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domingo, 10 de marzo de 2019

ALASKA : NORTEAMÉRICA .- PAISAJES .- NATIONAL GEOGRAPHIC .- Alaska, la última frontera de América del Norte............. Alaska indómita

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, nos alcanza una amplia información de la Indómita Alaska, un estado de Los Estados Unidos, que es separado por Canadá; el territorio de Alaska está lleno de glaciares, lagos, fiordos y paisajes naturales que nunca son vistos en otras partes del mundo, tiene como capital a la Ciudad de Juneau, única ciudad que solo se accesible por avión.
Alaska, está llena de parques nacionales, que ofrecen al visitante paisajes de la fauna y la flora, como el hábitat de los osos pardos más grandes del mundo que habitan la Isla de Kodiak, en todo el archipiélago habitan más de 3,500.
Alaska, tiene el monte más alto de todos Los Estados Unidos, llamado como : Monte Denali, antes se llamó MacKinley, con 6,190 metros de altura.
National Geographic.- narra : "En 1880 Richard Harris y Joseph Juneau descubrieron oro en una zona de bosques e islas que pronto comenzó a ser habitada. Igual que otras ciudades de Alaska, Juneau nació de la mano de mineros que buscaban fortuna y fama eterna. La población llevó otros nombres hasta que el propio Joseph Juneau reclamó que fuera el suyo el que perdurara para la posteridad; el hallazgo había sido histórico y la comunidad accedió. Aquel descubrimiento fue el preámbulo de la Fiebre del Oro, que estallaría dos décadas después en el interior de Alaska, la región estadounidense que se estira hacia el norte desgajada del resto del país. Como curiosidad queda el dato del verano de 1897, cuando la ciudad de Juneau se colapsó de viajeros que hacían escala en su aventura en pos del oro del río Yukón..."

https://www.nationalgeographic.com.es/viajes/grandes-reportajes/alaska-indomita_9666

La travesía entre Juneau y Anchorage se adentra en un territorio de glaciares y bosques interminables

https://www.nationalgeographic.com.es/viajes/grandes-reportajes/alaska-ultima-frontera-america-norte_13184/1

Juneau es la capital de Alaska y, debido a su aislamiento, también el mejor comienzo de un viaje a estas latitudes

Monte Denali
Alaska es un territorio de suaves ondulaciones heladas que se dejan ver desde la distancia. Como los 6.190 metros del Denali –en 2015 recuperó su nombre tradicional indio, "el Grande", en sustitución del de MacKinley–, visibles desde Anchorage. Es el pico más alto de Norteamérica.
Gust Robijns / AGE Fotostock

El paisaje interior
Las islas e islotes de la costa sur forman un conjunto de canales que, entre mayo y septiembre, frecuentan orcas y ballenas jorobadas como la de esta foto. Glacier Bay puede explorarse en embarcaciones más pequeñas que parten de la cercana población de Gustavus, accesible desde Juneau tras un breve vuelo en avioneta.
Alexey Suloev / Shutterstock

Águila calva en el Chilkat Bald Eagle Reserve
Creada en 1982, esta reserva vela por la conservación del hábitat natural de las águilas calvas. Los ríos Chilkat, Kleheni y Tsirku, que confluyen en la reserva, son también el hábitat de los salmones naturales, un espacio protegido por la misma reserva.
Age Fotostock

Ketchikan
Esta población situada al sur de Juneau es uno de los mejores accesos a la extensa masa boscosa del Tongass National Forest. 
SimpleByDesign Studios / AGE Fotostock

Glaciar Matanuska
Con 43 kilómetros de largo y 4,6 de ancho, se localiza a solo 2 horas en coche de Anchorage. Es uno de los glaciares más accesibles del territorio de Alaska. Tras acceder al Parque Nacional que lo protege, el visitante podrá descubrirlo por su propio pie. 
Lynn Wegener / Age Fotostock

Gruta en el glaciar Mendenhall, en las afueras de Juneau
Además de su fácil acceso por tierra, una de sus mayores particularidades son los túneles que surcan su interior. Los tonos azulados de las cuevas ofrecen un espectáculo a las órdenes de una luz de otro mundo, y el goteo del agua resuena en el silencio mientras caminamos bajo sus bóvedas rugosas.
Foto: Pete Wongkongkathep

Parque Nacional Fiordos de Kenai
Sus 2.460 km2 abarcan una zona de fiordos y glaciares que desaguan en el golfo de Alaska. La península de Kenai, accesible desde Anchorage por la Sterling Highway, se descuelga frente a la isla de Kodiak. En la fotografía se distingue el glaciar Exit.
Bernd Römmelt / Fototeca 9x12

Casa Totem
Tótems: historias indias grabadas en madera
Cuenta una leyenda tlingit que el pájaro-trueno luchó contra la malvada ballena, la sacó del agua y la venció. Esta historia es una de las que recogen los totems del Totem Bight State Park, en Ketchikan, una reserva de bosques al borde del mar que preserva 14 de estos postes tallados y la Clan House, una casa comunal en la que vivían entre 30 y 50 personas. Los totems se instalaban a la entrada del poblado y servían para explicar mitos sobre el origen del clan, para homenajear a miembros de la tribu, recordar eventos (fiestas, enlaces, muertes...) o como testimonio de agravios. Elaborados con cedro rojo, de una sola pieza, solo se pintaban los detalles. Se utilizaban 4 colores (negro, rojo, azul turquesa y blanco), extraídos de minerales y de conchas, que se emulsionaban con aceite de huevas de salmón.
AGE Fotostock



Parque Nacional Denali
El pico más alto de Norteamérica es el corazón de esta reserva de 20.000 km2. Se puede avistar a lo largo de diversos itinerarios.
cboswell / AGE Fotostock
Diego Cobo

