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sábado, 6 de mayo de 2023

UNA CIUDAD LLENA DE PLACERES Y PELIGROS: Así era la Roma imperial: un paseo por la ciudad eterna

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., Roma la ciudad eterna, fue y siguió siendo la ciudad más bella de Europa, vamos imaginarnos en el año 300 d.C., con 700,000 habitantes; quienes visitaban la ciudad no dejaban escapar la ocasión para tomar un baño en las termas de Caracalla, ver una carrera de cuadrigas en el Circo Máximo o ir de compras en los bien surtidos mercados de Trajano, o asistir al Coliseo Romano a divertirse en las peleas los gladiadores...."Los viajeros accedían a Roma a través de diecisiete puertas abiertas en la muralla que Aureliano había mandado construir en el año 271 d.C. para proteger la capital de las incursiones bárbaras. Una de las más frecuentadas era la Porta Ostiensis. Quienes viajaban por mar desembarcaban en Ostia (Roma tenía un puerto fluvial, pero allí solo se transportaban mercancías), donde tomaban un carro de pasajeros tirado por mulas, la cisia, que los acercaba a la capital por la vía Ostiense en menos de dos horas. En el trayecto en carro se alcanzaban a ver las salinas del Tíber y los cientos de esclavos y bueyes que servían para arrastrar río arriba las pequeñas naves cargadas con los productos necesarios para abastecer las necesidades de una ciudad densamente poblada...."  ... siga leyendo...................

En torno al año 300 d.C., quienes visitaban Roma no dejaban escapar la ocasión para tomar un baño en las termas de Caracalla, ver una carrera de cuadrigas en el circo Máximo o ir de compras por los bien surtidos mercados de Trajano.


Vista del Foro de Roma desde el Palatino. Al fondo, la basílica de Majencio.

iStock

Actualizado a 

Hacia el año 300 d.C., aunque ya mostraba signos de decadencia, Roma seguía siendo la ciudad más poblada del Mediterráneo, con unos 700.000 habitantes, y concentraba en el interior de sus murallas los principales núcleos administrativos y comerciales del Imperio.

Ciudadanos de todo el mundo acudían a la metrópoli para resolver asuntos judiciales, para establecer contactos comerciales o, simplemente, para admirar sus sofisticadas infraestructuras y los magníficos monumentos de un pasado glorioso.


LA LLEGADA A LA URBE

Los viajeros accedían a Roma a través de diecisiete puertas abiertas en la muralla que Aureliano había mandado construir en el año 271 d.C. para proteger la capital de las incursiones bárbaras. Una de las más frecuentadas era la Porta Ostiensis. Quienes viajaban por mar desembarcaban en Ostia (Roma tenía un puerto fluvial, pero allí solo se transportaban mercancías), donde tomaban un carro de pasajeros tirado por mulas, la cisia, que los acercaba a la capital por la vía Ostiense en menos de dos horas. En el trayecto en carro se alcanzaban a ver las salinas del Tíber y los cientos de esclavos y bueyes que servían para arrastrar río arriba las pequeñas naves cargadas con los productos necesarios para abastecer las necesidades de una ciudad densamente poblada. 

Quienes viajaban por mar desembarcaban en Ostia, donde tomaban un carro de pasajeros tirado por mulas que los acercaba a la capital por la vía Ostiense.


Pirámide de Cayo Cestio, en Roma.

Livioandronico 2013 (CC BY-SA 4.0)

Conforme el viajero se acercaba a la ciudad podía ver las numerosas tumbas situadas a ambos lados de la vía y tal vez tropezaba con algún cortejo fúnebre, precedido por flautistas y plañideras, que guiaba al difunto y a sus familiares y amigos hasta el sepulcro. Sin duda, no dejaría de fijarse en una tumba en forma de pirámide erigida por un liberto adinerado del siglo I a.C., justo al lado de la puerta. Allí mismo dejaría el carro en la estación de cambio (mutatio) cercana a la puerta de la muralla, en la que se podía dar de beber y de comer a los animales antes de emprender el camino de regreso con nuevos pasajeros, y acto seguido se adentraba en la bulliciosa metrópoli.

EL PUERTO FLUVIAL

Antes de empezar a callejear, si lo requería, el viajero podía aliviarse en los retretes públicos, letrinas situadas junto a la puerta de la muralla y comer algo en alguna de las numerosas posadas (llamadas cauponae o tabernae) que ofrecían raciones de jamón, queso, aceitunas y vino. Desde la puerta tenía la opción de tomar un camino por la izquierda que lo llevaba al puerto fluvial de Roma, el llamado Emporium, donde se alzaban los inmensos graneros de la Marmorata. El ambiente allí era de ajetreo incesante.

El viajero podía comer algo en alguna de las numerosas posadas que ofrecían raciones de jamón, queso, aceitunas y vino.


Interior del panteón de Roma, con su gran cúpula, obra del arquitecto Apolodoro de Damasco.

iStock

Elio Arístides, un retórico griego del siglo II d.C., afirmaba en su Elogio de Roma que en el puerto del Tíber "confluye de cada tierra y de cada mar lo que generan las estaciones y producen las diversas regiones, ríos, lagos y las artes de los griegos y de los bárbaros. Si uno quiere observar todas estas cosas, tiene que ir a verlas viajando por todo el mundo conocido o venir a esta ciudad, pues cuanto nace y se produce en cada pueblo es imposible que no se encuentre siempre aquí y en abundancia".

