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lunes, 21 de marzo de 2022

MEDIO AMBIENTE : El tiburón tigre, un depredador clave para el océano

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., el tiburón el depredador más hermoso de la fauna marina, que se ha tejido una historia de ataques al hombre, calificándolo como "monstruo";  que es él mismo hombre quien se ofrece como presa por estar buceando y nadando en forma irresponsable por las zonas frecuentadas por tiburones..."La mayoría de los tiburones de Tiger Beach están acostumbrados a los buceadores, a que los alimenten y a no morder la mano que les da de comer. Pero incluso los que no están habituados a esa rutina, por lo general no representan un peligro para los buzos. El tiburón tigre es un depredador al acecho que se vale del sigilo y del factor sorpresa para atrapar a sus presas. En Tiger Beach nadie nada o rema por la superficie sin pensar, como sucede con la mayoría de las víctimas de un ataque. Aquí desciendes a la profundidad del tiburón, te sitúas a su nivel y te presentas como algo distinto a una presa. Eso hace que bucear con ellos sea razonablemente seguro....." siga leyendo................

Un buzo novato se encuentra cara a cara con los tiburones tigre y descubre la otra faz de estos depredadores marinos.


Acechados por la pesca

Dos anzuelos sobresalen de la boca de un tiburón tigre en aguas de las Bahamas. La pesca del tiburón está prohibida en el archipiélago desde 2011, pero sigue siendo legal en muchos otros lugares.  

Foto: Brian Skerry

02 de marzo de 2022, 09:00 | Actualizado a 


Los tiburones tigre modernos pudieron surgir hace unos 13,8 millones de años, mucho antes de lo que se creía. / © Adobe Stock

La historia fósil de los tiburones modernos se remonta a hace 295 millones de años. Pero no siempre ha sido fácil encontrar restos completos de estos animales. Sus esqueletos, compuestos en su casi totalidad de cartílago, solo se han conservado en circunstancias muy especiales durante el proceso de fosilización.

https://www.agenciasinc.es/Noticias/El-tiburon-tigre-es-mas-antiguo-de-lo-que-se-pensaba


Tiburón tigre con buzo. / © Michael Vogelsang / www.seapicture.de

https://www.agenciasinc.es/Noticias/El-tiburon-tigre-es-mas-antiguo-de-lo-que-se-pensaba


Es uno de los tiburones más grandes del mundo, miembro del orden Carcharhiniformes y de la familia Carcharhinidae. Es el único miembro del género Galeocerdo. Se le conoce también como tigre de mar y tiburón leopardo .

https://www.bioenciclopedia.com/tiburon-tigre/


Tiburón Tigre: Lo más llamativo de este animal son las líneas opacas que atraviesan su dorso y flancos. Son más evidentes en los ejemplares jóvenes, y a ellas se debe su nombre. Tiene una coloración que va del azul hasta el verde, lo que le otorga una gran ventaja al momento de cazar. Gracias a esos tonos puede camuflarse entre las aguas y pasar inadvertido. Su técnica de caza es un ataque sorpresa desde el fondo marino.

https://www.animales.website/tiburon-tigre/


Artículo: Tiburón Tigre.
Descripción: Tiburón de la familia réquiem. El tiburón tigre es un implacable depredador debido a su grande y potente mandíbula dotada de numerosos dientes curvados y en forma de sierra.
Resolución: 1200 x 617 (1200x617 px)       Tamaño: 94 Kb

https://www.areadelfines.com/imagenes-tiburon-tigre-jpg


El tiburón tigre es un depredador que tiene un papel fundamental en el ecosistema, debido a que imposibilita a los animales que pastorean que degraden las praderas submarinas y uniforma la población de otras especies por lo que mantienen un equilibrio.

https://cumbrepuebloscop20.org/animales/tiburon/tigre/


El tiburón tigre (Galeocerdo cuvier) es una especie de elasmobranquio carcarriniforme de la familia Carcharhinidae2​ propio de las aguas templadas y cálidas de todos los océanos. Se trata del único representante vivo del género Galeocerdo.

https://es.wikipedia.org/wiki/Galeocerdo_cuvier


Tiburón tigre en las Bahamas.
https://es.wikipedia.org/wiki/Galeocerdo_cuvier


El tiburón tigre presenta dimorfismo sexual, siendo las hembras más pequeñas (miden unos 4 metros) que los machos (más de 5 metros). De hecho, es uno de los tiburones más grandes existentes por detrás del tiburón ballena (Rhincodon typus), tiburón peregrino (Cetorhinus maximus) y tiburón blanco (Carcharodon carcharias).


Vi Tiburón el verano que se estrenó, en 1975. Tenía nueve años, y aún recuerdo el revuelo que se formó en el cine cuando Brody mata por fin al monstruoso pez. La película me fascinó por completo, y esa noche soñé que salía un tiburón por el retrete de mi casa y me perseguía por el pasillo.

Mi experiencia fue parecida a la que tuvo el resto del mundo. La película nos encantó, y despertó nuestra fobia a los tiburones. Yo crecí en la casa que mis abuelos tenían en la costa de Connecticut, y aunque no dejé de bañarme en el mar, siempre me acompañó el temor difuso de que en cualquier momento una inmensa mandíbula podía agarrarme por la pierna. Mi hermana quedó tan traumatizada que solo se metía en el agua con la marea baja. Poco importaba que desde 1900 solo hubiera habido dos casos de ataque de tiburón en Connecticut. Los hechos nunca son tan determinantes como las sensaciones.


Factor sorpresa

Un buzo vigila de cerca un ejemplar de tiburón tigre en las Bahamas. Pero es posible que la escena no sea tan peligrosa como parece: esta especie utiliza el factor sorpresa para cazar y es muy poco probable que ataque a un buzo que lo está observando.

 Foto: Brian Skerry


Por eso, cuando me encargaron este reportaje, decidí hacer algo que nunca antes había querido hacer: nadar con tiburones. Me apunté a un curso de buceo y me fui a Tiger Beach, un lugar en las Bahamas donde se puede bucear con tiburones tigre; después del gran tiburón blanco, esta es la especie responsable de más ataques a humanos. Allí haría mi primera inmersión tras conseguir la certificación –esto significa que sería la primera vez que buceaba fuera de una piscina–, y sería sin jaula. La mayoría de los que supieron de mi plan pensaron que o bien era muy valiente o bien muy estúpido.

