que ha alimentado la imaginación de todo tipo de investigadores. Heródoto remata su descripción con una fantasiosa historia pensada para resaltar la maldad del hombre que ordenó edificar tamaña monstruosidad de piedra. En efecto, cuenta el autor de Halicarnaso que cuando Keops, al que presenta como un tirano pérfido que había cerrado todos los templos del país y esclavizado a su pueblo para que edificara su tumba, agotó el tesoro real recurrió a un sistema perverso para continuar la construcción: prostituir a su propia hija. Con lo que le pagaron por gozar de los encantos de la princesa, el rey consiguió suficiente efectivo para terminar su pirámide. Heródoto añade que la princesa, a su vez, pedía a cada uno de sus clientes un bloque de piedra con los que después habría erigido su propia pirámide, una de las pequeñas construcciones que se alzan al este de la de Keops.


«En la construcción de la pirámide de Keops se emplearon veinte años. Cada uno de sus lados tiene una longitud uniforme de ocho pletros [236,8 m] y otro tanto de altura» . En la imagen, las tres pirámides de Gizeh. Al fondo, la Gran Pirámide erigida por Keops.

Foto: Daily Travel / Alamy / ACI


EL MISTERIO DE LAS MOMIAS

A diferencia de lo que sucede con Keops, los datos que sobre la momificación proporcionaron a Heródoto sus informantes egipcios se han confirmado como correctos. Cuenta el historiador que existían tres categorías de embalsamamiento. La de mejor calidad implicaba la extracción del cerebro con un gancho a través de la nariz, y la de los órganos internos mediante una incisión en un costado (órganos que después se embalsamaban de modo individual). Después, el abdomen era rellenado con sustancias aromáticas y cosido, tras lo cual el cuerpo era desecado cubriéndolo con natrón, una sal natural. Tras 70 días, el cadáver se extraía del natrón, se limpiaba y se vendaba antes de entregarlo a los familiares para el enterramiento.



Heródoto cuenta que Keops, sucesor de un tal Rampsinito, un rey ficticio, «sumió a los habitantes de Egipto en una completa miseria». Figurita de marfil de Keops. Museo Egipcio, El Cairo.

Foto: Sandro Vannini / Bridgeman / ACI


El segundo sistema de momificación consistía en introducir en el cuerpo una lavativa de sustancias disolventes, que se mantenían dentro mientras aquél se desecaba bajo el natrón. Transcurridos los días prescritos, del cuerpo del difunto no quedaban más que la piel y los huesos, que eran entregados tal cual a sus deudos. El tercer sistema era parecido, excepto que no se disolvía el interior del cuerpo, el cual se limitaba a ser purgado y sumergido en natrón.

Años de investigación paleopatológica han demostrado que las momias de los faraones del Reino Nuevo están embalsamadas con el primer sistema descrito por Heródoto, el de mejor calidad, y que a partir del Tercer Período Intermedio también utilizaron las personas con más recursos económicos. De hecho, en sus momias incluso se hacían pequeñas incisiones para introducir barro en lugares concretos del cuerpo y dar de este modo un volumen y aspecto más natural al cadáver desecado. Respecto al sistema de la lavativa, se sabe que se usó en el Reino Medio, cuando se probó para momificar a algunas reinas y princesas, aunque terminó desechado en favor del método más tradicional de la extracción de las vísceras. Asimismo, los textos han demostrado que la momificación solía demorarse 70 días, de los cuales 40 eran para el secado del cadáver y 30 para vendarlo y enterrarlo.


Heródoto lee su historia ante el público de Atenas. Johann Ludwig Gottfried. Crónica histórica, Fráncfort, 1630.

Foto: AKG / ALBUM.


Una cuestión sobre la cual Heródoto nos proporciona información valiosa son los animales sagrados y su culto durante la Baja Época, incluido el del toro Apis. Adorado en Menfis, este bóvido era considerado una manifestación terrenal del dios Ptah, el patrón de aquella ciudad. Sólo existía un Apis sobre la tierra, que se reconocía por unas marcas muy concretas que Heródoto nos describe: era completamente negro, con una marca blanca sobre la frente, la imagen de unas alas de halcón sobre el lomo, los pelos del extremo de la cola dobles y una mancha con forma de escarabajo bajo la lengua. Cuando el animal moría, comenzaba una búsqueda que no terminaba hasta haber localizado un nuevo Apis, identificado por sus específicas características físicas.