En efecto, al puerto fluvial de Roma llegaban cargamentos de la India y de Arabia, tejidos babilonios, adornos de las regiones bárbaras, mármoles griegos y africanos, aceite hispano y, principalmente, toneladas de trigo de Sicilia y de Egipto, que se depositaban en los almacenes del puerto, los horrea. La mayor parte de ese trigo se distribuía después gratuitamente por las panaderías industriales diseminadas por la ciudad para asegurar el pan a los más pobres.

para saber más

Cuadro pintado en el año 1889 por Edwin Lord Weekss en el que puede verse un mercado en la India.

MUZIRIS, PUERTO COMERCIAL Y COLONIA ROMANA EN LA INDIA

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DEL MONTE TESTACCIO AL AVENTINO

Cerca del puerto había numerosos hornos de pan (Forum Pistorium) así como dos grandes mercados: uno de frutas y verduras (Forum Holitorium) y otro de carne (Forum Boarium). Las ánforas en las que llegaban envasados el aceite y el vino, una vez vaciadas se rompían y se tiraban a un depósito al sur del puerto fluvial, que terminó convirtiéndose en una colina artificial de treinta metros de altura y de un kilómetro de circunferencia, conocida hoy como el monte Testaccio. Si el viajero deseaba evitar el jaleo del puerto, podía, desde la puerta Ostiense, emprender la subida al monte siguiendo el camino denominado ventino vicus portae Radusculanae.

Las ánforas vacías se tiraban a un depósito al sur del puerto fluvial que terminó convirtiéndose en una colina artificial de treinta metros de altura.


Imagen aérea del Coliseo romano construido entre los años 72 y 80 d.C.

Foto: iStock


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Por su parte, el Aventino era una de las zonas más venerables de Roma. Allí se había alzado la acrópolis desde la que la plebe romana se había enfrentado a los patricios y que había albergado numerosos templos. Hacia 300 d.C. estos se hallaban ya deteriorados, como el templo de Diana –copia del Artemision de Éfeso– y los santuarios de Ceres, Libero y Libera. Cercanos a estos, en los últimos tiempos habían surgido templos dedicados a dioses orientales, como Júpiter Doliqueno, Mitra e Isis.

Las casas populares que cubrían el monte antiguamente habían sido sustituidas paulatinamente por refinadas residencias aristocráticas, que gozaban de una ubicación excelente, cercana al centro neurálgico de la ciudad y con vistas incomparables sobre Roma. No era de extrañar que en un lugar tan privilegiado hubieran tenido su residencia personajes como Augusto, Trajano y Adriano antes de ser nombrados emperadores.

para saber más

Vista del Foro romano.

EL FORO DE ROMA

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UNA TARDE EN EL CIRCO

En la ruta hacia el circo Máximo, el camino pasaba por los aledaños de dos termas privadas de lujo, las Suranae y las Decianae, y de las termas públicas construidas por el emperador Caracalla, que podían acoger a 1.600 bañistas por turno y en torno a 8.000 personas al día. Las termas de Caracalla no eran tan grandes como las establecidas por el emperador Diocleciano al norte de la ciudad, entre los barrios del Quirinal, el Viminal y el Esquilino, pero ofrecían igualmente magníficas piscinas de agua caliente y fría y pórticos y jardines en los que se podían contemplar bellas esculturas y asistir a conciertos y recitales poéticos.


Detalle de las termas construidas por el emperador Caracalla en Roma.

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Continuando el paseo hacia el norte se llegaba al circo Máximo, el mayor edificio de espectáculos con el que contó Roma. Fundado en el siglo VI a.C., fue objeto de continuas restauraciones y ampliaciones hasta dar acogida a nada menos que 385.000 espectadores. En él se desarrollaban principalmente carreras de caballos al menos una vez a la semana. Asistir a uno de los ludi circenses resultaba una experiencia inolvidable. Según recordaba el obispo cristiano Juan Crisóstomo: " El edificio se llena hasta las últimas gradas. Las caras son tan numerosas que el corredor superior y el techo mismo quedan escondidos por la masa de espectadores y no se ven ni ladrillos ni piedras, sino que todo es rostros y cuerpos humanos (venationes)".

El circo Máximo era el mayor edificio de espectáculos con el que contó Roma. Podía acoger  a nada menos que 385.000 espectadores.


