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********** Blog Fundado el 03 de Enero del 2008 **********
Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., en la enigmática y lejana India, hubo un líder llamado: Mohandas Karamchand Gandhi, más conocido como Gandhi o en forma solemne: Mahatma Gandhi, quien practicando la no violencia consiguió la independencia de la India, célebre por sus huelgas de hambre y la Marcha de la Sal, que era monopolio de los británicos por el uso de la sal; que tenía un impuesto que pagaban los hindúes a los británicos; este líder un luchador por los derechos civiles y la no violencia, murió asesinado el 30 de enero de 1,948, por manos del radical ultraderechista Nathuram Godse y cómplice Narayan Apte, abatieron al "fakir desnudo" –apodo que había puesto Winston Churchill a Gandhi–, Las últimas palabras que pronunció el Mahatma fueron: "¡He Ram!" (¡Oh, Dios mío!). Con las manos aún apretadas la una contra la otra en un claro gesto de ofrenda, su cuerpo se desplomó sobre la hierba, ya sin vida..... .... siga leyendo..............
Mahatma Gandhi en su estudio de fotografía en Londres (1931).
Desde 1919 perteneció abiertamente al frente del movimiento nacionalista indio. Instauró métodos de lucha social novedosos como la huelga de hambre y en sus programas rechazaba la lucha armada y realizaba una predicación de la áhimsa (no violencia) como medio para resistir al dominio británico. Defendía y promovía ampliamente la total fidelidad a los dictados de la conciencia, llegando incluso a la desobediencia civil si fuese necesario; además, bregó por el retorno a las viejas tradiciones hinduistas. Mantuvo correspondencia con León Tolstói, quien influyó en su concepto de resistencia no violenta. Fue el inspirador de la marcha de la sal, una manifestación a través del país contra los impuestos a los que estaba sujeto este producto.
Encarcelado en varias ocasiones, pronto se convirtió en un héroe nacional. En 1931 participó en la Conferencia de Londres, donde reclamó la independencia de la India. Se inclinó a favor de la derecha del partido del Congreso y tuvo conflictos con su discípulo Nehru, que representaba a la izquierda. En 1942 Londres envió como intermediario a Richard Stafford Cripps para negociar con los nacionalistas, pero al no encontrarse una solución satisfactoria, estos radicalizaron sus posturas. Gandhi y su esposa Kasturba fueron privados de su libertad y puestos bajo arresto domiciliario en el Palacio del Aga Khan, donde ella murió en 1944,2 mientras él realizaba veintiún días de ayuno.
Su influencia moral sobre el desarrollo de las conversaciones que prepararon la independencia de la India fue considerable, pero la separación con Pakistán lo desalentó profundamente.
Una vez conseguida la independencia, Gandhi trató de reformar la sociedad india, empezando por integrar las castas más bajas (los shudras o ‘esclavos’, los parias o ‘intocables’ y los mlechas o ‘bárbaros’), y por desarrollar las zonas rurales. Desaprobó los conflictos religiosos que siguieron a la independencia de la India, defendiendo a los musulmanes en el territorio indio, siendo asesinado por Nathuram Godse, un fanático integracionista hinduista, el 30 de enero de 1948 a la edad de 78 años. Sus cenizas fueron arrojadas al río Ganges.
Sobre economía política, pensaba que el capital no debería ser considerado más importante que el trabajo, ni que el trabajo debería ser considerado superior al capital, juzgando ambas ideas peligrosas; que, más bien, debería buscarse un equilibrio sano entre estos factores, siendo que ambos eran considerados igual de valiosos para el desarrollo material y la justicia. Fue un gran defensor del vegetarianismo y rechazaba cualquier forma de maltrato a los seres vivos.
A pesar de haber nacido en el seno de una familia acomodada en la India el 2 de octubre de 1869, acabó convirtiéndose en un luchador por los derechos civiles de sus compatriotas y abrazó la no violencia para lograr sus objetivos. Su vida ha pasado a la historia como un ejemplo y una inspiración para miles de personas.
El hecho de que Mohandas Karamchand Gandhi hubiera nacido el 2 de octubre de 1869 en el seno de una familia de la apreciada casta bania de Porbandar, en el estado indio de Guyarat, no fue óbice para que conociera bien temprano y de primera mano el drama de la segregación racial. En 1893, en un viaje de trabajo que hizo a Sudáfrica, el joven Gandhi sufrió la humillación por parte de un revisor de tren, que lo expulsó del compartimento de primera clase en el cual viajaba. "¡Largo de aquí, sami!", le increpó el revisor, un hombre fornido y de elevada estatura. Sami era el término despectivo con el que los blancos designaban a los indios en Sudáfrica.
LA FUNDACION DEL PARTIDO Y LOS PRIMEROS HOSPITALES
Gandhi se casó a los 13 años, y cuando ya era padre de un hijo, en 1888, se trasladó a Londres para estudiar derecho. La admiración que Gandhi profesaba por la cultura europea y el clasismo que le había sido inculcado por tradición en su país, lo llevó a justificar el colonialismo, ya que en aquel entonces creía que los pueblos sometidos no eran capaces de progresar por sí mismos. Pero el velo de sus prejuicios raciales cayó cuando se topó con la dura realidad del racismo en Londres. En su país, Gandhi era miembro de una clase privilegiada, pero en Inglaterra, aún vistiendo trajes elegantes y llevar bombín, su piel olivácea no pasaba inadvertida en la gran metrópoli londinense.
En la India, Gandhi era miembro de una casta privilegiada, pero en Londres el color de su piel no pasó inadvertido y tuvo que soportar el racismo imperante en la sociedad británica
Durante su estancia en Sudáfrica, Gandhi fundó el Partido Indio del Congreso de Natal en 1894. A través de esta organización pudo unir a la comunidad hindú del país haciendo llegar tanto a la prensa como al gobierno denuncias de violaciones de los derechos civiles a los indios y pruebas de la discriminación por parte de los británicos en Sudáfrica. Al estallar la guerra contra los boers, Gandhi sugirió que, si los indios aspiraban a legitimarse como ciudadanos de pleno derecho debían participar en el conflicto. Aun así, al finalizar la contienda, y habiéndose presentado como voluntarios en apoyo al ejército británico, su situación no mejoró.
