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domingo, 7 de octubre de 2018

NEUROCIENCIA : NEURONAS.- CEREBRO .- DORMIR .- SUEÑO .- NATIONAL GEOGRAPHIC .- ¿Por qué necesitamos dormir? Las claves del sueño................ Algoritmos capaces de soñar

Hola amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., ciertamente "dormir bien es lograr la prolongación de la vida", lo solía decir mi abuelita Carolina, pero advertía : "no confundir con los holgazanes que duermen y duermen y nunca hacen nada"; pues la Revista National Geographic, nos alcanza un amplio y detallado reportaje de la importancia del sueño.
National Geographic .- narra : " Todo cuanto hemos aprendido acerca del sueño subraya su importancia para nuestra salud física y mental. Nuestro patrón de sueño-vigilia es un rasgo central de la biología humana, una adaptación para habitar un planeta que rota sobre su eje en una interminable noria de días y noches. En 2017 se concedió el Premio Nobel de Medicina al trío de científicos que, en las décadas de 1980 y 1990, identificó el reloj molecular que desde el interior de nuestras células intenta sincronizarnos con el Sol. Cuando este ritmo circadiano se rompe, apuntan las investigaciones recientes, corremos más riesgo de padecer diabetes, enfermedades cardiovasculares y demencia...."
National Geographic .- agrega : "Sin embargo, el desfase entre nuestro modo de vida y el ciclo solar ha alcanzado niveles de epidemia. «Parece como si estuviésemos en medio de un ensayo mundial sobre las consecuencias negativas de la privación de sueño», dice Robert Stickgold, director del Centro del Sueño y la Cognición de la Facultad de Medicina de Harvard. Hoy muchos de nosotros no dormimos ni siete horas al día, unas dos menos que hace un siglo. Esto se debe principalmente a la proliferación del alumbrado eléctrico, seguida de los televisores, ordenadores y teléfonos móviles. En nuestra sociedad frenética e hiperiluminada solemos concebir el dormir como un enemigo, un estado que nos roba productividad y ocio. Thomas Edison, el padre de la bombilla, dijo que dormir era «algo absurdo, un vicio», una pérdida de tiempo. Estaba convencido de que algún día prescindiríamos de ello por completo..."
National Geographic .- agrega : " El sueño, definido como un estado de disminución de la receptividad y la movilidad fácilmente resoluble (a diferencia de la hibernación o el co­­ma), existe incluso en criaturas sin cerebro. Las medusas duermen –la actividad pulsátil de su cuerpo se enlentece perceptiblemente– y en organismos unicelulares como el plancton y las levadu­ras se observan claros ciclos de actividad y reposo. Todo ello implica que el sueño es antiquísimo y que su función original y universal no es organizar recuerdos o consolidar aprendizajes, sino preservar la vida misma. Es una ley natural evidente que ningún ser vivo, sea del tamaño que sea, puede ir a todo gas las 24 horas del día «La vigilia es un estado exigente –dice Thomas Scammell, profesor de neurología de la Facultad de Medicina de Harvard–. Te obliga a salir y competir contra los demás organismos por la supervivencia. En consecuencia necesitas un período de descanso para que las células se recobren».
National Geographic .- añade : "Aunque por la mañana no recuerdes ni una sola imagen, ten por seguro que has soñado. Todo el mundo sueña. No recordar los sueños es en realidad indicativo de que se duerme bien. Mientras soñamos, la actividad se produce en planos cerebrales tan profundos que no se registra bien en un electroencefalograma, pero con ayuda de tecnologías más modernas hemos deducido lo que ocurre a nivel físico y químico. También soñamos durante el sueño NREM, sobre todo en la fase 2, pero por lo general esos episodios oníricos se consideran una suerte de obertura. Hasta que entramos en el sueño REM no nos topamos de frente con la enorme potencia de nuestra locura nocturna...."
Amigos lectores, les sugiero seguir ojeando este interesante reportaje que se le será muy útil en su vida diaria......
https://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/por-que-necesitamos-dormir-claves-sueno_13103
Vamos a mostrarte lo que es dormir en condiciones. Y a explicarte que las luces azules nos están robando el sueño.

