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domingo, 28 de julio de 2019

La Casa de la Loma tiene un Fantasma : Capítulo DXV.- Ciro se salva de una nueva trampa; que los huestes satánicos que les tendieron a los bandoleros de Matalacas.....

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., continuando con la historia de La Casa de la Loma tiene un Fantasma, y como informamos en el capítulo anterior; Azael y sus compinches, después de tantas penurias estaban retornado a Matalacas, lo hacían a pie, totalmente agotados, con hambre, con sed; pero si encontraron un pequeño bosque al pie de una enorme pampa; allí saciaron su sed hasta el anochecer para caminar durante toda la noche rumbo a casa, mientras tanto las acémilas que ya retornaron a Matalacas y en manos de sus dueños; quienes sorprendidos, solo se atrevieron a esconderlas, hasta cuando regrese Azael y pedirle explicaciones: ¿Por qué robaron las acémilas a los mismos hermanos de la zona?...

Aquí en la imagen observamos una típica casa en la Comunidad Campesina de Socchabamba, Ayabaca, Piura, Perú; es una construcción de adobe con techo de tejas rojas y a dos aguas, sobre el techo distinguimos un fantasma que viene a ser el "El Rey de las Tinieblas" : Satanás, seguido de vampiros y una siniestra sombra negra que rodea al misterioso personaje satánico, para comprender la narrativa de la obra literaria: "LA CASA DE LA LOMA TIENE UN FANTASMA", esta imagen será nuestro símbolo de identificación y el logotipo en creación, impresión y distribución literaria. Con reconocimiento de derechos de autor, con Partida Registral Nº 00393-2010, Asiento 01, con fecha 27 de marzo de 2010 por INDECOPI.

Este es el símbolo de Marca Perú, que distingue para todos los productos elaborados por peruanos.

