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viernes, 3 de septiembre de 2021

PECES, MARISCO Y MUCHO ACEITE: Nuevos detalles sobre la dieta en Herculano antes de la erupción del Vesubio.

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., los nuevos descubrimientos arqueológicos de los habitantes de Herculano y Pompeya, antes de la erupción del Volcán Vesubio, demuestra que ellos se alimentaban teniendo como ingrediente principal el aceite de oliva, y productos del mar como pescados y mariscos, agregando a la dieta trigo y migo; eso se ha podido determinar a los huesos encontrados de 17 víctimas que perecieron debido a una explosión de gases a 250°C, que evaporizó la carne y dejó intactos los sistemas óseos...... ....sigamos leyendo.....................

Un estudio dirigido por la Universidad de York ha analizado los huesos de algunas de las víctimas del Vesubio en Herculano con las tecnologías más modernas y ha llegado a conclusiones sorprendentes sobre los alimentos que ingirieron los habitantes de esta próspera ciudad de la bahía de Nápoles.








Foto: Cordon Press.

Hace casi dos mil años, una erupción volcánica sepultó las ciudades romanas de Pompeya y Herculano. La catástrofe no solo preservó los edificios bajo una espesa capa de cenizas, sino también los restos de sus moradores, y el estudio de estos antiguos huesos ha proporcionado a los investigadores numerosas pistas sobre cómo era la dieta romana. Ahora, un nuevo análisis realizado por la Universidad de York (y que ha contado con la participación de la Universidad Autónoma de Barcelonasobre los huesos de diecisiete víctimas de la erupción (once hombres y seis mujeres) procedentes de Herculano ha revelado qué alimentos consumían estas personas y en qué proporciones.

El resultado del estudio, que se ha publicado en Science Advanceses sorprendente: los romanos de Herculano, al parecer, en general seguían una dieta rica en marisco y aceite de oliva, lo que ha confirmado las estimaciones de algunos historiadores sobre la gran cantidad de aceite de oliva que los romanos llegaban a consumir. Pero hasta ahora, los estudios sobre el tema no habían logrado descubrir detalles esenciales sobre la dieta de los antiguos romanos. En palabras de Erica Rowan, arqueobotánica de la Universidad Royal Holloway de Londres, que no ha participado en este estudio, "aquí han hecho un buen trabajo" .

ESTUDIO ISOTÓPICO

En el año 79 d.C., en un intento desesperado por escapar de la terrible erupción del Vesubio, la gente de Herculano se hacinó desesperada en unos cobertizos para guardar botes que se disponían a lo largo de la playa de la ciudad. Pero una explosión repentina de cenizas y gas a 250 °C (flujo piroclástico) acabó con todos ellos de inmediato, evaporando su carne y preservando sus huesos casi a la perfección. Estos huesos habían sido analizados en anteriores investigaciones por los científicos, que estudiaron su colágeno, y la conclusión a la que se llegó fue que los hombres en Herculano tenían una dieta diferente a las mujeres.


Vista de varios restos humanos descubiertos en cobertizos para botes en Herculano.

Foto: L. Fattore, Sapienza Università di Roma.

Estos huesos habían sido analizados en anteriores investigaciones por los científicos, que estudiaron su colágeno, y la conclusión a la que se llegó fue que los hombres en Herculano tenían una dieta diferente a las mujeres.

Para profundizar en este tema, en el nuevo estudio se ha procedido a aislar aminoácidos específicos (los componentes básicos de las proteínas) del colágeno y se determinaron las proporciones de variedades, o isótopos, de átomos de nitrógeno y carbono. Esos isótopos se pueden rastrear hasta alimentos específicos. Asimismo, gracias a los restos de plantas y animales encontrados en el yacimiento, los arqueólogos han podido saber que los habitantes de Herculano consumían trigo y mijo. También se alimentaban de lentejas, habas, cerezas, melocotones y aceitunas, además de setenta tipos de pescados y mariscos procedentes de la bahía de Nápoles.

EL ACEITE DE OLIVA, EL GRAN PROTAGONISTA

Gracias al nuevo método empleado por los investigadores de este estudio, "podemos saber de dónde provienen las calorías que consumieron. Pudimos ver alimentos que normalmente no podemos ver porque no son proteínas", afirma Oliver Craig, arqueólogo de la Universidad de York y uno de los autores. El análisis aportó también algunas sorpresas: la gente en Herculano comía mucho marisco, especialmente en comparación con los actuales habitantes del Mediterráneo. Aproximadamente una cuarta parte de las proteínas que consumieron procedían del mar, casi el triple que en la dieta mediterránea moderna. "No habíamos podido ver eso antes en el análisis isotópico regular", ha explicado Rowan.

El análisis aportó también algunas sorpresas: la gente en Herculano comía mucho marisco, especialmente en comparación con los actuales habitantes del Mediterráneo.

Por su parte, como se ha apuntado anteriormente, el aceite de oliva también fue tomado por los romanos en enormes cantidades. Constituyó por lo menos el doce por ciento de las calorías que se consumieron en Herculano (aunque quizás el porcentaje fue mayor). Estos resultados respaldan lo que cuentan algunas fuentes históricas que indican que el romano medio consumía unos veinte litros de aceite cada año y que este alimento fue una de las fuentes de grasa más importantes en la dieta romana. De hecho, las aceitunas fueron un producto ampliamente cultivado a lo largo de todo el Imperio romano, siendo exportado por todo el Mediterráneo. "El aceite no era solo un condimento, era un ingrediente en sí mismo. Además proporcionaba mucha energía", comenta Silvia Soncin, arqueóloga de la Universidad la Sapienza de Roma y una de las autoras del estudio.


