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martes, 8 de marzo de 2022

MEDIO AMBIENTE: Exploración en la Antártida más indómita

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG, nuestra pasión por el medio ambiente nos lleva a la Antártida, donde un curtido equipo de exploradores y escaladores nos describen la lucha contra los vientos catabáticos, cuyas ventiscas superan en potencia a las expectativas de los exploradores que se ubicaron en la zona conocida como Tierra de la Reina Maud, los vientos catabáticos: son densas ráfagas de aire frío que descienden a toda velocidad por los glaciares como avalanchas rodando hacia el mar. El equipo lo encabezó Mike Libecki y lo acompañaron Keith Ladzinski y Cory Richards, ellos son escaladores y dicen nuestro objetivo consistía en localizar la mayor concentración de picos sin coronar en la región, y después hacer tantos primeros ascensos como nos atreviéramos...... ....siga leyendo......


Habían oído hablar de los fuertes vientos que azotan la Tierra de la Reina Maud, pero las ventiscas superaron con creces las expectativas de este equipo de curtidos escaladores.


Vista a la Tierra de la Reina Maud

Colgado de una cuerda sujeta a la roca cientos de metros por encima del hielo y la nieve, Mike Libecki asciende por una torre de granito en la remota Tierra de la Reina Maud. 

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Foto: Cory Richards



Libecki se detiene para descansar en plena ventisca

Unas tiritas le cubren lesiones leves por congelación. «Es como vivir un mes entero dentro de un congelador», comenta.

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Foto: Cory Richards


Punzante como una tormenta de arena, una ventisca baja de nieve azota con el hielo.

 Esta región tiene zonas tan secas que a veces se la conoce como desierto frío. 

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Foto: Cory Richards


Panorámica desde la Torre de Bertha

Imagen panorámica de la vasta extensión de hielo y piedra que se observa desde lo alto de la torre de granito de 600 metros de altura que el equipo llamó Torre de Bertha.

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Foto: Cory Richards



Tiempo de avituallamiento

Después de aterrizar en una pista de hielo azul, científicos y aventureros desembarcan de un avión de transporte Ilyushin IL-76 junto con suministros para la base antártica Novolazarevskaya. Desde allí, el equipo de escaladores se dirigió a las montañas en un avión más pequeño.

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Foto: Cory Richards


Habitáculos multiuso

Los contenedores adaptados de la base rusa, resistentes y relativamente baratos, hacen las veces de laboratorios, dormitorios y almacenes.

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Foto: Cory Richards


Check Point

Durante el ascenso a la Torre de Bertha, Freddie Wilkinson (dentro del saco de dormir) y Mike Libecki tratan de mantenerse calientes en una repisa situada a 350 metros del suelo. Pasaron cuatro noches en ese saliente, al que regresaban cada día después de fijar cuerdas a lo largo de la ruta. 

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Foto: Cory Richards


Una roca ofrece escasa protección en los montes Westliche Petermann

Los miembros del equipo utilizaron los esquís para fijar las tiendas, pero los fuertes vientos las arrancaron de todas formas –más de una vez con los ocupantes dentro– y las dunas de nieve enterraron parte del material. 

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Foto: Cory Richards


Ataque a la Torre de Bertha

Un miembro del equipo (abajo, a la derecha) se acerca a la Torre de Bertha. Durante su ascenso al pico, los escaladores siguieron la fina línea que separa la zona de sombra de la iluminada por el sol.  

Foto: Keith Ladzinski


Contra los elementos

Las piedras sueltas y los vientos gélidos ralentizaron el ascenso de la aguja de 600 metros que los escaladores bautizaron como Torre de Bertha. Tardaron diez días en escalarla. 

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Foto: Cory Richards


Riesgo de fractura

En una pared de la Torre de Bertha, a 183 metros sobre el suelo, Mike Libecki coloca un anclaje en una grieta para fijar una cuerda. La roca, frágil y quebradiza, fue un tormento constante para los escaladores, ya que ralentizaba su ascenso.

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Foto: Cory Richards


Dunas de nieve

Los miembros de la expedición atraviesan una duna de nieve esculpida por el viento, con un telón de fondo de hielo azul. Cuando no podían esquiar utilizaban crampones. También trataron de desplazarse con cometas de tracción, pero los vientos antárticos resultaron ser demasiado fuertes y tuvieron que guardarlas para otro momento.