Después de descansar durante todo el día en el pequeño bosque; Azael y sus hombres recuperaron parte de alguna energía para seguir caminando toda la noche; pero aún así siguen agotados por que sus estómagos están vacíos no han ingeridos alimentos, y es urgente comer algo, por que no llegarían a Matalacas...
Entonces, siendo las 18:00 horas del día(Hora de la oración), los seis bandoleros abandonaron el bosque, bebiendo algunos sorbos más de agua; así con la barriga llena de agua emprendieron el viaje a casa, pero el hambre hace ver cosas azules donde solo hay oscuridad y aún siendo de noche el paso era lento, no había energía para caminar más rápido.
Por lo que Azael; por la necesidad de satisfacer su barriga, llamó a su lugarteniente Marcelo y le dijo:
--- Marcelo, tenemos que hacer algo para paliar el hambre, y lo único que nos queda es visitar una casa, donde siempre hay comida y como no tenemos dinero para comprar, acudiremos a nuestra costumbre: asaltar, pero solo para comida, nada más tomaremos...
Marcelo, que le sonaba el estómago vacío, por que no tenía nada adentro, le contestó:
--- Jefe Azael, ustedes siempre ha tenido las decisiones en nuestro grupo, así lo haremos, la noche está oscura y las casas en las lomas siempre tienen mechones encendidos para iluminarse, vamos estar en alerta para observar a la primera luz que  veamos.... y allí iremos en busca de comida...
Al terminar de hablar Marcelo, ellos llegaron a una pendiente, y el camino ya no era llano, sino que continuaba cuesta abajo, y desde allí hacia el frente se tenía amplia visión panorámica, como para detectar la próxima casa que ellos asaltarían.
Al levantar la vista hacia el fondo, aparecieron muchas luces pequeñas, pero se les veía muy lejanas, incluso un ladrido de perros  parecía que estaba a grandes distancias.
Justo, por allí aún continuaban los huestes satánicos y estos casi adivinando las necesidades de los bandoleros, se propusieron tenderles una nueva trampa en un precipicio que estaba muy cercano, y tal como lo hicieron con Marcelo y Mauricio; será una casa iluminada, que es justamente lo que quiere Azael.
Los bandoleros empezaron a caminar cuesta abajo, casi a tientas por la oscuridad de la noche; Azael iba a la cabeza, hasta que repentinamente se les apareció una casa iluminada, con seis mechones de luz, por lo que Azael, se paró y junto a los otros cinco y les dijo:
--- Muchachos, por necesidad  del hambre que nos agobia; vamos asaltar esa  casa, pero favor nada de matar a alguien, solo utilizaron la fuerza para dominar, las chavetas no se usarán
Todos los demás hicieron murmullos comentando la decisión del jefe  de asaltar;  algo que ellos tenían mucha experiencia, y esta vez no será para buscar tesoros, sino comida;  Azael tomó la delantera a medida que caminaba, la supuesta casa iluminada también caminaba hacia adelante, al menos así lo percibían ellos; por lo que Mauricio que ya tuvo la experiencia junto a Marcelo, se acercó a Azael y le dijo:
--- Jefe Azael, creo que nos están tonteando los espíritus de el más allá; la casa camina hacia adelante a medida que  nosotros caminamos...
Azael, muy mal humorado y con el hambre que le dolía el estómago, quien no creía en fantasmas, perdió la cordura y gritando dijo:
--- Otra vez, tu Mauricio, pensando estupideces con los espíritus; nosotros tenemos hambre y asaltaremos a esa vivienda, te parece que camina esa casa por que miras visiones con el hambre, seguiremos hasta la vivienda, aún está lejos y observan que se mueve por el reflejo de la oscuridad y les parece que camina ...jajajajajaja
Que lejos de la verdad estaba Azael, Mauricio muy avergonzado por la reacción de su jefe no le replicó, se quedó atrás dejando al jefe caminando solo adelante...
Justo, cuando el camino hacía una curva, ya apareció la casa muy cerca, nuevamente Azael hizo un paro y uniéndose con todos los otros, les dijo:
--- Muchachos, tenemos la vivienda muy  cerca, llegaremos a ella como viajeros y pediremos que nos preparen comida, y como no tenemos dinero, después de comer le pediremos al dueño de casa, que nos espere el pago hasta la vuelta de nuestro viaje, y naturalmente reaccionará en contra, allí le daremos un asalto...
Todos los demás aceptaron las decisiones de su jefe Azael y se acercaron a la casa, llegaron y efectivamente había gente que conversaba entre ellos con un murmullo casi fúnebre y ronco y tan solo con una característica: todos estaban vestidos con ponchos de lana negra y sombreros de palma de copa(badana) muy altos.
Azael y sus compinches llegaron y saludaron a los supuestos habitantes de la vivienda, fue un primer hombre que les salió al paso y este fue el dialogo de Azael:
--- Buenas noches señor, somos viajeros, estamos regresando a nuestras casas y necesitamos comida, por favor quisiéramos que nos prepare seis platos.
El que hacía de anfitrión, les contestó con una funesta voz, pero muy cortés y firme:
--- Si podemos atenderlos, pero aquí todo se paga adelantado, ¿Tienen dinero para cancelar la comida?
Azael, se apuró a contestar, antes que lo hagan los otros y dijo:
--- Si, por su puesto señor, se pagará la atención...
Los demás solo observaban, pero había algo que no cuadraba con la realidad, además en el aire había una aroma a azufre, que justamente lo detectó Mauricio, quien tomando precauciones, se separó del grupo y comenzó a inspeccionar a la supuesta vivienda y pudo detectar que tan solo era una fachada sin fondo, no había tal casa como aparentaba, atrás todo era una oscuridad espantosa, quien alarmado, les gritó:
--- Muchachos retrocedan, no es una vivienda es una trampa, atrássssssss......
Mauricio, corrió atrás al lugar por donde llegó y misteriosamente la casa iluminada desapareció por arte de magia, pero ya todo era tarde, solo era oscuridad y se agregó quejidos y dolor de heridos; él dio la vuelta y regresó a ese fúnebre filo del terreno y pudo ver que era un precipicio y los magullados eran sus compañeros que habían rodado cuesta abajo; pero felizmente habían árboles donde se sostenían y él desde arriba les gritó:
--- Muchachos sosténganse como puedan, yo bajaré a ayudarlos...
El único hombre sano, comenzó a bajar y por lo empinado que era el terreno se rodó un tramo y llegó pesadamente hasta un árbol que le sirvió de sostén, allí encontró a Marcelo que se quejaba por una costilla rota, más abajo estaba Azael con una rodilla dislocada junto a Felipe que le dolía la espalda y Samuel que gritaba con un dedo del pie roto, pero no había Ciro...
Entonces, Mauricio llamó con todas sus fuerzas a Ciro, pensando que se había rodado hasta el precipicio y tal vez aún tenga vida para ayudarlo..
Pero, Ciro no había caído allí, sin que ellos lo noten se había quedado atrás, no llegó hasta la supuesta casa y no fue testigo de lo que les sucedió a ellos.....
Continuaremos...................
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
ayabaca@gmail.com
ayabaca@hotmail.com
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sábado, 31 de marzo de 2018