Imagen de una calle en el yacimiento romano de Herculano, en Nápoles.

Foto: iStock.

LO QUE COMÍAN HOMBRES Y MUJERES

En cuanto a las diferencias en la alimentación según el sexo, el estudio muestra que las mujeres de Herculano comieron menos granos y cereales que los hombres. En cambio consumieron más productos animales (huevos, carne, lácteos) y frutas y verduras cultivadas localmente. Mientras tanto, los hombres parecían haber ingerido más pescado y marisco que ellas. Soncin y Craig han sugerido que esta diferencia entre las dietas, en las que los hombres parecían consumir alimentos más energéticos, podría tal vez ser indicativa del hecho que estos pasaban más tiempo fuera de casa. También podría deberse al mayor prestigio social masculino y a que, si los hombres eran esclavos, lograban la libertad antes que las mujeres.

Soncin y Craig han sugerido que esta diferencia entre las dietas, en las que los hombres parecían consumir alimentos más energéticos podría tal vez ser indicativa del hecho que los hombres pasaban más tiempo fuera de casa.

A pesar de todo, los científicos reconocen que la dieta de los habitantes de Herculano puede no ser representativa de la antigua Roma en su conjunto. Es posible que la gente que vivió en esta ciudad situada en la rica bahía de Nápoles, rodeada de un fértil suelo volcánico y cerca de un puerto importante al cual llegaban mercancías procedentes de todos los rincones del Mediterráneo, tuviera una dieta especialmente diversa. Aún así, según Rowan, el enfoque que los científicos han aplicado al estudio podría servir asimismo para arrojar luz sobre otras dietas antiguas en todo el mundo. "Si se pudieran usar los mismos métodos en diferentes lugares, el resultado sería realmente interesante", concluye.

para saber más

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NATIONAL GEOGRAPHIC

Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

lunes, 14 de enero de 2019

ANTIGUA ROMA : NÁPOLES .- GRECIA .- EGIPTO .- NATIONAL GEOGRAPHIC .- Los romanos se van de vacaciones

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, he elaborado un amplio reportaje de las vacaciones que hicieron los antiguos romanos en épocas estivales; viajaron por diferentes lugares como : Grecia, Egipto, y otros lugares, pero también lo hacían dentro de la misma Italia, con residencias veraniegas que tenían en Náples, Pompeya, y otros pueblos con orillas marítimas.

National Geographic .- narra : "Los romanos de la Antigüedad viajaban por múltiples motivos: comerciales, profesionales, familiares y personales, religiosos, intelectuales, militares... Pero no eran pocos los que lo hacían también por placer, esto es, para hacer turismo. No sería exagerado sostener que en la ciudad del Tíber se pueden rastrear los orígenes de una costumbre que millones de personas practican actualmente cuando consiguen reunir unos cuantos días libres. De hecho, la palabra turismo tiene una raíz latina: procede del verbo tornare, "volver" o "hacer girar", lo que implica un viaje de ida y vuelta, tal y como entendemos hoy nuestras andanzas estivales..."

National Geographic .- agrega : " Los romanos no fueron inmunes al irresistible encanto de conocer mundo. No es casual que en los siglos II y III d.C. se popularizaran las novelas de aventuras exóticas (Las aventuras de Leucipa y Clitofonte, Las efesíacas, Las etiópicas...), que ponían al lector en la piel de jóvenes parejas de enamorados que conseguían reunirse tras pasar por innumerables peripecias entre tribus etíopes, piratas griegos y déspotas orientales. Aquiles Tacio, Jenofonte de Éfeso y Heliodoro de Emesa son los nombres de algunos de estos Salgari y Julio Verne del pasado clásico que trasladaban a su público a lugares remotos sin tener que moverse de casa.
Los bibliófilos de mayor cultura, sin embargo, podían optar por hojear los volúmenes de las periegeses, las narraciones descriptivas de los más célebres monumentos del pasado –tanto arquitectónicos como escultóricos–, sobre todo de Grecia, pero también de Asia Menor o del sur de Italia y Sicilia. Comparadas a menudo con las guías de viaje actuales, lo justo sería definir las periegeses como tratados artístico-históricos concebidos básicamente para informar sobre los ritos específicos que se practicaban en cada lugar, por lo que describían los principales complejos religiosos (los santuarios), así como sus fiestas y tradiciones.

 https://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/romanos-se-van-vacaciones-2_13382?utm_source=onesignal&utm_medium=push&utm_campaign=trafico
 Aprovechaban para visitar sus más célebres monumentos y muchos tenían mansiones en el sur de Italia para los meses estivales


 Vacaciones junto al mar
Los romanos pudientes disfrutaban de su tiempo de ocio, sobre todo durante los insoportables veranos de la Urbe, en lujosas villas situadas en la bahía de Nápoles, con imponentes vistas al mar. Óleo por Ettore Forti. Siglo XIX
FOTO: Bridgeman / ACI



 Un destino atractivo
Situada a los pies del Vesubio, Pompeya (arriba) era una ciudad próspera. Muchos romanos ricos poseían lujosas villas tanto en la misma población como en sus alrededores.
FOTO: Henryk Sadura / AGE Fotostock