Alaska, la última frontera de América del Norte

Encajada entre las aguas y la cordillera costera, Juneau es una de esas extrañas urbes a las que no se llega por tierra, como si quisiera proteger sus misterios. Gracias a que la isla Douglas la defiende de las gélidas corrientes del océano, la fría monotonía del invierno se hace más llevadera para las 30.000 personas que viven aquí todo el año. Caminar por sus callejuelas de coloridas casas de madera y edificios firmes produce la extraña sensación de haber viajado a otro tiempo, una mezcla de presente y de los días de euforia exploradora.
En 1880 Richard Harris y Joseph Juneau descubrieron oro en una zona de bosques e islas que pronto comenzó a ser habitada. Igual que otras ciudades de Alaska, Juneau nació de la mano de mineros que buscaban fortuna y fama eterna. La población llevó otros nombres hasta que el propio Joseph Juneau reclamó que fuera el suyo el que perdurara para la posteridad; el hallazgo había sido histórico y la comunidad accedió. Aquel descubrimiento fue el preámbulo de la Fiebre del Oro, que estallaría dos décadas después en el interior de Alaska, la región estadounidense que se estira hacia el norte desgajada del resto del país. Como curiosidad queda el dato del verano de 1897, cuando la ciudad de Juneau se colapsó de viajeros que hacían escala en su aventura en pos del oro del río Yukón.
Igual que otras ciudades de Alaska, Juneau nació de la mano de mineros que buscaban fortuna y fama eterna
El aspecto actual de la capital de Alaska poco tiene que ver con las viejas escenas de buscadores y animales de carga por sus calles. Aún así, me recuerda aquella época el desfile de turistas que descienden de los cruceros que navegan por el golfo de Alaska. Bajan del barco sobre todo para comprar, pues Juneau ofrece un gran surtido de comercios donde adquirir pieles y artesanías de los indios haida y tlingit, los habitantes originales de estas tierras. El explorador Alejandro Malaspina, que surcó estas aguas a finales del siglo XVIII, describía a los nativos como "altos, membrudos, sanos y ágiles, bien sea para la pesca, la caza o la guerra". Los descendientes de aquellos indios siguen habitando en Juneau.

Bosques como países enteros

La ciudad se localiza en el corazón del Tongass National Forest, cuyo nombre alude a un clan de los tlingit. El bosque, en el que destacan el cedro rojo, la tsuga del Pacífico y la picea de Sitka, es en realidad una selva inabarcable de casi 70.000 km2 –el tamaño de Irlanda– que se desparrama por todo el sudeste de Alaska a lo largo del archipiélago Alexander. Desde la localidad de Ketchikan –uno de los accesos más comunes– hasta Yakutak, el Tongass National Forest abarca un sinfín de poblaciones costeras repartidas en 19 áreas.
Los tonos azulados de las cuevas del Glaciar Mendenhall ofrecen un espectáculo a las órdenes de una luz de otro mundo
A partir de abril, cuando el invierno ya toca a su fin, el bosque estalla en colores y el conjunto de glaciares, mares de hielo, bosques y fauna atrapa al viajero anunciando la riqueza natural que contemplará durante todo el viaje: esto es un universo apenas tocado por la zarpa humana. Cerca de Juneau, a escasos 20 kilómetros por una carretera asfaltada, llegamos al Glaciar Mendenhall, cuya particularidad no es solo su fácil acceso por tierra, sino los túneles que surcan su interior. Los tonos azulados de las cuevas ofrecen un espectáculo a las órdenes de una luz de otro mundo, y el goteo del agua resuena en el silencio mientras caminamos bajo sus bóvedas rugosas. Esta escultura móvil sobrecoge casi tanto como angustian las explicaciones de los guías acerca del lento pero continuo retroceso de la masa helada. El glaciar se deshace y deja escenas curiosas, como los árboles en el interior de las cuevas que desnuda el deshielo, dando fe de que en otro tiempo el glaciar se extendía por las llanuras. Un sendero sencillo alcanza las cataratas Nuggets, un enclave fascinante por el estruendo que causan los largos cabellos de agua al desplomarse desde algo más de 100 metros de altura.
El sur de Alaska comenzó a ser colonizado por navegantes rusos en el siglo XVIII, cuando recorrían el Inside Passage o Pasaje Interior. Este paso estrecho labrado por antiguos glaciares se abre paralelo a la costa, a lo largo de 800 kilómetros y entre cientos de islas hasta alcanzar la población de Skagway.
Antes de abandonar el Pasaje Interior los cruceros suelen desviarse hacia el Parque Nacional de la Bahía de los Glaciares (Glacier Bay). A partir de mayo y hasta septiembre, las ballenas jorobadas nadan y se alimentan en sus aguas antes de regresar, con el frío, hacia las islas Hawái, donde se aparearán. El británico George Vancouver no pudo entrar en Glacier Bay porque chocó contra un bloque de hielo que cubría la entrada. Casi un siglo después, en 1870, el naturalista John Muir pudo acceder gracias a que el glaciar había retrocedido 80 kilómetros. Los rangers del parque explican preocupados que, según las últimas informaciones, la lengua de hielo mide otros 100 kilómetros menos.
Glacier Bay es una planicie de aguas metálicas custodiada por elevadas paredes montañosas donde flotan inmensos glaciares. El barco se abre hueco silencioso hasta detenerse ante el Grand Pacific Glacier y el Margerie Glacier. Los crujidos y el eco de los desprendimientos se pierden en la inmensidad, retumbando en el cinturón de picos de alrededor. Nosotros imaginamos lo que no vemos bajo el agua: ballenas, leones marinos y otras criaturas que respiran y resoplan. Mientras, en el cielo, quizá distingamos el elegante vuelo del águila calva, el emblema nacional de Estados Unidos, que a punto estuvo de extinguirse en la década de los 70. También es posible ver frailecillos, esas aves de pico colorido y amantes de las aguas más frías del hemisferio norte, y ánades tan curiosos como el negrón costero.
La bahía puede explorarse en embarcaciones más pequeñas que parten de la cercana población de Gustavus, accesible desde Juneau tras un breve vuelo en avioneta. Quienes prefieren dormir dentro del parque natural pueden avanzar 15 kilómetros hasta el centro de visitantes de Bartlett Cove, que está rodeado por una amplia red de senderos.

