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lunes, 14 de enero de 2019

ANTIGUA ROMA : MUJERES .- NATIONAL GEOGRAPHIC .- Las perlas, las joyas favoritas de las romanas

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, nos entrega un reportaje sobre la afición de las damas romanas por las joyas, alhajas y piedra preciosas, que dado su alto poder económico adquirían y las exhibían en sus fastuosas fiestas; era un símbolo de poder y riqueza exhibir perlas preciosas en casi todo el cuerpo, como las orejas con aretes o pendientes adornados por gemas, el cuello con costosos collares, las muñecas de las manos con esclavas de oro, los zapatos adornados con perlas, incluso los vestidos de gala llevaban perlas, y los hombres exhibían sus correas o cinturones adornados por joyas de oro, y los dedos de las manos llenos de anillos y costosas sortijas.


https://www.nationalgeographic.com.es/historia/actualidad/como-era-la-mujer-en-la-sociedad-romana_9853/1

La exposición "Mujeres de Roma. Seductoras, maternales, excesivas" exploró las diferentes facetas de la mujer en la Antigua Roma

https://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/perlas-joyas-favoritas-romanas_13501

Procedentes de la India o Arabia, las perlas se popularizaron entre las clases altas de la antigua Roma a partir del siglo I a.C.


Joyería romana
Dos mujeres observan un collar en la tienda de un comerciante de joyas en Pompeya. Óleo por Ettore Forti. Siglo XIX. 
FOTO: Christie's Images / Scala, Firenze


Cofre lleno de joyas
Una mujer extrae un collar de perlas de un cofre lleno de joyas. Fresco del palacio de Constantino en Tréveris. Siglo IV d.C. Museo Episcopal, Tréveris.
FOTO: DEA / Album

 
Brazalete oro con perlas
Brazalete de oro y perlas conservado en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. 
FOTO: Foglia / Scala, Firenze

Joyas sofisticadas
Pendiente del tipo crotalia, hecho con oro, perlas, granates y vidrio. Siglo III.
FOTO: Bridgeman / ACI

Tienda de joyas
En Roma, los vendedores de perlas ocupaban un recinto llamado Porticus Margaritaria, donde se fabricaban y vendían las joyas. La existencia de este lugar sólo se conoce por inscripciones, y se ignora su localización exacta. En la imagen, tienda de joyas en un relieve. Museo de la Civilización Romana, Roma. 
FOTO: Scala, Firenze

Un trabajo de riesgo
Los buscadores de perlas se tapaban orejas y nariz con cera antes de sumergirse. Se colocaban pesos para llegar al fondo marino y mantenían el cuerpo atado al barco con cuerdas. Cuando querían subir a la superficie, daban varios tirones. Otro método, menos peligroso, era usar redes de arrastre. En la imagen, nadador de vidrio que decoraba un mueble.
FOTO: Bridgeman / ACI

 Anillo con perla
Anillo de oro rematado con una perla, procedente de Oplontis, cerca de Pompeya. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.
FOTO: Foglia / Scala, Firenze

 Collar engastado con perlas
Collar de oro, perlas y piedras duras procedente de Pompeya. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.
FOTO: Foglia / Scala, Firenze
Lucía Avial-Chicharro
28 de diciembre de 2018

Las perlas, las joyas favoritas de las romanas

He visto a Lolia Paulina cubierta de esmeraldas y de perlas entrelazadas; las joyas resplandecían por toda su cabeza, en la cabellera trenzada, las orejas, el cuello y los dedos, sumando cuarenta millones de sestercios". Esto escribía el naturalista Plinio el Viejo, a mediados del siglo I a.C., a propósito de la tercera esposa del emperador Calígula.

Aunque pocas mujeres podían igualar su nivel de lujo, el gusto de Lolia Paulina por las perlas estaba muy generalizado en la Roma imperial. Su uso como adorno y símbolo de estatus propició un intenso comercio con las regiones productoras, situadas principalmente en Oriente. Este origen se manifestaba en el nombre mismo que se les daba en latín, "margarita", que a través del griego procedía en último término del sánscrito mangara, "ramillete de flores". En la Antigüedad se conocían cuatro regiones perlíferas: el mar Rojo, el golfo Pérsico, India y Ceilán, a las que se sumaban algunas zonas de China. A Roma llegaban, a través del comercio, perlas de diversas calidades, tamaños y colores. Las más apreciadas fueron las del mar Rojo y el golfo Pérsico, por su gran calidad y brillantez. Menos valoradas eran las perlas del mar Negro, pequeñas y de tonalidad rojiza, y las de Acarnania, en Grecia, muy bastas, de gran tamaño y tintes marmóreos. Las perlas de río de Britania, más oscuras y con tonalidades áureas, se convirtieron en las más cotizadas del occidente del Imperio, mientras que las de Mauritania eran apreciadas por su pequeñez.

