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miércoles, 16 de junio de 2021

La venganza del sultán Mahmut II: El trágico fin de los Jenízaros

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la historia está llena de los cuerpos de élite que defendían a los emperadores, reyes y sultanes, justamente hubo un cuerpo de élite en el Imperio Otomano, los Jenízaros, que se caracterizaron por dominar todos los estamentos del gobierno, desde la cocina hasta los defensores directos como guardias reales de los sultanes.
Los Jenízaros, tuvieron su decadencia con el advenimiento del nuevo ejército otomano de origen europeo, que ellos se opusieron por que perdían sus privilegios y se rebelaron intentando deponer al sultán Mahmut II, quien se había aliado con el pueblo entregándoles armas, que aniquilaron a los Jenízaros, desapareciendo para siempre un ejército de élite que dominó la política del Imperio Otomano..............................

Cuerpo de guerreros de élite, los jenízaros dominaron la política del Imperio otomano, hasta que en 1826 Mahmut II desencadenó una brutal purga que terminó con su aniquilación























Foto: AKG / ALBUM.

Jenízaros durante la revuelta griega de 1821

Los pretorianos del sultán

Además de una fuerza temible para sus enemigos, los jenízaros eran la guardia personal del sultán y tuvieron mucho poder dentro de las fronteras otomanas. Maquiavelo lo resumió en El Príncipe: "El sultán está todo entero en poder de los soldados" y para conservar el trono "es menester que este soberano, que no hace caso ninguno del pueblo, mantenga a sus guardias en la inclinación de su persona".


Foto: GRANGER / AGE FOTOSTOCK.

Arqueros jenízaros

Ataviados con sus característicos turbantes cónicos blancos. Miniatura turca del siglo XVI.


Foto: AGE FOTOSTOCK.


Armadura de un guerrero jenízaro. Museo Militar, Estambul.


Foto: FAI / Album

Explanada de At Meydani

Antiguo hipódromo de Estambul, escenario del motín de los jenízaros en 1826.


Foto: BPK / SCALA, FIRENZE.

El inconfundible uniforme jenízaro

Los jenízaros llevaban una pintoresca vestimenta que los distinguía del resto de tropas otomanas. Sus sombreros, en particular, eran un alarde de extravagancia; no en vano se decía que tenían sesenta maneras de liarse el turbante. El börk, el sombrero, está adornado con una cuchara delante, signo de camaradería, así como con larga una pluma de avestruz. En cuanto al uniforme, sus ropas lucían los colores del sultán, en señal de fidelidad. El caftán abotonado y el calzado de piel eran piezas características del cuerpo. 


Foto: ALAMY / ACI

Armas

Las principales eran la espada yatagán —en la imagen—, símbolo del regimiento, el arco corto y el hacha. Los guardias de palacio sostenían una lanza .


Foto: Akg / Album

El sultán Mahmut II (1808-1839)

La comida del viernes

La alimentación era un símbolo del estatus de los jenízaros; de ahí que tuvieran cargos como "sopero mayor",  "gran cocinero", "pinche negro" o "aguador mayor". Cada viernes se les servía comida de las cocinas del sultán en su caldero, objeto sagrado para los jenízaros.

En el año 1330, Orhan, el segundo sultán del recién nacido Estado otomano, decidió crear un ejército profesional permanente con el que reemplazar a las bandas irregulares que conformaban su ejército hasta entonces. La élite de este nuevo cuerpo estaba formada por los llamados jenízaros, en turco yeniçeri, las "nuevas tropas". Los jenízaros se reclutaban al principio entre esclavos y prisioneros de guerra, pero muy pronto, desde finales del siglo XIV, se estableció el sistema del devshirme que obligaba a las familias cristianas de los territorios conquistados a entregar un hijo pequeño para servir como jenízaro.

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Considerados como hijos adoptivos del sultán, los jenízaros se convirtieron en un ejército mucho mejor organizado que cualquiera de sus rivales. Durante 300 años se cubrieron de gloria, sangre y victorias a lo largo de las campañas de conquista otomanas que culminaron durante el reinado de Solimán el Magnífico (1520-1566). A mediados del siglo XVI eran unos 30.000.

La ruina de los jenízaros fue la de muchas élites militares a lo largo de la historia: acostumbrados a vencer, se durmieron sobre sus laureles y pronto se vieron superados por los ejércitos europeos. Pese a ello, dentro del Imperio otomano se volvieron cada vez más poderosos. Su influencia en la corte llegaba al extremo de deponer al sultán si convenía a sus intereses; en 1622, por ejemplo, asesinaron a Osmán II para coronar a Mustafá I. La abolición del devshirme a mediados del siglo XVII marcó un momento decisivo en la historia de los jenízaros. A partir de entonces, el cuerpo se nutrió de los hijos de los mismos jenízaros, al modo de una aristocracia hereditaria, y de nuevos reclutas interesados únicamente por el salario y los privilegios fiscales. Sus efectivos aumentaron enormemente, hasta llegar a unos 135.000 a principios del siglo XIX.

Cuando en el siglo XVIII se hizo evidente el declive militar del Imperio otomano, cada vez más amenazado por las potencias occidentales, particularmente Austria y Rusia, muchos señalaron a los jenízaros como responsables. Por ello, el sultán Selim III, al acceder al trono en 1789, puso en marcha un gran programa de reformas, el llamado Nizam-i Cedid, o Nueva Orden, que incluía la creación de un ejército de nueva planta, con instructores occidentales y uniformes de estilo europeo que sustituiría en buena medida al antiguo cuerpo de élite.

LA NUEVA ORDEN

El nuevo ejército tuvo que desarrollarse de forma casi clandestina hasta estar listo para entrar en acción. En 1807 los jenízaros protagonizaran una violenta sublevación

Los jenízaros se opusieron ferozmente a cualquier innovación que hiciera peligrar sus privilegios y su poder, de manera que el nuevo ejército tuvo que desarrollarse de forma casi clandestina hasta estar listo para entrar en acción. Ello no impidió que en 1807 los jenízaros protagonizaran una violenta sublevación. Junto a estudiantes de teología, entraron en palacio y asesinaron a 17 oficiales del nuevo ejército y clavaron sus cabezas en picas. El sultán, denunciado por el Gran Muftí –la máxima autoridad religiosa del Imperio–, fue destituido en favor de su primo Mustafá IV, quien abolió de inmediato las reformas. Al saber que un gobernador de los Balcanes, Alemdar Mustafá Baja, se dirigía a la capital para socorrer al sultán depuesto, Mustafá IV lanzó a los jenízaros contra su predecesor, al que persiguieron hasta las habitaciones privadas de su madre, en teoría inviolables, y allí lo asesinaron. Cuando Alemdar llegó al palacio, Mustafá IV le arrojó la cabeza de Selim.