Hacia el oeste

La siguiente etapa de nuestro viaje es Anchorage, la ciudad más grande de Alaska, con 300.000 habitantes, un pequeño cogollo de edificios de vidrio y la naturaleza salvaje acariciando sus límites. A los pies de modernas construcciones hay una cabaña de troncos trenzados que acoge el Centro de Información para Visitantes. En la memoria de Anchorage está grabado el terremoto de 1964, que afectó gravemente incontables infraestructuras y levantó olas inmensas. Como el tsunami que, más de 400 kilómetros al sur, inundó el archipiélago de Kodiak y dejó decenas de barcos pesqueros encallados en tierra.
La isla de Kodiak ha superado erupciones volcánicas, tsunamis, enfrentamientos tribales y colonizaciones
Habitada históricamente por las tribus sugpiat y aluitiiq, la isla de Kodiak ha superado erupciones volcánicas, tsunamis, enfrentamientos tribales y colonizaciones. El Museo Alutiiq realiza un extenso recorrido por la historia más remota de la isla hasta que los primeros navegantes rusos se dejaron caer por estas latitudes hacia 1733. Su colección expone más de 250.000 objetos de uso diario, vestidos y abalorios que rememoran la vida de los pobladores nativos.
Bajo el imperio ruso, Alaska se situó como una potencia en el comercio de pieles de nutrias, pero tras acabar con los animales y ser vendida a Estados Unidos por siete millones de dólares en 1867, se fomentó la industria pesquera. Hoy en día numerosas empresas ofrecen salidas de pesca con caña en barco en busca de alguna de las cinco especies de salmón que habitan sus aguas.
Kodiak es una isla tapizada de vegetación cuya ciudad principal está resguardada por brazos de tierra cubiertos de árboles. Su apariencia es casi mágica, como alargadas hileras que brotan del mar, algunas con formas que recuerdan el perfil de una ballena. En toda la isla predomina el color verde brillante que le ha valido el apelativo de Isla Esmeralda, aunque lo que más fama le ha dado son los osos pardos que habitan el archipiélago. Rondan los 3.500 y el estado de Alaska permite su caza para regular la población. Es muy posible ver algún ejemplar mientras se camina por la isla, así que no resulta extraño que los lugareños recomienden cargar con un rifle durante la excursión. A pesar de las advertencias, nuestra única defensa es un espray de pimienta y un cascabel que hacemos sonar en los senderos más solitarios para no sorprender a ningún oso.
El silencio envuelve una visita donde solo nos cruzamos con alguna de las 250 especies de aves de la isla. Nada más
Uno de esos paseos nos conduce al extremo nordeste, donde el Fuerte Abercrombie vigila el lago Gertrude y el mar, mientras el viento helado nos corta la cara. Este cascarón agrietado, construido en 1941 para responder a un eventual ataque japonés, ahora acoge la sede del Kodiak Alaska State Parks. La senda está rodeada de vegetación baja y pinos con largos mechones de musgo frente a acantilados. El silencio envuelve una visita donde solo nos cruzamos con alguna de las 250 especies de aves de la isla. Nada más.

Frente al golfo de Alaska

La península de Kenai, accesible desde Anchorage por la Sterling Highway, se descuelga frente a la isla de Kodiak. Esta preciosa ruta bordea la costa y conduce hasta Soldotna, cerca de la desembocadura del río Kenai. En verano la ciudad de igual nombre rebosa de pescadores que ansían capturar un salmón de 40 kg. Los botes se acumulan pocas millas río arriba, en la unión de las aguas saladas y dulces, donde los salmones que remontan la corriente pican con facilidad. Kenai ofrece también una alternativa a los amantes de los ríos que prefieren clavar los remos y no la caña en el agua: la Swan Canoe Route, una ruta que une la hilera de 30 lagos hasta el río Moose. Durante una semana y 100 kilómetros seguidos, se pueden hacer recorridos por el vientre de una península que, desde el cielo, parece una telaraña de ríos y lagos.
Alaska es un territorio de suaves ondulaciones heladas que se dejan ver desde la distancia. Como los 6.190 metros del Denali –en 2015 recuperó su nombre tradicional indio, "el Grande", en sustitución del de MacKinley–, visibles desde Anchorage. Recorremos los 350 kilómetros que separan la ciudad más grande de Alaska y el Parque Nacional Denali por la George Parks Highway para comprobar que la montaña más alta de Norteamérica no es un espejismo.
En la entrada de la reserva, dos alces beben agua en un charco formado en este verano lluvioso. No se inmutan ante nuestra presencia. Subimos al autobús que recorre la carretera de tierra del parque –los vehículos privados solo pueden acceder a los primeros 50 kilómetros– mientras las nubes van descorchando, poco a poco, el inmenso Denali. La carretera serpentea por pequeños cerros y llanea por esta verde alfombra que es la tundra hasta llegar al kilómetro 110, donde se encuentra el Centro de Visitantes Eielson. Es entonces cuando el pico más alto del país brota abrupto y escalonado: las verdes praderas primero, los macizos ocres después. Y, trepando con la mirada, las paredes blancas que llevan hasta la cumbre envuelta en nubes. Hoy el cielo se ha abierto unos instantes y las nubes parapetan delicadamente el Denali.
No es extraño que sea en este punto donde muchas personas pasen el día o se adentren para caminar durante días o semanas en la inmensidad de los 20.000 km2 del parque. El monte de nieves perpetuas es una brújula que domina los cielos mientras el verano hace estallar la vida natural hasta octubre. Entonces comenzará el repliegue hasta la próxima primavera y Alaska se sumirá de nuevo en su largo y bello sueño blanco.

Alaska indómita 

La travesía entre Juneau y Anchorage se adentra en un territorio de glaciares y bosques interminables

El Monte Mckinley
La carretera por el interior del Parque Nacional de Denali lleva hasta Wonder Lake y su zona de acampada, quizá el enclave ideal para admirar el majestuoso pico.
JENNIFER & THOMAS BRÜHLMANN



El Glaciar Mendenhall
Su fácil acceso lo ha convertido en la excursión más popular desde la ciudad de Juneau.
MARK KELLEY / AGE FOTOSTOCK



Glacier Bay
Doce de los dieciséis glaciares de este Parque Nacional al que se accede en barco o avioneta desembocan en el océano.
RON NIEBRUGGE / WILDNATUREIMAGE



Territorio salvaje
Observar animales en libertad es fácil, además de uno de los grandes alicientes de un viaje por Alaska.
GETTY IMAGES



La fiebre del oro
El poblado de Crow Creek, entre Whittier y Anchorage, permite rememorar el ambiente de finales del siglo XIX.
RICHARD SMITH


 
Lagos
Alaska cuenta con unos tres millones de lagos. En el Bear Lake, al norte de Seward, existe la posibilidad de observar osos.
PATRICK ENDRES / AGE FOTOSTOCK



Cultura tlingit
Una casa comunal de los indios tlingit (isla de Wrangell), museo de tótems al aire libre en la isla de Ketchikan y dos niñas de la tribu tlingit.
ACI


Reserva de vida animal
Un alce en la orilla de Wonder Lake, en el Parque Nacional de Denali. Al fondo, la cordillera de Alaska.
MICHAEL DEYOUNG / GETTY IMAGES



Isla Kodiak
Los osos pardos de esta isla al sur de la península de Kenai son los mayores del mundo y forman una subespecie de la que existen unos 3.500 ejemplares. Al fondo, la isla Ugak vista desde Pasagshak Point.
RAY BULSON / WILDERNESS VISIONS

Entre el mar y el techo de Norteamérica
1 Juneau. Su abrigado puerto es la entrada a un mundo de glaciares.
2 Parque Nacional Denali. Para admirar el pico más alto de Norteamérica y la abundante fauna que habita en las montañas y llanuras que lo rodean.
3 Anchorage. La mitad de la población vive en esta moderna ciudad, bien comunicada y rodeada de naturaleza por los cuatro puntos cardinales.
4 Península de Kenai. Ofrece un vasto paraje de recreo con su glaciares, fiordos, montañas, senderos de trekking y ríos repletos de salmones.
5 Isla Kodiak. Habitada por inuits, acoge los osos pardos más grandes del mundo. La temporada ideal para verlos va de julio a septiembre.
Mapa: BLAUSET
Redacción

Alaska indómita

A Juneau, capital de Alaska, no se llega por carretera. El ferry avanza entre los canales y el agua quieta rompe en la proa con un suave roce. Las gaviotas y los cormoranes conviven en las grandes playas. Cientos de islas selváticas forman un laberinto en el que ballenas y orcas levantan sus lomos del agua gris-azulada. Respiro hondo, y el aire puro del Pasaje Interior impregna cada célula de mi cuerpo.
Juneau se halla en la Tongass National Forest, la mayor reserva forestal de Estados Unidos, si bien la palabra rainforest («selva lluviosa») refleja mejor la naturaleza y el clima del lugar. Por doquier, gigantescas coníferas y cedros rojos descienden hasta la orilla del agua.

