Unos simpatizantes hacen campaña en
favor de un candidato tuareg en Agadez antes de las elecciones de 2009
en Níger. La historia ensombrece la política, pues la minoría tuareg se
enfrenta al rencor de los grupos étnicos a los que esclavizó en el
pasado.
Rebeldes tuareg se cruzan en el
camino con un nómada de su misma etnia. Le obsequian con té y azúcar y
le preguntan qué ha visto. «Para saber lo que pasa por aquí, hay que
hablar con un tuareg –explica el cabecilla rebelde–. Somos los ojos de
este desierto.»
Brent Stirton
Con el rostro oculto detrás de un turbante oscuro, el comandante rebelde
avanza al frente de sus hombres sobre la arena suave, ennegrecida en
algunos puntos por las explosiones de mortero y sembrada de la metralla
que dejaron los combates aquí librados, en un campo de fútbol infantil.
A cada paso que damos pisamos un casquillo de rifle.
«Pisen donde yo piso», advierte, recordándonos que
el ejército de Níger ha minado el terreno
que en otro tiempo fue una escuela para los tuareg. Sus hombres han
retirado algunos artefactos; otros siguen perdidos en las arenas
cambiantes.
«Quizás estén enterrados a tal profundidad que no exploten si los pisan.»
La tarde llega a su fin. Es la estación seca y el termómetro por fin ha bajado de los 40°C. Las
dunas
de color beige que se extienden hacia el norte empiezan a adquirir un
tono rosado, y las sombras de las cumbres escarpadas del sudoeste se
alargan sobre el fondo del valle. En este valle solitario llamado
Tazerzaït, donde el macizo del
Aïr se funde con los océanos de arena del
Sáhara, los hombres del comandante se cobraron la mayor victoria en los dos años de rebelión contra el Gobierno de este país.
Los rebeldes, todos ellos de la etnia tuareg, descienden de
los indómitos nómadas que durante siglos controlaron el lucrativo
comercio caravanero de oro, especias y esclavos, cuyas rutas
atravesaban esta desolada región del norte de África. Luchando bajo la bandera del
Movimiento de los Nigerinos por la Justicia (MNJ) y apoyados en parte por el dirigente libio
Muammar al-Gadafi,
capturaron a 72 soldados del Gobierno en Tazerzaït, y una vez más
exigieron al Estado que compartiese los ingresos de otra fuente de
riqueza: el uranio extraído en tierras de los tuareg. En un gesto de
buena voluntad liberaron a todos los prisioneros, excepto a uno. «
Es un criminal de guerra», dice el comandante.
Según avanzamos, el comandante explica que los tuareg de la zona
construyeron el colegio en Tazerzaït porque está cerca de un pozo
situado en el centro de las dispersas áreas de pasto de la región,
permitiendo así a las familias visitar a sus hijos mientras se movían
con los rebaños.
«Mi padre sólo sabía vivir en el desierto –dice el comandante–.
Sabía
conducir la caravana de sal a Bilma, encontrar pasto en el desierto,
cazar antílopes en los cañones y carneros en las montañas. Y eso es
cuanto sé yo también, pero la vida del desierto está llegando a su fin.
Nuestros hijos tienen que ir al colegio.»
Llegamos a la cima de un pequeño risco en el que se yerguen tres aulas de adobe, los muros acribillados de balazos y sin tejado.
Las pizarras están llenas de grafitis, legado de los soldados
nigerinos: obscenidades en francés y caricaturas de los tuareg
practicando el bestialismo. Cuatro rebeldes con Kaláshnikov han bajado
al supuesto criminal de guerra desde la cueva de montaña donde lo tienen
cautivo. Su mirada pasa con rapidez de un hombre a otro. Lleva
recortadas las mangas de la camisa de camuflaje y desatadas las botas de
campaña. Afirma tener 27 años pero parece mucho más joven.
"Gastan el dinero comprando helicópteros para combatirnos, pero no nos construyen escuelas ni pozos"
Se está haciendo tarde, y a los rebeldes no les gusta seguir al
descubierto. Tras su derrota en tierra, el ejército de Níger adquirió
helicópteros, y hace poco sorprendieron a los rebeldes con un ataque
aéreo que se saldó con varias bajas. Los hombres otean el horizonte, y
de vez en cuando guardan silencio para comprobar si se oye el ruido de
unas aspas rotando en el aire.