Pese a ello, Alemdar consiguió el apoyo del Gran Muftí para entronizar, en 1808, al hermano menor de Mustafá IV, Mahmut II. Convertido en su gran visir, quiso organizar un nuevo ejército: los sekban cedit. Pero una nueva sublevación de los jenízaros acabó con Alemdar y forzó al sultán a disolver los sekban cedit.
Crecidos por su éxito, durante los años siguientes los jenízaros impusieron su ley en Constantinopla, extorsionando a los tenderos y los comerciantes y causando estragos por doquier, granjeándose así la animadversión de la población. La incapacidad que demostraron para sofocar la revolución griega de 1821 no hizo más que agravar su desprestigio.

EL SULTÁN ACTÚA

Por todo ello en 1826 Mahmut II creyó que había llegado el momento de eliminar el obstáculo que los jenízaros suponían para la reforma del Imperio. Mediante un decreto publicado solemnemente en presencia de destacados clérigos y funcionarios, Mahmut II impuso a los jenízaros un nuevo y estricto reglamento. Además, les comunicó que deberían desfilar ante él con un uniforme de estilo europeo.

Aunque en un primer momento los jenízaros prometieron obedecer, pronto todos se conjuraron para no realizar "ejercicios de infieles". El 14 de junio, tres días antes del desfile previsto, realizaron el gesto con el que tradicionalmente mostraban su descontento: volcaron de sus calderos la comida que les habían servido en el palacio y los arrojaron a la calle. A continuación, se lanzaron a las calles en bandas que amenazaban a todo el mundo. Intentaron asesinar al gran visir, aunque no lo localizaron, y amenazaron con esclavizar a las esposas y los hijos de los ulemas y vender a los niños por diez piastras.

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A diferencia de lo sucedido en 1807, Mahmut II se había asegurado el apoyo de los ulemas, la población y el resto del ejército. Al grito de "Victoria o Muerte", los bajaes y ulemas repartieron armas entre los estudiantes de teología para combatir a los sublevados. Aunque los jenízaros eran más de 20.000, la mayoría carecía de entrenamiento o experiencia en combate y muchos ni siquiera llevaban armas. Mientras tanto, las heterogéneas fuerzas del sultán les iban rodeando en la explanada de At Meydani (el hipódromo), y apuntaban sus cañones hacia ellos desde las colinas cercanas.

El 16 de junio, Mahmut II alzó el estandarte del profeta para reunir a sus hombres y marchar contra los rebeldes. Sin comprender lo apurado de su situación, los jenízaros enviaron una delegación al sultán para exigirle la ejecución de los oficiales reformistas y que retirara las tropas leales. La respuesta de Mahmut fue bombardear los cuarteles donde los jenízaros se habían replegado. Los pocos que lograron escapar de las llamas no encontraron donde refugiarse. Muchos fueron asesinados en la plaza del mercado central por la población a la que habían maltratado durante años, armada por el sultán para que se enfrentara a ellos. Al término de la revuelta, sólo en Constantinopla habían muerto diez mil jenízaros.

CELEBRACIÓN DE LA MASACRE

El "Venturoso acontecimiento" –como desde entonces se recordaría la masacre– supuso el fin de la célebre guardia militar otomana. La multitud, enardecida por los ulemas, cubrió de estiércol los calderos y estandartes jenízaros. El cuerpo fue disuelto y sus propiedades demolidas o confiscadas. Las revueltas de los jenízaros en las provincias fueron aplastadas sin piedad. Los que trataban de escapar eran fácilmente localizados gracias a sus característicos atuendos. A finales de mes, todas las unidades jenízaras habían sido exterminadas. La matanza no fue total, pero los pocos jenízaros que lograron sobrevivir tuvieron que esforzarse por pasar desapercibidos.

Los que trataban de escapar eran fácilmente localizados gracias a sus característicos atuendos

Entre tanto ensañamiento hubo también gestos de compasión. Así, algunos jenízaros se escondieron en los fogones de los baños de Constantinopla, donde sus amigos les llevaron comida. Las canciones de los "hombres de los fogones" recordarían a las generaciones venideras los tiempos gloriosos y el trágico fin de los más legendarios guerreros otomanos.

martes, 20 de octubre de 2020

NATIONAL GEOGRAPHIC : UN CAMBIO DE ERA .- La caída de Constantinopla en 1453

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, nos entrega un amplio reportaje sobre lo que significó la caída de Constantinopla bajo el poder del Imperio Otomano, que produjo una gran conmoción en la cristiandad.
NATIONAL GEOGRAPHIC.- narra : "........En la primavera de 1453, un enorme ejército otomano convergió sobre los muros de la ciudad cristiana de Constantinopla para asestar el golpe de gracia al moribundo Imperio bizantino. Desde hacía más de un siglo, los otomanos, un pueblo turco originario de Asia central, habían avanzado firmemente, arrebatando territorio, mano de obra y recursos a los bizantinos grecoparlantes, hasta que lo único que quedó de Bizancio fue la propia Constantinopla, su capital. Ahora, el sultán Mehmed II pretendía conquistar la ciudad para el Islam. Tras las murallas esperaba Constantino XI, que se había pasado la vida resistiendo a los otomanos y estaba decidido a combatir hasta el fin......"

La larga lucha entre los otomanos y el Imperio bizantino concluyó el 29 de mayo de 1453, cuando Constantinopla fue conquistada por las tropas de Mehmed II al término de uno de los mayores asedios de la historia. El hecho marcó el fin de la Edad Media y produjo una gran conmoción en la cristiandad. En cierto modo, cabría decir que la caída de Constantinopla causó en su tiempo un impacto comparable al que los hechos del 11-S de 2001 han tenido en nuestra época.