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Foto: Cory Richards


El tiempo se detiene en un fragmento de hielo

Bajo un horizonte desnudo, el equipo recorre el hielo azul de un glaciar que podría tener miles de años. «Era como caminar sobre un océano congelado», dice el fotógrafo Cory Richards.

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Foto: Cory Richards


El estruendo fuera de la tienda de campaña se parece más a un terremoto que al viento. Me acurruco de forma instintiva y me entierro aún más en el saco de dormir. No es la primera vez que me enfrento a vientos aterradores: el rugido nocturno de una corriente de aire en chorro en el Himalaya, el inquietante aullido de una tempestad en la Patagonia… Esto es peor.

El suelo tiembla cuando la siguiente ráfaga se abalanza sobre mí. He fijado la tienda con cuerdas y piquetas entre dos rocas en medio de un desolado paraje del macizo Wohlthat de la Antártida. Mis tres compañeros de equipo están agazapados cerca de aquí. Ochenta kilómetros al sur está el límite de la meseta polar, la inmensa extensión helada que domina el interior del continente. En este territorio se combinan la geografía y la gravedad para desatar los potentes vientos catabáticos: densas ráfagas de aire frío que descienden a toda velocidad por los glaciares como avalanchas rodando hacia el mar.

Se produce la siguiente embestida. Las varillas de la tienda se curvan hacia dentro y la lona se hunde sobre mi saco de dormir. Durante unos segundos percibo la percusión repetitiva, como una ametralladora, que producen las costuras al rasgarse. De repente estoy girando, volando por los aires, y caigo boca abajo. Aunque sigo dentro de la tienda, el viento huracanado me levanta otra vez y me arroja contra el tosco muro de roca que me había fabricado como protección, y después me hace volar por encima del mismo. Los libros, el equipo fotográfico y los calcetines sucios vuelan en un torbellino incontrolable. El plumón empieza a salir del saco de dormir.

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Fotografías

Noto un doloroso hormigueo en el cuello y el hombro. Me arrastro hacia un trozo desgarrado de la tienda, agarro la lona y tiro para hacer más grande la abertura. La arena y la nieve se me meten en los ojos cuando saco la cabeza y grito en medio del escandaloso caos: «¡Socorro!».

Venir a la Antártida fue idea de Mike Libecki. Este surfero y experimentado aventurero californiano de 40 años ha realizado decenas de primeros ascensos por todo el mundo. Alto, de voz pausada y con una sonrisa maliciosa, desprende una energía positiva inagotable. «Ya he estado aquí otras veces –dijo, refiriéndose a la región conocida como Tierra de la Reina Maud, donde solo los científicos suelen aventurarse–. Tengo las llaves del castillo.»

Libecki reclutó a un par de curtidos fotógrafos que también son escaladores para que nos acompañaran: Keith Ladzinski y Cory Richards. Nuestro objetivo consistía en localizar la mayor concentración de picos sin coronar en la región, y después hacer tantos primeros ascensos como nos atreviéramos.

Empezamos el viaje a principios de noviembre, tras aterrizar en una pista de hielo cerca de la base rusa Novolazarevskaya. «La última vez que vine estuve pelando patatas en la cocina para pagarme el viaje», cuenta Libecki al recordar su visita de ocho años atrás. El jefe de la base nos recibe con un brindis. Pese al aspecto industrial de la insta­lación, se respira un aire de felicidad y camaradería entre todos los que trabajan allí. «Aquí no hay heridos graves, ni accidentes de coche, ni balas», comenta Benjamin Novikov mientras tomamos una taza de té en el comedor. Novikov, cirujano jubilado de San Petersburgo, es el médico de la base. «Somos autosuficientes, nos enfrentamos a los elementos y todos nos comportamos como es debido. Les decimos a nuestras familias que venimos porque pagan bien. Pero en realidad, venimos para escapar.»

«Somos autosuficientes, nos enfrentamos a los elementos y todos nos comportamos como es debido. Les decimos a nuestras familias que venimos porque pagan bien. Pero en realidad, venimos para escapar.»