Pero yo solo quería disipar un prejuicio. Las personas que conocen bien a los tiburones son quienes menos los temen, y nadie se acerca más a ellos que un buzo. Los buzos que trabajan en Tiger Beach hablan de los tiburones que hay allí de forma muy afectuosa. Los llaman por su nombre y se entusiasman cuando describen sus particularidades. Para ellos, un tiburón no es más devora hombres de lo que puede ser un perro. (De hecho, está demostrado que lo son mucho menos: en 2015 hubo 34 muertos por ataque de perro en Estados Unidos, pero solo seis en todo el mundo por ataque de tiburón).

Disipar prejuicios no es fácil, pues la realidad no suele ser o blanca o negra, sino con matices. El día antes de mi primera inmersión en Tiger Beach saltó la noticia de que en Hawai un hombre había sido atacado por un tiburón tigre; el animal demostró ser tan perseverante que la víctima solo pudo escapar arrancándole un ojo. El tiburón le destrozó los pies, y tuvieron que am­­putarle uno de ellos. Fue uno de los tres incidentes frente a la costa de Oahu que se produje­ron ese mes y forma parte del inquietante aumento de ataques en los últimos años que ha obligado a Hawai a encargar un estudio sobre los patrones de desplazamiento de los tiburones tigre.


Mandíbulas poderosas

Con una mandíbula y unos dientes diseñados para machacar y cortar objetos duros como el caparazón de una tortuga, un tiburón tigre que se topa con un objeto desconocido (en este caso, la cámara del fotógrafo) puede permitirse morder primero y ver después si es comestible.

 Foto: Brian Skerry


Tiburón, el superdepredador

Conviene recalcar que el tiburón tigre no es importante solo por la cantidad de personas a las que llega a morder. Como superdepredador que es, actúa como una fuerza equilibradora que resulta crucial para los ecosistemas oceánicos, ya que mantiene a raya la conducta de animales como las tortugas marinas. Es esencial para la salud de las praderas submarinas, hábitat de una amplia variedad de formas de vida.

Como superdepredador que es, el tiburón tigre actúa como una fuerza equilibradora que resulta crucial para los ecosistemas oceánicos,

Además, su papel en los ecosistemas oceánicos seguramente será mayor con el cambio climático. Si el planeta y sus océanos continúan calentándose, algunas especies saldrán ganando y otras perdiendo, y es probable que el tiburón tigre sea uno de los vencedores. Le encanta el agua cálida, puede comer casi cualquier cosa y en cada parto tiene muchas crías. (El reducido número de crías en los partos de otras especies las hace especialmente vulnerables a la sobrepesca.) Todas estas características lo convierten en una de las especies de tiburón más resistentes. Además, es de las más grandes: las hembras adultas pueden sobrepasar los 5,50 metros y pesar más de 570 kilos. Así que esta es la explicación más completa de mi incursión en Tiger Beach: quería conocer a los tiburones que posiblemente poblarán cada vez más nuestros mares.


Protector del arrecife

La salud de este arrecife de coral de las Bahamas podría depender de algún modo del tiburón tigre. Unos científicos australianos han averiguado que estos depredadores impiden que los animales que pastan degraden las praderas submarinas.

 Foto: Brian Skerry


Tiger beach, a pesar de su nombre, no es una playa. Es un banco de arena a unos 40 kilómetros al norte de la isla Gran Bahama, un mosaico de arena, praderas submarinas y arrecifes de coral que empezó a atraer a los amantes del buceo hace aproximadamente una década. Es un hábitat óptimo para los tiburones tigre y ofrece unas condiciones ideales para avistarlos. Las aguas, someras, cubren entre 6 y 14 metros, y suelen ser cristalinas. Solo tienes que ponerte un cinturón de lastre, hundirte hasta el fondo y ob­­servar a los tiburones que pasan frente a ti.

Sin embargo, por fácil que sea este tipo de in­­mersión desde el punto de vista técnico, la ma­yoría de los buceadores se lo proponen como un objetivo de futuro. Todos mis compañeros de buceo eran ya expertos, y la mañana de nuestra primera inmersión, durante las dos horas que duró el trayecto en barca hasta el lugar donde nos lanzaríamos, no paraban de decirme que no se creían que fuese la primera vez que buceaba.

Pero todo ese parloteo cesó en cuanto llegamos y los instructores, Vincent y Debra Canabal, empezaron a lanzar por la borda grandes trozos de pescado sanguinolento. Casi inmediatamente el agua se llenó de tiburones de arrecife, decenas de ellos, la mayoría de entre 1,50 y 2 metros de largo, arremolinándose y peleando por la carne. Después aparecieron unos cuantos tiburones galanos, más largos y delgados que los de arrecife, y por fin Vin divisó una inmensa si­­lueta oscura. «¡Tigre!», gritó, apuntando con el dedo. Enseguida se puso el equipo y saltó al agua con una caja llena de caballas para dárselas al tiburón desde el fondo, en parte para mantenerlo ocupado mientras los demás entrábamos en el agua y en parte para asegurarse de que cuando lo hiciéramos el escualo no tuviera demasiada hambre. Hasta aquí todo me había parecido perfecto –los comentarios de los compañeros, los tiburones arremolinándose, mi primer salto al agua–, hasta que de repente llegué al fondo marino y tuve que esquivar al primer tiburón tigre que veía en mi vida: 360 kilos de animal.


En el punto de mira

Los tiburones tigre que se encuentran en las aguas protegidas de las Bahamas están relativamente seguros, pero esta especie rara vez permanece en el mismo lugar durante mucho tiempo. Sus migraciones los sitúan muchas veces en el punto de mira de los pescadores comerciales. Aunque hay más de 70 especies de tiburón en peor situación que ellos, los conservacionistas siguen clasificándolos como especie «casi amenazada».