Roger Crowley

18 de octubre de 2020 · 12:10 Actualizado a

 
Foto: AGE Fotostock

En la primavera de 1453, un enorme ejército otomano convergió sobre los muros de la ciudad cristiana de Constantinopla para asestar el golpe de gracia al moribundo Imperio bizantino. Desde hacía más de un siglo, los otomanos, un pueblo turco originario de Asia central, habían avanzado firmemente, arrebatando territorio, mano de obra y recursos a los bizantinos grecoparlantes, hasta que lo único que quedó de Bizancio fue la propia Constantinopla, su capital. Ahora, el sultán Mehmed II pretendía conquistar la ciudad para el Islam. Tras las murallas esperaba Constantino XI, que se había pasado la vida resistiendo a los otomanos y estaba decidido a combatir hasta el fin.

El emperador bizantino se enfrentaba a un ejército compuesto por un mínimo de cien mil hombres. En comparación, las fuerzas bizantinas eran escasas —unas fuerzas mixtas de 8.000 soldados entre griegos, venecianos y genoveses, más algunos de Aragón y Castilla—, y la defensa organizada por el soberano se veía menoscabada por las disputas religiosas históricas entre la población griega ortodoxa y los católicos fieles al papa.

Para saber más

Las murallas más poderosas

La principal baza de Constantino era la propia ciudad. Con forma aproximada de triángulo y un perímetro de diecinueve kilómetros, dos de sus lados estaban rodeados por agua y el tercero, de seis kilómetros de longitud, estaba protegido por las fortificaciones más formidables del mundo medieval. La muralla de Teodosio se alzaba desde el siglo V y estaba compuesta por cinco estratos defensivos: una doble muralla con 192 torres, un foso y dos zonas expuestas que el enemigo debía cruzar bajo un fuego intenso.

Un tramo de las murallas teodosianas de Constantinopla que todavía continua en pie.              Foto: Getty Images.

En sus 1.100 años de historia, la ciudad había vivido veintiséis asedios, y ningún atacante había logrado superar aquellas murallas; en 1204, los cruzados conquistaron Constantinopla asaltando las murallas marítimas, no las teodosianas. Además, Constantino estaba encantado porque un genovés especialista en asedios, Giovanni Giustiniani, había llegado para dirigir las operaciones defensivas.

Las murallas teodosianas de Constantinopla habían resistido hasta 26 asedios durante más de un milenio. Tan solo una vez, en 1204, los cruzados la conquistaron atravesando sus fortificaciones marítimas, no terrestres.

Desde las murallas, los defensores de la ciudad veían el campamento otomano a sus pies, extendiéndose de costa a costa; un espectáculo imponente de millares de hombres, tiendas, animales y provisiones. Lo más alarmante era que el enemigo había desplazado un número de cañones sin precedentes. Mehmed había reunido 70 de ellos, incluido un supercañón enorme, bautizado como Basílica, que fue transportado desde la ciudad de Edirne, a 225 kilómetros de distancia, y que estaba diseñado tanto para bombardear las murallas como para aterrorizar a la población. El 12 de abril, los cañones comenzaron a tronar.

La guerra había empezado.

El castigo de la artillería

El efecto de los bombardeos fue devastador. Las murallas que habían resistido siglos de ataques empezaron a desmoronarse. Para los defensores, los efectos psicológicos del bombardeo fueron tan graves como sus daños materiales. El ruido y la vibración de las baterías de cañones, las nubes de humo y los demoledores impactos en las murallas consternaban a los más curtidos defensores. La población civil lo consideró una señal del Apocalipsis y corrió a rezar a las iglesias. De repente, parecía que las grandes murallas que habían defendido la ciudad durante un millar de años habían quedado obsoletas.

 

Este fresco del monasterio Moldovita, en Rumanía, pintado en el siglo XVI, recrea el asedio avaro a Constantinopla en 636, pero la presencia de artillería demuestra que el artista tenía en mente el asedio de 1453 cuando lo pintó.                                                                                                            Foto: Album.

El bombardeo se prolongó durante días. Sin embargo, tras la conmoción inicial, los defensores recobraron el ánimo y Giustiniani improvisó una solución ingeniosa frente al poder destructivo de los cañones. Ayudado por el pueblo, construyó barreras improvisadas con piedras, matorrales y mucha tierra, culminadas con barriles llenos de más tierra para las almenas. Los terraplenes resultantes neutralizaban asombrosamente bien el impacto de los proyectiles de piedra, que eran amortiguados por la tierra, como cuando se lanzan piedras contra el barro. Pequeños grupos de asalto actuaban de noche, retirando los cascotes caídos para evitar que los otomanos construyeran un puente. Cuando éstos lanzaban algún ataque sorpresa, eran acribillados con arcos, ballestas y armas de mano primitivas.

Mehmed necesitaba actuar con rapidez. No podía mantener a su gran ejército indefinidamente ante las murallas. Sus tropas no habían llegado allí impulsadas sólo por el espíritu del yihad, sino también con la intención de saquear una ciudad considerada inmensamente rica. Las esperanzas de Constantino XI se concentraban en la llegada de una flota de apoyo desde Italia. Sin embargo, lo que el 12 de abril contemplaron los defensores de la ciudad fue una imponente flota otomana recién construida y enviada para bloquear las vías marítimas de suministro de la capital bizantina.

Los hombres del sultán esperaban saquear una ciudad que creían inmensamente rica y a medida que pasaban los días sin que se desencadenara el asalto su frustración y su impaciencia se volvía contra Memed II.

Una semana después, tres grandes veleros genoveses arribaron por la desembocadura del Bósforo, cargados de provisiones y de hombres. Era evidente que tendrían que abrirse paso combatiendo. La nueva flota otomana, formada por galeras bajas y rápidas, corrió a interceptarlos, pero desde las cubiertas y mástiles de los altos veleros cayó sobre las naves otomanas una formidable lluvia de flechas que les impidió abordarlos. Desde la orilla, Mehmed vio con rabia e impotencia cómo su flota era humillada por aquellos barcos, que pudieron entrar en el puerto bizantino del Cuerno de Oro, que se cerraba con una gran cadena.

El Cuerno de Oro en una imagen tomada en la actualidad.                                                                   Foto: ACI.