Durante cinco días pasamos el rato viendo cómo una tormenta azota la base. Por fin, el sexto día cargamos el equipo en un avión DC-3 adaptado. Una vez en el aire, los cuatro que vamos a bordo nos apelotonamos en la cabina del avión para mirar por las ventanillas. Una oscura franja de rocas se extiende en el horizonte. Conforme nos acercamos, lo que al principio parecía una pared monolítica resulta ser una serie de cadenas montañosas que dividen los glaciares que fluyen desde la meseta polar. Ante nosotros aparecen acantilados de vértigo y torres afiladas como agujas. Junto al ala izquierda del avión veo un diente de roca que se eleva. Me resulta familiar: es la misma aguja que Libecki fotografió hace unos años. Hemos llegado a nuestro destino.

Una hora después estamos sobre el glaciar mirando cómo el avión despega. Su zumbido se desvanece en la distancia. Durante las cinco se­­manas siguientes nuestro único vínculo con la civilización será nuestro teléfono por satélite. Nos ponemos manos a la obra: con palas y sierras empezamos a construir un campamento a partir de bloques de nieve compacta. Al caer la tarde hemos logrado levantar una barrera circular de 1,50 metros de alto y 10 de diámetro. Una línea difusa de nubes bajas aparece en el cielo mientras nos preparamos para pasar la noche.

El día siguiente por la tarde el viento nos da otra lección. Con el fin de recorrer la mayor distancia posible, Libecki ha traído unas cometas de tracción para impulsar los esquís. Pero cuando partimos para inspeccionar los picos más prometedores, las ráfagas de viento se niegan a colaborar. Observamos a Libecki, que extiende con valentía una de las cometas y la lanza al aire. En pocos segundos sale disparado campo a través como un vaquero a lomos de un caballo desbocado. Se agacha y abre las piernas para recuperar el control, pero al cabo de unos 200 metros se tira al suelo, golpeándose con la dura superficie nevada, para frenar del todo. El viento es tan fuerte que se le escapa la barra de la cometa. Por suerte, se queda enredada en un montículo de nieve y podemos recuperarla. Guardamos las cometas para otro día.

La temperatura más fría de la Tierra, -98 ºC, ha sido detectada en la Antártida

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RÉCORD DE TEMPERATURA FRÍA EN LA TIERRA: -98 ºC

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Fotografías

Ante nosotros hay muchos ascensos tentadores: un grupo de pirámides de roca que apodamos The Fortresses (Las Fortalezas); una pared de roca de más de 900 metros que surge del hielo, a la que bautizamos como Ship Prow (Proa de Barco); un pico que parece un faro, y otra enorme pared triangular que llamamos The Sail (La Vela). Sin embargo, cuando terminamos de explorar la zona, para lo que invertimos dos semanas, todos estamos de acuerdo en que nuestro primer objetivo debe ser la delgada aguja de piedra que hay justo detrás de nuestro Campo Base.

El pico, un inmenso diente de piedra tallado por el viento, está totalmente desnudo de nieve. Orientada al noroeste, la pared que se yergue sobre nuestro campamento presenta unos remolinos rojos y unas misteriosas hendiduras. A la izquierda, la pared este (la cara de la montaña expuesta al viento) es gris y lisa, como el casco de un portaaviones. Las dos caras convergen en un afilado pilar de roca que se proyecta hacia el norte. Intentamos calcular cuánto mide la aguja desde la base hasta la cúspide: tal vez unos 600 metros, quizá más.

A eso hemos venido, a completar un primer ascenso en esta tierra que parece de otro mundo.

Me planto junto a la base y noto un cosquilleo de nerviosismo y emoción. A eso hemos venido, a completar un primer ascenso en esta tierra que parece de otro mundo. Ya hemos tenido la primera ración de vientos catabáticos en suelo firme. ¿Qué pasará si vuelven a soplar mientras escalamos? Libecki, por supuesto, quiere empezar el ascenso inmediatamente. La estrategia es que Richards, Libecki y yo pongamos cuerdas fijas hasta una repisa situada a unas dos terceras partes de la altura de la pared, donde instalaremos un campamento, mientras Ladzinski nos fotografía desde abajo. Pero el viento nos ataca a cada paso y tardamos dos se­­manas en alcanzar ese saliente.