 Foto: Brian Skerry


Más tarde Debbie describiría aquella escena diciendo que Sophie simplemente estaba siendo curiosa y amigable. «Le has encantado», repetía una y otra vez, refiriéndose a toda la atención que Sophie me había prestado durante la inmersión (la verdad es que la tuve todo el rato encima). Pero en aquel momento yo no estaba seguro de si a Sophie le gustaba como colega o como bocado, y me comporté como un ninja exaltado, agitando frenéticamente la vara de plástico de un metro que sirve para que los tiburones no se acerquen demasiado. Después de ver cómo Vin y Debbie trataban a los tiburones durante las inmersiones de la semana siguiente –los acariciaban después de darles pescado, los guiaban cuidadosamente cuando llegaba el momento de que se fueran– se me hizo más fácil verlos bajo un prisma mucho más benigno. En ningún mo­­mento hicieron ningún gesto repentino o agresivo hacia nadie; se movían lentamente y de manera deliberada, nadando en grandes círculos y luego deslizándose con suavidad hasta alcanzar la caja de la comida. Llegué a sentirme sorprendentemente seguro en su presencia.

La mayoría de los tiburones de Tiger Beach están acostumbrados a los buceadores, a que los alimenten y a no morder la mano que les da de comer. Pero incluso los que no están habituados a esa rutina, por lo general no representan un peligro para los buzos. El tiburón tigre es un depredador al acecho que se vale del sigilo y del factor sorpresa para atrapar a sus presas. En Tiger Beach nadie nada o rema por la superficie sin pensar, como sucede con la mayoría de las víctimas de un ataque. Aquí desciendes a la profundidad del tiburón, te sitúas a su nivel y te presentas como algo distinto a una presa. Eso hace que bucear con ellos sea razonablemente seguro.

Aunque no seguro del todo. Hay vídeos de Ti­­ger Beach en los que queda patente que a veces no se produce una desgracia por los pelos (en uno aparece un tiburón tigre intentando morder a un buzo en la cabeza; en otro, persiguiendo una pierna). En 2014 un buzo desapareció sin dejar rastro. Nuestro grupo se llevó también un buen susto cuando apareció un pez ángel y los tiburones de arrecife y los galanos empezaron a perseguirlo como locos mientras aquel se escabullía entre nuestras piernas. (Yo también tuve mi momento de pánico, cuando trataba de esquivarlos mientras ellos nadaban a toda velocidad a mi alrededor y chocaban con mis piernas.) Todo el mundo, hasta Debbie, pensó que en medio de aquel tornado alguien acabaría recibiendo un mordisco, y que los tres tiburones de 450 kilos que nos rodeaban se habrían interesado entonces por cualquier buzo herido que se agitara.


Nadando en compañía

Un tiburón tigre avanza por encima de un arrecife en el océano Índico seguido de unas rémoras, peces que conservan la energía adhiriéndose al cuerpo de los tiburones y alimentándose de los restos de sus presas y de los parásitos que tienen en la piel.

 Foto: Brian Skerry


El incidente fue fortuito, y al día siguiente vol­víamos a estar en el agua. Pero episodios como este nos recuerdan que los tiburones son animales salvajes, que Tiger Beach es un lugar salvaje y que tanto los animales como los lugares salvajes son impredecibles por naturaleza. Y según los científicos que los estudian, los tiburones tigre son especialmente impredecibles.

Después de Tiger Beach volé a Oahu para encontrarme con Carl Meyer en la Universidad de Hawai y discutir sus investigaciones sobre el reciente repunte de ataques de tiburones tigre. Meyer y su equipo han colocado marcas electrónicas para el seguimiento por satélite y dispo­sitivos de localización acústica a cientos de tiburones tigre. Según Meyer, los movimientos de la mayoría de las especies de tiburón son bastante predecibles: «Durante el día van a un lugar y por la noche, a otro. Pero no vemos que esto ocurra en general entre los tiburones tigre. Pueden presentarse a cualquier hora del día o de la noche, y puede que estén en un lugar un día y regresen el siguiente, o que estén allí un día y luego desaparezcan durante tres años».

Tiburones cazando

Es probable que parte de esa imprevisibilidad se deba a sus hábitos de caza, apunta el cientí­fico. Como depredadores al acecho que son, aprovechan el factor sorpresa para atrapar a sus presas, y «si eres previsible, tus presas pueden adaptarse a esa previsibilidad. Por lo tanto tiene sentido aparecer de pronto en una zona y no quedarse allí demasiado tiempo».

Meyer confiesa no saber por qué los ataques se han intensificado en Hawai en los últimos años, donde han pasado de un promedio anual de menos de cuatro entre 2000 y 2011 hasta casi diez entre 2012 y 2015. Pero anticipa que veremos un aumento en los ataques, que se mantendrá mucho tiempo, debido al creciente número de personas que acuden a las playas hawaianas.

En cuanto a por qué los ataques ocurren sobre todo en otoño, esa es la época en que el tiburón tigre se acerca a las islas principales para parir. Las hembras invierten mucha energía durante la ovulación. Sus huevos son «enormes» y pueden tener hasta 80 crías por parto. Esto podría querer decir –aunque es «una hipótesis no probada en absoluto», advierte– que las hembras preñadas llegan hambrientas a las islas y se convierten en comensales menos exigentes de lo que es habitual en ellas. Otra explicación podría ser que en otoño hay más tiburones en las islas, un patrón que los hawaianos llevan generaciones comprobando (los surfistas llaman al mes de octubre sharktober).

Además del aumento demográfico que registra Hawai, otro posible factor es la proliferación de tortugas marinas. La tortuga verde pasó a estar bajo protección federal en 1978, tras décadas de ser objeto de una intensa explotación comercial por sus huevos y su carne. Desde entonces, su población no ha dejado de aumentar. Ahora son muy comunes frente a la costa de Hawai y forman parte de la dieta habitual del tiburón tigre.


Paraíso para los submarinistas

Un tiburón tigre avanza por el lecho marino en Tiger Beach, un lugar en Las Bahamas muy frecuentado por submaristas.

