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sábado, 27 de junio de 2020

NATIONAL GEOGRAPHIC .- Los tuareg: príncipes del desierto del Sáhara

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la revista National Geographic, nos entrega un amplio reportaje sobre los Tuareg, tribus que habitan en el norte del Desierto del Sáhara; dadas las condiciones muy desfavorables para ellos con las tremendas sequías que diezman sus ganados, y las guerras intestinas entre ellos y la rebelión contra los gobiernos que los han olvidado por completo; además, los camellos ahora son reemplazados por los camiones que ha originado que muchos emigren a la ciudadas, están extinguiendo estos pueblos nómades del desierto.
NATIONAL GEOGRAPHIC.- narra: "Los rebeldes, todos ellos de la etnia tuareg, descienden de los indómitos nómadas que du­­rante siglos controlaron el lucrativo comercio caravanero de oro, especias y esclavos, cuyas ru­­tas atravesaban esta desolada región del norte de África. Luchando bajo la bandera del Movimiento de los Nigerinos por la Justicia (MNJ) y apoyados en parte por el dirigente libio Muammar al-Gadafi, capturaron a 72 soldados del Gobierno en Tazerzaït, y una vez más exigieron al Estado que compartiese los ingresos de otra fuente de riqueza: el uranio extraído en tierras de los tuareg. En un gesto de buena voluntad liberaron a todos los prisioneros, excepto a uno. «Es un criminal de guerra», dice el comandante.
Según avanzamos, el comandante explica que los tuareg de la zona construyeron el colegio en Tazerzaït porque está cerca de un pozo situado en el centro de las dispersas áreas de pasto de la región, permitiendo así a las familias visitar a sus hijos mientras se movían con los rebaños.
«Mi padre sólo sabía vivir en el desierto –dice el comandante–. Sabía conducir la caravana de sal a Bilma, encontrar pasto en el desierto, cazar antílopes en los cañones y carneros en las montañas. Y eso es cuanto sé yo también, pero la vida del desierto está llegando a su fin. Nuestros hijos tienen que ir al colegio.»......................."

Los tuaregs8​ o imuhars son un pueblo bereber (o amazigh) de tradición nómada del desierto del Sáhara. Su población se extiende por cinco países africanos: Argelia, Libia, Níger, Malí y Burkina Faso. Cuando se desplazan, cubren tanto sus necesidades como las de sus animales, debido a que viven en unidades familiares extensas que llevan grandes rebaños a su cargo. Tienen su propia escritura, el tifinagh y su propio idioma, el tamashek

Bandera tuareg.
El desarrollo de los medios de transporte modernos en el Sáhara desde la segunda mitad del siglo XX ha provocado el declive de la actividad comercial de las caravanas tuaregs y la sedentarización de parte de su población en las grandes ciudades del sur del desierto y del Sahel.
La marginalización cultural y económica les ha llevado a emprender una lucha política y armada desde los años 1960 y 1990, particularmente en Malí y Níger. En enero de 2012, los tuaregs de Malí iniciaron una nueva rebelión y en abril proclamaron la independencia del Estado de Azawad, en el norte Mali (que incluye las ciudades de Tombuctú, Kidal y Gao, declarada la capital), que hasta ahora no ha sido reconocido por ningún país ni organismo internacional, y que está sufriendo un proceso de islamización de la mano de grupos radicales cuyo objetivo final es implantar la sharia.9
https://es.wikipedia.org/wiki/Tuareg
WUKIPEDIA.

https://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/los-tuareg-principes-del-desierto-del-sahara_4845

Altivos e irreductibles, los tuareg luchan por sobrevivir en los convulsos territorios del norte de África. Imágenes de una cultura en transición firmadas por el fotógrafo Brent Stirton.


Tassili-n-Ajjer
El viento vespertino agita la túnica de un tuareg que camina por Tassili-n-Ajjer, en el sudeste de Argelia.
Foto: Brent Stirton

Azul añil
Con las manos manchadas por el tinte añil de sus ropas nuevas, unas tuareg celebran un nacimiento. Estas mujeres no suelen cubrirse el rostro. Los hombres sí lo hacen, ataviados con turbantes.
Foto: Brent Stirton

 
Rebelión en el desierto
Combatientes tuareg observan una escuela que ha resultado dañada en la batalla, en el norte de Níger. En los últimos años los tuareg de Níger y Mali se han rebelado, afirmando que sus Gobiernos los gravan con impuestos pero apenas invierten en sus regiones empobrecidas.
Foto: Brent Stirton

