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lunes, 15 de septiembre de 2025

Grandes autores: Ni el Quijote ni el licenciado Vidriera: Las otras grandes obras de Cervantes que quizás no conocías

 Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, nos entrega un reportaje sobre la vasta obra de Miguel de Cervantes Saavedra, que tan sólo lo conocíamos en su obra: El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha; publicada en 1,505, pues escribió muchas obras de teatro y novelas pastoriles que aún son desconocidas por muchos lectores tales como:  La Galatea(1,585), Rinconete y Cortadillo (1,613), La Gitanilla (1,613), EL GALLARDO ESPAÑOL (1,615), Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1,617, se publicó un año después de su muerte),......siga leyendo.................... 


Miguel de Cervantes se consolidó como un genio literario gracias a su extensa y exitosa producción literaria, que incluye reconocidos títulos de varios géneros


Miguel de Cervantes Saavedra.


Berta Erill Soto

Periodista especializada en temas de actualidad


Miguel de Cervantes, el reconocido dramaturgo español nacido en Alcalá de Henares en 1547, tuvo una vida cuanto menos ajetreada. Además de la creación de uno de los personajes más famosos de la literatura, el hidalgo Don Quijote, escribió multitud de novelas, obras teatrales y poéticas que hoy forman parte de su legado cultural. Pero sus aventuras no fueron solamente fruto de la ficción: Cervantes fue, antes que autor, un soldado del ejército español que luchó contra el Imperio Turco, perdiendo su mano izquierda en la batalla de Lepanto, y siendo apresado en Argel a su regreso.




Estos sucesos han inspirado, en mayor o menor medida, su extensa y exitosa producción literaria que logró consolidarlo como un genio de las letras. Más allá de Don Quijote de la Mancha (1605), y siguiendo un orden cronológico, estas son cinco de las obras cervantinas más reconocidas

La galatea (1585)

Se trata, ni más ni menos, de la primera novela de Cervantes, precediendo a su exitoso Quijote por 20 añosLa Galatea se publica en seis libros que narran la historia de dos pastores llamados Elicio y Erastro, quienes compiten por el amor de la hermosa e inteligente Galatea.

Tal y como es habitual en las obras cervantinas, este personaje femenino es caracterizado como heroico, independiente y apologista de la libertad, mientras lucha contra la idea de su padre de casarla con Erastro, principalmente por sus riquezas. 

Es, por tanto, una novela del género pastoril que combina verso y prosa tematizada alrededor del amor, mentiras y celos. El propio autor la catalogó como égloga, un subgénero de la poesía lírica que contiene fragmentos dialogados al estilo teatral.

Para el desencanto de muchos, esta obra quedó inacabada. En su momento, no gozó del éxito esperado y Cervantes proclamó sus intenciones de publicar una segunda parte que nunca llegaría a escribir. Sin embargo, su estima por esta primera novela es incuestionable, tanto que la llega a mencionar brevemente en Don Quijote de la Mancha.

Rinconete y Cortadillo (1613)

Varios años después del Quijote, Cervantes publica un solo tomo con 12 novelas cortas que habían sido escritas entre 1590 y 1612, y que recibiría el nombre de Novelas ejemplares. Estas narraciones exploran temáticas como el amor, la individualidad o el conocimiento, desde un punto de vista más o menos realista según el caso, y de las cuales el autor opinaba que se podían extraer enseñanzas. 

Tras una primera edición a manos de la imprenta de Juan de la Cuesta se publicaron una gran cantidad de reediciones, lo cual sugiere que esta obra tuvo un gran éxito entre el público. En su prólogo, el mismo Cervantes escribe una pequeña autobiografía que sustituye el retrato que en el siglo XVII habitualmente se ubicaba en las primeras páginas de un libro. Este ofrece mucha información de primera mano sobre el escritor y el contexto de la literatura en la España de su época. 

Una de estas novelas cortas es justamente Rinconete y Cortadillo, una narración coloquial que trata de dos jóvenes emancipados que emprenden un viaje por el sur de España para buscarse la vida, pronto encontrándose dentro del mundo de la delincuencia. La obra ofrece un comentario social sobre la Sevilla de la época.

La gitanilla (1613)

Otra de las narraciones incluidas en las Novelas ejemplares es La Gitanilla, una novela corta sobre una joven gitana que acepta el amor de un noble a cambio de dos condiciones: no se casarán hasta dos años después de iniciar el noviazgo, y hasta entonces el noble tendrá que adaptarse a la vida dentro de la comunidad gitana. 