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Eran frecuentes, además, las representaciones teatrales en el teatro de Marcelo y, solo diez días al año, los cuestores de la ciudad pagaban juegos gladiatorios y cacerías, que tenían lugar en el anfiteatro Flavio, el Coliseo. Hay que tener presente que en el siglo IV había 177 días festivos en el calendario romano, aunque el pueblo solo abandonaba sus ocupaciones para ir a los espectáculos durante algunas horas.

para saber más

Coliseo de Roma

GLADIADORES, COMBATES A MUERTE EN EL ANFITEATRO

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EL AJETREO DEL FORO

Desde el Coliseo, el viajero se vería sin duda arrastrado hacia la zona de los foros, tanto el de época republicana como los adyacentes construidos por Julio César, Augusto, Vesapasiano, Nerva y Trajano. Esta era sin duda la zona más concurrida y bulliciosa de la ciudad. En el Foro romano, en particular, se podía encontrar todo tipo de personas dedicadas a los oficios más diversos, no siempre respetables. El comediógrafo Plauto había descrito así el ambiente del Foro: "Los maridos ricos y los derrochones se pueden buscar en los alrededores de la basílica; allí también están las mujeres de mala vida y los negociantes sin escrúpulos […]. En la parte más baja del Foro pasean las personas honestas y los ricos, y en el centro, los fanfarrones. Bajo los viejos talleres, están los usureros. En el vicus Tuscus se encuentran los hombres que comercian con su cuerpo; en el Velabro, el panadero, el carnicero, el arúspice [adivino], los embrollones…".



Vista nocturna del Foro romano. En primer término, el templo de Saturno.

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Por encima de las voces de todos ellos se podía oír al pregonero anunciando los espectáculos patrocinados por los ricos o a algún orador que pronunciaba sobre la nueva tribuna el elogio fúnebre de un difunto, acompañado por el clamor de tubas y cuernos; e incluso podían aparecer los senadores reunidos sobre las escalinatas de alguno de los templos de la plaza. Como apuntaba Plauto, por la noche, después de que las tiendas, los talleres y las oficinas de la administración pública hubieran cerrado, el Foro se convertía en lugar de encuentro para la prostitución, tanto masculina como femenina, aunque existían también prostíbulos (lupanares) repartidos por toda la ciudad.

Por la noche, el Foro se convertía en lugar de encuentro para la prostitución, tanto masculina como femenina.


Panorámica de los Mercados de Trajano, en Roma.

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Si el forastero que visitaba Roma quería ir de compras, lo primero que tenía que hacer era cambiar moneda en el puesto de un banquero, que solía encontrarse en el centro de los mercados permanentes (macella). Después podía adquirir productos de mayor calidad en las tiendas cercanas al Foro o en las instaladas dentro de los mercados de Trajano, el mayor centro comercial de Roma, o bien buscarlos a bajo precio en los puestos ambulantes de los mercadillos que se organizaban en los barrios cada nueve días (nundinae).

para saber más

Relieve de un sarcófago romano que representa a una pareja viajando en un carruaje.

IMPOSIBLE PEGAR OJO: LA AGITADA VIDA NOCTURNA EN LA ANTIGUA ROMA

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BARRIOS BULLICIOSOS

Separado del foro de Augusto por un alto muro de piedra, que servía también de cortafuegos, se encontraba el barrio de la Subura, famoso como centro de prostitución. La calle que atravesaba el barrio, el clivus suburanus, era una áspera vía siempre interrumpida por el lento paseo de las recuas de mulas, según describe Marcial, con el empedrado sucio y mojado por el agua de la fuente de Orfeo. Más allá de aquella fuente comenzaba un barrio de fastuosas mansiones dotadas de grandes peristilos internos, como la que habitó Plinio el Joven. Con la Subura colindaba por el noreste el Sambucus, un barrio popular de callejones tortuosos e irregulares y de casas rústicas, dotadas de pequeños postigos, corrales y huertos, donde los vecinos se despertaban cada mañana con el canto de los gallos.

La calle que atravesaba el barrio de la Subura, el clivus suburanus, era una áspera vía siempre interrumpida por el lento paseo de las recuas de mulas.


La Vía Apia fue una de las calzadas más importantes de la antigua Roma.

Foto: iStock

Paseando por aquellos barrios, el viajero podía tener la falsa sensación de estar en un pueblo. Pero si dirigía sus pasos hacia la vía Flaminia, que partía desde el Foro hacia el norte de Roma, encontraría un panorama de grandes bloques de apartamentos (insulae), de entre tres y ocho plantas. Las vertiginosas torres de viviendas que "parecían alcanzar las nubes", según describen los poetas romanos, eran grandes moles de ladrillo organizadas en torno a un patio de luz interno, con accesos y escaleras colocados en diversos lados y dotados de amplios balcones.

En cada esquina del edificio había una fuente y a lo largo de la calle se levantaba un amplio porticado, sobre el que se abrían diferentes negocios en los que vivían hacinados los esclavos que los gestionaban. Los mejores apartamentos estaban en los pisos bajos, mientras que los más pequeños y peor ventilados ocupaban los pisos más altos.

para saber más

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EL ALQUILER EN LA ANTIGUA ROMA: CARO Y SIN COMODIDADES

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UN LUGAR PARA PASAR LA NOCHE

Pasada la jornada en medio del bullicio de la gente, el ruido de los carros, las continuas y repetitivas cantinelas de los vendedores o los malos olores de las lavanderías y los mercados, llegaba el momento de buscar alojamiento para la noche. Lo más habitual era alojarse en casa de un ciudadano con el que la familia tenía un pacto de hospitalidad, el cual se demostraba mediante una tessera hospitalis, un objeto, normalmente en bronce, compuesto por dos partes que encajaban entre sí.