CAMBIO CLIMÁTICO : CALENTAMIENTO GLOBAL.- AGUA DULCE .- NATIONAL GEOGRAPHIC .- Planeta sediento: África sin agua

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, nos entrega un amplio reportaje de la escases de agua en África, el informe fue preparado el 22 de marzo del 2010, han pasado 08 años adelante el problema se empeorado, por las constantes y prolongadas sequías, guerra civiles y el desperdicio de la poca agua disponible. En muchas aldeas de Kenia y etiopia, acarrear agua sucia es un incluso de desagües es un privilegio, tan grave es la escases que anualmente mueren muchos niños por enfermedades intestinales.
En muchos lugares de Etiopia, se invierten hasta 08 horas diarias solo en el transporte de agua para el consumo de la casa. Y lo más grave hay conatos de guerra civil entre aldeanos por el derecho del agua limpia.
El planeta sediento, se agrava más cada día, ya que en muchos casos que se han intentado entregar a empresas privadas la dotación de agua y desagüe en los países en desarrollo;  ha terminado en fracaso con la expulsión de la empresa, por los cobros excesivos por los servicios prestados, nunca ellos establecen precios razonables para la gente muy pobre, el problema de la solución del agua limpia y los servicios de saneamiento es estatal y con precios subvencionados que muchos gobiernos africanos no pueden hacerlo por no contar con los recursos económicos.  La diferencia de consumo de agua limpia entre ricos y pobres sigue siendo desigual como por ejemplo: El estadounidense medio consume unos 380 li­­tros de agua al día, sólo en el hogar; Aylito Binayo en Etiopia se arregla con nueve....

http://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/planeta-sediento-africa-agua_2216/1
http://www.ngenespanol.com/fotografia/lo-mas/11/08/01/pesada-carga-sed/
Si los millones de mujeres africanas que tienen que recorrer grandes distancias para ir a por agua tuviesen un grifo en la puerta de sus casas, sociedades enteras se transformarían.
 
Educar para sobrevivir
La maestra Hiruut Nigusee se ríe al mostrar el dibujo de un hombre defecando en la clase de higiene que imparte cerca de la ciudad etíope de Ticho. Al principio los alumnos se sentían incómodos, pero ahora usan la letrina, se lavan las manos y sufren menos brotes de diarrea.
Foto: Lynn Johnson

«Todo lo podemos»
«Todo lo podemos», cantan los aldeanos mientras cavan una zanja para tender tuberías cerca de Ticho. Con la ayuda de WaterAid, sus esfuerzos pronto se materializarán en agua corriente.
Foto: Lynn Johnson

Addis Abeba, Etiopía
En una lavandería callejera de un barrio de chabolas de Addis Abeba, Muntaha Umer gana un dólar al día lavando ropa de hombre (sólo ellos pueden permitírselo) en un agua inmunda.
Foto: Lynn Johnson

Río Arayo, Etiopía
En la estación seca, el río Arayo de Etiopía es un rezumadero lodoso en el que las mujeres «escarban» en busca de agua. Gracias al dique de arena construido río arriba, con las próximas lluvias se acumulará agua limpia en un depósito subterráneo provisto de bomba manual.
Foto: Lynn Johnson

Carreteras de esperanza y desesperanza
En una nueva carretera construida por una empresa china, que unirá el norte de Kenya con Etiopía, un camión con hombres armados pasa a toda velocidad junto a una mujer que acarrea hierba para su ganado. Las medidas de seguridad se han reforzado en esta zona afectada por la sequía después de que un ingeniero chino fuera asesinado por unos lugareños.
Foto: Lynn Johnson

Rendille, Kenia
Los vecinos de Rendille, una aldea del norte de Kenya, extraen hasta la última gota de un depósito de agua que un camión cisterna del gobierno llenó la noche anterior. En un día el nivel ha bajado tanto que ya no alcanza la espita, y el camión no volverá hasta la semana que viene.
Foto: Lynn Johnson
 
¿Quién bebe primero?
Haciendo equilibrios en una escala improvisada, nueve mujeres, una por encima de la otra, se pasan de mano en mano la preciada agua desde el fondo de un pozo en la región de Marsabit, en el norte de Kenya. Luego se la disputarán con los hombres por el sediento ganado.
Foto: Lynn Johnson
El poder del agua
Si los millones de mujeres que tienen que recorrer grandes distancias para ir a por agua tuviesen un grifo en la puerta de sus casas, sociedades enteras se transformarían.
Foto: Lynn Johnson