Gandhi empezó su actividad humanitaria creando colonias agrarias y hospitales en Sudáfrica. Asimismo, intentó abolir el sistema de castas que provocaba una enorme división entre los propios indios. Pero en 1906, el gobierno del Transvaal promulgó una ley que obligaba a todos los ciudadanos indios a registrarse. A raíz de ello se originaron multitud de protestas masivas en las que Gandhi retó al propio Gobierno e instó a sus compatriotas a manifestarse de manera pacífica y sin violencia. Gandhi definió esta lucha como Satyagraha (fuerza de la verdad). A pesar de que el Gobierno sudafricano logró reprimir las protestas, las denuncias acerca de los métodos utilizados finalmente obligaron al general Jan Christian Smuts a negociar una solución con el propio Gandhi.
El gobierno del Transvaal promulgó una ley que obligaba a todos los indios a registrarse. Gandhi instó a sus compatriotas a manifestarse de manera pacífica y sin violencia
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LA MATANZA DE AMRISTAR
Pocos años después de su regreso a la India (en 1915) se produjo otro hecho trascendental que marcaría su vida. El 13 de abril de 1919, en la ciudad de Amritsar, una gran multitud se reunió en el Jardín de Jallianwala para celebrar la fiesta de año nuevo o Vaisakhi. Al conocerse la noticia, el brigadier británico Reginald Dyer acudió al lugar con noventa soldados, acordonó los jardines y bloqueó las salidas. Dyer ordenó a sus tropas que dispararan contra los civiles. Durante diez minutos, los hombres de Dyer dispararon un total de 1.650 cartuchos causando innumerables bajas entre los asistentes a la celebración. Tras el criminal acto, se decretó el toque de queda por lo que no se pudo atender a los centenares de heridos que murieron durante la noche. El Gobierno británico emitió un comunicado donde justificó la matanza de los manifestantes argumentando que estaban protestando en contra de las medidas adoptadas por los británicos. Posteriormente, Dyer afirmó haber disparado sobre un "potencial ejército rebelde" y justificó las medidas alegando: "Este acto no fue hecho para desbandar a la multitud, sino para castigar a los indios por su desobediencia".
ESTATUA DE MAHATMA GANDHI EN UN PARQUE PÚBLICO DE NUEVA DELHI, INDIA
Foto: iStock.
En protesta contra la matanza, el escritor Rabindranat Tagore, ganador del Premio Nobel de Literatura hacía apenas una década, renunció a su título de sir (caballero) otorgado por el Gobierno británico, alegando que "se ponía al lado de sus compatriotas [...] que sufren una degradación indigna de seres humanos".El mismo escritor bautizó al propio Gandhi con el apelativo de Mahatma (gran alma), sobrenombre con el que sería conocido a partir de entonces en todo el mundo. La matanza de Amristar marcó un punto de inflexión en las relaciones entre la India y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, siendo el punto de partida del movimiento de no cooperación que encabezaría Gandhi entre 1920 y 1922.
Rabindranat Tagore, ganador del Premio Nobel de Literatura, renunció a su título de sir otorgado por el Gobierno británico, alegando que "se ponía al lado de sus compatriotas, que sufren una degradación indigna de seres humanos"
LA MARCHA DE LA SAL
Tras los tristes acontecimientos de Amristar, Gandhi multiplicó las manifestaciones no violentas y las huelgas de hambre para obtener del raj británico –el régimen de gobierno colonial de la Corona británica en el subcontinente indio– un estatuto de autonomía análogo al concedido a las colonias de población mayoritariamente europea. Al no lograr dichas concesiones por parte de los ingleses, ciertos miembros del Partido del Congreso Nacional Indio (fundado en 1885) se impacientaron y propusieron una guerra abierta con una serie de sublevaciones armadas para expulsar a los ingleses del territorio. Gandhi insistió en que el camino a seguir era el de la no violencia y advirtió al virrey de la India de que su próxima campaña de desobediencia civil tendría por objeto el ejercicio del derecho natural de los hindúes a la producción de sal. El objeto de esta campaña era el impuesto sobre la sal, hasta la fecha monopolio británico. La conocida como Marcha de la Sal tuvo lugar entre marzo y abril de 1930 y en ella miles de indios siguieron a Gandhi desde su retiro religioso cerca de Ahmedabad hasta la costa del mar Arábigo, recorriendo una distancia de 390 kilómetros. Dicha marcha provocó el arresto de casi 60.000 personas, incluido el propio Gandhi.
La Marcha de la Sal ponía en peligro el monopolio sobre este producto que hasta entonces el Imperio británico tenía en la India
Con el final de la Segunda Guerra Mundial, el Imperio británico declaró que el gobierno del subcontinente sería transferido a manos indias. En este punto, Gandhi ordenó suspender la lucha pacífica, consiguiendo que liberaran a alrededor de 100.000 presos políticos, incluyendo la dirección del Partido del Congreso.
INDEPENDENCIA Y MUERTE
Pero la independencia no fue tan sencilla. Gandhi desconfiaba de la idea de compartir el poder con la Liga Musulmana y la descentralización que proponían los británicos. Los enfrentamientos que siguieron entre hindúes y musulmanes provocaron más de 5.000 víctimas, y para evitar una guerra civil el Congreso aceptó el plan para llevar a cabo la partición de la India. Gandhi se opuso vehementemente a cualquier plan que implicara dicha partición. Fue Sadar Patel, persona de confianza de Gandhi, quien convenció al líder indio para que dicha partición se llevara a cabo. Cuando se hizo efectivo el traspaso de gobierno, en agosto de 1947, Gandhi no lo celebró como en el resto de la India y se encerró en soledad en su residencia de Calcuta.