En la guerra psicológica, los cristianos interpretaron estos sucesos como una señal divina de su próxima victoria mientras que los ánimos decayeron en el campamento otomano. Pese a ello, los cañones seguían disparando. Los defensores trabajaban sin descanso para reparar sus murallas y los otomanos lanzaban ataques nocturnos que eran repelidos, aunque a cada asalto el número de defensores iba menguando y aumentaba el cansancio.

Mehmed, aún dolido por la derrota naval, estaba decidido a neutralizar la flota cristiana del Cuerno de Oro. Sus naves realizaron varias incursiones con la intención de romper la cadena y atacar el puerto, sin éxito. Aun así, tenía la enorme ventaja de disponer de una cantidad ingente de hombres y resolvió el problema con un plan audaz. En gran secreto, instaló un camino de rodillos de madera engrasados desde su puerto hasta la parte alta del Cuerno de Oro y lo usó para trasladar, por tierra y en plena noche, 70 embarcaciones de su flota. La mañana del 22 de abril, los defensores de Constantinopla vieron horrorizados que las galeras otomanas eran echadas al agua, listas para acechar a la flota cristiana.

Una guerra interminable

Las dos flotas se enfrentaron desde un lado y otro del Cuerno de Oro. Constantino entendió que debía contraatacar y planeó un ataque nocturno para destruir los navíos enemigos. En absoluto silencio, una flotilla de barcos venecianos y genoveses cruzó el puerto a oscuras para lanzar su asalto. Sin embargo, cuando se acercaban, los recibieron con andanadas de cañonazos; su plan se había descubierto. Varios barcos se hundieron y el ataque fue abortado, aunque muchos marinos italianos habían nadado hasta la orilla, donde fueron apresados por los otomanos. Al día siguiente, Mehmed empaló a veintinueve hombres en estacas plantadas frente a las murallas. Constantino respondió colgando a prisioneros otomanos en los muros.

 

Esta miniatura francesa de 1455 recrea el asedio otomano a Cnstantinopla, con el campamento de Mehmed en primer término.                                                                                                                 Foto: ACI.

Este ciclo de defensa y ataque continuó en días posteriores, sin tregua alguna. Mehmed puso a mineros a excavar túneles bajo las murallas. Además de Giustiniani, Constantino contaba con los servicios de un ingeniero de minas escocés llamado John Grant, quien organizó las operaciones contra las excavaciones. Los mineros cristianos irrumpían en los túneles otomanos y se producían feroces y terroríficos combates subterráneos, que terminaban derruyendo los túneles y sepultando a los mineros otomanos. Tras dos semanas de actividad frenética, el sultán renunció a las excavaciones.

Durante varias semanas, defensores y atacantes se enzarzaron en un ciclo de ataques y contraataques sin tregua que parecía que no acabaría nunca.

Aun así, la situación para Constantino era cada vez más desesperada. El emperador mandó un puñado de marinos venecianos en una barca rápida a explorar las costas de Grecia, en busca de alguna otra flota de apoyo. No encontraron ninguna. Los marinos debatieron si regresaban a la ciudad asediada o seguían navegando hasta ponerse a salvo. Valerosos, decidieron volver y, tras superar el bloqueo otomano, anunciaron al emperador que no llegaría ninguna ayuda externa, que los defensores de Constantinopla deberían vencer o morir. El soberano les agradeció su coraje por volver para alertarle «y empezó a llorar amargamente de pena».

Pero, a principios de mayo, los ánimos en el campamento otomano también estaban decayendo. Existían disensiones entre sus mandos sobre cómo proceder y la tropa se estaba impacientando. El sultán decidió hacer una oferta de paz: la población de Constantinopla podía pagar un gran tributo o marcharse donde quisiera. Constantino sentía el peso de la historia cristiana de la ciudad sobre sus hombros y probablemente pensó que ya era demasiado tarde para una rendición pactada, que tanta sangre derramada imposibilitaba una salida pacífica y que Mehmed no era de fiar. La respuesta de Constantino fue rotunda: "No está en mi mano, ni en la de ningún ciudadano, entregar la ciudad. Todos preferimos morir a que se nos perdone la vida".

 

Constantino XI arenga a los defensores de Constantinopla a resistir hats el final en este grabado de Gustave Doré.                                                                                                                                     Foto: ACI.

El asalto final

Quedaba claro que aquella batalla iba a librarse a muerte y que el asedio se aproximaba a un punto crítico. La atmósfera en ambos bandos era febril. La población de Constantinopla estaba alarmada porque una vieja profecía decía que la ciudad jamás podría ser tomada con luna creciente; por eso, la noche del 24 de mayo, cuando la luna empezó a menguar, el miedo se apoderó de la gente. Los que contemplaban la luna aquella noche quedaron perplejos porque sólo tenía una parte visible, consecuencia de un eclipse parcial, lo que interpretaron como un terrible presagio, lo que supuso un duro revés para los esfuerzos de Constantino por mantener la moral de los sitiados. Al día siguiente ordenó sacar en procesión el icono más sagrado de la Virgen que había en la ciudad, para levantar los ánimos. Sin embargo, las cosas empeoraron. Una violenta tempestad sorprendió a quienes participaban en el ritual, y el icono resbaló de hombros de los porteadores y cayó al fango, lo que terminó con la procesión.

Una vieja profecía aseguraba que Constantinopla no podría ser tomada durante la luna creciente, así que el pánico se extendió entre los cristianos al observar, la noche del 24 de mayo, un eclipse parcial de luna.

La mañana siguiente se vieron extraños efectos de luz alrededor de la cúpula central de Santa Sofía. Los aterrorizados habitantes creyeron que Dios había abandonado definitivamente su ciudad. Una delegación visitó al emperador para suplicarle que huyera y que organizase la resistencia desde Grecia. Constantino volvió a negarse.

El 27 de mayo, Mehmed se preparó para el asalto definitivo, mentalizando a sus hombres para una batalla a vida o muerte. Durante tres noches seguidas ordenó que encendieran hogueras a lo largo de la línea del frente. Desde las murallas, los defensores podían ver un anillo de llamas ante el campamento enemigo, mientras oían rítmicos cantos. Los cristianos colocaron sus iconos en las murallas para elevar su moral y rogar protección divina. La tarde del 28 de mayo, todos se congregaron en Santa Sofía por última vez, en una demostración de unidad que por fin concilió a ortodoxos y católicos. Todos se abrazaron y regresaron a sus puestos. Constantino y Giustiniani colocaron a sus tropas entre la muralla interior y la exterior, y cerraron las puertas de la ciudad. No podían retroceder. Gran parte de la población civil se reunió en la vasta iglesia de Santa Sofía para rezar.

