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sábado, 10 de julio de 2021

CURIOSIDADES DE LA HISTORIA: EPISODIO 59: Jack el Destripador, el asesino en serie más famoso de la historia

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., , en 1,888, en Londres, capital del Imperio Británico, en el mísero barrio de Whitechapel, se asesinaron a Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, Catherine Eddowes y Mary Jane Kelly, todas ellas prostitutas, y se atribuyó como el único asesino al Jack The Ripper "El Destripador", se tendió un halo de misterio y nunca fue capturado, convirtiéndose en el asesino más famoso de la historia.........................

Un enorme halo de misterio rodea todavía a día de hoy a uno de los asesinos más famosos de la historia. ¿Quién era? ¿Por qué asesinaba a sus víctimas?

Una de sus víctimas del Jack el Destripador, el asesino más famoso de la historia.

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TRANSCRIPCIÓN DEL PODCAST

Finales del siglo XIX. Inglaterra es la más poderosa de las naciones de la Tierra, y Londres, la mayor ciudad del mundo. Incluso sin saberlo, eso es algo que cualquier viajero puede intuir de una mirada. Las torres del Parlamento de Westminster se alzan orgullosas para hablar del dominio político británico, del mismo modo que los bancos de la City controlan el comercio internacional. Mientras, el Times da cuenta de las diversiones de la aristocracia en todo lo que va del music hall a las batidas para la caza del zorro. Para guardar la paz, la Armada rige los mares y la admirada policía británica "revela, nada más verla, el esplendor del Imperio". Desde el palacio de Buckingham, la reina Victoria corona la edad de mayor brillo y poder de la historia de Inglaterra.

Sin embargo, no todo es brillo en aquella Inglaterra. Y para comprobarlo no hace falta irse a las minas de carbón o a los "satánicos telares" de Manchester. A muy poca distancia de las elegancias del West End, todavía existe en Londres una zona "inexplorada como Tombuctú". Es el East End y, dentro del East End, Whitechapel es el lugar donde la miseria toca fondo. Hablamos de un dédalo de callejas inundadas por las emanaciones malolientes del Támesis. De unos bajos fondos donde las enfermedades, el alcoholismo y la prostitución causan estragos entre sus ochenta mil almas. De un barrio cuyas casas, hacinadas, parecen inclinarse amenazadoramente sobre quien reúna el valor para pasearse a su sombra. Whitechapel es el Londres que el resto de Londres no quiere ver. Pero, en el otoño de 1888, toda Inglaterra terminaría por volver los ojos a esa barriada de mala nota. Porque Whitechapel iba a ser el siniestro escenario de los crímenes de Jack the Ripper, el Destripador.

Es posible que Jack el Destripador no fuera el más mortífero de los asesinos; a cambio, bien puede ser de los más crueles y –sin duda– es el más famoso de todos ellos. Será que su nombre todavía nos evoca ese miedo que sólo pueden provocar unos pasos en la oscuridad, el resplandor de un súbito cuchillo en una calle solitaria. Será que algunos criminales nunca fueron capturados, pero que a él hubo que ponerle un alias porque ni siquiera se capturó su identidad. Será, en fin, que "los crímenes de Whitechapel" conmovieron los cimientos bienestantes de la sociedad victoriana y desvelaron la existencia de una Gran Bretaña distinta, humillada y pobre.

Sin embargo, estas explicaciones no bastan para aclarar por qué, más de ciento veinticinco años después, la figura del Destripador se ha convertido en leyenda; por qué siguen apareciendo libros y más libros en torno a sus crímenes; por qué hay revistas especializadas en estudiar su perfil o por qué las investigaciones han llegado incluso a dar nombre a una materia, la "ripperología", a medio camino entre la ciencia y la mera especulación. La respuesta es sencilla: de haber sido apresado, Jack el Destripador hace mucho que hubiera dejado de interesarnos. Pero ocurre que, tanto tiempo después, lo que sabemos de él es, en esencia, lo mismo que sabían en su tiempo: nada. Nada cierto, nada seguro, absolutamente nada. Por eso, a nadie debe extrañarle que, de tantos misterios como rodean al Destripador, cada pocos meses aparezcan puntualmente nuevas hipótesis sobre su identidad. Las ha habido para todos los gustos y todas las fantasías, como puede comprobarse con un dato: si para algunos the Ripper fue nada menos que un encumbrado personaje de la Casa Realotros han postulado que el asesino era un gorila escapado del zoo. Entre ambos extremos, el elenco de los sospechosos abarcará desde gentes de tanto mérito como Lewis Carroll (el autor de Alicia en el país de las maravillas) hasta pobres como un zapatero londinense, cuyo único pecado fue el de ir por las calles con las herramientas de su oficio.

En puridad, lo único que se sabe de Jack el Destripador, por obvio que suene, es que mató. Pero ni siquiera hay consenso en torno al número de sus víctimas. No en vano, sus asesinatos son tan sólo una parte de los once "crímenes de Whitechapel" que tuvieron lugar en la época. Y aun cuando las fuentes oscilen a la hora de dar cuenta de su actividad criminal, los investigadores más reputados limitan a cinco sus víctimas. Se trata de Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, Catherine Eddowes y Mary Jane Kelly, todas ellas prostitutas, todas ellas abatidas por el alcohol y todas ellas, por desgracia, mucho menos recordadas que su asesino.

También se ha acotado temporalmente la actuación del monstruo: de finales de agosto a mediados de noviembre, el Destripador asesinó durante apenas setenta días. Tal y como iba a escribir el detective Reid, uno de los más sagaces de los que siguieron el caso, "éstos son los únicos hechos comprobados. Todos los crímenes se cometieron tras el cierre de los bares; todas las víctimas eran de la misma clase –la más baja entre las bajas– y vivían no más lejos de un cuarto de milla unas de otras. Todas, además, fueron muertas del mismo modo".

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El resto es todavía sombra y misterio impenetrable. De hecho, su crueldad sin precedentes fue en buena parte responsable del fenomenal pánico levantado tras las muertes: como dijo uno de los encargados de las autopsias, no le bastaba con matar, sino que también tenía que hacer un "daño gratuito al cadáver". Con pocas excepciones, su modus operandi era el siguiente: comenzaba por cortar de un lado a otro la garganta de la víctima con una cuchillada para, acto seguido, abrir, también a cuchilladas, su cavidad abdominal. En la mayor parte de los casos, pasaba entonces a extirpar sus órganos; en alguno de ellos, además, aprovechó para llevarse un riñón, por ejemplo, a modo de macabro souvenir. Ante tales matanzas, la descripción forense de los cadáveres todavía puede turbar al hombre más templado: "Las vísceras se hallaron en diversas partes: el útero y los riñones, bajo la cabeza; el otro pecho, junto al pie derecho, el hígado junto a los pies, los intestinos junto a su costado derecho [...] El corazón faltaba del saco pericárdico".