Nuestro nuevo hogar es una plataforma del tamaño de una pequeña terraza, a 350 metros del suelo. Una noche mientras cenamos Richards tira unas piedras por el borde del precipicio. Caen durante 20 largos segundos antes de impactar con la superficie y deshacerse en polvo, sin golpear ni una sola vez la pared vertical. «Bueno, ¿quién duerme al raso esta noche?», pregunta entre risas. En nuestra hamaca de pa­­red, un híbrido entre una tienda de campaña y un catre fijado a la roca, solo caben dos personas, así que alguien tiene que dormir fuera, arropado única­mente con un saco de dormir. La zona más llana de la repisa está a pocos centímetros del precipi­cio. Suspiro y me presto voluntario.

Durante los tres días siguientes progresamos a buen ritmo: fijamos cuerdas a lo largo de la ruta y volvemos a la repisa por la noche. Pero sabemos que estamos muy expuestos si reaparecen esos vientos terribles. En diez años de montañismo nunca había perdido una tienda por culpa de una tormenta. En esta expedición hemos perdido tres: dos enterradas en la nieve y la tercera destrozada conmigo dentro. Libecki me sacó de mi cobijo hecho jirones cuando oyó mi grito de socorro. Mientras me rescataba, se reía.

Ciencia para resolver el caso del Incidente del Paso Dyatlov

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REABIERTO EL CASO DEL INCIDENTE DEL PASO DIÁTLOV

Las horas se nos escapan y Libecki nos pide que le prestemos atención. «¿Sabéis qué? Mi abuela me decía que la mejor hora es ahora. Se me quedó grabado. Le preguntábamos: “Abuela Bertha, ¿qué hora es?”. Y siempre contestaba: “¡Qué más da! ¡La hora es ahora, maldita sea!”.» Con un poco de suerte, añade, podríamos llegar a la cumbre en breve.

La mañana siguiente me toca ser el primero de cordada. Mientras subo por la cuerda hasta el lugar en que nos quedamos ayer, el desplome me deja colgando a 500 metros del suelo. Libecki va de segundo, preparado para bloquear la cuerda si me caigo. Busco los mejores puntos de sujeción con los dedos enguantados y tanteo para desplazarme con precaución por la cara vertical de la montaña. Para llegar arriba tengo que cruzar la sección más expuesta de todo el pilar.

«¡Vigílame! Esto se pone feo…», grito a Libecki mientras busco unas fisuras más prometedoras. Una repentina corriente de aire descendente pasa rozándome y tira de la cuerda que nos une. Si algo hemos aprendido es que las ráfagas re­­pentinas de vientos catabáticos pueden soplar en cualquier momento, incluso en los días más tranquilos. Reprimo mis dudas, dejo que la grieta me guíe hasta un sa­­liente y cruzo una roca lisa que parece imposible de escalar. Me acerco aún más al cielo.

La cúspide de esa aguja que más tarde bautizaremos como la Torre de Bertha es una roca con forma de seta del tamaño de una mesita de café. Me pongo de pie sobre el sombrero de la seta y distingo, a lo lejos, una mancha amarilla: mi tienda de campaña. En la dirección opuesta, Las Fortalezas brillan con un color rojo sangre a la luz del atardecer. El cielo está encapotado y sorprendentemente calmado. Todo en esta tierra virgen (los glaciares, las torres de piedra, las distancias) ha demostrado ser un reto mayor del que esperábamos. Aun así, los cuatro nos hemos enfrentado a ello en solitario.

Entonces pienso que el viento puede retenerte, pero también puede liberarte. Miro a mi alrededor una vez más y saboreo el silencio.

Ver todos los reportajes del Especial Multimedia "La Antártida, un continente en peligro".


NATIONAL GEOGRAPHIC
Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui

lunes, 17 de enero de 2022

CURIOSIDADES DE LA HISTORIA: EPISODIO 68.- La conquista del Polo Sur: Amundsen contra Scott