 

Vista aérea del barrio de Sultanahmet con la antigua basílica de Santa Irene en primer plano, Santa Sofía detrás de ésta y la mezquita Azul al fondo.                                                                  Foto: Shutterstock.

Antes del amanecer del 29 de mayo, entre el ruido de tambores, cuernos y campanadas, los otomanos empezaron a lanzar constantes ataques en oleadas. Todos caían al pie de las murallas. Los defensores se mantuvieron firmes durante horas, pero el peso del número empezaba a decantar la balanza.

Un desenlace trágico

Fue la mala suerte lo que al final resquebrajó la defensa cristiana. Tras días combatiendo, Giustiniani resultó gravemente herido y, viendo que no podía seguir luchando, pidió a Constantino permiso para retirarse. El emperador aceptó a regañadientes. Cuando los soldados vieron que su gran comandante abandonaba la batalla, su moral se derrumbó. Todos echaron a correr hacia las puertas de la ciudad y los otomanos pudieron atravesar las murallas y asaltar las calles, asesinando y saqueando. Abrieron las puertas de Santa Sofía a la fuerza y todos los que estaban en su interior fueron esclavizados. Mehmed hizo una entrada triunfal en la ciudad. Constantino debió de caer en combate; su cuerpo jamás fue encontrado.

El asedio y la toma de Constantinopla marcaron el final de la Edad Media. Supusieron el fin del mundo clásico, la llegada definitiva de los otomanos a la arena europea y el avance de la tecnología de la pólvora. La aflicción embargó a toda la Cristiandad. Constantinopla había sido la ciudad fundacional del cristianismo, la creían eterna. Los relatos de la época evidencian que la gente recordaba dónde se encontraba cuando se enteró del desastre. "¿Qué es esa execrable noticia que nos llega sobre Constantinopla? —escribió el erudito Eneas Silvio Piccolomini al papa—. Me tiembla la mano mientras escribo". En cierto modo, cabría decir que la caída de Constantinopla causó en su tiempo un impacto comparable al que los hechos del 11-S de 2001 han tenido en nuestra época.

NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

sábado, 30 de junio de 2018

HISTORIA : NATIONAL GEOGRAPHIC .- IMPERIO OTOMANO .- ASIRIA .- Los harenes, de Asiria al Imperio Otomano...........Las legendarias reinas de Asiria.........

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., es fascinante escuchar los cuentos del libro "Las Mil y un Noches ", donde emires, sultanes y faraones, se rodeaban de harenes de mujeres bellas, que constituían ser las doncellas del monarca, y siempre ha sido una costumbre de una autoridad antigua estar rodeado de mujeres hermosas, justamente la Revista National Geographic, ha elaborado un reportaje de los harenes desde Asiria al Imperio Otomano, donde según las imágenes pintadas en base lo que existió; se aprecia a mujeres hermosas casi semidesnudas que esperaban ser llamadas por el monarca para su servicio sexual. 
National Geographic: dice .- "Durante el Imperio Asirio se tiene constancia del gran protagonismo que tuvieron algunas de las esposas de los reyes. Conocemos a la mítica Semíramis, esposa del rey Nino de Nínive, quien se convirtió en reina, sucedió a su esposo y gobernó durante 42 años. Naqi'a, la pura, también tiene un lugar especial en los libros de historia. La esposa de Senaquerib, tras ostentar un papel prominente como consejera política, fue nombrada reina por su hijo.
Sin embargo, ni siempre fue así ni todas las mujeres que pertenecían o estaban en contacto con la corte tenían la oportunidad de jugar estos roles políticos de primera línea.
A lo largo del periodo asirio, la reina y las mujeres relacionadas directamente con el rey conformaban su harén, donde convivían entre ellas y con sus hijos. Y no solamente en el Imperio Asirio, desde la Antigüedad otros grandes imperios y monarquías, como los persas, los egipcios o los mongoles, siguieron estas mismas prácticas..."
Hubo célebres reinas como : Semíramis gobernó durante 42 años, construyó Babilonia, la adornó con jardines colgantes, desvió el curso del Éufrates y levantó 70 kilómetros de murallas.
Otra gran figura femenina que destaca entre las reinas asirias es la esposa de Senaquerib, llamada Naqi’a. De origen arameo (Naqi’a significa «la pura»), también es conocida con la forma asiria de su nombre: Zakutu. Aunque no tuvo el rango de esposa principal de Senaquerib, consiguió, sin embargo, que el hijo que ella le dio, Asarhadón, fuera designado como heredero al trono. Este nombramiento provocó una crisis política en la cúspide del Estado asirio: en un primer momento, Asarhadón se mantuvo alejado en la parte occidental del Imperio, probablemente en la región de Harrán. Cuando Senaquerib fue asesinado en enero del año 681 a.C., en una conspiración orquestada por otro de sus hijos, el príncipe Arad-Mullissu, estalló una guerra civil entre los dos hermanos de la que salió victorioso Asarhadón. Una vez en el trono de Asiria, Asarhadón garantizó a su madre un lugar privilegiado en la gestión de los asuntos políticos. Cuando la esposa del rey, Esharra-Hamat, murió en el año 673 a.C., Asarhadón concedió a su madre, Zakutu, el título de «reina» (issi-ekalli/segalli), con todas sus atribuciones oficiales..."

http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/harenes-asiria-imperio-otomano_11778
http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/las-legendarias-reinas-de-asiria_8426/1
Desde la Antigüedad, muchas casas reales de Oriente crearon gineceos destinado al placer del soberano y a garantizar la perpetuación de la dinastía


Los harenes en Asiria
El rey asirio Assurbanipal y su esposa beben bajo un emparrado. Relieve asirio. Siglo VII a.C. Museo Británico. En Oriente, muchas casas reales usaban los harenes para garantizar la perpetuación de su dinastía. 
Los asirios
La esposa principal del rey de Asiria tenía gran relevancia dentro de la corte. Sin embargo, tan sólo salía del palacio para participar en ceremonias religiosas, asistir a actividades políticas o realizar giras de inspección relacionadas con la gestión de su patrimonio. Pero la mayor parte de su vida transcurría en sus apartamentos privados en palacio, una zona que recibía el nombre de bitanu. Allí convivía con las esposas secundarias del soberano y con sus hijos. El acceso al bitanu se hallaba muy restringido y vigilado, y la vida en él se regía por un estricto reglamento. 