A través de esta historia ficticia, Cervantes explora las diferencias más características entre la sociedad española y el pueblo gitano, así como la brecha racial que existía entre ellos. 

EL GALLARDO ESPAÑOL (1615)

Cervantes es también conocido por su literatura teatral y, en especial, por varias de sus comedias, cuyas representaciones resultaron ser bastante exitosas. Así, en 1615 el autor publica una nueva obra conocida como Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados, de la cual El gallardo español es parte. 

Este título narra la historia de un soldado español que se infiltra en el ejército musulmán para luchar con el lado enemigo, abandonando a los suyos. Se trata de una comedia caballeresca, morisca y épica, que a pesar de pertenecer a la ficción contiene ciertos paralelismos con la propia vida del autor. El nombre de su protagonista, sin ir más lejos, es don Fernando de Saavedra, el segundo apellido de Cervantes. 

Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617)

Esta novela bizantina de raíz helenística es la última obra que Miguel de Cervantes escribió, y se publicó ya después de la muerte del autor. En ella se describen las aventuras de una pareja de la realeza nórdica que huyen de sus orígenes bajo una nueva identidad y haciéndose pasar por hermanos, con el objetivo de llegar a Roma y contraer matrimonio. 

El estilo de esta obra se aleja del realismo más de lo que era habitual en este autor y ofrece una realidad imaginativa distinta, pero toca temáticas que le eran muy cercanas, como el amor o el heroísmo. Desde la historia principal, narrada como una novela griega, Cervantes describe rasgos característicos de la España católica. 

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Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

domingo, 21 de noviembre de 2021

PERSONAJE CLAVE DE LA ILUSTRACIÓN : Voltaire, el filósofo que siempre tenía razón

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., entre los grandes pensadores franceses de la ilustración, muy pocos fueron tan atrevidos con el sarcasmo, tal como lo fue François-Marie Arouet, más conocido con el seudónimo de Voltaire, quien se caracterizó  por ser un crítico feroz, que todo lo consideraba equivocado, y no dejaba títere con cabeza; obligándole a los largo de su vida a viajar huyendo de un país a otro continuamente . "...Sus críticas más feroces iban dirigidas contra la religión, que consideraba en la mayoría de sus formas la fuente de toda la ignorancia e intolerancia. Al cristianismo lo consideraba “la religión más ridícula, absurda y sangrienta que ha infectado este mundo” y llegó a pedir al rey prusiano que “extirpara esa infame superstición si quería dejar algún buen legado tras su muerte”. De los judíos decía que eran “gente ignorante y bárbara que ha unido la avaricia más sórdida, la superstición más detestable y el odio más intenso hacia el resto de la gente que les tolera y enriquece”. A Mahoma, sobre quien llegó a escribir una obra de teatro, lo llamó “vendedor de camellos” y “un charlatán que dijo haber hablado con ángeles, subido a los cielos y escrito un libro ininteligible que a cada página hace estremecer al sentido común”.... siga leyendo.....


Lectura de la tragedia El huérfano de la China de Voltaire en el salón de madame Geoffrin en 1755 (1812), por Lemonniercastillo de Malmaison. Fue un encargo de la emperatriz Josefina. Entre los asistentes, en presencia de un busto de Voltaire, entonces exiliado, están entre otros MontesquieuRousseau y otros numerosos enciclopedistas y pensadores de la Ilustración francesa.
WIKIPEDIA.

Entre los grandes pensadores de la Ilustración, pocos fueron tan atrevidos como Voltaire. Fue un crítico feroz de todo lo que consideraba equivocado; no dejaba títere con cabeza, obligándole a lo largo de su vida a viajar huyendo de un país a otro continuamente.







Imagen: Musée Carnavalet

"No siempre podemos agradar, pero siempre podemos tratar de ser agradables”. Una afirmación que su autor, François-Marie Arouet, más conocido por el seudónimo de Voltaire, no se aplicaba a sí mismo. Al contrario, el que fuera uno de los mayores pensadores ilustrados se caracterizó a lo largo de su agitada vida por exhibir una escasa diplomacia, lo cual lo llevó a huir constantemente de un país a otro.