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la dramática conquista de la llegada del primer hombre al Polo Sur, fue protagonizada por Robert Falcon Scott, representando a Inglaterra, auspiciada y organizada por la Royal Geographic Society, partió en el barco Terra Nova en junio de 1,910.
Al mismo tiempo aparece en la competencia el noruego Roald Amundsen, quien en completo secreto, anuncia en un telegrama que va hacia el Polo Sur, y parte en el barco Fram, desde el puerto de Madeira y cuyo  rumbo es directo, sin escalas. 
Tras medio año de travesía, el 4 de enero de 1911, Scott estableció su base en la Plataforma de hielo de Ross. Amundsen, por su parte, llegó diez días más tarde y, como si quisiera añadir más emoción al duelo, decidió instalarse en una zona relativamente próxima a la de los británicos, la bahía de las Ballenas. 
En una arriesgada apuesta, el noruego se estableció sobre una plataforma de hielo, que según sus competidores podría desprenderse en cualquier momento, pero que le proporcionó una ventaja de 100 kilómetros. Distancia nada despreciable si se considera que en total había que recorrer unos 1.400 kilómetros hasta alcanzar el polo. 
El 19 de octubre de 1,911, Amundsen no pudo resistir más la tensión de la espera y decidió ponerse en marcha con cinco hombres y cuatro trineos, cada uno tirado por 13 perros. Como si hubiera escuchado el mismo pistoletazo de partida, tan sólo cinco días después, Scott hizo salir a la vanguardia de su equipo: cuatro hombres y dos trineos a motor que transportaban tres toneladas de material y alimentos. Otros 12 hombres y 10 caballos del grupo principal iniciaron su camino el 1 de noviembre, con Scott a la cabeza. Una vez en la meseta, 
Amundsen mantuvo su invariable ritmo de 27 kilómetros diarios, lo que le permitió completar la carrera en otras tres semanas. El 14 de diciembre de 1,911, a las tres de la tarde, los cinco noruegos al unísono clavaron la bandera de su país en el punto más austral del planeta. Habían vencido. 
Aquel día los británicos todavía se encontraban subiendo los glaciares, a 600 kilómetros de distancia. Robert Scott llegó 34 días después era el 12 de enero de 1,912 con 4 británicos también llegaron al corazón del Continente Antártico. Uno fue le victorioso héroe conquistador, el otro fracasó y murió al regreso, ambos se convirtieron en héroes.....   ...siga leyendo......



Mapa antártico del área del mar de Ross, con los recorridos de la expedición Terra Nova (verde) y la expedición de Amundsen (rojo).


Un 14 de diciembre de 1,911, Roald Amundsen conquista el Polo Sur. Allí izaron la bandera noruega y bautizaron el plano polar como la «Plataforma del Rey Haakon».A. 21​ Amundsen ironizaba sobre su victoria: «Nunca un hombre ha logrado un objetivo tan diametralmente opuesto a sus deseos. El área alrededor del polo Norte me había fascinado desde la infancia, y ahora estoy en el polo Sur. ¿Puede haber algo más extraño?»


Oscar Wisting, Sverre Hassel, Helmer Hanssen y Roald Amundsen (de izquierda a derecha) en «Polheim», la tienda erigida en el Polo Sur el 16 de diciembre de 1911. La bandera en lo alto es la de Noruega; mientras que la de abajo lleva el nombre de «Fram». Fotografía de Olav Bjaaland.


El Fram, barco de la expedición.
Wikipedia.


En 1911, un noruego y un británico se adentraron en la inmensidad del continente antártico en una lucha por alcanzar por primera vez el extremo sur de la Tierra.

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TRANSCRIPCIÓN DEL PODCAST

El 15 de junio de 1910, toda Inglaterra despedía enfervorizada al Terra Nova, el barco que partía hacia la Antártida a la conquista del polo Sur. Nunca en la historia de la exploración se había estado tan seguro de que una expedición alcanzaría su objetivo: disponía del material más moderno, gran parte de sus hombres tenían experiencia polar, y las cuatro quintas partes del itinerario habían sido exploradas por un compatriota suyo, Ernest Shackleton, dos años atrás.

Todo parecía a punto para que el capitán Robert Falcon Scott se convirtiese en la primera persona en alcanzar tan ansiado lugar, el único punto geográfico significativo de la Tierra que el hombre no había pisado. Sin embargo, el 12 de octubre recibió un telegrama con un contenido enigmático: «Me dirijo a la Antártida». Estas escuetas palabras iniciaron una cadena de acontecimientos que terminarían haciéndole perder la carrera y costándole la vida.

UN COMPETIDOR ENTRA EN ESCENA

El misterioso telegrama procedía de Roald Amundsen, un noruego que se había hecho famoso por haber logrado atravesar en barco el mítico Paso del Noroeste, que une el océano Atlántico con el océano Pacífico por el norte de América. Una ruta entre el hielo que durante tres siglos habían intentado localizar los mejores navegantes.