Foro, Etiopía
Unas jóvenes adolescentes y unos niños suben por un sendero empinado del pueblo de Foro, en Etiopía, cada uno de ellos cargado con seis galones de agua turbia de río que utilizarán para beber y cocinar. Varias veces al día recorren el trayecto de unas dos o tres horas. Cuando los niños varones alcanzan la edad de 7 o 8 años se les exhime de esta tarea. Pero las mujeres dedican la mayor parte de su vida a acarrear agua.
Foto: Lynn Johnson

Konso, Etiopía
Unos niños afortunados por poder acceder a la educación gracias a las donaciones muestran con orgullo sus cartillas de evaluación en la escuela Mechello de Konso, en Etiopía. El agua potable y la higiene protegen a los niños de la enfermedad y les permiten asistir a clase.
Foto: Lynn Johnson

Hasta la última gota
En un poblado de Kenya, el agua sale con lentitud del grifo de un tanque casi vacío. Un camión del gobierno llenó el tanque la noche anterior, pero los habitantes del poblado lo dejaron prácticamente seco en poco tiempo, y las disputas no se hicieron esperar.
Foto: Lynn Johnson
 
Marsabit, Kenya
Cerca de Marsabit, Kenya, los habitantes del poblado y los asnos se inclinan para acceder al agua del «pozo cantarín», llamado así porque la gente canta en las colas que se forman, mientras los bidones llenos corren de mano en mano. Cada individuo puede llenar sólo un bidón al día y, a menudo, las mujeres tienen que esperar a que los animales hayan saciado su sed.
Foto: Lynn Johnson

Manchas de vida
Hace algunos años, estos lugareños descubrieron una mancha húmeda en una llanura árida y pedregosa del norte de Kenya y cavaron un pozo poco profundo al que acuden regularmente. La mujer de la derecha espera agachada junto al pozo a que salga el agua.
Foto: Lynn Johnson
22 de marzo de 2010