Para pasar la noche lo más habitual era alojarse en casa de un ciudadano con el que la familia tenía un pacto de hospitalidad.

Según las normas de hospitalidad, el anfitrión debía recibir a su huésped, hacer un sacrificio en su nombre, prepararle un baño, servirle una buena cena, darle conversación, ofrecerle una cama cómoda y colmarlo de regalos a su partida. Pero si no era así, había que conformarse con un camastro en el piso superior de una caupona, un bar normalmente mugriento y oscuro, en donde se daban cita borrachos, jugadores y prostitutas.


NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

viernes, 16 de agosto de 2019

IMPERIO ROMANO : TRAJANO.- NATIONAL GEOGRAPHIC .- Centuriones, los héroes de Roma

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG.., el éxito de las guerras de expansión y conquista del Imperio Romano, se debieron a que dentro de sus ejércitos totalmente estructurados para la pelea victoriosa; eran  un conjunto de jefes y jerarquías internas donde brillaron los Centuriones, que por su preparación militar eran hombres de dureza y eran los primeros en atacar al enemigo y enfrentar a la muerte cuando el enemigo no daban cuartel.
La estructura militar del Imperio Romano, combatía así: legión se dividía en diez cohortes, cada una de ellas comandada por un prefecto. A su vez, cada cohorte estaba dividida en tres manípulos. Por último, cada manípulo estaba integrado por dos centurias, cada una de ellas mandada por un centurión.
NATIONAL GEOGRAPHIC .- narra sobre los Centuriones: " Los centuriones mantenían su posición hasta el final, de ahí su elevadísimo número de bajas en combate. César, en los relatos de sus campañas, recoge numerosos ejemplos del valor de estos oficiales. Así, menciona la situación crítica de la XII legión en la batalla del Sambre (57a.C.), librada contra los belgas: los seis centuriones y el portaestandarte de la IV cohorte habían muerto, mientras que los centuriones de las otras cohortes estaban casi todos heridos o muertos. En el choque de Dirraquio contra los pompeyanos (48 a.C.) perecieron en un mismo día 32 centuriones de la legión IX, la mitad de los de esta unidad. En la batalla de Farsalia, también contra los pompeyanos (48 a.C.), murieron en total 31 centuriones, mientras que sólo cayeron 200 soldados, lo que da idea de la combatividad y el valor de estos militares...."

https://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/centuriones-heroes-roma_12282

Trataban con dureza a sus hombres, pero eran los primeros en atacar, y también en enfrentarse a la muerte cuando el enemigo no daba cuartel. En estos soldados descansaba el poder militar de Roma

Las insignias de los valientes
En 1858 se hallaron en Lauersfort (Alemania) las condecoraciones discoidales de un centurión, las faleras, hechas en bronce y plata. Se reprodujeron en este relieve, conservado en el Museo de la Civilización Romana, en Roma.
Foto: Dea / Album

La base de una legión
Abajo, moneda de oro acuñada por Julio César con la representación de un campamento. La construcción del centro representa esquemáticamente el pretorio o edificio de gobierno. En las narraciones de sus campañas, César traza un retrato muy favorable de los centuriones por su valor y su disciplina. 
Foto: Dea / Album

El fin del templo de Jerusalén
En el verano del año 70 d.C., las legiones romanas toman Jerusalén y arrasan la ciudad y el Templo, destruido ya para siempre. Durante la guerra del emperador Vespasiano contra los judíos, los centuriones protagonizaron múltiples hechos de armas. Óleo por Francesco Hayez. Siglo XIX.
Foto: Akg / Album

El filo de la guerra
Arriba, reproducción del armamento de un centurión en el Museo de la Civilización Romana, en Roma. Los centuriones llevaban en el costado izquierdo una espada como éstas, y un puñal en el derecho.
Foto: Scala, Firenze

Un centurión, con cimera negra, lucha con sus hombres contra el enemigo durante las guerras dacias. 101-107 d.C.
La estructura de la legión
La legión se dividía en diez cohortes, cada una de ellas comandada por un prefecto. A su vez, cada cohorte estaba dividida en tres manípulos. Por último, cada manípulo estaba integrado por dos centurias, cada una de ellas mandada por un centurión.
Foto: Akg / Album

La estela de Tito Calidio
La lápida sepulcral de este centurión se halló en Carnuntum, un campamento romano fundado por Augusto a orillas del Danubio y a 32 kilómetros al este de Viena. Museo de Historia del Arte, Viena.
Foto: E. Lessing / Album

La rendición de Vercingétorix
Con la capitulación del jefe arverno ante César terminó la guerra de las Galias, en el año 52 a.C. Óleo por Lionel-Noël Royer. 1899. Museo Crozatier, Le Puy-en-Velay. Dos centuriones de César, Pullo y Voreno, competían entre sí para conseguir ascensos, y precisamente durante la guerra de las Galias pugnaban por ascender a primi ordines, según narra la propia pluma de Julio César.
Foto: Bridgeman / Aci