Como bien apunta un ripperólogo, "el núcleo del miedo es que es incomprensible [...] y lo desconocido es lo más temido de todo". En el caso del Destripador, el misterio iba a ser el terreno cedido al temor. Nunca nadie oyó un solo grito, una petición de socorro, en un barrio donde las gentes vivían, literalmente, empaquetadas. Ninguno de los cadáveres presentaba las heridas defensivas que resultan de oponer resistencia a un ataque. De hecho, el único presunto avistamiento del criminal sólo ha servido para arrojar más pavor sobre su modo de matar. Compensa recordarlo. En la noche del 8 de septiembre de 1888, una mujer se encontró con Annie Chapman acompañada de un extranjero de piel morena y mediana estatura, ataviado con una capa oscura y una gorra como la de Sherlock HolmesEl encuentro se había producido recién pasadas las cinco y media de la madrugada; pues bien, a las seis y diez –cuando el médico G. B. Phillips acudió a levantar el cadáver–, el Destripador ya había matado a Chapman. Como sus otras víctimas, ella tampoco pudo "ni resistirse ni gritar".

En un Londres todo miedo y rumores, hasta la reina Victoria iba a tener sus teorías sobre el asesino. En su caso, como en el de buena parte de la aristocracia, la hipótesis bien podía resumirse en el titular de un diario de la época: era imposible que un inglés hubiera cometido tales crímenes. Como fuere, la nobleza no fue la única en mostrar su partido previo, porque los asesinatos del Destripador sirvieron para que cada capa de la sociedad británica proyectara sus propias obsesiones. Por ser Whitechapel lugar de residencia de numerosos judíos, los antisemitas tuvieron su coartada. Y entre las clases más olvidadas cobró fuerza la convicción de que tales asesinatos sólo podían ser obra de algún aristócrata perverso. La intelectualidad de la época también tomó partido: para el dramaturgo George Bernard Shaw, los crímenes buscaban, ante todo, denunciar las penosas condiciones del East End. Y hasta las sesiones espiritistas, tan en boga en el Londres de entonces, iban a ofrecer sus dudosas conjeturas para la busca y captura del asesino.

Scotland Yard –la policía metropolitana de Londres– interrogó a cientos de personas. Se aludía a la cercanía de Whitechapel al puerto: podía haber sido un marinero de paso o tal vez un estibador. Se supuso que el asesino tenía que ser un médico o –como mínimo– un carnicero, es decir, alguien con conocimientos de anatomía o, por lo menos, de despiece. Pero incluso las posibles pistas multiplicaban la confusión. Por ejemplo, la inscripción en tiza junto al delantal ensangrentado de Catherine Eddowes, en la que se culpaba a los hebreos: "Los judíos son los hombres que no serán culpados por nada"; el texto fue borrado enseguida para evitar ataques antisemitas. O una de las piezas mayores de la ripperología: la carta con remite "desde el infierno" que, acompañada de un trozo de riñón, recibió la policía y que, por una vez, no parecía invención de la prensa.

Son pocos los consensos en torno a la personalidad del Destripador. Uno de los pioneros en la elaboración de perfiles criminales sería el doctor Bond, cuyo dictamen ha merecido el aplauso general: "El asesino debe de haber sido un hombre físicamente fuerte y de gran frialdad y audacia [...] En su aspecto exterior debe de ser un hombre tranquilo, de apariencia inofensiva, probablemente de mediana edad y vestido de modo cuidadoso y respetable". Hay otro rasgo que Bond no señaló: el asesino tenía un conocimiento minucioso de Whitechapel y sus ínfimas callejas. El perfil del doctor ha recibido alabanzas hasta hoy, pero se sigue sin contestar la pregunta básica: ¿Quién?

Una carta escrita "desde el infierno" acompañada de medio riñón es la prueba más creíble y más macabra de la personalidad del asesino

Para responderla, ripperólogos en busca de publicidad han llegado incluso a mencionar el nombre de William Gladstone, cuatro veces primer ministro de Gran Bretaña. Estratagemas de comunicación aparte, tanto la policía como la prensa de la época tuvieron sus preferidos. Y, del siglo XIX hasta hoy, la investigación ha venido sumando otros hasta engrosar un catálogo de centenares de sospechosos.

Una de las supersticiones del caso afirma que éste se suicidó tras cometer los crímenes. Entre los investigados por la policía, Montague John Druitt cumplía ese papel: adulto joven, de buena ascendencia, pero venido a menos, su cuerpo apareció en el Támesis en diciembre. Eso sí, a efectos de culpa, él –como casi todos– tenía una buena coartada para librarse: el día del primer crimen se hallaba jugando al cricket en el condado de Dorset. También Seweryn Klosowski se vería exculpado: era conocido por su afición a envenenar mujeres, pero ocurre que los asesinos en serie rara vez cambian de modus operandi. En cuanto a Aaron Kosminski –a quien no ayudó ser judío polaco–, se le ha supuesto tan deteriorado mentalmente que de haber sido el autor de los crímenes hubiera sido incapaz de guardárselo. ¿Francis Tumblety? También investigado, es uno de los personajes excéntricos que rodean al caso: un médico extraño, dado a flirtear con la delincuencia y aparente poseedor de una colección de órganos humanos.

La prensa, por su parte, no dejaría de privilegiar con su atención a un cierto doctor Cream, también envenenador de amantes, que al parecer habría hecho una confesión –incompleta, eso sí– en su agonía: "Soy Jack el...". El estamento médico siempre ha tenido relevancia en el ámbito de las sospechas en torno al Destripador, y más aún si –como en el caso de sir William W. Gull– hablamos de quien era el médico de la reina Victoria, lo que aporta morbo añadido. Algo semejante le pasaría a sir John Williams, ginecólogo de la princesa Beatriz y acusado de asesinar a las prostitutas en un vano intento de investigar las causas de la infertilidad femenina.