 
Festival de vacaciones

En la localidad costera de Bayas, los romanos ricos se solazaban con todo tipo de actividades, que a estoicos como el filósofo Séneca les resultaban muy molestas: «¿Qué necesidad tengo de ver gente embriagada vagando por la costa, las orgías de los marinos, los lagos que retumban con la música de las orquestas y otros excesos...?». El festival de Neptuno, óleo por Ettore Forti. Siglo XIX. 
FOTO: Bridgeman / ACI
 

 Baquete en Pompeya
Una pareja se besa durante un paquete. Fresco pompeyano del siglo I. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.
FOTO: AKG / Album



 Nace la egiptomanía
Este recipiente de obsidiana con incrustaciones de lapislázuli, malaquita y oro, decorado con motivos egipcios, es un buen ejemplo de la moda por todo lo egipcio que se instaló en la Roma imperial. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles. 
FOTO: DEA / Album



 Transporte romano
Abajo, réplica de una carruca, un carruaje de cuatro ruedas, cubierto y tirado por dos o cuatro caballos. Museo Romano Germano, Colonia. 
FOTO: Bridgeman / ACI


 El sagrado pajaro ibis
El historiador Plutarco se refiere en sus escritos a la adoración que los egipcios prestaban a esta ave, animal sagrado del dios de la escritura Toth. Figura de la época ptolemaica.
FOTO: AKG / Album



 El mosaico del Nilo
Egipto era uno de los lugares favoritos de los romanos para hacer turismo. Este fragmento del famoso mosaico del Nilo, del siglo I a.C., muestra a un animado grupo de personas bebiendo junto al río. Galería Nacional de Arte Antiguo. Palacio Barberini, Palestrina. 
FOTO: DEA / Album



 Los colosos de Memnón
En las bases de estas estatuas, que se alzaban en la entrada del templo funerario de Amenhotep III en la orilla occidental del Nilo, se conservan al menos 90 inscripciones de viajeros romanos que quisieron dejar constancia de su visita y contar si escucharon o no su famoso canto. 
FOTO: Johanna Huber / Fototeca 9x12

 Albergues y alojamientos
Unos viajeros arriban a una mansio o casa de postas para alojarse. Relieve. Museo de la Civilización Romana, Roma.
FOTO: DEA / Album



 El gusto por la Naturaleza
Distintas especies de aves, entre ellas urracas y palomas, vuelan y se posan en los árboles y las fuentes representados en este fresco de un frondoso jardín romano que decoró el triclinio o comedor de la villa del Brazalete de Oro, en Pompeya.
FOTO: DEA / Album



 Un mapa de carreteras
Tabula Peutingeriana. Fragmento en el que aparece la ciudad de Roma. Biblioteca Nacional de Austria, Viena.
FOTO: DEA / Album



 Turismo cultural
Cicerón ante la tumba de Arquímedes. Óleo por Paolo Barbotti. Siglo XIX. Museo Civico, Pavía.
FOTO: Erich Lessing / Album



  Deporte y diversión
Los romanos, tanto hombres como mujeres, gustaban de practicar actividades físicas para divertirse, tal como se aprecia en este mosaico de la villa romana del Casale, en Sicilia, donde unas jóvenes realizan ejercicios gimnásticos.
FOTO: Dagli Orti / Aurimages
 

 El templo de Sunion
Grecia era uno de los destinos más apreciados por turistas romanos, que seguían los pasos de Homero y los grandes filósofos por toda la geografía de la Hélade. En la imagen, templo de Poseidón en el cabo Sunion.
FOTO: Istock / Getty Images



 Villa junto al mar
Fresco procedente de la villa San Marco, de Estabia. Antiquarium Stabiano, Castellammare de Estabia.
FOTO: DEA / Album



 Villas de varias plantas
Fresco del tablinum de la casa de Marco Lucrecio Frontón, en Pompeya. 
FOTO: DEA / Album



 La villa Laurentina
En sus Cartas, Plinio el Joven describe su villa de Laurento: «La villa proporciona suficiente comodidad, su mantenimiento no es costoso. En la entrada hay un vestíbulo [...] a continuación, un pórtico redondo en forma de letra D, que rodea un patio pequeño, pero agradable, que da abrigo contra el mal tiempo pues está protegido por cristales y techos voladizos [...]. Tiene por todas partes puertas y ventanas tan grandes como las puertas, de modo que por el frente y por los costados parece que contemplas tres mares...».
FOTO: AKG / Album
Jorge García Sánchez
13 de enero de 2019

Los romanos se van de vacaciones

Los romanos de la Antigüedad viajaban por múltiples motivos: comerciales, profesionales, familiares y personales, religiosos, intelectuales, militares... Pero no eran pocos los que lo hacían también por placer, esto es, para hacer turismo. No sería exagerado sostener que en la ciudad del Tíber se pueden rastrear los orígenes de una costumbre que millones de personas practican actualmente cuando consiguen reunir unos cuantos días libres. De hecho, la palabra turismo tiene una raíz latina: procede del verbo tornare, "volver" o "hacer girar", lo que implica un viaje de ida y vuelta, tal y como entendemos hoy nuestras andanzas estivales.

Los nobles romanos distinguían perfectamente entre el negotium, cuando se encontraban atareados en sus quehaceres diarios, y el otium, el período de descanso. Entonces llegaba el momento de alejarse del caos urbano en una villa marítima, de las que abundaban, sin ir más lejos, a los pies del Vesubio, o de conocer las atracciones monumentales de las provincias orientales, especialmente si hablamos de oficiales y administradores empleados en esas regiones. 

