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lunes, 20 de abril de 2009

CÉSAR VALLEJO............... UN POETA COMPROMETIDO CON EL DOLOR HUMANO. CAPÍTULO IV. EL POETA RECUERDA SU NIÑEZ

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., quisiera hacer conocer mi protesta, por que hemos pasado un 15 de abril, cuando murió nuestro bate César Vallejo, incluso se ha institucionalizó con la celebración del "Día del Poeta", pero ¿Qué día hemos celebrado?, simplemente nada y nada, pasó tan desapercibido e inadvertido; ya es tiempo de recordar con el mas alto honor quién nos hizo conocer en todo el mundo gracias a su exquisita pluma al escribir tan bien y ser considerado como el gran poeta contemporáneo, bueno, sigamos haciendo algo y continuamos leyendo el "TRILCE", con el Poema XXIII, es un poema muy tierno, como recordando su niñez, del amor de su madre; el primer aliento, el primer pan, evoca los bizcochos y panes que su madre repartía desde la mañana, la tarde, y vienen los recuerdos que ahora teniendo una migaja no puede pasar por su garganta, hay mucha tristeza, en el momento que vive su situación hay mucha tristeza y vive comparando ahora con pan inacabable con aquellos tiempos de niñez que nunca arrebataron algo que su madre proveía, que maravillosas son las madres cuando sus hijos lo recuerdan, tal como lo hace César Vallejo, los invito a leer el Poema XXIII:

----------------------- POEMA XXIII -----------------

Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos
pura yema infantil innumerables, madre.

Oh tus cuatro gorgas, asombrosamente
mal plañidas, madre: tus mendigos.
Las dos hermanas últimas, Miguel que ha muerto
y yo arrastrando todavía
una trenza por cada letra del abecedario.

En la sala de arriba nos repartías
de mañana, de tarde, de dual estiba,
aquellas ricas hostias de tiempo, para
que ahora nos sobrasen
cáscaras de relojes en flexión de las 24
en punto parados.

Madre, y ahora ! Ahora, en cuál alveolo
quedaría, en qué retoño capilar,
cierta migaja que hoy se me ata al cuello
y no quiere pasar. Hoy que hasta
tus puros huesos, estarán harina
que no habrá en qué amasar
¡tierna dulcera del amor,
hasta en la cruda sombra , hasta en el gran molar
cuya encía late en aquel lácteo hoyuelo
que inadvertido lábrase y pulula ¡tú lo viste tanto!
en las cerradas manos recién nacidas.

Tal la tierra oirá en tu silenciar,
cómo nos van cobrando todos
el alquiler del mundo donde nos dejas
y el valor de aquel pan inacabable.
Y nos lo cobran, cuando, siendo nosotros
pequeños entonces, como tú verías,
no se lo podíamos haber arrebatado
a nadie; cuando tú nos lo diste,
¿di, mamá?

Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
ayabaca@gmail.com
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