 Foto: Brian Skerry


Tiburones tigre y tortugas marinas tienen una larga historia compartida. Ambos se remontan a la época de los dinosaurios, y el registro fósil sugiere que posiblemente evolucionaran a la par. Dotado de una mandíbula ancha y unos robustos dientes en ángulo, el tiburón tigre es capaz de aplastar y atravesar el caparazón de una tortuga adulta, algo que la mayoría de los tiburones no puede hacer. Esa recia morfología tal vez explique sus poco selectivos hábitos alimentarios. Neumáticos, placas de matrícula, latas de pintura, animales de granja, munición sin explotar, una armadura… todo eso ha aparecido en los estómagos de estos gigantes marinos, lo que demuestra que están dispuestos a morder cualquier cosa (y por lo visto, sin demasiados efectos adversos). Por tanto, si hay más tortugas marinas compartiendo el agua con más personas, probablemente haya más ataques de tiburón.

Tiburones tigre y tortugas marinas tienen una larga historia compartida.

Pero aquí la historia se complica y trasciende el mero relato de «tiburón ataca a humano», porque la relación entre tiburones tigre y tortugas marinas podría tener importantes implicaciones para la salud de los ecosistemas oceánicos de todo el planeta. En una zona remota de la costa oeste de Australia llamada Shark Bay, un equipo de investigación dirigido por Mike Heithaus, de la Universidad Internacional de Florida, ha documentado la forma en que el tiburón tigre impide que las tortugas marinas y los dugones degraden las praderas submarinas de las cuales depende todo el ecosistema. No es solo que los tiburones se comen a estos animales, sino que su mera presencia afecta la conducta de los otros, creando un «clima de miedo» que los obliga a ser más prudentes cuando pastan para disminuir el riesgo de ser comidos.


Trabajo de campo

Los investigadores sumergen un ejemplar de tiburón tigre en agua de mar para mantenerlo vivo mientras etiquetan al animal para recabar datos científicos.

 Foto: Brian Skerry


Esto significa que proteger a animales como las tortugas marinas sin hacer lo mismo con los depredadores que las mantienen a raya podría conducir a una degradación de los ecosistemas oceánicos. «En los lugares donde se ha reducido la población de tiburones y se ha protegido a las tortugas, como en las Bermudas, parece que se están perdiendo praderas submarinas», apunta Heithaus. En las Bahamas se prohibió la pesca de palangre en 1993 y sus aguas fueron declaradas santuario de tiburones en 2011; gracias a ello, hoy sus ecosistemas marinos están relativamente sanos. Pero en las aguas atlánticas adyacentes, donde se encuentran las islas Bermudas, la protección del tiburón ha sido mucho menor y ahora sufren las consecuencias.

Neil Hammerschlag, ecólogo marino de la Universidad de Miami que estudia al tiburón tigre del Atlántico occidental, afirma que aparentemente las tortugas marinas de la zona no alteran su comportamiento en respuesta a los tiburones tigre, como sí hacen las de Shark Bay, y eso puede deberse a que la po­blación de tiburones tigre del Atlántico ya está significativamente comprometida. «Trabajo en Florida y en las Bahamas, y es como la noche y el día. Vemos enormes diferencias en el tamaño y en la cantidad de tiburones. En las Bahamas prosperan, pero casi nunca los vemos cerca de Florida. Y están a unas 50 millas [80 kilómetros] de distancia.» Florida prohibió la matanza de tiburones tigre en sus aguas en 2012, pero es el único estado de la Costa Este que lo ha hecho, y la ley federal permite que tanto los pescadores comerciales como los deportivos los capturen y maten en aguas estadounidenses, dentro de ciertos límites.


Cría recién nacida

Una cría recién nacida, capturada por unos científicos en Hawai (donde abundan los tiburones tigre), tiene a lo largo del cuerpo las características rayas que dan nombre a su especie. A medida que el tiburón crece, las rayas se van desvaneciendo.

 Foto: Brian Skerry


La película Tiburón

El film es responsable de la mayoría de las amenazas a las que se enfrentan los tiburones –urbanización del litoral, contaminación marina, pesca de palangre, popularidad de la sopa de aleta de tiburón…–, pero sí creó una actitud cultural que ha persistido. Después de Tiburón la gente no solo se volvió paranoica con ese animal; también se hizo cruel, incluso vengativa. En las décadas de 1970 y 1980, los torneos de pesca de tiburón se expandieron como las malas hierbas por la Costa Este de Estados Unidos, y decenas de ellos siguen celebrando el espectáculo del «tiburón monstruo» colgando en el muelle. Asistí a uno de esos torneos el verano pasado, y recuerdo a una mujer con su hijo pequeño, señalando a un marrajo cuyas mandíbulas ensangrentadas estaban abiertas a la fuerza y diciéndole al niño: «¡Oooh, que miedo!», para que él lo repitiera.

Los tiburones pueden darnos verdadero miedo, es cierto. Pero pasé un par de días en la isla de Kauai con Mike Coots, un fotógrafo a quien un tiburón tigre arrancó la pierna derecha mientras practicaba bodyboard en 1997, a los 18 años. No tardó en volver al agua y dice que casi nunca piensa en los tiburones cuando hace surf. «La cultura de Hawai es una cultura marítima –me dijo–. Aquí la gente está en el agua desde que lleva pañales. No tiene miedo a los tiburones.» Quise verificarlo y pregunté a unos niños que jugaban si temían a los tiburones; «no», contestaron, como si fuera la pregunta más estúpida que habían oído en su vida. Tenían más o menos la misma edad que yo cuando vi Tiburón.


Colocación de una cámara submarina

Los científicos normalmente colocan cámaras submarinas (llamadas Crittercam) en los tiburones después de capturarlos e inmovilizarlos. Esta foto recoge la primera vez que el ecólogo Neil Hammerschlag colocó uno de estos dispositivos a un tiburón en libertad, un método que confiere menos estrés a los escualos pero que es potencialmente más peligros para los buzos.