Luchar hasta la muerte
Los centuriones mantenían su posición hasta el final, de ahí su elevadísimo número de bajas en combate. César, en los relatos de sus campañas, recoge numerosos ejemplos del valor de estos oficiales. Así, menciona la situación crítica de la XII legión en la batalla del Sambre (57a.C.), librada contra los belgas: los seis centuriones y el portaestandarte de la IV cohorte habían muerto, mientras que los centuriones de las otras cohortes estaban casi todos heridos o muertos. En el choque de Dirraquio contra los pompeyanos (48 a.C.) perecieron en un mismo día 32 centuriones de la legión IX, la mitad de los de esta unidad. En la batalla de Farsalia, también contra los pompeyanos (48 a.C.), murieron en total 31 centuriones, mientras que sólo cayeron 200 soldados, lo que da idea de la combatividad y el valor de estos militares.
Foto: Bridgeman / Aci

Legionarios recolectando cereal durante la conquista de la dacia. Relieve de la columna trajana. 113 d.C.
Entre la disciplina y la crueldad
En algún momento de su larguísimo servicio militar, todos los legionarios recibían algún azote con la vitis, la vara de vid que simbolizaba el rango del centurión y que servía para castigar a sus subordinados. Esta sanción no estaba reglamentada, y quedaba a la discreción del oficial. Había centuriones que usaban de forma muy cruel esta prerrogativa y eran especialmente odiados por la tropa. Tácito cuenta que en el año 14 d.C., cuando las fuerzas acantonadas en el Rin se amotinaron tras la muerte del emperador Augusto, en Panonia los soldados mataron a un centurión llamado Lucilio y apodado Cedo alteram, "Tráeme otra", en alusión a las varas que pedía tras romperlas sobre las espaldas de sus hombres (Anales I 23, 3).
Foto: Scala, Firenze

 
Relieve con estandartes
El estandarte o signum de la legión, coronado por un águila, está flanqueado por los signa de dos manípulos (cada manípulo estaba formado por dos centurias). Relieve del siglo III d.C.
Foto: Dea / Album

Una ciudad para exlegionarios: Timgad
Situada en la actual Argelia, la fundó el emperador Trajano en torno al año 100 d.C. como una colonia militar. Allí instaló a veteranos procedentes de la frontera con Partia, dotándolos de las tierras que los soldados recibían una vez cumplido su servicio militar, que alcanzaba los veinticinco años.
Foto: Yann Arthus-Bertrand / Getty images

El muro de Adriano
En su construcción trabajaron las legiones instaladas en Britania: la II, la VI y la XX. A cada legión le tocó un tramo de obra, dividido en secciones que se asignaron a las centurias.
Foto: Funkystock / Age fotostock

Un centurión en Britania
En esta piedra del muro de Adriano (construido en 124 d.C.), hallada en el fuerte de Housesteads, se dice: "Lo hizo la centuria de Julio Cándido". Se han hallado otras tres inscripciones que recuerdan la labor de este centurión.
Foto: Manuel Cohen / Aurimages

Fuerte de Viminacium (la actual Kostolac, Serbia), sede de la legión VII Claudia.
La vida en el campamento
Los edificios más habituales en los campamentos eran los barracones que albergaban a los soldados y oficiales de una centuria. Cada contubernio (grupo de ocho hombres) recibía dos habitaciones, y el centurión disponía de varias estancias para él solo, generalmente al final del bloque; las paredes de estas habitaciones podían estar estucadas y pintadas, e incluso podía disponer de un baño personal.
Foto: Akg / Album

Marco Favonio Fácil
Su estela funeraria se descubrió en Colchester, la antigua Camulodunum, donde se enfrentaron los romanos y la reina Boudica en 61 d.C. Vemos al centurión de frente, con el traje propio de su rango, la vara, espinilleras, capa, lórica (coraza), puñal y espada. El monumento estaba partido en dos, a un metro de profundidad. Muy cerca se halló un recipiente cilíndrico de plomo, de 23 centímetros de diámetro y 33 de altura, con huesos quemados, posiblemente los del centurión.
Foto: Dea / Album

 
Estela funeraria de Marco Apicio Tirón
Además de combatir, administrar
Los centuriones no sólo eran el brazo armado de Roma: también representaban la autoridad romana en regiones donde las estructuras administrativas no estaban desarrolladas. A veces la población local acudía a ellos en busca de justicia. Así, por ejemplo, en el año 193 d.C., en tiempos del emperador Cómodo, un tal Syros escribe al centurión Amonio Paterno quejándose de que los recaudadores de un impuesto en especie han reclamado injustamente el pago de una artaba de trigo (25 litros) y que por esta razón han maltratado a su madre. Dado este papel de administradores, los centuriones no sólo debían reunir condiciones como jefes militares, sino que también debían contar con una formación que, cuanto menos, incluyera saber leer y escribir.
Foto: Dea / Album