Amundsen había nacido en una próspera familia de armadores y desde pequeño se había sentido seducido por las regiones polares, en particular por ser el primero en pisar el polo Norte. Así, desde su juventud todo fue una preparación para poder llevar a cabo tal empresa. Era un consumado deportista, un experto esquiador. Los casi tres años que le llevó completar la travesía del Paso del Noroeste le permitieron relacionarse con los esquimales, y de ellos aprendió sus técnicas milenarias para desenvolverse en ese mundo de hielo y nieve, donde los exploradores occidentales encontraban tantas dificultades para sobrevivir.

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Inicialmente, Amundsen pensó aplicar todos estos conocimientos para realizar una expedición de investigación en el Ártico, en la que esperaba alcanzar su ansiado sueño de pisar el polo Norte. Pero en 1909 supo que se le habían adelantado. Dos exploradores norteamericanos, Robert Peary y Frederick Cook, reivindicaban haber llegado el primero a ese punto geográfico y se acusaban el uno al otro de mentir. En este ambiente de confusión, Amundsen comprendió que su expedición debía cambiar de objetivo. Fue entonces cuando, como dijo más tarde, «volví mi mirada hacia el polo Sur».

En el más absoluto de los secretos, sin informar ni a sus hombres, ni a sus patrocinadores, ni a su propio Gobierno, Amundsen se dirigió a la Antártida. Quería adelantarse a los británicos, que estaban ultimando una expedición para conquistar el polo Sur. Su hermano envió aquel lacónico telegrama después de que Amundsen partiera hacia la Antártida desde Madeira en un viaje sin escalas para aislarse del mundo (su barco carecía de radio) y que ni sus patrocinadores ni el Gobierno noruego pudieran detenerle.

UN HOMBRE Y SU DESTINO: SCOTT

Scott era un prometedor oficial de la Armada británica que en 1901, con tan sólo 31 años, fue seleccionado para dirigir la expedición a la Antártida que organizaba la Royal Geographic Society. Como él mismo reconocería, nunca había sentido una predisposición especial por las regiones polares –a diferencia de Amundsen–, y aquel viaje le cambió la vida. La particular belleza de ese mundo de hielo, las vivencias de la exploración y las posibilidades de promoción social ejercieron sobre su ánimo un influjo irresistible que lo llevó a encaminar sus pasos hacia aquel reino helado. Poco después de que el también británico Ernest Shackleton fracasara en su intento de alcanzar el polo Sur –su expedición duró dos años, de 1907 a 1909, y se quedó a 180 kilómetros de su objetivo–, Scott decidió organizar su propia travesía.

Le fue sencillo encandilar a la sociedad británica con su proyecto. Los reveses militares de la segunda guerra de los Bóers (1899-1902) habían dejado un regusto amargo en la población, que temía que el espíritu que había construido el Imperio estuviera languideciendo. Por el contrario, la exploración polar –esa lucha dramática contra una Naturaleza inmisericorde– y las hazañas de sus compatriotas en este campo se vivían como un renacer de los valores británicos: decisión, coraje, solidaridad, sacrificio... Por ello, no es de extrañar que 8.000 voluntarios se ofrecieran a acompañar a Scott y se hicieran colectas para recaudar dinero; incluso muchos niños rompieron sus huchas para contribuir a la gran aventura. En este ambiente de exaltación nacional, pocos vieron una amenaza en el telegrama que anunciaba que a Scott le había salido un competidor. Sin embargo, aquel mensaje dio inicio a una carrera entre dos equipos que se convertiría en un trágico duelo, uno de los episodios más dramáticos de la historia de la exploración.

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DUELO EN LOS CONFINES DEL PLANETA

Las expediciones noruega y británica discurrieron casi en paralelo. Si los ingleses zarpaban en el Terra Nova en junio de 1910, los noruegos partieron el 9 de agosto a bordo del Fram. El Terra Nova hizo escala en Suráfrica, Australia y Nueva Zelanda; por su parte, el Fram realizó un viaje directo desde Madeira. Tras medio año de travesía, el 4 de enero de 1911, Scott estableció su base en la Plataforma de hielo de Ross. Amundsen, por su parte, llegó diez días más tarde y, como si quisiera añadir más emoción al duelo, decidió instalarse en una zona relativamente próxima a la de los británicos, la bahía de las Ballenas.