Los persas aqueménidas
El Gran Rey de Persia tenía varias esposas y concubinas que constituían su harén. Darío I, por ejemplo, tenía seis esposas. Aristona era la preferida, y cuenta Heródoto que el rey hizo colocar una estatua de oro suya en palacio. La reina podía tener propiedades y bienes, y si era la madre del sucesor recibía el título de Reina de Reinas, lo que le otorgaba gran poder e influencia; era el caso de Atosa, madre de Jerjes. El harén aqueménida llegó a albergar unas 400 mujeres, que estaban custodiadas por eunucos y cuando viajaban junto al rey no podían ser vistas por nadie. Partos y sasánidas continuarían la tradición del harén en Persia.

La India mogol
Tras la conquista musulmana de la India por parte de los mogoles, a partir del siglo XII se instauró la costumbre de recluir a las mujeres en una zona de la vivienda destinada exclusivamente a ellas, llamada zenana, donde se consideraba que estaban a salvo de miradas indiscretas. Los emperadores mogoles hicieron lo mismo en los palacios reales, donde las zenanas se convirtieron en verdaderos universos femeninos. Se cree que en el palacio de Fatehpur Sikri llegaron a convivir más de cinco mil mujeres. En la imagen una mujer fuma en narguilé mientras es atendida por otras en un harén. Miniatura india. 1750.

Imperio Otomano
El harén era una institución de vital importancia y estaba regido por el jefe de los eunucos. Las mujeres vivían allí bajo unas rígidas normas y una estricta jerarquía. En primer lugar estaba la sultana valida, madre del sultán; tras ella, la primera esposa del soberano o la madre de su primogénito, y después venían sus esposas secundarias y favoritas. En último lugar estaban las concubinas. En total, el harén podía estar formado por más de mil personas, entre esclavas, eunucos y los hijos de todas las mujeres.

Odalisca
Portando una bandeja en un harén otomano. Óleo por Jules Joseph Lefebvre. Siglo XIX. Museo Pera, Estambul.
Redacción
27 de junio de 2018
 
Naqi'a junto a su hijo Asarhaddón en un relieve conmemorativo de la reconstrucción de la Babilonia (a la izquierda, con un espejo en la mano).
Naqi'a ("pura"), llamada Zakutu (su equivalente en acadio) fue una reina asiria del período neoasirio (fl. 713-668 a.C.), esposa de Senaquerib, madre de Asarhaddón y abuela de Asurbanipal. Desempeñó un papel fundamental en sendas crisis sucesorias, al asegurar el ascenso del poder tanto de su hijo como de su nieto, a pesar de que ambos tenían hermanos mayores que les disputaran el trono.
WIKIPEDIA.

Los harenes, de Asiria al Imperio Otomano
Durante el Imperio Asirio se tiene constancia del gran protagonismo que tuvieron algunas de las esposas de los reyes. Conocemos a la mítica Semíramis, esposa del rey Nino de Nínive, quien se convirtió en reina, sucedió a su esposo y gobernó durante 42 años. Naqi'a, la pura, también tiene un lugar especial en los libros de historia. La esposa de Senaquerib, tras ostentar un papel prominente como consejera política, fue nombrada reina por su hijo

Sin embargo, ni siempre fue así ni todas las mujeres que pertenecían o estaban en contacto con la corte tenían la oportunidad de jugar estos roles políticos de primera línea.
A lo largo del periodo asirio, la reina y las mujeres relacionadas directamente con el rey conformaban su harén, donde convivían entre ellas y con sus hijos. Y no solamente en el Imperio Asirio, desde la Antigüedad otros grandes imperios y monarquías, como los persas, los egipcios o los mongoles, siguieron estas mismas prácticas.

Fotografías: Patrice Schmidt / rmn-grand palais. Oronoz / Album. Bridgeman / Aci. Akg / Album. Fine art / Album.
Asiria Antiguo Egipto Imperio Otomano faraones

Las legendarias reinas de Asiria

Desde la administración de las propiedades agrícolas hasta el control del ejército, las reinas asirias disponían de una autonomía muy superior al resto de mujeres en Mesopotamia

La corona de la reina
Descubierta en Nínive, esta elaborada corona de oro lleva la inscripción «la hija del gobernador del palacio, reina del palacio». Se refiere a Mullisu-Mukannisat-Ninua, esposa del rey Assurnasirpal II. Siglo IX a.C. Museo de Irak, Bagdad.
M. DEVILLE / GETTY IMAGES

Una reina indómita
El óleo de Christian Kölher sobre estas líneas muestra la enérgica reacción de Semíramis al estallar una revuelta en Babilonia. Siglo XIX. Galería Nacional, Berlín.
AKG / ALBUM

El banquete bajo la parra
Este famoso relieve asirio muestra el episodio en el que Assurbanipal y su esposa celebran la victoria contra Elam, sentados casi en igualdad de condiciones mientras beben una  copa de vino. Siglo VII a.C. Museo Británico, Londres.
ORONOZ / ALBUM

Asarhadón y la reina madre
En este fragmento de relieve en bronce, recubierto inicialmente por una hoja de oro y procedente del templo de Marduk en Babilonia, la reina Naqi’a lleva una corona dentada y sostiene un espejo. Aparece representada al lado de su hijo Asarhadón, cubierto por la tiara real y portador del cetro, en la postura de laban appi, un gesto de plegaria y de humildad hacia los dioses que consistía en tocarse la nariz con un palito o una flor.
BRIDGEMAN / INDEX

Un palacio idealizado
Esta reconstrucción idílica del palacio de Nimrud, a orillas del Tigris, es obra del arquitecto James Ferguson y de Austen Henry Layard, que excavó el yacimiento. Siglo XIX.
PHOTOAISA

Un genio alado protector
En una postura mágica, este espíritu protector representado en un relieve del palacio de Nimrud sujeta un cono de cedro en una mano y sostiene un cubo en la otra. Siglo IX a.C. Louvre, París.
ERICH LESSING / ALBUM
1 de septiembre de 2014