«Gastan el dinero comprando helicópteros para combatirnos, pero no nos construyen escuelas ni pozos»,
dice el comandante mientras nos conduce hacia lo que queda del recinto
escolar. El prisionero nos sigue a la zaga. El comandante se detiene
ante unas piedras que, dispuestas sobre la arena fina, identifican tres
tumbas.
«
Aquí hay enterrados tres viejos. Cuando el ejército atacó –señala hacia una de las tumbas–,
este hombre, que era ciego, se negó a huir. Estos dos no quisieron abandonarlo.» Los soldados acusaron a los ancianos de colaborar en el minado de la zona.
«Esa misma noche los torturaron. N
osotros estábamos escondidos en las montañas, justo ahí. Podíamos oír los gritos de los viejos. Éste –indica la tumba central–
es mi padre.»
"Besa la mano que no puedas cortar"
Para llegar a este remoto rincón del mayor desierto de la Tierra hay
que atravesar un vasto y primigenio paisaje. Extensas salinas que, para
cruzarlas, se necesita casi un día de marcha; campos de dunas que
ascienden y descienden como mares violentos, y gigantescos afloramientos
de obsidiana y mármol cristalino que quiebran la arena como si fueran
criaturas marinas extintas.
Incontables generaciones de guerreros
tuareg dominaron este reino, exigiendo tributo a los mercaderes que
recorrían las rutas caravaneras y saqueando a las tribus sedentarias de
las orillas del Níger para procurarse animales y esclavos. Guiados por el proverbio «Besa la mano que no puedas cortar»,
los
tuareg se ganaron fama de brutales y traicioneros: muchas veces
atracaban las mismas caravanas a las que habían cobrado por proteger y
arremetían por sorpresa contra sus aliados.
Ya en el siglo XX, los tuareg fueron el último pueblo del África
occidental en dejarse pacificar por los franceses, y sus tierras se
incorporaron a Níger, Mali, Argelia y Libia. En general estos Gobiernos
se desentendieron de las díscolas minorías tuareg y dejaron que
vagasen por el desierto con sus rebaños de camellos y cabras. Pero en
las últimas décadas, conforme se reducían las precipitaciones de las
estaciones húmedas, las familias tuareg empezaron a tener problemas para
mantener su ganado.
«Para un tuareg los animales lo son todo –me explicó en una ocasión un anciano nómada–.
Nos dan leche, carne y pieles, y podemos cambiarlos en trueque. Si mueren los animales, muere el tuareg.»
Con los rebaños en regresión,
muchos tuareg de Níger
empezaron a preguntar por qué el Estado no compartía con ellos la
riqueza derivada de las reservas de uranio que durante décadas
se había extraído en sus tierras de pasto. En los años noventa una
milicia tuareg (muchos de cuyos integrantes habían sido adiestrados y
armados por Gadafi) se enfrentó al ejército nigerino por este tema. Se
firmó un tratado de paz, pero apenas cambió nada. En 2007 el Gobierno
negoció con
Francia
una serie de contratos que harían de Níger el segundo productor mundial
de uranio. Otros convenios permitieron a empresas foráneas prospectar
el desierto en busca de otros
recursos.
Con el país sumido en la pobreza y el Gobierno enrocado en la negativa a
hacer inversiones significativas en las áreas de dominio tuareg, los
nómadas volvieron a rebelarse. Mientras, el narcotráfico y una rama
norteafricana de
Al-Qaeda se establecieron en la región, y el Gobierno nigerino acusó a los tuareg de tener que ver con ellos.
Los rebeldes acampan para hacer noche en un mar de dunas a pocos
kilómetros de la escuela, ocultando las camionetas destartaladas bajo
las copas de las acacias. Varios hombres se lavan las manos y la cara
con el agua de las teteras y se arrodillan hacia
La Meca para la oración vespertina. Luego se reúnen en grupos, cada uno al pie de una pequeña duna y con una modesta fogata.
Unos cuantos rebeldes aguardan a que llegue la noche para desenrollarse el turbante. P
or
tradición, los hombres tuareg, no así las mujeres, se cubren el rostro.
Las capas de tela no sólo los protegen del sol y del viento, sino que
también ocultan sus emociones. Ahora, los rostros animados
asoman a la luz de la lumbre, revelando barbas y sonrisas. Algunos
tienen los pómulos manchados por el tinte añil del turbante, un signo
ancestral que indujo a los primeros visitantes a llamar a los tuareg los
«hombres azules».
El que ejerce de médico entre los rebeldes me invita a su grupo.