En una arriesgada apuesta, el noruego se estableció sobre una plataforma de hielo, que según sus competidores podría desprenderse en cualquier momento, pero que le proporcionó una ventaja de 100 kilómetros. Distancia nada despreciable si se considera que en total había que recorrer unos 1.400 kilómetros hasta alcanzar el polo.

Una vez en la Antártida, en pleno verano austral, ingleses y noruegos montaron sus bases (la Cabaña de Scott y la Framheim, respectivamente) y se internaron en aquel desierto helado para establecer depósitos de comida y combustible que garantizaran el suministro durante la gran marcha de la primavera siguiente (estación que en el hemisferio sur corresponde a los meses que van de septiembre a diciembre). Aquel primer bautismo de nieve puso en evidencia las ventajas del sistema de transporte noruego, cuyos trineos estaban tirados por perros, mucho más acostumbrados al ambiente polar que los caballos siberianos elegidos por Scott.

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Ello repercutió en la cantidad de provisiones que unos y otros pudieron acarrear. Así, en el tiempo en que los británicos pusieron un gran depósito de una tonelada de suministros a 79º 30’ de latitud sur, los noruegos instalaron tres depósitos con casi el triple de provisiones en total que Scott, y el último situado en el paralelo 82 sur, casi 300 kilómetros más cerca del polo que el de sus competidores. Cuando tuvieron todo listo y acabó el verano antártico, a finales de marzo, ambos equipos se encerraron dentro de sus respectivos refugios a esperar a que las condiciones meteorológicas volviesen a ser propicias, seis meses después.

La larga noche invernal (con temperaturas medias de 20 grados bajo cero y mínimas inferiores a 40) pasó con exacerbada lentitud en ambas bases. Todos aguardaban la vuelta del sol para comenzar la marcha que los llevaría a las páginas de oro del gran libro de la historia, o les sepultaría en el baúl del olvido de los perdedores. La victoria supondría fama y gloria para el líder del grupo vencedor, pero también reconocimiento social y una pensión vitalicia para todos sus integrantes.

EMPIEZA LA CARRERA

El 19 de octubre, Amundsen no pudo resistir más la tensión de la espera y decidió ponerse en marcha con cinco hombres y cuatro trineos, cada uno tirado por 13 perros. Como si hubiera escuchado el mismo pistoletazo de partida, tan sólo cinco días después, Scott hizo salir a la vanguardia de su equipo: cuatro hombres y dos trineos a motor que transportaban tres toneladas de material y alimentos. Otros 12 hombres y 10 caballos del grupo principal iniciaron su camino el 1 de noviembre, con Scott a la cabeza.

Durante los días siguientes, las dos comitivas avanzaron por una superficie blanca y desolada, donde ni siquiera había accidentes geográficos en la distancia para fijar la vista: en todas direcciones se extendía la misma superficie horizontal. Los noruegos, moviéndose sobre sus esquíes, secundaban a sus perros, que se encontraban en su elemento y avanzaban velozmente por aquel terreno. Amundsen, prudente y sabiendo que se enfrentaba a una carrera de resistencia, no hacía al d��a más de 27 kilómetros, que consideraba suficientes para llegar a su objetivo antes que su adversario. Al final de cada jornada, hombres y perros no parecían acusar el menor cansancio.

En cambio, en el lado británico la situación no era tan halagüeña. Los motores de los trineos se averiaron antes incluso de la partida de Scott y sus restos de metal quedaron atrás, como osamentas de seres ajenos a aquel continente. Los caballos, poco adaptados para caminar sobre ese tipo de superficie, se hundían una y otra vez en la costra de la nieve, haciendo todavía más lenta su ya de por sí parsimoniosa marcha. Por si fuera poco, las tempestades de viento y nieve, que para los perros eran soportables, llevaron al borde de la muerte a los caballos, obligando al grupo a detener la marcha. La distancia entre las dos expediciones se fue acrecentando poco a poco. Al mes de haberse iniciado la competición, los noruegos se encontraban 500 kilómetros por delante de los ingleses.