Las legendarias reinas de Asiria
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Fotografías
A medida que se empezaron a descifrar los documentos en escritura cuneiforme, desde 1857, los reyes de Mesopotamia entraron en la historia con sus nombres, los grandes acontecimientos de sus reinados y el marco en el cual habían ejercido su poder. No sólo los reyes; con ellos, por decirlo así, también salieron a la luz de la historia los nombres de sus esposas y de los miembros femeninos de sus familias.
Sin embargo, esta reaparición no es en absoluto homogénea ni completa: seguimos ignorando, por ejemplo, cómo se llamaba la esposa del rey Hammurabi de Babilonia, en el siglo XVIII a.C., o el nombre de la mujer de Nabucodonosor II, en el siglo VI a.C., aunque, en este caso, la tradición grecorromana la menciona con el nombre de Amitris, hija del rey de los medos, Ciaxares.
Y es que algunas fuentes de la Antigüedad clásica reflejaban un escaso conocimiento del Próximo Oriente antiguo, de modo que se combinaban elementos reales con la visión estereotipada que el mundo griego tenía de las monarquías orientales. Uno de los mejores ejemplos de este tipo de tópicos es un personaje real femenino semilegendario: la reina Semíramis.

La mítica Semíramis

Según recoge el historiador griego Diodoro Sículo, Semíramis se casó con Onnes, un consejero del rey Nino de Nínive, y con sus sabios consejos ayudó a consolidar la carrera de su marido. Cuando una vez fue con él a una campaña militar en Bactriana, al norte del actual Afganistán, impresionó de tal modo al rey por su valentía y su habilidad, que el monarca decidió casarse con ella y obligó a Onnes a suicidarse. Convertida en reina, Semíramis sucedió a Nino y gobernó durante 42 años, construyó la ciudad de Babilonia, la adornó con jardines colgantes, desvió el curso del Éufrates y rodeó la ciudad de 70 kilómetros de murallas. Dirigió campañas militares victoriosas desde Armenia hasta Egipto y desde el Indo hasta Etiopía, y acabó renunciando al poder cuando supo que su propio hijo conspiraba con los eunucos del palacio para adueñarse del trono.
Semíramis gobernó durante 42 años, construyó Babilonia, la adornó con jardines colgantes, desvió el curso del Éufrates y levantó 70 kilómetros de murallas
Esta biografía legendaria fue compuesta a partir de un gran número de elementos históricos reales, pero uniéndolos de tal modo que se correspondieran con la imagen que los griegos tenían de un monarca oriental. Ahora bien, el desciframiento de las fuentes cuneiformes permitió confirmar la autenticidad del nombre de Semíramis cuando se descubrió en unas inscripciones reales del siglo IX a.C. el nombre de Shammu-Ramat, hija de un rey de Babilonia y esposa del soberano asirio Shamsi-Adad V. Tras la muerte de su marido, Shammu-Ramat habría gobernado Asiria como regente entre los años 811 y 808 a.C., esperando a que su hijo Adad-Nirari III alcanzara la edad de ejercer el poder y contando con el apoyo de la alta nobleza, en concreto del gobernador de las provincias fronterizas del oeste del reino, llamado Nergal-Eresh.
La posición privilegiada que mantuvo Shammu-Ramat al frente del país se hace patente por el hecho de que fue la única entre todas las esposas reales asirias conocidas (a excepción de Libbali-Sharrat, la mujer de Assurbanipal) que ordenó erigir, hacia 797 a.C., en la ciudad de Assur, una estela de piedra con su nombre, conservada actualmente en el museo de Berlín. Parece que Shammu-Ramat vivió hasta 788 a.C. y ejerció una gran influencia sobre su hijo Adad-Nirari III. También se la menciona en otra estela oficial, según la cual habría participado con su hijo en una campaña militar en Siria.

La situación excepcional de Shammu-Ramat no es única en el «período imperial» (745-610 a.C.), el mejor documentado de la historia asiria. Esta etapa histórica nos ha transmitido los nombres de varias esposas reales, algunas de las cuales tuvieron también una posición política destacada. Constatamos así una diferencia evidente entre la situación de las mujeres vinculadas al trono en el Imperio asirio y la de las esposas reales en la parte sur de Mesopotamia. Por ejemplo, los reyes de Babilonia mencionaban de vez en cuando a sus hijas, ya fueran grandes sacerdotisas o estuvieran destinadas a casarse con el faraón de Egipto o con un rey vecino, pero en Elam (actual Irán) era algo excepcional que se mencionase el nombre de las esposas de los soberanos.

Sin duda, este contraste se debe en gran parte a las diferencias en el volumen de información disponible sobre cada período. Para los tres siglos de historia del Imperio Nuevo asirio existe un material excepcional: miles de tablillas de arcilla con inscripciones que quedaron sepultadas bajo los escombros de los palacios asirios, cuando éstos fueron brutalmente destruidos entre 614 y 610 a.C., en el momento de la caída del Imperio. Sin embargo, no es menos cierto que las reinas asirias disponían de una autonomía muy superior a la media de las esposas mesopotámicas, como muestran esas tablillas y los espectaculares resultados de la arqueología de finales del siglo XX.

Naqi’a, la pura


Cuando la esposa del rey, Esharra-Hamat, murió en el año 673 a.C., Asarhadón concedió a su madre, Zakutu, el título de «reina»
Otra gran figura femenina que destaca entre las reinas asirias es la esposa de Senaquerib, llamada Naqi’a. De origen arameo (Naqi’a significa «la pura»), también es conocida con la forma asiria de su nombre: Zakutu. Aunque no tuvo el rango de esposa principal de Senaquerib, consiguió, sin embargo, que el hijo que ella le dio, Asarhadón, fuera designado como heredero al trono. Este nombramiento provocó una crisis política en la cúspide del Estado asirio: en un primer momento, Asarhadón se mantuvo alejado en la parte occidental del Imperio, probablemente en la región de Harrán. Cuando Senaquerib fue asesinado en enero del año 681 a.C., en una conspiración orquestada por otro de sus hijos, el príncipe Arad-Mullissu, estalló una guerra civil entre los dos hermanos de la que salió victorioso Asarhadón. Una vez en el trono de Asiria, Asarhadón garantizó a su madre un lugar privilegiado en la gestión de los asuntos políticos. Cuando la esposa del rey, Esharra-Hamat, murió en el año 673 a.C., Asarhadón concedió a su madre, Zakutu, el título de «reina» (issi-ekalli/segalli), con todas sus atribuciones oficiales.