UNA VIDA ERRANTE

Nacido el 21 de noviembre de 1694 en Châtenay-Malabry, en las afueras de París, este hijo de notario decidió dejar sus estudios de derecho para dedicarse a las letras. El motivo, según él, fue que no quería convertirse en un funcionario más, a pesar de lo cual compaginó su actividad literaria con trabajos en oficinas gubernamentales. Una de sus primeras producciones fue una sátira contra el regente del reino, el duque Felipe de Orléans, un atrevimiento que le llevó a la Bastilla durante casi un año.

Voltaire fue encarcelado y exiliado en diversas ocasiones a causa de su carácter transgesor y sus críticas a la nobleza y a la Iglesia.

Al encarcelamiento siguió un periodo de arresto domiciliario en su casa, que dedicó a la producción de poesía y teatro, en los cuales ya se había hecho un nombre antes de dar con sus huesos en la prisión. En esa época adoptó el seudónimo de Voltaire, sobre cuyo origen existen diversas teorías, ninguna de ellas completamente demostrada. Lejos de moderar su carácter, la cárcel y el confinamiento afilaron más su lengua, al darse cuenta de que por mucho éxito que tuviera como literato y aunque los nobles lo invitaran a sus recepciones, a sus ojos sería siempre un plebeyo y no le estaría permitido criticar a los poderosos sin ser castigado por ello.

En 1726, a raíz de una disputa con el caballero Guy Auguste de Rohan -quien se había negado a batirse en duelo con él por ser un plebeyo-, Voltaire fue encarcelado de nuevo y esta vez exiliado a Inglaterra. Sin embargo, este castigo resultó ser una bendición para él, pues encontró al otro lado del Canal nuevos estímulos intelectuales y una mayor libertad de expresión. Cuando volvió a Francia tres años después, su ingenio y su determinación estaban más vivos que nunca.

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En las décadas siguientes Voltaire alternó su vida literaria en Francia con periodos en el extranjero, principalmente Suiza y Prusia, donde fue chambelán del rey Federico el Grande. A su regreso compró una propiedad cerca de la frontera franco-suiza, para poder huir rápidamente del país si se volvía a meter en problemas, lo cual sucedió a menudo. En sus viajes por Europa se relacionó con pensadores de todas las tendencias, pues alardeaba de su tolerancia, aunque no siempre la practicaba ni mucho menos la recibía.

En febrero de 1778, volvió a su París natal para asistir al estreno de su última obra, Irene, a pesar de su delicada salud. Con 83 años a sus espaldas, veía próximo su fin y quería obtener una última satisfacción volviendo triunfalmente a la ciudad que lo había visto nacer y cuya aristocracia y clero le habían forzado a abandonar. Demasiado triunfal, de hecho, pues los numerosos actos y visitas acabaron de minar su salud. Murió el 30 de mayo, sin llegar a ver la Revolución que sus ideas habían contribuido a inspirar; en 1791, sus restos fueron exhumados y enterrados de nuevo en el Panteón, el monumento reservado a los más ilustres personajes de la historia francesa.


VOLTAIRE EN LA CORTE DE FEDERICO DE PRUSIA

Federico el Grande representó por un tiempo el ideal de soberano ilustrado de Voltaire, ya que el rey prusiano había invitado a su corte a pensadores, artistas y científicos. Sin embargo, el carácter satírico de Voltaire lo enemistó con varios de ellos y con el propio rey, por lo que renunció a su puesto como chambelán.

CRÍTICO CON TODOS

Lo que hizo de Voltaire un personaje tan polémico fueron sus ataques a todos aquellos que consideraba indignos, lo que venía a ser gran parte de la humanidad. No había estamento o credo que se salvara: a los aristócratas los consideraba unos parásitos, a los burgueses unos avariciosos que solo miraban para sí mismos; a los monarcas unos déspotas, a las multitudes una masa ignorante incapaz de construir una alternativa mejor; al poder religioso, una fuente de ignorancia y superstición, al secular, una fuerza opresora que solo pensaba en acaparar cuanto pudiese.

Lo que hizo de Voltaire un personaje tan polémico fueron sus ataques a todos aquellos que consideraba indignos, lo que venía a ser gran parte de la humanidad.