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SACERDOTES Y CULTO

En cuanto a los sacerdotes, Heródoto describe con atención sus características, que encuentra perfectamente comprensibles: «Se afeitan todo el cuerpo cada dos días, para que ningún piojo u otro bicho repugnante cualquiera se halle en sus cuerpos mientras sirven a los dioses [...]. Sólo llevan un vestido de lino y sandalias de papiro, pues no les está permitido ponerse otro tipo de vestido o de calzado. Se lavan con agua fría dos veces al día y otras dos cada noche...».

Esta cabeza de un sacerdote de la Baja Época, esculpida en grauvaca, muestra una de las costumbres mencionadas por Heródoto: la de raparse la cabeza. Museos Estatales, Berlín.

Foto: BKP / SCALA, FIRENZE.



Algunas costumbres de los egipcios le resultan chocantes: los hombres, asegura, se dejan crecer el cabello y la barba cuando están de duelo, las mujeres orinan de pie y los hombres sentados, comen en la calle y hacen sus necesidades en casa... Aun así, interpreta estas rarezas como una muestra más de la gran antigüedad de los egipcios, de los cuales los griegos habrían heredado no pocas cosas, al decir de Heródoto, entre ellas las ceremonias de culto al dios Dioniso y los nombres de casi todos sus dioses.

Heródoto también nos proporciona información fiable cuando se refiere a los componentes de la dinastía XXVI. Conocida como dinastía saíta por tener su capital en la ciudad de Sais, en el Delta, Heródoto identificó correctamente a sus reyes (Psamético I, Necao II, Psamético II, Apries, Amasis y Psamético III). Los doscientos años transcurridos entre estos soberanos y la visita de Heródoto explican, quizá, que nos dé cuenta de sus reinados mezclando datos históricos con leyendas, según su habitual estilo. Heródoto termina el libro II con el reinado de Amasis, que le sirve de nexo de unión para enlazar con el inicio del libro III, dedicado a Cambises, el rey persa que conquistó Egipto.


Este óleo de Edwin Long, de 1877, plasma un pasaje de Heródoto: «En los festines, cuando terminan de comer, un hombre hace circular por la estancia, en un féretro, un cadáver de madera, pintado y tallado [...]. Dice a los comensales: “Míralo y luego bebe y diviértete, pues cuando mueras serás como él”».

Foto: Bridgeman / ACI


EL TORO APIS Y EL REY CAMBISES

Todo esto sirve al padre de la historia como introducción para contar que, tras conquistar Egipto, el rey persa Cambises fue a visitar el santuario del Apis y acabó infligiéndole una herida en el lomo de resultas de la cual el toro falleció unos días después. Sin embargo, las excavaciones en las catacumbas donde eran enterrados los Apis, el Serapeo de Saqqara, demuestran que en las fechas del supuesto ataque no se produjo la muerte de ningún toro. De modo que la historia de Cambises es probablemente una excusa para destacar el carácter soberbio e impío del monarca persa. Algo que queda demostrado cuando mucho después, según cuenta Heródoto, Cambises muere a causa de una herida en la pierna, justo en el mismo sitio donde habría golpeado al toro sagrado.


Esta estela, datada en la dinastía XXI, fue descubierta en el Serapeo de Saqqara. Muestra a uno de estos animales sagrados siendo adorado por un fiel. Museo del Louvre, París.

Foto: Scala, Firenze.


En general, Heródoto proporciona una interesante cantidad de información correcta. Todo ello, claro está, entremezclado con historias dudosas y leyendas increíbles que conviene expurgar para encontrar la información real que contienen.