Planeta sediento: África sin agua
Sus pies conocen el camino de memoria. Aylito Binayo es capaz de bajar hasta el río a las cuatro de la madrugada por la ladera pedregosa sin más luz que la de las estrellas y subirla de nuevo hasta la aldea cargada con 23 litros de agua a la espalda. Lleva haciendo ese trayecto tres veces al día desde hace casi 25 años, los mismos que ha cumplido, al igual que las demás mujeres de Foro, una aldea del distrito de Konso, en el sudoeste de Etiopía. Binayo dejó la escuela a los ocho años, en parte porque tenía que ayudar a su madre a acarrear agua del río Toiro. Es un agua sucia y no apta para el consumo; cada año que se prolonga la actual sequía, el que fuera un río caudaloso se agota más y más. Pero Foro nunca ha conocido más agua que esa.
La tarea de ir a por agua define la vida de Binayo. También debe ayudar a su marido a cultivar mandioca y legumbres en los campos que poseen, apañar hierba para las cabras, secar el grano y llevarlo al molino para obtener harina, preparar la comida, limpiar la vivienda familiar (un recinto cercado con varias tiendas en su interior) y atender a sus tres niños. Ninguna de estas ocupaciones es tan importante ni tan absorbente como las aproximadamente ocho horas diarias que dedica cada día a ir a por agua.
Ocho horas diarias para ir a por agua
En las regiones ricas del mundo, la gente abre un grifo y tiene agua limpia. Pero casi 900 millones de personas carecen de acceso al agua limpia, y 2.500 no tienen un modo seguro de deshacerse de los excrementos: muchos defecan en campos abiertos o cerca de los mismos ríos de los que beben. El agua sucia y la falta de retretes y de una higiene adecuada se cobran en el mundo 3,3 millones de vidas todos los años, en su mayoría de niños menores de cinco años. Aquí, en el sur de Etiopía y el norte de Kenya, la ausencia de lluvias de los últimos años ha hecho que hasta incluso el agua sucia sea difícil de encontrar.
En los lugares donde más escasa es el agua limpia, ir en su busca es casi siempre trabajo de las mujeres. En Konso un hombre sólo se ocupa de esta tarea cuando la mujer ha dado a luz, y sólo durante las primeras semanas después del parto. Los niños pequeños también colaboran, pero sólo hasta los siete u ocho años. La regla se aplica con mano dura, tanto por parte de ellos como de ellas. «Si los niños ya son mayorcitos, la gente murmura y llama holgazana a la mujer», dice Binayo. La reputación de una konsense, explica, se basa en el trabajo duro: «Si me quedo sentada en casa sin hacer nada, todos me despreciarán, pero si corro arriba y abajo para traer agua, dirán que soy lista y trabajadora».
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En buena parte del mundo en vías de desarrollo, la falta de agua es el meollo de un círculo vicioso de desigualdad. Algunas mujeres de Foro bajan al río cinco veces al día, una o dos para hacerse con el agua necesaria para preparar a sus maridos una especie de cerveza casera. Cuando llegué a Foro por primera vez, me topé con unos 60 hombres sentados a la sombra de un edificio, bebiendo y charlando. Era por la ma­­ñana. Las mujeres, insiste Binayo, «no tienen ni cinco segundos para sentarse a descansar».
Una calurosa tarde la acompaño al río con un bidón vacío en la mano. El camino es empinado y resbaladizo a trechos. Pasamos con dificultad por encima de grandes piedras, junto a cactos y espinos. Al cabo de 50 minutos llegamos al río, o a lo que es un río en determinadas épocas del año. Hoy es una serie de pozas negras y lodosas, algunas de las cuales no son más que meros charcos. Las orillas y las piedras están manchadas de excrementos de burros y vacas. Hay unas 40 personas en el río, suficientes para que Binayo decida que vayamos río arriba para no tener que esperar tanto. Lo peor es a primera hora de la mañana, así que ella suele hacer el primer viaje antes del alba, dejando a su hijo Kumacho, un hombrecito de expresión seria que ni siquiera aparenta los cuatro años que tiene, al cuidado de sus hermanos pequeños.
Caminamos río arriba otros diez minutos has­ta que se hace con un puesto junto a una buena poza, alimentada no sólo por un charco sucio que hay justo arriba sino también por un arroyuelo más limpio que fluye al lado. Unos niños saltan en la orilla, chapoteando en el lodo y revolviendo el agua. «No saltéis –los regaña Binayo–. ¿No veis que ensuciáis más el agua?» Un burro se acerca a beber del charco que de­­semboca en la poza donde estamos. Cuando se marcha, las mujeres achican el agua más sucia, haciendo que vaya a parar hasta nuestra poza, y Binayo se lo echa en cara.
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A la media hora llega su turno. Toma el primer bidón y el cazo amarillo de plástico. Justo cuando sumerge el cazo, levanta la vista y ve que otro burro mete las pezuñas en la charca que comunica con la suya. Hace una mueca, pero no puede esperar más. No puede permitirse el lujo de perder tiempo.