Malaspina escribió que «el perfil de la costa parecería, por su frondosidad, cercano al trópico, a no ser por la nieve que corona las montañas»
¿Qué debió sentir Alejandro Malaspina al explorar esta costa con sus dos corbetas en 1791? Los glaciares serían aún más imponentes; quizá la tripulación se asombraría ante los grupos de ballenas, los leones marinos que descansaban sobre las rocas o las nutrias de mar que jugaban sobre el tapiz de agua, mientras los indios haida, tlingit y tsimshian se desplazaban silenciosos en sus canoas de cedro. No lo sabremos nunca, si bien el propio Malaspina escribió que «el perfil de la costa parecería, por su frondosidad, cercano al trópico, a no ser por la nieve que corona las montañas».
Y así sigue siendo mientras recorro el puerto de Juneau, entre turistas que bajan en grandes grupos de los cruceros. La ciudad sigue arropada por un paisaje espectacular, inmersa en el canal que la resguarda de las aguas abiertas del océano Pacífico y el vasto campo de hielo de las montañas del interior. De esa blanca extensión afloran 40 glaciares que avanzan por los valles. Uno de ellos, el Mendenhall, es el gran hito natural de Juneau. De la ciudad parten a su vez los cruceros y las avionetas que llevan al Parque Nacional de Glacier Bay, un laberinto de témpanos flotantes convertido en paraíso de piragüistas.

Un valioso hallazgo

En 1880, tras hallar pepitas «del tamaño de guisantes y judías» en los alrededores, Joe Juneau y Richard Harris regresaron con media tonelada de oro a Sitka, la capital de Alaska cuando pertenecía a Rusia. De la noche a la mañana aparecieron decenas de barcos cargados de aventureros. Para ellos se montaron almacenes, mercados de animales, pensiones, casas de empeño, bancos, garitos de juego, bares, teatros, prostíbulos... Juneau fue en ese tiempo una de las ciudades más vivas y ricas de Norteamérica. La nueva oleada llegó en 1897, al descubrirse oro en el Klondike, un afluente del Yukón.
Así surgió la ciudad de Skagway, 170 kilómetros más al norte. Los mineros desembarcaban allí para adentrarse en el continente. Pero como los pioneros en la helada meseta del Yukón vivieron una gran hambruna en el primer invierno, la policía montada del Canadá supervisaba en lo alto del Chilkoot Pass que cada buscador llevase lo necesario. Eso incluía víveres para sobrevivir un año y el material para construir una balsa con la que bajar el Yukón y para desempeñar las tareas mineras. Los buscadores subían así el Chil­koot Pass decenas de veces hasta trasladar la tonelada de equipamiento requerido.
Uno de esos aventureros era Jack London. En la cabaña en la que vivió junto al Klondike, enfermo a causa de las privaciones, aún puede leerse grabado a navaja: «Jack London, minero, escritor». Regresar con las manos vacías le llevó a vender a algunas revistas relatos inspirados en las vivencias de aquel invierno. Con ellos el mundo pudo conocer la audacia de aquellos hombres expuestos a condiciones de vida extremas.
Los 55 kilómetros del Chilkoot Trail entre Skag­way y el lago Bennett, ya en Canadá, son hoy uno de los trekkings clásicos de Alaska. Aquí y allá aparecen ruedas oxidadas bajo los matorrales y cabañas medio derruidas.
Valles abiertos y cúmulos blancos sobre el cielo azul, ríos de cauces anchos y rápidos, bosques de coníferas hasta donde alcanza la vista, y la nieve coronando las montañas
En Skagway, un espectacular vuelo sobre fiordos, montañas y nieves eternas me lleva a Anchorage. Enseguida tomo un confortable tren hacia el Parque Nacional de Denali, nombre que los indios atabascos daban al McKinley (6.194 m), el pico más alto de Norteamérica. Dentro del parque solo es posible desplazarse en los autobuses que recorren la carretera de 150 kilómetros que se adentra en él.
En cuanto aparecen animales el chófer se detiene para que los admiremos. El paisaje es inmenso. Valles abiertos y cúmulos blancos sobre el cielo azul, ríos de cauces anchos y rápidos, bosques de coníferas hasta donde alcanza la vista, y la nieve coronando las montañas. Evoco a McCandless, aquel muchacho que acaba su vida en un autobús varado en la inmensidad de Denali, protagonista de la película Hacia rutas salvajes (2007).

La fauna en Alaska

La carretera se vuelve pista y los bosques dejan ver caribús y ciervos. Águilas doradas vigilan nuestro paso. Salimos a caminar, siempre con cautela. De pronto, al otro lado del río, vemos una osa tan grande como dos hombres. Come arándanos y se mueve relajada con dos oseznos que no se separan de ella. Al olernos se queda inmóvil y su pelo alfombrado se le eriza en la nuca. «Ninguna broma con mis crías», parece decir. Permanecemos como estatuas mientras decide qué hacer. Opta por bajar tranquilamente el río en unos maravillosos cinco minutos. También vemos alces, marmotas y muflones de Dall. Pero nos queda algo pendiente. Entonces comienza a abrirse un enorme agujero azul entre las nubes y aparece la silueta del McKinley, el gran señor del lugar.
De vuelta a Anchorage no sé si explorar en kayak la península de Kenai o visitar la isla Kodiak, famosa por sus osos pardos. Opto por lo primero en compañía de dos surfistas griegos. En la primera mañana ya me enamoro de ese mundo. Deslizarse sobre el agua transparente y helada junto a los leones marinos que toman el sol sobre las rocas hace que todo cobre sentido. Un lugar para medir el tiempo con la respiración y los bufidos de las orcas y las ballenas. Y remar tranquilo en mitad de uno mismo. El segundo día recorremos mudos la laguna al final del glaciar. Un iceberg ha formado un arco sobre el agua y dirijo mi kayak bajo esa ventana para cruzar al otro lado. El hielo azulado por siglos de presión que le han hecho perder las burbujas de aire se desliza sobre mi cabeza. Un frailecillo remonta el vuelo con un pez en el pico y varios cetáceos asoman sus lomos nadando hacia mar abierto. «¿No es esto lo que no buscaba y encontré?», me pregunto. Los días se alargaron entre los fiordos. Varias noches después aún disfrutaba de «la última frontera», mientras el regreso se iba posponiendo una y otra vez. A veces los viajes toman formas casi orgánicas mientras continúa la ruta. En Alaska eso es fácil que suceda.