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UNA HISTORIA PARA LEER EN PÚBLICO

En la antigua grecia, la tarea de dar a conocer al público una obra escrita era muy laboriosa. Los autores aprovechaban alguna de las muchas fiestas religiosas que se celebraban por toda la Hélade para presentarse a los concursos literarios que se organizaban en ellas o hacer una lectura pública de toda la obra o parte de ella. Según Luciano de Samosata, Heródoto no se anduvo con menudencias y leyó todo su texto de una sentada durante la celebración de los juegos olímpicos de la LXXXI Olimpiada, que tuvieron lugar en 456 a.C. La leyenda cuenta que entre el público se contaba un joven Tucídides, que lloró de emoción al término de la lectura. Ésta sin duda gustó y eso permitió que la Historia fuera publicada en rollos de papiro. Los fragmentos más antiguos conservados son del siglo II d.C.

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LA FASCINACIÓN GRIEGA POR EGIPTO

Los griegos consideraban Egipto como una de las naciones más antiguas y poseedora de una gran sabiduría. Según las fuentes, no fueron pocos los helenos que acudieron a orillas del Nilo a aprender con sus sacerdotes en las escuelas de los templos. Uno de ellos fue Tales de Mileto, que según Proclo se habría formado como matemático en el país del Nilo, donde también habría inventado la geometría. Otro griego destacado que habría estudiado en Egipto sería Platón, quien habría compartido casa allí con el matemático Eudoxo, según dice Estrabón en su Geografía. No son los únicos, pues se comenta que el poeta Alceo, el escultor Telecles, el político Solón o el matemático Pitágoras también visitaron Egipto en busca de conocimientos. Es lógico, pues, que éste fuera el primer país visitado por Heródoto.

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Este artículo pertenece al número 196 de la revista Historia National Geographic.



NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

viernes, 29 de septiembre de 2017

HISTORIA : GRECIA .- Heródoto, el historiador viajero

http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/herodoto-historiador-viajero_11890
https://es.wikipedia.org/wiki/Her%C3%B3doto
http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/herodoto-padre-de-la-historia_6687



El padre de la historia
Heródoto de Halicarnaso describió el mundo y los acontecimientos que marcaron su época en su Historia, una magna obra que siglos después fue dividida en nueve libros. Aquí en un busto  en el Museo Metropolitano de Nueva York.
 Escultura: Mma / Rmn-grand palais




Persépolis, capital del imperio
Heródoto dedica buena parte de su obra a hablar del Imperio persa, de sus gobernantes y costumbres, y de las guerras que lo enfrentaron con los griegos. La fotografía corresponde a la monumental puerta de Todas las Naciones, erigida por Jerjes en Persépolis en 475 a.C. y flanqueada por dos toros alados o lamassu.
Foto: KPZFOTO / ALAMY / ACI



Biblioteca de Celso, en Éfeso
Heródoto narra en su libro primero que el rey Creso de Lidia sitió la ciudad de Éfeso durante su conquista de Asia Menor, y que sus habitantes dirigieron sus oraciones a Ártemis mientras unían templo y ciudad con una soga.
Foto: ANNA SERRANO / GTRES



Clío, la musa de la historia. Fresco. Museo de Roma
La actual división de su larga obra Historia en nueve libros procede, seguramente, de los filólogos alejandrinos. Heródoto habla de lógoi, algo así como "tratados", cada uno con temática propia, reunidos en ese conjunto final.
Foto: Scala, Firenze


La Gran Pirámide de Gizeh
Según cuenta Heródoto, Keops, el constructor de la Gran Pirámide de Gizeh, fue un tirano que durante sus cincuenta años de reinado "sumió a los habitantes de Egipto en una completa miseria".
Foto: TOÑO LABRA / AGE FOTOSTOCK



El origen de las leyes, las artes y las ciencias, 1820
En su Historia, Heródoto nos ofrece una visión personal de su mundo, que exploró escuchando a informadores de los distintos países que visitó. Construcción de una gran pirámide según las descripciones proporcionadas por Heródoto. 
Foto: Oronoz / Album