La pista aristocrática continuaría con todo un príncipe, Alberto Víctor, duque de Clarence, nieto de la reina Victoria, hijo del crapuloso Eduardo VII y segundo en la línea de acceso al trono. Desde sus primeras incriminaciones hace ya más de medio siglo, se supone que Alberto Víctor –solo, o en compañía de un supuesto amante– habría como mínimo conspirado para erradicar a quienes supieran de un presunto hijo ilegítimo suyo. Quien juzgue esta historia complicada puede ahondar en la de Alexander Pedachenko, quien (según cierto manuscrito perdido de Rasputín y en su calidad de agente de la policía secreta zarista, la Ojrana) habría cometido los crímenes para manchar la reputación de Scotland Yard. ¿No es inverosímil que Rasputín, nada menos, tuviera algo que ver con las muertes de Whitechapel? Será que la verosimilitud no ha sido nunca el fuerte de la ripperología.

Los tratadistas más benevolentes afirman que las muertes de 1888 sirvieron para tomarse en serio la situación de suburbios en verdad mortales como Whitechapel. La insalubridad de esas zonas de peste llegaría, en efecto, a sede parlamentaria. Para entonces, sin embargo, la fiebre asesina del Destripador ya se había convertido, como dice uno de los grandes historiadores de la ciudad, "en un aspecto perdurable del mito de Londres". Jack the Ripper fue el primer criminal de una gran metrópoli. Y la atmósfera misérrima de aquel East End febril contribuyó a que "las calles y casas del barrio se identificaran con los mismos crímenes, hasta casi el punto de compartir la culpa", "como si el espíritu o la atmósfera de la ciudad hubiera tenido un papel" en las muertes.

Al final, el verdadero hito del caso de Jack el Destripador es que todos los crímenes sin resolver terminan por remitir al suyo. Quizá por redimir ese interés del morbo, no hace tanto que, en una encuesta, Jack the Ripper fue elegido "el peor británico de la historia". Es un consuelo para sobrellevar la triste verdad que, todavía en tiempos del asesino, afirmó uno de los prebostes de Scotland Yard"Nadie sabe nada, ni sabrá nada en mil años, sobre la historia verdadera del Destripador".


NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

jueves, 5 de noviembre de 2020

NATIONAL GEOGRAPHIC : 1605, ATENTADO EN LONDRES.- El atentado de Guy Fawkes contra el Parlamento de Londres en 1605

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, nos entrega un reportaje de lo que fue la Conspiración de la Pólvora, que debió estallar el 05 de noviembre de 1,605 con un atentado contra el Parlamento de Londres con la destrucción del Palac io de Westminster matando al rey, sus ministros y gran parte de los parlamentarios.
NATIONAL GEOGRAPHIC.- narra : ".... A finales de octubre de 1605, un noble inglés, lord Mounteagle, recibió una misteriosa carta. En ella se le advertía de que su vida correría peligro si asistía a la apertura del Parlamento inglés, en Londres, unos cuantos días más tarde, el 5 de noviembre. El remitente anónimo le instaba a quemar la carta una vez la hubiese leído, pero Mounteagle la reenvió a Robert Cecil, primer ministro del rey Jacobo I. El Gobierno sospechó enseguida que la misiva podía tener relación con algún tipo de ataque contra el Parlamento y el soberano. Por ello, el 4 de noviembre el conde de Suffolk llevó a cabo un registro de la sede del Parlamento, el palacio de Westminster, y sus inmediaciones. El conde no halló nada, pero llamó la atención sobre un almacén a pie de calle, alquilado por un particular, que contenía una cantidad de leña inusualmente grande......"

Tramada por nobles católicos, la Conspiración de la Pólvora debía hacer volar el palacio de Westminster matando al rey, sus ministros y gran parte de los parlamentarios el 5 de noviembre de 1605...

James Sharpe

05 de noviembre de 2019 · 09:54 Actualizado a


Foto: Fototeca Gilardi / Age Fotostock

Los conspiradores de 1605 en un grabado publicado en 1794.

Los tres primeros desde la derecha son Thomas Winter, Robert Catesby y Guy Fawkes. Un estudio realizado en 2003 por el Centro de Estudios sobre Explosivos de la Universidad de Aberystwith, en Gales, calculó que si Fawkes hubiese podido prender los barriles de pólvora habría provocado una destrucción total en un radio de 35 metros, de muros y tejados a 90 metros y de ventanas a 800.

FOTO: Erich Lessing / Album

Tolerancia con límites

En 1601, Jacobo I resumió así su posición frente a los católicos: "Jamás permitiré que pese sobre mi conciencia que la sangre de cualquier hombre sea derramada por diferencias de opiniones religiosas, pero lamentaría que los católicos se multiplicaran y practicaran sus viejos principios por encima de los nuestros".

Foto: Ivan Vdovin / Age Fotostock

El objetivo del atentado

El palacio de Westminster, objeto del atentado frustrado de 1605, fue destruido en un incendio en 1834 y reconstruido en estilo neogótico, con la torre del Big Ben. Si el atentado hubiese sido perpetrado con éxito, las casas del Parlamento y la abadía de Westminster habrían sido completamente destruidas en 1605. 

Foto: Hulton Archive / GETTY IMAGES

El aviso anónimo

Se ha especulado mucho sobre la identidad del autor de la carta anónima (junto a estas líneas) que reveló la conspiración a lord Mounteagle. Quizá viniera de uno de los conjurados, Francis Tresham, cuñado de Mounteagle, pero no se ha hallado ninguna prueba concluyente al respecto.

Foto: Ashmolean Museum / BRIDGEMAN / ACI
 

Guy Fawkes y el almacén de pólvora

El grabado sobre estas líneas, publicado en un panfleto de 1630 titulado Conmemoración agradecida de la misericordia de Dios, muestra a Guy Fawkes, con su típica capa y sombrero de ala ancha, merodeando por los alrededores del almacén lleno de pólvora junto al Parlamento. La tradición cuenta que al ser detenido le arrebataron la linterna que portaba para impedir que detonara la pólvora.

Foto: Lambeth Palace Library / Bridgeman / Aci

La ejecución

Este grabado muestra cómo los reos son arrastrados por caballos hasta el patíbulo, y allí son ahorcados y descuartizados. Cada uno de ellos era ahorcado, pero los verdugos descolgaron a la mayoría antes de que hubieran fallecido por lo que fueron descuartizados aún vivos. Guy Fawkes se arrojó con fuerza desde el cadalso y se rompió el cuello en la caída. Luego, su cadáver fue troceado y enviado a "las cuatro esquinas del reino".

