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********** Blog Fundado el 03 de Enero del 2008 **********
Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., existe cierta controversia, en saber quien fue el primero en descubrir Machu Picchu, mundialmente se le atribuye al norteamericano Hiram Bingham, sin embargo existen pruebas documentadas por el mismo norteamericano que fue un peruano llamado Agustín Lizárraga, quien visitó Machu Picchu en 1902.
Lo cierto, que nadie habla de Lizárraga, y todos le atribuyen al norteamericano Hiram Bingham, documentar el descubrimiento de Machu Picchu, el 24 de julio de 1911.
National Geographic.- narra : "....Creyendo hallarse a las puertas de Vilcabamba, el lunes 24 de julio, que amaneció nublado y con una ligera llovizna, Bingham entró en el recinto y se dio cuenta del sensacional descubrimiento que acababa de hacer. Una ciudad con una arquitectura y una ingeniería espectaculares y totalmente desconocida hasta entonces por el mundo.
En su libro escribió: "De repente me encontré parado frente a las
paredes de una ruina y casas construidas con la mejor calidad del arte
inca. Las paredes fueron difíciles de ver ya que los árboles y el musgo
habían cubierto las piedras por siglos. Pero en la sombra del bambú y
trepando los arbustos estaban las paredes visibles hechas de bloques de
granito blanco cortados con la más alta precisión. Encontré brillantes templos, casas reales, una gran plaza y miles de casas. Parecía estar en un sueño".
También documentó cada una de las fotos que iba tomando con su Kodak
A3, y durante el recorrido por el yacimiento Bingham pudo leer en una de
las paredes del Templo de las tres ventanas una inscripción hecha en carbón vegetal en la que decía "Lizárraga” y un año: 1902. Era la prueba de que mucho antes que él otras personas ya habían visitado el emplazamiento....."
El 6 de junio de 1956 moría en Washington
el famoso arqueólogo Hiram Bingham, que pasó a la historia como el
descubridor de Machu Picchu. Aunque no todos creen que fuese el primero
en llegar a la legendaria ciudadela inca, pues el agricultor peruano
Agustín Lizárraga ya dejó constancia de su existencia algunos años
antes.
Una juventud prometedora
Nacido en Honolulú (Hawáii) el 19 de
noviembre de 1875, Hiram Bingham fue hijo y nieto de los primeros
misioneros protestantes que llegaron al archipiélago volcánico de
Pacífico. A pesar de muchas dificultades, Bingham consiguió graduarse en
Yale, y más tarde doctorarse en Harvard, donde ejerció como profesor de
historia.
Foto: CC
Bingham y Tiffany & Co
En 1898 cuando su vida cambió
completamente al conocer a Alfreda Mitchell, hija de Alfred Mitchell y
Annie Olivia Tiffany, hija y heredera de Charles Tiffany, fundador de la
famosa joyería Tiffany & Company de Nueva York. El matrimonio con
la joven heredera permitió a Bingham entrar a formar parte de la clase
pudiente norteamericana, además de financiar alguna de sus
expediciones.
Foto: Cordon Press
Primeras experiencias
Entre noviembre de 1906 y mayo de
1907, Bingham partió en su primera expedición. La idea de Bingham, que
para entonces ya había publicado algunos artículos académicos, era
escribir una biografía de Simón Bolívar y seguir la ruta que el
libertador llevó a cabo entre Caracas y Bogotá, pero jamás llegó a
hacerlo.
Foto: Cordon Press
En busca de Vilcabamba
El punto de inflexión en las
exploraciones de Hiram Bingham se produjo en 1910, cuando un amigo suyo,
Edward S. Harkness, leyó el borrador del libro de su último viaje.
Quedó tan impresionado que le sugirió realizar una nueva expedición para
encontrar el último refugio de los Incas, la mítica Vilcabamba.
Foto: CC
El Machu Picchu desde la cámara de Bingham
En su libro escribió: "De repente me
encontré parado frente a las paredes de una ruina y casas construidas
con la mejor calidad del arte inca. Las paredes fueron difíciles de ver
ya que los árboles y el musgo habían cubierto las piedras por siglos."
Foto: Cordon Press
Un descubrimiento sin igual
Creyendo hallarse a las puertas de
Vilcabamba, el lunes 24 de julio, que amaneció nublado y con una ligera
llovizna, Bingham entró en el recinto y se dio cuenta del sensacional
descubrimiento que acababa de hacer.
Foto: Gonzalo Azumendi
Josep Gavaldà
La historia de Hiram Bingham, el descubridor de Machu Picchu
La curiosa historia de Hiram Bingham está llena de incógnitas y contradicciones. Algunos creen que fue el modelo en que se inspiraría el personaje del famoso arqueólogo de ficción Indiana Jones –aunque otros piensan que fue el arqueólogo Sylvanus Morley–, y para otros, simplemente fue un explorador fascinado por la cultura sudamericana
que se llevó el mérito del descubrimiento de Machu Picchu cuando, en
realidad llegó al yacimiento nueve años después que su auténtico
descubridor, el agricultor peruano Agustín Lizárraga.
Nacido en Honolulú (Hawáii) el 19 de noviembre de 1875, Hiram Bingham fue hijo y nieto de los primeros misioneros protestantes que llegaron al archipiélago volcánico de Pacífico.
Una férrea disciplina y una educación encaminada a una vida como
misionero hicieron de la infancia de Bingham una de las épocas más
tristes de su vida; incluso llegó a robar 250 dólares de la cuenta
familiar para poder huir con un amigo. En 1892 sus padres lo
llevaron a la Phillips Academy en Andover, Massachussets, y
posteriormente ingresó en la Universidad de Yale. Los ahorros
familiares sólo le alcanzaron al joven para mantenerse durante un año y
se vio obligado a realizar multitud de trabajos, desde ayudante de
cocina a vendedor de caramelos y libros a domicilio, pasando por maestro
particular de los compañeros de clase más ricos. A pesar de todas la dificultades, finalmente, Bingham logró graduarse en Yale en 1898.
La infancia de Bingham fue tan dura que llegó a sustraer 250 dólares de la cuenta familiar para poder huir con un amigo
De regreso a casa de sus padres, Bingham desempeñó varios oficios, pero nunca logró sentirse realizado. Fue en 1898 cuando su vida cambió completamente al conocer a Alfreda Mitchell, hija de Alfred Mitchell y Annie Olivia Tiffany, hija y heredera de Charles Tiffany, fundador de la famosa joyería Tiffany & Company de Nueva York, de
la cual se enamoró perdidamente. En agosto de 1899 se matriculó en la
Universidad de California en Berkeley y se doctoró en Harvard en 1905
donde trabajó como profesor de Historia.