El faraón Keops. Estatuilla de marfil del constructor de la Gran Pirámide. Museo Egipcio, El Cairo.
Keops y la construcción de la gran pirámide
Cuando Heródoto habla de la construcción de la Gran Pirámide de Gizeh y de su artífice, Keops, retrata al faraón como un tirano sin escrúpulos que obligó a su pueblo a erigir su tumba en un régimen de semiesclavitud, lo que no es cierto: "Cerró todos los santuarios y luego ordenó a todos los egipcios que trabajasen para él. En este sentido, a unos se les encomendó la tarea de arrastrar bloques de piedra [...] y a otros les ordenó hacerse cargo de los bloques [...]  El pueblo estuvo, por espacio de diez años, penosamente empeñado en la construcción de la calzada por la que arrastraban los bloques [...] Por su parte, en la construcción de la pirámide propiamente dicha  se emplearon veinte años".
Heródoto describe la técnica constructiva: "Esta pirámide se construyó sobre la colina en una sucesión de gradas, que algunos denominan repisas y otros altarcillos; después de darle esta primera estructura fueron izando los restantes sillares mediante máquinas formadas por maderos cortos, subiéndolos desde el suelo hasta la primera hilada de gradas [...] y desde la primera hilada lo subían a la segunda y lo colocaban en otra máquina; pues el caso es que había tantas máquinas como hiladas de gradas". Y menciona el enorme gasto en rábanos, ajos y cebollas para alimentar a los obreros: "Mil seiscientos talentos de plata".
Foto: AKG / ALBUM




Heródoto y Tucídides. Los dos historiadores que describieron las guerras médicas y la guerra del Peloponeso
Demasiado pintoresco para merecer crédito 
El aprecio hacia la obra de Heródoto ha variado notablemente según autores y épocas. Tucídides, por ejemplo, impuso en su Guerra del Peloponeso un modo de narrar historia mucho más crítico y centrado sólo en los grandes conflictos bélicos y políticos contemporáneos, y limitado a lo griego, sin relatos pintorescos, sin escenarios lejanos y con estilo austero. Creó un modelo de historiadores "serios" en contraste con Heródoto, que fue considerado un ingenioso fabulador poco digno de crédito. Plutarco lo condenó por ser "amigo de los bárbaros", y Luciano y Dionisio de Halicarnaso salvaron su texto sólo por ser divertido y de gracioso estilo.
No fue hasta el Renacimiento cuando se redescubrió a Heródoto, que volvió a leerse con entusiasmo. Pronto se tradujo al latín, y con los relatos de la conquista de América resurgió la historia al estilo de Heródoto. En el siglo XVIII se reafirmó su prestigio, a la vez que se comprobó la veracidad de mucho de lo que contaba y que parecía fabuloso. 
Foto: White Images / Scala, Firenze
Diosa alada lidia en una placa de terracota, divinidad relacionada con la naturaleza
El rey Candaules burlado por su esposa
En su libro primero, Heródoto  narra la historia del pueblo lidio y de los reyes que precedieron al famoso Creso. Uno de ellos era Candaules, el último rey de la dinastía Heráclida, que perdió la vida por culpa de una conspiración urdida por su esposa y Giges, un general que se convertiría en el primer rey de la dinastía Mérmnada, la de Creso. 
Cuenta Heródoto que Candaules, locamente enamorado de su esposa, proclamaba que era la mujer más bella del mundo. Como le pareció que Giges no estaba convencido de sus palabras, le instó a contemplar en secreto a su mujer en la intimidad de su alcoba, cuando se desnudase para meterse en el lecho. Giges así lo hizo, pero ella se dio cuenta de que la observaba. Sintiéndose vejada, al día siguiente abordó al general con estas palabras: "Giges, de entre los dos caminos que ahora se te ofrecen, te doy a escoger el que quieras seguir: o bien matas a Candaules y te haces conmigo y con el reino de los lidios, o bien eres tú quien debe morir sin más demora para evitar que,  por seguir todas las órdenes de Candaules, veas lo que no debes. Sí, debe morir quien ha tramado este plan o tú, que me has visto desnuda y has obrado contra las leyes del decoro". Giges, sin salida, no tuvo más remedio que matar al rey en su dormitorio mientras descansaba, con un puñal que la reina le entregó, y de este modo "se hizo con la mujer y con el reino de los lidios".
Foto: H. LEWANDOWSKI / RMN-GRAND PALAIS