Foto: Artpartner-images / Getty images

Icono político

La imagen de Guy Fawkes ha obtenido una fama mundial al ser adoptada como emblema por movimientos de protesta como Anonymous y Occupy. En realidad, estos activistas se inspiran en un cómic futurista de 1980, V de Vendetta, base de una película de 2006, cuyo protagonista es un rebelde anarquista que usa la máscara de Fawkes.

Foto: Leon Neal / Afp / Getty images

La noche de Guy Fawkes

Desde hace siglos se celebra en las ciudades y pueblos de Gran Bretaña, cada 5 de noviembre, una fiesta con hogueras, fuegos artificiales y desfiles, en la que se quema una efigie de Guy Fawkes. Actualmente, la más famosa de estas celebraciones es la que tiene lugar en Lewes, 70 kilómetros al sur de Londres, como se muestra en esta imagen de 2013.

 

A finales de octubre de 1605, un noble inglés, lord Mounteagle, recibió una misteriosa carta. En ella se le advertía de que su vida correría peligro si asistía a la apertura del Parlamento inglés, en Londres, unos cuantos días más tarde, el 5 de noviembre. El remitente anónimo le instaba a quemar la carta una vez la hubiese leído, pero Mounteagle la reenvió a Robert Cecil, primer ministro del rey Jacobo I. El Gobierno sospechó enseguida que la misiva podía tener relación con algún tipo de ataque contra el Parlamento y el soberano. Por ello, el 4 de noviembre el conde de Suffolk llevó a cabo un registro de la sede del Parlamento, el palacio de Westminster, y sus inmediaciones. El conde no halló nada, pero llamó la atención sobre un almacén a pie de calle, alquilado por un particular, que contenía una cantidad de leña inusualmente grande.

Por la tarde de ese mismo día, un oficial de la casa real, Thomas Knyvett, realizó un segundo registro en los edificios próximos al Parlamento. Frente al almacén encontró a un hombre alto y con barba, tocado con un sombrero de ala ancha y –algo impropio de un supuesto vigilante– vestido con capa, botas y espuelas, como si estuviera preparado para una rápida huida a caballo. Los hombres de Knyvett se apresuraron a inspeccionar el lugar y lo que hallaron los dejó estupefactos: nada menos que 36 barriles de pólvora cuidadosamente ocultados tras la leña. Además, al registrar al supuesto vigilante vieron que llevaba consigo fósforos, esto es, detonadores.

La conspiración de la pólvora

Knyvett había destapado la llamada Conspiración de la Pólvora, un plan que pretendía hacer saltar por los aires a los miembros de ambas Cámaras del Parlamento, al propio rey y a la mayor parte de la familia real y altos oficiales del Estado. Así lo confesó, después de ser debidamente torturado, el hombre detenido frente al almacén, que primero dijo llamarse John Johnson. Guy Fawkes, como en realidad se llamaba, no actuó en solitario, sino junto a otros doce hombres, todos católicos.

Guy Fawkes, como en realidad se llamaba, no actuó en solitario, sino junto a otros doce hombres, todos católicos

Para comprender las motivaciones de estos conspiradores hay que remontarse al menos a 1558, cuando la reina Isabel I ascendió al trono inglés y con ello permitió el triunfo definitivo del protestantismo en Inglaterra tras décadas de tensiones, a veces sangrientas. Desde entonces, los católicos se habían convertido en una minoría discriminada y perseguida, pese a que representaban una parte significativa de la población y en particular de la nobleza, sobre todo del norte del país.

Miedos recíprocos

Con el objetivo de lograr la uniformidad religiosa, el régimen isabelino prohibió el ritual católico, incluyendo la celebración de bautizos, matrimonios y funerales. Ser católico practicante estaba castigado por ley y se imponían multas a quienes rechazaran asistir a los servicios de la Iglesia de Inglaterra. Imprimir o importar libros católicos se volvió un acto de alta traición, y los sacerdotes católicos ingleses que se habían formado en el extranjero y regresaban a Inglaterra fueron declarados traidores, así como quienes les ayudaran, acogieran o escondieran. Todos los hombres con un cargo administrativo, desde los miembros del Parlamento hasta los maestros de escuela, debían hacer un juramento negando el poder del papa y reconociendo a Isabel como cabeza de la Iglesia.

Por otra parte, los protestantes ingleses también se sentían amenazados por los católicos. Constantemente recordaban a las 289 personas que habían sido quemadas en sólo cinco años por la predecesora católica de Isabel, su hermanastra María I. También alertaban del riesgo de una rebelión católica, pues en 1570 el papado había promulgado una bula en la que declaraba ilegítima a Isabel y animaba a sus súbditos a sublevarse contra ella. Además, estaba la amenaza de España. Los católicos ingleses esperaban que Felipe II les apoyara enviándoles armas si se producía una rebelión y, de hecho, en 1588 la fracasada expedición de la Armada Invencible tenía como objetivo instaurar el catolicismo en Inglaterra. La guerra de Flandes fue otro punto de fricción, pues Isabel I no dudó en prestar ayuda a los protestantes holandeses que luchaban por su independencia frente a España.

La muerte de Isabel I

Tras la muerte de Isabel en 1603 se albergaron grandes esperanzas de que su sucesor, Jacobo I, inaugurase una nueva era de paz y reconciliación. Hijo de una reina escocesa católica y casado con una princesa danesa convertida al catolicismo, Jacobo era protestante, pero los católicos ingleses confiaban en que mostraría mayor simpatía hacia ellos. Asimismo, las relaciones internacionales tomaron un cariz más tranquilo. Con la firma del tratado de Londres de 1604, Inglaterra se comprometió a dejar de enviar ayuda a los protestantes holandeses, y España, a no asistir a los católicos ingleses.

El rey Jacobo, sin embargo, no corrigió totalmente la política de intolerancia frente a los católicos. Por ejemplo, mantuvo las multas por no asistir a los oficios de la Iglesia protestante oficial. Decepcionados, algunos católicos pensaron que había que seguir actuando para colocar a un monarca católico en el trono. Una de esas personas era Robert Catesby, hijo de una noble familia católica del centro de Inglaterra. A pesar de que hoy es menos famoso que Guy Fawkes, de hecho fue el carismático y persuasivo Catesby quien organizó la conspiración de 1605.