Sus críticas más feroces iban dirigidas contra la religión, que consideraba en la mayoría de sus formas la fuente de toda la ignorancia e intolerancia. Al cristianismo lo consideraba “la religión más ridícula, absurda y sangrienta que ha infectado este mundo” y llegó a pedir al rey prusiano que “extirpara esa infame superstición si quería dejar algún buen legado tras su muerte”. De los judíos decía que eran “gente ignorante y bárbara que ha unido la avaricia más sórdida, la superstición más detestable y el odio más intenso hacia el resto de la gente que les tolera y enriquece”. A Mahoma, sobre quien llegó a escribir una obra de teatro, lo llamó “vendedor de camellos” y “un charlatán que dijo haber hablado con ángeles, subido a los cielos y escrito un libro ininteligible que a cada página hace estremecer al sentido común”.

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En cambio, manifestó un gran aprecio por el hinduismo, que veía como una religión compasiva con todos los seres vivos; y especialmente por el confucianismo, en cuya filosofía de la verdad y la rectitud moral veía un ejemplo que habrían debido seguir todos los gobernantes. Voltaire creía que solo una guía ilustrada y una educación basada en la razón podrían redimir la decadencia moral de Europa; desconfiaba de los estamentos privilegiados, que solo procuraban mantener sus privilegios, y más aún de las masas de gente común, que consideraba peligrosas por su superstición y falta de formación.

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A pesar de sus críticas nada contenidas, fue un ferviente defensor de la tolerancia y los derechos civiles como única base posible para una sociedad moralmente sana. Insistió en que la justicia y las oportunidades debían ser iguales para todos, una creencia arraigada en él desde su primer encarcelamiento, en el que sufrió en sus carnes la discriminación por no ser un noble. La razón y el conocimiento científico debían sustituir a la arbitrariedad y la superstición; y los líderes ilustrados debían usar su poder para garantizar un orden que actuara en el mejor beneficio de todos los miembros de la sociedad sin perjudicar injustamente a ninguno de ellos. Su defensa de una justicia igualitaria caló sobre todo entre los burgueses y los aristócratas ilustrados e inspiró la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en la que se basó el espíritu de la Revolución Francesa.

Voltaire es uno de los autores más importantes en lengua francesa, con una producción que abarca poesía y prosa literarias, obras de teatro, tratados filosóficos, históricos y científicos, y una ingente correspondencia privada.

Su faceta de pensador va a la par con la de escritor. Voltaire es uno de los autores más importantes en lengua francesa, con una producción que abarca poesía y prosa literarias, obras de teatro, tratados filosóficos, históricos y científicos, y una ingente correspondencia privada. Se carteó con personalidades de todo tipo, desde filósofos con quienes mantuvo acaloradas discusiones, hasta la propia emperatriz rusa Catalina la Grande, que representaba su ideal de soberano ilustrado. Voltaire, a pesar de su discurso en favor de la igualdad, nunca creyó en la democracia ni en las cualidades de la gente corriente, como escribió en una carta a la zarina: “No hay casi nada de grandioso que se haya conseguido de no ser por el genio y la firmeza de un solo hombre combatiendo los prejuicios de la multitud”. Una afirmación que sintetiza el pensamiento de un hombre que no solo creía en la razón, sino que además estaba convencido de tenerla.



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Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

miércoles, 17 de febrero de 2021

INSPIRÓ LA REVOLUCIÓN FRANCESA: Rousseau: el filósofo que no quería ser ilustrado

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., quizá uno de los más grandes pensadores y filósofos que ha tenido la humanidad Jean- Jeacques Rousseau. quien fue un defensor acérrimo de la libertad y la igualdad radical entre todos los seres humanos, nació en Ginebra, Suiza el 28 de junio de 1,712, desde muy joven se interesó por personajes ilustres de Grecia y Roma.
Rousseau, un ilustrado que dominó y se puede calificar como escritor, filósofo, botánico, naturista y músico, se interesó en todas las ramas del saber. Representa como ninguno otro el ideal de la ilustración, que abogaba contra la tiranía a través de la razón y el conocimiento y sus ideas influirían de manera decisiva en la Revolución Francesa.
Rousseau, a diferencia de los demás, era contrario a la idea del progreso, su teoría política se basaba, que la civilización, las instituciones, la propiedad privada, la vida social, en definitiva, es el origen del sufrimiento y las injusticias que sufre que sufre el ser humano.......................

Defensor de la libertad y la igualdad radical entre todos los seres humanos, el pensador franco-suizo arremetió contra las ideas de progreso propias de la Ilustración y ensalzó al hombre primigenio y amoral, el único realmente libre.