Ganas de conocer mundo

Los romanos no fueron inmunes al irresistible encanto de conocer mundo. No es casual que en los siglos II y III d.C. se popularizaran las novelas de aventuras exóticas (Las aventuras de Leucipa y Clitofonte, Las efesíacas, Las etiópicas...), que ponían al lector en la piel de jóvenes parejas de enamorados que conseguían reunirse tras pasar por innumerables peripecias entre tribus etíopes, piratas griegos y déspotas orientales. Aquiles Tacio, Jenofonte de Éfeso y Heliodoro de Emesa son los nombres de algunos de estos Salgari y Julio Verne del pasado clásico que trasladaban a su público a lugares remotos sin tener que moverse de casa.
Los bibliófilos de mayor cultura, sin embargo, podían optar por hojear los volúmenes de las periegeses, las narraciones descriptivas de los más célebres monumentos del pasado –tanto arquitectónicos como escultóricos–, sobre todo de Grecia, pero también de Asia Menor o del sur de Italia y Sicilia. Comparadas a menudo con las guías de viaje actuales, lo justo sería definir las periegeses como tratados artístico-históricos concebidos básicamente para informar sobre los ritos específicos que se practicaban en cada lugar, por lo que describían los principales complejos religiosos (los santuarios), así como sus fiestas y tradiciones.

Plinio el Viejo, tan conocido por su obra Historia natural como por su fallecimiento durante la erupción del Vesubio del año 79 d.C., atribuía a sus coetáneos la lectura de este tipo de escritos, en especial cuando versaban sobre Egipto, Grecia y Asia.
A Séneca, por su parte, le parecía interesante salir de la propia ciudad, pues eso procuraba el encuentro con gentes diferentes y espectáculos naturales desconocidos, entre los que hacía hincapié en los ríos –los accidentes fluviales, a menudo divinizados, nunca dejaron de fascinar a los antiguos–, citando el Tigris, el Nilo y el Meandro (el río Menderes, en Turquía). Es decir, son los mismos autores grecorromanos quienes nos informan de los grandes destinos turísticos y de los atractivos que presentaban el patrimonio artístico y la Naturaleza de estos lugares.

Rutas por Grecia

El patrimonio intelectual de determinadas regiones constituía un aliciente particular para los viajeros. La Hélade y las provincias asiáticas estaban repletas de recuerdos de los poemas homéricos, con los que los romanos se identificaban a través de su héroe Eneas: en Pilos se veneraba el sepulcro de Néstor; en Atenas, la tumba de Edipo; Orestes reposaba en Esparta, y Agamenón e Ifigenia yacían en Micenas. En Troya se adivinaban aún las huellas del campamento de los sitiadores aqueos o del altar de Zeus, donde el rey troyano Príamo había perdido la vida a manos de Neoptólemo, hijo de Aquiles. Pero aquel lugar era famoso sobre todo por las supuestas tumbas de los héroes homéricos, como Héctor o el propio Aquiles, que visitaron Julio César y algunos de sus sucesores, entre ellos los emperadores Adriano, Caracalla, Diocleciano y Constantino. Las escapadas a Grecia incluían la visita a poblaciones como Corinto, Epidauro, Delfos, Esparta u Olimpia; destinos atrayentes a causa de los festivales y juegos atléticos que allí se celebraban, eventos que además fijaban el mejor momento para visitarlos. Otras ciudades presentaban importantes atractivos locales: Rodas llamaba la atención por el Coloso, cuya masa broncínea de 33 metros de altura, que representaba al dios Helios, se había desplomado a causa de un terremoto en el año 226 a.C. Los forasteros se entretenían explorando sus enormes miembros fragmentados, convertidos en grutas artificiales, o intentando abarcar con sus brazos el pulgar de la estatua, una tarea imposible en palabras de Plinio el Viejo.

Pasión por Egipto

Una tierra en la que el turista romano se sentía auténticamente maravillado era Egipto. La extrañeza de sus ritos religiosos y de su escritura jeroglífica desconcertaba y fascinaba por igual al visitante; lo mismo puede decirse de sus monumentos, ya fueran las pirámides de Gizeh o las tumbas subterráneas del Valle de los Reyes. En estas últimas todavía puede detectarse el paso de cientos de excursionistas de la Antigüedad gracias a los grafitos –con nombres, fechas, pequeñas biografías, poemas, opiniones...– que grabaron en sus muros. Así, sabemos que un tal Isidoro, natural de Alejandría, estudió Derecho en Atenas; que el centurión Januarius penetró en las criptas junto a su hija Januarina, o que a An- tonio le maravillaba el Valle casi tanto como la ciudad de Roma. Prácticamente la mitad de los grafitos descubiertos se aglutinan en la tumba de Ramsés VI, de la que se dijo que era el sepulcro de Platón, por lo que los filósofos neoplatónicos entraban en ella con el respeto reverencial de quien oraba en un templo. Algunos de los grafitos inscritos en los muros de esta tumba faraónica muestran lo que pensaron del lugar algunos visitantes, como el que dejó escrito "la visité y no me gustó nada, excepto el sarcófago" o el de un abogado llamado Bourichios, al cual le fastidiaba no comprender el significado de los jeroglíficos: "¡No puedo leer este escrito!".
Otro monumento egipcio que atrajo particularmente a los viajeros de la Antigüedad fue la pareja de esculturas sedentes de Amenhotep III que perduraban de su templo funerario, próximo a Luxor. Griegos y romanos enseguida las bautizaron como "Colosos de Memnón", al estimar que una de las estatuas mostraba la figura de Memnón, rey etíope aliado de los troyanos. Por las mañanas, cuando la brisa soplaba a través de las fisuras dejadas por un terremoto, las estatuas emitían un curioso sonido que atraía a gran número de espectadores, que creían escuchar el tañido de una lira, un silbido o un llanto. Numerosos turistas contrataron picapedreros locales para inscribir grafitos en los Colosos, como el lírico Paeón, quien compuso unos versos en honor de su patrón Metio Rufo, o la poetisa Julia Balbilla, que viajaba en el séquito de Vibia Sabina, la esposa del emperador Adriano.