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Cuando concibió el complot, Catesby tenía apenas treinta años y poseía una fuerte y atractiva personalidad. Un historiador victoriano declaró: "Se decía de él que ejercía una influencia mágica en todos aquellos con los que se relacionaba". Se valía de su carisma para tratar de convencer de que sólo una violencia extrema y espectacular pondría fin a las persecuciones sufridas por los católicos ingleses. La idea de usar la pólvora se le ocurrió en 1603, y a principios de 1604 comenzó a reclutar a sus secuaces. ¿El plan? Volar el Parlamento y al rey Jacobo I con la esperanza de restaurar el gobierno católico.

De hecho fue el carismático y persuasivo Catesby quien organizó la conspiración de 1605

Los primeros integrantes del complot pertenecían a la descontenta nobleza católica: Thomas Winter y Jack Wright, que rondaban los treinta y tantos, y Thomas Percy, algo más mayor. Winter viajó a Flandes, bajo dominio español, para tratar de obtener ayuda de España, que, sin embargo, no mostró interés. Afortunadamente para él, Winter encontró a alguien que sí lo mostró: Guy Fawkes, un antiguo compañero de estudios de Wright.

Complot en la taberna

Conocido como Guido por aquel entonces, el inglés Fawkes se hallaba luchando para los españoles en Flandes. Nacido protestante en York en 1570, Fawkes se había convertido más tarde al catolicismo. Inteligente, resuelto y con sangre fría, fueron éstas las cualidades que los católicos ingleses apreciaron en él. Sabedor de su experiencia con explosivos, Winter lo convenció para que se uniera al complot. Los cinco hombres se reunieron en mayo de 1604 en el Duck and Drake Inn de Londres, donde hicieron un juramento de lealtad y, más importante aún, de confidencialidad.

El plan de atentado de Catesby fue tomando forma en los meses siguientes. Percy se fue a vivir a una casa cercana al Parlamento mientras que Fawkes, que adoptó el seudónimo de John Johnson, simulaba ser su criado. Los conspiradores comenzaron a comprar pólvora y el complot se amplió, incluyendo a nuevos integrantes que proporcionaron fondos y otros recursos: Robert Winter (hermano de Thomas), John Grant, Kit Wright (hermano de Jack) y el criado Thomas Bates.

Si Fawkes hubiese prendido los barriles de pólvora habría provocado una destrucción total en un radio de 35 metros, de muros y tejados a 90 metros

En marzo de 1605, Percy alquiló un almacén en el sótano del palacio de Westminster. La pólvora se transportó directamente hasta allí, donde, bajo la experta supervisión de Fawkes, debía causar el mayor daño posible. De hecho, un estudio realizado en 2003 por el Centro de Estudios sobre Explosivos de la Universidad de Aberystwith, en Gales, calculó que si Fawkes hubiese podido prender los barriles de pólvora habría provocado una destrucción total en un radio de 35 metros, de muros y tejados a 90 metros y de ventanas a 800. Las casas del Parlamento y la abadía de Westminster habrían sido completamente destruidas, mientras que los edificios de la calle Whitehall, donde se ubicaba la residencia de los reyes, a casi medio kilómetro de distancia, también habrían sido dañados.

Los conjurados habían planeado varias veces llevar a cabo el ataque cuando se inaugurara el Parlamento, pero ciertos retrasos los obligaron a esperar. Por fin, en noviembre
de 1605 parecía que el plan iba a ponerse en marcha
. Lo extraordinario es que un complot así, con un número total de 13 conspiradores –entretanto se les habían unido tres hombres ricos e influyentes, Ambrose Rookwood, Francis Tresham y sir Everard Digby– consiguiera mantenerse en secreto durante tanto tiempo. Hasta que alguien, aún no se sabe quién, envió la carta anónima de advertencia a lord Mounteagle y con ello dio lugar al registro de Thomas Knyvett y al arresto de Fawkes.

Muerte a los traidores

Conducido a la Torre de Londres en las primeras horas del 5 de noviembre, Fawkes resistió el interrogatorio hasta que al día siguiente confesó bajo tortura. Entretanto muchos de los conspiradores habían huido, pero las fuerzas del rey los capturaron con rapidez. Catesby, Percy y Thomas Winter murieron en un tiroteo con los soldados de Jacobo I en Staffordshire, al norte de Inglaterra. La muerte le ahorró a Catesby sufrir los horribles castigos que se infligían a los traidores, pero también privó a los historiadores de su versión sobre el desarrollo de la conspiración: cómo se le había ocurrido la idea de volar el Parlamento y la manera en la que reclutó al grupo de conspiradores. Los demás fueron capturados, enviados de nuevo a Londres y condenados a muerte por traición.

Los demás conspiradores fueron capturados, enviados de nuevo a Londres y condenados a muerte por traición

Francis Tresham murió en prisión; los demás conjurados –"esos desdichados que habían creído poder hacer saltar por los aires a todo el mundo en esta isla", como los describió Jacobo– fueron conducidos al patíbulo en dos grupos, el 30 y el 31 de enero de 1606. Cada uno de ellos era ahorcado, pero los verdugos descolgaron a la mayoría antes de que hubieran fallecido por lo que fueron descuartizados aún vivos. Guy Fawkes se arrojó con fuerza desde el cadalso y se rompió el cuello en la caída. Luego, su cadáver fue troceado y enviado a "las cuatro esquinas del reino". Los demás hombres sufrieron la totalidad del castigo, como advertencia a otros posibles rebeldes.

Sermones y hogueras

La reacción del rey Jacobo fue extraordinariamente prudente. Estaba preocupado por evitar un pogromo contra sus súbditos católicos y nuevas tensiones con los Estados católicos. Su discurso en el Parlamento y los sermones oficiales de los líderes de la Iglesia exageraron la atrocidad del complot, pero también admitieron que muchos católicos ingleses seguían siendo súbditos leales. El milagroso descubrimiento de la conspiración fue una importante herramienta de propaganda. Desde 1606, por decisión del Parlamento inglés, todas las parroquias de Inglaterra debían organizar un sermón cada 5 de noviembre para dar las gracias a Dios por haberlos salvado del complot católico.

Con el paso del tiempo, la celebración se convirtió en el Día de Guy Fawkes, también llamado la Noche de las Hogueras. Cada 5 de noviembre se rememoran los acontecimientos con fuegos artificiales (que representan la pólvora) y hogueras, y en ellas arden figuras de paja de Guy Fawkes, conocidas como Guys. A pesar de que no fue el líder de la conspiración, Fawkes se convirtió en su rostro, adquiriendo así fama eterna.