El rey Candaules
El rey espera en el lecho a su esposa, que es observada por Giges mientras se desviste. Óleo por Jean-Léon Gerôme. 1859 Museo Pushkin de Bellas Artes, Moscú. 
Foto: FINE ART / AGE FOTOSTOCK



Estela de Filocles. Relieve funerario de este poeta ateniense, del siglo V a.C., en el que aparece con su hijo
El pasado visto de modos diferentes
El reportero polaco Ryszard Kapuscinski escribió a mediados de la década de 1950 un libro de viajes titulado Viajes con Heródoto, que pretende ser un homenaje al historiador griego, al que considera el primer reportero del mundo, cuya prosa le acompaña e inspira en su propio periplo. En su libro, Kapuscinski dice: "Heródoto se marca un ambicioso objetivo: perpetuar la historia del mundo. Nadie lo había intentado antes. Es el primero a quien se le ocurre esta idea. Mientras intenta recopilar el material para su obra magna e interroga a los testimonios [...] se da cuenta de que cada uno recuerda una cosa y de un modo diferente. Además [...] descubre un aspecto importante y a la vez pérfido y tramposo de nuestra memoria: la gente recuerda sólo lo que quiere recordar y no lo que ocurrió en realidad [...] El pasado no existe. Sólo hay infinidad de versiones".
Foto: AKG / ALBUM


Entre la historia y la etnografía
En su Historia, Heródoto describe extensamente las costumbres y tradiciones de los pueblos que habitaban las distintas regiones que él mismo visitó en sus viajes o de las que obtuvo información indirecta. Aunque a veces se ha puesto en duda su veracidad, los informes de Heródoto constituyen un ensayo pionero de investigación etnográfica en la Antigüedad.


Babilonia, según la descripción dada por Heródoto. Grabado anónimo de 1732.
Los babilonios, médicos callejeros
"Una costumbre muy acertada que rige entre los babilonios es ésta: sacan a los enfermos a la plaza (pues resulta que no tienen médicos). Así, los transeuntes –si alguno de ellos ha sufrido un mal semejante al que padece el enfermo o si ha visto afectado de él a otra persona– se acercan al enfermo y le dan consejos sobre su enfermedad [...] y no les está permitido pasar junto a un enfermo sin preguntarle qué mal le aqueja". Libro I
Foto: Mary Evans / Scala, Firenze


Tapa exterior del sarcófago de Psamético I. Siglo VII a.C. (Baja época). Dinastía XXVI
Los egipcios, amantes de los animales
"Los gatos muertos son trasladados a unos edificios sagrados, en la ciudad de Bubastis, donde, una vez embalsamados, reciben sepultura; en cambio, a los perros cada cual los sepulta, en su respectiva ciudad, en unos féretros sagrados; y también los icneumones [mangostas] son sepultados como los perros. A las musarañas y a los halcones los llevan a la ciudad de Buto, y a los ibis, a Hermópolis. En cambio a los osos [...] y a los lobos [...] los sepultan allí donde los encuentran muertos". Libro II
Foto: Bridgeman / Aci
Aplique de oro escita que recrea la lucha entre un tigre y un lobo fantástico. Siglos VII-VI a.C
Los juramentos de los escitas
"Los escitas, con quienes sellan un juramento, lo hacen de la siguiente manera: en una gran copa de cerámica vierten vino y con él mezclan sangre de los que prestan el juramento, haciéndoles previamente una punción con una lezna o una ligera incisión en el cuerpo mediante un cuchillo; y, acto seguido, sumergen en la copa un alfanje, flechas, una sagaris [una especie de hacha] y un venablo. Hecho esto, lanzan múltiples imprecaciones y, finalmente, beben del contenido de la copa [...] ". Libro IV
Foto: Akg / Album



Carro de oro tirado por cuatro caballos. Tesoro del Oxus. Siglos V-IV a.C
Los persas y la educación de los hijos
"Demuestra hombría de bien quien además del valor en la guerra puede mostrar muchos hijos; y al que puede mostrar más, el rey le envía regalos, todos los años [...]. Desde los cinco hasta los veinte años sólo enseñan a sus hijos tres cosas: a montar a caballo, a disparar el arco y a decir la verdad. Y hasta que un niño no tiene cinco años no comparece en presencia de su padre [...] Esto se hace con el fin de que si muere durante su crianza no cause a su padre pesar alguno". Libro III
Foto: British Museum / Scala, Firenze

Nacido en la ciudad jonia de Halicarnaso, Heródoto concibió la historia como una investigación personal y una exploración de otras culturas, incluidas las de los pueblos "bárbaros".