El uranio de la discordia
Poco después del amanecer, los rebeldes tuareg del Movimiento de los Nigerinos por la Justicia toman posiciones durante unas maniobras cerca de su base del macizo del Aïr. Los tuareg han protagonizado dos rebeliones contra el Gobierno de Níger, la última de ellas en relación con la explotación de las minas de uranio ubicadas en sus tierras.
Foto: Brent Stirton

Los mercaderes de la sal
Las caravanas de camellos que antaño cruzaban el Sahara desaparecen con rapidez ante la llegada de los camiones. Los tuareg que se dirigen a Timbuctú con sal de Taoudenni (arriba) temen por el futuro de la tradición. «Nuestros hijos no muestran interés», dicen.
Foto: Brent Stirton

Nómadas del desierto
Al final de la estación lluviosa, los nómadas tuareg del noroeste de Níger, con sus tiendas a lomos de asnos, trasladan su bien alimentado ganado hacia las áreas de pasto invernales.
Foto: Brent Stirton

Un mundo de arena
Un caravanero de ascendencia tuareg y árabe conduce sus camellos en Mali. De sus tíos tuareg aprendió qué plantas pueden curar, o matar, al ganado, y a orientarse por el color, la textura y el sabor de la arena.
Foto: Brent Stirton

Agua; el tesoro mas preciado
Un niño tuareg mantiene a los burros alejados del pozo.
Foto: Brent Stirton

La llegada de la estación seca
La estación húmeda llega a su fin. A Moussa (en el fondo de la imagen) le esperan meses duros, durante los que deberá procurar pasto suficiente para sus rebaños con que sobrevivir hasta que la lluvia regrese. «El agua es vida», dice, recitando un proverbio tuareg.
Foto: Brent Stirton

El fin de un modo de vida
Las mujeres preparan la cena al pie de la jaima. Con los rebaños diezmados por las sequías, muchos tuareg nómadas se han marchado a las ciudades para trabajar como herreros, guarnicioneros y guías turísticos.
Foto: Brent Stirton
Aumenta la tribu
Unas mujeres tuareg se reunen en torno a unos cuencos de macarrones durante la ceremonia para elegir nombre a un recién nacido. Las familiares de más edad de la madre proponen tres posibles nombres, y a cada uno de ellos le asignan un palito. La madre escoge uno de los tres palitos y, con ello, el nombre del hijo.
Foto: Brent Stirton

Un pasado todavía presente
Unos simpatizantes hacen campaña en favor de un candidato tuareg en Agadez antes de las elecciones de 2009 en Níger. La historia ensombrece la política, pues la minoría tuareg se enfrenta al rencor de los grupos étnicos a los que esclavizó en el pasado.
Foto: Brent Stirton

Los ojos del desierto
Rebeldes tuareg se cruzan en el camino con un nómada de su misma etnia. Le obsequian con té y azúcar y le preguntan qué ha visto. «Para saber lo que pasa por aquí, hay que hablar con un tuareg –explica el cabecilla rebelde–. Somos los ojos de este desierto.»
Brent Stirton

 Con el rostro oculto detrás de un turbante oscuro, el comandante rebelde avanza al frente de sus hombres sobre la arena suave, ennegrecida en algunos puntos por las explosiones de mortero y sembrada de la metralla que dejaron los combates aquí librados, en un campo de fútbol infantil.
A cada paso que damos pisamos un casquillo de rifle. «Pisen donde yo piso», advierte, recordándonos que el ejército de Níger ha minado el terreno que en otro tiempo fue una escuela para los tuareg. Sus hombres han retirado algunos artefactos; otros siguen perdidos en las arenas cambiantes. «Quizás estén enterrados a tal profundidad que no exploten si los pisan.»
La tarde llega a su fin. Es la estación seca y el termómetro por fin ha bajado de los 40°C. Las dunas de color beige que se extienden hacia el norte empiezan a adquirir un tono rosado, y las sombras de las cumbres escarpadas del sudoeste se alargan sobre el fondo del valle. En este valle solitario llamado Tazerzaït, donde el macizo del Aïr se funde con los océanos de arena del Sáhara, los hombres del comandante se cobraron la mayor victoria en los dos años de rebelión contra el Gobierno de este país.
Marruecos, la puerta del Sáhara
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Marruecos, la puerta del Sáhara