Trabajo y placer

Los romanos que dejaban su patria solían encontrar tiempo para hacer turismo, incluso durante el desempeño de misiones bélicas y diplomáticas. Véase por ejemplo el caso de Lucio Emilio Paulo, quien, después de que sus legiones acabaran, en el año 168 a.C., con la vida de 20.000 hombres en la batalla de Pidna, y tras desmembrar el viejo reino helenístico de Macedonia, emprendió un tour que lo llevaría a presentar sus respetos y sus ofrendas a Atenea en la Acrópolis ateniense, a Apolo en su santuario de la isla de Delos, a Asclepio en su recinto sagrado de Epidauro y, por supuesto, a Zeus en su templo de Olimpia. Pero no descuidó enclaves tan emblemáticos como Áulide, en Beocia, puerto de partida de la expedición griega contra Troya encabezada por Agamenón, o el istmo de Corinto, sede de los Juegos Ístmicos. Años después, el senador Lucio Memio también combinó deber y placer durante un viaje a la ciudad egipcia de Arsínoe, la antigua Cocodrilópolis. Memio gozó de la obsequiosidad de un funcionario del rey Ptolomeo IX llamado Asclepíades, que durante su itinerario le procuró todas las comodidades: dispuso su visita al Laberinto (el complejo mortuorio conectado a la pirámide del faraón Amenemhat III) y le proveyó de los típicos panecillos con que los turistas alimentaban a los reptiles que daban nombre a la ciudad, sobre todo al más importante de todos ellos: el cocodrilo que encarnaba al dios Sobek. Relata el geógrafo Estrabón que aquel enorme animal no paraba de engullir frutas, galletas y vino que le echaban los visitantes de paso.
Pero no había que marcharse al otro extremo del Mediterráneo para poder gozar de unas estupendas vacaciones. Desde la época republicana, los patricios romanos poseían una o varias villas de recreo en la costa o en el campo, adonde se retiraban con la intención de escapar de sus obligaciones cotidianas y consagrarse de lleno al otium.

Casas de vacaciones

En Italia, el área favorita para disponer de segundas residencias fue la Campania, donde se localizaban Pompeya, Herculano, Estabia y otras poblaciones emblemáticas. Cercana a Roma, tenía un clima benigno y playas atrayentes, cualidades imbatibles para convertirse en un centro turístico privilegiado. Así lo intuyó a comienzos del siglo I a.C. el "empresario" Cayo Sergio Orata, quien reformaba villas al borde de la bahía napolitana para luego venderlas a un alto precio a los senadores.
En las playas campanas el tiempo discurría plácidamente, "entre romances, canciones, banquetes y paseos en bote", escribía Cicerón.
También Plinio el Joven describía las ocupaciones veraniegas a las que se entregaba en sus villas: meditar, leer, recibir masajes, bañarse, escuchar recitaciones y música, pescar o montar a caballo. Actividades que bien se podían realizar solo o en compañía de invitados de las villas vecinas; en este caso, la caza solía convertirse en otro de los pasatiempos favoritos. En el siglo IV d.C., el erudito Quinto Aurelio Símaco, propietario de decenas de moradas, se solazaba con sus amigos Macedonio y Atalo charlando, leyendo y, al igual que Plinio el Joven, empleándose a fondo en la caza, costumbre propia de su cuna aristocrática. Los banquetes suntuosos estaban a la orden del día cuando se reunían estos comensales de noble origen, y la mayor parte de las veces se amenizaban con exhibiciones musicales, teatrales, de danza y otras que hoy llamaríamos "circenses". Ummidia Quadratilla, una dama ilustre de hace dos mil años, hasta contaba con una troupe de pantomimos, equilibristas y bailarinas que hacían de sus cenas deliciosos festejos.
Afortunadamente, la arqueología ha preservado muchas de estas viviendas de lujo, embellecidas con amplios jardines, ninfeos de aguas claras, piscinas, coloridas pinturas, colecciones escultóricas en mármol y bronce de inspiración helena, y dotadas de bibliotecas como la de la villa de los Papiros, en Herculano. La mayoría de estas residencias eran de dimensiones extraordinarias, como la villa del Pastor, en Estabia, que rondaba los 19.000 metros cuadrados, o la no lejana villa Arianna, de 13.000 metros cuadrados. En estos fastuosos ambientes de representación social, de ocio vacacional, de reposo espiritual y de disfrute intelectual, el patricio romano se podía sentir como un sibarítico rey helenístico en su palacio.