MÁS INFORMACIÓN
Documentos: pasaporte más au­torización electrónica (ESTA).
Idiomas: inglés.
Moneda: dólar estadounidense.
Horario: 10 horas menos.
Salud: en los lagos de la costa sur conviene protección antimosquitos.
Cómo llegar y moverse: Los ferrys que parten de Seattle enlazan una treintena de localidades y llegan hasta las islas Aleutianas. Anchorage, Fairbanks y Juneau cuentan con aeropuerto internacional.
En coche alquilado o autocaravana. La red de autobuses es excelente y recorre incluso pistas sin asfaltar. Hay dos líneas de tren: la Seward-Fairbanks es famosa por sus vagones con techo de cristal, mientras que la Skagway-Fraser (Canadá) funciona desde la fiebre del oro. Una veintena de ciudades poseen aeropuerto. A muchos otros destinos se puede acceder en avioneta o en hidroavión.
NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo  Sánchez Achutegui
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lunes, 25 de diciembre de 2017

MEDIO AMBIENTE : CIENCIA .- AURORAS .- NATIONAL GEOGRAPHIC .- El baile de las auroras visto desde el espacio y amplia información de imágenes del Hemisferio Boreal (Norte)...

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., las auroras boreales en el Hemisferio Norte y las auroras australes en el Hemisferio Sur, son bellos espectáculos de brillo o luminiscencia, que se presenta durante la noche en los círculos polares.
El origen de una aurora la Enciclopedia Wikipedia la define: "..Una aurora se produce cuando una eyección de partículas solares cargadas (radiación cósmica) choca con la magnetósfera de la Tierra. Esta "esfera" que nos rodea obedece al campo magnético generado por el núcleo de la Tierra, formada por líneas invisibles que parten de los dos polos, como un imán. Además existen fenómenos muy energéticos, como las fulguraciones o las eyecciones de masa coronal que incrementan la intensidad del viento solar. Cuando dicha masa solar choca con nuestra esfera protectora, estas radiaciones solares, también conocidas con el nombre de viento solar, se desplazan a lo largo de dicha esfera. En el hemisferio que se encuentra en la etapa nocturna de la Tierra en los polos, donde están las otras líneas de campo magnético, se va almacenando dicha energía hasta que no se puede almacenar más, y esta energía almacenada se dispara en forma de radiaciones electromagnéticas sobre la ionosfera terrestre, creadora, principalmente, de dichos efectos visuales..."
Este artículo ha sido preparado gracias a la amplia información de imágenes de la Revista National Geographic, que lo brindamos para su lectura....


http://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/baile-las-auroras-visto-desde-espacio_11715
http://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/actualidad/oceanos-magneticos-tierra-electrica_10756
http://www.nationalgeographic.com.es/temas/auroras-boreales/fotos/1
https://www.visitnorway.es/actividades-en-noruega/atractivos-naturales/auroras-boreales/

Las auroras ocurren cuando la radiación cósmica interacciona con la magnetosfera de la Tierra, formando un espectáculo maravilloso, como demuestra este vídeo



El baile de las auroras desde el espacio  Auroras

Como si se tratara de las olas de un mar cósmico que llegan a romper a una pequeña y oscura cala del sistema solar llamado Tierra, la radiación cósmica procedente del sol se estrella contra nuestro planeta dando lugar al baile de luz que conocemos como auroras polares.
7 de julio de 2017
 
Las auroras polares no son más que el producto de la interacción de la radiación cósmica con la magnetosfera de la Tierra. Esta esfera invisible que nos envuelve y protege, obedece al campo magnético generado por la rotación de las capas metálicas interiores terrestres -manto y núcleo- cargadas eléctricamente. Actúa desviando la radiación procedente del sol hacia los polos dando lugar a las auroras.
Sin embargo véase la aurora como a la parca disfrazada bella mujer. Esta radiación que nos maravilla y ofrece uno de los espectáculos atmosféricos más impresionantes de mundo, resultaría tan letal como hermosa de no ser por la función de escudo protector que ejerce la magnetosfera.
De no existir esta segunda en la Tierra, como ocurre en Venus y Marte, la cantidad constante y permanente de radiación a la que se ve sometido nuestro planeta atravesaría la atmósfera llegando hasta la superficie.

Una de las múltiples consecuencias de esto sería la perdida paulatina de agua de nuestro mundo azul. Tras poco más de unos miles de años, es probable que la Tierra, haciendo verdadero honor a su nombre, se hubiera convertido justo en eso, en tierra; un desierto más de roca y polvo en el vasto universo.
Por ello querido lector, si algún día tienes la posibilidad de maravillarte con la aurora, recuerda cuando venga la parca y tus ojos sean testigo de semejante espectáculo, que existe un ángel de la guarda que sin poder verlo vela por ti, en este caso la magnetosfera, una de las razones por la que estas vivo.
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Océanos magnéticos, Tierra eléctrica

La constelación de satélites Swarm de la Agencia Espacial Europea aporta nuevos datos que permiten avanzar en el estudio del magnetismo terrestre

Representación artística de la magnetosfera terrestre
Foto: ESA/ATG medialab

Héctor Rodríguez
5 de octubre de 2016
 
A primera vista, resulta algo improbable relacionar los océanos con magnetismo, sin embargo esta parte líquida de nuestro planeta es también responsable de una fracción del escudo magnético protector de nuestro planeta. En este sentido, los satélites Swarm de la ESA no solo han podido medir recientemente este campo extremadamente débil, sino que también han realizado nuevos descubrimientos sobre la naturaleza eléctrica del interior de la Tierra.
El campo magnético nos protege de la radiación cósmica y las partículas cargadas que bombardean la Tierra desde el Sol. Sin él, la atmósfera no existiría tal y como la conocemos, lo que haría que la vida en la Tierra fuera imposible, al menos tal y como la conocemos.
Para los científicos, conocer esta capa protectora que nos rodea se torna crucial para entender muchos de los procesos naturales que se producen a nivel global, desde los que tienen lugar en lo profundo del planeta, hasta aquellos que dependen de la actividad solar y que se engloban en el ámbito de la meteorología espacial. Además, esta información nos permitirá comprender mejor, tal y como indican las mediciones, por qué se está debilitando el campo magnético de la Tierra.
Aunque sabemos que el campo magnético se origina en diversas partes del planeta y que cada una de ellas genera magnetismo de distinta intensidad, existen aún aspectos de su naturaleza que no llegamos a comprender. De hecho aún no sabemos exactamente cómo se genera y por qué varía, y este es el motivo por el que la ESA lanzó en 2013 su trío de satélites Swarm.
Si bien la misión ya está arrojando nueva luz sobre la variación del campo magnético, su último resultado se centra en la fuente de magnetismo más huidiza: las mareas oceánicas.