Una hora después de llegar al río, ha logrado llenar dos bidones: uno lo transportará ella misma ladera arriba, el otro lo llevaré yo. Ata una correa alrededor de mi bidón y me lo pone a la espalda. Agradezco que sea de cuero blando; Binayo usa una cuerda basta. Aun así, las correas se me clavan en los hombros. El bidón de plástico está lleno a rebosar, y los 23 kilos de peso me golpean la columna a cada paso. Con dificultad, hago la mitad del camino. Pero cuando el sendero alcanza su máxima inclinación me es imposible continuar. Muerta de vergüenza, hago un intercambio de bidones con una niña de unos ocho años que lleva uno la mitad de grande que el mío. Se debate bajo el peso de su nueva carga, y cuando quedan unos diez minutos de pendiente ya no puede más. Binayo se lo quita y se lo echa ella misma a la espalda, encima del que ya llevaba. Nos lanza a ambas una mirada de hastío y continúa la ascensión, ahora con casi 45 litros de agua encima.
«Nacemos sabiendo que tendremos una vida dura –me dice luego, sentada a la puerta de una de las cabañas de su vivienda, delante de la mandioca que está secando sobre una piel de cabra, sosteniendo a Kumacho en el regazo–. Es la cultura de Konso, y viene de muy atrás.» Ella nunca se ha cuestionado esa existencia, nunca ha esperado otra cosa. Pero dentro de poco las cosas van a cambiar por primera vez.
"Nacemos sabiendo que tendremos una vida dura"
Cuando te pasas horas acarreando agua a distancias kilométricas, vigilas hasta la última gota. El estadounidense medio consume unos 380 li­­tros de agua al día, sólo en el hogar; Aylito Binayo se arregla con nueve. Convencer a la gente de que use el agua para lavarse es infinitamente más difícil cuando para disponer de esa agua hay que cargar con ella montaña arriba. Sin embargo, la limpieza y las medidas higiénicas son importantes: un simple lavado de manos puede reducir las enfermedades diarreicas alrededor de un 45 %. Binayo se lava las manos con agua «una vez al día, o así», dice. La ropa, una vez al año. «Si no nos llega para beber, ¿cómo vamos a lavar la ropa?», explica. El cuerpo se lo lava muy de vez en cuando. En 2007 un estudio reveló que ni un solo hogar de Konso disponía de agua y jabón, o ceniza (un limpiador bastante bueno), junto a las letrinas para lavarse las manos. La familia de Binayo abrió una letrina hace poco, pero no puede permitirse comprar jabón.
El estadounidense medio consume unos 380 li­­tros de agua al día, sólo en el hogar; Aylito Binayo se arregla con nueve
Buena parte del poco dinero que tienen se va en visitas al dispensario de la aldea (entre tres y seis euros cada vez) para curar a los niños de las diarreas bacterianas y parasitarias que padecen constantemente por la falta de higiene y por beber agua del río sin tratar. En el dispensario, el enfermero Israel Estiphanos me explicó que allí lo habitual es que el 70 % de los pacientes sufra enfermedades transmitidas por el agua. En ese momento había en la zona un brote especialmente severo, y al lado del dispensario habían levantado una tienda de campaña blanca para alojar a los enfermos con cuadro diarreico.
A 26 kilómetros de allí, en el centro de salud del distrito de la capital de Konso, casi la mitad de los 500 pacientes que atendían diariamente sufrían también enfermedades transmitidas por el agua. Pese a ello, el propio centro carecía de agua limpia. En las paredes de las salas del personal, unos carteles listaban los principios del control de infecciones. Pero cada año, durante cuatro meses se quedaban sin agua corriente, según Birhane Borale, el enfermero jefe, y el go­­bierno les enviaba camiones cisterna con agua fluvial. «En ese caso sólo usamos el agua para que los pacientes beban o tomen la medicación –explicó–. Tenemos enfermos de VIH y hepatitis B. Sangran, y sus enfermedades son de fácil contagio; necesitamos agua para desinfectar, pero sólo podemos limpiar las salas una vez al mes.»
Ni siquiera el personal médico tenía la costumbre de lavarse las manos entre paciente y paciente, ya que sólo funcionaban unos pocos grifos en diferentes puntos del edificio. La enfermera Tsega Hagos me contó que se había salpicado de sangre al retirar una vía. «Me cambié el guante, sin más –dijo–. Las manos me las lavo cuando llego a casa después del trabajo.»
Llevar agua limpia a los hogares es esencial para invertir el ciclo de la miseria.
Llevar agua limpia a los hogares es esencial para invertir el ciclo de la miseria. Cuando una comunidad tiene acceso a agua limpia en abundancia, esa sociedad se transforma. Todas las horas que antes se invertían en acarrear agua pueden emplearse en cultivar más alimento, criar más animales o incluso emprender negocios que reporten ingresos. Las familias dejan de beber un agua infecta que es un caldo de microbios y consecuentemente pasan menos tiempo enfermos o cuidando unos de otros. Y lo más importante, liberarse de la esclavitud del agua significa que las niñas pueden ir a la escuela y aspirar a una vida mejor. La obligación de ir a buscar el agua para la familia o de cuidar de los hermanos mientras va la madre es la principal causa de que haya tan pocas konsenses escolarizadas.