En 1900, Bingham se casó con Alfreda, con la que tuvo siete hijos y de la que acabaría divorciándose en 1937.
Esta unión permitió a Bingham entrar a formar parte de la clase
pudiente norteamericana y permitirse lujos de los que hasta entonces
nunca había podido disfrutar. Por fin, entre noviembre de 1906 y mayo de 1907, Bingham partió en su primera expedición acompañado de Hamilton Rice,
un joven doctor que había ganado cierta fama como explorador por su
viaje desde Guayaquil hasta el Río Napo, en Ecuador. La idea de Bingham,
que para entonces ya había publicado algunos artículos académicos, era
escribir una biografía de Simón Bolívar y seguir la ruta que el libertador llevó a cabo entre Caracas y Bogotá, pero jamás llegó a hacerlo.
Su matrimonio con Alfreda Mitchell en 1900 introdujo a Bingham en la poderosa clase alta estadounidense
En diciembre de 1908, Bingham participó en el Primer Congreso Científico Panamericano celebrado en Santiago de Chile,
y durante el proceso de coordinación de la delegación norteamericana
conoció al presidente Theodore Roosevelt con el que mantendría una gran
amistad hasta su muerte. Al finalizar el congreso, Bingham se trasladó a Lima y desde allí a Cuzco, donde fue recibido con todos los honores por las autoridades peruanas encantadas de que un delegado norteamericano asistente al congreso científico tuviese intención de explorar el país.
Bingham visitó Cuzco y sus alrededores durante un tiempo y partió en 1909 para seguir con su exploración, que
le llevó hasta Abancay, donde reconoció el sitio de Choquequirao por
expreso deseo del prefecto de la región Juan José Nuñez.
Bingham había intentado convencer a las autoridades peruanas de que
él ni era científico ni un experto en cultura incaica, pero de nada le
valieron sus explicaciones y se vio obligado a partir, formando parte de
una gran caravana, hacía las ruinas de Choquequirao. En realidad, Bingham
no era arqueólogo y en los días que pasó en el sitio tomó muchas
fotografías, midió cuidadosamente los monumentos y describió el medio
ambiente del modo más preciso que pudo.
En los muros de Choquequirao pudo leer los nombres y las fechas de
los primeros exploradores que llegaron al lugar escritos con carbón
vegetal. Entre ellos, Bingham anotó cuidadosamente los de Eugene de
Sartiges acompañado de los peruanos José María Tejada y Marcelino León
en 1834; José Benigno Samanez, Juan Rivas Plata y Mariano Cisneros en
1861... El último grupo era el de Bingham, compuesto por el mismo
prefecto Núñez y por el teniente Cáceres. Finalizada la
expedición, Bingham quedó muy decepcionado al no encontrar ningún tesoro
y volvió a Lima desde donde regresó a los Estados Unidos.
El punto de inflexión en las exploraciones de Hiram Bingham se produjo en 1910,
cuando un amigo suyo, Edward S. Harkness, leyó el borrador del libro de
su último viaje. Quedó tan impresionado que le sugirió realizar una nueva expedición para encontrar el último refugio de los Incas, la mítica Vilcabamba. El principal escollo fue la financiación la cual, tras cerrársele muchas puertas, acabaron pagando su esposa Alfreda, National Geographic Society, la Universidad de Yale y la Sociedad Nacional Geográfica de Estados Unidos.
Tras prácticamente un año de preparativos, la expedición partió hacía Cuzco en 1911. Bingham se dedicó a recopilar información acerca de la última capital de los Incas, y
durante una noche de bebida, en la que el subprefecto de Cuzco bebió
más de la cuenta, éste pronunció una palabra clave para el
descubrimiento que el explorador estaba a punto de realizar: "Huayna
Pichu", el nombre de la montaña a cuyos pies se extienden las ruinas de Machu Picchu, el lugar donde Bingham creía que se encontraba Vilcabamba.
El 19 de julio de 1911, la expedición partió hacia el valle del Urubamba y el 23 de julio acamparon en Mandorpampa,
una gran planicie cercana al yacimiento, que Bingham conocía tras haber
oído hablar de ella al rector de la Universidad San Antonio Abad de
Cuzco, Albert A. Giesecke.
En 1911, Bingham partió hacia Cuzco con la intención de organizar una expedición en busca de las ruinas de la mítica Vilcabamba
Bingham entra en Machu Picchu
Creyendo hallarse a las puertas de Vilcabamba, el lunes 24 de julio, que amaneció nublado y con una ligera llovizna, Bingham entró en el recinto y se dio cuenta del sensacional descubrimiento que acababa de hacer. Una ciudad con una arquitectura y una ingeniería espectaculares y totalmente desconocida hasta entonces por el mundo.
En su libro escribió: "De repente me encontré parado frente a las
paredes de una ruina y casas construidas con la mejor calidad del arte
inca. Las paredes fueron difíciles de ver ya que los árboles y el musgo
habían cubierto las piedras por siglos. Pero en la sombra del bambú y
trepando los arbustos estaban las paredes visibles hechas de bloques de
granito blanco cortados con la más alta precisión. Encontré brillantes templos, casas reales, una gran plaza y miles de casas. Parecía estar en un sueño".
También documentó cada una de las fotos que iba tomando con su Kodak
A3, y durante el recorrido por el yacimiento Bingham pudo leer en una de
las paredes del Templo de las tres ventanas una inscripción hecha en carbón vegetal en la que decía "Lizárraga” y un año: 1902. Era la prueba de que mucho antes que él otras personas ya habían visitado el emplazamiento.
En Machu Picchu, Bingham descubrió una inscripción con un nombre, Lizárraga, y una fecha, 1902
Aparte de la controversia generada por el descubrimiento, Bingham
también recibió críticas por sustraer de manera ilegal 46.332 piezas
arqueológicas que fueron llevadas a la Universidad de Yale. Tan sólo 300
fueron devueltas; el resto permanece en grandes museos europeos como el Museo Británico, el Museo del Louvre o en colecciones particulares.
Tras fracasar en su carrera política y divorciado dos veces, Hiram
Bingham, quien en su juventud fue un hombre alto y apuesto, audaz y con
una personalidad seductora, moría el 6 de junio de 1956 a los 81 años. Su cuerpo descansa en el Cementerio Nacional de Alington (Virginia) donde fue enterrado con todos los honores.
Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la Revista National Geographic, gracias a la fotografía de Steve McCurry, publicó una mítica fotografía en junio del 1985, de una muchacha afgana; que fue captada en un campo de refugiados en Nasir Bagh, en Pakistán; que tuvo mucha relevancia después de los ataques al Centro Mundial de Comercio de New York (World Trade Center) el 11 de septiembre del 2,001, como represalias se atacó a Afganistán y se volvió a publicar en las portadas de la prensa norteamericana.