Para saber más

Viajes por el antiguo Imperio romano. Jorge García Sánchez. Nowtilus, Madrid, 2016.
Cartas. Plino el Joven. Gredos, Madrid, 2008.
Las siete maravillas. S. Saylor. La Esfera de los Libros, Madrid, 2014.

NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
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lunes, 16 de julio de 2018

PORTUGAL : LISBOA .- EUROPA .- NATIONAL GEOGRAPHIC .- La fantasía de Sintra, la escapada perfecta desde Lisboa..............Ruta italiana por la Costa Amalfitana

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, en su página de turismo, he elaborado reportajes de diferentes lugares que le ofrece Europa al viajero
En Portugal, toma un ejemplo a Sintra, una zona de escapadas para Lisboa; esta zona siempre fue el centro veraniego de la nobleza portuguesa, abundan castillos y palacios como : Palacio de la Pena, Castillo de los Moros, Palacio de Monserrate, El Convento Dos Capuchos, y otros lugares. 
En Italia, sugiere tomar  la Ruta Italiana  por la Costa Amalfitana, llena de paisajes naturales, con fotografías dignas como postales como Positano un bello pueblo en el litoral, el golfo de Salermo, las Calas de ensueño, La Catedral de Amalfi, y otros bellos paisajes de ensueño....

http://www.nationalgeographic.com.es/viajes/grandes-reportajes/ruta-italiana-por-costa-amalfitana_12688/6
http://www.nationalgeographic.com.es/viajes/grandes-reportajes/fantasia-sintra-escapada-perfecta-lisboa_12900/2
Te contamos qué ver en Sintra, la escapada perfecta desde Lisboa, a menos de una hora en tren y con un encanto propio que queda grabado en la retina del viajero que la visita

Palacio de Pena
Este originalísimo castillo de cuento de hadas es un símbolo estético de Sintra. Fernando II de Portugal, rey consorte y apodado “rey-artista”, fue el responsable de esta fantasía como regalo de boda a su esposa, la reina María II. Se construyó en 1.840 a partir de las ruinas de un monasterio de los Jerónimos fundado el 1.511 por Manuel I, siguiendo el estilo arquitectónico romántico decimonónico. Las estancias reales están a juego con el exterior: mezcla de estilos tan dispares como el bávaro y el manuelino. Es fácil imaginar cómo vivió la realeza en aquella época. Se conserva todo el mobiliario y objetos tal como se dejó después de la proclamación de la república, en 1910. Y la fantasía no termina aquí, el castillo está rodeado de un exótico jardín de más de quinientas especies arbóreas procedentes de todo el mundo.
AGE
 
Centro ciudad
Acercarse al centro  histórico es ver dos chimeneas cónicas de más de 30 metros que pertenecen al Palacio Nacional. Este edificio blanco inmaculado y de sólida arquitectura contrasta con las callejuelas estrechas que suben y bajan repleto de bares, restaurantes y tiendas de artesanía. Y es que Sintra no solo atesora un rico patrimonio arquitectónico, también está rodeado de bosques frondosos. Desde el siglo XII fue elegido lugar de veraneo por la realeza, por la suavidad de su clima y las buenas condiciones para la caza. 
Hemis / GTRES

Palacio Nacional
Este edificio de origen árabe es el único palacio medieval que se conserva en todo Portugal. Residencia de verano de los monarcas lusos durante siglos, fue Manuel I “el afortunado” después de la reconquista el que más destacó en su renovación con su estilo manuelino. Se inspiró en sus viajes por Andalucía, como los azulejos y artesonados mudéjares de la Sala de los Brasoes (foto), que contiene 72 escudos de familias nobles del siglo XVI. Destaca la Sala de los Cisnes, y Sala de las Urracas. También se puede visitar la cocina con sus dos grandes chimeneas para cocinar las presas que servían en los banquetes reales.
AGE

Castillo de los Moros
Nos regala unas magníficas vistas. Desde las almenas se divisa toda la ciudad de Sintra, el océano Atlántico, y en la montaña de enfrente el palacio de Pena. Construido en el siglo IX por los árabes como enclave defensivo quedó en el olvido después de la Reconquista. Hasta que el rey Fernando II de Portugal lo convirtió en un bonito parque como complemento a los jardines del palacio da Pena.
Turismo de Portugal

Quinta da Regaleira
Este edén repleto de misterios es otra fantasía de Sintra. Fue imaginado por el rico brasileño Antonio Carvalho Monteiro a principios del siglo XX. Hombre de espíritu científico, bibliófilo, coleccionista y gran filántropo encargó su singular proyecto al genio arquitecto italiano Luigi Manini. Está cargado con simbología cosmogónica, rincones y pasajes secretos que esconden historias relacionadas con la alquimia, la masonería y la mitología. Un ejemplo es el Pozo Iniciático (foto) que simboliza los nueve círculos del infierno, del purgatorio y del paraíso de la Divina Comedia de Dante. Se baja al infierno o se sube al cielo según el recorrido iniciático elegido. En el fondo del pozo se halla una rosa de los vientos sobre una cruz templaria, emblema heráldico de Monteiro.
AGE

Palacio de Monserrate
Este jardín de estilo romántico y exótico, ocupa unas 30 hectáreas. En el centro encontramos una original quinta de 1850 de inspiración morisca que perteneció a Sir Francis Cook como residencia de verano. Entre sus laberintos, cascadas, y fuentes sorprende la gran variedad de especies vegetales procedentes de todo el mundo y el acercamiento a zonas geográficas como el jardín mexicano y japonés. Es otro ejemplo de mezcla de estilos como el gótico, el manuelino y el oriental. Se puede visitar el interior.
Hemis / GTRES