Marco Celio, caído en Teutoburgo
En septiembre del año 9 d.C., los germanos aniquilaron a tres legiones romanas en el bosque de Teutoburgo. El centurión Marco Celio, nacido en Bononia (la actual Bolonia), cayó en esa batalla. Su cadáver quedó allí, tendido a la intemperie entre muchos miles más, y su hermano decidió levantar un monumento en su memoria.
Los libertos del centurión
Con toda probabilidad Marco Celio era un hombre soltero, pues no hay mención a esposa o hijos en el epitafio; en cambio, sí aparecen, a sendos lados, los retratos de sus sirvientes, dos libertos muy queridos, uno de origen y nombre latino (Privatus), y otro griego (Thiaminus), que posiblemente murieron también en la emboscada de Teutoburgo y que conforman esta especie de cuadro funerario familiar.
Valiente y condecorado
Es el retrato de un hombre vivo, posando con su uniforme de gala de centurión, con el bastón de mando en la mano derecha y su coraza absolutamente cubierta con insignias al valor. Tantas condecoraciones indican la larga carrera de éxitos militares de este centurión fallecido a los 53 años, según nos indica la inscripción. La legión XVIII tenía su campamento base en Vetera (actual Xanten), y allí levantó Publio este monumento.
Foto: Akg / Album


¿Cómo era Marco Celio?
Una recreación del aspecto de Marco Celio a partir de su cenotafio. Ciñe su cabeza una corona cívica; hecha de hojas de roble, condecoración que se recibía por salvar la vida de un militar ciudadano romano. Las condecoraciones (dona) que cuelgan de un arnés sobre la armadura son torques, de los que lleva uno en torno al cuello, y phalerae, faleras o discos metálicos. En la muñeca luce otras condecoraciones, las armillae. Como es característico de los centuriones, lleva la espada a la izquierda y la daga a la derecha –al contrario que los soldados–. Con la mano derecha sujeta la vara de mando, que originalmente era una vara de vid, y en la izquierda lleva un casco con cresta transversal de plumas. El autor de la recreación ha supuesto que las piernas están protegidas con grebas, como en otras representaciones de centuriones.
Foto: Giuseppe Rava / Osprey publishing
Sabino Perea Yébenes

Centuriones, los héroes de Roma

En el verano del año 70 d.C., las legiones romanas toman Jerusalén y arrasan la ciudad y el Templo, destruido ya para siempre. En esos momentos vemos en acción, entre otros soldados valerosos, a un centurión llamado Juliano, del que el historiador Flavio Josefo, en su Guerra de los judíos (VI 81-90), nos cuenta su acción heroica y su muerte en términos propios de una trágica secuencia cinematográfica. Juliano era, según Josefo, el mejor combatiente que había visto en aquella contienda brutal: el más diestro con las armas, el más fuerte físicamente y el más tenaz.
Durante el asedio a los muros de Jerusalén, el centurión observó que los romanos retrocedían. Estaba junto a Tito –el comandante romano, hijo del emperador Vespasiano– en la torre Antonia, "y desde allí dio un salto, haciendo frente a los judíos armados, y él solo hizo que los judíos, aunque ya eran vencedores, retrocedieran hasta el ángulo del Templo interior. Toda la multitud huyó en grupo –explica Josefo–, pues creían que aquella fuerza y audacia no eran propias de un ser humano. Juliano iba de un lado para otro en medio de los judíos, que se habían dispersado, y mataba a cuantos se encontraba".
Esta actuación tan arriesgada como suicida le pareció admirable al emperador, que veía cómo los enemigos huían aterrorizados. Pero el destino traicionó a Juliano: los clavos de sus sandalias resbalaron sobre las losas del Templo y cayó de espaldas. Cuando su armadura chocó contra el suelo hizo mucho ruido, y "esto hizo que los que habían huido se dieran la vuelta", sigue Josefo. Entonces los judíos lo rodearon y le atacaron con espadas y lanzas. Desde el suelo, el centurión hizo frente muchas veces al hierro con su escudo y en numerosas ocasiones, cuando intentaba levantarse, era empujado de nuevo por la multitud. Sin embargo, aun tirado en el pavimento, hirió con su espada a muchos adversarios.
Juliano tardó en morir, porque el casco y la coraza protegían sus partes vitales contra los ataques y porque tenía el cuello encogido. "Finalmente, destrozados los demás miembros de su cuerpo y sin que nadie se atreviera a ayudarle, pereció [...] degollado no sin dificultad, tras luchar durante largo tiempo con la muerte y sin dejar ilesos a muchos de los que le atacaron". Concluye Josefo indicando que una gran pena se apoderó del emperador cuando vio morir, desde la torre, a aquel que un momento antes había estado a su lado. El centurión Juliano alcanzó la gloria de los valientes, cayendo con orgullo y honor no sólo delante de los suyos, sino también delante de sus enemigos.