Meses después, el 30 de enero de 1948, Nathuram Godse, un radical indio aparentemente relacionado con grupos de ultraderecha, y su cómplice, Narayan Apte, abatieron al "fakir desnudo" –apodo que había puesto Winston Churchill a Gandhi–, cuando se dirigía a una reunión para rezar. Las últimas palabras que pronunció el Mahatma fueron: "¡He Ram!" (¡Oh, Dios mío!). Con las manos aún apretadas la una contra la otra en un claro gesto de ofrenda, su cuerpo se desplomó sobre la hierba, ya sin vida. Los dos asesinos junto con otros siete cómplices más, fueron juzgados y condenados a muerte el 15 de noviembre de 1949. Sin embargo, el que se considera que fue el instigador del asesinato, el presidente del partido ultraderechista Hahasabha, Vinaiak Dámodar Savarkar, quedó libre por falta de pruebas.
Las últimas palabras que pronunció el Mahatma fueron: "¡He Ram!" (¡Oh, Dios mío!). Con las manos aún apretadas la una contra la otra, su cuerpo se desplomó sin vida sobre la hierba
Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic,. ha difundida un amplio reportaje sobre lo que fue la vida y acciones de Mohandas Karamchand Gandhi, o Mahatma Gandhi o Gandhi, durante su vida y su lucha efectiva contra el colonialismo británico., siendo el líder absoluto de la Marcha de la Sal resquebrajó el poder británico y logró la independencia de la India
National Geographic.- narra .- "Era el 12 de marzo de 1930. Gandhi y su comitiva recorrieron en 25 días los 388 kilómetros que los separaban del mar de Arabia, desafiando la injusta ley británica que prohibía la extracción de sal en su colonia. Maestro en gestos dramáticos que hábilmente convertía en símbolos, Gandhi se inclinó en la orilla y recogió un puñado de lodo salino. La extracción ilegal de sal se extendió por el país y hubo detenciones y apaleamientos. Gandhi pasó casi nueve meses entre rejas. Lo que las autoridades habían subestimado como una intrascendente escenificación política con tintes de espectáculo acabó en un clamor por la independencia coreado a lo largo y ancho del país. Por primera vez el variopinto puzzle de la población india –castas altas y bajas, hombres y mujeres, hindúes y musulmanes– se unía para protestar contra el dominio británico. Las masas habían hallado un líder. Desde el día en que emprendió la Marcha de la Sal hasta que murió, 18 años más tarde, Gandhi logró inyectar en la India un revolucionario combinado de política y espiritualidad. A su filosofía basada en la acción la llamó satyagraha, o fuerza de la verdad...."
National Geographic.- agrega : "¿Profeta o santón? ¿Héroe o villano? ¿Una vía de futuro o un callejón sin salida? Nadie cuestiona la brillante influencia de Gandhi en el escenario del mundo; su filosofía de la resistencia no violenta inspiró a Martin Luther King, a Nelson Mandela, al Dalai Lama. Pero en su propia patria el efecto Gandhi se desdibuja. Gandhi está en todas partes y en ninguna. Se asoma con sus anteojos desde los billetes de la moneda nacional, la rupia. En muchas localidades existe una calle con su nombre. Y una estatua en su honor. Pero su ausencia salta tanto o más a la vista. Gandhi imaginó una India de aldeas autosuficientes. Una India en la que casta y religión irían perdiendo su poder. Cuyos gobiernos harían hincapié en la igualdad y la no violencia. Intente hallar algo de eso en la India de hoy. Caóticas megalópolis (Delhi, Mumbai, Kolkata), fiebre materialista en las crecientes clases media y alta, un nacionalista hindú –Narendra Modi– elegido para dirigir el país, un arsenal de armas nucleares, violencia endémica contra las mujeres: todo pinta una identidad nacional muy diferente...."
National Geographic.- añade : "Mohandas Gandhi infringió la ley cuando amanecía el 6 de abril de 1930. En Dandi, cerca del mar, el hombre a quien cercanos y extraños llamaban Bapu («padre»), se inclinó y tomó un puñado de lodo. Al final del día, cientos de partidarios lo habían emulado. A lo largo de los meses siguientes otros harían lo mismo en toda la India: manufacturar sal marina ilegalmente a mayor ritmo que las confiscaciones policiales. La Marcha de la Sal no derrocó el dominio británico –la independencia se demoraría otros 17 años–, pero sí resquebrajó sus cimientos...."
Desde 1919 perteneció abiertamente al frente del movimiento nacionalista indio. Instauró métodos de lucha social novedosos como la huelga de hambre y en sus programas rechazaba la lucha armada y realizaba una predicación de la áhimsa (no violencia) como medio para resistir al dominio británico. Defendía y promovía ampliamente la total fidelidad a los dictados de la conciencia, llegando incluso a la desobediencia civil si fuese necesario; además, bregó por el retorno a las viejas tradiciones hinduistas. Mantuvo correspondencia con León Tolstói, quien influyó en su concepto de resistencia no violenta. Fue el inspirador de la marcha de la sal, una manifestación a través del país contra los impuestos a los que estaba sujeto este producto.
Encarcelado en varias ocasiones, pronto se convirtió en un héroe nacional. En 1931 participó en la Conferencia de Londres, donde reclamó la independencia de la India. Se inclinó a favor de la derecha del partido del Congreso y tuvo conflictos con su discípulo Nehru, que representaba a la izquierda. En 1942 Londres envió como intermediario a Richard Stafford Cripps para negociar con los nacionalistas, pero al no encontrarse una solución satisfactoria, estos radicalizaron sus posturas. Gandhi y su esposa Kasturba fueron privados de su libertad y puestos bajo arresto domiciliario en el Palacio del Aga Khan, donde ella murió en 1944,[2] mientras él realizaba veintiún días de ayuno.
Su influencia moral sobre el desarrollo de las conversaciones que prepararon la independencia de la India fue considerable, pero la separación con Pakistán lo desalentó profundamente.
Una vez conseguida la independencia, Gandhi trató de reformar la sociedad india, empezando por integrar las castas más bajas (los shudras o ‘esclavos’, los parias o ‘intocables’ y los mlechas o ‘bárbaros’), y por desarrollar las zonas rurales. Desaprobó los conflictos religiosos que siguieron a la independencia de la India, defendiendo a los musulmanes en el territorio indio, siendo asesinado por Nathuram Godse, un fanático integracionista hinduista, el 30 de enero de 1948 a la edad de 78 años. Sus cenizas fueron arrojadas al río Ganges.