Convento dos Capuchos
Tras recorrer siete kilómetros de zona boscosa (no llega el transporte público) encontramos este pequeño convento. Envuelto de un halo mágico y excavado en parte en la roca, nada tiene que ver con los palacios señoriales de la Sierra de Sintra. Fundado en el siglo XVI por Álvaro de Castro, hijo de un virrey de la India, albergó a ocho monjes capuchinos que convivieron en total austeridad durante dos siglos. Se pueden visitar las sencillas estancias pegadas a la roca y protegidas de la humedad con capas de corcho.
Shutterstock
Redacción
10 de julio de 2018

La fantasía de Sintra, la escapada perfecta desde Lisboa
Lisboa es una joya en sí misma. Desde sus históricos cafetines hasta sus coloridas casas, sus miradores y la idiosincrasia del pueblo lisboeta, afable y sincero. Sin embargo, si disponemos de más de tres días en la capital de Portugal la visita más recomendada es la fabulosa ciudad de Sintra. Esta se encuentra en el Parque Natural de Sintra-Cascais, al noroeste de Lisboa, a menos de una hora en tren.
Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco es uno de esos lugares que hay que visitar, al menos, una vez en la vida y resulta ser el complemento perfecto de una escapada a Lisboa.
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Visitar Sintra es como entrar en un mundo de fantasía pero sin recurrir a una película de Disney. También es retroceder en el tiempo, en la época del Romanticismo, durante el siglo XIX. Una corriente que se originó en Europa como una reacción en contra del Neoclasicismo y el racionalismo de la Ilustración. Se caracterizó por sus formas abiertas, la revalorización del color, la libertad de tratar cualquier época de la historia, y la necesidad de expresar los sentimientos y pasiones del artista. Y todo ello se hace notar en la ciudad.
Los palacios y jardines de la Sierra de Sintra son un claro ejemplo de este movimiento cultural. El Palacio de Pena, con influencias del romanticismo germánico, es una mezcla de colores y estilos llevado a la máxima expresión. Los jardines colgantes de la Quinta da Regaleira es atravesar otro mundo: surrealista y hasta con toques alucinógenos. El Palacio de Monserrate con formas orientalistas, esta vez con influencias del romanticismo inglés, recrea un paraíso exótico. No es de extrañar que Lord Byron y Mary Shelley, escritores de referencia de la novela fantástica del siglo XIX, decidieran pasar temporadas en este enclave lleno de misticismo. Pero no todo son palacios de ensueño. Este lugar acogió desde el siglo XVI a monjes que vivieron en total austeridad, prueba de ello es el precioso Monasterio dos Capuchos.
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Aunque lo habitual es una escapada de un día, Sintra tiene mucho que ofrecer y si es posible, se aconseja pasar al menos dos día allí. Es un destino muy popular y no es fácil escapar de las hordas de turistas. Se halla a 28 km al noroeste de Lisboa, hay trenes cada media hora y se tarda 40 min en llegar. En la misma estación encontramos el bus municipal 434 que recorre los puntos principales. Existen vuelos directos a Lisboa desde Barcelona y Madrid. También se llega a Lisboa en crucero con la naviera Princess Cruises.
Llegues como llegues, Sintra es una ciudad que atrapa y enamora al viajero. Y raro es aquel que termina visitándola una sola vez en la vida...
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http://www.nationalgeographic.com.es/viajes/grandes-reportajes/ruta-italiana-por-costa-amalfitana_12688/2

Ruta italiana por la Costa Amalfitana

El viaje por este bello litoral al sur de Nápoles discurre entre valles, playas, acantilados y miradores. Un lugar perfecto para encontrar la inspiración y la tranquilidad.

Positano, un pueblo de postal
La cúpula recubierta de azulejos de la iglesia de Santa Maria Assunta preside este fotogénico pueblo de origen marinero. Un sendero panorámico recorre su litoral.
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El golfo de Salerno desde Ravello
Desde los jardines de la elegante Villa Rúfulo de Ravello se contempla el golfo de Salerno.
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Calas de ensueño
Entre Sorrento y Amalfi se abre un litoral con rincones irresistibles como Bagni della Regina Giovanna y la Cala Furore, en la fotografía, encajada entre acantilados.
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Artesanía de la Costa Amalfitana
Cerámica típica de la localidad de Vietri Sul Mare.
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Limoncello, el digestivo perfecto
Los limones que se cultivan en la Costa Amalfitana tiene fama de ser muy aromáticos. Con ellos se elabora la típica bebida limoncello.
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Catedral de Amalfi
Una animada plaza y una regia escalinata preceden al duomo de San Andrés, con su portada dorada y un campanario rematado en cúpula.
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Linda Baseggio
14 de julio de 2018

Ruta italiana por la Costa Amalfitana
Quizá los ingenieros de los Borbones, al estrenar en 1850 la carretera costera conocida como «amalfitana», no fueran conscientes de haber construido una maravilla de ruta. Fueron 18 años de duro trabajo excavando en la roca viva y siguiendo los caprichos de un litoral abrupto y sinuoso. Hoy, esta carretera que parece un vals y que muchos denominan la «cinta azul», es la Estatal 163 amalfitana. Sus 50 km escasos permiten descubrir los pintorescos pueblos de esta costa, desde Vietri sul Mare hasta Positano, meciéndonos en un viaje donde la naturaleza, la historia, la gastronomía y un nostálgico glamur se dan la mano.
La carretera «amalfitana» enlaza los pintorescos pueblos de esta costa italiana, situado al sur de Nápoles.
Resulta recomendable realizar esta ruta en primavera o en otoño para poder gozar así de la escapada sin el estrés del tráfico estival. Una alternativa al coche es moverse en transporte público (autobús o tren), o también, si el clima y las ganas lo permiten, alquilar una moto para viajar con mayor libertad.