El sueño, clave en la salud y el desarrollo infantil
En la unidad del sueño del Children's National Health System de Washington, Michael Bosak, de ocho años, duerme en una postura que impide el repetido estrechamiento de las vías respiratorias altas, causa de sus ronquidos. (La fotografía se tomó a oscuras con una cámara de infrarrojos para no molestarlo). Dormir es crucial para la salud y el desarrollo infantil; es cuando se segrega la mayor cantidad de hormona del crecimiento y de las proteínas que combaten las infecciones. El sueño deficiente en los niños se ha relacionado con la diabetes, la obesidad y las dificultades del aprendizaje.
Foto: Magnus Wennman

El poder de la luz artificial
La guerra contra el sueño comenzó cuando las bombillas incandescentes nos permitieron desterrar la oscuridad de la noche. Hoy las grandes urbes, como Tokio, suelen alumbrarse con lámparas led. Son más eficientes, pero suelen producir gran cantidad de luz azul, la que más perturba el sueño.
Foto: Magnus Wennman

Interrupción de la vida
El sueño se considera una interrupción de la vida, pero la verdadera plaga es el insomnio crónico. En Japón alrededor del 40 % de la población duerme menos de seis horas al día. Adormilarse en público, como en este restaurante de Tokio que no cierra en toda la noche, es algo socialmente aceptado.
Foto: Magnus Wennman

Ritual antes de dormir
Wile, el hijo de siete años del fotógrafo Magnus Wennman, mira dibujos animados en su iPad antes de dormir; para algunos, eso es parte del ritual de irse a la cama en estos tiempos. La estimulación puede ahuyentar el sueño, como sucede con la pantalla retroiluminada: la luz nocturna inhibe la producción de melatonina, la hormona que ayuda a regular nuestros ritmos biológicos cotidianos.
Foto: Magnus Wennman

Estudio del sueño
En una maraña de vías y electrodos, Francis Ajua, de 10 años, aguarda el momento en que se apaguen las luces para someterse a un estudio del sueño en el Children's National Health System de Washington, D.C. Los médicos quieren saber si sufre apnea del sueño, es decir, interrupciones reiteradas de la respiración.
Foto: Magnus Wennman

Recuerdos nuevos
Los recuerdos nuevos se consolidan mientras dormimos. ¿Qué sucede en el cerebro? En la Universidad de Tsukuba, cerca de Tokio, Takeshi Sakurai estudia esta cuestión con técnicas optogenéticas: un láser activa o desactiva células cerebrales concretas en ratones que se han modificado genéticamente para que sean sensibles a él.
Foto: Magnus Wennman

Una obra reparadora
En la Filarmónica de París, el compositor Max Richter dirige la interpretación de Sleep, una composición minimalista de base científica que pretende guiar a los oyentes a través de un descanso reparador. La obra dura más de ocho horas.
Foto: Magnus Wennman

Gorro electroencefalográfico
Mike Morris, exmilitar con dos períodos de servicio en Iraq, duerme con un gorro electroencefalográfico en compañía de Olive, su perra terapéutica. Mike participa en un estudio con el que Jeffrey Ellenbogen, de la Universidad Johns Hopkins, explora cómo la compañía y los sonidos a los que se expone el durmiente influyen en la recuperación después de un trauma.
Foto: Magnus Wennman