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Los rebeldes, todos ellos de la etnia tuareg, descienden de los indómitos nómadas que du­­rante siglos controlaron el lucrativo comercio caravanero de oro, especias y esclavos, cuyas ru­­tas atravesaban esta desolada región del norte de África. Luchando bajo la bandera del Movimiento de los Nigerinos por la Justicia (MNJ) y apoyados en parte por el dirigente libio Muammar al-Gadafi, capturaron a 72 soldados del Gobierno en Tazerzaït, y una vez más exigieron al Estado que compartiese los ingresos de otra fuente de riqueza: el uranio extraído en tierras de los tuareg. En un gesto de buena voluntad liberaron a todos los prisioneros, excepto a uno. «Es un criminal de guerra», dice el comandante.
Según avanzamos, el comandante explica que los tuareg de la zona construyeron el colegio en Tazerzaït porque está cerca de un pozo situado en el centro de las dispersas áreas de pasto de la región, permitiendo así a las familias visitar a sus hijos mientras se movían con los rebaños.
«Mi padre sólo sabía vivir en el desierto –dice el comandante–. Sabía conducir la caravana de sal a Bilma, encontrar pasto en el desierto, cazar antílopes en los cañones y carneros en las montañas. Y eso es cuanto sé yo también, pero la vida del desierto está llegando a su fin. Nuestros hijos tienen que ir al colegio.»
Llegamos a la cima de un pequeño risco en el que se yerguen tres aulas de adobe, los muros acribillados de balazos y sin tejado. Las pizarras están llenas de grafitis, legado de los soldados nigerinos: obscenidades en francés y caricaturas de los tuareg practicando el bestialismo. Cuatro rebeldes con Kaláshnikov han bajado al supuesto criminal de guerra desde la cueva de montaña donde lo tienen cautivo. Su mirada pasa con rapidez de un hombre a otro. Lleva recortadas las mangas de la camisa de camuflaje y desatadas las botas de campaña. Afirma tener 27 años pero parece mucho más joven.
"Gastan el dinero comprando helicópteros para combatirnos, pero no nos construyen escuelas ni pozos"
Se está haciendo tarde, y a los rebeldes no les gusta seguir al descubierto. Tras su derrota en tierra, el ejército de Níger adquirió helicópteros, y hace poco sorprendieron a los rebeldes con un ataque aéreo que se saldó con varias bajas. Los hombres otean el horizonte, y de vez en cuando guardan silencio para comprobar si se oye el ruido de unas aspas rotando en el aire. «Gastan el dinero comprando helicópteros para combatirnos, pero no nos construyen escuelas ni pozos», dice el comandante mientras nos conduce hacia lo que queda del recinto escolar. El prisionero nos sigue a la zaga. El comandante se detiene ante unas piedras que, dispuestas sobre la arena fina, identifican tres tumbas.
«Aquí hay enterrados tres viejos. Cuando el ejército atacó –señala hacia una de las tumbas–, este hombre, que era ciego, se negó a huir. Estos dos no quisieron abandonarlo.» Los soldados acusaron a los ancianos de colaborar en el minado de la zona. «Esa misma noche los torturaron. Nosotros estábamos escondidos en las montañas, justo ahí. Podíamos oír los gritos de los viejos. Éste –indica la tumba central– es mi padre.»
"Besa la mano que no puedas cortar"
Para llegar a este remoto rincón del mayor desierto de la Tierra hay que atravesar un vasto y primigenio paisaje. Extensas salinas que, para cruzarlas, se necesita casi un día de marcha; cam­pos de dunas que ascienden y descienden como mares violentos, y gigantescos afloramientos de obsidiana y mármol cristalino que quiebran la arena como si fueran criaturas marinas extintas. Incontables generaciones de guerreros tuareg dominaron este reino, exigiendo tributo a los mercaderes que recorrían las rutas caravaneras y saqueando a las tribus sedentarias de las orillas del Níger para procurarse animales y esclavos. Guiados por el proverbio «Besa la mano que no puedas cortar», los tuareg se ganaron fama de brutales y traicioneros: muchas veces atracaban las mismas caravanas a las que habían cobrado por proteger y arremetían por sorpresa contra sus aliados.
Ya en el siglo XX, los tuareg fueron el último pueblo del África occidental en dejarse pacificar por los franceses, y sus tierras se incorporaron a Níger, Mali, Argelia y Libia. En general estos Gobiernos se desentendieron de las díscolas mi­­norías tuareg y dejaron que vagasen por el de­­sierto con sus rebaños de camellos y cabras. Pero en las últimas décadas, conforme se reducían las precipitaciones de las estaciones húmedas, las familias tuareg empezaron a tener problemas para mantener su ganado. «Para un tuareg los animales lo son todo –me explicó en una ocasión un anciano nómada–. Nos dan leche, carne y pie­les, y podemos cambiarlos en trueque. Si mueren los animales, muere el tuareg.»
Con los rebaños en regresión, muchos tuareg de Níger empezaron a preguntar por qué el Estado no compartía con ellos la riqueza derivada de las reservas de uranio que durante décadas se había extraído en sus tierras de pasto. En los años noventa una milicia tuareg (muchos de cuyos integrantes habían sido adiestrados y armados por Gadafi) se enfrentó al ejército nigerino por este tema. Se firmó un tratado de paz, pero apenas cambió nada. En 2007 el Gobierno negoció con Francia una serie de contratos que harían de Níger el segundo productor mundial de uranio. Otros convenios permitieron a empresas foráneas prospectar el desierto en busca de otros recursos. Con el país sumido en la pobreza y el Gobierno enrocado en la negativa a hacer inversiones significativas en las áreas de dominio tuareg, los nómadas volvieron a rebelarse. Mientras, el narcotráfico y una rama norteafricana de Al-Qaeda se establecieron en la región, y el Gobierno nigerino acusó a los tuareg de tener que ver con ellos.
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Historias de las caravanas de Timbuctú