Foto: Cordon Press

Jean-Jacques Rousseau fue, tal vez, el más inclasificable de los ilustrados franceses. Escritor, músico, botánico, naturalista, filósofo... Se interesó por casi todos los campos del saber, representa como ningún otro el ideal de la Ilustración, que abogaba por combatir la tiranía a través de la razón y el conocimiento, y sus ideas influirían de manera decisiva en la Revolución Francesa. Pero también arremetió contra la idea de progreso que divulgaban los ilustrados, llegando a mantener un agrio enfrentamiento con Voltaire.

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Rousseau nació en Ginebra el 28 de junio de 1712 y desde muy joven se interesó por los personajes ilustres de Grecia y Roma y por la literatura clásica, convirtiéndose en un ávido lector de las Vidas paralelas de Plutarco. A la edad de 10 años quedó al cargó de un pastor calvinista de la vecina Bossey, en la Alta Saboya francesa, y seis años después abandonó la localidad, vagabundeando hasta que fue acogido por Françoise-Louise de Warens, mujer culta y muy liberal, que durante años le hizo de madre y de amante.

SABIO AUTODIDACTA

Junto a Madame de Warens, Rousseau se formó de manera autodidacta y adquirió un conocimiento enciclopédico. En 1741 marchó a París donde pretendía presentar un novedoso sistema de notación musical que había ideado. Allí, conoció al filósofo Louis Diderot, que lo introdujo en los ambientes ilustrados de la capital francesa y le encargó la redacción de los escritos de música de la Enciclopedia. En la capital francesa frecuentó los debates y reuniones ilustradas y conoció a Voltaire, D'Alembert, Rameau y otros intelectuales.


Las veladas literarias e intelectuales eran habituales en París. La pintura recrea la lectura de una obra de Voltaire en el salón de Madame Geoffrin.

Foto: Cordon Press

Pero a diferencia del resto de ilustrados, Rousseau fue muy crítico con la idea del progreso. Su teoría política se basa en que la civilización, las instituciones, la propiedad privada, la vida social, en definitiva, es el origen del sufrimiento y las injusticias que sufre el ser humano. En contraposición, reivindicaba las bondades de lo que él llamó el "buen salvaje".

EL BUEN SALVAJE

El núcleo central de su pensamiento político fue fruto de una revelación que tuvo, según él mismo, durante una caminata en 1749: la corrupción que la vida social causa al hombre es el origen del sufrimiento y las injusticias que sufre. Ideas que expuso en el Discurso sobre las ciencias y las artes (1750) y el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1755). Según Rousseau, los hombres, en su estado "natural", no tenían "ni vicios ni virtudes", estaban "más inclinados a preservarse del daño que podían recibir que a pensar en el que podían infligir" y, por tanto, "sus disputas raramente tenían resultados sangrientos".

En su estado natural, los hombres no tenían "ni vicios ni virtudes" y vivían ajenos al concepto de bien y de mal. Era la corrupción de la vida social, el origen del sufrimiento y las injusticias, según Rousseau.

La época "más feliz y duradera de la humanidad" finalizaría con la invención de la agricultura y la metalurgia, cuando apareció "el primero al que, tras haber cercado un terreno, se le ocurrió decir esto es mío y encontró personas lo bastante simples para creerle", se lamentaba. Cuántas calamidades hubiera evitado "quien, arrancando las estacas o rellenando la zanja, hubiera gritado a sus semejantes: '¡Guardaos de escuchar a este impostor! La tierra no es de nadie!'".

CONTRA TODO Y CONTRA TODOS

Sus planteamientos lo convirtieron en una celebridad, pero lo enfrentaron al resto de filósofos ilustrados por sus diatribas contra el progreso. Voltaire lo acusó de haber escrito su Discurso sobre la desigualdad "contra la raza humana [...] jamás se desplegó tanta inteligencia para querer convertirnos en bestias". También lo enemistaron con a la Iglesia, que lo acusó de negar el pecado original, y por ellas renunció a la pensión real que que le había sido otorgada gracias a El adivino del pueblo, una ópera estrenada con enorme éxito en Fontainebleau y que había encandilado al propio Luis XV.


Una caricatura que recrea la animadversión entre Rousseau y Voltaire.

Foto: Cordon Press.