Aldeas marineras

Nuestro itinerario de este a oeste por la Costa Amalfitana comienza en Vietri sul Mare, a 3 km de Salerno. Este pueblo marinero, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es famoso por sus riggiole (azulejos) azules, amarillas y turquesas que, desde hace siglos, decoran calles e iglesias, mientras las vasijas de barro esmaltado se pueden encontrar en las tiendas y en los restaurantes.
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A unos 6 km se halla Cétara. Se trata de un lugar muy popular por sus tabernas de pescado fresco y por la colatura di alici, una salsa de anchoas en salazón prensadas en orzas, herencia del garum romano. Junto con el cuòppo (cucurucho de pescado frito), los espaguetis con colatura di alici son los platos más típicos de esta localidad marinera.
La «amalfitana» a veces discurre a pocos metros del mar y otras se encarama por las laderas, como cuando linda con el pueblo agrícola de Erchie. Al oeste, pasado el asentamiento rupestre (siglo x) de Santa Maria d’ Olearia, aparecen Maiori y Minori (Reghinna Maior y Reghinna Minor en la época romana), separadas por 1 km escaso y unidas por diversos senderos.
En Minori se puede visitar el Museo Antiquarium, que recoge el pasado romano de estas localidades. Es recomendable, además, degustar la tarta de requesón y peras –aseguran que allí la inventaron–, la tarta Delicia y el universal limoncello, elaborados con el limón sfusato (alargado) amalfitano. Por su lado, en Maiori, donde presumen de tener la playa más larga de esta costa, se puede pasear hasta el castillo medieval de Thoro Plano y la colegiata de Santa Maria a Mar.
El limoncello es la bebida más típica de esta costa
Precisamente en Maiori nace el desvío a Tramonti, un municipio esparcido por los montes Lattari.
De nuevo junto al mar comienza el que dicen es el tramo más bello de la Costa Amalfitana. Aquí nos recibe Atrani, aldea pesquera donde predominan los callejones cubiertos, las scalinatelle (escaleritas) y los patios ocultos y llenos de flores.

Ravello, en el golfo de Salerno

Tras 8 km de curvas se llega a Ravello, con el mirador más famoso de este litoral, que mira al golfo de Salerno. Pueblo elegante y retiro de intelectuales y artistas, Ravello cuenta con dos villas de estilo ecléctico y preciosos jardines. La Villa Rúfolo, del siglo XIII, donde el compositor alemán Richard Wagner ambientó su Parsifal, y la Villa Cimbrone, con la llamada «Terraza del Infinito», para muchos el panorama más romántico de Italia. En contraste, el municipio hospeda desde 2010 el auditorio del arquitecto brasileño Oscar Niemeyer, que le han valido a Ravello el sobrenombre de «ciudad de la música».
La Costa Amalfitana está llena de villas y miradores desde los que contemplar el horizonte
Llegamos a Amalfi, la ciudad que da nombre a esta costa y un enclave de pasado rico y opulento. Se comprueba al ver la fachada policromada del Duomo (siglo XIII), que guarda un deslumbrante interior y el delicado claustro del Paraíso. Salpicada de terrazas y restaurantes, es una delicia recorrer la calle de los Mercantes, memoria viva de la próspera República Marinera de Amalfi de los siglos X al XV.
La navegación debe mucho a esta localidad, ya que aquí se crearon las Tablas Amalfitanas, el primer código de derecho marítimo de la Edad Media, gracias al cual los amalfitanos acabaron con el monopolio árabe del comercio mediterráneo. La visita al Museo del Papel, en el llamado Valle de los Molinos, desvela los secretos de la Charta Bambagina, un tipo de papel hecho con algodón, lino y cáñamo blancos, aún requerido por artistas de todo el mundo.
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Una sorpresa de la naturaleza nos espera en Conca dei Marini, una diminuta aldea encajada entre acantilados. En su litoral se esconde la Grotta dello Smeraldo, una maravilla geológica descubierta en 1932. Este inmenso espacio inundado sembrado de estalagtitas y estalagmitas está bañado por una luz verde esmeralda procedente de la luz del sol que se filtra a través de una entrada submarina.Otro atractivo natural cercano es la cala Furore, dos paredes entre las que se encajan una anhelada cala de 25 m escasos y un puñado de monazzeni (casas de pescadores).
Después de Praiano y la playa de Gavitella, donde dicen se puede ver el mejor atardecer de esta costa, aparece Positano, hoy un balneario de élite y uno de los pueblos más bonitos por sus casas dispuestas de forma escalonada. Los lilas de las buganvillas y el amarillo de los limones irrumpen en los callejones encalados y en los recónditos jardines. Allí, mientras se pasea, vienen a la mente las palabras del nobel americano John Steinbeck (1902-1968) quien, en 1953, definió Positano como «un lugar que no es real mientras estás allí, pero que sí lo es en cuanto te vas».
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Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
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