Cuando el agua salada de los océanos atraviesa el campo magnético, se genera una corriente eléctrica que, a su vez, induce una respuesta magnética en la región profunda bajo la corteza terrestre: el manto. Esta respuesta constituye una parte ínfima del campo magnético, por lo que su medición desde el espacio siempre había sido un reto.
El año pasado, científicos de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich (ETHZ) teorizaron que si fuera posible medir este campo eléctrico desde el espacio —algo que no se había hecho hasta el momento— los datos aportarían una buena información sobre el interior de la Tierra. Hoy esto ha sido posible gracias a las mediciones realizadas por la misión Swarm.
Ahora gracias a ellos y en adicción a los datos tomados por su precursor, Champ (CHAllenging Minisatellite Payload) -misión que terminó en 2010 después de medir los campos gravitacional y magnético de la Tierra durante más de 10 años-, los científicos no solo han sido capaces de encontrar el campo magnético generado por las mareas oceánicas, si no que también han podido usar estos nuevos datos para dar cuenta de la naturaleza eléctrica del manto superior de la Tierra.
Alexander Grayver, de la ETHZ, lo explica así: “los satélites Swarm y Champ nos han permitido distinguir entre la sólida ‘litosfera’ oceánica y la ‘astenosfera’"
La litosfera es la parte exterior, más rígida, de la Tierra, formada por la corteza y el manto superior, mientras que la astenosfera, situada debajo, es más caliente y más plástica.
“Efectivamente, el ‘sondeo geoeléctrico desde el espacio’ constituye una primicia para la exploración espacial. Estos nuevos resultados son importantes para comprender la tectónica de placas, teoría que sostiene que la litosfera terrestre se compone de placas rígidas que se deslizan sobre la astenosfera caliente y más fluida, que funciona a modo de lubricante permitiendo su movimiento” añade el científico.
Por su parte, Roger Haagmans, científico de la misión Swarm de la ESA, apunta: “resulta sorprendente que al equipo le hayan bastado dos años de mediciones de los satélites para determinar el efecto magnético de las mareas oceánicas y para observar los cambios que se producen en la conductividad de la litosfera y el manto superior. Su trabajo nos muestra que a unos 350 kilómetros bajo la superficie terrestre, la intensidad en que la materia conduce la electricidad está vinculado a su composición”.
“Además, su análisis muestra una dependencia clara de las condiciones tectónicas del lecho oceánico. Estos nuevos resultados también indican que, en el futuro, podríamos obtener una vista 3D completa de la conductividad bajo el océano”, añade.
Según Rune Floberghagen, responsable de la misión Swarm de la ESA, el futuro se presenta excitante : “hay muy pocas formas de estudiar la estructura profunda de nuestro planeta, pero Swarm está contribuyendo enormemente a entender su interior, lo que nos ayudará a comprender mejor el funcionamiento de la Tierra en su conjunto”.
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http://www.nationalgeographic.com.es/temas/auroras-boreales/fotos/1

Auroras boreales
Magnetósfera de la Tierra desviando las partículas solares cargadas (líneas amarillas) hacia lo polos, donde forman las auroras.
Wikipedia
https://es.wikipedia.org/wiki/Aurora_polar




Eye of Stokksnes
Fotografía ganadora del Premio Caroline Mitchum
"La relación entre el hombre y la naturaleza puede ser muy estrecha e íntima. Si la escuchas, ella estará agradecida. Entonces puedes sentir esta fuerte relación. Pero primero debes estar preparado para cumplir con los diferentes requisitos de la naturaleza. Debes poder sobrevivir en condiciones climáticas y de campo difíciles.Tienes que mantener la esperanza y esperar firmemente. Tienes que dedicar tu tiempo y comodidad, como lo haces con un ser querido o una persona importante. Esta vez el resultado excedió mis expectativas. Para hacer esta toma, estuve circulando alrededor de Stokksnes durante días nublados y helados, esperando el clima perfecto. Probablemente fue la noche más hermosa de mi vida, como si la naturaleza empezara a guiñarme un ojo. Espero que a tí también te esté hablando"
Foto: Wojciech Kruczynki / The EPSON International Pano Awards 2017

Aurora Shot from Plane
Mención de honor en la categoría: Auroras
Una vívida aurora verdosa se arremolina sobre el cielo azul profundo y el resplandor anaranjado del anochecer en esta imagen tomada desde la ventana de un avión que viaja desde Amsterdam a Pekín. El fotógrafo había estado esperando el estallido de la aurora durante todo el vuelo desde uno de los mejores asientos para observar el cielo y por el cuál pagó. Además de la potente aurora, el fotógrafo también fue bendecido con una noche clara y sin nubes en el que sucedió la magia durante el crepúsculo.
Novosbirsk, Russia, 24 de agosto de 2016.
Canon EOS 6D camera, 20 mm f/1.8 lens, ISO 2000, 3-second exposure

Foto: Ye Ziyi / Insight Astronomy Photographer of the Year 2017

In Autumn Dance
Segundo premio en la categoría: Auroras
Un destello verde brilla intensamente iluminando con bellos arcos de luz el cielo nocturno sobre la tundra siberiana. Ocho fotografías verticales tomadas forman esta fotografía: la luz polar era muy dinámica y el fotógrafo tuvo que moverse lo más rápido posible para capturar propiamente la escena. “La silueta del brillo de la aurora me recordó la matemática proporción áurea”.
Noviy Urengoy, Rusia, 28 de septiembre de 2016
Canon 5D Mark III camera, 24 mm f/2.0 lens, ISO 2000, 4-second exposu
re
Foto: Kamil Nureev/ Insight Astronomy Photographer of the Year 2017

Ghost World
Ganador absoluto en la categoría: Auroras
El fotógrafo se puso en pie y observó como las olas del mar que se arremolinaban lentamente en la larga playa hacían que la arena se humedeciese dando lugar a las condiciones perfectas para captar los reflejos del cielo. De repente, las nubes emergieron de las montañas cercanas y flotaron a través del mar permitiéndole capturar esta escena de otro mundo: la de una aurora de gran alcance que barre el cielo a través de la noche.
Stokksnes, Islandia, 5 de octubre de 2016.
Canon EOS 5D Mark III camera, 24 mm f/2.0 lens, ISO 1600, 6-second exposure
Foto: Mikkel Beiter/ Insight Astronomy Photographer of the Year 2017