Sobre economía política, pensaba que el capital no debería ser considerado más importante que el trabajo, ni que el trabajo debería ser considerado superior al capital, juzgando ambas ideas peligrosas; que, más bien, debería buscarse un equilibrio sano entre estos factores, siendo que ambos eran considerados igual de valiosos para el desarrollo material y la justicia. Fue un gran defensor del vegetarianismo y rechazaba cualquier forma de maltrato a los seres vivos.
Liberada de sus labores agrícolas, Geeta Bhen teje un sari en Sihol, en el estado de Gujarat, para una cooperativa de mujeres inspirada en el pensamiento de Mohandas Gandhi.
Foto: Rena Effendi
Dharasana, Gujarat
Los trabajadores extraen sal en Dharasana, Gujarat. En mayo de 1930, un mes después de la caminata liderada por Gandhi como protesta contra las restricciones británicas sobre la producción de sal, unos activistas formados en la resistencia no violenta marcharon hasta aquí y fueron agredidos, un hecho que preparó el camino de la India hacia la independencia.
Foto: Rena Effendi
Rajkot, Gujarat
El 2 de octubre los niños se visten de Bapu, sobrenombre de Gandhi que significa «padre», para conmemorar su cumpleaños en Rajkot, Gujarat, donde pasó la mayor parte de su infancia. Muchos de sus seguidores temen que a medida que la India se vuelve cada vez más urbana y materialista, los jóvenes ignoren su llamamiento al servicio de los menos afortunados.
Foto: Rena Effendi
Pramod Shah hila algodón en una rueca antigua, o charkha
Fiel a un oficio en vías de extinción, Pramod Shah hila algodón en una rueca antigua, o charkha, en su casa de Bihar. En el pasado millones de indios tejían a mano, inspirados en la visión de Gandhi de rechazo a los productos británicos y resurrección de las economías rurales. En la actualidad el mercado del tejido de hilado doméstico, o khadi, es pequeño, aunque los devotos de Gandhi más acérrimos lo usan religiosamente.
Foto: Rena Effendi
Kodaikanal, en el estado de Tamil Nadu
Inspiradas por las enseñanzas de Gandhi sobre la igualdad y rindiendo homenaje al líder, unas mujeres vestidas de khadi, un tejido hilado a mano, marchan por la ciudad de Kodaikanal, en el estado de Tamil Nadu.
Foto: Rena Effendi
Maharashtra
Una matrona atiende a una mujer embarazada en un área remota de Maharashtra. Desde 2013, los dispensarios móviles del ashram Sevagram de Gandhi perpetúan su compromiso con las necesidades sanitarias del medio rural.
Foto: Rena Effendi
Rasnol, una pequeña población de Gujarat
La solidaridad laboral impera en el pozo colectivo de Rasnol, una pequeña población de Gujarat. Este es solo uno de los miles de lugares de la India donde la Asociación de Mujeres Autoempleadas (SEWA), un sindicato y cooperativa inspirados en Gandhi, ha arraigado con fuerza. Su fundadora, Ela Bhatt, define a la mujer como «el pilar de la sociedad rural».
Foto: Rena Effendi
Sacerdotes hindues en la localidad de Barharwa Lakhansen
Un grupo de sacerdotes hindúes infunden oraciones en el humo ascendente de una fogata durante una festividad de la localidad de Barharwa Lakhansen, en el estado de Bihar. Educado en el hinduismo, Gandhi incorporaba a sus oraciones pasajes del Corán y de la Biblia. Su visión de una India laica y democrática está presente en la Constitución actual.
Foto: Rena Effendi
Tras los pasos de Gandhi
Las mujeres de Kapletha, por donde pasó Gandhi en su Marcha de la Sal para protestar contra el dominio colonial británico, siguen viviendo bajo el yugo de la pobreza. En un horno de ladrillos ganan menos de tres euros al día.
Foto: Rena Effendi
Evocando la marcha de la sal
Un billete económico permite a este hombre descansar en un tren de Gujarat que recorre la misma ruta que la Marcha de la Sal. En sus giras por el país, Gandhi siempre insistía en viajar en tercera clase, con los pobres.
Foto: Rena Effendi
Dindigul, en el estado de Tamil Nadu
Unas mujeres del distrito de Dindigul, en el estado de Tamil Nadu, elaboran papadam –un pan plano típico de la zona también llamado papad– con ingredientes suministrados por la organización Gandhigram Trust. Las mujeres venden la comida a comunidades locales y ganan el equivalente a unos pocos euros al día. Desde su fundación por parte de seguidores de Gandhi en 1947, esta organización está comprometida en mejorar el bienestar de los habitantes rurales.
Foto: Rena Effendi
"experimentos con la verdad"
Desde el retrato colgado en la pared, Gandhi observa a dos alumnas de la escuela de dalits (antes llamados intocables) que el líder fundó en Ahmadabad, en el estado de Gujarat, uno de sus «experimentos con la verdad».
Foto: Rena Effendi
Reportaje: Tom O'Neill
6 de agosto de 2015
El legado de la Gran Alma: tras los pasos de Gandhi
En la oscuridad de la noche dirigió una oración colectiva al aire libre, en un lugar desde donde se dominaba el río Sabarmati. Estaba preparado. Con su tradicional dhoti –la prenda masculina típica de la India, que se enrolla y ata en la cintura– y un chal alrededor de los hombros, agarró una vara de bambú y echó a andar hacia el portalón. Atrás dejaba el que fuera su hogar durante 13 años, una comunidad consagrada a sus preceptos basados en una vida sencilla y un pensamiento elevado.
Mohandas Gandhi iba solo. Cuando inició su caminata en una carretera polvorienta de las afueras de Ahmadabad, la ciudad más grande de Gujarat, su estado nativo, 78 hombres vestidos de blanco formaron tras él una columna de a dos. A su paso, decenas de miles de indios –partidarios o simples curiosos–, apelotonados en las márgenes de la carretera, encaramados a los árboles o asomados a las ventanas, exclamaban: «Gandhi ki jai». Gandhi vencedor.