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Los rebeldes acampan para hacer noche en un mar de dunas a pocos kilómetros de la escuela, ocultando las camionetas destartaladas bajo las copas de las acacias. Varios hombres se lavan las manos y la cara con el agua de las teteras y se arrodillan hacia La Meca para la oración vesper­tina. Luego se reúnen en grupos, cada uno al pie de una pequeña duna y con una modesta fogata.
Unos cuantos rebeldes aguardan a que llegue la noche para desenrollarse el turbante. Por tradición, los hombres tuareg, no así las mujeres, se cubren el rostro. Las capas de tela no sólo los protegen del sol y del viento, sino que también ocultan sus emociones. Ahora, los rostros animados asoman a la luz de la lumbre, revelando barbas y sonrisas. Algunos tienen los pómulos manchados por el tinte añil del turbante, un signo ancestral que indujo a los primeros visitantes a llamar a los tuareg los «hombres azules».
El que ejerce de médico entre los rebeldes me invita a su grupo. Bromean y encienden cigarrillos mientras cuecen macarrones y preparan té. Muchos de ellos apenas parecen tener edad suficiente para haberse sometido a la ceremonia tradicional que marca el fin de la adolescencia, en la que sus tíos los declaran preparados para ser hombres y les enrollan su primer turbante.
Junto al fuego aprecio que el sanitario y otro hombre tienen los rasgos étnicos comunes del África interior: piel oscura, cabello lanudo, nariz ancha. Otros dos son de tez olivácea, pelo negro y liso y nariz aguileña mediterránea. Los otros tres son una mezcla de todos los rasgos. Con independencia del color de piel, muchos tienen los ojos azul topacio. Esta caja de sorpresas genética apunta a uno de los enigmas de los tuareg, que siempre se han considerado un pueblo aparte, lo que no impidió que durante siglos esclavizasen a miembros de otras tribus y se casasen con ellos. El resultado es un grupo étnico con un idioma común, el tamashek, emparentado con las lenguas bereberes de Argelia y Marruecos.
Por tradición, los hombres tuareg, no así las mujeres, se cubren el rostro. Las capas de tela no sólo los protegen del sol y del viento, sino que también ocultan sus emociones
Todos nos apiñamos en torno a un cuenco comunitario y compartimos las cucharas para comer macarrones salados aderezados con finas hierbas del desierto. Comen con avidez pero tie­nen cuidado de no excederse de su ración. Entre bocado y bocado, el sanitario me cuenta que antes de la rebelión era ayudante de un médico. El ojo izquierdo, un globo inexpresivo y lechoso, es una secuela de su primera batalla. A su lado está sentado el artillero del grupo. Dice que abandonó los estudios de ingeniería en una universidad de Nigeria para unirse a los rebeldes. «No podía estudiar mientras mis hermanos tuareg estaban combatiendo», me explica.
Hama, un joven larguirucho, nunca ha ido a la escuela. Se crió en una aldea del Aïr y hacía la caravana anual de camellos con su padre. Señala las estrellas más brillantes y describe cómo orientarse con ellas rumbo al oasis de Bilma, en el desierto oriental, donde trocaban ajos y cebollas por sal. «Treinta días a pie», dice, y aña­­de que la primera vez hizo el camino descalzo.