Nadie conocía su nombre, solo era: «La muchacha afgana» aun ni la misma Revista National Geographic, por lo que el mismo fotógrafo Steve McCurry, organizó una expedición para identificar a la joven, quien después de 17 años, la encontró como una dama casada y con hijos y su nombre es : Sharbat Gula, quien en la edición de junio de 1985 de National Geographic abriese con una imagen tan impactante entonces como icónica ahora: la foto de la niña afgana.
Conocida como «la muchacha afgana», una refugiada de inquietante mirada se convirtió en un icono de la fotografía. Cuando en 1984 Steve McCurry la retrató en un campo de refugiados de Pakistán, nunca antes le habían hecho una foto.
Ésta pudo haber sido la portada original. Al menos, era la seleccionada inicialmente por el editor gráfico, pero un volantazo de última hora del director de la revista provocó que la imagen que pasara a la historia fuese la que todos conocemos. La niña fue retratada Por McCurry cuando tenía 12 años, en junio de 1984 en el campo de refugiados de Nasir Bagh, durante la guerra de Afganistán.
Foto: Steve McCurry
Detención en Pakistán en 2016
El 19 de octubre de 2016 Sharbat Gula, la niña afgana famosa por protagonizar una de las portadas más conocidas de National Geographic en 1985, fue detenida en Pakistán por posesión ilegal de un documento de identidad de ese país, donde vive en un campo de refugiados.
Foto: Steve McCurry
El OK del FBI
La identidad de la niña afgana fue confirmada al 100% por inspectores forenses del FBI mediante una tecnología puntera de reconocimiento facial y la comparación de los iris de ambas fotografías.
Mark Thiessen
Zona en guerra
La niña, de tan solo doce años, fue retratada por McCurry en junio de 1984 en el campo de refugiados de Nasir Bagh, durante la guerra de Afganistán.
Steve McCurry
Una imagen que ha dado la vuelta al mundo
La foto se ha convertido en un todo símbolo de la crítica situación de los refugiados y víctimas de los conflictos armados. Este graffitti fue pintado en la localidad vizcaína de Gernika.
CCO Zarateman
McCurry reveló el último rollo de Kodachrome 64, la mítica película surgida en la década de 1930
Mc Curry fue el fotógrafo que reveló el último carrete de esta mítica película. Para realizar la fotografía de la niña afgana, además de película Kodachrome 64, McCurry empleó una cámara Nikon FM2 y unas lentes Nikkor 105mm Ai-S F2.5
Foto: Gtres
Sharbat Gula, dos décadas después
National Geographic creó un fondo de ayuda para jóvenes afganas llamado Afghan Girls Fund. El reencuentro fue, de nuevo, portada de la revista y dio pie a un documental para televisión y un DVD. Además, se creó una fundación no lucrativa de apoyo a las mujeres afganas que en 2008 amplió la ayuda a sus hijos.
Foto: Steve McCurry
El reencuentro
17 años después, National Geographic financió una nueva expedición con el objetivo del reencuentro de McCurry con la niña. Gracias a ese reencuentro, el fotógrafo supo el nombre de la niña y la edad que tenía. La joven refugiada pudo ver por primera vez su retrato. National Geographic publicó un artículo con todos los detalles de la expedición.
Foto: Steve McCurry
Una mirada cargada de misterio
El fotógrafo recuerda su recelo: aquel hombre era un desconocido, y nunca la habían fotografiado. El campo de refugiados en Pakistán era un laberinto caótico de tiendas de campaña. En el interior de una de ellas, la de la escuela, aquella niña fue lo primero que llamó su atención. Al percibir su timidez, la abordó en último lugar. Ella accedió a posar.
Foto: Steve McCurry
El antes y el después de Sharbat Gula
En 2002 tenía 30 años de edad y tres hijos. Poco después de la primera fotografía se había casado con su actual marido y había regresado a una aldea de Afganistán (la primera fotografía fue realizada en un campo de refugiados de Pakistán). En el centro de la imagen vemos la portada que protagonizó en la versión española en abril de 2002: "Es ella. La historia de la muchacha afgana 17 años después".
Te contamos algunos datos curiosos de una portada mítica que estuvo a punto de no suceder :
Es una de las fotos más populares de la historia... y estuvo a punto de no ser. Como casi todas las grandes historias, la casualidad, el cambio de opinión a última hora, el azar o una combinación de todos ellos provocó que la edición de junio de 1985 de National Geographic abriese con una imagen tan impactante entonces como icónica ahora: la foto de la niña afgana.
Su autor, Steve McCurry, cuenta en su libro Untold: The Stories Behind The Photographs que la publicación de la foto en portada fue una decisión de última hora del director de la revista, en contra del consejo de su editor gráfico, que había elegido un retrato de la misma niña en el que se tapaba la cara. Otra imagen merecedora de ser portada, ciertamente. McCurry recuerda la mirada cargada de misterio y el recelo de la joven: aquel hombre era un desconocido, y nunca la habían fotografiado. El campo de refugiados en Pakistán era un laberinto caótico de tiendas de campaña. En el interior de una de ellas, la de la escuela, aquella niña fue lo primero que llamó su atención. Al percibir su timidez, la abordó en último lugar. Ella accedió a posar.
Para realizar la fotografía de la niña afgana empleó una cámara Nikon FM2 y unas lentes Nikkor 105mm Ai-S F2.5
La intrahistoria le añade un poco más de mística a la narración, ya que McCurry fue el fotógrafo que reveló el último carrete de la Kodachrome 64, la mítica película surgida en la década de 1930. Para realizar la fotografía de la niña afgana, además, el estadounidense empleó una cámara Nikon FM2 y unas lentes Nikkor 105mm Ai-S F2.5
Steve McCurry fotografió a "la muchacha afgana" en un campo de refugiados de Pakistán. Tras una intensa búsqueda, el fotógrafo y un equipo de National Geographic la encontraron, desvelando así la identidad de la protagonista de una de las imágenes más célebres de la historia .
Entonces y ahora
De niña fue fotografiada por Steve McCurry en un campo de Pakistán para ilustrar el reportaje sobre los refugiados afganos que la Geographic publicó en junio de 1985.
Steve McCurry
En 2012 era madre de tres hijas
Entre ellas Alia, de un año de edad.
Steve McCurry
La familia de Sharbat Gula
De izquierda a derecha, Zahida –la hija de tres años–, el matrimonio formado por Rahmat Gul y Sharbat Gula, la pequeña Alia y Kashar Khan, hermano de Sharbat.
Steve McCurry
En busca de la muchacha afgana
Para ayudar en la búsqueda, los residentes más antiguos del campo de Nasir Bagh (derecha) hicieron circular la fotografía de McCurry.
Steve McCurry
La verdad está en los ojos
Para verificar que Sharbat Gula era la niña afgana fotografiada por McCurry, Thomas Musheno, inspector forense del FBI, efectuó una comparación facial entre las fotos de finales de 1984 y las tomadas recientemente. «Estoy seguro al cien por cien de que es la misma persona», dijo.
Mark Thiessen
John Daugman
John Daugman, inventor del reconocimiento automático por el iris y profesor de informática en la universidad inglesa de Cambridge, determinó matemáticamente que los ojos pertenecen a una misma persona. Los dibujos del iris, como las huellas dactilares, son únicos y pueden ser utilizados en procesos de identificación.
Alexandra Boulat
Fondo para jóvenes afganas de National Geographic Society
En Afganistán hay muchas mujeres que quieren dar a sus hijas lo mismo que Sharbat Gula: educación. National Geographic Society ha decidido crear un fondo de ayuda, el Fondo para Jóvenes Afganas. La Sociedad trabajará en colaboración con las más acreditadas organizaciones sin ánimo de lucro para desarrollar oportunidades educativas destinadas a las niñas y las jóvenes afganas. Le invitamos a participar enviando un cheque a Afghan Girls Fund, Development Office, National Geographic Society, 1145 17th Street NW, Washington, DC 20036
Steve McCurry
Steve McCurry fotografió a "la muchacha afgana" en un campo de refugiados de Pakistán. Tras una intensa búsqueda, el fotógrafo y un equipo de National Geographic la encontraron, desvelando así la identidad de la protagonista de una de las imágenes más célebres de la historia,
Ella recuerda el momento. El fotógrafo la enfocó y disparó. Recuerda su enfado. Aquel hombre era un desconocido. Nunca la habían fotografiado, y hasta que volvieron a encontrarse diecisiete años más tarde, nadie había vuelto a hacerlo.También el fotógrafo recuerda el momento. Había una luz suave. El campo de refugiados en Pakistán era un océano de tiendas. En el interior de una de ellas, la de la escuela, aquella niña fue lo primero que llamó su atención. Al percibir su timidez, la abordó en último lugar. Ella accedió a posar. «No pensé que su fotografía sería diferente de cualquier otra que había hecho ese día», recuerda de aquella mañana de 1984 que pasó documentando la odisea de los refugiados de Afganistán.
El retrato de Steve McCurry resultó ser una de esas imágenes que llegan al alma, y en junio de 1985 apareció en la portada de esta revista. Sus ojos son verde mar y en su mirada, inquieta e inquietante, se puede leer la tragedia de un país asolado por la guerra. En National Geographic fue bautizada como «la muchacha afgana», y durante diecisiete años nadie supo su nombre.
En enero, un equipo del programa EXPLORER de National Geographic Television&Film acompañó a McCurry hasta Pakistán en busca de la chica de los ojos verdes. Mostraron su fotografía por todo Nasir Bagh, el campo de refugiados aún existente en las inmediaciones de Peshawar donde se había tomado la foto. Una maestra de la escuela dijo conocer su nombre: Alam Bibi. La joven fue localizada en una aldea cercana, pero McCurry determinó que no era ella.Así lo confirmó un hombre que sí conocía a la niña de la foto. En su infancia habían estado juntos en el campo. Dijo que había regresado a Afganistán hacía varios años y que ahora vivía en las montañas cercanas a Tora Bora. Se ofreció a ir a por ella. Tardaron tres días en llegar. El pueblo está a seis horas en coche más otras tres de caminata por una frontera que devora vidas humanas. Cuando McCurry la vio aparecer, se dijo: «Es ella».
Se llama Sharbat Gula, y es una pashto, la más belicosa de las tribus afganas. De los pashto se dice que sólo están en paz cuando hacen la guerra, y en los ojos de Sharbat –en los de entonces y en los de ahora– arde la fiereza. Tiene 28 años, quizá 29, o 30. Nadie, ni siquiera ella, lo sabe con certeza. Los datos fluctúan como la arena en un lugar donde no existen los registros. El tiempo y la adversidad han borrado la juventud de su rostro. Su piel parece de pergamino, las líneas geométricas de su mandíbula se han atenuado, pero sus ojos todavía fulguran. «Ha tenido una vida terrible –dijo McCurry–. Muchos aquí comparten su experiencia.» Revisemos las cifras: 23 años de guerra, 1,5 millones de muertos, 3,5 millones de refugiados. Ésta es la historia de Afganistán en el último cuarto de siglo. Examinemos ahora la fotografía de la joven con ojos verde mar, unos ojos que nos desafían y, sobre todo, nos perturban. No podemos apartar la mirada de ellos.
«No hay una sola familia que no conozca el amargo sabor de la guerra», declaraba un joven comerciante afgano en el reportaje publicado por la Geographic en 1985 con la foto de Sharbat en portada. Era una niña cuando su país cayó en las garras de la invasión soviética. Una oleada de destrucción arrasó múltiples aldeas como la suya. Con seis o siete años vio morir a sus padres bajo las bombas. De día el cielo escupía terror. Por la noche enterraban a los muertos. Y a todas horas la atravesaba el espanto que le producía el ruido de los aviones. «Nos fuimos de Afganistán por los ataques –nos contó Kashar Khan, el hermano mayor, ahondando en la narración de su vida. Es un hombre enjuto, con cara de ave rapaz y ojos penetrantes–. Había rusos por todas partes. Mataban a la gente. No nos dejaron otra opción.» Guiados por su abuela, Kashar y sus cuatro hermanas huyeron a pie hasta Pakistán. Durante una semana caminaron a través de las montañas nevadas, mendigando mantas para calentarse. «Nunca sabías cuándo vendrían los aviones –rememoró–. Nos escondíamos en las cuevas.» El viaje, que empezó con la pérdida de sus padres y un recorrido a pie a través de las montañas, terminó en una tienda de un campo de refugiados, conviviendo con extraños.
Opresión en un campo de refugiados
«A las personas habituadas al medio rural, como Sharbat, les es difícil vivir en el entorno opresivo de un campo de refugiados –explicó Rahimullah Yusufzai, periodista paquistaní que hizo de intérprete para McCurry y el equipo de televisión–. Aquí no hay intimidad. Vives a merced de otras personas.» Peor aún, vives a merced de la política de otros países. «La invasión rusa destrozó nuestras vidas», concluyó el hermano. Ésta es la tragedia actual de Afganistán. Invasión. Resistencia. Invasión. ¿Se cerrará el ciclo algún día? «Cada cambio de gobierno reaviva la esperanza –dijo Yusufzai–. Y cada vez, el pueblo afgano se ha visto traicionado por sus líderes o por unos intrusos que proclamaban ser sus amigos y salvadores.» A mediados de los años noventa, durante un cese de las hostilidades, Sharbat Gula regresó a su aldea natal en la falda de unas montañas tapizadas de nieve. Vivir en este poblado de color tierra, al final de un angosto sendero, significa subsistir, nada más. Hay bancales con cultivos de maíz, trigo y arroz, algunos nogales y un riachuelo que se precipita monte abajo, excepto en épocas de sequía, pero no hay escuela, consultorio médico, carreteras o agua corriente.
Según su propio hermano, nunca ha conocido la felicidad, quizá con la excepción del día de su boda
Así transcurre a grandes rasgos un día en la vida de Sharbat. Se levanta antes del alba y reza sus oraciones. Va a buscar agua al arroyo. Cocina, limpia, hace la colada. Cuida de sus hijas, que son el centro de su existencia. Robina tiene trece años; Zahida, tres; Alia, la pequeña, uno. Una cuarta hija murió en la primera infancia. Según su hermano, nunca ha conocido un instante de felicidad, salvo quizás el día de su boda. Su marido, Rahmat Gul, es un hombre de constitución menuda, con una sonrisa luminosa como un faro al anochecer. Sharbat recuerda haberse casado a los trece años. No, la corrige él, había cumplido los dieciséis. Fue un matrimonio concertado. Rahmat vive en Peshawar (en Afganistán escasea el empleo) y trabaja en una panadería.
Corre con los gastos médicos de la familia; el dólar diario que gana se esfuma como el humo. El asma de su mujer, que no tolera el calor y la polución de Peshawar en verano, limita su estancia en la ciudad junto a su esposo a los meses de invierno. El resto del año vive en las montañas. Yusufzai comentó que a los trece años debió de abrazar el purdah, la vida de reclusión adoptada por muchas mujeres islámicas al llegar a la pubertad. «Dejan de mostrarse en público», dijo. En la calle viste un burka de color morado que la aísla del mundo y de las miradas de cualquier hombre que no sea su marido. «Es una prenda hermosa, no una maldición», puntualizó. Al ser entrevistada, se refugió tras el chal negro que envolvía su rostro, como si al hacerlo intentara evaporarse. Sus ojos despedían ira. No tenía costumbre de someterse a las preguntas de unos extraños.
¿Se había sentido segura alguna vez? «No. Pero se vivía mejor con los talibanes. Al menos había paz y orden.»
¿Llegó a ver su fotografía de niña? «No.»
Sharbat Gula puede escribir su nombre, pero no sabe leer. Abriga la esperanza de dar a sus hijas una educación. «Quiero que mis pequeñas tengan cultura –dijo–. Me hubiera gustado terminar los estudios, pero no pudo ser. Lo sentí mucho cuando tuve que emigrar.» Dice un proverbio afgano que la educación es la luz que ilumina los ojos. A ella le han negado esa luz, y posiblemente también sea demasiado tarde para su hija de trece años, pero las otras dos aún tienen una oportunidad. La reunión de la mujer de los ojos verdes con el fotógrafo estuvo presidida por la reserva. En el universo de las mujeres casadas, la tradición cultural es estricta. No debía mirar, y menos aún sonreír, a ningún hombre que no fuera su esposo. Según McCurry, su rostro se mantuvo inexpresivo. Sharbat no comprende por qué su retrato ha conmovido al mundo de tal modo. Ignora el poder de esos ojos.
¡Pensar que había tan pocas probabilidades! Pocas probabilidades de que estuviera viva. De que lograsen encontrarla. De que hubiera resistido a la adversidad. Sin duda, el espíritu puede llegar a atrofiarse frente a tantas vicisitudes. Le preguntaron cómo había sobrevivido. La respuesta brotó impregnada de una certeza inquebrantable. «Ha sido la voluntad de Dios», dijo Sharbat Gula. Vi sus ojos por el objetivo de la cámara. Siguen siendo los mismos. Tiene la tez curtida, surcada de arrugas, pero esta mujer es tan asombrosa como la niña que fotografié hace 17 años. Entonces y ahora, nos comunicamos a través de la lente. Esta vez le resultó más fácil mirar al objetivo que a mí. Como mujer casada, no debe posar los ojos en un hombre que no sea su marido. Nuestra conversación fue breve, y en ella no afloró emoción alguna. Le expliqué el enorme impacto que ha tenido su fotografía. He recibido cartas de personas de todo el mundo que, inspiradas por aquella imagen, han trabajado como voluntarias en campos de refugiados o realizado tareas humanitarias en Afganistán.
Cuando vio la foto por primera vez, se avergonzó de los agujeros del chal rojo. Dijo que se lo había quemado en unos fogones. Le satisface haber sido fuente de inspiración, pero no creo que la fotografía signifique nada para ella. Lo único que le importa son su marido y sus hijas. Recuerdo el estruendo y la confusión en este campo de refugiados hace 17 años. Sabía que las muchachas afganas, a quienes les faltaban sólo unos años para desaparecer tras el velo tradicional, podían ser reacias a dejarse retratar por un occidental del sexo masculino. Así pues, pedí permiso a la maestra para entrar en la escuela y hacer un reportaje de sus alumnas. Sharbat, la más tímida de todas, dijo que podía fotografiarla, y le disparé varias tomas. Cuando vi la película, me sorprendió el clima de silencio y sosiego que reflejaba. En aquella época los soviéticos llevaban cinco años en suelo afgano, era pues un momento concreto en el tiempo. Sin embargo, la fotografía reflejaba un momento intemporal. Se extendió la idea de que la imagen era emblemática de lo que estaba ocurriendo en Afganistán. Pero mucha gente ignora el contexto histórico de la fotografía, y aun así reacciona ante esa mirada.
Me reconforta saber que aquella muchacha ha sobrevivido y ha logrado forjarse una vida. Espero que el hecho de haberla encontrado sea beneficioso para ella y su familia. Me gustaría que dentro de diez años mire atrás y se alegre de esta circunstancia. Por mi parte, tengo intención de seguir sus pasos el resto de mi vida. El gobierno local va a desmantelar el campo de refugiados para construir una urbanización. Habría resultado imposible localizarla dentro de un año, pues para dar con ella sólo disponíamos de unos contactos en el campo. Afganistán ha pasado las dos últimas décadas en el peor oscurantismo. La reaparición de esta mujer tal vez sea profética, un signo esperanzador. Habrá que esperar para saberlo.
La vida de la niña afgana, la refugiada más famosa del mundo
Steve McCurry fotografió a "la muchacha afgana" en un campo de
refugiados de Pakistán. Tras una intensa búsqueda, el fotógrafo y un
equipo de National Geographic la encontraron 17 años más tarde,
desvelando así la identidad de la protagonista de una de las imágenes
más célebres de la historia
Ella recuerda el momento. El fotógrafo la enfocó y disparó. Recuerda su enfado. Aquel hombre era un desconocido. Nunca la habían fotografiado, y hasta que volvieron a encontrarse 17 años más tarde,
nadie había vuelto a hacerlo.También el fotógrafo recuerda el momento.
Había una luz suave. El campo de refugiados en Pakistán era un océano de
tiendas. En el interior de una de ellas, la de la escuela, aquella niña
fue lo primero que llamó su atención. Al percibir su timidez, la abordó
en último lugar. Ella accedió a posar. «No pensé que su fotografía
sería diferente de cualquier otra que había hecho ese día», recuerda de
aquella mañana de 1984 que pasó documentando la odisea de los refugiados
de Afganistán.
El retrato de Steve McCurry resultó ser una de esas
imágenes que llegan al alma, y en junio de 1985 apareció en la portada
de esta revista. Sus ojos son verde mar y en su mirada, inquieta
e inquietante, se puede leer la tragedia de un país asolado por la
guerra. En National Geographic fue bautizada como «la muchacha afgana», y
durante diecisiete años nadie supo su nombre.
En enero, un equipo del programa EXPLORER de National Geographic
Television&Film acompañó a McCurry hasta Pakistán en busca de la
chica de los ojos verdes. Mostraron su fotografía por todo Nasir Bagh,
el campo de refugiados aún existente en las inmediaciones de Peshawar
donde se había tomado la foto. Una maestra de la escuela dijo conocer su
nombre: Alam Bibi.
La joven fue localizada en una aldea cercana, pero McCurry determinó
que no era ella.Así lo confirmó un hombre que sí conocía a la niña de la
foto. En su infancia habían estado juntos en el campo. Dijo que había
regresado a Afganistán hacía varios años y que ahora vivía en las
montañas cercanas a Tora Bora. Se ofreció a ir a por ella. Tardaron tres días en llegar.
El pueblo está a seis horas en coche más otras tres de caminata por una
frontera que devora vidas humanas. Cuando McCurry la vio aparecer, se
dijo: «Es ella».
Su piel parece de pergamino, las líneas geométricas de su mandíbula
se han atenuado, pero sus ojos todavía fulguran. "Ha tenido una vida
terrible", explica el fotógrafo Steve McCurry.
Se llama Sharbat Gula, y es una pashto, la más belicosa de las tribus
afganas. De los pashto se dice que sólo están en paz cuando hacen la
guerra, y en los ojos de Sharbat –en los de entonces y en los de ahora–
arde la fiereza. Tiene 28 años, quizá 29, o 30. Nadie, ni siquiera ella,
lo sabe con certeza. Los datos fluctúan como la arena en un lugar donde
no existen los registros. El tiempo y la adversidad han borrado la
juventud de su rostro. Su piel parece de pergamino, las líneas
geométricas de su mandíbula se han atenuado, pero sus ojos todavía
fulguran. «Ha tenido una vida terrible –dijo McCurry–. Muchos aquí comparten su experiencia.»
Revisemos las cifras: 23 años de guerra, 1,5 millones de muertos, 3,5
millones de refugiados. Ésta es la historia de Afganistán en el último
cuarto de siglo. Examinemos ahora la fotografía de la joven con ojos
verde mar, unos ojos que nos desafían y, sobre todo, nos perturban. No
podemos apartar la mirada de ellos.
«No hay una sola familia que no conozca el amargo sabor de la
guerra», declaraba un joven comerciante afgano en el reportaje publicado
por la Geographic en 1985 con la foto de Sharbat en portada. Era una
niña cuando su país cayó en las garras de la invasión soviética. Una
oleada de destrucción arrasó múltiples aldeas como la suya. Con seis o
siete años vio morir a sus padres bajo las bombas. De día el cielo
escupía terror. Por la noche enterraban a los muertos. Y a todas horas
la atravesaba el espanto que le producía el ruido de los aviones. «Nos fuimos de Afganistán por los ataques
–nos contó Kashar Khan, el hermano mayor, ahondando en la narración de
su vida. Es un hombre enjuto, con cara de ave rapaz y ojos penetrantes–.
Había rusos por todas partes. Mataban a la gente. No nos dejaron otra
opción.» Guiados por su abuela, Kashar y sus cuatro hermanas huyeron a
pie hasta Pakistán. Durante una semana caminaron a través de las
montañas nevadas, mendigando mantas para calentarse. «Nunca sabías
cuándo vendrían los aviones –rememoró–. Nos escondíamos en las cuevas.»
El viaje, que empezó con la pérdida de sus padres y un recorrido a pie a
través de las montañas, terminó en una tienda de un campo de
refugiados, conviviendo con extraños.
Opresión en un campo de refugiados
«A las personas habituadas al medio rural, como Sharbat, les es difícil vivir en el entorno opresivo de un campo de refugiados –explicó
Rahimullah Yusufzai, periodista paquistaní que hizo de intérprete para
McCurry y el equipo de televisión–. Aquí no hay intimidad. Vives a
merced de otras personas.» Peor aún, vives a merced de la política de
otros países. «La invasión rusa destrozó nuestras vidas»,
concluyó el hermano. Ésta es la tragedia actual de Afganistán.
Invasión. Resistencia. Invasión. ¿Se cerrará el ciclo algún día? «Cada
cambio de gobierno reaviva la esperanza –dijo Yusufzai–. Y cada vez, el
pueblo afgano se ha visto traicionado por sus líderes o por unos
intrusos que proclamaban ser sus amigos y salvadores.» A mediados de los
años noventa, durante un cese de las hostilidades, Sharbat Gula
regresó a su aldea natal en la falda de unas montañas tapizadas de
nieve. Vivir en este poblado de color tierra, al final de un angosto
sendero, significa subsistir, nada más. Hay bancales con cultivos de
maíz, trigo y arroz, algunos nogales y un riachuelo que se precipita
monte abajo, excepto en épocas de sequía, pero no hay escuela,
consultorio médico, carreteras o agua corriente.
Según su propio hermano, nunca ha conocido la felicidad, quizá con la excepción del día de su boda
Así transcurre a grandes rasgos un día en la vida de Sharbat. Se
levanta antes del alba y reza sus oraciones. Va a buscar agua al arroyo.
Cocina, limpia, hace la colada. Cuida de sus hijas, que son el centro
de su existencia. Robina tiene trece años; Zahida, tres; Alia, la
pequeña, uno. Una cuarta hija murió en la primera infancia. Según su hermano, nunca ha conocido un instante de felicidad, salvo quizás el día de su boda.
Su marido, Rahmat Gul, es un hombre de constitución menuda, con una
sonrisa luminosa como un faro al anochecer. Sharbat recuerda haberse
casado a los trece años. No, la corrige él, había cumplido los
dieciséis. Fue un matrimonio concertado. Rahmat vive en Peshawar (en
Afganistán escasea el empleo) y trabaja en una panadería.
Corre con los gastos médicos de la familia; el dólar diario que gana
se esfuma como el humo. El asma de su mujer, que no tolera el calor y la
polución de Peshawar en verano, limita su estancia en la ciudad junto a
su esposo a los meses de invierno. El resto del año vive en las
montañas. Yusufzai comentó que a los trece años debió de abrazar el
purdah, la vida de reclusión adoptada por muchas mujeres islámicas al
llegar a la pubertad. «Dejan de mostrarse en público», dijo. En la calle
viste un burka de color morado que la aísla del mundo y de las miradas
de cualquier hombre que no sea su marido. «Es una prenda hermosa, no una
maldición», puntualizó. Al ser entrevistada, se refugió tras el chal
negro que envolvía su rostro, como si al hacerlo intentara evaporarse. Sus ojos despedían ira. No tenía costumbre de someterse a las preguntas de unos extraños.
¿Se había sentido segura alguna vez? «No. Pero se vivía mejor con los talibanes. Al menos había paz y orden».
¿Llegó a ver su fotografía de niña? «No».
Sharbat Gula puede escribir su nombre, pero no sabe leer. Abriga la esperanza de dar a sus hijas una educación.
«Quiero que mis pequeñas tengan cultura –dijo–. Me hubiera gustado
terminar los estudios, pero no pudo ser. Lo sentí mucho cuando tuve que
emigrar.» Dice un proverbio afgano que la educación es la luz que ilumina los ojos. A ella le han negado esa luz,
y posiblemente también sea demasiado tarde para su hija de trece años,
pero las otras dos aún tienen una oportunidad. La reunión de la mujer de
los ojos verdes con el fotógrafo estuvo presidida por la reserva. En el
universo de las mujeres casadas, la tradición cultural es estricta. No
debía mirar, y menos aún sonreír, a ningún hombre que no fuera su
esposo. Según McCurry, su rostro se mantuvo inexpresivo. Sharbat no
comprende por qué su retrato ha conmovido al mundo de tal modo. Ignora
el poder de esos ojos.
Espíritu de supervivencia
¡Pensar que había tan pocas probabilidades! Pocas probabilidades de
que estuviera viva. De que lograsen encontrarla. De que hubiera
resistido a la adversidad. Sin duda, el espíritu puede llegar a
atrofiarse frente a tantas vicisitudes. Le preguntaron cómo había
sobrevivido. La respuesta brotó impregnada de una certeza
inquebrantable. «Ha sido la voluntad de Dios», dijo Sharbat Gula. Vi sus
ojos por el objetivo de la cámara. Siguen siendo los mismos. Tiene la
tez curtida, surcada de arrugas, pero esta mujer es tan asombrosa como
la niña que fotografié hace 17 años. Entonces y ahora, nos comunicamos a
través de la lente. Esta vez le resultó más fácil mirar al objetivo que
a mí. Como mujer casada, no debe posar los ojos en un hombre que no sea
su marido. Nuestra conversación fue breve, y en ella no afloró emoción
alguna. Le expliqué el enorme impacto que ha tenido su fotografía. He
recibido cartas de personas de todo el mundo que, inspiradas por
aquella imagen, han trabajado como voluntarias en campos de refugiados o
realizado tareas humanitarias en Afganistán.
Cuando vio la foto por primera vez, se avergonzó de los agujeros del
chal rojo. Dijo que se lo había quemado en unos fogones. Le satisface
haber sido fuente de inspiración, pero no creo que la fotografía
signifique nada para ella. Lo único que le importa son su marido y sus
hijas. Recuerdo el estruendo y la confusión en este campo de refugiados
hace 17 años. Sabía que las muchachas afganas, a quienes les faltaban
sólo unos años para desaparecer tras el velo tradicional, podían ser
reacias a dejarse retratar por un occidental del sexo masculino. Así
pues, pedí permiso a la maestra para entrar en la escuela y hacer un
reportaje de sus alumnas. Sharbat, la más tímida de todas, dijo que
podía fotografiarla, y le disparé varias tomas. Cuando vi la película,
me sorprendió el clima de silencio y sosiego que reflejaba. En aquella
época los soviéticos llevaban cinco años en suelo afgano, era pues un
momento concreto en el tiempo. Sin embargo, la fotografía reflejaba un
momento intemporal. Se extendió la idea de que la imagen era
emblemática de lo que estaba ocurriendo en Afganistán. Pero mucha gente
ignora el contexto histórico de la fotografía, y aun así reacciona ante
esa mirada.
Me reconforta saber que aquella muchacha ha sobrevivido y ha logrado
forjarse una vida. Espero que el hecho de haberla encontrado sea
beneficioso para ella y su familia. Me gustaría que dentro de diez años
mire atrás y se alegre de esta circunstancia. Por mi parte, tengo
intención de seguir sus pasos el resto de mi vida. El gobierno local va a
desmantelar el campo de refugiados para construir una urbanización.
Habría resultado imposible localizarla dentro de un año, pues para dar
con ella sólo disponíamos de unos contactos en el campo. Afganistán ha
pasado las dos últimas décadas en el peor oscurantismo. La reaparición
de esta mujer tal vez sea profética, un signo esperanzador. Habrá que
esperar para saberlo.
El centro de recepción de ACNUR en la ciudad colombiana de Maicao da albergue temporal a cientos de refugiados y migrantes venezolanos, como Darlys y sus dos hijos.
En torno a 70,8 millones de personas en todo el mundo se han visto obligadas a huir de sus hogares. Sin duda una cifra sin precedentes. Entre ellas hay casi 25,9 millones de personas refugiadas, más de la mitad menores de 18 años.
Además, se estima que hay 10 millones de personas apátridas a quienes se les ha negado una nacionalidad y acceso a derechos básicos como educación, salud, empleo y libertad de movimiento.
En la actualidad, en todo el mundo, cada dos segundos una persona se ve obligada a desplazarse como resultado de los conflictos y la persecución. El trabajo de ACNUR, el organismo de las Naciones Unidas para los refugiados, es más necesario que nunca.
En junio de 2016, ACNUR lanzó la campaña #ConLosRefugiados para pedir a los gobiernos que colaboraran y cumplieran con su deber en relación a las millones de personas que precisaban ser acogidas.