Bromean y encienden cigarrillos mientras cuecen macarrones y preparan
té. Muchos de ellos apenas parecen tener edad suficiente para haberse
sometido a la ceremonia tradicional que marca el fin de la adolescencia,
en la que sus tíos los declaran preparados para ser hombres y les
enrollan su primer turbante.
Junto al fuego aprecio que el sanitario y otro hombre tienen los
rasgos étnicos comunes del África interior: piel oscura, cabello lanudo,
nariz ancha. Otros dos son de tez olivácea, pelo negro y liso y nariz
aguileña mediterránea. Los otros tres son una mezcla de todos los
rasgos. Con independencia del color de piel, muchos tienen los ojos azul
topacio.
Esta caja de sorpresas genética apunta a uno de los enigmas de los tuareg, que siempre se han considerado un pueblo aparte,
lo que no impidió que durante siglos esclavizasen a miembros de otras
tribus y se casasen con ellos. El resultado es un grupo étnico con un
idioma común, e
l tamashek, emparentado con las lenguas bereberes de Argelia y Marruecos.
Por tradición, los hombres tuareg, no así las mujeres, se cubren el
rostro. Las capas de tela no sólo los protegen del sol y del viento,
sino que también ocultan sus emociones
Todos nos apiñamos en torno a un cuenco comunitario y compartimos las
cucharas para comer macarrones salados aderezados con finas hierbas del
desierto. Comen con avidez pero tienen cuidado de no excederse de su
ración. Entre bocado y bocado, el sanitario me cuenta que antes de la
rebelión era ayudante de un médico. El ojo izquierdo, un globo
inexpresivo y lechoso, es una secuela de su primera batalla. A su lado
está sentado el artillero del grupo. Dice que abandonó los estudios de
ingeniería en una universidad de Nigeria para unirse a los rebeldes.
«No podía estudiar mientras mis hermanos tuareg estaban combatiendo», me explica.
Hama, un joven larguirucho, nunca ha ido a la escuela. Se crió en una
aldea del Aïr y hacía la caravana anual de camellos con su padre.
Señala las estrellas más brillantes y describe cómo orientarse con ellas
rumbo al oasis de Bilma, en el desierto oriental, donde trocaban ajos y
cebollas por sal. «
Treinta días a pie», dice, y añade que la primera vez hizo el camino descalzo.
Pregunto quién es el más joven, y el sanitario señala a un muchacho tímido llamado
Bachir.
Casi en un murmullo, Bachir dice que cree tener unos 17 años, pero no
está seguro. Un día que cuidaba los animales de la familia en las
montañas pasó un convoy rebelde y les preguntó si podía ir con ellos.
Tras insistirle un poco,
Bachir relata la historia de cuando iba en el remolque de una camioneta que pisó una mina.
Dos hombres murieron en el acto, ocho quedaron malheridos, pero Bachir
salió despedido a 30 metros y aterrizó en lo alto de una acacia. «
Fue como si me durmiese y al despertar apareciese en las ramas, todo estaba silencioso», dice en voz baja.
Los rebeldes buscaban su cadáver entre los hierros humeantes cuando apareció caminando. «
No traía ni un rasguño –cuenta el sanitario–.
Este chico está tocado por la mano de Alá.» Los otros hombres chasquean la lengua, el signo de los tuareg para expresar que están de acuerdo.
Pregunto a Bachir qué piensa hacer tras la rebelión, y responde que le gustaría ser militar. «
¿Del ejército de Níger?»,
inquiero. Al término de la última rebelión tuareg, en 1995, muchos ex
rebeldes se incorporaron al ejército como indicaba el acuerdo de paz.
«¿T
e unirías a los que mataron a tus amigos y casi te matan a ti?» Él hace un gesto de indiferencia: «
Me parece que sería un buen trabajo». Algunos chasquean la lengua.
Después de cenar me traen al prisionero y me permiten hablar con él a solas. Pertenece a los
fulani, una de las etnias que antaño los tuareg atacaban para obtener esclavos. Se identifica como
Abdul Aziz, teniente del ejército de Níger.
Reconoce haber pegado un tiro en una pierna a uno de los ancianos.
«Hice mal», dice. Sus superiores estaban furiosos porque dos de sus
vehículos habían pisado minas rebeldes; tenían varios muertos y heridos.
Para evacuar a los heridos, el ejército tendría que pasar de nuevo por
el campo de minas, y estaban convencidos de que los ancianos sabían
dónde estaban los dispositivos.
«
Los oficiales dijeron a los viejos que hablasen, pero dos se
negaron. El que se llevó el tiro sí hablaba, pero no contaba nada
útil. Estaba anocheciendo. Entonces me marché –dice el prisionero–.