Diario del Níger II: Timbuctú, la nostalgia de un sueño
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Pregunto quién es el más joven, y el sanitario señala a un muchacho tímido llamado Bachir. Casi en un murmullo, Bachir dice que cree tener unos 17 años, pero no está seguro. Un día que cuidaba los animales de la familia en las montañas pasó un convoy rebelde y les preguntó si podía ir con ellos. Tras insistirle un poco, Bachir relata la historia de cuando iba en el remolque de una camioneta que pisó una mina. Dos hombres murieron en el acto, ocho quedaron malheridos, pero Bachir salió despedido a 30 metros y aterrizó en lo alto de una acacia. «Fue como si me durmiese y al despertar apareciese en las ramas, todo estaba silencioso», dice en voz baja.
Los rebeldes buscaban su cadáver entre los hierros humeantes cuando apareció caminando. «No traía ni un rasguño –cuenta el sanitario–. Este chico está tocado por la mano de Alá.» Los otros hombres chasquean la lengua, el signo de los tuareg para expresar que están de acuerdo.
Pregunto a Bachir qué piensa hacer tras la rebelión, y responde que le gustaría ser militar. «¿Del ejército de Níger?», inquiero. Al término de la última rebelión tuareg, en 1995, muchos ex rebeldes se incorporaron al ejército como indicaba el acuerdo de paz. «¿Te unirías a los que ma­­taron a tus amigos y casi te matan a ti?» Él hace un gesto de indiferencia: «Me parece que sería un buen trabajo». Algunos chasquean la lengua.
¿Hay suficiente agua para todos?
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Después de cenar me traen al prisionero y me permiten hablar con él a solas. Pertenece a los fulani, una de las etnias que antaño los tuareg atacaban para obtener esclavos. Se identifica como Abdul Aziz, teniente del ejército de Níger. Reconoce haber pegado un tiro en una pierna a uno de los ancianos. «Hice mal», dice. Sus superiores estaban furiosos porque dos de sus vehículos habían pisado minas rebeldes; tenían varios muertos y heridos. Para evacuar a los heridos, el ejército tendría que pasar de nuevo por el campo de minas, y estaban convencidos de que los ancianos sabían dónde estaban los dispositivos.
«Los oficiales dijeron a los viejos que hablasen, pero dos se negaron. El que se llevó el tiro sí ha­­blaba, pero no contaba nada útil. Estaba anocheciendo. Entonces me marché –dice el prisionero–. Juro por el Corán que yo no maté a ninguno.»
Cuando lo capturaron junto a los otros soldados, sus superiores le hicieron pagar el pato. Los captores tuareg jamás le habían pegado, y hasta le habían dejado recibir una carta de sus padres por medio de la Cruz Roja al término del Ramadán. «Somos todos nigerinos –dice–. Todo es culpa de Satán, que encizaña a la gente.»
Navegando sobre dunas
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Conforme avanza la noche, los rebeldes de más edad se congregan en torno a la fogata del comandante. Los hombres se echan en unas colchas y se pasan tabaco y té hirviente y azucarado. El aire es fresco y las dunas resplandecen bajo la luna. Uno saca una guitarra. «¿Conoce a los Tinariwen?», pregunta el guitarrista, refiriéndose a un grupo musical tuareg cuyos fundadores se entrenaron juntos en campamentos militares libios durante los años ochenta.
Algunos de los presentes se habían adiestrado en campamentos libios. Siendo adolescentes habían oído arengas radiadas en las que Gadafi simpatizaba con la causa tuareg y los exhortaba a ir a Libia, donde él los ayudaría a luchar por sus derechos. Pero al poco de entrar en uno de sus campamentos de entrenamiento comprendieron que el dictador libio los estaba utilizando. A algunos los envió a luchar en Líbano; otros entraron en combate cuando Libia invadió Chad. «Nosotros también utilizamos a Gadafi», dice un rebelde, recordando que los tuareg de Mali y Níger escamotearon armas de los campamentos para combatir, de regreso en sus países, a sus respectivos Gobiernos. En los últimos años Gadafi ha enviado millones de euros a los dirigentes de Mali y Níger al mismo tiempo que ofrecía apoyo a los grupos tuareg que luchaban contra ellos. «Precisamente ahora nuestro jefe está en Trípoli», dice el comandante, refiriéndose a Aghali Alambo, el presidente del MNJ.
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Pregunto al comandante sobre las acusaciones del Gobierno de que todos los rebeldes son aliados de Al-Qaeda y se dedican al narcotráfico. Él señala hacia el desastrado pelotón. «¿Tenemos pinta de contrabandistas adinerados?» Los otros hombres chasquean la lengua.
Continúa la música, se sirve más té y se cuentan historias. Uno de los rebeldes revela en voz baja que los hombres recelan de su líder, Alambo. «Se rumorea que tiene una mansión en Trípoli –dice–. Nosotros tenemos buenos vehículos y armas de sobra. Queremos luchar, pero cada vez que planeamos un ataque, Alambo dice que no. Nadie entiende a qué espera.»
Al día siguiente debo ir a las montañas para encontrarme con otro grupo de rebeldes tuareg. «Ya verá –dice el hombre–. Los tuareg de allí van a hablarle mal de nosotros: que si no combatimos, que si vamos a venderlos, que si nuestros jefes son unos corruptos. –Suspira–. Siempre hay discordia entre los tuareg. Es nuestra maldición.»
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Unas semanas después de irme del Aïr, el comandante liberó al prisionero. En los meses siguientes los rebeldes y el Gobierno anunciaron un alto el fuego, y poco después el ejército de Níger derrocó al presidente del país, Mamadou Tandja, y celebró elecciones libres. El pasado febrero, cuando las protestas por la democracia arreciaban en Trípoli, Gadafi envió ofertas de reclutamiento a Níger y Mali (se dice que hasta de mil dólares al día) a cualquier tuareg dis­puesto a viajar a Libia y defender el régimen. Las fuen­tes tuareg de Níger revelan que algunos ex integrantes del MNJ han aceptado la oferta.
Al enterarme de esta noticia, recordé una de mis últimas conversaciones con el comandante. Me había llevado a un punto del desierto en el límite de su territorio. Me obsequió con un poco de queso seco de oveja y me dijo que si el mundo quería poner coto a las crecientes amenazas de Al-Qaeda y el narcotráfico en el Sáhara, tenía que contar con los tuareg. «El desierto no tiene secretos para los tuareg –dijo–. Aquí combatimos como nadie.» Sí, contesté, pero a la vista de la historia tuareg, cuajada de traiciones y luchas intestinas, ¿podría Occidente confiar en ellos? Me respondió con un chasquido de lengua. No pude ver su expresión porque el turbante le cubría por completo el rostro.
NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
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domingo, 17 de marzo de 2019