Foto: Brian Skerry

El verano pasado, mientras planificaba mi inmersión en Tiger Beach y la histeria sobre los ataques de tiburón en Carolina del Norte estaba en pleno apogeo, saltó la noticia de que frente a la costa de Carolina del Sur se había pescado un tiburón tigre de 360 kilos. USA Today describió el ejemplar como «monstruoso» y se refirió a los pescadores como «almas valientes». Cuando re­­gresé de Hawai volví a mirar el reportaje. Al ver la imagen del tiburón destripado sobre el muelle, pensé que en su día habría sido del mismo tamaño que Sophie, y las palabras que acudieron a mi mente no fueron para nada las del periódico, ni las que se referían al pobre tiburón ni las que aludían a los hombres que lo habían matado.

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Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

sábado, 13 de octubre de 2018

FOTOS DE ANIMALES.- METEOROLOGÍA .- NATIONAL GEOGRAPHIC .- Animales que predicen el tiempo

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., , la Revista National Geographic, nos informa que los animales predicen el tiempo y son una ayuda invalorable en la meteorología, es secreto es que son sensibles a los cambio del tiempo.
National Geographic. - narra : "Los seres vivos somos especialmente sensibles a los cambios de tiempo: variaciones de presión, temperatura, viento y humedad pueden ser determinantes en el comportamiento humano, pero también en el de ciertas especies animales. Esto se debe a que poseen sentidos más desarrollados que las personas, especialmente a la hora de captar estos cambios atmosféricos...."

https://www.nationalgeographic.com.es/naturaleza/grandes-reportajes/animales-que-predicen-tiempo_13254
Del grillo al tiburón: los seres vivos somos especialmente sensibles a los cambios de tiempo

Los grillos son termómetros
El metabolismo de los grillos es muy sensible a los cambios de temperatura ya que, a diferencia de los mamíferos, estos no son capaces de autorregular su temperatura corporal. Cuando la temperatura ambiente es alta, los chirridos de los grillos aumentan su frecuencia de tal modo que a través de una sencilla formula es posible calcular la temperatura exterior. Simplemente hay que contar el número de cantos por minuto, dividirlo por cinco y restarle nueve. Y ahí esta ¡los grillos son termómetros naturales!
Foto: Gtres

Cuando el grajo vuela bajo…hace un frío del carajo
Uno de los refranes más extendidos hace alusión a esta ave. Cuando llegan las masas de aire frío, esta variación de temperatura hace que aumente su densidad, por lo tanto, a este tipo de animales les cuesta más mantenerse volando y descienden a capas más cercanas al suelo para facilitar su vuelo. Además, las corrientes de aire que les impulsan para volar suelen situarse en las capas más cálidas por lo que es lógico que decidan volar más cerca de la superficie terrestre.
Foto: Gtres

El croar de la rana
Estos anfibios son uno de los animales más sensibles a los cambios de presión atmosférica y por lo tanto capaces de predecir la llegada de la lluvia o una tormenta. ¿Cómo lo hacen? Varían su croar de forma que aumentan su intensidad y modifican su sonido habitual.
Foto: Gtres

Si las vacas ves descansar, cobijo has de buscar
La vaca es, sin duda, el animal “meteorólogo” por excelencia y es que estos animales cambian su comportamiento cuando se avecinan lluvias. Normalmente suelen agruparse y tumbarse en el suelo ya que de este modo conservan mejor el calor corporal y además mantienen el pasto seco bajo ellas.
Foto: Gtres

Insectos que se refugian
El comportamiento de las hormigas es otro indicador de que se avecinan cambios en el tiempo. Cuando se aproxima lluvia, las hormigas vuelven en fila a su hormiguero, donde se cobijan. Además se encargan de proteger su hogar cubriendo la entrada hasta que terminen las lluvias.
Nadar sin tiburones: solo es posible con tormenta
Desde luego que para los animales terrestres es vital detectar los cambios de presión atmosférica, pero para los acuáticos lo son los cambios en la presión hidrostática. Uno de ellos es el tiburón de puntas negras, el cual se traslada hasta aguas más profundas con la llegada de una tormenta.
Foto: Gtres
Mar Gómez. ElTiempo.es
4 de octubre de 2018
Animales que predicen el tiempo
Los seres vivos somos especialmente sensibles a los cambios de tiempo: variaciones de presión, temperatura, viento y humedad pueden ser determinantes en el comportamiento humano, pero también en el de ciertas especies animales. Esto se debe a que poseen sentidos más desarrollados que las personas, especialmente a la hora de captar estos cambios atmosféricos.

Mar Gómez, ElTiempo.es

Oleada de huracanes en septiembre
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Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
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viernes, 1 de septiembre de 2017

MEDIO AMBIENTE : CIENCIA .- NATIONAL GEOGRAPHIC .- El misterioso y temido gran tiburón blanco

 Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., el tiburón que tanto pánico provoca a los humanos, es un ser viviente que supervive en La Tierra, desde más de 400 millones de años y revivió a 6 extinciones masivas; sin embargo es un ser que se necesita para la misma supervivencia de otros seres, convertido en gran depredador, solamente ataca como presas a los animales que no están en condiciones de vivir más por: vejez, enfermedad, heridas incurables y alguna que otra presa vulnerable.
Soy un admirador de esta bestia salvaje, pero sigo creyendo que el tiburón no tiene al hombre como su presa, sino que el hombre con su imprudencia provoca el ataque del tiburón. 
El tiburón ya está en la lista de vulnerables a la extinción, lo que no pudieron las extensiones masivas que atravesó La Tierra, la bestia humana con su voracidad ya extinguió a muchas variedades de tiburón y tiene en su meta al Gran Tiburón Blanco, ojalá los gobiernos con litoral donde abunda todavía esta especie regulen su caza y sea declarado como vulnerable a la probable.e extinción.

http://www.nationalgeographic.com.es/naturaleza/grandes-reportajes/misterioso-temido-gran-tiburon-blanco_10749/7
https://es.wikipedia.org/wiki/Carcharodon_carcharias



La película Tiburón convirtió esta especie en la más famosa del mundo. Entonces, ¿por qué sabemos tan poco de ella?