Gafas emisoras de luz
Descansando en su litera del U.S.S. Paul Hamilton, un marinero usa unas gafas emisoras de luz durante un breve período de tiempo justo al despertar. Nita Shattuck, de la Escuela Naval de Posgrado de Monterey, California, está testando estos dispositivos para ver si logran resetear el reloj interno de los marineros, sincronizándolo con sus turnos de trabajo y no con el ciclo solar.
Foto: Magnus Wennman
Dormir en cualquier parte
El término japonés inemuri, «dormir estando presente», es una forma característica de sestear en la que la persona se adormila en un lugar no designado para el sueño, como el metro, en una cena o en la oficina. «Como oficialmente no estás durmiendo –dice Brigitte Steger, especialista en Japón de la Universidad de Cambridge–, para que sea socialmente aceptable debes comportarte con propiedad según la situación. Por ejemplo, en una reunión, medio finges estar escuchando o te ocultas tras los papeles». Siempre que uno no tenga fama de holgazán, añade Steger, un poco de inemuri puede incluso ser positivo para la reputación empresarial: demuestra que trabajas hasta la extenuación.
Foto: Magnus Wennman

Somnolencia
¿Qué nos produce somnolencia? Esta cámara hermética del instituto del sueño de Tsukuba permite a los investigadores medir con precisión el consumo de oxígeno del durmiente y, por ende, su tasa metabólica; a partir de ahí averiguan cómo influyen, por ejemplo, la potencia y el color de la luz ambiental. Identificar las condiciones óptimas para inducir el sueño podría ser el primer paso hacia la cura del insomnio.
Foto: Magnus Wennman
Efectos de la luz coloreada
El laboratorio de Steven Lockley en el Brigham and Women's Hospital de Boston estudia la luz, y cómo ciertas longitudes de onda, al llegar a nuestros ojos, afectan al cerebro, la conducta y la fisiología. La luz roja es la mejor opción para la noche porque tiene la menor capacidad de fomentar el estado de alerta o resetear nuestro reloj biológico de 24 horas.
Foto: Magnus Wennman

Las luces de Tokio
Estos retratos tomados de noche en las calles de Tokio, con el resplandor ambiental de las luces de neón, muestran el arcoíris cromático que puede estimularnos o relajarnos, una experiencia caótica que subvierte el ciclo natural de luz y oscuridad al que se ha adaptado nuestro organismo a lo largo de millones de años de evolución.
Foto: Magnus Wennman

Síndrome de la resignación
En Suecia, cientos de niños inmigrantes cuyas familias se enfrentan a la deportación han desarrollado el síndrome de la resignación, un desconcertante trastorno en el que el pequeño se desvincula del mundo, no reacciona ni siquiera a estímulos dolorosos y debe alimentarse con sonda, a veces durante años. «Ahora no sufre», dice la doctora Elisabeth Hultcrantz sobre Leyla Ahmed, refugiada siria de 10 años.
Foto: Magnus Wennman

Trabajo nocturno
Joe Diemand, de 76 años, ha pasado los últimos 20 trabajando de camionero, a veces conduciendo toda la noche. Es un trabajo que «te agota hasta el punto de no poder dormir», dice. La Organización Mundial de la Salud ha descrito el trabajo nocturno como «probablemente carcinógeno para los humanos».
Foto: Magnus Wennman
Michael Finkel
9 de septiembre de 2018

¿Por qué necesitamos dormir? Las claves del sueño
Nuestro cerebro altera profundamente su conducta y su misión, atenuando nuestra consciencia. Durante un breve período de tiempo estamos paralizados casi por completo. Nuestros ojos, en cambio, se mueven con rapidez bajo los párpados cerrados como si viesen, y los diminutos músculos del oído medio se mueven como si oyésemos, aun estando en silencio. Experimentamos estimulación sexual, hombres y mujeres, en repetidas ocasiones. A veces nos creemos capaces de volar. Rondamos las fronteras de la muerte. Dormimos.

En torno al año 350 a.C., Aristóteles escribió un tratado, «Del sueño y la vigilia», en el que se preguntaba qué era dormir y por qué lo hacíamos. En los siguientes 2.300 años nadie pudo aportar una buena respuesta. En 1924 el psiquiatra alemán Hans Berger inventó el electroencefalógrafo, que registra la actividad eléctrica del cerebro, y el estudio del sueño saltó de la filosofía a la ciencia. Sin embargo, hubo que esperar a las últimas décadas para que las técnicas de imagen nos permitiesen vislumbrar algo mejor el funcionamiento interno del cerebro y empezar a esbozar una respuesta convincente a las preguntas del sabio griego.

Todo cuanto hemos aprendido acerca del sueño subraya su importancia para nuestra salud física y mental. Nuestro patrón de sueño-vigilia es un rasgo central de la biología humana, una adaptación para habitar un planeta que rota sobre su eje en una interminable noria de días y noches. En 2017 se concedió el Premio Nobel de Medicina al trío de científicos que, en las décadas de 1980 y 1990, identificó el reloj molecular que desde el interior de nuestras células intenta sincronizarnos con el Sol. Cuando este ritmo circadiano se rompe, apuntan las investigaciones recientes, corremos más riesgo de padecer diabetes, enfermedades cardiovasculares y demencia.

Sin embargo, el desfase entre nuestro modo de vida y el ciclo solar ha alcanzado niveles de epidemia. «Parece como si estuviésemos en medio de un ensayo mundial sobre las consecuencias negativas de la privación de sueño», dice Robert Stickgold, director del Centro del Sueño y la Cognición de la Facultad de Medicina de Harvard. Hoy muchos de nosotros no dormimos ni siete horas al día, unas dos menos que hace un siglo. Esto se debe principalmente a la proliferación del alumbrado eléctrico, seguida de los televisores, ordenadores y teléfonos móviles. En nuestra sociedad frenética e hiperiluminada solemos concebir el dormir como un enemigo, un estado que nos roba productividad y ocio. Thomas Edison, el padre de la bombilla, dijo que dormir era «algo absurdo, un vicio», una pérdida de tiempo. Estaba convencido de que algún día prescindiríamos de ello por completo.




Dormir toda la noche a pierna suelta se nos antoja hoy tan raro y anticuado como recibir una carta manuscrita. Da la impresión de que todos buscamos nuestros atajos, combatiendo el insomnio con somníferos, atiborrándonos de café para espabilarnos, obviando el intricado viaje que estamos diseñados para emprender cada atardecer. En una buena noche recorremos cuatro o cinco veces varias fases del sueño, cada una de las cuales tiene sus características y su finalidad, en un descenso surrealista y zigzagueante hacia un mundo alternativo.

Fases 1-2

Cuando conciliamos el sueño, el cerebro permanece activo y emprende un proceso de limpieza en el que decide qué recuerdos guarda y cuáles descarta.


La transformación inicial se produce rápidamente. Al cuerpo humano no le gusta verse atascado entre estados, vacilando en el umbral. Preferimos estar en un mundo o en el otro, despiertos o dormidos. Así que nos acostamos, apagamos la luz y cerramos los ojos. Si nuestro ritmo circadiano está en sincronía con el ciclo de luz diurna y oscuridad, y si la glándula pineal segrega melatonina desde la base del cerebro para señalarnos que es de noche, y si toda una serie de sistemas se alinean, entonces nuestras neuronas se duermen enseguida.

Las neuronas –y tenemos unos 86.000 millones de ellas– son las células nerviosas que forman la World Wide Web del cerebro, comunicándose entre sí mediante señales eléctricas y químicas. En plena vigilia, son un bullicioso hervidero, una tormenta eléctrica celular. Cuando su relam­pagueo (sus descargas eléctricas e impulsos químicos) es rítmico y regular –expresado en un electroencefalograma por ondas bien ordenadas–, sabemos que el cerebro se ha replegado sobre sí mismo, ajeno al caos de la vigilia. Al mismo tiem­­po nuestros receptores sensoriales se inhiben y pronto estamos dormidos.