PAKISTÁN : ARMAS NUCLEARES .- INDIA.- IRÁN.- COREA DEL NORTE.- TECNOLOGÍA .- Abdul Qadeer Khan, el ingeniero que robó los secretos de la bomba atómica y los pasó a Pakistán, Corea del Norte, Libia e Irán

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la agencia de noticias BBC Mundo Noticias, nos alcanza un reportaje, de como Pakistán logró fabricar la bomba atómica, gracias al trabajo de espionaje del científico pakistaní  Abdul Qadeer Khan, que lamentablemente sus conocimientos nucleares fueron vendidos a otros países como : Irán, Libia y Corea del Norte.
Abdul Qadeer Khan, más conocido como : ,AQ Khan, como ingeniero lideró el mercado negro de componentes y diseños de tecnología nuclear, que iba como enriquecer el uranio hasta la fabricación de misiles.
BBC  Mundo Noticias.- narra : "Así, el hombre que el 1° de abril cumple 83 años vendió sus servicios técnicos e intelectuales a Pakistán, Corea del Norte, Libia e Irán, y se volvió una figura clave en el desarrollo de sus programas de proliferación de armas nucleares...Pero fue en su Pakistán natal donde llegó a tener tal nivel de fama que, entre fines de la década de los 80 y fines de los 90, se solía decir que él era el civil con más poder en Islamabad. Su rostro decoraba los salones escolares, figuraba en carteles por las calles e incluso obtuvo el premio Nishan-e-Imtiaz, el máximo honor entregado a civiles por el gobierno paquistaní, dos veces: en 1996 y 1999. Tal ha sido su influencia en la geopolítica global que este febrero su legado volvió a ser doblemente noticia..."