Homero, el autor de la Ilíada y la Odisea, comienza sus poemas invocando a la "Musa divina" como inspiradora de su obra; Heródoto, en cambio, pone su nombre propio en la primera línea de su relato, escrito no en verso, sino en prosa. Esa firma personal sirve como garantía de la veracidad de su testimonio y de su narración, como harán otros dos cronistas, Tucídides y Jenofonte.
En ese inicio encontramos también la palabra que denominará para siempre a este nuevo género de escritura: historia. El relato que presenta Heródoto es el resultado de su investigación personal (apodexis historíes). Enseguida nos advierte de que no pretende contar mitos de los dioses y héroes antiguos, sino "los hechos de los hombres". Pero hay algo en su gran proyecto narrativo en lo que coincide con los poetas épicos: escribe para salvar del olvido el recuerdo de gestas admirables. Conviene fijarse bien en las líneas iniciales de ese relato histórico pionero, tan extenso y de largo aliento, que esboza su programa de clara novedad: "Ésta es la exposición de la investigación de Heródoto de Halicarnaso, a fin de evitar que, con el tiempo, caigan en el olvido los hechos de los hombres y que las gestas importantes y admirables realizadas tanto por griegos como por bárbaros, y de manera particular el motivo por el que lucharon unos contra otros, queden sin gloria".
Heródoto quería explicar las causas de la gran confrontación que conocemos con el nombre de guerras médicas
En este prólogo, escrito sin duda al concluir su extensa obra, subraya un doble objetivo: referir las grandes gestas tanto de griegos como de no griegos –bárbaros– y, en segundo lugar, explicar las causas de la tremenda guerra entre unos y otros, la gran confrontación que conocemos con el nombre de guerras médicas (492-478 a.C.). En el texto de Heródoto, la palabra bárbaros no tiene ningún matiz despectivo, como sí tendrá posteriormente en Tucídides y otros autores clásicos. Heródoto admira el mundo abigarrado de "los bárbaros", sus hazañas y los grandiosos monumentos que erigieron.

Un hombre cosmopolita

Heródoto vivió aproximadamente entre los años 485 y 425 a.C. Es, por tanto, coetáneo del sofista Protágoras y del poeta trágico Sófocles. Consiguió gran renombre durante su visita a Atenas hacia 441 a.C. Allí fue invitado a leer con gran éxito algunos capítulos de su obra y recibió un premio importante por ello, un pago a sus elogios de la heroica lucha de los griegos, sobre todo de los atenienses, en defensa de la libertad.
Nacido en la ciudad jonia de Halicarnaso, de donde fue desterrado, pasó largo tiempo en la isla de Samos y luego se dedicó a viajar. Fue en Jonia donde surgieron los primeros filósofos, en ciudades como Mileto o Éfeso, urbes comerciales y abiertas al mar, siempre bajo la amenaza del vecino Imperio persa. Allí forjó Heródoto su carácter y su ánimo intrépido de amante de los viajes, curioso y tolerante, y tomó nota de las noticias frescas de lo que veía y lo que le contaban, como un buen reportero avant la lettre; no en vano, Ryszard Kapuscinski, uno de los mejores periodistas del siglo XX, lo vio como un guía ejemplar para viajeros a tierras lejanas en su libro Viajes con Heródoto.
Creso de Lidia: el rey que nadaba en oro
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Creso de Lidia: el rey que nadaba en oro