Juro por el Corán que yo no maté a ninguno.»
Cuando lo capturaron junto a los otros soldados, sus superiores le
hicieron pagar el pato. Los captores tuareg jamás le habían pegado, y
hasta le habían dejado recibir una carta de sus padres por medio de la
Cruz Roja al término del Ramadán. «
Somos todos nigerinos –dice–.
Todo es culpa de Satán, que encizaña a la gente.»
Conforme avanza la noche, los rebeldes de más edad se congregan en
torno a la fogata del comandante. Los hombres se echan en unas colchas y
se pasan tabaco y té hirviente y azucarado. El aire es fresco y las
dunas resplandecen bajo la luna. Uno saca una guitarra. «
¿Conoce a los Tinariwen?»,
pregunta el guitarrista, refiriéndose a un grupo musical tuareg cuyos
fundadores se entrenaron juntos en campamentos militares libios durante
los años ochenta.
Algunos de los presentes se habían adiestrado en campamentos libios. Siendo adolescentes
habían oído arengas radiadas en las que Gadafi simpatizaba con la causa tuareg y los exhortaba a ir a Libia,
donde él los ayudaría a luchar por sus derechos. Pero al poco de entrar
en uno de sus campamentos de entrenamiento comprendieron que el
dictador libio los estaba utilizando. A algunos los envió a luchar en
Líbano; otros entraron en combate cuando Libia invadió Chad. «
Nosotros también utilizamos a Gadafi»,
dice un rebelde, recordando que los tuareg de Mali y Níger escamotearon
armas de los campamentos para combatir, de regreso en sus países, a sus
respectivos Gobiernos. En los últimos años Gadafi ha enviado millones
de euros a los dirigentes de Mali y Níger al mismo tiempo que ofrecía
apoyo a los grupos tuareg que luchaban contra ellos.
«Precisamente ahora nuestro jefe está en Trípoli», dice el comandante, refiriéndose a
Aghali Alambo, el presidente del MNJ.
Pregunto al comandante sobre las acusaciones del Gobierno de que
todos los rebeldes son aliados de Al-Qaeda y se dedican al narcotráfico.
Él señala hacia el desastrado pelotón. «¿
Tenemos pinta de contrabandistas adinerados?» Los otros hombres chasquean la lengua.
Continúa la música, se sirve más té y se cuentan historias. Uno de
los rebeldes revela en voz baja que los hombres recelan de su líder,
Alambo. «
Se rumorea que tiene una mansión en Trípoli –dice–.
Nosotros
tenemos buenos vehículos y armas de sobra. Queremos luchar, pero cada
vez que planeamos un ataque, Alambo dice que no. Nadie entiende a qué
espera.»
Al día siguiente debo ir a las montañas para encontrarme con otro grupo de rebeldes tuareg. «
Ya verá –dice el hombre–. L
os
tuareg de allí van a hablarle mal de nosotros: que si no combatimos,
que si vamos a venderlos, que si nuestros jefes son unos corruptos. –Suspira–.
Siempre hay discordia entre los tuareg. Es nuestra maldición.»
Unas semanas después de irme del Aïr, el comandante liberó al
prisionero. En los meses siguientes los rebeldes y el Gobierno
anunciaron un alto el fuego, y poco después el ejército de Níger derrocó
al presidente del país, Mamadou Tandja, y celebró elecciones libres. El
pasado febrero, cuando las protestas por la democracia arreciaban en
Trípoli,
Gadafi envió ofertas de reclutamiento a Níger y Mali
(se dice que hasta de mil dólares al día) a cualquier tuareg dispuesto
a viajar a Libia y defender el régimen. Las fuentes tuareg de Níger
revelan que algunos ex integrantes del MNJ han aceptado la oferta.
Al enterarme de esta noticia, recordé una de mis últimas
conversaciones con el comandante. Me había llevado a un punto del
desierto en el límite de su territorio. Me obsequió con un poco de queso
seco de oveja y me dijo que
si el mundo quería poner coto a las
crecientes amenazas de Al-Qaeda y el narcotráfico en el Sáhara, tenía
que contar con los tuareg.
«El desierto no tiene secretos para los tuareg –dijo–.
Aquí combatimos como nadie.»
Sí, contesté, pero a la vista de la historia tuareg, cuajada de
traiciones y luchas intestinas, ¿podría Occidente confiar en ellos? Me
respondió con un chasquido de lengua. No pude ver su expresión porque el
turbante le cubría por completo el rostro.
NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui