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********** Blog Fundado el 03 de Enero del 2008 **********
Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Batalla de Austerlitz, que tuvo lugar EL 02 de diciembre de 1,805; es considerada por la historia como la más brillante que obtuvo Napoleón Bonaparte, sobre las fuerzas combinadas ruso-austriacas del Zar Alejandro I y el emperador austriaco Francisco I, que las fuerzas francesas en número inferior de 72,000 hombre y 157 cañones, enfrentaron a las fuerzas de la coalición compuesta de 85,000 soldados y 318 cañones.
Napoleón Bonaparte, retrato de Andrea Appiani (1805).
Situación de la batalla a las 09:00 de la mañana del 2 de diciembre de 1805. Los ataques decisivos en el centro aliado de St. Hilaire y Vandamme dividieron al ejército enemigo en dos y dejaron a los franceses en una posición inmejorable para ganar la batalla.
Después de eliminar a un ejército austríaco durante la batalla de Ulm, las fuerzas francesas lograron tomar Viena en noviembre de 1805. Los austríacos evitaron otro choque hasta que la llegada de los rusos les otorgó ventaja numérica. Napoleón envió a su ejército al norte en persecución de los aliados, pero después les ordenó retroceder para así fingir debilidad. Desesperado por entablar combate contra las fuerzas aliadas, Napoleón trató de demostrar en los días previos al gran enfrentamiento que su ejército no estaba en condiciones de combate, llegando para ello a abandonar una estratégica posición en la colina Pratzen cerca de Austerlitz. Desplegó al ejército francés al pie de Pratzen y debilitó de manera premeditada su flanco derecho para incitar a los aliados a atacarlo allí para después rodearlos con el resto de sus fuerzas. El III Cuerpo del ejército francés dirigido por el mariscal Davout tuvo que realizar una marcha forzada desde Viena para cubrir a tiempo la brecha dejada por Napoleón. Mientras tanto, el contundente ataque ruso-austríaco contra el ala derecha francesa desguarneció su centro en Pratzen, algo que aprovechó el mariscal Soult para atacar con fiereza con el IV Cuerpo del ejército francés. Con el centro de los aliados totalmente aniquilado, los franceses barrieron los dos flancos del enemigo, obligaron a sus tropas a huir en total caos y capturaron miles de prisioneros.
El desastre de los aliados golpeó profundamente la confianza del emperador Francisco en el esfuerzo de guerra liderado por los británicos. Francia y Austria acordaron inmediatamente un armisticio y poco después, el 26 de diciembre, se firmó el Tratado de Presburgo, por el cual Austria quedaba fuera tanto de la guerra como de la Coalición, al tiempo que se reforzaban los términos acordados en los anteriores tratados de Campo Formio y Lunéville entre ambas naciones. Este tratado también confirmó la pérdida de posesiones austríacas en Italia y Baviera en favor de Francia, así como en Alemania en favor de los aliados alemanes de Napoleón. También se les impuso una indemnización de cuarenta millones de francos a los derrotados Habsburgo y se permitió a los rusos que huían el paso libre por territorio hostil de camino a su patria. Por otra parte, la victoria francesa en Austerlitz permitió la creación de la Confederación del Rin, compuesta por varios estados alemanes que debían actuar como zona de amortiguación entre Francia y Europa Central. La Confederación hizo prácticamente inútil el Sacro Imperio Romano Germánico, de modo que este se derrumbó en 1806 después de que Francisco abdicara del trono imperial y mantuviera el título de Francisco I de Austria como el único oficial. Estos cambios, sin embargo, no supusieron una paz duradera para Europa. La preocupación de Prusia ante la creciente influencia francesa en el continente acabaría provocando el estallido de la guerra de la Cuarta Coalición en 1806.
Un coleccionista francés ha puesto a la venta un documento dictado y corregido por Napoleón Bonaparte en persona. En él, el emperador detalla de forma exhaustiva todos los pormenores de la batalla de Austerlitz, su mayor victoria militar.
Abel de Medici
Foto: Thomas Coex AFP
“Este es el documento histórico más fabuloso que se pueda encontrar en manos privadas acerca de la historia de Francia”. Así define Jean-Emmanuel Raux, coleccionista francés experto en manuscritos, el tesoro que adquirió en 1970 y que ahora ha puesto a la venta: nada menos que un documento dictado por Napoleón Bonaparte, con correcciones y anotaciones hechas por el propio emperador durante su exilio final en la isla de Santa Elena.
No se trata de un manuscrito cualquiera: a lo largo de sus 74 páginas, Napoleón detalla todos los pormenores del mayor triunfo militar de su historia, la batalla de Austerlitz, que se libró el 2 de diciembre de 1805. Conocida como “la batalla de los tres emperadores” -el propio Napoleón, el archiduque Francisco II de Austria y el zar ruso Alejandro I-, en aquella ocasión el ejército francés derrotó con unas pérdidas mínimas a una coalición austro-rusa que les superaba ampliamente en número.
“Este es el documento histórico más fabuloso que se pueda encontrar en manos privadas acerca de la historia de Francia”, según el experto en manuscritos Jean-Emmanuel Raux.
EL RELATO ÉPICO
Alizée Raux, la hija del coleccionista, ha estudiado a fondo el documento y afirma que en él Napoleón -que se refiere a sí mismo en tercera persona como “el emperador”- “aporta una versión embellecida de la batalla”. Ensalza el heroísmo de sus soldados, incluso de los enemigos, y se muestra preocupado por su destino: “Lamento pensar que voy a perder a muchos de estos hombres valientes y me duele, ya que son como mis hijos. A decir verdad, a veces me reprocho este sentimiento porque temo que me vuelva incompetente para la guerra”.
El grado de detalle del manuscrito refleja que Napoleón era muy consciente de que aquella había sido su hora de gloria, ya que se trata de un relato exhaustivo del antes, durante y después de la batalla. El documento fue dictado a su fiel general Henri-Gatien Bertrand, que decidió acompañarle en su exilio en Santa Elena; e incluye algunas correcciones y anotaciones hechas de puño y letra del emperador, además de un plano del campo de batalla. Es posible que a través de este documento, dictado en el ocaso de su vida y con toda su gloria perdida, el emperador tuviera el propósito de dejar a la posteridad su propio relato de su momento de apogeo.
"La batalla de Austerlitz. 2 de diciembre de 1805". Óleo sobre tela de François Gerard. Palacio de Versalles, Museo de Trianon.
Foto: CC
Jean-Emmanuel Raux compró el manuscrito en 1970 a los herederos del general Bertrand y lo lanzó a subasta el pasado 27 de enero. Se podrá ver brevemente hasta el 31 de este mismo mes en la galería Arts et Autographes de París, propiedad del coleccionista y donde este trabaja junto a su hija.
UNA BATALLA DECISIVA
La batalla de Austerlitz se considera no solo la mayor victoria de Napoleón, sino uno de los mejores ejemplos de estrategia de la historia militar europea. Haciendo creer a sus enemigos que se batía en retirada y ofreciéndoles una negociación de paz, Bonaparte consiguió llevarlos al campo de batalla que había elegido cerca de Austerlitz (actual Slavkov u Brna, en la República Checa), donde puso en marcha su plan: dividir a las fuerzas austro-rusas y atraerlas a su flanco derecho, protegido por ríos y lagos que en aquella época tenían una temperatura glacial; de hecho, una buena parte de las bajas en la coalición se debió a que los soldados murieron ahogados o congelados al caer en la trampa. Habiendo debilitado y dividido las fuerzas enemigas, el ejército francés se abalanzó sobre ellas y las derrotó definitivamente.
La victoria de Napoleón tuvo grandes consecuencias en la historia moderna del continente, entre otras la disolución del Sacro Imperio Romano Germánico, el debilitamiento de la longeva monarquía habsbúrguica y el fin de su alianza con Rusia.
Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Batalla de Trafalgar, tuvo lugar un 21 de octubre de 1,805, en las aguas próximas al cabo de Trafalgar, España; entre la marina de Inglaterra y la escuadra aliada francesa y española; donde el Almirante Nelson frente a 27 navíos de línea y 6 fragatas, enfrentó en 6 horas de combate a la flota franco-española compuesta por 33 navíos de línea y 7 fragatas aplastándolas con un lamentable número de 5,000 muertos de ambos bandos y 4,000 heridos, aquí marcó el inicio de la poderosa flota naval inglesa que duró hasta la Segunda Guerra Mundial.