Era el 12 de marzo de 1930. Gandhi y su comitiva recorrieron en 25 días los 388 kilómetros que los separaban del mar de Arabia, desafiando la injusta ley británica que prohibía la extracción de sal en su colonia. Maestro en gestos dramáticos que hábilmente convertía en símbolos, Gandhi se inclinó en la orilla y recogió un puñado de lodo salino. La extracción ilegal de sal se extendió por el país y hubo detenciones y apaleamientos. Gandhi pasó casi nueve meses entre rejas. Lo que las autoridades habían subestimado como una intrascendente escenificación política con tintes de espectáculo acabó en un clamor por la independencia coreado a lo largo y ancho del país. Por primera vez el variopinto puzzle de la población india –castas altas y bajas, hombres y mujeres, hindúes y musulmanes– se unía para protestar contra el dominio británico. Las masas habían hallado un líder. Desde el día en que emprendió la Marcha de la Sal hasta que murió, 18 años más tarde, Gandhi logró inyectar en la India un revolucionario combinado de política y espiritualidad. A su filosofía basada en la acción la llamó satyagraha, o fuerza de la verdad.
La impronta de Gandhi fue indeleble. Guio a la India hacia la independencia. Obligó a sus compatriotas a cuestionarse sus prejuicios más arraigados en materia de casta, religión y violencia. En 1948, horas después de morir asesinado a tiros, apenas cinco meses y medio después del nacimiento de la nueva nación, Jawaharlal Nehru, el primer primer ministro de la India, proclamó que la luz dejada tras de sí por el Padre de la Nación seguiría brillando mil años después.
A su filosofía basada en la acción la llamó satyagraha, o fuerza de la verdad
¿Cuán intenso es hoy ese resplandor? Para averiguarlo, me propuse seguir a Gandhi. «Véanme, se lo ruego, en la desnudez de mi labor y en mis limitaciones –había dicho–. Entonces me conocerán.» Decidí seguir sus pasos en la Marcha de la Sal. Los discursos que impartió y los artículos que escribió tratan de problemas aún vigentes en la India de hoy. Los indios continúan debatiendo el legado de aquel hombre conocido como Mahatma, que significa «Gran Alma».
¿Profeta o santón? ¿Héroe o villano? ¿Una vía de futuro o un callejón sin salida? Nadie cuestiona la brillante influencia de Gandhi en el escenario del mundo; su filosofía de la resistencia no violenta inspiró a Martin Luther King, a Nelson Mandela, al Dalai Lama. Pero en su propia patria el efecto Gandhi se desdibuja. Gandhi está en todas partes y en ninguna. Se asoma con sus anteojos desde los billetes de la moneda nacional, la rupia. En muchas localidades existe una calle con su nombre. Y una estatua en su honor. Pero su ausencia salta tanto o más a la vista. Gandhi imaginó una India de aldeas autosuficientes. Una India en la que casta y religión irían perdiendo su poder. Cuyos gobiernos harían hincapié en la igualdad y la no violencia. Intente hallar algo de eso en la India de hoy. Caóticas megalópolis (Delhi, Mumbai, Kolkata), fiebre materialista en las crecientes clases media y alta, un nacionalista hindú –Narendra Modi– elegido para dirigir el país, un arsenal de armas nucleares, violencia endémica contra las mujeres: todo pinta una identidad nacional muy diferente.
«La India vive una esquizofrenia en lo relativo a Gandhi. Lo ve como la fuente de todo lo bueno o de todo lo malo –me explicó Tridip Suhrud, director de la fundación que supervisa el ashram desde donde el líder inició su marcha–. Rebátalo, venérelo, pero si pretende llegar a comprender la India, tendrá que pasar por él sí o sí.»
Ya en vida resultó ser un mentor complicado. Imponía severas exigencias a familiares, amigos y aliados políticos, de quienes esperaba una moralidad sublime. Sus estrictas creencias en lo relativo a la dieta (en distintos momentos subsistió a base de frutos secos, verduras crudas y fruta desecada) y el sexo (hizo voto de castidad y lo cumplió hasta su muerte 42 años después) siempre han dividido a la opinión pública. Pero su personalidad tan ecléctica –como político, reformador social, gurú, pacifista, educador o inventor– siempre tiene algo que ofrecer a cada uno de nosotros.
El primer día de la marcha Gandhi hizo un emotivo alto en el camino a tres kilómetros de su ashram: la escuela que había fundado diez años antes como alternativa a la educación británica.
Hoy un arco de arenisca da acceso al ajardinado campus de la Gujarat Vidyapith, cuyos senderos son un hervidero de estudiantes. Visten camisa holgada y pantalones de khadi, el tejido de hilado doméstico que llegó a convertirse en un símbolo de la revolución de Gandhi porque representaba el rechazo de los productos británicos y la resurrección de la industria tradicional. Desde luego, los alumnos de los demás centros educativos indios no visten de khadi (palabra que viene a significar «tejido a mano»), pues lo encuentran poco a la moda.
Sudarshan Iyengar, miembro del patronato universitario y reputado economista, defiende con convicción las excéntricas normas y expectativas del centro. «Aquí educamos el corazón, las manos y la cabeza de los estudiantes, en ese orden –me dijo, sentado en el suelo y envuelto en khadi blanco–. Como Gandhi, forjamos el carácter mediante el trabajo y la vida en comunidad.»
La impronta de Gandhi en las creencias de Iyengar es tan profunda que se debate interiormente cada vez que usa el portátil. «Entiendo que él lo habría considerado como una herramienta al servicio del individuo –dijo–, ¿pero qué pasa con los procesos industriales y los costes ocultos que entraña su fabricación?»
¿Qué haría Gandhi? He aquí la pregunta que reina en el campus. Los estudiantes con los que hablé lo describían como un ejemplo a seguir, pero no pensaban emularlo al pie de la letra. ¿Quién de vosotros seguirá vistiendo de khadi cuando vuelva a casa?, pregunté. Casi nadie levantó la mano. De pronto una alumna con un llamativo reloj rosa exclamó: «¡Cuando llevo khadi me siento una persona extraordinaria!».