Mediante su intervención, la futura sucesión real se organizó con mucha antelación para evitar la repetición de una crisis como la de 681 a.C. Parece que Zakutu intervino en la decisión del rey, que eligió como sucesor a su hijo menor, Assurbanipal, reservando el virreinato de Babilonia a su otro hijo, Shamash-Shum-Ukin, a pesar de que éste era el mayor. En esta ocasión, se hizo que la población del Imperio prestara un juramento solemne de fidelidad al nuevo príncipe heredero, y Zakutu participó activamente en la organización de estas juras; se han encontrado varios ejemplares de estos textos guardados en algunos templos. Zakutu hizo renovar ese juramento hasta la muerte de Asarhadón. Algunos años después de que su nieto Assurbanipal subiera al trono, su nombre desaparece de la documentación, posiblemente debido a su muerte.

La Casa de la Reina

La relevancia de la figura de la reina Naqi’a no debe ocultar el hecho general de que el papel de la reina, como esposa oficial del soberano (y la única que llevaba ese título), no dejó de reforzarse durante los dos últimos siglos de existencia del Imperio Nuevo asirio. La fase crucial en que la reina se convirtió en uno de los personajes más importantes de la corte se sitúa en el reinado de Senaquerib, cuando se inició un traspaso de poderes de los dignatarios procedentes de la alta nobleza, que formaban el entorno del rey, a los miembros más cercanos de su familia, su mujer y sus hijos. Paralelamente, la «Casa de la Reina» se convirtió en un elemento fundamental de la estructura económica que constituía el palacio real y, una vez más, los textos y las fuentes arqueológicas testimonian la riqueza adquirida por las soberanas de Asiria.

Al menos desde finales del siglo VIII a.C., las reinas participaban en el reparto del conjunto de «regalos» que los reyes y los príncipes vasallos llevaban a la corte asiria como tributo, y su «parte» aparece en segundo lugar, entre la del rey y la del príncipe heredero. Paralelamente, recibían del rey la posesión de vastos dominios territoriales, repartidos en una gran cantidad de provincias del Imperio, destinados a garantizar la subsistencia de los habitantes de su «casa», que contaba con varios centenares de personas. Esta Casa de la Reina funcionaba como una institución paralela a la Casa del Rey y a la Casa del Príncipe Heredero, y disponía de un personal propio, mayoritariamente femenino.

La administración de las posesiones agrícolas pertenecientes a la reina se encontraba bajo las órdenes de una «gobernadora» (shakintu), el equivalente femenino de los «gobernadores» (shaknu) de la administración imperial, y las rentas obtenidas gracias a la explotación de todas esas propiedades hacían de la reina uno de los personajes más ricos del Imperio. Un archivo de textos cuneiformes hallado en las ruinas del palacio de Nínive y conocido con el nombre de «censo de Harrán» enumera, hacienda por hacienda, a los miembros que formaban las familias de agricultores de una o varias propiedades de la reina en el oeste. Al final del proceso, en el siglo VII a.C., la reina incluso había incorporado a su Casa a ciertos cuerpos del ejército permanente asirio, por lo que puede decirse que participaba en la organización y control del aparato militar del Estado.
La gestión de este amplio conjunto se basaba en una contabilidad escrita y en la clara identificación de todos los elementos de mobiliario y vajilla que pertenecían a la Casa de la Reina. De este modo se ha podido reconocer la imagen del escorpión como símbolo distintivo de la reina de Asiria, lo cual permitía a los que no sabían leer identificar sin equívocos las propiedades de la soberana.

Poderosas en la vida y en la muerte


Es posible que en una zona sin excavar de Senaquerib en Nínive estuvieran enterradas las esposas reales siguientes, entre ellas la poderosa Naqi’a
La reina de Asiria salía del palacio únicamente para participar en ceremonias religiosas y en la vida de la corte, para asistir a actividades políticas o realizar giras de inspección relacionadas con la gestión de sus bienes. Sin embargo, el marco habitual de su existencia era el bitanu, término que puede traducirse como «los apartamentos privados». Allí convivía con las mujeres vinculadas al soberano y con los niños de corta edad. El acceso a este lugar estaba estrechamente vigilado y los contactos con el exterior se hallaban sometidos a un cuidadoso control, si nos guiamos por los extractos de unos reglamentos conocidos como «edictos de harén» que datan del período Medio Asirio, pero que probablemente seguían vigentes en el primer milenio. Se trataba sobre todo de controlar la transmisión de información entre el bitanu y el mundo exterior, y de evitar posibles complots.

Así pues, no es sorprendente que durante las excavaciones llevadas a cabo en 1989 en uno de los más famosos palacios asirios, el de Kalhu (Nimrud), se encontraran las tumbas intactas de varias reinas asirias: las esposas de Tiglat-Pileser III y de sus hijos Salmanasar V y Sargón II. Estaban situadas en sótanos habilitados bajo el suelo de las habitaciones ocupadas por las reinas en el gran palacio real, y revelaron no sólo los nombres de las esposas de los reyes de finales del siglo VIII a.C., sino también el esplendor y la riqueza de las joyas que las habían acompañado en su viaje al Más Allá. La corte abandonó Nimrud a partir del reinado de Sargón II para trasladarse a una nueva capital, Nínive. Es posible que en una zona todavía sin excavar del palacio de Senaquerib en Nínive estuvieran enterradas las esposas reales de los reinados siguientes, entre ellas tal vez la poderosa Naqi’a, esperando a ser descubiertas algún día. El estudio de la historia asiria aún puede reservarnos muchas sorpresas.

Para saber más

Las civilizaciones antiguas de Mesopotamia. K. Polinger Foster y B. R. Foster. Crítica, Barcelona, 2011.
El antiguo Oriente. Mario Liverani. Barcelona, 2008.
El cercano Oriente, los grandes imperios. M. Camino García y J. Santacana. Anaya, Madrid, 2002.

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Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
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