NATIONAL GEOGRAPHIC .- narra el final del combate de Trafalgar: "...El temporal anunciado se desató con dureza la misma tarde del
combate, cuando los maltrechos barcos y sus diezmadas dotaciones tenían
menos probabilidades de capearlo con éxito. Collingwood, al mando de la
escuadra británica tras la muerte de Nelson, decidió afrontar el
temporal mar adentro llevándose consigo los 17 navíos apresados. Durante
el día 22, el Fougueux, con ingleses custodiando a los prisioneros
franceses, se estrelló contra la costa y el Redoutable, que estaba
siendo remolcado, se fue a pique. Al día siguiente, a pesar del mal
tiempo, algunos barcos de la flota combinada volvieron a salir de Cádiz y
liberaron a los españoles Santa Ana y Neptuno, aunque este último se
perdió frente al Puerto de Santa María.
Durante los días siguientes, los ingleses perdieron otros cuatro de
los barcos capturados, entre ellos, el Santísima Trinidad, mientras que
dos de los españoles que habían salido en ayuda de sus compañeros se
estrellaron contra la costa. Este fue el fin para otros cinco navíos de
la flota franco- española, que perdió 23 de los 33 barcos que iniciaron
el combate en Trafalgar. Los británicos no perdieron ninguno y tras
capturar los cuatro de Dumanoir se hicieron con un total de ocho navíos
que fueron después reutilizados por su flota.
En Londres, la victoria quedó ensombrecida por la muerte de Nelson,
un héroe nacional. Villeneuve fue llevado prisionero a Inglaterra y
asistió al funeral de su adversario. Liberado bajo palabra, volvió a
Francia e intentó justificarse ante Napoleón, pero no fue recibido y acabó suicidándose. “Era un hombre valiente, pero sin talento”, comentó el emperador.
Diferente consideración tenía de Gravina, “todo genio y decisión en el
combate”, muerto seis semanas antes por las heridas recibidas en
Trafalgar. La pérdida de tantos bravos soldados y la tragedia humana
vivida en Trafalgar harían decir a Galdós, en boca de uno de sus
personajes: “¡Cuánto desastre, Santo Dios, causado por las torpezas de
un solo hombre!...”
El mediodía del 21 de octubre de 1805, las
aguas próximas al cabo de Trafalgar fueron escenario de la mayor, más
dura y más decisiva batalla naval librada durante las guerras
napoleónicas
Un combate de poco más de 6 horas
El 21 de octubre de 1805, Nelson, al
frente de 27 navíos de línea y 6 fragatas, aplastó en poco más de seis
horas de combate a una flota franco-española compuesta por 33 navíos de
línea y 7 fragatas. La pintura es de Thomas Buttersworth, un marinero
Inglés del período de las guerras napoleónicas que acabó siendo un
pintor de escenas relacionadas con el mar.
Foto: Wikimedia Commons
Supremacía marina
La victoria inglesa abanderada por
Nelson no solo frutró la invasión francesa a Gran Bretaña, sino que
permitió a este país asentar su dominio de los mares hasta la Segunda
Guerra Mundial.
Foto: Wikimedia Commons
La estrategia de Nelson
El almirante Nelson dispuso sus
barcos en dos columnas para cortar la línea franco-española y destruir
su centro y su retaguardia. La pintura es de William Lionel Wyllie, un
prolífico pintor de la época cuyos temas principales trataban de escenas
marinas.
Foto: Wikimedia Commons
Almirante Nelson en Trafalgar Square
Uno de los héroes de Gran Bretaña, el almirante Nelson, tiene su estatua en la famosa Trafalgar Square de Londres.
Foto: AP
El lugar de la contienda
Mapa de situación del cabo de
Trafalgar, al sur de España, donde se libró esta sangrienta y decisiva
batalla naval de las guerras napoleónicas.
Mapa: Google
La famosa orden de Nelson
En este óleo de William Lionel Wyllie
se muestra un momento de la batalla de Trafalgar, uno de los más
sangrientos y decisivos de las guerras napoleónicas. En esta batalla
Nelson dio su famosa orden: "Inglaterra espera que cada hombre cumpla
con su deber".
Foto: Wikimedia Commons
Distintos objetivos en sus disparos
Las dotaciones británicas estaban muy
bien adiestradas, y sus mandos llenos de iniciativa y decisión. Parte
de sus disparos se dirigían al casco del barco enemigo para destruir las
troneras desde las que disparaban los cañones y barrer las cubiertas, a
diferencia del fuego de los artilleros frnaco-españoles, que solían
apuntar a los mástiles para derribarlos e inmovilizar las naves
contrarias. Nicholas Pocock plasmó de esta cruenta manera la batalla de
Trafalgar.
Foto: Wikimedia Commons
La muerte de Nelson en la batalla
El 21 de octubre de 1805 murió un
héroe inglés. Nelson fue herido a las 13:25 pero no murió hasta las
16:30, aproximadamente, ya conocedor de la victoria. Denis Dighton
plasmó de esta manera el momento en que el almirante cayó herido en la
lucha.
Foto: Wikimedia Commons
Valor en ambos bandos
Tras perder una pierna por un
cañonazo, el comandante Churruca pidió un barril de arena para cortar la
hemorragia y mantenerse erguido. En este fantástico óleo de J. M. W.
Turner se recrea con crudeza la lucha, una de las mayores batallas
navales de la historia.
Foto: Wikimedia Commons
Germán Segura, doctor en Historia
La batalla de Trafalgar, la última victoria de Nelson
A finales de octubre de 1805, a lo largo de cien kilómetros de
costa gaditana, el mar arrojaba sobre las playas los vestigios de un
formidable combate naval. Aparejos, maderas y hombres aparecían ante
los ojos horrorizados de las numerosas personas que acudieron a socorrer
a los náufragos sin distinción de banderas: el resentimiento se
desvaneció ante la magnitud de un desastre que había causado más de
cinco mil muertos y cuatro mil heridos.
El escenario de este dramático episodio fue una extensión de mar situada frente al cabo de Trafalgar que, desde entonces, entraría en la historia.
El origen de la batalla de Trafalgar se remonta a mayo de 1803, cuando los británicos, contrariados con Napoleón
y su voluntad de dominar toda Europa, reanudaron las hostilidades
contra Francia pese a la paz que tan solo un año antes habían firmado.
En ese momento estaba por ver cuál sería la posición de España, que
poseía la tercera flota del mundo, después de la británica y la
francesa.
Su concurso al lado de cualquiera de ellas podía inclinar
decisivamente la balanza del poder naval. Napoleón reclamó su
colaboración, pero el gobierno español –en manos entonces de Godoy,
favorito del rey Carlos IV y su esposa María Luisa– salvó el primer
envite acordando el pago de un subsidio para el sostenimiento de las
fuerzas francesas. De esta forma se evitaba entrar en una guerra que se
preveía mucho más costosa. Sin embargo, la neutralidad española
quedaba comprometida, y así lo entendió el gobierno británico, que
dio instrucciones a sus barcos de registrar cualquier buque español que
encontraran, lo que provocó numerosos incidentes.
Los ataques ingleses a naves españolas fueron en aumento a lo largo
de 1804 hasta que, el 5 de octubre, varias fragatas británicas atacaron
un convoy proveniente de América y hundieron un barco con pasajeros
civiles. Esta fue la gota que colmó el vaso: España declaró
la guerra a Gran Bretaña el 12 de diciembre de 1804 y firmó un tratado
de alianza con Francia el 4 de enero del año siguiente.
"Con sólo doce horas que tengamos el dominio del Canal, Inglaterra habrá dejado de existir"
Napoleón,
que acababa de proclamarse emperador, estaba decidido a dar el golpe de
gracia a la constante intromisión británica en sus planes de dominio
continental: decidió reunir en el campo de Boulogne un ejército de
200.000 hombres para intentar un desembarco en Inglaterra. “Con sólo
doce horas que tengamos el dominio del Canal –argüía el emperador–
Inglaterra habrá dejado de existir”. La entrada en guerra de España, que
se comprometía a poner a disposición de Francia una treintena de navíos
de línea (los poderosos buques de guerra de la época), hacía factible
la operación. Pero antes era necesario urdir un plan para distraer a la flota británica del canal de la Mancha y lograr por unos días el control de la zona.
El plan de Napoleón
Ultimado a principios de marzo de 1805, el plan consistía en la salida de tres
escuadras francesas que, con la incorporación de las españolas, debían
reunirse en las Antillas para atraer hacia allí a la armada británica.
Cuando esto se produjera, la fuerza combinada franco-española debía
volver rápidamente al Canal y transportar el ejército imperial a
Inglaterra. Era un plan demasiado complejo, y la descoordinación de las
distintas escuadras dio al traste con la operación. Sólo el almirante
francés Pierre Charles Silvestre de Villeneuve consiguió salir de Tolón
evitando la escuadra del famoso almirante británico Horatio Nelson, que vigilaba el Mediterráneo.
Una vez la escuadra española, al mando del teniente general Federico
Gravina, se incorporó a la flota francesa, las naves pusieron rumbo al
Caribe.
Tras realizar varios ataques a las posesiones británicas y
cerciorarse de que Nelson había mordido el anzuelo, Villeneuve volvió a
Europa. Pero al llegar cerca de Finisterre, la flota combinada se topó
con la escuadra británica que bloqueaba El Ferrol. El 22 de julio se
libraba el combate de Finisterre que, pese a la superioridad numérica
franco-española, quedó en tablas por la indecisión de Villeneuve. Como
reconoció Napoleón:
“Estoy satisfecho de los españoles; no tanto de mi almirante, que nos
hubiera proporcionado una gran victoria si hubiese mostrado más
energía”. Asaltado continuamente por las dudas, Villeneuve no esperó en
aguas gallegas la llegada de refuerzos franceses y acabó por poner rumbo
a Cádiz, adonde llegó el 20 de agosto. Cuando Napoleón supo de la maniobra de Villeneuve, el 25 de agosto, montó en cólera ante la “conducta infame” de su almirante,
que le obligó a abandonar la ansiada invasión de Inglaterra. Entonces,
el 6 de septiembre, Napoleón decidió sustituir a Villeneuve y envió en
su lugar, a Cádiz, al almirante François Étienne de Rosily. Pero,
mientras este no llegaba, dio orden a Villeneuve de adentrarse en el
Mediterráneo para apoyar las operaciones terrestres que se llevaban a
cabo en Nápoles. Esta orden acabaría resultando fatal.
El honor en juego
La bahía de Cádiz estaba entonces bloqueada por una escuadra
británica, capitaneada por el almirante Nelson, que esperaba la ocasión
para dar un golpe decisivo a la flota franco-española. Pese a ello,
Villeneuve se aprestó a cumplir las instrucciones de Napoleón
y hacerse cuanto antes a la mar. El 8 de octubre convocó una reunión en
su buque insignia, el Bucentaure, en la que los españoles aconsejaron
esperar a los británicos en la bahía y no arriesgar la salida ya que los
barómetros estaban bajando y anunciaban mal tiempo. “Aquí lo único que
baja es el valor”, exclamó el contra- almirante francés Charles Magon,
acalorando los ánimos. El brigadier español Dionisio Alcalá Galiano exigió una disculpa y acabó retando a Magon a un duelo que nunca tuvo lugar porque
ambos murieron días más tarde. Al final, con el asentimiento de
Villeneuve, se decidió permanecer en Cádiz, esperando mejorar la
deficiente preparación de algunas dotaciones para el combate.
Sin embargo, el 18 de octubre, el rumor de que Rosily venía de
camino para sustituirle hizo que Villeneuve se decidiera a jugarse todo
a una carta para restituir su honor mancillado. Ordenó, pues, la salida
de la flota combinada. Desaprobando esta decisión precipitada y
convencido del sangriento combate que se avecinaba, el brigadier Cosme
Damián Churruca le dijo a un familiar que servía a sus órdenes: “Despídete de tus padres, porque mi suerte será la tuya: antes de rendir mi navío lo he de volar o he de echarlo a pique”. Cuando Rosily llegó a Cádiz, el desastre ya se había consumado.
Hasta el amanecer del 20 de octubre, la flota combinada no pudo dejar la bahía debido a la falta de viento. Se componía de 33 navíos de línea (18 franceses y 15 españoles),
entre ellos el más grande de la época, el barco de la Real Armada
española Santísima Trinidad, al mando del general Baltasar Hidalgo de
Cisneros, con cerca de 1.200 hombres y 136 cañones. Por la tarde,
Villeneuve ordenó a la flota poner rumbo a Gibraltar y, poco antes del
anochecer, formar la línea de batalla ante la cercanía del enemigo. En
efecto, Nelson sabía de las evoluciones de Villeneuve y su flota
navegaba hacia la franco-española para interceptarla.
La madrugada del 21 de octubre, ambas flotas se avistaron, aunque los
débiles vientos ralentizaban cualquier maniobra. A las 8 de la mañana, Villeneuve
tomó una decisión que resultó catastrófica. Ordenó virar en redondo
para evitar que Nelson pudiera cortarle la retirada a Cádiz. Al
ver la señal, Churruca exclamó: “El almirante no conoce sus
obligaciones y nos compromete”. La maniobra fue ejecutada, pero, al ser
el viento más flojo en cabeza que en cola, se provocaron
apelotonamientos y la línea de batalla quedó confusa. El almirante
Gravina, que había quedado en retaguardia con su barco, el Príncipe de
Asturias, dio órdenes para rectificar la formación, pero poco se pudo
hacer ante la llegada de la flota británica.
Un combate sangriento
Nelson había dispuesto sus 27 navíos en dos columnas, una bajo su
mando y encabezada por su buque insignia Victory, y otra al mando del
vicealmirante Cuthbert Collingwood, instalado en el Royal Sovereign. Con
ellas pretendía cortar en sentido perpendicular la línea
franco-española y destruir su centro y retaguardia antes de que la
vanguardia pudiera auxiliarlas. Antes de mediodía, Nelson envió la señal
de batalla a sus buques: “Inglaterra espera que cada hombre cumpla con
su deber”. Por su parte, los españoles izaron en el mástil una cruz de
madera, a la vieja usanza de su marina desde Lepanto, y se dispusieron a
recibir a los británicos. Villeneuve dio orden de abrir fuego y el
combate se inició cuando el Fougueux disparó sobre el Royal Sovereign.
La columna de Collingwood se interpuso entre la retaguardia y
el centro de la línea franco-española, al tiempo que la encabezada por
Nelson, un poco más retrasada, marchaba directa a incrustarse en el
centro aliado, donde se hallaban el Bu-centaure y el Santísima Trinidad.
La genial maniobra del inglés consiguió cortar la línea aliada en dos
partes, quedando 10 barcos en vanguardia, de los cuales sólo unos pocos
pudieron incorporarse a tiempo al combate. Los otros 23 navíos se
enzarzaron con los 27 británicos en numerosas escaramuzas que se
decantaron a favor de estos últimos. Así, el Bahama se enfrentó
inicialmente contra dos navíos de la columna de Collingwood y después
contra otros dos hasta que un proyectil arrancó la cabeza a su
comandante, Alcalá Galiano. Aunque antes del combate había gritado a su
tripulación: “¡Tengan todos entendido que la bandera está clavada! ¡Este
barco no se rinde!”, el Bahama, gravemente dañado, acabó capitulando.
Magon, el contraalmirante francés que tenía una cuenta pendiente con
Alcalá Galiano, también resultó mortalmente herido en el Algesires, como
Churruca en el San Juan Nepomuceno. Este ocupaba el último lugar de la
línea de batalla y se enfrentó sucesivamente a cinco navíos británicos.
Churruca perdió la pierna de un cañonazo, pero, en un gesto heroico,
pidió un barril de arena a fin de cortar la hemorragia y permanecer
erguido para continuar dando órdenes. Muerto su jefe y tras cuatro horas
de combate, el Nepomuceno acabó rindiéndose a los ingleses. Como había
escrito Churruca a su hermano: “Si oyes hablar de la captura de mi
barco, piensa que he muerto”.
Termina la batalla de Trafalgar
El Victory de Nelson sufrió el fuego de cuatro navíos antes de
recibir refuerzos. Arrimado al Redoutable francés, se sucedieron varias
tentativas de abordaje y el fuego de fusilería sobre las cubiertas era
intenso. Una bala hizo saltar una astilla de la cubierta que hirió al
capitán Thomas Hardy, comandante del Victory. Al rato, otra bala hacía
blanco en el almirante inglés: “¡Por fin lo han conseguido, Hardy!
–exclamó–. ¡Me han roto la es- pina dorsal!”. Eran las 13:25; Nelson
fallecería tres horas más tarde, sabedor de la victoria.
El contraalmirante Pierre Dumanoir, a bordo del Formidable y al mando
de la vanguardia aliada, reaccionó con lentitud pese a que los
españoles le apremiaban a virar para acudir en ayuda del resto de la
flota. Ante la superioridad británica, Dumanoir huyó con cuatro barcos
franceses hacia Gibraltar sin apenas haber luchado, en tanto que
Gravina, con la batalla ya decidida y mientras acechaba el temporal,
logró reunir 11 navíos y los dirigió a Cádiz en busca de refugio. Hacia
las seis de la tarde, el combate acabó tras la explosión de un navío
francés, el Achille, que fue el único barco hundido durante la jornada.
La flota franco-española perdió 23 de los 33 barcos que iniciaron el combate en Trafalgar
El temporal anunciado se desató con dureza la misma tarde del
combate, cuando los maltrechos barcos y sus diezmadas dotaciones tenían
menos probabilidades de capearlo con éxito. Collingwood, al mando de la
escuadra británica tras la muerte de Nelson, decidió afrontar el
temporal mar adentro llevándose consigo los 17 navíos apresados. Durante
el día 22, el Fougueux, con ingleses custodiando a los prisioneros
franceses, se estrelló contra la costa y el Redoutable, que estaba
siendo remolcado, se fue a pique. Al día siguiente, a pesar del mal
tiempo, algunos barcos de la flota combinada volvieron a salir de Cádiz y
liberaron a los españoles Santa Ana y Neptuno, aunque este último se
perdió frente al Puerto de Santa María.
Durante los días siguientes, los ingleses perdieron otros cuatro de
los barcos capturados, entre ellos, el Santísima Trinidad, mientras que
dos de los españoles que habían salido en ayuda de sus compañeros se
estrellaron contra la costa. Este fue el fin para otros cinco navíos de
la flota franco- española, que perdió 23 de los 33 barcos que iniciaron
el combate en Trafalgar. Los británicos no perdieron ninguno y tras
capturar los cuatro de Dumanoir se hicieron con un total de ocho navíos
que fueron después reutilizados por su flota.
En Londres, la victoria quedó ensombrecida por la muerte de Nelson,
un héroe nacional. Villeneuve fue llevado prisionero a Inglaterra y
asistió al funeral de su adversario. Liberado bajo palabra, volvió a
Francia e intentó justificarse ante Napoleón, pero no fue recibido y acabó suicidándose. “Era un hombre valiente, pero sin talento”, comentó el emperador.
Diferente consideración tenía de Gravina, “todo genio y decisión en el
combate”, muerto seis semanas antes por las heridas recibidas en
Trafalgar. La pérdida de tantos bravos soldados y la tragedia humana
vivida en Trafalgar harían decir a Galdós, en boca de uno de sus
personajes: “¡Cuánto desastre, Santo Dios, causado por las torpezas de
un solo hombre!”
Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, nos alcanza un reportaje sobre un proyecto urbanístico en el frente marítima de Edimburgo, Escocia, cuyas excavaciones han sacado a la luz: unas estructuras portuarias que desaparecieron a mediados del siglo XIX; las obras de fortificación fueron emprendidas durante las guerras napoleónicas(1803-1815), para proteger a la ciudad y se han conservado hasta la actualidad.
National Geographic.- narra: "Leith, la zona portuaria al norte de la ciudad de Edimburgo, donde nació Irvine Welsh en 1958 y donde está ambientada su novela Trainspotting, ha sido usada como puerto desde la época medieval y llegó a ser el principal puerto comercial de Escocia,
pero no tuvo instalaciones portuarias adecuadas hasta que las diseñó el
ingeniero civil John Rennie a comienzos del siglo XIX. Unas
excavaciones preventivas en el puerto de Leith, antes del inicio de un
proyecto urbanístico por parte de la empresa CALA Homes, que incluye
viviendas y tiendas, han sacado a la luz los restos de las antiguas
estructuras portuarias de Leith y, sobre todo, las obras de fortificación emprendidas durante las guerras napoleónicas (1803-1815) para proteger Edimburgo, según revelaba The Scotsman
el pasado 2 de marzo. "Hemos descubierto una sección importante del
bastión o recinto fortificado, construido a comienzos del siglo XIX e
identificado por primera vez en un mapa de 1822. Probablemente se trata
de un muro del bastión que debió de alojar cañones para defender la zona", comenta Kai Wallace, el director de las excavaciones arqueológicas, de AOC Archaeology Group, a National Geographic España...."
Un proyecto urbanístico en el frente
marítimo de Edimburgo ha sacado a la luz unas estructuras portuarias que
desaparecieron a mediados del siglo XIX; las obras de fortificación
fueron emprendidas durante las guerras napoleónicas (1803-1815) para
proteger la ciudad y se han conservado hasta la actualidad.
Imagen aérea de los hallazgos arqueológicos
Foto: Dennis Swanson
Excavaciones al norte de Edimburgo
Foto: Dennis Swanson
Antiguas estructuras portuarias frente al centro comercial Ocean Terminal
Foto: AOC Archaeology Group
Muros defensivos
Foto: AOC Archaeology Group
Bastión para defender la ciudad de Edimburgo
Foto: AOC Archaeology Group
Restos del siglo XIX
Foto: AOC Archaeology Group
Bloques de 80 centímetros de longitud
Foto: AOC Archaeology Group
Hallazgos de "importancia nacional"
Foto: AOC Archaeology Group
Alec Forssmann
La protección de Edimburgo durante las guerras napoleónicas
Leith, la zona portuaria al norte de la ciudad de Edimburgo, donde nació Irvine Welsh en 1958 y donde está ambientada su novela Trainspotting, ha sido usada como puerto desde la época medieval y llegó a ser el principal puerto comercial de Escocia,
pero no tuvo instalaciones portuarias adecuadas hasta que las diseñó el
ingeniero civil John Rennie a comienzos del siglo XIX. Unas
excavaciones preventivas en el puerto de Leith, antes del inicio de un
proyecto urbanístico por parte de la empresa CALA Homes, que incluye
viviendas y tiendas, han sacado a la luz los restos de las antiguas
estructuras portuarias de Leith y, sobre todo, las obras de fortificación emprendidas durante las guerras napoleónicas (1803-1815) para proteger Edimburgo, según revelaba The Scotsman
el pasado 2 de marzo. "Hemos descubierto una sección importante del
bastión o recinto fortificado, construido a comienzos del siglo XIX e
identificado por primera vez en un mapa de 1822. Probablemente se trata
de un muro del bastión que debió de alojar cañones para defender la zona", comenta Kai Wallace, el director de las excavaciones arqueológicas, de AOC Archaeology Group, a National Geographic España.
"La zona portuaria ha experimentado muchas fases de
remodelación en los últimos 200 años, conocidas a través de la
cartografía. Los muros y otros restos descubiertos durante la excavación
estaban enterrados bajo capas de escombros, en algunos
lugares de 2 metros de profundidad", dice Wallace. "La sección de muro
del bastión, que ha resistido hasta nuestros días, fue erigida con
bloques de whinstone [una roca dura de color oscuro]
procedentes de canteras locales, cada uno de 80 centímetros de longitud.
El muro tenía unos 3 metros de ancho y, en la parte exterior norte,
incluso hemos detectado una marca de cantería en una de las filas
superiores del muro, un toque muy personal.
Debido al nivel freático sólo hemos podido sacar a la luz 1,2 metros de profundidad del muro,
pero es probable que se conserve a una profundidad mucho mayor",
agrega. Los arqueólogos también han descubierto dos diques secos de un
periodo posterior del siglo XIX. "En algún momento entre 1849 y 1876, un
ferrocarril fue incorporado a la zona portuaria. Las líneas de
Caledonia Goods transportaban mercancías a Edimburgo y más allá",
concluye. Todas estas estructuras portuarias son de "importancia nacional", según han sido calificadas, y serán protegidas adecuadamente.
Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., el estratega militar y expansionista como lo fue Napoleón Bonaparte, que dominó a toda Europa, colocando a sus hermanos como emperadores o reyes en diferentes países europeos y que logró reunir un ejército increíble para su campaña contra Rusia, que fue un fracaso total, sin embargo el genio militar jamás se dejará de reconocer a Napoleón, que finalmente fue derrotado por las potencias europeas y obligado abdicar y fue desterrado a la Isla de Elba.
Sin su presencia, Francia con la restauración del absolutismo con el Rey Luis XVIII, no podía gobernarse, pidiendo a gritos la presencia del Napoleón, y así sucedió por un descuido de sus custodios ingleses, se escapó y regresó; el domingo 26 de febrero de 1,815, se embarcó rumbo a Francia, fue recibido apoteósicamente en 07 de marzo de 1815 en Grenoble; el 20 de marzo del 1815 entra triunfante en París y llega y se instala en el Palacio de las Tullerías.
Durante este periodo llamado de "Los Cien días de Napoleón", instauró el imperio, pero ya no era el mismo estratega militar que se conoció, muchos de sus generales y mariscales dudan de su capacidad, pero aún así envió un mensaje a las demás potencias y monarquías que no intentaría más guerras, pero la respuesta no se hizo esperar, las monarquías, que no creyeron en sus promesas; se reunieron en Viena : "El 15 de marzo, los representantes del Reino Unido, Rusia, Austria, Prusia, Suecia, España y Portugal, reunidos en el congreso de Viena, declararon a Napoleón "enemigo y perturbador de la paz mundial" y lo entregaron "a la vindicta pública".
Declarándole, ahora ellos la guerra, que culminó con la derrota de Napoleón en Waterloo el 18 de junio de 1,815 y fue desterrado a la Isla de Santa Elena, donde murió 05 de mayo de 1,821.
"Las águilas francesas se sabrán hacer
respetar" exclamó Bonaparte. El 18 de mayo de 1804 Napoleón fue
proclamado emperador con el propósito de fundar una nueva monarquía y
consolidar el poder
La proclamación de Napoleón como emperador
"Las águilas francesas se sabrán hacer respetar" exclamó Bonaparte. El
18 de mayo de 1804 Napoleón fue proclamado emperador con el propósito
de fundar una nueva monarquía y consolidar el poder
A finales de abril de 1804, y con la intención de consolidar el poder, el tribuno Jean-François Curée propone que el primer cónsul Napoleón sea nombrado emperador de los franceses y establece en su familia el derecho a heredar el trono imperial.
Lazare Carnot fue el único que se
opuso a la moción de Curée, que finalmente fue aprobada en el tribunado.
El 2 de mayo, el cuerpo legislativo unió sus votos a los del tribunado.
El 18 de mayo de 1804, un senado consulto-orgánico le confirió el título de emperador, bajo el nombre de Napoleón I.
Todo cuanto puede contribuir al bien de la patria está
esencialmente unido a mi felicidad, y así acepto el título que creéis
útil a la nación, respondió Napoleón en Saint-Cloud, al oeste de París, cuando le fue entregada el acta constitucional, en la que eran reconocidos como príncipes imperiales José y Luis, sus hermanos.
Cuando se trató de elegir las armas del Imperio renunció al gallo galo y se decantó por el águila: Vuestro
gallo, dijo, es un animal que vive sobre el pajar y se deja comer por
la raposa; no lo quiero; tomemos el águila, que es el ave que lleva el
rayo y mira el sol cara a cara; las águilas francesas se sabrán hacer
respetar como las águilas romanas, sugirió el corso según recoge A. Hugo en Historia de la revolución de Francia, continuada con la de Napoleón.
Tras pasar un año confinado en Elba, Napoleón volvió por sorpresa a Francia y trató de resucitar su imperio
Desembarco en Francia
Este óleo realizado por Carl von Steuben en 1818 muestra la llegada de Napoleón y sus tropas a Golfe-Juan, cerca de Antibes, el 28 de febrero de 1815. A mediados de febrero de 1815, cuando llevaba nueve meses en Elba y aparentemente sólo pensaba en introducir mejoras en la isla –ya fuera un canal de riego, un camino o un puente–, tomó la decisión de lanzarse de nuevo a la aventura.
Foto: Akg / Album
Puerta abierta al exilio
Napoleón Bonaparte firmó su abdicación incondicional en el palacio de Fontainebleau, en la imagen, el 6 de abril de 1814. El día 20 partía hacia su exilio en la isla de Elba. Con gran parte de Francia ocupada por ejércitos extranjeros, despojado unos días antes de su título imperial por el Senado, encerrado en su palacio de Fontainebleau lejos de su esposa María Luisa y de su hijo, el rey de Roma, Napoleón decidió abdicar sin condiciones.
Foto: leemage / Getty images
Los gustos del emperador
Napoleón se rodeó de objetos que simbolizaban el poder y la dignidad imperiales, como este reloj de péndulo que representa a Urania, musa de la Astronomía. Palacio de Fontainebleau.
Foto: A. Didierjean / Rmn-grand palais
"Les adieux de Napoleón". Alphonse Monfort. Palacio de versalles
Adiós a su fiel ejército
Antes de dejar Fontainebleau, Napoleón pronunció un emotivo discurso: "Soldados de mi vieja guardia, os digo adiós. Desde hace veinte años os he encontrado siempre en el camino del honor y de la victoria [...] Con hombres como vosotros, nuestra causa no estaba perdida. Pero la guerra era interminable. Por eso he sacrificado nuestros intereses a la patria. Parto. ¡Adiós, amigos míos!".
Foto: Gérard Blot / Rmn-grand Palais
Rival y sucesor
Luis XVIII –hermano menor del monarca guillotinado en 1793– restauró la dinastía borbónica en el trono francés tras las renuncias de Napoleón. A sus 59 años, este hombre progresista y prudente sólo aspiraba a una restauración pacífica. Arriba, el rey sentado sobre su trono. Palacio de Versalles.
Foto: Franck Raux / Rmn-grand palais
El Palacio del Louvre
Napoleón usó como residencia oficial el palacio de las Tullerías, dentro del complejo del Louvre (en la imagen, el pabellón del Reloj). Sin embargo, durante los Cien Días se instaló en el palacio del Elíseo.
Foto: Cultura Exclusive / Getty images
El ejército del principado de Elba se componía de 800 soldados
El huerto del Emperador
En Elba, Napoleón organizó su "principado soberano" en un retiro que parecía tranquilo. El emperador escribió que su vida era "envidiable, bastante dulce". Pero era inevitable que la isla se le quedara pequeña. "¿Podía aceptar la soberanía de un huerto, como Diocleciano en Salona?", se preguntaba Chateaubriand en referencia al emperador romano que se retiró a un rincón de Croacia.
Foto: Oronoz / Album
Talleyrand, el intrigante
Antiguo ministro de Napoleón, Talleyrand conspiró para derrocarlo en 1814 y pasó al servicio de Luis XVIII, a quien representó en el congreso de Viena. Defendió con astucia los intereses de Francia en el congreso de Viena, iniciado el 1 de noviembre, que debía definir el nuevo orden internacional tras más de dos décadas de guerra. Palacio de Versalles.
Foto: C. Fouin / Rmn-grand palais
Napoleón se embarca hacia Francia, Museo Napoleónico. Antibes.
La partida de Portoferraio
En sus Memorias, Fleury de Chaboulon, secretario de Bonaparte, evocaba de este modo el día de la partida de Napoleón de la isla de Elba: "Toda la población, una multitud de mujeres, niños y ancianos, se dirigieron enseguida a la orilla y ofrecieron las escenas más emotivas. La gente rodeaba a los fieles compañeros del exilio de Napoleón y se disputaba el placer, el honor de tocarlos, verlos, abrazarlos una última vez […] A las ocho de la tarde un cañonazo dio la señal de partida. Se dieron y recibieron mil dulces abrazos […] Napoleón, al poner el pie sobre su navío, exclamó como César: “¡La suerte está echada!”. Su faz estaba en calma, su frente serena; parecía menos preocupado por el éxito de su empresa que por los medios de alcanzar rápidamente su objetivo".
Aclamado en Grenoble
La entusiasta recepción que tuvo en Grenoble, el 7 de marzo de 1815, convenció a Napoleón de que su retorno tendría éxito. "Antes de Grenoble era un aventurero; en Grenoble era un príncipe", dijo. Grabado de 1830.
Foto: Tallandier / Bridgeman / Aci
El mariscal desleal
Michel Ney, antiguo mariscal del Imperio, fue enviado por Luis XVIII a detener a Napoleón, pero se unió al emperador. Había prometido al rey traer al usurpador "en una jaula de hierro". Abajo, en 1805. Palacio de Versalles.
Foto: Rmn-grand palais
La declaración firmada en Gap el 6 de marzo de 1815
Todo para el pueblo
En su vuelta a Francia, Napoleón se reinventó como defensor de los logros de la Revolución de 1789. "Mi retorno disipa todas vuestras inquietudes; garantiza la conservación de todas las propiedades, la igualdad entre todas las clases y los derechos de los que gozáis desde hace 25 años", declaró a los habitantes del sudeste de Francia en la proclama de Gap, reproducida sobre estas líneas.
Foto: Bridgeman / Aci
Sako de voltigeur de la guardia imperial
Nada más desembarcar el emperador, se distribuyó una proclama de la guardia imperial: "Soldados, camaradas, hemos protegido a vuestro emperador […] os lo traemos de vuelta a través de los mares, en medio de mil peligros. Hemos atracado en la tierra sagrada de la patria con la insignia nacional y el águila imperial […]. Desde hace pocos meses los Borbones reinan, y os han demostrado que no han olvidado nada y que no han aprendido nada […]".
Foto: Musée de l’armée / Rmn-grand palais
Águila imperial. Museo de la casa Bonaparte, Ajaccio.
Despreciado, temido, aclamado
En un libro publicado en 1840, Alexandre Dumas evocó cómo fue cambiando la opinión en París a medida que el emperador, tras desembarcar en Golfe-Juan, se aproximaba a la capital. Dumas cita unos supuestos extractos del Moniteur universel, el diario oficial del régimen.
• El antropófago ha salido de su guarida. / • El ogro de Córcega acaba de desembarcar en Golfe-Juan. / • El tigre ha llegado a Gap. / • El monstruo ha dormido en Grenoble. / • El tirano ha atravesado Lyon. / • El usurpador ha sido visto a sesenta leguas de la capital. / • Bonaparte avanza rápidamente, pero no entrará nunca en París. / • Napoleón estará mañana frente a nuestros baluartes. / • El emperador ha llegado a Fontainebleau. / • Su Majestad Imperial y Real hizo ayer su entrada en su palacio de las Tullerías en medio de sus fieles súbditos…
Napoleón entra a hombros en el palacio de las Tullerías el 20 de marzo de 1815
Jaleado por los parisinos
El carruaje de Napoleón llegó a París el 20 de marzo "sin otra escolta que una multitud de generales y oficiales, que impedía incluso la visión del vehículo", según el joven político británico John Hobhouse. El barón de Broughton fue testigo presencial de la entrada del emperador en la capital y describió así el acontecimiento: "Napoleón entró por las puertas de las Tullerías, frente al Pont Royal, y bajó al palacio a las once en punto; una multitud de oficiales vino a rodearlo; en un instante fue levantado del suelo; se le cayó el sombrero, y fue llevado en hombros por la muchedumbre hasta sus aposentos, donde fue felicitado por algunas damas de su antigua corte. La más bella de todas, llevada por la alegría, pasó sus brazos alrededor de su cuello y rompió a llorar de la emoción".
Foto: Bridgeman / Aci
El zar contra el emperador
Tras una breve alianza, Alejandro I se convirtió en acérrimo enemigo de Napoleón. El zar, que había pagado muy caras las guerras contra Napoleón, no quería volver a implicarse demasiado. Arriba, el zar en un retrato anónimo. Museo del Louvre, París.
Foto: Rmn-grand palais
La derrota final
El choque se mantuvo incierto durante bastantes horas y habría podido resolverse a favor de los franceses, pero acabó con su derrota. Fue el final indiscutible de Napoleón Bonaparte. Andrieux Clément Auguste recreó en 1852 la batalla de Waterloo, que abrió las puertas de Francia a los enemigos de Napoleón. Palacio de Versalles.
Foto: Gérard Blot / Rmn-grand Palais
Rumiando la derrota, óleo de Marcus Stone
Huida y captura
Después de la derrota en Waterloo, Napoleón regresó a París y se encontró con un país nuevamente invadido. Presionado por las Cortes y el gobierno provisional (presidido por Fouché), abdicó y comenzó una huida que terminó con su entrega a los ingleses el 15 de julio, una semana después de que Luis XVIII hubiera sido restituido oficialmente en el trono de Francia.
Foto: Bridgeman / Aci
Retirada precipitada
Tras la derrota en Waterloo, Napoleón emprendió un precipitado regreso a París. En su campamento dejó la pistola que se muestra sobre estas líneas, con símbolos imperiales, que fue recuperada por sus enemigos. Museo del Ejército, París.
Foto: Rmn-grand palais
Jean-Joël Brégeon
30 de junio de 2018
1815, el último periodo de Napoleón en el poder
El 6 de abril de 1814 la carrera de Napoleón Bonaparte pareció llegar a su fin, tras cerca de 20 años de triunfos casi constantes en el campo de batalla, que le habían permitido crear un Imperio que dominaba prácticamente toda la Europa continental. Con gran parte de Francia ocupada por ejércitos extranjeros, despojado unos días antes de su título imperial por el Senado, encerrado en su palacio de Fontainebleau lejos de su esposa María Luisa y de su hijo, el rey de Roma, Napoleón decidió abdicar sin condiciones.
Los países vencedores pasaron a discutir qué hacer con él. Los ingleses, al igual que Austria y Prusia, insistían en alejarlo de Europa y deportarlo. Pero el zar Alejandro I lo impidió, en un gesto lleno de caballerosidad hacia un hombre que durante un tiempo fue su "hermano". La decisión final se plasmó en el tratado de Fontainebleau, que garantizaba a Napoleón la soberanía de la isla de Elba, un "pedrusco" de 223 kilómetros cuadrados situado entre Italia y Córcega. El 4 de mayo, un barco inglés lo dejó en Portoferraio, donde los elbenses lo recibieron calurosamente. Francia y Europa respiraron tranquilas al ver cómo el antiguo conquistador parecía conformarse con su nueva posición, la de príncipe de un Estado minúsculo y aislado del continente. Parecía que después de un cuarto de siglo de guerras Europa recuperaba la paz, pero la historia depende de azares que ni los más perspicaces pueden imaginar.
Primera restauración
En París, mientras tanto, el retorno de los Borbones de la mano de Luis XVIII –hermano menor del monarca guillotinado en 1793– se presentaba bajo los mejores auspicios. A sus 59 años, este hombre progresista y prudente sólo aspiraba a una restauración pacífica. Para romper con el absolutismo anterior a la Revolución de 1789 y para desmontar el poder dictatorial del emperador, otorgó a los franceses una Carta que creaba una monarquía constitucional, tomando como modelo las instituciones británicas. Los grandes principios de la Declaración de los derechos del hombre de 1789 fueron reconocidos en el código civil; y quedaba plenamente garantizada la propiedad de los bienes nacionales, expropiados a la Iglesia durante la Revolución y vendidos a muchos particulares.
Este sistema podía contentar a la mayoría de los franceses. Sobre todo porque, tras la derrota militar de Napoleón, Francia no había sido humillada por los vencedores. El país volvió a sus fronteras de 1792 (con algún añadido), recuperó su imperio colonial, y se mantuvo libre de toda ocupación militar y del pago de indemnizaciones de guerra. Talleyrand defendió con astucia los intereses de Francia en el congreso de Viena, iniciado el 1 de noviembre, que debía definir el nuevo orden internacional tras más de dos décadas de guerra. Gracias al reconocimiento exterior, Luis XVIII pudo dedicarse a la recuperación del reino y a asegurar la paz civil.
De vuelta a Francia tras dos decenios de exilio, no conocían el nuevo país surgido de la Revolución y exigían la devolución de todos sus cargos
No contaba, sin embargo, con su entorno: su propia familia, sus dignatarios y muchos de sus ministros. Todos ellos mostraron una actitud mucho menos conciliadora. De vuelta a Francia tras dos decenios de exilio, no conocían el nuevo país surgido de la Revolución y exigían la devolución de todos sus cargos y títulos, además de compensaciones a la altura de su "desgracia". El conde de Artois, hermano del rey y futuro Carlos X, fue uno de los que encarnó este espíritu reaccionario. En el gobierno de Luis XVIII convivían los ministros más o menos liberales, algunos antiguos colaboradores del emperador, con "ultras" como el conde de Blacas y el barón de Vitrolles. En la opinión pública existía un conflicto de tendencias parecido. Desde la izquierda, el filósofo Benjamin Constant temía que se tomaran medidas liberticidas, mientras que desde la extrema derecha el vizconde de Bonald exigía la persecución de los jacobinos (que aspiraban a reeditar la Revolución de 1789-1795) y de los bonapartistas. La relativa libertad de prensa favorecía la violencia verbal.
Por otra parte, el nuevo régimen pronto se enajenó la simpatía de un gran número de franceses con algunas de sus políticas. En lo religioso, la recuperación de ceremonias y de procesiones solemnes, la apertura sin control de escuelas eclesiásticas y de seminarios o el tutelaje de la universidad irritaron a los franceses de cultura "volteriana", opuestos a la interferencia eclesiástica. Aún peor fue el profundo malestar que se extendió en el ejército. Tras la guerra, 300.000 soldados habían sido licenciados y más de 15.000 oficiales se encontraban con salario reducido y sin destino. Mientras la mayoría de mariscales y almirantes se unieron a la monarquía, la fidelidad al emperador seguía muy arraigada entre los oficiales superiores, los puestos subalternos y los veteranos. Su malestar corría el riesgo de desembocar en comportamientos sediciosos o conspiraciones. Sin darse cuenta del peligro, Luis XVIII reincorporó al ejército a muchos emigrados que habían luchado contra la Francia revolucionaria y napoleónica.
Vuelta a Francia
El rey confiaba en el paso del tiempo para que, poco a poco, se diluyeran desacuerdos y rencores. Esperaba que tanto la vida privada como la pública volverían a la calma. Si hubiera sido más carismático y se hubiera paseado por su reino, habría podido luchar por ese deseo. Pero, casi inválido a causa de su obesidad y los ataques de gota, receloso de todo y de todos, desilusionado y hedonista a la vez, no salía de su palacio de las Tullerías. Todo esto supuso una decepción y jugó un papel muy importante en la decisión de Napoleón de regresar.