Los científicos llaman a este estadio la fase 1, la parte más somera del sueño. Dura unos cinco minutos. A partir de ahí, ascendiendo desde las profundidades del cerebro, llega una serie de chispas eléctricas que descargan en la corteza cerebral, la materia gris llena de pliegues que recubre la capa exterior del cerebro, donde residen el lenguaje y la consciencia. Estas ráfagas de medio segundo de duración, llamadas husos del sueño, revelan que hemos entrado en la fase 2.

El cerebro no reduce su actividad mientras dormimos, aunque así se creyese durante mucho tiempo; simplemente emprende una actividad diferente. Se especula que los husos del sueño estimulan la corteza para que se preserve la información recién adquirida, y quizá también para vincularla con el conocimiento ya asentado en la memoria a largo plazo. En las unidades del sueño se observa un aumento en la frecuencia de los husos del sueño cuando los sujetos sometidos a estudio han aprendido tareas nuevas, tanto mentales como físicas. A mayor número de husos, parece ser, mejores serán los resultados al ejecutar esas tareas al día siguiente.

El sueño y la inteligencia

La intensidad de los husos nocturnos podría incluso ser un indicador de la inteligencia general, han sugerido algunos expertos. Dormir crea literalmente conexiones neuronales que quizá nunca habríamos formado en el plano consciente, algo que siempre habíamos intuido. Por eso decimos que consultamos las cosas con la almohada.

El cerebro despierto está optimizado para hacer acopio de estímulos externos; el cerebro dormido, para consolidar la información recabada. En otras palabras, de noche dejamos de grabar y nos ponemos a editar, y ese cambio puede medirse a escala molecular. No nos limitamos a archivar nuestros pensamientos de forma mecánica: el cerebro dormido organiza activamente qué recuerdos se guardan y qué recuerdos se desechan.

Pero no necesariamente elige bien. El sueño refuerza hasta tal punto la memoria –no solo en la fase 2, en la que pasamos más o menos la mitad del tiempo que dormimos– que si un soldado llega exhausto de una misión angustiosa, por ejemplo, quizá sería mejor que no se fuese directamente a la cama. Para prevenir el trastorno por estrés postraumático, debería quedarse despierto otras seis u ocho horas, apunta la neurocientífica Gina Poe, de la Universidad de California en Los Ángeles. Sus investigaciones y las de otros colegas sugieren que dormir inmediatamente después de un acontecimiento importante, cuando todavía no ha ha­­bido tiempo para resolver mentalmente parte de la experiencia, hace más probable que lo vivido se arraigue en recuerdos permanentes.
La fase 2 puede ocupar hasta 50 minutos del primer ciclo de sueño nocturno, de 90 minutos de duración. (Normalmente es más corta en los ciclos subsiguientes). Durante un rato pueden registrar­­se husos cada pocos segundos, pero cuando estas erupciones se van espaciando también se ralentiza la frecuencia cardíaca. La temperatura central desciende. Desaparece cualquier vestigio de percepción del entorno externo. Emprendemos la larga inmersión en las fases 3 y 4, las partes profundas del sueño.

Fases 3-4

Entramos en un sueño profundo, casi un coma, tan esencial para el cerebro como el alimento para el cuerpo. Toca hacer limpieza fisiológica, no es momento de soñar.
Todos los animales, sin excepción, presentan alguna forma de sueño, aunque sea rudimentaria. El perezoso tridáctilo dormita unas 10 horas al día, y se han comunicado casos de murciélagos marrones americanos que sestean 20 horas. Las jirafas duermen menos de cinco. Los caballos suelen dormir parte de la noche en pie y parte tumbados. Los delfines cuando duermen solo desconectan un hemisferio: medio cerebro duerme mientras el otro está despierto, de modo que no cesan de nadar en ningún momento. Los rabihorcados grandes pueden echarse un sueñecito mientras planean, una habilidad que seguramente comparten con otras aves. Los tiburones nodriza reposan amontonados sobre el fondo del mar. Las cucarachas bajan las antenas mientras duermen.