Mala reputación

Quizá ningún animal suscita en los humanos un pánico tan primario como el tiburón blanco. Este ejemplar volvía una y otra vez para investigar a un buzo metido en una jaula en aguas australianas. De todos modos, los científicos aseguran que las personas suponemos más una amenaza para ellos que ellos para nosotros.
FOTO: BRIAN SKERRY



Unos animales solitarios

Dos tiburones nadan cerca de las islas Neptune en busca de focas y lobos marinos. Los tiburones blancos no viven en grupo, ni tampoco son seres puramente solitarios. En ocasiones se congregan donde hay alimento.
FOTO: BRIAN SKERRY



Recuperación paulatina

El biólogo Greg Skomal intenta grabar un vídeo cerca de una zona popular entre bañistas en Cabo Cod. Por vez primera en la historia moderna el gran blanco ha empezado a volver de forma regular a este lugar de veraneo.
FOTO: BRIAN SKERRY



Veloz como un rayo

Un tiburón blanco avanza como un torpedo en las islas Neptune. Los científicos identifican a estos individuos por las aletas dorsales, por las cicatrices y por la línea irregular que separa la zona dorsal gris de la ventral blanca.
FOTO: BRIAN SKERRY


Al acecho

Un tiburón blanco mira a la cámara situada dentro de una foca señuelo cerca de Cabo Cod. Esta imagen de alta calidad es excepcional; fotografiar un gran blanco en estas aguas es difícil porque a esta especie no le atrae el típico cebo de pescado.
FOTO: BRIAN SKERRY



Paraíso de tiburones

Las cristalinas aguas de las islas Neptune, frente a la costa meridional de Australia, son uno de los mejores lugares del mundo para avistar tiburones blancos. Este ejemplar pasa junto a una raya en un bosque de algas laminarias.
FOTO: BRIAN SKERRY


Ataque a una foca

Un tiburón blanco muerde una foca señuelo frente a Cabo Cod. Los tiburones suelen atacar con cautela, al parecer por temor a que las uñas de las focas los lesionen. A menudo muerden y retroceden para que la presa muera desangrada.
FOTO: BRIAN SKERRY

La película Tiburón convirtió esta especie en la más famosa del mundo. Entonces, ¿por qué sabemos tan poco de ella?

Encontrarse con un tiburón blanco en su medio natural no es como cabría esperar. A primera vista no es la bestia malévola que muestran los documentales. Es corpulento, casi podría decirse que gordo. Su fofa papada y sus flácidos carrillos tiemblan cuando abre la boca, y, al hacerlo, luce una suerte de sonrisa. Visto de lado, este gran depredador es poco más que un bobalicón con la boca medio abierta.
Pero cuando ese bufón submarino se gira para mirarte, entiendes por qué es uno de los animales más temidos de la Tierra. De frente, su cabeza ya no es blanda y laxa, sino que se va es­trechando hasta formar una punta de flecha que dibuja una V siniestra desde sus dos ojos negros. La sonrisa de pasmado desaparece, y lo único que ves son hileras de dientes de cinco centímetros capaces de morder con una fuerza de casi dos toneladas. Poco a poco se te acerca con seguridad. Gira la cabeza, primero a un lado y luego al otro, mientras te evalúa y decide si mereces la pena. Si tienes suerte, se da media vuelta y se desliza perezosamente hacia la oscuridad.
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Hay más de 500 especies de tiburones, pero en la imaginación popular parece que solo haya una. Cuando Pixar necesitaba un villano submarino para su película de animación Buscando a Nemo, no reparó en el afable tiburón nodriza ni en el agresivo tiburón sarda. Ni siquiera en el tiburón tigre, que hubiera sido más apropiado teniendo en cuenta que Nemo vive en un arrecife de coral. No, se fue directo al tiburón blanco, y su colosal sonrisa dentada acabó empapelada en miles de carteleras de todo el mundo.


El gran tiburón blanco es el pez icónico del océano, aunque sabemos muy poco de él, y gran parte de lo que creemos saber sencillamente no es verdad. Los tiburones blancos no son cazadores despiadados (sus ataques son más bien cautelosos), ni siempre son solitarios, y tal vez sean más inteligentes de lo que creían los expertos.


No sabemos con certeza cuánto tiempo viven, durante cuántos meses gestan ni cuándo alcanzan la madurez


No sabemos con certeza cuánto tiempo viven, durante cuántos meses gestan ni cuándo alcanzan la madurez. Nadie los ha visto aparearse ni parir. Ignoramos cuántos ejemplares hay y dónde pasan la mayor parte de su vida. Si hubiera un animal terrestre del tamaño de un camión cazando por las costas de California, Sudáfrica y Australia, los científicos averiguarían hasta el último detalle de sus hábitos de apareamiento, sus migraciones y su comportamiento, pues po­drían observarlo en zoos, centros de investigación o incluso en circos. Pero en el agua las reglas son muy distintas. El tiburón blanco aparece y desaparece cuando quiere, haciendo que sea prácticamente imposible seguirlo en las profundidades marinas. Se niega a vivir tras un cristal; algunos ejemplares en cautividad han muerto de hambre deliberadamente o se golpeaban la cabeza contra las paredes. (Varios acuarios han acabado soltándolos, por su propia seguridad o porque atacaban a sus compañeros de tanque.)