El acceso al agua no es un problema exclusivamente rural. En todo el mundo en vías de de­­sarrollo, muchísimas personas que viven en los barrios de chabolas de las grandes ciudades pasan buena parte del día haciendo cola delante de una bomba de agua. Con todo, las dificultades de llevar agua a aldeas tan remotas como las de Konso son extraordinarias. Foro, la aldea de Binayo, está en lo alto de un monte. Muchas al­­deas tropicales se levantaron en las alturas: son más frescas, menos susceptibles a la malaria y más ventajosas para divisar al enemigo, pero no tienen fácil acceso al agua. La sequía y la deforestación se traducen en un descenso del nivel freático; en algunas zonas de Konso ya se encuentra a más de 120 metros de profundidad. Para algunas aldeas la mejor solución es abrir un pozo cerca del río. El agua sigue estando igual de lejos, pero al menos el suministro es fiable, resulta más fácil de extraer y es más probable que esté limpia.
Sin embargo, en muchos países pobres hay cantidad de aldeas que podrían disfrutar de un pozo y carecen de él. Abrir un pozo de barrena exige conocimientos en geología y una maquinaria pesada muy costosa. En muchos países, como es el caso de Etiopía, el agua es competencia de cada distrito, y sus autoridades carecen de conocimientos y de fondos. «Los habitantes de barrios de chabolas y de zonas rurales sin acceso a agua potable son los mismos que no tienen acceso a los políticos», afirma Paul Faeth, presidente de Global Water Challenge, un consorcio de 24 organizaciones no gubernamentales con sede en Washington, D.C. Por eso el esfuerzo de llevar agua limpia a la población recae en gran medida en colectivos filantrópicos, con resultados dispares.
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Las aldeas de Konso están plagadas de proyectos hídricos abandonados. En los muchos Konsos que hay en el mundo, el principal problema con los planes relacionados con el agua es que la mitad de las infraestructuras se estropean en cuanto los grupos que las han instalado se marchan del país. A veces se usan tecnologías que no pueden ser reparadas en la zona porque se requiere especialización, o se necesitan recambios que sólo se encuentran en la capital. También hay otras razones descorazonadoramente triviales: los aldeanos no tienen los tres dólares que cuesta una pieza, o no se fían de nadie para que la compre con el dinero reunido. El estudio de 2007 reveló que de los 35 proyectos desarrollados en Konso sólo seguían funcionando nueve.
WaterAid, organización radicada en el Reino Unido y una de las principales ONG del mundo dedicadas al agua y el saneamiento, se ha propuesto llevar agua a las aldeas más olvidadas de Konso. En las fechas de mi viaje, WaterAid ya había reparado cinco proyectos y constituido en las aldeas los comités que los gestionarían, y estaba trabajando para resucitar otros tres. En el centro de salud de la capital del distrito instalaba canalones en los tejados para conducir las aguas pluviales a una cisterna cubierta. Ahora esas aguas se tratan y se utilizan en el centro.WaterAid también trabaja en aldeas como Foro, en las que nunca antes se había concluido con éxito ningún proyecto para llevar agua.
Su filosofía combina tecnologías de resistencia probada (como, por ejemplo, construir una presa de arena que represe y filtre una lluvia que de otro modo se perdería) e ideas novedosas, como la instalación de retretes que además generen me­­tano para alimentar una cocina colectiva. Pero la verdadera innovación es que WaterAid ve en la tecnología solamente una parte de la solución. Igual de importante es conseguir que la población local se implique en el diseño, la construcción y el mantenimiento de los nuevos proyectos hídricos. Antes de emprender un proyecto, WaterAid solicita a la comunidad que constituya un comité de siete miembros, cuatro de los cuales deben ser mujeres. Este comité de agua, saneamiento e higiene trabaja con WaterAid en la planificación de los proyectos e implica a la aldea en su materialización. A continuación mantiene y gestiona el proyecto.
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La gente de Konso, que cultiva en terrazas cavadas con laboriosidad en las laderas de las montañas, es famosa por su capacidad de trabajo, lo que supone una gran ventaja (una de las pocas de las que goza) a la hora de hablar de agua en esa parte del mundo. En la aldea de Orbesho, los propios vecinos construyeron una carretera para permitir el acceso a la maquinaria de perforación. El verano pasado estaban incorporando un motor a la bomba del río para que bombease agua a un nuevo depósito construido en lo alto de un monte cercano. Desde él, la gravedad conduciría el agua a las aldeas de la otra vertiente. Todos los vecinos de esas aldeas habían contribuido con unos céntimos a la financiación del proyecto, preparado cemento y recogido pie­dras para las estructuras, y en ese momento ya estaban cavando zanjas para tender las tuberías.
De lejos parecían una serpiente multicolor: 200 personas, en su mayoría mujeres, formando un sinuoso cordón ladera arriba desde la bomba hasta el depósito. Varios hombres ayudaban a colocar las gruesas tuberías en la zanja. La escena era casi una fiesta de bienvenida al progreso. Cientos de personas llevaban cuatro días dedicando las mañanas a cavar, y cada día que pasaba la serpiente avanzaba un poco más en su ascenso de la montaña, hacia el depósito.