AQ Khan en arresto domiciliario en febrero de 2009.Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionLa carrera de AQ Khan como contrabandista internacional de tecnología nuclear terminó en 2004, cuando fue sentenciado a arresto domiciliario.
Ver a un científico viajar en una caravana integrada por vehículos señuelo y protegida por fuerzas especiales de seguridad no es algo común.
Mucho menos si el operativo de seguridad es mayor que el desplegado para el presidente.
Pero es que Abdul Qadeer Khan, más conocido como AQ Khan, tampoco se parece a ningún otro científico.
El ingeniero paquistaní lideró durante décadas un mercado negro de componentes y diseños de tecnología nuclear, que iba desde cómo enriquecer el uranio hasta la construcción de misiles.
Khan también tenía el conocimiento y experiencia para montar estos equipamientos gracias a sus años de estudio y trabajo en energía nuclear en Europa.
Así, el hombre que el 1° de abril cumple 83 años vendió sus servicios técnicos e intelectuales a Pakistán, Corea del Norte, Libia e Irán, y se volvió una figura clave en el desarrollo de sus programas de proliferación de armas nucleares.
Pero fue en su Pakistán natal donde llegó a tener tal nivel de fama que, entre fines de la década de los 80 y fines de los 90, se solía decir que él era el civil con más poder en Islamabad.
Su rostro decoraba los salones escolares, figuraba en carteles por las calles e incluso obtuvo el premio Nishan-e-Imtiaz, el máximo honor entregado a civiles por el gobierno paquistaní, dos veces: en 1996 y 1999.
Tal ha sido su influencia en la geopolítica globalque este febrero su legado volvió a ser doblemente noticia.
Khan hablando con un modelo de misil detrás suyo.Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionEn 1998 Pakistán hizo su primera prueba nuclear y Khan aumentó aún más su fama nacional.
Por un lado, su sombra se sintió en la escalada de violencia entre India y Pakistán en la región de Cachemira, por el miedo que siempre provoca el enfrentamiento entre dos potencias nucleares.
Y, por otra parte, durante la cumbre entre Estados Unidos y Corea del Norte que buscaba lograr la desnuclearización del segundo, pero terminó sin acuerdos.
Para entender cómo un científico llegó a robar secretos industriales y vendérselos a naciones políticamente inestables, es necesario conocer su pasado y el contexto histórico donde operó.

De India a Europa

AQ Khan nació en 1935 en el seno de una familia humilde en Bhopal, en la India británica.
Luego de que India se independizara y dividiera, la familia Khan migró a Pakistán.
Tras estudiar metalurgia en la Universidad de Karachi (Pakistán), realizó cursos avanzados y de posgrado en distintas áreas de la ingeniería nuclear en Alemania Occidental, Bélgica y Holanda.
En 1972 fue contratado por un laboratorio de Ámsterdam llamado Physical Dynamics Research Laboratory.
Cartel de la empresa Urenco.Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionEn los años 70, para poder implementar una operación comercial a gran escala, Urenco necesitaba miles de centrífugas, así que subcontrató a varias compañías privadas europeas.
La empresa era pequeña, pero tenía un contrato con una multinacional que terminó siendo clave en el posterior negocio oscuro de Khan: Urenco.
Este consorcio de compañías de origen británico, alemán y holandes se dedicaba a la investigación y desarrollo del enriquecimiento de uranio para producir energía, usando una tecnologías de bajo costo llamada centrífuga de tipo Zippe.
Pero la misma tecnología que podía servir para iluminar ciudades de forma limpia y barata, con muy pocos cambios también podía ser materia prima para una bomba atómica.
"Khan obtuvo una autorización de seguridad de bajo nivel, pero debido a una laxa supervisión, obtuvo acceso a una amplia gama de información sobre la tecnología detrás de la centrífuga y visitó la planta holandesa (de enriquecimiento de uranio) en Almelo en muchas oportunidades", afirma la enciclopedia Britannica.
Bomba paquistaní.
Getty
Nunca tuve dudas de que estaba armando una bomba. Teníamos que hacerlo"
Abdul Qadeer Khan
Ingeniero considerado el padre del programa nuclear de Pakistán
De hecho, agrega la prestigiosa enciclopedia, "uno de sus trabajos consistió en traducir documentos sobre centrifugadoras avanzadas del alemán al holandés".
Pero, como se sabría después, no solo aprendió cómo hacer la centrífuga tipo Zippe, sino que además pudo valerse de la cadena de proveedores de Urenco para conseguir las partes necesarias para fabricarla.