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NATIONAL GEOGRAPHIC

Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

miércoles, 20 de marzo de 2019

ARQUEOLOGÍA : HIELO .- AGUA .- NATIONAL GEOGRAPHIC .- Hallan una "casa del hielo" perdida del Londres del siglo XIX

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, nos muestra un reportaje de lo que fueron en un tiempo las famosas "casa de hielo de Londres", justamente una posa destinada a almacenar grandes cantidades de hielo durante los siglos XVIII y XIX, acaba de ser destapada por los arqueólogos, fue la más grande con nueve y medio metros de profundidad por siete y medio metros de ancho.

https://www.nationalgeographic.com.es/historia/hallan-casa-hielo-perdida-londres-siglo-xix_14015

Una poza destinada a almacenar grandes cantidades de hielo durante los siglos XVIII y XIX estaba sepultado bajo las calles de Londres y acaba de ser destapado por los arqueólogos

Un gran depósito
El pozo hallado en Londres es una gran estructura de ladrillo que tiene nueve metros y medio de profundidad y siete y medio de ancho. En la imagen, un par de arqueólogos estudian el interior de la cámara.
FOTO: MOLA

El hielo noruego
El hielo que se consumía en Londres llegaba en grandes bloques aserrados de Noruega que se distribuían a través de una red de canales que conectaban la ciudad con el río Támesis. En la imagen, obreros cortando hielo en un lago noruego a finales del siglo XIX.
FOTO: London Canal Museum

Un pozo enterrado
Un arqueólogo inspecciona el exterior del pozo de hielo subterráneo descubierto en Regents’ Park.
FOTO: MOLA
Redacción

Hallan una "casa del hielo" perdida del Londres del siglo XIX

Los arqueólogos del Museum of London Archaeology (MoLA) https://www.mola.org.uk/    estaban llevando a cabo un proyecto de restauración en el próspero barrio de Regents Park cuando realizaron un descubrimiento sorprendente: una cámara enorme de ladrillo de 9,5 metros de profundidad y 7,5 metros de ancho. Rápidamente determinaron que se trataba de un pozo de hielo (icehouse, en inglés) y que era uno de los mayores que se habían hallado nunca en la ciudad. La cámara, en forma de huevo, fue construida en la década de 1780 y fue usada hasta bien entrado el siglo XIX para almacenar bloques de hielo que eran traídos desde lagos noruegos, donde las temperaturas eran mucho más bajas que en la capital inglesa.
Durante la Segunda Guerra Mundial, las bombas destruyeron las casas que se hallaban encima, pero no dañaron la cámara subterránea. Eso sí, los escombros llenaron el pozo, ocultándolo durante décadas.
Desde hace tiempo, los historiadores sabían que había una "casa de hielo" en esta zona, pero ignoraban dónde estaba exactamente. Hicieron falta meses para retirar todos los escombros. Este pozo, a pocos metros de una línea de metro, había sido construido para durar.
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Oro helado

El descubrimiento ha permitido reconstruir la historia y concretar el papel que jugó esta cámara en el negocio del hielo londinense. Aunque el pozo de Regents’ Park era uno entre los dos mil que se cree que hubo en la capital británica, esta estructura era mucho más grande que la mayoría. El equipo del MoLA determinó que el hielo se depositaba en el pozo a través de una abertura superior y que se extraía por otra abertura a nivel de suelo.
El tamaño del pozo y su conveniente ubicación junto al Regents Canal –completado en 1820– lo convirtieron en un elemento crucial de este negocio. Se cree que un tal William Leftwich lo adquirió en la década de 1820 y empezó a importar grandes bloques de hielo desde lagos noruegos hasta Londres. Este enorme pozo se convirtió, así, en el sitio perfecto para almacenar esos fríos cargamentos.
NATIONAL GEOGRAPHIC
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lunes, 1 de octubre de 2018

LONDRES : TECNOLOGÍA .- BBC Mundo Noticias .- LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA .- Robert Paxton McCulloch, el hombre que hizo que el puente de Londres atravesara un océano

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., realmente este planeta llamado: La Tierra, existen habitantes tan especiales y creativos que sin ellos tal vez nunca se habría logrado el desarrollo de la ciencia, la tecnología y sobretodo el emprendimiento en la creación de ciudades que según su olfato serian una gran aventura comercial y turística.
Justamente, el empresario norteamericano Robert Paxton McCulloch, creó la Ciudad de Havasu, a orillas del Lago Havasu, y compró el Puente de Londres y lo reconstruyó piedra por piedra sobre una orilla del Lago Havasu; empresas norteamericanas hechas por hombres de negocios norteamericanos...
BBC Mundo Noticias .- dice : "...La idea de trasladar un puente de piedra centenario a un desierto a 8.505 kilómetros de distancia fue considerada un disparate por muchos en la época. Pero la hazaña acabó por ser un éxito que a día que hoy sigue generando admiración (y beneficios)...."

https://en.wikipedia.org/wiki/Lake_Havasu
Robert Paxton McCulloch
Image captionRobert Paxton McCulloch era un inventor incansable que siempre estaba creando y pensando maneras en las que facilitar la vida de la gente.
La idea de trasladar un puente de piedra centenario a un desierto a 8.505 kilómetros de distancia fue considerada un disparate por muchos en la época. Pero la hazaña acabó por ser un éxito que a día que hoy sigue generando admiración (y beneficios).
Sin embargo, nada habría sido posible sin la osadía de un genio, una idea descabellada y una impresionante obra de ingeniería.
El puente no es otro que el legendario puente de Londres (London Bridge) y las razones de su traslado las relata a la perfección una popular canción infantil: "El puente de Londres se cae, se cae…".
Y así era.
La obra diseñada por el reconocido ingeniero John Rennie, finalizada en 1831, se estaba hundiendo en el río Támesis.
En 1965, los carruajes tirados por caballo que otrora cruzaron el puente habían dejado paso a vehículos motorizados, autobuses de dos pisos y camiones de pesadas cargas. No resistía más.
Un comité sobre puentes y obras civiles de la capital británica sabía que la solución obvia era demolerlo y construir uno nuevo, más preparado para los viajeros de la época.
Antiguo puente de Londres.Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionEl antiguo puente de Londres, que diseñó el ilustre ingeniero John Rennie, se estaba hundiendo en el Támesis y pensaron que su único destino sería destruirlo.
Pero alguien tuvo una propuesta diferente.