Nuestra charla quedó interrumpida por el toque de una campana. Hora de hilar. A fin de preparar a sus compatriotas para la independencia inculcándoles disciplina y autosuficiencia, Gandhi instaba a hombres y mujeres –altos cargos incluidos– a producir al menos 25 metros de tela al año, suficiente para el uso personal. «Con cada giro la rueca hila paz, buena voluntad y amor», predicaba. Obedeciendo la tradición, unos 500 alumnos se dirigieron al paraninfo con sus ruecas portátiles. Sentados con las piernas cruzadas, sacaron sus balas de algodón y empezaron a hilar. Solo se oía el susurro de cientos de ruecas articulando el mensaje de Gandhi.
Gandhi caminaba a gran velocidad para ser un hombre de 61 años –el más veterano de la marcha– aquejado de reumatismo. Cada día, después de andar entre 16 y 19 kilómetros con un calor asfixiante, los manifestantes se detenían en aldeas y ciudades del camino para rezar, descansar, comer y permitir que el líder hablase ante un público embelesado. Gandhi fue la primera figura nacional en conectar con las zonas rurales. Para él la aldea era el alma de la India.
Si Gandhi viajara hoy a aquellos mismos lugares, vería, probablemente con consternación, que la India rural sigue en muchos sentidos anclada en el tiempo. En Vasana, un pueblo algodonero donde los caminantes hicieron un alto, descubrí una estatua de Gandhi con su bastón. El viento había acumulado basura en su base. Vacas y búfalos avanzaban por el camino de tierra, seguidos de niños descalzos. Mujeres con sari pasaban apresuradas con un haz de leña sobre la cabeza. Cuando la gente se arremolinó en torno a mí, un hombre con pantalón vaquero se acercó para excusarse por el descuido del monumento. Le pregunté si alguien llevaba khadi. Ya no, respondió. Tras varias preguntas más perdió la compostura. «Mucho Gandhi, Gandhi, Gandhi, pero aquí nadie hace nada por nosotros. No hay desarrollo –se quejó–. Necesitamos un puente para cruzar el río, y un tejadillo para la estatua.»
"Mucho Gandhi, Gandhi, Gandhi, pero aquí nadie hace nada por nosotros"
Hoy, aquella visión de la aldea como una pieza clave para el progreso de la India parece más bien un delirio utópico. El empleo, los colegios y el ocio están en las ciudades. Los problemas urbanos –contaminación, delincuencia, superpoblación, tráfico– dominan el debate nacional, pero casi el 70% de los más de 1.200 millones de habitantes de la India sigue viviendo en el campo. Para Gandhi, un hindú profundamente influido por la vida de Jesucristo, la vocación más sublime era vivir con los pobres y «alimentarlos primero a ellos, luego a nosotros». Pedía voluntarios para vivir en las aldeas y obrar el cambio.
Algunos todavía oyen esa llamada. Cinco años antes de conocerlo, Thalkar Pelkar, un joven tranquilo que siempre viste de khadi, se trasladó a Pedhamali, un escueto rosario de casas de adobe levantadas a orillas de un cauce seco de la India occidental. Graduado en la Gujarat Vidyapith, se había comprometido a trabajar durante dos años sin sueldo en un programa de desarrollo rural. No las tenía todas consigo. «Sabía que podían echarme de allí a palos», recordaba.
Si Gandhi viajara hoy a aquellos mismos lugares, vería, probablemente con consternación, que la India rural sigue en muchos sentidos anclada en el tiempo
Pelkar se instaló en un cuarto sin agua ni luz. Para integrarse en la vida de la aldea, se cortó el pelo y aprendió el dialecto local. Durante meses bregó con la soledad y se cuestionó si valía para aquello. En su cuarto tenía colgada una foto borrosa de Gandhi. ¿Qué haría Gandhi? La pregunta pesaba sobre su espíritu como un yunque.
Hoy el retrato ocupa un lugar de honor en su nuevo hogar, una casa antes abandonada que él mismo reparó. Sentado en el suelo con su mujer, Snehan, y su hijo, Ajay, Pelkar accedió ante mi insistencia a enumerar sus logros. Había resucitado la lechería, ahorrando a las mujeres los 19 kilómetros que antes debían recorrer a pie para comprar leche, y también había puesto mujeres al frente del negocio. Había animado a los padres a que escolarizasen a sus hijos; las matrículas se habían triplicado; con más de 150 alumnos, había conseguido más aulas y maestros. Tres inviernos antes había visto a Ajay, de seis años, abandonado en la calle y lo había adoptado.
¿Ha terminado tu labor aquí?, le pregunté. Pelkar suspiró. «Al principio pensé que en dos años acabaría de sobra mi proyecto. Ahora creo que me llevará la vida entera», me contestó.
Las muchedumbres que salían a recibir a Gandhi en la Marcha de la Sal jamás se han visto en la India moderna: en los patios de los colegios y en los campos, las mujeres se congregaban para escucharlo. Abarrotaban las calles para acompañar a los caminantes en su paso por las ciudades. Temiendo estallidos de violencia, Gandhi se hacía acompañar solo de hombres, pero veía en las mujeres un aliado natural. «Pienso que interpretarán la no violencia mejor que los hombres –afirmó–, no porque sean débiles, cosa que creen muchos hombres en su arrogancia, sino porque los superan en valentía.»
En su esencia, la sociedad india continúa siendo conservadora y patriarcal
Al igual que ocurrió con muchas de sus cruzadas morales, la campaña de Gandhi en favor de la igualdad de sexos llegó antes de tiempo. En su esencia, la sociedad india continúa siendo conservadora y patriarcal. Gandhi denunció los matrimonios infantiles, la violencia machista, el sistema de dotes y el analfabetismo femenino, pero todo ello sigue entrelazado en la vida cotidiana, pese a alguna que otra brizna de progreso. Sin embargo, el deseo de combatirlo, al estilo de Gandhi, también sigue ahí.