Pescadores de perlas

Las fuentes aportan poca información sobre cómo se realizaba la recolección de perlas. Algunos autores señalan que esta actividad, muy asociada a la pesca, se hacía en verano, ya que se creía que la ostra pasaba el invierno a resguardo en las profundidades del mar. Claudio Eliano escribía que "sólo se pescaba cuando hacía buen día y el mar no se movía". Los pescadores se sumergían en el agua y buceaban hasta encontrar las ostras, que iban guardando en una red hasta que salían al exterior para respirar, volviendo a repetir esta operación varias veces. Dadas las dificultades y los riesgos de esta actividad, era habitual que la llevaran a cabo criminales condenados, controlados por las autoridades locales. Sin embargo, se sabe que en China las perlas se cultivaban a veces de forma artificial.
Recoger perlas era una actividad peligrosa. Según Eliano "sólo se pescaban cuando hacía buen día y el mar no se movía"
Tras recoger las ostras, se mataba al molusco y se dejaba descomponer para que así se desprendiera el nácar que constituye la sustancia de la perla. Según Eliano, "las ostras que capturan, las meten en vasijas y las ponen en salazón [...], la carne se corrompe y se consume". A continuación, la perla se limpiaba y se clasificaba en función de su blancura, tamaño, redondez, brillo y peso, para su posterior venta. Cuanto mayor era la calidad de una perla, más elevado era su precio.

En Roma, el comercio de perlas se desarrolló a partir de finales del siglo I a.C. y principios del siglo I d.C., cuando se consolidó la ruta comercial con Oriente a través de Egipto. Augusto recibió varias embajadas de la India, que tardaban cuatro años en llegar a Roma y acudían cargadas de valiosos objetos, entre ellos perlas. A partir de este momento, el comercio de lujo atrajo a un creciente número de clientes en Roma, interesados en adquirir estos productos exóticos.
Bajo los emperadores Claudio y Nerón, el comercio de perlas se concentró en algunos puertos de la costa de Arabia, convertidos en intermediarios entre la India y Occidente. Las mercancías pasaban a través de los puertos de Arabia hasta Alejandría, en Egipto, donde se guardaban en almacenes y se redistribuían por todo el Medi- terráneo. Este itinerario comercial queda atestiguado en obras como el Periplo del mar Eritreo, texto que especifica qué tipo de perlas preferían los romanos. Al parecer, las favoritas eran las de origen índico y las del mar Rojo, bellas por su blancura.
​Las perlas favoritas de los romanos eran las de origen índico y las del mar Rojo, por su blancura
En Roma, los comerciantes especializados en la venta de perlas se llamaban margaritarii y se agrupaban en gremios o colegios para defender sus intereses. Muchos eran libertos vinculados a un patrón que se beneficiaba de su trabajo. Algunos propietarios de tiendas pagaban a personas o designaban a esclavos para que vigilasen sus negocios durante el día y la noche, para evitar los robos.

Monopolio comercial

En Roma se han localizado dieciocho inscripciones en las que se cita el oficio de margaritarius, aunque existe la posibilidad de que esta palabra, que se usaba para definir al vendedor de perlas, se aplicase también a todas las personas ligadas a este comercio, desde los exportadores a los joyeros. La mayoría de las inscripciones se han encontrado cerca de la Vía Sacra, lo que indica que existió un selecto grupo de margaritarii ubicado en una de las calles más conocidas y transitadas de Roma, que acabó convirtiéndose en el principal eje del comercio de lujo de la ciudad. Estos comerciantes no operaban sólo en Roma. En Hispania, por ejemplo, se ha localizado una lápida dedicada a un tal Silvano, un margaritarius que vivía en Augusta Emerita (Mérida).