En Elba, Napoleón estaba muy bien informado sobre la situación en el interior de Francia gracias a sus numerosas y activas redes de espionaje. Sus agentes en Francia sorteaban la vigilancia policial mal dirigida por el ministro del Interior, Beugnot. En Italia y Austria, los hombres del ilustre exiliado operaban a sus anchas. Unos y otros le aseguraban que en cualquier momento podía producirse una revolución en Francia y que sólo tenía que presentarse como salvador para que lo recibieran con los brazos abiertos.
Aun así, la decisión de Napoleón dependía también de consideraciones personales. Una de ellas tenía que ver con sus finanzas, concretamente con la pensión de dos millones de francos anuales que el gobierno francés se había comprometido a pagarle y que había dejado de recibir. El oficial británico Neil Campbell, encargado de vigilar a Napoleón en Portoferraio, advertía a su gobierno: "Si las dificultades financieras que lo acucian duran más […] creo que es capaz de cruzar el canal de Piombino con sus tropas, o de cualquier otra extravagancia. Pero si su estancia en Elba y sus gastos están asegurados, creo que pasará aquí en calma el resto de sus días". Más angustiosas todavía eran las noticias que le llegaban a Napoleón del congreso de Viena. Allí muchos habían comenzado a pensar que la isla de Elba estaba demasiado cerca y que Napoleón podía escapar en cualquier momento. Por ello, proponían trasladarlo a un lugar de destierro más alejado, como las islas Azores o incluso la de Santa Elena, mencionada por primera vez como posible lugar de confinamiento. Algunos ultrarrealistas proponían asesinarlo.
Napoleón llegó a la conclusión de que debía anticiparse a todos estos planes hostiles. A mediados de febrero de 1815, cuando llevaba nueve meses en Elba y aparentemente sólo pensaba en introducir mejoras en la isla –ya fuera un canal de riego, un camino o un puente–, tomó la decisión de lanzarse de nuevo a la aventura (no sin antes consultarlo con su madre, Letizia, que comprendió que su hijo no podía terminar sus días "en un reposo indigno de él"). Desde ese momento, los acontecimientos se precipitaron. El domingo 26 embarcó en l’Inconstant; el 28 ya divisaba Antibes y el 1 de marzo desembarcaba muy cerca, en Golfe-Juan, con su pequeño ejército de un millar de hombres.
Retorno triunfal
Nada más desembarcar el emperador, se distribuyó una proclama de la guardia imperial: "Soldados, camaradas, hemos protegido a vuestro emperador […] os lo traemos de vuelta a través de los mares, en medio de mil peligros. Hemos atracado en la tierra sagrada de la patria con la insignia nacional y el águila imperial […]. Desde hace pocos meses los Borbones reinan, y os han demostrado que no han olvidado nada y que no han aprendido nada […] soldados del gran Napoleón, ¿seguiréis al servicio de un príncipe que fue durante veinte años enemigo de Francia?".
El mariscal Ney, que había sido uno de los generales más fieles al emperador, prometió al rey traer al usurpador "en una jaula de hierro"
Una vez en el continente, el emperador y sus hombres se dirigieron a París; el 5 de marzo fueron aclamados en Gap. Ese mismo día, se informaba por fin a Luis XVIII. El monarca mantuvo la calma, y su gobierno fingió la misma sangre fría. Creían tener el poder asegurado gracias a la fidelidad de los altos mandos.
El mariscal Ney, que había sido uno de los generales más fieles al emperador, prometió al rey traer al usurpador "en una jaula de hierro".
La marcha de Napoleón hasta la capital, el "vuelo del águila", prosiguió sin encontrar obstáculos. En Lyon, todas las instituciones civiles y militares le juraron fidelidad. En Auxerre –a 150 kilómetros de la capital–, Ney, olvidando su bravata, se echó en sus brazos. El 20 de marzo, a las nueve de la noche, Napoleón entró en el palacio de las Tullerías, abandonado a toda prisa la noche anterior por Luis XVIII para buscar refugio en Gante.
El restablecimiento del poder imperial no tomó más de dos semanas. La mayoría de las instituciones se adhirieron al emperador y la purga se limitó a unos pocos "traidores" confirmados. Napoleón se apresuró a formar un gobierno con antiguos colaboradores suyos. Era de nuevo el dueño de Francia.
Sin embargo, como testimoniaron muchos observadores, Napoleón no era el mismo. La abdicación del año anterior, con su retahíla de traiciones y de muestras de aversión popular, había dejado huella en su ánimo y ahora no se fiaba de las apariencias. "Su prodigioso retorno, circunstancia quizá la más admirable de su vida, no le hacía ninguna ilusión y le dejaba poca esperanza", escribió Barante. Al ser felicitado por su ministro del Tesoro, Molé, le respondió: "El tiempo de los cumplidos ha pasado; me han dejado llegar como han dejado partir a los otros". Y su ministro del Interior, Carnot, declaraba su sorpresa: "No lo reconozco; el audaz retorno de la isla de Elba parece haber agotado su energía; fluctúa, duda; en lugar de actuar, parlotea; pide consejos a todo el mundo".
De hecho, Napoleón tenía motivos para desesperar. Su esposa María Luisa se negó a volver a París con el hijo de ambos, frustrando así su deseo de asegurar la continuidad de su monarquía. Además, había quien intrigaba contra él desde dentro de su gobierno, como Joseph Fouché, el jefe de Policía, que ya lo había traicionado años antes.
Pese a ello, Napoleón hizo todo lo que estaba en su mano para consolidar su poder. A fin de disipar los temores de quienes lo acusaban de haber actuado como un déspota antes de su abdicación de 1814, se propuso dar un giro más liberal a su régimen. Él mismo proclamó que había vuelto del exilio con otra mentalidad: "He pasado un año en la isla de Elba, y allí, como en un sepulcro, he podido escuchar la voz de la posteridad. Sé lo que hay que evitar, sé lo que hay que querer".
Malas sensaciones
El 1 de junio, Napoleón organizó el llamado Campo de Mayo, una gran ceremonia militar para proclamar los resultados del plebiscito
El emperador recurrió a un antiguo adversario, el filósofo liberal Benjamin Constant, que elaboró un Acta adicional a las Constituciones del Imperio, inspirada, de manera velada, en la Carta otorgada por Luis XVIII, aunque concediendo mayores libertades individuales. Sin embargo, esta nueva ley fundamental no cuestionaba el poder casi absoluto de Napoleón, lo que decepcionó a muchos. Así, cuando la nueva Acta fue sometida a plebiscito, fue aprobada por 1.532.000 votos a favor y tan sólo 4.800 en contra, pero con la abstención de más de cinco millones de ciudadanos. El 1 de junio, Napoleón organizó el llamado Campo de Mayo, una gran ceremonia militar para proclamar los resultados del plebiscito, un acto tan grandioso como frío, en el que ni la burguesía ni las élites civiles y militares mostraron su compromiso.
El segundo objetivo del emperador era ser aceptado por las distintas potencias europeas, asegurándoles que no emprendería más guerras de conquista. A su regreso a las Tullerías, Napoleón multiplicó las declaraciones tranquilizadoras, aunque no todos lo creyeron: "La primero que hizo Bonaparte […] fue mostrarse como un ser inocente, un corderito sin rencor y sin mácula, amigo del universo y deseoso de estar tranquilo en su pequeño reino", ironizaba el barón de Frénilly.
No sabemos si el pacifismo de Napoleón era sincero. Sin duda, el emperador sabía que la relación de fuerzas le era demasiado desfavorable. Cuando escribió a sus "hermanos", emperadores y reyes, que "después de haber ofrecido al mundo un espectáculo de grandes combates, será más dulce no reconocer otra rivalidad que la de las ventajas de la paz", ¿por qué negarle que sentía ese deseo? En cualquier caso, la respuesta fue contundente. El 15 de marzo, los representantes del Reino Unido, Rusia, Austria, Prusia, Suecia, España y Portugal, reunidos en el congreso de Viena, declararon a Napoleón "enemigo y perturbador de la paz mundial" y lo entregaron "a la vindicta pública".
El 15 de marzo se declaró a Napoleón "enemigo y perturbador de la paz mundial" y lo entregaron "a la vindicta pública"
Aunque se trataba de una declaración de guerra en toda regla, en la práctica hubo algunos momentos de duda. El zar, que había pagado muy caras las guerras contra Napoleón, no quería volver a implicarse demasiado. En Viena, el canciller Metternich trataba de convencer al emperador Francisco I, suegro de Napoleón, que retenía consigo a su hija María Luisa y a su nieto, el rey de Roma. El gobierno inglés quería acabar con Napoleón, pero le faltaban soldados y se las ingenió para no enviar la totalidad de las tropas que se le asignaron. Pese a ello, la séptima coalición concentró en Bélgica casi 220.000 soldados.