Auroras boreales en las Lofoten
Las maravillosas auroras boreales, esos haces de luz verdiazulados y ondulantes que cruzan el cielo a partir de septiembre, cuando la larga noche polar envuelve el norte del país y toda la península escandinava.
Foto: Shutterstock

Aurora boreal en Alberta, Canadá
Foto: Paul Zizka

Espectaculo en el cielo
Contemplar el firmamento iluminado por la aurora polar es presenciar uno de los prodigios más fascinantes que ofrece el cosmos
Foto: Paul Hardy / Getty images

A la caza de las auroras
El Finnish Meteorological Institute ofrece el servicio online Auroras Now!, que monitoriza las condiciones del cielo durante todo el invierno.
Foto: Topi Ylä-Mononen / Age fotostock

Blachford Lake Lodge, Canadá
Abierto en 1981 por Mike Freeland, residente en la cercana ciudad de Yellowknife, la capital de los territorios del norte del país, este hotel ofrece las mejores vistas y rutas para disfrutar de las auroras boreales canadienses. Esto se debe, principalmente, a que se encuentra situado sobre un paisaje completamente virgen, por lo que está libre de la contaminación lumínica. El Blachford Lake, llamado así por el inmenso lago de sus inmediaciones, está catalogado como un hotel sostenible y responsable con el medio ambiente. Utiliza recursos naturales del entorno y de los paneles solares del recinto.
Foto: Blachford Lake Lodge

Levin Iglut, Finlandia
Estos iglús de cristal permiten disfrutar del espectáculo natural de las auroras boreales tumbados cómodamente desde la cama. Se encuentran esparcidos en un paraje prácticamente virgen a solo 10 kilómetros de Levi, donde la estación de esquí más grande de Finlandia. Su edificio central, donde se halla la recepción, los salones y el restaurante, goza también de grandes ventanales para que la experiencia de contemplar el cambio de color del cielo esté presente incluso en la cena. Los iglús, que los hay de diferentes tamaños, cuentan con cuarto de baño con duchas, una pequeña cocina y calefacción.
Foto: Hotel Levin Iglut

Treehotel, Suecia
Ubicadas en medio del bosque, en lo alto de los árboles, las modernas cabañas de Treehotel se mimetizan con la naturaleza. Gracias a su original arquitectura, en la que se han utilizado materiales locales y ecológicos, sus grandes ventanales permiten obtener las mejores vistas al valle del río Lule, además de a las luces del norte, que cubren el cielo de diferentes colores. El hotel, que cuenta con calefacción, restaurante y salas comunes, se encuentra situado en la pequeña villa de Harads, al norte de Suecia.
Foto: Treehotel

Hotel iglú Sorrisniva, Noruega
Hecho de nieve y hielo, estos iglús presumen de ser el primer hotel de Noruega y el segundo del mundo de estas características. Están situados junto a la ciudad de Alta, donde se concentran la mayor parte de las excursiones de aventura de Finnmark. El complejo cuenta con 26 habitaciones, suites, un bar, una capilla y esculturas, todo ello de hielo. Por ello, cuenta con ropa de cama y de abrigo térmicos para no sufrir las altas temperaturas. Esta área rodeada de bosques y montañas es una de las más populares de Noruega para contemplar las auroras boreales, por lo que el hotel dispone de excursiones y de tiendas de campaña donde resguardarse y disfrutar del momento.
Foto: Hotel iglú Sorrisniva

Aurora Borealis Lodge, Alaska
Ubicado en lo alto de las montañas de las Fairbanks, cerca de Cleary Summit, este hotel rural cuenta con las mejores vistas de auroras boreales de Alaska desde el año 2003. Está regentado por la familia Mok y Akiko Kumagai, guías experimentados que trabajaron durante años en el turismo de aventura de la zona y que, junto con un tercer socio, levantaron el edificio. El Aurora Borealis Lodge dispone de varios apartamentos con grandes cristaleras para disfrutar del cielo y de las populares luces del norte cómodamente desde el interior.
Foto: 1stalaskatours.com

ION Adventure Hotel, Islandia
Este lujoso hotel cuenta con numerosos premios y reconocimientos tanto por su situación, en un paraje montañoso prácticamente virgen, como por la calidad de sus instalaciones. Está a menos de una hora de la capital, Reikiavik, y cuenta con fácil acceso al Círculo de oro, que recorre algunas de las maravillas de la isla.  Catalogado como sostenible, el complejo utiliza los recursos naturales para el uso de la energía, también se han usado materiales responsables con el medio ambiente y presume de una rica cocina orgánica con lo mejor de la gastronomía islandesa. Las habitaciones cuentan con grandes ventanales para disfrutar de las luces del norte y entre sus instalaciones también hay saunas y piscinas de agua caliente.
Foto: ION Adventure Hotel

Hotel Kakslauttanen, Finlandia
La Laponia finlandesa es una de las mejores zonas del país para disfrutar de espectáculo de las auroras boreales. Una de las razones por las que Jussi, el propietario de este hotel, decidió en 1973 montar allí su tienda de campaña cuando en el lugar todavía no había ningún otro alojamiento. La belleza de la zona, una de las más vírgenes del país, lo cautivó de manera que, al siguiente año, allí construyó una cabaña y una cafetería para atender a quienes viajaban hacia Nordkapp. Con el paso de los años el hotel ha ido creciendo hasta convertirse en uno de los más conocidos del círculo polar ártico por su ubicación e instalaciones. Kakslauttanen cuenta con varios iglús de cristal, desde donde contemplar el cielo y las auroras desde la cama, así como con cabañas con sauna y chimeneas. A pocos kilómetros, además, es donde se encuentra el popular reino de Papá Noel.
Foto: Hotel Kakslauttanen

Hotel Rangá, Islandia
A una hora de Reikiavik, al sur de Islandia, se halla este hotel conocido por el cuidado de sus instalaciones, así como por la calidad de su cocina. Compuesto por una gran cabaña de madera, Rangá dispone de 51 habitaciones, restaurante, bar, salones, salas de reuniones, servicio de masajes y jacuzzi. Estos últimos están ubicados en sus interiores, por lo que durante los fríos meses de invierno los huéspedes pueden disfrutar de un baño caliente bajo la luz de las auroras boreales.
Foto: Hotel Rangá

Olokolo Nest, Finlandia
Estos huevos semi transparentes son una de las opciones más originales para pasar la noche al aire libre y disfrutar de las maravillas del cielo finlandés. Aunque en él sólo es posible dormir, ya que su interior cuenta con una cama doble de ropa térmica, con el precio de la noche están incluidos los aseos y el acceso a las instalaciones del Castillo de nieve, el edifico principal construido cada temporada con el hielo en la ciudad lapona de Kemi. La ventaja de los huevos portátiles es que, en el caso de ser un grupo, también es posible de cruzar el mar helado y dormir en el Artic Adventure Island, donde se concentra una gran oferta de actividades de nieve.
Foto: Visit Kemi