Y sin embargo es posible que los científicos estén a punto de resolver dos de los misterios más frustrantes sobre esta especie: cuántos hay y adónde van. Resolver estas incógnitas podría ser vital para decidir cómo protegernos de ellos y cómo protegerlos a ellos de nosotros. Cuando podamos ver al tiburón blanco desde todos los ángulos, ¿se merecerá el asesino más temido del mundo nuestro miedo o nuestra compasión?
Frente a la punta meridional de Cabo Cod, en Massachusetts, se encuentra un barco pesquero de siete metros de eslora. Los pasajeros –tres científicos, dos clientes, dos periodistas y el capitán– se apoltronan en los asientos y miran a lo lejos, hacia Nantucket. Hace una espléndida tarde de verano. La voz de un piloto avistador que sobrevuela a 300 metros de altura irrumpe por la radio: «¡Hay un tiburón absolutamente bestial ahí, hacia el sur!».
Greg Skomal, biólogo marino especializado en pesquerías, se anima. Está de pie a metro y medio de la proa sobre una pasarela que recuerda al tablón de un barco pirata. Si fuera una película de Hollywood, tendría un arpón y una pata de palo. En lugar de eso, lleva una cámara GoPro sujeta a una vara de tres metros.
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Con anterioridad a 2004 no se conocen apenas avistamientos de tiburón blanco frente a la Costa Este de Estados Unidos. De vez en cuando aparecía uno cerca de una playa o en una red de pesca, pero se consideraba una anomalía. En el resto del mundo esta especie se congrega estacionalmente en cinco «centros de actividad», entre ellos la costa de California hasta Baja California, en México, y los litorales meridionales de Sudáfrica y de Australia, donde se alimenta de pinnípedos. Pero la Costa Este no es uno de esos territorios, ni tampoco alberga demasiadas focas. Los tiburones que se habían visto allí se consideraban ejemplares errantes sin hogar. Entonces, en 2004, una hembra solitaria se internó en las ensenadas someras y los bajíos cerca de Woods Hole, Massachusetts.
Para Skomal, que llevaba 20 años marcando a otros tiburones, era una oportunidad única. «Pensé que era un golpe de suerte, y que no volvería a ocurrir jamás», explica con una sonrisa. Durante las dos semanas siguientes el biólogo pesquero y sus colegas siguieron al animal, al que apodaron Gretel por el personaje del cuento, y le colocaron una marca electrónica de seguimiento. Rastrear un tiburón blanco por el Atlántico ofrecía la posibilidad de resolver muchas incógnitas. Desgraciadamente, a los 45 minutos la marca de Gretel falló y se desprendió. «Pasé de un estado de suprema excitación a deprimirme profundamente, porque estaba convencido de que era la única ocasión que tendría de estudiar a un gran blanco», recuerda Skomal.
No fue así. Durante los siguientes años Skomal se preguntó a menudo si Gretel estaba ahí sola. Un día de septiembre de 2009 todo cambió. Un piloto avistó cinco tiburones blancos frente al cabo. Ese fin de semana Skomal los marcó a todos. «Me volví loco. Tenía la adrenalina a tope.»

Tiburones blancos en la costa de California

Desde entonces los tiburones blancos han vuelto cada verano, por lo que algunos consideran Cabo Cod como el sexto centro de actividad. ¿Cuántos tiburones blancos hay allí? Para averiguarlo volvamos al centro de actividad que se extiende por la costa californiana hasta Baja California. El esfuerzo por hacer un recuento de tiburones fue impulsado a mediados de la década de 1980 por un experto en aves marinas, Scot Anderson, cuando trabajaba como voluntario en una isla al oeste de San Francisco. Él y otros han rastreado los escualos, primero a simple vista, luego con dispositivos acústicos y más recientemente vía satélite. Durante los últimos 30 años, diversos equipos han recopilado miles de observaciones de tiburones concretos, a los que reconocen por la forma y las marcas de sus aletas dorsales, o basándose en la característica línea que separa la parte dorsal gris de su cuerpo de la ventral blanca. Los científicos saben dónde se congregan y cómo se alimentan. Y cada año, la mayoría de los ejemplares que avistan son los mismos de años anteriores.

Esto los llevó a plantearse una pregunta intrigante: si tuviéramos suficientes observaciones, ¿podríamos utilizar los tiburones que vemos para calcular cuántos hay que no vemos? En 2011, un equipo en California hizo precisamente eso y concluyó que solo había 219 ejemplares adultos en la región de ese estado que alberga más tiburones. Incluso para un superdepredador, por lo general menos abundante que sus presas, es una cantidad muy reducida. El estudio fue muy chocante para el público y muchos expertos lo rechazaron de inmediato.
Evidentemente, resulta mucho más complicado contar tiburones blancos que contar animales terrestres o incluso mamíferos marinos. Por eso los investigadores hacen suposiciones generalizadas sobre los desplazamientos de los escualos y luego hacen una extrapolación. En California, el mayor supuesto fue que unas po­cas áreas de alimentación eran representativas de todo el centro de actividad. Otros equipos barajaron los mismos datos partiendo de su­­puestos distintos, y un estudio estimó que había aproximadamente 10 veces más tiburones que en el cálculo anterior. (La cifra aumentó porque añadieron los ejemplares juveniles, excluidos en el primer cálculo por el escaso conocimiento que se tiene de ellos.) Pronto los científicos em­­pezaron a cuantificar los tiburones blancos de los demás centros de actividad. Un equipo de Sudáfrica calculó que allí la población rondaba los 900 individuos, mientras que otro fijó la población de tiburones en la mexicana isla Guadalupe, que forma parte del centro de actividad californiano, en solo unos 120.

¿Está en decadencia el tiburón blanco?

¿Son estas cifras altas o bajas? ¿Está el tiburón blanco en auge o en decadencia? En el mundo hay unos 4.000 tigres y unos 25.000 leones. Basándonos en las estimaciones más bajas, la cantidad de tiburones blancos se parece a la de los tigres, una especie en peligro. Si en cambio usamos la estimación más alta, la población se acerca más a la de los leones, clasificados como vulnerables. Según varios expertos, el tiburón blanco está al borde de la extinción; otros ven una tendencia positiva en su evolución. Algunos dicen que el aumento de pinnípedos es una señal de que el gran blanco casi ha desaparecido, mientras que otros sostienen que más pinnípedos significa más tiburones. Aaron MacNeil, un estadístico australiano que trabaja con datos de tiburones, afirma que la aparición de escualos alrededor de Cabo Cod y el aumento de actividad en el hemisferio Sur sugieren lo último. «No he visto ningún indicio en la última década de que el tiburón blanco esté en declive –dice MacNeil–. Sí, históricamente hay una merma de ejemplares. Pero la realidad no es que se estén extinguiendo, sino que seguramente están aumentando muy, muy lentamente.»

Hay razones para la esperanza. Muy pocos pescadores, si es que hay alguno, persiguen hoy al gran tiburón blanco, aunque a pesar de eso
la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas lo incluye en el Apéndice II porque muchos pescadores lo capturan involuntariamente. Dada la escasez de ejemplares, incluso las capturas accidentales pueden perjudicar a la especie. Una especie que, como superdepredador que es, desempeña un papel ecológico muy importante en los océanos.