La actual división de su larga obra Historia en nueve libros procede, seguramente, de los filólogos alejandrinos.Heródoto habla de lógoi, algo así como "tratados", cada uno con temática propia, reunidos en ese conjunto final. En el libro primero de su Historia, Heródoto trata del reino de Lidia, del fastuoso rey Creso y sus enormes riquezas, y de la conquista de este territorio por el rey persa Ciro. En el segundo libro nos habla de Egipto y sus maravillas. El tercero comienza con la conquista del país del Nilo por el persa Cambises y vuelve a las historias de Persia. El cuarto libro abarca dos lógoi: uno sobre Escitia (región situada en Asia Central) y otro sobre Libia.
Los libros siguientes relatan el conflicto bélico entre griegos y persas, episodio tras episodio. En el quinto enfoca las intrigas de los persas en Macedonia y los conflictos de las ciudades griegas, con noticias sobre las políticas de Esparta y AtenasLos siguientes libros cuentan las dos guerras médicas: en el sexto, la expedición de Darío, que concluye con la victoria griega en Maratón; el séptimo evoca con intenso dramatismo las batallas decisivas, las de Termópilas y Maratón; en el libro octavo, la de Salamina, y en el noveno narra la de Platea. Todas ellas sellan la merecida victoria final de los griegos.

El primer reportero

Heródoto reúne noticias muy variadas de sus viajes y experiencias. No se basa para ello en textos escritos, no usa viejos archivos, sino que cuenta lo que ha visto y oído en sus largos viajes y, ya en la segunda parte, nos describe y comenta, como nadie antes, la guerra que decidió la libertad de Grecia, con especial referencia a la democrática Atenas. No sólo es el "padre de la historia", como lo definió Cicerón, sino también de la geografía e incluso de la antropología cultural. Nos ofrece una visión personal de su mundo, que exploró con enorme agudeza escuchando a informadores de distintos países a lo largo de sus itinerarios. Sus instrumentos fueron la mirada curiosa (ópsis), el escuchar a fondo (akoé) y la reflexión crítica sobre los datos recogidos (gnóme).
No sólo es el "padre de la historia", como lo definió Cicerón, sino también de la geografía e incluso de la antropología cultural
Los primeros libros de su Historia atestiguan esa faceta de viajero excepcional. Visitó Egipto, recorriendo el valle de Nilo hasta la primera catarata en Elefantina (Asuán), donde acababa el Egipto antiguo, a unos mil kilómetros del mar. También visitó Mesopotamia y nos ha dejado una descripción de la famosa Babilonia y las comarcas cercanas; tal vez llegara hasta Susa. Hacia el norte, visitó las colonias griegas a orillas del mar Negro, y más allá se internó en las praderas pobladas por los errabundos escitas, en la estepa ucraniana, hasta llegar cerca de la actual Kíev. Recorrió también el norte de África, pasando por la Cirenaica y la costa de la actual Libia. Recaló un tiempo en las ciudades griegas del sur de Italia y colaboró en la fundación de la colonia de Turios. Podemos suponer que deambuló por toda Grecia y visitó muchas islas del Egeo.
Nos habría gustado saber más de las andanzas del intrépido viajero. ¿Cómo viajaba? ¿En solitario y con mínima impedimenta? ¿A caballo? ¿Cómo pagaba sus gastos y dónde se albergaba? ¿Registraba sus encuentros e impresiones en apuntes en rollos de papiro? Algunas regiones que Heródoto recorrió estaban colonizadas por griegos –como la costa del mar Negro o el sur de Italia–. También en la costa norte de Egipto había comerciantes griegos, y en Persia, tal vez algunos mercenarios. Pero ¿y en la estepa escita, cuando remontó el río Dniéper viajando entre tribus bárbaras, o en el Alto Egipto? Por otra parte, parece que sólo conocía el griego (como era natural en los viajeros griegos de la época), así que en Egipto tuvo que recurrir a sacerdotes locales bilingües para que le interpretaran las inscripciones más o menos sagradas de los templos.
Heródoto era, indudablemente, un tipo excepcional en su curiosidad por lo exótico y en su admiración de lo extraordinario. Al recordar al sabio Solón cuenta que, tras su etapa como legislador en Atenas, partió de viaje "por afán de ver mundo" (theoríes héneken). Ese mismo "afán téorico" movía sin tregua a Heródoto, pero en él va unido a las ganas de narrar las cosas asombrosas que ha visto o que le contaron, y lo hace en un estilo muy claro, con descripciones y anécdotas de vivo colorido en escenarios muy variados.