Perlas-castañuela

Los romanos distinguían entre diversos tipos de perlas. Las más bellas y gruesas eran las llamadas uniones; las que tenían forma de pera se denominaban elenchi, y cuando se arracimaban mediante pequeñas cadenas, de modo que al golpearse hacían un pequeño ruido, se llamaban crotalia, o "castañuelas". En cuanto al color, las de un blanco perfecto eran con gran diferencia las preferidas.
Había múltiples formas de lucirlas, ya fuera como pendientes, en collares de hasta tres hileras de cuentas, cosiéndolas a las telas o bien engastándolas en otros objetos. Las damas de la aristocracia imperial las llevaban de todas las maneras posibles: en el vestido, en las diademas, en las horquillas para el pelo e incluso en los zapatos: consta que adornaban con ellas las correas de sus crépidas, las sandalias de moda en la época. No es extraño que los poetas criticasen esta clase de derroches. Marcial, en uno de sus epigramas, decía de una tal Gelia que "no jura [...] por dios o diosa alguna, sino por sus perlas. A éstas abraza y besa; las llama hermanos y hermanas y las quiere mucho más que a sus dos hijos. Dice la desgraciada que si por algún caso las perdiera, no viviría más de una hora".
Las damas romanas llevaban perlas en vestidos, en el pelo e incluso en los zapatos

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Fotografías
Las perlas se convirtieron también en un símbolo del poder imperial. De Nerón se decía que guarnecía de uniones las camas que se llevaba de viaje, y a partir de Caracalla los emperadores empezaron a llevar diademas de perlas, seguramente combinadas con diversos tipos de piedras preciosas. También se usaban para decorar las estatuas. Plinio el Viejo cuenta que el gusto por las perlas y las piedras preciosas lo introdujo en Roma Pompeyo con la procesión triunfal tras su victoria sobre los piratas del Adriático. En ella se incluía una imagen del propio general realizada a base de perlas cuyo recuerdo escandalizaba al escritor: "¿Tu rostro, gran Pompeyo, hecho de perlas? ¿Perlas, derroche destinado a las mujeres? ¿Aquello que ningún hombre debe llevar?".

Para saber más

"La venta de perlas en la ciudad de Roma durante el Alto Imperio". J. Pérez. Espacio, tiempo y forma, serie II, Historia Antigua, 27, 2014, pp. 267-282.
Historia Natural. Plinio el Viejo. Gredos, Madrid, 2014.
NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
ayabaca@gmail.com 
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domingo, 15 de mayo de 2016

BBC Mundo Noticias : El extraordinario caso que puso en tela de juicio si lo que vemos es lo que de verdad sucedió

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Agencia de Noticias BBC Mundo Noticias, nos trae una curiosa información sobre lo que nosotros creemos que vemos, pero no es precisamente eso,  no hemos visto uno pero habían tres; en el caso de : Un día de diciembre de 1895, cuando el marinero convertido en comerciante noruego Adolf Beck tenía 54 años, fue arrestado en Londres. Ottilie Meissonier, "Yo lo conozco", dijo la mujer, Ottilie Meissonier, y empezó a llamarlo "ladrón".
Mas información lea abajo adjunta..................

Es un lugar común en la experiencia humana: estamos convencidos de que vimos a un amigo en la calle, cuando realmente estaba en Australia; podríamos jurar que sólo había tres personas en una pelea, cuando había cinco; estamos seguros de que la bola de tenis cayó dentro, cuando de hecho...
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¿Cuán fiable es lo que vemos con nuestros propios ojos?
La pregunta es vital para el sistema de justicia.
Antes de que un jurado pueda condenar a un acusado en un juicio criminal, necesita tener la certeza de que es culpable.
Pero cuando sólo tiene el testimonio de testigos presenciales, ¿puede estar seguro?
A menudo no lo está, así el testigo no tenga ninguna duda de que está diciendo la verdad.

No es mentira, es error

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                                    No son mentiras, pero quizás sí son falsedades, aunque los testigos honestos estén seguros de que están relatando las cosas tal y como fueron.
Los testigos honestos están convencidos de que vieron a X cometer el delito y de que la persona que identificaron efectivamente es X... y son convincentes.
Sin embargo, muchos casos han demostrado que testigos honestos pueden estar equivocados.
Pero la televigilancia o circuito cerrado de televisión (CCTV), el ADN o huellas digitales refutan sus versiones.
Para resolver el interrogante que esta realidad plantea, remontémonos a una época en la que no había ni CCTV ni sabíamos procesar el ADN.