Enemigo de la paz
Napoleón no tenía tiempo para reconstruir un ejército capaz de enfrentarse a esas tropas. Durante semanas, se dedicó a ello con su energía de siempre y logró reclutar un ejército de 120.000 soldados, incluyendo más de 20.000 jinetes, y 366 piezas de artillería. Entre sus hombres había muchos veteranos, incluidos oficiales con experiencia, pero también jóvenes menos entrenados.
El 15 de junio, Napoleón se reunía con el ejército del Norte para salir al paso de las tropas enemigas en Bélgica. Austríacos, alemanes, rusos y españoles se encontraban a las puertas de Francia, pero el emperador pensaba que la campaña estaría prácticamente ganada si derrotaba al prusiano Blücher y al británico Wellington. La primera parte de su plan fue un éxito, y el día 16 Napoleón obtendría su última victoria, ante los prusianos en Ligny. Dos días más tarde se produjo en Waterloo la batalla decisiva. El choque se mantuvo incierto durante bastantes horas y habría podido resolverse a favor de los franceses, pero acabó con su derrota. Fue el final indiscutible de Napoleón Bonaparte. Vencido por segunda vez, el que fue el gran conquistador de Europa se entregó a los ingleses un mes más tarde para partir hacia un destierro en Santa Elena, en el Atlántico sur, del que ya no regresaría.
Tras la derrota de los ejércitos franceses y la ocupación de París por parte de las tropas aliadas, Napoleón Bonaparte tuvo que renunciar a todos sus territorios excepto a la isla de Elba, al oeste de Italia, donde vivió desterrado desde mayo de 1814 hasta febrero de 1815. "No podía él estar quieto mucho tiempo. Después de haber consagrado los primeros días a los trabajos indispensables de su instalación, montó a caballo el 18 de mayo y recorrió toda la isla: quería asegurarse por sí mismo del estado de la agricultura, y de cuáles eran sus productos más o menos ciertos, como el comercio, la pesca y la extracción de mármoles y metales; sobre todo, visitó con particular atención las canteras y las minas que son su principal riqueza", relata Alejandro Dumas en Napoleón. En septiembre de 1814, el coronel Neil Campbell escribe en su diario que "Napoleón parece haber perdido todos los hábitos de estudio" y que "ocasionalmente cae en un estado de inactividad nunca antes conocido".
Entrada triunfal en París
Sintiendo que Francia le reclamaba de nuevo y sabedor de que los ingleses querían desterrarlo a una isla remota en el Atlántico, Napoleón escapó de Elba aprovechando un descuido de la guardia francesa y británica. El 1 de marzo de 1815 desembarcó en Golfe-Juan, cerca de Antibes, y junto con sus soldados más leales puso rumbo a París, siguiendo un itinerario conocido hoy como la Ruta Napoleón, que recorre más de 300 kilómetros. El 20 de marzo de 1815 entró de forma triunfal en el Palacio de las Tullerías, que había sido abandonado de forma precipitada por Luis XVIII. De la noche a la mañana, los emblemas reales fueron sustituidos por la bandera tricolor y las águilas imperiales. Comenzó entonces el período conocido como los Cien Días, o Cent-Jours en francés, que se extiende hasta el 22 de junio de 1815, fecha de su segunda y definitiva abdicación, hasta el 8 de julio de 1815, fecha de la segunda restauración de Luis XVIII. Durante este tiempo, Napoleón trató de instaurar un régimen constitucional más democrático y liberal, pero de nuevo tuvo que enfrentarse a sus enemigos, cayendo derrotado en la batalla de Waterloo el 18 de junio de 1815.
Napoleón murió en 1821 en la isla de Santa Elena, en el océano Atlántico, donde fue deportado tras la derrota de la "Grande Armée" en Waterloo, el 18 de junio de 1815
Napoleón Bonaparte nació en la isla de Córcega (Ajaccio, 1769), en pleno mar Mediterráneo, y murió el 5 de mayo de 1821, en la retirada isla de Santa Elena, en medio del oceáno Atlántico, donde fue desterrado por los británicos tras derrotarle en la batalla de Waterloo, en Bélgica, el 18 de junio de 1815. En el período comprendido entre su estancia en ambas islas, unos 36 años, el general Napoleón, que vivió la Revolución Francesa a los 20 años de edad, se convirtió en un excelente estratega gracias a sus fulgurantes campañas en la Europa continental, que le han situado a la altura de otros líderes militares como Alejandro Magno, Julio César y Carlomagno.
Pero Napoleón también fracasó en numerosas ocasiones: en la campaña de Egipto y Siria, a pesar de que se descubrió la piedra de Rosetta; en la batalla de Trafalgar; en la batalla de Bailén y en la de Vitoria; en la campaña de Rusia; en la batalla de Leipzig, y, por último, en Waterloo, donde se rindió a los británicos, quienes le deportaron a la lejana Santa Elena.
El clima insalubre de Santa Elena
El Northumberland, un navío de guerra de la Royal Navy al mando del almirante Cockburn, transportó a Napoleón a la isla volcánica de Santa Elena, que pertenecía a la Compañía de las Indias Orientales, donde fue confinado en un peñasco azotado por vientos impetuosos y expuesto a lluvias copiosas o a un sol que caía a plomo. El 17 de octubre de 1815 desembarcó en la isla y durante las primeras semanas se alojó en una pequeña habitación, situada bajo un granero, en una casa de campo llamada Briars, al cuidado de la acogedora familia de William Balcombe, un comerciante local, con cuya hija entabló una amistad. Betsy, de 13 años de edad, era el único miembro de la familia que sabía hablar francés.
La salud de Napoleón empeoró con su traslado a Longwood House, una vivienda expuesta a un clima insalubre, que se convirtió en su último asilo en la isla. La muerte se debió, según la autopsia, a un cáncer de estómago, aunque existe la creencia de que pudo ser víctima de un envenenamiento con arsénico. Las últimas investigaciones corroboran el diagnóstico original, ya que su padre y una de sus hermanas también fallecieron por el mismo motivo. Napoleón fue enterrado en Santa Elena hasta que sus restos fueron repatriados en 1840.
Dos formas de entender el imperialismo napoleónico
Napoleón Bonaparte (1769-1821) reinó durante poco más de una década, pero ha dejado una huella indeleble en la historia de Europa. La exposición Napoleón y Europa, hasta el 14 de julio de 2013 en el Museo del Ejército (Musée de l'Armée), en París, revisa su ambiciosa política expansionista entre 1793 y 1815 y las reacciones que provocó en diferentes países europeos. El sur de Alemania, el norte de Italia y Polonia, entre otros, secundaron la dominación francesa, mientras que España, el Tirol, Calabria, Prusia y Rusia se opusieron ferozmente a sus ambiciones autocráticas. El imperialismo napoleónico, basado en los ideales de la Revolución francesa, se extendió a raíz de las primeras victorias en la campaña italiana, que se desarrolló entre 1796 y 1799. Se autoproclamó cónsul vitalicio y en 1804 se convirtió en el emperador de los franceses, con la aspiración de ensanchar las fronteras de su imperio. La campaña rusa, cuya retirada fue catastrófica, y el dramático final de la Grande Armée precipitaron la caída del Imperio napoleónico. Los aliados sitiaron París en 1814 y Napoleón fue obligado a abdicar. El Congreso de Viena transformó el mapa de Europa mediante la implantación del Antiguo Régimen.
Obras de Canova, Goya y Turner
La muestra presenta este episodio crucial en la historia de Francia y de Europa enfrentando dos puntos de vista antagónicos, a favor o en contra de Napoleón, pero sin ningún tipo de prejuicios. Reúne 250 piezas procedentes de préstamos de una cincuentena de museos europeos e instituciones, más de la mitad de fuera de Francia. Desde la retrospectiva Napoleón, que tuvo lugar en el Grand Palais de París en 1969, no se había celebrado ninguna exposición de estas características en Francia. El publico puede admirar diferentes ejemplos del Código Civil francés, redactado en diferentes idiomas; el busto de Napoleón como Marte pacificador, una obra principal de Antonio Canova; o un misterioso dibujo satírico realizado por Napoleón en 1806, dirigido al príncipe Luis I de Baviera con el fin de ilustrarle su despliegue militar en la batalla de Austerlitz, en 1805. También se incluye un boceto de Goya de El dos de mayo de 1808 en Madrid, un cuadro que pintó en 1814; El campo de Waterloo (1818), de Turner, y la famosa levita gris de Napoleón, entre otras cosas. Por otro lado, el Museo del Ejército acoge, de forma permanente, las colecciones napoleónicas y la tumba de Napoleón, diseñada y construida por Visconti entre 1842 y 1861 en el mausoleo de Los Inválidos.
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