Rousseau se distanció de sus contemporáneos intelectualmente, pero también puso distancia física con ellos. Se instaló en l'Hermitage, una casa de campo al norte de París, donde pretendía vivir acorde con sus principios, de manera austera. En ese entorno aislado de la civilización y en contacto con la naturaleza escribe de religión, música o amor, pero sobre todo, alumbra un texto fundamental en su obra política El contrato social (1762), que se convirtió rápidamente en un clásico del pensamiento político moderno.

En 1762 alumbró un texto que se convertiría rápidamente en un clásico del pensamiento político moderno, El contrato social.

Se trata de un contrato que intenta hacer compatible el interés del individuo con el interés colectivo. Este pacto social se reduce a los siguientes términos: "cada uno ponemos en común nuestra persona y todo nuestro poder bajo la suprema dirección de la voluntad general, y recibimos corporativamente cada miembro como parte indivisible del todo". La soberanía reside en el pueblo, es decir, en todos y cada uno de los individuos que de manera libre se constituyen en un cuerpo político "compuesto de tantos miembros como votos integran su asamblea". Todos estos individuos son a la vez "ciudadanos, en tanto que depositarios de la autoridad suprema, y súbditos en tanto que sometidos a las leyes del Estado".

PERSEGUIDO Y PARANOICO

En este nuevo "yo común", ningún individuo está por encima de los otros y el Estado no está dominado por los ricos y los poderosos. El contrato social contenía unos fundamentos radicalmente democráticos y era una enmienda a la totalidad del Antiguo Régimen, por lo que no es de extrañar comenzara una persecución política por sus ideas y sus escritos. Las autoridades francesas y suizas decretan órdenes de arresto contra él, y sus obras, especialmente El contrato social y Emilio, o de la educación (un tratado pedagógico que suponía una crítica descarnada de las religiones escrito en las mismas fechas), fueron quemadas en las plazas.


Este grabado del siglo XX recrea la quema pública de 'El contrato Social' organizada en Ginebra en 1763.

Foto: Cordon Press.

Refugiado en el principado de Neuchâtel (actual Suiza) bajo la protección del rey de Prusia, intentó retomar su vida austera. Escribe sobre botánica y redacta un diccionario y un proyecto de constitución para Córcega. Pero su vieja enemistad con Voltaire reaparece de la manera más cruda. En 1764, el filósofo parisino imprimió un panfleto en el que acusaba al ginebrino de sifilítico, falso; de haber matado a la madre de su pareja, falso; y de haber abandonado a sus cinco hijos, cierto. Al año siguiente su casa fue apedreada por una turba furiosa excitada por el pastor calvinista de Ginebra.

Las ideas de Rousseau contenían una enmienda a la totalidad del Antiguo Régimen, por lo que no es de extrañar que las autoridades políticas y religiosas iniciaran una persecución implacable de sus ideas y su persona.

La hostilidad política, religiosa e intelectual desplegada contra él hace mella en su salud mental y comienza a desarrollar una manía persecutoria. Rousseau vuelve a exiliarse, esta vez a Londres, donde paso un par de años acogido por David Hume. Las relaciones entre ambos se deterioran y Rousseau decide regresar a París bajo un nombre falso para evitar su detención.

En 1770 logró recuperar su verdadero nombre y su libertad a condición de no publicar nada más. Obsesionado por su reputación tras la publicación del libelo de Voltaire, Rousseau organizó lecturas de textos autobiográficos autoexculpatorios, que fueron prohibidas a raíz de la intervención de Madamme Épinay, una antigua amante de la alta sociedad, temerosa que salieran a la luz escándalos que la salpicaran.

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LEGADO INMORTAL

Muy lejos del ideal que perseguía, pasó los últimos años de su vida paranoico, prohibido, vilipendiado por los demás ilustrados y perseguido políticamente. Se dedicó a copiar partituras, recoger hierbas y a redactar textos autobiográficos defendiéndose de sus detractores. Murió el 2 de julio de 1778, enfermo y al borde de la miseria.

La civilización que tanto detestaba y a la que había dedicado su vida a combatir parecía haber aniquilado a aquel que había puesto de manifiesto su injusticia y su corrupción. Pero en realidad, Rousseau seguía siendo un pensador político de referencia, y sus escritos inspirarían la revolución que una década más tarde certificaría la muerte del régimen que había intentado acabar con él y con su reputación. En un giro del destino, sus restos, trasladados en 1794 a la cripta del Panteón de hombres ilustres de París, descansan junto a los de su enconado enemigo, Voltaire.


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