Una idea descabellada

El experiodista Ivan Luckin tenía otro destino para el emblemático puente.
"Derribarlo sería una opción pero ¿qué pasaría con su futuro?", recuerda el exconsejero Archie Galloway.
"Fue entonces cuando lanzó su propuesta. Le dijo a la comisión: "Deberíamos venderlo".
La idea despertó el asombro (y la curiosidad) de muchos en el comité.
El plan de Luckin contemplaba publicitar el puente en Estados Unidos, donde estaba seguro alguien estaría interesado en adquirir tal reconocido icono de la capital británica.
"Al alguien con sentido común se le ocurrió preguntar cuánto podrían obtener por el viejo puente y los registros muestran que Luckin dijo 'un millón'", asegura Galloway.
"'Un millón de dólares?', volvieron a preguntar. Y el antiguo periodista respondió: 'Estoy hablando de un millón de libras'. [casi US$3 millones en ese momento]."
Y esa fue la cantidad fijada.
La noticia sobre la venta del emblemático puente ocupó páginas de periódicos y un espacio destacado en los informativos televisados de aquel entonces.
Nota de prensa anunciando la compra del puente de Londres.
Image captionSe fijó que el valor del puente de Londres sería de 1 millón de libras, unos US$3 millones de la época.
Y Lucking puso en marcha la campaña publicitaria.
En el folleto de 40 páginas que preparó, no solo dio detalles sobre la estructura en sí, sino que también persuadió a sus potenciales compradores de que la compra les haría poseedores de una parte de la historia: un puente que cruzaba el Támesis desde la época romana.
¿Pero quién estaría tan loco como para adquirir un puente de piedra?

Un genio

Cuando Robert Paxton McCulloch cumplió 18 años ya era multimillonario, pero heredar parte de la fortuna de su abuelo en 1925 no mitigó su ambición ni su amor por el trabajo.
Llevado por su pasión por inventar y tras recibirse en la Universidad de Stanford (Estados Unidos), creó una compañía que fabricaba motores de vehículos de gran carga.
Siendo aún joven McCulloch vendió el negocio por US$1 millón. Fue el primer capítulo de una lucrativa carrera que lo llevaría desde el Medio Oeste a California, donde tuvo manejó exitosamente empresas que fabricaban motores de barcos.
"Era un genio", dice su nieto Michael McCulloch. "Era astuto a la hora de construir pero también a la hora de inventar. Él diseñaba motores, ese era su fuerte", asegura su nieto.
Robert Paxton McCulloch sobre una lancha.
Image captionLa verdadera profesión de Robert Paxton McCulloch era construir motores para barcos.
"Era un poco excéntrico, cierto, pero también extremadamente agradable".
McCulloch, conocido por sus nietos como RP, era un personaje con horarios extraños. Trabajaba hasta altas horas de la madrugada y después dormía hasta el mediodía y se vestía de una forma peculiar.
"Llevaba siempre un traje chino color crema, una corbata negra muy fina, una camisa blanca y se dejaba los bajos de los pantalones seis centímetros más cortos. Se ponía calcetines amarillos con zapatos blancos y marrones", recuerda Michael.
"Cuando falleció, quería un par de esos zapatos que usaba porque esa era un rasgo distintivo suyo. Cuando abrí el armario había 40 pares de zapatos y 25 trajes, y nada más".

"Adelantado a su tiempo"

McCulloch estaba lleno de ideas y podía encontrársele frecuentemente en su residencia vacacional en Palm Springs, California. Este era su lugar de recreo donde daba rienda suelta a su espíritu innovador.
"Era un hombre adelantado a su tiempo", asegura su nieto.
"Todo en aquella casa era electrónico. Todas las puertas, los cajones, todo se abría presionando un botón o deslizando una palanca", relata Michael.
"Podías encender la máquina de café, la bañera o la sauna de vapor en el momento que quisieras. La luz se controlaba desde un panel maestro. Ninguna casa en aquel entonces tenía eso".
Robert Paxton McCulloch junto a uno de sus motores.
Image captionMcCulloch se había construido en Palm Springs, California, una casa con prestaciones tecnológicas inusuales para la época.
McCulloch pensaba todo el tiempo en maneras de hacer la vida más fácil.
"Se le ocurrieron muchas ideas", dice Michael. "Creó un helicóptero para dos personas. Hizo un lavado de cara a vapor, que prometía hacer tu piel más firme… Cualquier cosa", enumera el descendiente del genio.
"Era algo que hacía por diversión. Era una persona muy inteligente y creativa que necesitaba inventar constantemente".
Fue precisamente esta necesidad de inventar (y su buen ojo para los negocios) lo que le llevó a su próximo proyecto, que más tarde le llevaría también al icónico puente inglés.
Como en el este de California no tenía un lugar para probar los motores de sus barcos, se pasó a la fronteriza Arizona en busca de agua.
La historia cuenta que fue desde el aire que McCulloch divisó el lago Havasu, serpenteando una parcela flanqueada por las montañas Chemehuevi, Whipple y Mojave.
"Se dieron cuenta de que era un lugar realmente hermoso", dice Michael. "Echaron un vistazo alrededor, ofrecieron US$76 por acre y comenzaron a construir.
Vista aérea del lago Havasu en una fotografía antigua.
Image captionMcCulloch divisó el lago Havasu desde el aire y creyó que era una excelente oportunidad de negocio.
"Vio que allí había una gran oportunidad de negocio".

Una ciudad en la nada...

Y así fue como McCulloch empezó a divisar una ciudad en el desierto, en medio de la nada, que se llamaría Ciudad Lago Havasu.
Para atraer gente, organizó y pagó vuelos desde otras partes de Estados Unidos, especialmente del centro oeste del país, a potenciales compradores de terreno, a quienes les presentó la posibilidad de mudarse allí como una oportunidad de cumplir el sueño americano: tener una casa grande, en un estado soleado y, en definitiva, una mejor vida.
Primeras casas junto al lago Havasu.
Image captionEn 1965 apenas había junto al lago Havasu dos carreteras, una señal de stop y 600 vecinos.
Poco a poco aquella parte del desierto de Arizona se fue poblando, pero el cambio real llegó tras una adquisición muy particular.
Una compra inusual
Cuando a los oídos del inventor Robert Paxton McCulloch llegó la noticia de que el emblemático puente de Londres estaba a la venta, no pudo resistirse.
Mucha gente asumió que había perdido la cabeza, aunque otros reconocieron que detrás de aquel plan en realidad podría haber alguna cosa buena.
"Hubo muchos artículos que describían a RP como un loco... ¿Tomar este puente en Londres y ponerlo en medio del desierto?", afirma Michael.
También se extendió el rumor de que aquel hombre de negocios millonario y exitoso había "comprado el puente equivocado".
"Sé fehacientemente que ellos sabían exactamente qué puente iban a comprar", defiende el nieto.
El puente de la torre de Londres.Derechos de autor de la imagenDEA / W. BUSS
Image captionMuchos creyeron que McCulloch se había confundido y que en realidad quería comprar el puente de la torre de Londres.
"¿Crees que alguien en su sano juicio miraría a Tower Bridge (la torre de Londres) y pensaría que podía desarmarlo y traerlo aquí? Lo que ocurre es que RP y sus socios sintieron que permitir que ese rumor se extendiera era una forma de seguir dando publicidad al lugar, y lo dejaron pasar", argumenta.