Cause célèbre

Un día de diciembre de 1895, cuando el marinero convertido en comerciante noruego Adolf Beck tenía 54 años, fue arrestado en Londres.
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                                    Aunque a duras penas tenía dinero, Adolf Beck se aseguraba de vestirse elegantemente.
Acababa de salir de su apartamento en la calle Victoria esa tarde cuando una mujer se le acercó y lo miró de frente. Él sonrió.
"Yo lo conozco", dijo la mujer, Ottilie Meissonier, y empezó a llamarlo "ladrón".
Beck entró en pánico y salió corriendo; ella lo persiguió gritando. Ambos vieron a un policía y fueron a pedirle ayuda.
Él se quejó del lenguaje soez de ella; ella lo denunció. Ambos fueron llevados a la estación de policía.
Él se quedó ahí, detenido.

Identificado

Meissonier lo había reconocido. Era el hombre que hacía tres semanas se había puesto a conversar con ella en esa misma calle, había pasado una hora en su casa y, tras engañarla cruelmente, se había llevado objetos por valor de más de US$40.
La descripción que ella dio del delito coincidía en casi todos los detalles con otra estafa que había denunciado hacía unos pocos meses Daisy Grant, y la descripción física que dio del timador era similar a la de Beck.
 
Tanto Grant como la doncella de Meissonier, quien había visto a un hombre cuando estuvo en la casa, fueron citadas, y ambas señalaron sin titubear a Beck entre los siete hombres de la rueda de identificación.
Lo dejaron detenido, sordos a sus protestas de que se trataba de un terrible error.
La historia del estafador de la calle Victoria apareció en los diarios y, para sorpresa de todos, una procesión de mujeres se presentó en la estación de policía para declarar que habían sido víctimas de fraudes idénticos.
12 víctimas y otros testigos lo reconocieron en ruedas de identificación de hasta 18 hombres, sin vacilación, con declaraciones contundentes.
No tengo ninguna duda de que él es el hombre"
Minnie Lewis, timada en abril de 1895, al identificar a Adolf Beck
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Beck fue llevado a juicio acusado de 10 cargos por obtener ventajas mediante falsas pretensiones y robo.
Contaba con un abogado, pero no tenía ninguna coartada sólida para ninguno de los delitos.

La esperanza de Perú

Había sólo un dato algo complicado que podía ayudarlo a probar su inocencia.
El estafador siempre operaba de la misma forma.
  • Abordaba mujeres solteras, viudas o divorciadas, que aparentaban tener más de lo que tenían y atraídas por los hombres adinerados.
  • Se presentaba como un rico aristócrata llamado Lord Willoughby y con su encanto lograba que lo invitaran a sus casas.
  • Una vez ahí, les decía que necesitaba urgentemente un ama de llaves, que lo acompañara a viajar y a los bailes y otras citas sociales.
  • Les decía que iban a necesitar un nuevo vestuario, por el que él pagaría, y escribía una lista de la ropa y accesorios que debían comprar en las tiendas en las que él tenía cuenta. Además, les entregaba un cheque de una suma considerable, para gastos.
  • Finalmente les pedía que le mostraran las joyas que tenían, las juzgaba inapropiadas y les decía que se las llevaría para que les hicieran unas monturas más ostentosas.
  • El cheque era falso y las joyas desaparecían.
El abogado de Beck sabía que varios oficiales de policía habían notado que casi todos los detalles coincidían con una serie de delitos ocurridos en Londres en 1877, por los que alguien llamado John Smith había pagado 4 años de cárcel.
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                                    Alguien había estado en la cárcel por delitos notablemente similares.
La pregunta era si Adolf Beck y John Smith eran el mismo hombre.
Uno de los oficiales que había visto a ambos estaba dispuesto a jurar que sí.
Pero Beck insistía que en 1877 estaba viviendo en Perú, y tenía testigos para probarlo.
Sin embargo, el juez prohibió cualquier mención de delitos pasados y ante la abrumadora evidencia presentada por la parte acusadora, que contaba con numerosos testigos, Beck fue condenado a 7 años de cárcel, de los que sirvió 5.