«Mi fortaleza son mis mujeres», me dijo Ela Bhatt en su sencillo hogar de Ahmadabad. Es la fundadora de la Asociación de Mujeres Autoempleadas (SEWA), un sindicato y cooperativa con más de 1,8 millones de socias. Bhatt, nacida tres años después de la Marcha de la Sal, tenía todo el aspecto de una abuela cariñosa. La historia que relataba, en contraste, rezumaba una determinación de acero. Dejó su empleo de abogada para incorporarse a un sindicato textil y en 1972 fundó la SEWA, imbuida del pensamiento de Mahatma y de la importancia que este daba a la dignidad del trabajo. Por unos pocos céntimos las mujeres tenían acceso a cursos de formación, préstamos bancarios, seguro médico y servicios de guardería. «En la India siempre se ha tratado a las mujeres como ciudadanos de segunda –me dijo–, pero son las cabezas de familia. Los activos corren menos riesgo en sus manos.»
Bhatt no puede menos de seguir la estela de Gandhi. Su abuelo, médico, fue apaleado y encarcelado durante las protestas de la sal. Sus padres se integraron en el movimiento independentista. «Debo tanto al ambiente de aquellos tiempos… –me dijo–. Rebosaban idealismo.» La organización de Bhatt inició una revolución propia, plantando la simiente de otros grupos sindicales de base femenina en todo el sur de Asia. «No soy experta en Gandhi, ni devota suya –dijo Bhatt con toda la intención–. Lo que hago es poner a Gandhi en práctica.»
Allí donde actúa la SEWA, las aldeas son distintas. Las mujeres parecen más audaces, más seguras de sí mismas. En Sihol, cerca de la ciudad de Anand, por donde pasó la Marcha de la Sal, dentro de un remendado edificio de ventanas raquíticas traqueteaban las lanzaderas mientras las mujeres tejían saris y toallas en sus telares de madera. Antes, me explicó Gauriben Vankar, el único empleo que encontraba era en los cultivos de tabaco por unos pocos céntimos al día. En los telares sacaba varias veces eso por cada sari. «Ahora podemos trabajar a resguardo del sol y cerca de casa –explicó–, y tenemos más dinero para poder comprar comida.»
Gandhi era un provocador que gustaba de desafiar a su público. En Gajera, diez días después de que hubiera comenzado la marcha, se sentó en una plataforma ante la muchedumbre expectante y no dijo nada. El público se iba poniendo nervioso. Cuando por fin habló, dijo que no pensaba dar su charla hasta que los jefes de la aldea invitasen a los intocables a sentarse con ellos. Aquella fue una solicitud insólita: los hindúes despreciaban a los miembros de la casta más baja, a quienes consideraban impuros. Los integrantes de este grupo social ocupaban los trabajos más inmundos, vivían separados y tenían vedado el acceso a los templos y a los pozos de las aldeas. Hasta su sombra tenía prohibido tocar a los demás hindúes.
Gandhi había puesto la que quizá fuese la prueba más mortificante a quienes se declaraban seguidores suyos. Avergonzados, los dirigentes indicaron con gestos a los intocables, reunidos en un cerro próximo, que bajasen con los demás.
En Gajera nadie quiso decirme dónde encontrar a los dalits (término que hoy se prefiere a intocables; literalmente significa «quebrado»). Al final pregunté a la persona de aspecto más pobre de todas cuantas vi, una mujer abrasada por el sol que portaba un cántaro de agua en la cabeza. Señaló hacia un grupo de casas pintadas de azul, separadas del resto. Allí vivía ella. Los vecinos salieron a recibirme, entusiasmados de hablar con un forastero. Su vida ha mejorado un poco desde la visita de Gandhi. «Antes teníamos que llevar nuestra propia taza cuando íbamos a la tetería –contó una mujer–. Y cuando llevábamos el grano a una casa de casta más alta, después rociaban agua por el suelo para purificarla.»
Pero su situación económica apenas ha variado: los vecinos de las castas inferiores siguen siendo pobres, igual que la mayoría de los dalits, que son uno de cada seis indios. Casi todos los adultos de Gajera trabajan en los cultivos de ricino. Algunos más jóvenes tienen empleos mal remunerados en una fábrica de vidrio.
Solo en las ciudades vi dalits capaces de imaginarse integrados en la sociedad india. En una colonia de barrenderos de Delhi en la que Gandhi solía pasar tiempo, más de un muchacho dalit se acercó para jactarse de estar estudiando, de ser el primer miembro de su familia que iba a la universidad gracias a las becas públicas.
A Gandhi le habría encantado conocerlos. Con su ejemplo –él adoptó un niño intocable– y con sus incesantes campañas, luchó para que se eliminase el estigma de los intocables, a quienes llamaba harijans («hijos de Dios»). Pero no obtuvo grandes resultados. Pese a la protección oficial que tienen, los dalits siguen padeciendo una discriminación generalizada que a veces se convierte en violencia. Pertenecen a una India que tristemente Gandhi reconocería al momento.
Gandhi se formó como activista y organizador no en la India, sino en Sudáfrica
Por fin oyeron el mar. Después de más de tres semanas caminando, los manifestantes se aproximaban a la población costera de Dandi, mientras buena parte de la India y Occidente mantenía sobre ellos una atenta mirada. Allí se agolpaban las fuerzas de seguridad, la prensa y multitud de curiosos y de seguidores, impacientes por ver qué ocurriría después. Su cabecilla llevaba décadas preparándose para ese momento.
Gandhi se formó como activista y organizador no en la India, sino en Sudáfrica. Allí llegó en 1893, a los 24 años, como un abogado de provincias, y allí fue donde sufrió por primera vez en propia piel el racismo y la injusticia. En las cárceles de Sudáfrica, donde fue recluido por encabezar manifestaciones contra las leyes racistas, Gandhi estudió la Biblia y el Corán, así como la obra de Tolstói, Thoreau y John Ruskin. Fundó comunidades experimentales en Durban y Johannesburgo, entonces bajo el dominio inglés. Para cuando regresó a la India en 1915, había concebido ya su audaz concepto del satyagraha, una forma de buscar la verdad mediante la resistencia no violenta, la paciencia y la compasión.