Vivir para la guerra

En todo el Imperio, en cada momento debía de haber unos 1.800 centuriones, hombres como Juliano: enérgicos, valientes y despiadados, que inspiraban tanto respeto a sus subordinados como temor al enemigo. Los centuriones eran los suboficiales de mayor rango en el ejército legionario de infantería (pero otros autores los consideran oficiales).
Eran militares de carrera, es decir, empezaban como soldados rasos e iban ascendiendo por antigüedad y méritos, siguiendo la estructura de la legión. Una legión estaba formada por diez cohortes, numeradas de la I a la X, y cada cohorte estaba integrada por seis centurias de 80 soldados cada una. La promoción del centurión culminaba al acceder al mando de una centuria de la I cohorte, la más importante de todas las de la legión.
A la cabeza de todos los centuriones de una legión estaba el llamado primus pilus, "primera lanza". Era el primer centurión de la I cohorte, y sus compañeros de esta cohorte conformaban el rango de los primi ordines, el de los centuriones de mayor rango y reconocimiento en la legión. Después de retirarse, el primus pilus recibía una recompensa y el título de primipilaris (es decir, antiguo primus pilus), de igual manera que un cónsul era llamado consularis tras desempeñar el cargo. Los primipilares eran objeto de especial consideración y podían ocupar cargos como –entre otros– prefecto del campamento o tribuno de las cohortes acantonadas en Roma.
En época imperial también se podía llegar a centurión tras servir con los pretorianos –la guardia personal de los soberanos– o bien gracias a un nombramiento directo por parte del emperador, como sucedía en el caso de algunos miembros del orden ecuestre (el grupo social inferior al de los senadores).
Por debajo del centurión había bastantes grados. Lo asistían, entre otros, los llamados principales: un segundo oficial u optio, el portaestandarte o signifer y un oficial de guardia, el tesserarius, que establecía la contraseña o tessera. Por encima del centurión estaban los altos oficiales de la legión: el legado del emperador (que era el gobernador provincial) o bien el legado de la legión, y un tribuno, todos ellos de rango senatorial, más otros cinco tribunos de rango ecuestre y un prefecto del campamento o superintendente general.
Una parte importante de nuestra información sobre los centuriones proviene de los monumentos funerarios dedicados a ellos, como la estela de Tito Calidio Severo, muerto a los 58 años. Conocemos la carrera militar de este soldado gracias a su tumba, hallada en la antigua ciudad de Carnuntum, en la provincia romana de Panonia (actualmente en la Baja Austria). En ella se indica que primero fue jinete, luego optio o ayudante de un centurión y finalmente decurión (comandante de un escuadrón de caballería) en una cohorte mixta de soldados de infantería y de caballería reclutada en la región de los Alpes, de ahí su nombre: cohors Alpinorum. Su última promoción fue al grado de centurión en la legión XV Apollinaris, estacionada en Carnuntum, donde Calidio Severo murió después de 34 años de servicio, según refiere la inscripción.
Su monumento es anterior al año 63, en el que esta legión fue movilizada para combatir contra los judíos en la guerra narrada por Flavio Josefo. En la parte inferior de la estela se representa sin fantasías parte del equipamiento militar de Tito Calidio: la cota de malla, el casco y las grebas o espinilleras. Debajo aparece el centurión junto a su caballo, en una posible alusión a su etapa de oficial en la cohorte alpina.

Ciento veinte flechas

Si las piedras hablan, también lo hacen las fuentes históricas. El siglo I a.C., y particularmente los últimos años de la República romana, fueron prolijos en campañas militares. Primero se trató de guerras de conquista, como las de Pompeyo el Grande en Oriente y las de Julio César en las Galias; después fueron guerras civiles protagonizadas por los mismos César y Pompeyo. Las fuentes literarias del período son ricas en descripciones de acciones militares en las que los centuriones se muestran valerosos y temerarios. Espectador y narrador de estos episodios es precisamente César, cuyos relatos de la guerra de las Galias y la contienda civil son escenarios de aventuras y combates, de muerte y supervivencia, en los que de vez en cuando afloran nombres propios: los de aquéllos que por su arrojo merecieron ser incluidos en la narración como ejemplos para la posteridad.
Éste es el caso del valiente centurión cesariano Marco Casio Esceva, que luchó en la batalla de Dirraquio contra los pompeyanos, en julio del año 48 a.C. Sabemos por el relato de César que el ataque pompeyano contra el fortín donde se encontraba Esceva fue durísimo. No hubo un soldado que no resultara herido, cuatro centuriones de una cohorte perdieron los ojos y, queriendo dar testimonio de su esfuerzo y de su peligrosa situación, hicieron saber a César la cuenta exacta de las flechas lanzadas contra el fortín: treinta mil; cuando el escudo de Esceva fue llevado a su presencia, se contaron en él ciento veinte agujeros. Es el testimonio que da el propio César en su Guerra civil (V, 44).
Esceva, que era centurión de la cohorte VIII, fue promocionado a primus pilus, es decir, al grado de los primi ordines. El propio César le premió con 200.000 sestercios, al tiempo que compensó con dinero, ropa e insignias al valor a la intrépida cohorte legionaria que había mandado Esceva. Otros autores recogen este episodio y añaden más detalles del combate: que Esceva fue herido gravemente en un hombro y que un venablo le atravesó una cadera. Son hechos quizás inventados, pero que se explican por qué los relatos sobre guerreros valientes pasan de la historia a la leyenda en pocos años.