Si instalar una bomba de agua es un reto tecnológico, fomentar la higiene es un desafío muy distinto. Wako Lemeta, uno de los dos promotores de la higiene que WaterAid ha formado en Foro, pasa por casa de Binayo y le pregunta a su marido, Guyo Jalto, si puede echar un vistazo a los bidones que utilizan. Jalto lo lleva a la cabaña donde los guardan. Lemeta destapa uno y lo olfatea. Asiente con aprobación; la familia usa WaterGuard, un producto que con sólo un tapón se potabiliza un bidón entero de agua. El gobierno empezó a repartirlo cuando se detectó el reciente brote diarreico. Lemeta también comprueba si disponen de letrina y explica a los vecinos las ventajas de hervir el agua de beber, lavarse las manos y bañarse dos veces por semana.
«Cuando les digo que usen jabón, suelen contestar: “Si me das el dinero…”»
Muchos lugareños han adoptado las nuevas prácticas. Las encuestas indican que el uso de letrinas ha aumentado del 6 al 25 % en la zona desde que WaterAid emprendió su actividad en diciembre de 2007. Pero es una lucha constante. «Cuando les digo que usen jabón, suelen contestar: “Si me das el dinero…”», cuenta Lemeta.
Son éstas las barreras que deben superarse si se pretende que los programas sigan en marcha cuando el equipo de cooperación acaba su trabajo y parte del lugar. WaterAid y otros grupos que también están obteniendo buenos resul­tados creen que cobrar una tasa de uso (por lo general un máximo de un céntimo de euro por bidón) es básico para mantener en marcha un proyecto. El comité de la aldea reúne las cuotas con las que se costearán repuestos y reparaciones. Pero los aldeanos consideran el agua un don de Dios. ¿Qué será lo siguiente, pagar por respirar?
Agua y dinero siempre han sido una mezcla complicada.
Agua y dinero siempre han sido una mezcla complicada. Es famoso el caso de Bolivia, que en 1999 dio a un consorcio multinacional una concesión de 40 años para el suministro de agua y la prestación de servicios de saneamiento a la ciudad de Cochabamba. Las protestas contra los elevados precios acabaron provocando la retirada de la empresa y atrajeron la atención internacional hacia el problema de la privatización del agua. Las multinacionales a las que se encomienda la gestión de sistemas hídricos públicos no consideran rentable llevar agua a los hogares rurales situados en lugares remotos, ni tampoco fijar unos precios asequibles para los pobres.
Pero el agua no puede ser gratis. Alguien tiene que pagar por ella. El agua nace de la tierra, pero las tuberías y las bombas, por desgracia, no. Por eso incluso los usuarios de sistemas pú­­blicos tienen que pagar por ella. Y a menudo el suministro más caro es para quien menos puede permitírselo: la gente que vive en aldeas remotas, apenas pobladas y azotadas por la sequía.
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«La pregunta clave es quién decide, los usuarios del agua o las grandes compañías –declara Faeth desde Global Water Challenge–. En Cochabamba nadie habló con los más pobres.» Instalar una bomba en un poblado rural, afirma, es otra historia. «A nivel local hay más conexión directa entre quienes ponen en práctica el programa y quienes obtienen acceso al agua.»
Los aldeanos de Konso, por ejemplo, poseen y gestionan sus propias bombas. Los comités electos fijan las cuotas para cubrir el mantenimiento. Nadie pretende obtener beneficios. Los propios vecinos me contaron que al cabo de unas semanas comprendieron que un céntimo por bidón es mucho más barato que invertir tantas horas en acarrear el agua… y que el tiempo, el dinero y las vidas que se cobran las enfermedades.
¿Cómo sería la vida de Aylito Binayo si no tuviese que ir al río a por agua? En el fondo de una garganta, muy lejos de Foro, hay un pozo. Tiene 120 metros de profundidad. Cuando lo visité no había mucho que ver: un rectángulo de cemento con un bidón boca abajo y una pirámide de espinos alrededor a modo de protección. Pero antes de marzo, un motor bombearía el agua montaña arriba hasta un depósito. La gravedad volvería a hacerla bajar hasta los grifos de las aldeas de la zona, entre ellas Foro, que entonces contaría con dos grifos comunitarios y unas duchas. Si todo salió bien, Binayo tendrá ahora un grifo de agua limpia a tres minutos de casa.
Río de Janeiro: un río con más que agua
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Cuando le pido que imagine esa vida más có­­moda, cierra los ojos y recita una lista de tareas. Irá al campo para ayudar a su marido, recogerá hierba para las cabras, hará la comida para su familia, limpiará la casa, pasará tiempo con sus hijos. «No sé si dará resultado. Estamos en lo alto de la montaña, y el agua está allí abajo –dice–. Pero si funciona, voy a ser feliz, muy feliz.»
Le pregunto qué esperanzas tiene para su fa­­milia, y la modestia de su respuesta me conmueve por completo: resistir la nueva hambruna causada por la sequía, resistir el nuevo brote de enfermedad. Ella no sueña. Nunca ha osado confiar en que un día la vida podría cambiar a mejor, que pudiese existir una espita metálica de la que manase dignidad.
NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegi
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