Para muchos historiadores, biógrafos y activistas la Marcha de la Sal fue su logro más puro. Con marchas, ayunos, desobediencia civil y la movilización de mujeres, jóvenes y desfavorecidos, Gandhi forjó una poderosa arma y la puso a disposición de los movimientos sociales. En la India se han producido incontables campañas no violentas inspiradas en Mahatma, relacionadas sobre todo con problemas medioambientales tales como la deforestación y el represamiento. «Si eres seguidor de Gandhi, no predicas, actúas», me dijo P. V. Rajagopal, un activista que se puso a sí mismo y a sus seguidores a prueba.
El problema era la desposesión territorial. Desde la época de Gandhi los pobres de la India se han ido quedando sin tierras por obra del desarrollismo oficial, los terratenientes corruptos y las catástrofes naturales, con compensaciones mínimas o nulas. En opinión de Rajagopal y su organización, Ekta Parishad (Asociación de la Unidad), se imponía reeditar la Marcha de la Sal. Para reclutar manifestantes, Rajagopal y una brigada de partidarios invirtieron casi un año en recorrer 26 de los 29 estados indios, llegando a poblaciones como Chhatapur, en Bihar, uno de los estados más pobres.
En un patio escolar, un día abrasador, Rajagopal habló ante cientos de personas, casi todas mujeres dalit. «Es bueno estar enfadado –dijo–. No pedimos ordenadores, ni teles, ni coches, ni otros lujos. Pedimos tierra para levantar nuestras casas y para cultivar comida. Ya hemos esperado bastante. ¿Quién me acompañará en la marcha a Delhi?» Se levantaron muchas manos. Rajagopal, un hombre bajo y canoso que alterna hábilmente el papel de seductor con el de agitador, inclinó la cabeza para expresar su gratitud.
Mientras nos dirigíamos a la siguiente aldea, me explicó que explotaba la mejor faceta de Gandhi. «Al final uno acaba escogiendo la dimensión de Gandhi que más le gusta –dijo–. Yo elijo su cara radical, no el Gandhi que reza y medita, sino el que lucha. Recuperemos el Gandhi que combatía la injusticia y la opresión.» Rajagopal también quiere recuperar la padyatra, o marcha a pie. «Caminar es un mensaje –afirmó–. Pones a prueba tu propia persona, tu comodidad, tu cuerpo. Y es un acto espiritual. Tu poder moral gana más y más fuerza a cada paso que das.»
Seis meses después ese mensaje se extendía a lo largo de varios kilómetros por una carretera con destino a Delhi. Decenas de miles de indios caminaban en columna de tres en fondo. Los disciplinados caminantes se pusieron en marcha con las primeras luces. A media tarde, tras haber recorrido unos 16 kilómetros, se detuvieron a la sombra de unos arbustos y árboles para hacer la única comida de la jornada: lentejas con arroz. «No tenemos nada que perder –dijo una mujer de Bihar–. Estos días en la carretera no son nada comparado con lo que pasamos en casa.»
"Si eres seguidor de Gandhi, no predicas, actúas"
Mohandas Gandhi infringió la ley cuando amanecía el 6 de abril de 1930. En Dandi, cerca del mar, el hombre a quien cercanos y extraños llamaban Bapu («padre»), se inclinó y tomó un puñado de lodo. Al final del día, cientos de partidarios lo habían emulado. A lo largo de los meses siguientes otros harían lo mismo en toda la India: manufacturar sal marina ilegalmente a mayor ritmo que las confiscaciones policiales. La Marcha de la Sal no derrocó el dominio británico –la independencia se demoraría otros 17 años–, pero sí resquebrajó sus cimientos.
Es difícil recrear la escena. El litoral ha cambiado, y el punto donde Gandhi cogió aquella sal es hoy tierra seca. Encontrar a Gandhi en una India que se transforma a tanta velocidad no es nada fácil, pero tampoco tiene por qué serlo. ¿Cuándo se ha visto que los visionarios habiten cómodamente la corriente social dominante?
Pero en mi búsqueda de Gandhi, yendo en pos de su figura en medio del bullicio y la complejidad de la vida urbana y rural, conseguí dar con él. Su espíritu de desafío, elevado y aguerrido, aviva las campañas contra la corrupción, la violación, la violencia de castas y el arrase de los barrios de chabolas. La confianza y los logros crecientes de las mujeres evocan la reivindicación del líder para que se las admitiera en la vida pública. En sus ashrams sentí el poder de su ejemplo de vida sencilla. Desde ciertos puntos de vista Gandhi fue un fracaso trágico, incapaz, por ejemplo, de evitar el conflicto entre hindúes y musulmanes o la escisión de un Pakistán de mayoría musulmana. Pero en la playa de Dandi, la estampa de familias musulmanas e hindúes caminando por la orilla, levantados los saris, retirados los velos, da fe de la vigencia de la democracia laica y tolerante que Gandhi concibió.
"El Viejo predijo tantas cosas… sus principios están en todas partes"
La luz en la oscuridad, como describió Nehru el legado de Gandhi, me condujo a un asentamiento de 16 hectáreas cerca de Gadchiroli, en el estado de Maharashtra, donde ha surgido una comunidad de médicos, enfermeros, informáticos, estudiantes de medicina, médicos internos, familiares y personal de apoyo, reclutados por Abhay y Rani Bang, cofundadores de la Sociedad por la Educación, Acción e Investigación en Salud Comunitaria (SEARCH). Desde mediados de los años ochenta Abhay –médico de familia–, Rani –ginecóloga– y sus colegas han formado personal sanitario, casi todo mujeres analfabetas, en 124 aldeas. Los resultados han sido casi milagrosos. En las aldeas que han adoptado su sistema de cuidados del recién nacido las tasas de mortalidad han registrado un descenso radical.
Abhay Bang no conoció a Gandhi, pero se siente cerca de él al haberse criado en su ashram Sevagram en Maharashtra. «El Viejo predijo tantas cosas… –me dijo Bang–. Sus principios están en todas partes.»
Vivir en el ashram de SEARCH significa aceptar reglas: nada de tabaco ni alcohol, participar en la limpieza semanal, asistir a los rezos vespertinos y las charlas. La norma tácita: mejorar la vida de los demás. Aquí nadie tiene que preguntarse qué haría Gandhi.
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