Para saber si el gran tiburón blanco necesita o no nuestra protección, debemos conocer no solo cuántos ejemplares hay, sino también adónde van. Sus migraciones no son ordenadas como las de un ave, sino caóticas. Algunos se acercan mucho a la costa, otros nadan en zigzag cientos de kilómetros mar adentro. Mu­chos parecen desplazarse estacionalmente entre aguas cálidas y frías. Y las rutas que siguen parecen ser distintas para machos, hembras y juveniles.
Para saber si el gran tiburón blanco necesita o no nuestra protección, debemos conocer no solo cuántos ejemplares hay, sino también adónde van.


Actualmente, gracias a las marcas electrónicas de larga duración y alcance que permiten el seguimiento vía satélite, los investigadores están por fin clarificando algo sobre el tema. Durante años han observado que los tiburones blancos adultos de California y México se alejan de la costa a finales de otoño. Ahora ya saben adónde se dirigen: a las aguas profundas en medio del océano Pacífico. Las razones por las cuales se reúnen en esa zona, conocida como «el Café del tiburón blanco», siguen siendo poco claras. «Se van a lo que algunos llaman el desierto del océano –dice Salvador Jorgensen, un biólogo que estudia los factores que determinan la migración del tiburón blanco y su ecología–. ¿Qué es lo que hacen ahí?»
Una posible respuesta es el apareamiento, lo cual también explicaría por qué es algo que nunca se ha podido observar. La zona tiene aproximadamente el mismo tamaño que California, y su profundidad es de miles de metros, lo que hace muy difícil rastrear allí a los tiburones. Pero las marcas de seguimiento por satélite indican que las hembras nadan en movimientos rectos y predecibles, mientras que los machos van de arriba abajo a lo largo de la columna de agua, quizás en busca de pareja. De este modo va to­mando forma un boceto aproximado de la vida de los tiburones blancos de California. Tras pasar el verano y el otoño atiborrándose de focas y lobos y elefantes marinos, nadan a las profundidades del océano para reproducirse, donde sobreviven gracias a sus reservas de energía.
Después los machos vuelven a la costa, mientras que las hembras se trasladan a paraderos desco­nocidos, donde permanecen durante un año más, quizá para dar a luz. Los recién nacidos aparecen después en las áreas de alimentación –es decir, en las aguas que hay frente al sur de California–, devorando peces hasta que son lo bastante grandes como para reunirse con los adultos, en el norte o el sur, y cazar pinnípedos.
El retrato no está completo –machos y hembras no pasan mucho tiempo juntos en el «Café», y todavía no se sabe dónde nacen las crías–, pero explica muchas cosas. Por ejemplo, cuando una población se recupera, la cantidad de ejemplares jóvenes aumenta, lo cual explicaría por qué cada vez se avistan más tiburones en el sur de California. Pero determinar qué ocurre en otras zonas del planeta es más difícil. Los tiburones australianos buscan comida a lo largo de la costa meridional, pero no parecen seguir un patrón de conducta ni tener un «Café». Y nuestro desconocimiento es aún mayor en el Atlántico. «Hay tiburones errantes y tiburones litorales. Y no sé por qué es así», reconoce Skomal.
Aunque aún no comprende las migraciones, Skomal está seguro de que el tiburón blanco tiene una larga historia en Nueva Inglaterra. En su despacho al oeste de Cabo Cod, abre un documento que recopila estudios sobre huesos de foca hallados en yacimientos arqueológicos de los nativos americanos a lo largo del litoral oriental. Esos restos sugieren que la población de focas cayó en picado debido al exceso de caza, quizás un siglo antes de la Declaración de Independencia. En otras palabras, ha habido muy pocas focas grises durante los 240 años de historia estadounidense. Hoy, gracias a la Ley de Protección de Mamíferos Marinos, las colonias de focas pueblan Nueva Inglaterra. Y, al haber regresado las focas, también lo han hecho los tiburones.
Una soleada mañana de agosto subo a una avioneta biplaza con Wayne Davis, un veterano piloto avistador de atún rojo y pez espada que ahora ayuda a los científicos a localizar tiburones blancos. En solo 30 minutos de vuelo avistamos siete ejemplares rondando las playas donde las focas grises buscan comida en aguas abiertas. De regreso sobrevolamos varias playas a un kilómetro y medio al norte llenas de veraneantes.
Los ataques a humanos son muy raros. En California, la probabilidad de que un surfista sea atacado por un tiburón blanco es de una entre 17 millones


Por el momento la población local ha acogido bien a sus nuevos vecinos. Se ven animales de peluche, camisetas, pósters… incluso el insti­tuto local ha adoptado al gran blanco como mascota. En casi todos los casos los tiburones aparecen de lado –con aspecto alegre, casi bufonesco–. Pero los expertos advierten que, en cualquier momento, alguien se topará aquí con la otra versión, la que enseña todos los dientes.
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Los ataques a humanos son muy raros. En California, la probabilidad de que un surfista sea atacado por un tiburón blanco es de una entre 17 millones; los ataques a nadadores son aún menos frecuentes: uno entre 738 millones de visitas a la playa, según un estudio reciente. Pero en Cabo Cod puede que no sea una cuestión de si va a haber víctimas, sino de cuándo. El último ataque letal en el litoral de Nueva Inglaterra fue en 1936, pero últimamente ha habido varios casos que por poco no han acabado en desgracia. En 2012 un nadador fue mordido en ambas piernas, y en 2014 dos remeros fueron lanzados de su kayak, aunque escaparon ilesos.
Si se produce un ataque más serio, Massachusetts se unirá a los demás centros de actividad y se verá obligado a sopesar los beneficios y los peligros de albergar tiburones en sus aguas.
Es posible que el gran tiburón blanco se esté recuperando en todo el mundo: siguiendo la estela del crecimiento de las poblaciones de focas, lobos marinos y leones marinos, restableciéndose en sus antiguas zonas de caza y reclamando las costas que casi había perdido. Por otro lado, también es posible que esté al borde de la extinción. ¿Seremos capaces de sobreponernos al miedo y tender una mano a esta criatura? ¿Podremos apiadarnos de los ojos despiadados de un monstruo?
NATIONAL GEOGRAPHIC.
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

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