Pullo y Voreno

Las narraciones de hazañas como la que llevó a cabo Esceva han modelado la imagen del centurión romano como ejemplo del valor y columna vertebral del ejército romano, una imagen que se traslada con naturalidad a la pantalla. Basta recordar el ejemplo de la conocida serie de televisión Roma, exhibida con éxito en todo el mundo, que se organiza a partir de la vida de dos centuriones de Julio César: Lucio Voreno y Tito Pullo. Estos dos centuriones, con estos mismos nombres, lucharon en la guerra de las Galias al lado de César, como sabemos por la propia pluma del general, quien relata la actuación de ambos durante el asedio al que fue sometido el fuerte de la IX legión por el pueblo de los nervios en el año 54 a.C., durante la revuelta de Ambiórix.
Los dos militares eran conocidos por competir entre sí para conseguir ascensos, y precisamente en esos días pugnaban por ascender a primi ordines, el rango más elevado. César explica que, cuando más duro era el combate al pie de las fortificaciones, Pullo dijo: "¿A qué esperas, Voreno? ¿Cuándo piensas demostrar tu valor?". Y añadió que aquel día se decidiría su competencia. Pullo abandonó las defensas y se lanzó contra el enemigo, y Voreno lo siguió para no quedarse atrás y ser tildado de cobarde. Pullo lanzó su pilum y atravesó a un enemigo que se le acercaba corriendo, pero a su vez recibió el impacto de un venablo que atravesó su escudo y se clavó en el bálteo, la correa de la que pende la espada. Los enemigos lo cercaron, pero entonces llegó Voreno en su auxilio. Mató a uno y apartó a los otros, pero cayó en un hoyo, y hubiera muerto si Pullo no hubiera corrido en su ayuda. Ambos volvieron al fuerte sanos y salvos tras acabar con muchos enemigos, sin que nadie de los que vieron ese combate pudiera decir cuál de los dos aventajaba en valor al otro. "La Fortuna los guió durante el combate", dice César (Guerra de las Galias V, 44).
Pullo demostraría la misma bravura años después, durante la guerra civil, luchando contra el propio César en Dirraquio después de conseguir que una parte del ejército se pasara a los pompeyanos, lo que habla claramente del ascendiente de este centurión entre las tropas (César, Guerra civil III, 67).

Misiones especiales

Fuera del teatro de operaciones durante una batalla concreta, los centuriones podían ejecutar una misión específica por mandato del emperador, como agentes especiales. En efecto, a los centuriones se les encargaban misiones tan delicadas como llevar hasta Roma a los prisioneros que requiriesen especial cuidado, como los jefes de los pueblos vencidos o reyes, como Antíoco Epífanes, aliado de los judíos que fue vencido por Vespasiano; tras ser apresado, un centurión lo condujo encadenado desde Tarso hasta la capital del Imperio (Josefo, Guerra VII, 238).
También se asignan a los centuriones tareas de espionaje y labores de inteligencia militar e información entre las tropas de las provincias y Roma. Otras veces los vemos junto a los tribunos administrando justicia en el frente de guerra (Josefo, III, 83), y se les encarga la organización de las ciudades recién sometidas (Josefo, IV, 442).
A estas breves historias podríamos añadir muchas más, entre las que destacan algunas que cuenta Flavio Josefo. En el año 63 a.C., Pompeyo Magno se presentó a las puertas de Jerusalén para tomarla. Al tercer día de asedio, los romanos destruyeron una de las torres de defensa, entraron en la ciudad y se dirigieron al Templo. Nos dice Josefo (Guerra I, 49) que el primero que cruzó el muro fue un oficial llamado Fausto Cornelio, hijo de Sila, y después de él dos centuriones, Furio y Fabio, a los que seguía su propia tropa.
Rodearon el Templo por todas partes, matando sin compasión a los que iban a refugiarse en el santuario y a todo el que opusiera la menor resistencia. Aquí vemos en acción a los centuriones y sus cohortes tomando el Templo con las espadas en la mano, con cuyo filo son degollados los sacerdotes mientras ofician sus ceremonias. Choca en este relato la impasibilidad con que los centuriones profanan el Templo. Pero el soldado, cara a cara contra el enemigo, deja a un lado los escrúpulos morales (si es que los tiene): lucha por su supervivencia.
Los centuriones son soldados audaces, los mejores, que se lanzan a escalar murallas para tomar una plaza fuerte o una ciudad
Los centuriones son soldados audaces, los mejores, que se lanzan a escalar murallas para tomar una plaza fuerte o una ciudad (Josefo, Guerra I, 351), actos arriesgados que exigen experiencia, seguridad y una valentía extrema. Otras veces, el centurión actúa como un comando junto a un reducido número de sus soldados, en misión de reconocimiento y castigo. Josefo nos narra otra vívida escena. Durante el asedio de Vespasiano a la ciudad de Gamala, un centurión llamado Galo, rodeado en medio del tumulto, se introdujo en una casa con diez soldados. Como Galo era de origen sirio, entendió la conversación de los que vivían en ella, en la que vio una conspiración contra los romanos. Por la noche Galo salió contra ellos, los mató a todos y se refugió sano y salvo en el campamento romano con sus soldados (Guerra, IV, 37-38).
En resumen, el centurión es una figura decisiva en la organización militar romana. Forma parte de los consejos de guerra (consilia) para dar su opinión al general sobre las tácticas, por su experiencia en la guerra. Durante la batalla está en primera fila, dando ejemplo de valor. En la paz, se encarga de la disciplina y el entrenamiento de los soldados. Otras veces, fuera del campamento, se le asignan misiones especiales. Su figura es imprescindible e imponente, por lo que no es de extrañar la atracción que aún hoy sigue suscitando.
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Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
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