Tras avanzar 600 kilómetros por una superficie de hielo totalmente llana, las dos expediciones debían llegar a una cadena de glaciares, los montes Transantárticos, que se elevaban hasta alcanzar la meseta polar, a 3.000 metros de altura. Los noruegos realizaron el ascenso por un lugar inexplorado. Durante una semana estuvieron subiendo y bajando glaciares, sometiendo a un terrible suplicio a sus perros, más de la mitad de los cuales murieron. En el lado británico, a pesar de avanzar por la ruta abierta por Shackleton años antes, las cosas tampoco fueron fáciles. Todos los caballos murieron, de modo que los expedicionarios tuvieron que tirar ellos mismos de sus pesados trineos a lo largo de 400 kilómetros de una pendiente inacabable. Una tarea agotadora que les llevó el doble de días que a sus rivales.

NORUEGA CONQUISTA EL POLO

Una vez en la meseta, Amundsen mantuvo su invariable ritmo de 27 kilómetros diarios, lo que le permitió completar la carrera en otras tres semanas. El 14 de diciembre, a las tres de la tarde, los cinco noruegos al unísono clavaron la bandera de su país en el punto más austral del planeta. Habían vencido. Aquel día los británicos todavía se encontraban subiendo los glaciares, a 600 kilómetros de distancia.

Durante unos días, los noruegos descansaron en el polo. Amundsen montó una tienda de campaña que demostraba su llegada. Dentro dejó el informe del viaje junto con una carta para Scott en la que le pedía que se lo entregara al rey de Noruega; todo por si les ocurría algo en el regreso. Mientras tanto, los británicos continuaban empujando sus trineos ladera arriba por los glaciares, a 600 kilómetros de distancia.

En su camino de vuelta, los noruegos se cruzaron con los británicos sobre los 87º sur, aunque sin llegar a verse, pues en ese punto sus rutas estaban separadas por más de 100 kilómetros. Por una de ellas, cinco noruegos volvían victoriosos; por la otra, cinco británicos –al entrar en la meseta polar el equipo se había reducido a este pequeño grupo– todavía creían que iban a ser los primeros. Unos días después, cuando les faltaban 15 kilómetros escasos para llegar a su ansiado objetivo, las esperanzas de Scott y sus hombres se desvanecieron brutalmente al encontrar una banderola utilizada por los noruegos para señalizar su camino. «Lo peor ha sucedido […] Se nos han adelantado […] Lo siento por mis leales compañeros», anotó en su diario Scott.

Al día siguiente, su conquista del polo fue puro trámite. Encontraron la tienda noruega, se hicieron una foto y comenzaron el camino de vuelta, esta vez, bajo la amargura de la derrota. Entre las ropas de Scott, la carta que Amundsen le había dejado, la constatación de su fracaso, pesaba más que todo el trineo.

Mientras el regreso de los noruegos se desarrollaba a una velocidad espectacular y sin el menor contratiempo –llegaron a su base el 25 de enero–, a los británicos todo se les puso en contra. El tiempo empeoró, se retrasaron y empezaron a quedarse sin alimentos. Uno de los expedicionarios sufrió un edema cerebral y sus compañeros no pudieron hacer nada por él, sólo verle agonizar. Días después otro, viendo que sus pies congelados dificultaban la marcha del grupo, se levantó una mañana y salió de la tienda en medio de una ventisca, diciendo: «Puede que tarde un rato en volver». Todos sabían que no regresaría; era el sacrificio de un valiente para tratar de que, al menos, sus compañeros se salvasen.

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«LA MUERTE NO PUEDE ESTAR LEJOS»

Los supervivientes siguieron avanzando y, pese a las penalidades, consiguieron llegar a 18 kilómetros del depósito que habían dejado con una tonelada de suministros. Les quedaba comida para tres días y parecía que lo podrían alcanzar. Por desgracia, una tormenta de viento y nieve los retuvo en la tienda durante nueve días. Sin comida, agua ni combustible, su organismo fue debilitándose. Consciente de que todo estaba perdido, Scott escribió en su diario el testimonio de valor de aquellos hombres que se enfrentaban a la muerte. «La muerte no puede estar lejos», escribió en su última entrada.

Amundsen, ajeno a este drama, había zarpado rumbo a Australia, donde informó al mundo de su victoria y recibió felicitaciones de todos los rincones del planeta. El siguiente noviembre, el resto de británicos encontraron los cuerpos de sus tres compañeros y los diarios de Scott, que conmovieron al mundo y forjaron su leyenda. Uno ganó la carrera, otro la perdió, pero los dos alcanzaron la gloria.

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