Una hazaña complicada

Pero lo que McCulloch se había propuesto no iba a ser nada fácil. Los puentes se construyen generalmente sobre ríos y él tenía que construir un río debajo del puente.
Para ello, él y sus socios debían conseguir un permiso del mismísimo presidente de Estados Unidos en el que les autorizase a hacer pasar un canal por debajo del puente de Londres.
El presidente Lyndon B. Johnson.Derechos de autor de la imagenBETTMANN
Image captionAntes de iniciar el proyecto, McCulloch necesitaba la autorización del gobierno de Estados Unidos.
Fue su socio CV Wood quien lo consiguió, como también fue él quien convenció a las 16 organizaciones en defensa del medio ambiente que se oponían al proyecto de que les dieran el beneplácito.
Finalmente, la primera piedra llegó al lago Havasu el 9 de julio de 1968. McCulloch había firmado un cheque por US$2,46 millones.
Aproximadamente 10.600 piedras llegaron al lago Havasu, después de haber viajado por mar en cargueros, pasando por el canal de Panamá y por carretera sobre camiones de plataforma.
La primera piedra se colocó el 23 de septiembre de 1968 en una ceremonia a la que asistió el alcalde de Londres. Después comenzaron los trabajos para resucitar el puente.
"Sólo podías ver cómo se elevaba el esqueleto de la construcción", asegura Norma Grzesiowski que justo se acababa de mudar a una zona residencial de la ciudad.
"Los constructores explicaron que era como armar un rompecabezas. Fue emocionante, pero también surrealista".
El resto fue construido alrededor de un armazón hecho con cemento reforzado y para evitar que se hundiese.
Estructura del nuevo puente de Londres en Arizona.
Image captionLa construcción del puente de Londres fue lenta y complicada, con los obreros teniendo que colocar una a una piezas de más de 200 kilos de peso.
Las piedras fueron colocadas a mano y se aseguraron con alambre y hormigón. El trabajo fue lento y laborioso: los obreros tenían que colocar las piezas de más de 200 kilos de una a una. En un buen día conseguían mover hasta 10, en uno malo solo una.
Si alguna estaba dañada había que reemplazarla, asegura Harvey Robertson, quien puso los escalones en el lado sur del puente.
Pero la roca local no coincidía con aquella que había sido ennegrecida tras un siglo de contaminación londinense.
"Era un color más claro así que se usaban quemadores de queroseno para crear un efecto de hollín", recuerda. "Luego se pintaban para que se viera una piedra oscura y desgastada, y que la gente no supiera que no eran las originales".
Una vez que el puente estaba arriba, tuvieron que succionarse las dunas a través de los arcos y así construir el canal para el que había dado permiso el presidente estadounidense.
Arrastraron la tierra de debajo de la estructura y así London Bridge se elevó sobre un canal por primera vez desde que abandonó Gran Bretaña.
El puente de Londres del lago Havasu en construcción.
Image captionLas labores de construcción se demoraron poco más de tres años.
"Recuerdo haber pensado que McCulloch tenía más dinero que sentido común", dice Robertson. "Pero una vez que comencé a trabajar en el proyecto, pensé que era un genio".

Inauguración

El 10 de octubre de 1971, el puente de Londres del lago Havasu se inauguró ante una gran expectación. Una delegación londinense, acompañada por jinetes con chaquetas rojas que trotaban por el desierto, estaba presente.
De acuerdo con los reportes del periódico Lake Havasu City Herald, unas 50.000 personas llenaron las calles de la ciudad que celebraba la inauguración del puente, en el que ondeaban las banderas de Estados Unidos y de Reino Unido.
Día de la inauguración del puente de Londres en la ciudad del lago Havasu.
Image captionLa inauguración del puente se vivió como una celebración en la ciudad de reciente creación.
La gala contó con un desfile y el lanzamiento de hasta 30.000 globos, 3.000 pájaros y un letrero en el cielo en el que se leía "por fin en casa".

Negocio rentable

McCulloch murió seis años después de ver hecho realidad su sueño a causa de una sobredosis de alcohol y pastillas.
Y aunque muchos aseguraron que se arrepentiría de haber llevado a cabo tal empresa, lo cierto es que el puente de Londres de Arizona no ha dejado de ser un negocio rentable.
Según el Consejo Estatal de Turismo, 3,65 millones de personas visitaron el puente de Londres el año pasado, convirtiéndose en la tercera atracción más popular de Arizona después de los parques nacionales del Gran Cañón y el Cañón Glen.
Para los 52.000 residentes que llaman hogar al lago Havasu, el puente es solo una parte de su vida cotidiana, proporcionando el único acceso desde y hacia el puerto deportivo y un grupo de casas que McCulloch había comprado en 1958.
Y aunque todo el proyecto costó alrededor de US$12 millones, se dice que McCulloch recuperó sus costos antes de que la última piedras del puente de Londres se colocara en su nuevo hogar.
Hoy en día, el resort no solo se mantiene por los turistas que quieren ver el puente, sino también por los ingresos de quienes acuden allí para practicar deportes acuáticos y las vacaciones de universitarios en su descanso de primavera.
El lago, con su agua tranquila y con un clima soleado, han convertido a la ciudad en un destino de vacaciones legítimo, un resultado que puede que ni su propio fundador se hubiese imaginado.
Vista de la ciudad de lago Havasu.
Image captionHoy en día la ciudad de Havasu, con 52.000 habitantes, es un lugar de destino turístico, el tercero de preferencia en el estado de Arizona.
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*Esta nota es una adaptación del trabajo que publicó Lauren Potts en BBC News.
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