Pionero de la antropología

Heródoto es también aquí el gran precursor de la pasión por las maravillas del milenario y enigmático Egipto, conocida luego como "egiptomanía"
Comparado con historiadores como Tucídides o Jenofonte, Heródoto se revela –sobre todo en los primeros libros– como un narrador divertido y fabuloso; después, cuando describe la guerra y sus contextos políticos, resulta más austero. Pero si nos detenemos en la lectura de la mitad inicial de su gran obra podemos admirar toda la variedad de sus observaciones. Es, con razón, muy conocido el libro segundo, dedicado a Egipto –que, desde tiempos de Homero, fue un país que siempre fascinó a los griegos y adonde viajaron famosos sabios como Tales, Pitágoras y más tarde Platón–. Fue Heródoto quien lo llamó "un don del Nilo".
Y, en efecto, comienza hablando del caudaloso río y de las teorías sobre sus lejanas fuentes en el centro de África, para describir luego las extrañas costumbres de sus gentes, así como algunos animales del variopinto bestiario egipcio, como el cocodrilo, el ibis y los gatos (por entonces, unos animales poco conocidos por los griegos). Asimismo trata de las colosales pirámides y de los dioses, sus templos, sus arcanos ritos y las historias asociadas a ellos; incluso narra cuentos curiosos, como el del ladrón de tesoros de pirámides, Rampsinito. Heródoto es también aquí el gran precursor de la pasión por las maravillas del milenario y enigmático Egipto, conocida luego como "egiptomanía".
Heródoto es así, en cierto modo, el primer antropólogo que explora mundos ajenos a su cultura. Abre ojos y oídos a las tradiciones de otros pueblos y elabora una pintoresca narración, una "historia" de horizontes lejanos, monumental y novelesca a ratos; se nos aparece como un viajero ilustrado fascinado por Oriente y Egipto, un pensador de extraordinaria amplitud de miras, tolerante y ameno.
Como otros historiadores griegos, Heródoto vivió desde joven en el exilio y compuso su magna obra desde él. Al igual que Tucídides, Jenofonte y Polibio, la experiencia del destierro le incitó a tender una mirada aguzada e imparcial sobre otras culturas, sin censuras morales ni partidismos patrióticos. Lo hizo con el hondo orgullo de ser un hombre libre y haber conocido la democracia, y de manejar la flexible lengua griega y afianzar, escribiendo en la joven prosa jonia, la tradición helénica del gusto por el diálogo en libertad y el examen crítico ante los hechos y las personas. Por eso, en los últimos libros de su Historia, exaltó la lucha heroica de los griegos por su independencia contra el gran ejército de los persas, llevados de continuo al desastre por reyes despóticos.

Desafiar al olvido

"Todo es azaroso en la vida humana", apunta en una sentencia; "La divinidad es envidiosa y perturbadora", dice en otra
Coetáneo y amigo de Sófocles, Heródoto mantiene una visión humanista y trágica de la historia universal, con esa mentalidad arcaica que veía a los humanos como seres "efímeros" de azaroso destino. Incluso el poderío y la ambición de los más grandes puede derrumbarse. "Todo es azaroso en la vida humana", apunta en una sentencia; "La divinidad es envidiosa y perturbadora", dice en otra. "No llames a nadie feliz hasta contemplar su último día", alecciona el ateniense Solón al riquísimo rey Creso, que recordará la frase al caer derrotado por el persa Ciro.
La divinidad abate a los orgullosos y premia a los justos, y castiga el exceso de soberbia, como hizo con Jerjes, al que ya Esquilo en su tragedia Los persas presentó como ejemplo de hybris (el arrebato pasional que lleva a los hombres a desafiar los límites impuestos por los dioses). Para Heródoto, el mundo se mueve bajo la mirada de los dioses, pero la providencia divina nos es extraña e imprevisible. El destino resulta trágico, y por ello vale la pena celebrar las gestas heroicas y las maravillas, e inventar, para siempre, la historia, es decir, un testimonio acreditado a favor de las glorias humanas desafiando las sombras del olvido.
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Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

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