En el Día Mundial de los Refugiados, que se celebra cada 20 de junio, conmemoramos su fuerza, valor y perseverancia. Esta celebración nos brinda la oportunidad de mostrar nuestro apoyo a las familias que se han visto obligadas a huir.
En todo el mundo, comunidades locales, escuelas, empresas, grupos religiosos y personas de todas las edades y de toda condición están dando pequeños y grandes pasos en solidaridad con las personas refugiadas. En este Día Mundial del Refugiado, invitamos a todo el mundo al reto de dar un paso más con los refugiados.
¡Anímate y participa con ACNUR recorriendo la misma distancia que recorren los refugiados cada año para salvar sus vidas.
Esta mujer con su hijo en brazos en el centro de tránsito de Kavimvira, en la provincia de Kivu(República Democráctica del Congo) se encuentra entre los cientos de refugiados de Burundi, que buscan ayuda y protección. https://www.un.org/es/events/refugeeday/messages.shtml
Antecedentes
Como una expresión de
solidaridad con África, continente que alberga a la mayoría de los
refugiados del mundo, la Asamblea General de las Naciones Unidas, adoptó
la resolución 55/76
el 4 de diciembre de 2000, en la que declaraba el 20 de junio Día
Mundial del Refugiado, haciéndolo coincidir así con el aniversario de la
Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951.
Los refugiados y desplazados forzosos
Cada minuto, veinticuatro personas lo dejan todo para huir de la guerra, la persecución o el terror.
Hay varios tipos de personas desplazadas por la fuerza. Pero todos tienen algo en común:
Refugiados
Los refugiados son nuestra principal prioridad y nos preocupamos por ellos en todos los rincones del mundo.
Solicitantes de Asilo
Solicitante de asilo es quien solicita el reconocimiento de la
condición de refugiado y cuya solicitud todavía no ha sido evaluada en
forma definitiva. En promedio, alrededor de 1 millón de personas
solicitan asilo de forma individual cada año.
Desplazados Internos
Las personas desplazadas internas no han cruzado las fronteras de
sus países para buscar la seguridad. A diferencia de los refugiados, su
huida se da dentro de su propio país. Si bien pueden haber huido por
razones similares a las de los refugiados, los desplazados internos
permanecen bajo la protección de su gobierno, aun en los casos en que el
mismo gobierno se convierte en una de las causas de su huida. Como
resultado, son de las personas más vulnerables del mundo.
Apátridas
Las personas apátridas no tienen una nacionalidad y pueden tener
dificultades para acceder a derechos humanos básicos. Millones de
personas alrededor del mundo se encuentran atrapadas en un limbo
jurídico y no son consideradas como nacionales por ningún país afectando
el disfrute de sus derechos básicos.
Retornados
Los retornados, o repatriados, son los que consiguen volver a
casa, la mejor solución duradera. El regreso a casa concluye un tiempo a
menudo traumático en el exilio. Puede pasar meses, años o incluso
décadas después de que tuvieran que huir, y en ocasiones no llega a
suceder del todo.
En este Día Mundial de los Refugiados, pienso en los más de 70 millones de mujeres, niños y hombres, tanto refugiados como desplazados internos, que se han visto obligados a huir de la guerra, los conflictos y la persecución.
Es una cifra pasmosa: el doble de la de hace 20 años.
La mayoría de los desplazados forzosos proceden de un puñado de países: Siria, el Afganistán, Sudán del Sur, Myanmar y Somalia; en los últimos 18 meses, millones más han huido de Venezuela.
Quiero destacar la humanidad de los países que acogen a refugiados incluso cuando tienen dificultades económicas y problemas de seguridad.
Debemos igualar esa hospitalidad con desarrollo e inversión.
Es lamentable que no todos sigan su ejemplo. Debemos restablecer la integridad del régimen internacional de protección.
El Pacto Mundial sobre los Refugiados, que se aprobó en diciembre pasado, sirve de guía en la respuesta contemporánea para los refugiados.
Lo que los refugiados necesitan con más urgencia es paz.
Millones de personas en todo el mundo se han unido a la campaña del ACNUR por el Día Mundial de los Refugiados y están dando pequeños y grandes pasos en solidaridad con los refugiados. ¿Darías tú también un paso más con ellos?
Asamblea General
Distr. general
12 de febrero de 2001
Quincuagésimo quinto período de sesiones
Tema 109 del programa
00 56398
Resolución aprobada por la Asamblea General
[sobre la base del informe de la Tercera Comisión (A/55/597)]
55/76. Cincuentenario de la Oficina del Alto Comisionado de las
Naciones Unidas para los Refugiados y Día Mundial de los
Refugiados
La Asamblea General
1. Encomia a la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para
los Refugiados por su dirección y coordinación de la acción internacional en favor
de los refugiados y reconoce la infatigable labor que ha realizado para dar
protección y asistencia internacionales a los refugiados y otras personas de las que
se ocupa y promover soluciones duraderas para sus problemas durante los últimos
50 años;
2. Rinde homenaje a la dedicación de los trabajadores humanitarios de las
Naciones Unidas, al personal asociado y al personal de la Oficina del Alto
Comisionado sobre el terreno, incluido el personal local, que arriesgan sus vidas en
el cumplimiento de su deber;
3. Reafirma su apoyo a las actividades que la Oficina del Alto Comisionado
lleva a cabo, de conformidad con las resoluciones de la Asamblea General en
la materia, en favor de los repatriados, los apátridas y los desplazados internos;
4. Toma nota del papel crucial que cabe a la colaboración con los gobiernos
y las organizaciones internacionales, regionales y no gubernamentales, así como de
la participación de los refugiados en las decisiones que afectan a sus vidas;
5. Reconoce que, con sus actividades en favor de los refugiados y otras
personas de las que se ocupa, la Oficina del Alto Comisionado también contribuye a
promover los propósitos y principios de las Naciones Unidas, en especial los
relacionados con la paz, los derechos humanos y el desarrollo;
6. Toma nota de que en el año 2001 se cumple el cincuentenario de la
Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 19511
, en la que se enuncian los
conceptos fundamentales para la protección internacional de los refugiados;
7. Toma nota también de que la Organización de la Unidad Africana ha
convenido en que la celebración de un día internacional de los refugiados podría
coincidir con la del Día de los Refugiados en África, que se observa el 20 de junio;
8. Decide que, a partir del año 2001, el día 20 de junio sea el Día Mundial
de los Refugiados.
81a. sesión plenaria
4 de diciembre de 2000. https://undocs.org/es/A/RES/55/76
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de los santos, y miembros de la familia de Dios.
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