Krystall Hotel, Noruega
Un enorme copo de nieve situado en medio de un fiordo junto a Tromso, una de las ciudades noruegas más visitadas del círculo polar ártico. Este será el hotel de cristal que, como si se tratase de un iceberg, se espera que tenga las mejores vistas del mundo, por el paraje natural que lo rodea, carecer de contaminación lumínica y presenciar el espectáculo de las auroras boreales. Aunque todavía no está abierto el público, la empresa encargada de su construcción, Dutch Docklands, ha publicado en su misma web que el hotel será sostenible, no perjudicará al medio ambiente y que sus instalaciones contarán con 86 habitaciones, spa y espacios recreativos.
Foto: Duch Docklands

Auroras en Júpiter
El telescopio espacial Hubble, en órbita alrededor de la Tierra, captó unas impresionantes auroras en los polos de Júpiter, el cuerpo celeste más grande del Sistema Solar. Las auroras de Júpiter fueron descubiertas por la sonda Voyager 1 en 1979, pero por fin se han podido observar en todo su esplendor gracias al Hubble, que puede captar la radiación ultravioleta, informó la Agencia Espacial Europea (ESA). Las auroras de Júpiter son mucho más grandes que todo nuestro planeta, también son mucho más energéticas y, a diferencia de las que se ven en la Tierra, nunca se acaban. Las auroras observadas en 2016 se superponen en esta imagen de Júpiter tomada por el telescopio espacial Hubble durante la primavera de 2014. Más información aquí.
Foto: NASA, ESA

Auroras en Júpiter
Esta imagen combina una imagen del planeta Júpiter tomada con el Telescopio Espacial Hubble y las observaciones de sus auroras en el ultravioleta,
Foto: ESA / NASA

Auroras desde el espacio
Si las auroras son espectaculares, imagina verlas desde el espacio. Este colorido espectáculo se forma por el choque de los vientos solares, las eyecciones de masa coronal del Sol, con nuestra atmósfera.
Foto: NASA
The Photographer
Stokksnes, Islandia.
Ganador en la categoría "Amateur" / Naturaleza y paisaje
Rodeado por un clima hostil y azotado por la arena y las constantes tormentas de nieve, el austríaco Nicholas Roemmelt capturó esta imagen de su colega encaramado sobre un montículo de arena esperando el momento perfecto para captar las espectrales luces de la aurora boreal sobre la montaña Vestrahorn.
Foto: Nicholas-Roemmelt / Epson International Pano Awards 2016

Twilight Aurora
Fotografía ganadora en la categoría "Auroras":
Durante la noche del eclipse solar del 20 marzo de 2015, los habitantes de pueblo de Spitsbergen, en Noruega, fueron testigos de un segundo espectáculo de luces naturales en forma de aurora boreal. En el momento en que fue tomada la imagen el sol brillaba desde los 9 grados por debajo del horizonte, por lo que el fotógrafo aún dispuso de algo de luz para tomar la fotografía de esta leve aurora, que se suspende en el cielo rodeada de un halo fantasmagórico.
© György Soponyai / Insight Astronomy Photographer of the Year

La aurora misteriosa
“La ISS acaba de atravesar la espesa niebla verde de la aurora... inquietante pero muy bonito”.
Foto: Tim Peake / ESA

Aurora boreal y lluvia de estrellas
Preciosa imagen de una aurora boreal y el paso de un meteoro durante una lluvia de estrellas
Foto: N. Melville CC BY-NC-SA 2.0

Alaska
El norte de Alaska es uno de los sitios más privilegiados en el mundo donde la actividad de los destellos danzantes de energía solar se pueden apreciar. Se organizan excursiones desde Fairbanks y Anchorage para observarlas.

Canadá
Yellowknife, en el noroeste de Canadá, es conocida como la capital mundial de la aurora boreal, además de la frecuencia con la que aparecen las «luces» en este punto del planeta, se puede obtener gran cantidad de información sobre las mismas en el centro Astronomy North.

Tromsø, Noruega
Tromsø es un buen punto de partida para explorar la Laponia noruega y el Cabo Norte, uno de los mejores lugares del mundo para ver auroras boreales. También las islas Svalvard, que entre mediados de noviembre y finales de enero carecen de luz del día y viven inmersas en la noche polar. 

Parque de Vatnajokull, Islandia
El Parque de Vatnajokull es el parque más extenso de Europa. Su principal característica es que cuenta con ríos y glaciares que hacen variar el paisaje. 

Islandia
Es uno de los lugares donde las auroras aparecen más cerca de una ciudad, así que si eliges Reikiavik para verlas, igual puedes hacerlo con toda comodidad desde tu propio hotel. No obstante, lo más recomendable es hacerlo a las afueras, lejos de la contaminación lumínica. 

Suecia
Un telesilla conduce hasta la Aurora Sky Station, la estación de observación de auroras boreales de la Laponia sueca situada en el corazón del Parque Nacional de Abisko, un lugar que reúne las condiciones óptimas para ver las auroras boreales, pues es el lugar más seco y menos nublado de Suecia.

Iglús en Levi, Finlandia
Este país es especialista en hacer fácil lo casi imposible. Para ver las auroras boreales existen en la Laponia finlandesa originales instalaciones como iglús de cristal en Saariselkä (Inari) o en Levi (Kittilä); y en el pueblo de Nellim, en el lago Inari, además del campamento Aurora. proponen suites instaladas en medio de la nieve con el techo acristalado para observar cómodamente las «luces».

Isla de Flakstad
En un cielo aterciopelado y cuajado de estrellas, la aurora boreal traza gruesas pinceladas de color sobre la isla de Flakstad, en las Lofoten.
http://haarbergphoto.com
Foto: Orsolya Haarberg

Fairbanks
Es uno de los mejores destinos del planeta para ver auroras boreales por la claridad de sus cielos. Estos halos luminosos cruzan el cielo de Alaska entre septiembre y abril.
DANITA DELIMONT STCOK / AWL

Auroras Boreales
Este fenómeno atmosférico que llena de color las noches más septentrionales se da entre febrero y marzo y entre septiembre y octubre. Merece la pena visitar el centro de interpretación de auroras boreales en Sodankylä para conocer mejor sus causas y sus características. En el centro de Sodankylä se han habilitado unas kotas (tienda tradicional de los samis) con un agujero en el techo para esperar la llegada de este maravilloso efecto. Se dice que el afortunado que contempla una aurora boreal, vive feliz para siempre.
Visit Finland / Nikka Niemi
NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
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