Pesadilla recurrente

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                                    En esa época, los jurados no tenían mucho más en qué apoyarse para llegar a un veredicto que los testimonios.
Tres años después de su liberación, en 1904, una mujer fue a la policía Scotland Yard para denunciar que un hombre llamado Lord Willoughby la había estafado.
Un detective reconoció la historia, la confrontó con Beck y ella lo reconoció.
Una vez más él se declaró inocente, la publicidad hizo que otras mujeres reportaran fraudes similares y lo identificaron con toda certeza.
Una vez más estuvo en el banquillo de los acusados por timar a cuatro mujeres.
El veredicto fue el mismo y a los 63 años de edad, Beck se enfrentaba a otros 5 años de prisión.
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                                    De nuevo, las grandiosas promesas habían cautivado a las ingenuas damas.
Pero en esta ocasión, mientras él estaba encerrado en la cárcel, una secuencia de eventos muy similar tuvo lugar en el otro extremo de Londres.
Un caballero elegantemente vestido visitó a dos hermanas y con promesas de un porvenir dorado las convenció de entregarle sus joyas.
Sólo que en este caso, las víctimas sospecharon y le pidieron al dueño de la casa que siguiera al "Lord", quien fue primero a una joyería a que valoraran las joyas y luego a un prestamista, antes de que un policía lo arrestara.
En cuestión de días, todo el misterio se resolvió. El hombre arrestado era el John Smith de 1877 (no se conoce su verdadero nombre); las otras mujeres se presentaron a acusar a "Smith" y él confesó.
Otra prueba contundente salió a la luz: se sabía desde hacía tiempo, por los registros de la cárcel, que Smith era circuncidado y Beck no.
Beck fue liberado, perdonado y compensado.
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                                    Pasaron 9 años desde que Beck fue acusado por primera vez en la calle hasta que se reconociera que era inocente. Murió devastado en 1909.
Fue un error judicial escandaloso.
Pero lo que lo hace relevante en las cortes y la razón por la que los abogados lo citan hasta el día de hoy es que es la prueba más vívida de la falta de fiabilidad de las identificaciones de los testigos.
Al menos 16 personas juraron que Beck era el estafador, lo hicieron independientemente y en la mayoría de los casos tras haber pasado al menos una hora en su compañía.

¿Cómo puede ser que tanta gente estuviera equivocada?

No hay ninguna razón para pensar que las mujeres que lo identificaron estaban mintiendo.
La edad y altura de los dos hombres eran parecidas, pero aparte de similitudes superficiales comunes entre muchos hombres de la época, estaban lejos de parecer gemelos.
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                                     ¿Cuán parecidos eran? Esta es la foto de la policía de Adolf Beck y "John Smith".
Entonces, ¿qué pasó?
"Hay varias explicaciones", asegura la psicóloga Amina Menon, experta en evidencia presencial en el Royal Holloway de la Universidad de Londres.
"Es muy difícil reconocer rostros que sólo hemos visto fugazmente".
"Además contaban con un grafólogo que aseguró que la escritura en las notas que el estafador le entregó a las damas a cambio de sus joyas era la de Beck, y ese no era el caso".
El experto en escritura de hecho se retractó cuando atraparon a John Smith.
"Es que hay algo que llamamos 'sesgo de confirmación forense': llamas a un experto para que confirme, pero lo que realmente estás buscando es confirmación", explica Menon.
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                                    De la gente a la que vemos por poco rato, recordamos generalidades pero se nos pueden olvidar los detalles.

¿Tres o dos?

En otro caso, mucho más reciente, en el que estuve involucrado, dos indudablemente honestos y completamente fiables testigos declararon que tres jóvenes los habían seguido hasta un cajero automático y los habían robado.
No obstante, las imágenes grabadas por los circuitos de televisión muestran que uno de los jóvenes se había ido y no había estado presente durante el robo.
Los testigos se asombraron cuando vieron las imágenes.
"En ese caso me pregunto si los testigos conversaron. Lo que un testigo recuerda puede alterar el recuerdo de otro. La memoria es reconstructiva y podemos equivocarnos", responde la experta en evidencia presencial.
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                                    Ante eventos aterradores, tenemos que lidiar con mucha información inusual, así que entran otros elementos en juego para hilar el relato.
"Cuando tenemos muchos elementos para procesar, tomamos atajos. Hubo un incidente en un tren en el que apuñalaron a alguien. Luego les mostraron fotos a los que viajaban en ese vagón. Varios aseguraron que el puñal estaba en la mano de un hombre negro, a pesar de que había estado en la de blanco".
"La gente está codificando no solamente los eventos como los ve, sino que también se está formando opiniones que pueden estar basadas en estereotipos preexistentes".
El extraordinario caso de Adolf Beck dio paso a la institución del tribunal de apelaciones en Reino Unido.
Desde su época, hay varias salvaguardas en las cortes para contrarrestar nuestras debilidades.
Los problemas con la identificación de acusados han llevado a que los jueces estén mucho más dispuestos a intervenir y suspender casos mal sustentados. Además, alertan al jurado sobre los riesgos inherentes a las indentificaciones.
Y recientemente, la psicología cognitiva entró en los tribunales a hacer pruebas para revelar y proteger contra las trampas de los testimonios.

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