El quiebre

El ingeniero paquistaní trabajaba en Physical Dynamics Research Laboratory cuando India puso a prueba su primera arma nuclear en 1974.
"El episodio inflamó el nacionalismo de Khan, quien comenzó a buscar una manera de ayudar a Pakistán a igualar a su rival", explica un artículo de 2018 en la revista estadounidense Foreign Affairs.
Ese mismo año ya estaba trabajando en secreto para el gobierno paquistaní.
Sin embargo, la CIA y el servicio de inteligencia holandesa detectaron su accionar, pero en vez de detenerlo, decidieron espiarlo con la esperanza de comprender los planes de Pakistán y trazar un mapa de su incipiente red de contrabando nuclear, según Foreign Affairs.
Militar con centrifugadoras para enriquecimiento de uranio que iban en ruta a Libia y que fue detenido en Italia en 2003.
Image captionEn 2003 un cargamento con centrifugadoras para enriquecimiento de uranio que iba en ruta a Libia fue detenido.
Y continúa: "No se sabe si fue alertado sobre dicha vigilancia o si simplemente sintió que ya tenía lo que necesitaba, pero en diciembre de 1975 Khan y su familia abandonaron Holanda repentinamente y viajaron a Pakistán".

Red internacional

Ya en su país natal, Khan desarrolló un prototipo de la centrífuga basada en los diseños alemanes y usó la lista de proveedores para importar los componentes de compañías europeas.
Durante ese tiempo, insistió en que el programa no tenía fines militares, pero luego de las pruebas de 1998 admitió: "Nunca tuve dudas de que estaba armando una bomba. Teníamos que hacerlo", según informó la BBC.
Pakistán prueba un misil de mediano alcance con capacidad nuclear en 2014Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionPakistán ha continuado haciendo pruebas de lanzamientos de misiles de mediano y largo alcance con capacidad nuclear.
Su misión en Pakistán había llegado a su fin.
A mediados de la década de los 80, detalla Britannica, Khan creó una serie de compañías en distintas partes del mundo como fachada de lo que pasó a ser un negocio multimillonario: la venta de diseños y partes de centrífugas de tipo Zippe.
"Sus clientes incluyeron a Irán, que construyó un complejo para llevar a cabo el enriquecimiento de uranio basado en el modelo paquistaní", dice la enciclopedia.
"Khan -agrega- visitó Corea del Norte al menos 13 veces y se sospecha que transfirió la tecnología de enriquecimiento a ese país".
Y "Libia, suministrada por Khan, se embarcó en un programa de armas nucleares hasta que fue interrumpido por Estados Unidos en 2003".
Poco después, por presión también de EE.UU., el científico paquistaní fue arrestado en su propio país y el 4 de febrero de 2004 asumía en televisión su"completa responsabilidad" en el contrabando internacional de tecnología nuclear.
Carteles con el rostro de AQ Khan.Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionEn Pakistán el padre del programa nuclear es aún un héroe nacional.
"Lo lamento profundamente y ofrezco mis disculpas incondicionales", dijo Khan, según informó entonces la BBC.
En su declaración, absolvió al gobierno y los militares de cualquier participación en su negocio, algo que "muchos expertos nucleares encuentran difícil de creer", detalla Britannica.

La vista gorda

Desde que el gobierno estadounidense detectó las operaciones ilegales de Khan hasta que efectivamente actuó al respecto pasaron tres décadas.
La razón de tantos años de vista gorda tiene sus raíces en la Guerra Fría.
En diciembre 1979, la Unión Soviética invadió Afganistán y EE.UU. precisaba una base de operaciones cerca del conflicto. Pakistán resultó ser ese vecino estratégico.
Foreign Policy cita una entrevista de 2009 donde el propio Khan reconoció: "(La guerra de Afganistán) nos dio el espacio para mejorar nuestra capacidad nuclear".
Y agregó que sin este conflicto "no hubiésemos sido capaces de fabricar la bomba tan pronto como lo hicimos".
Conflicto en Cachemira.Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionEn febrero la disputada región de Cachemira volvió a ser foco de confrontación entre dos enemigos y potencias nucleares que se amenazan desde hace décadas: India y Pakistán.
Eventualmente las pruebas contra Khan se volvieron ineludibles y Pakistán sucumbió ante la presión de EE.UU.
Al menos por un tiempo.
Y es que en 2009, tan solo 5 años después de la sentencia a arresto domiciliario, el científico fue liberado.
Hoy en día Khan es visto en Occidente como un desacreditado científico nuclear y un paria de la academia.
Pero en Pakistán el padre del programa nuclear es aún un héroe nacional.
Incluso, este mes declaró en medios locales que el país saldría airoso del conflicto con India en Cachemira gracias al respeto que imponía su poderío nuclear.
Estas nuevas declaraciones tienen eco con lo que dijo tras su liberación hace una década: "Estoy orgulloso de mi trabajo para mi país. Le ha dado a los paquistaníes un sentido de orgullo, seguridad y ha sido un gran logro científico".
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