El sueño, definido como un estado de disminución de la receptividad y la movilidad fácilmente resoluble (a diferencia de la hibernación o el co­­ma), existe incluso en criaturas sin cerebro. Las medusas duermen –la actividad pulsátil de su cuerpo se enlentece perceptiblemente– y en organismos unicelulares como el plancton y las levadu­ras se observan claros ciclos de actividad y reposo. Todo ello implica que el sueño es antiquísimo y que su función original y universal no es organizar recuerdos o consolidar aprendizajes, sino preservar la vida misma. Es una ley natural evidente que ningún ser vivo, sea del tamaño que sea, puede ir a todo gas las 24 horas del día «La vigilia es un estado exigente –dice Thomas Scammell, profesor de neurología de la Facultad de Medicina de Harvard–. Te obliga a salir y competir contra los demás organismos por la supervivencia. En consecuencia necesitas un período de descanso para que las células se recobren».

En los humanos esta recuperación se produce sobre todo durante el sueño profundo, en las fases 3 y 4, que difieren en el porcentaje de actividad cerebral consistente en ondas delta. El electroencefalograma muestra que estas grandes oscilaciones están presentes en menos de la mitad de la fase 3 y en más de la mitad de la fase 4. (Algunos científicos consideran que ambas fases constituyen un único estadio de sueño profundo). Es durante el sueño profundo cuando nuestras células producen la mayor parte de la hormona del crecimiento, que nuestros huesos y músculos necesitan desde que nacemos hasta que morimos.
Todo apunta también a que dormir es esencial para mantener en niveles sanos el sistema inmunitario, la temperatura corporal y la presión arterial. Si nos falta sueño, tenemos dificultades para modular nuestro estado de ánimo o para recuperarnos con rapidez de una lesión.

Es posible que dormir sea más importante que comer; los animales mueren antes si les falta el sueño que si les falta el alimento, apunta Steven Lockley, del Brigham and Women's Hospital de Boston.

Dormir bien también reduce el riesgo de padecer demencia. Un estudio con ratones llevado a cabo por Maiken Nedergaard en la Universidad de Rochester, en Nueva York, sugiere que durante la vigilia las neuronas se compactan unas con otras, pero cuando dormimos algunas pierden un 60 % de su volumen, aumentando la holgura entre ellas. Estos espacios intercelulares hacen de vertedero de los desechos metabólicos de las células, singularmente de una sustancia llamada beta-amiloide, que perturba la comunicación interneuronal y está muy relacionada con la enfermedad de Alzheimer. El sueño es el único momento en que el líquido cefalorraquídeo puede inundar a modo de detergente estos pasillos ampliados del cerebro y arrastrar la beta-amiloide.
Mientras se ejecutan todas estas ta­­reas de limpieza y reparación, nuestra musculatura está completamente relajada. La actividad mental es mínima: las ondas de la fase 4 se asemejan a las gráficas de los pacientes comatosos. Por lo general en la fase 4 no soñamos; tal vez ni siquiera sintamos dolor. En la mitología griega los dioses Hipnos, (del sueño) y Tánatos (de la muerte) son gemelos. Tal vez algo de eso haya.

«Hablamos de un nivel de desactiva­ción cerebral intenso –dice Michael Perlis, director del programa de Medicina Conduc­tual del Sueño de la Universidad de Pennsylvania–. El sueño de la fase 4 no dista demasiado del coma o de la muerte cerebral. Aunque regenera y reconstituye, no conviene practicarlo en exceso».

La fase 4 dura como máximo unos 30 minutos, hasta que el cerebro la abandona de golpe. (En los sonámbulos ese salto puede ir acompañado de una sacudida física). A menudo atravesamos directamente las fases 3, 2, 1 y nos despertamos.

Incluso quienes duermen bien se despiertan varias veces por la noche, aunque la mayoría no se dé cuenta. Volvemos a dormirnos en cuestión de segundos. Pero llegados a este punto, en vez de repetir las fases desde el principio, el cerebro se reinicia para emprender una actividad totalmente novedosa: un viaje por un mundo de lo más raro.
«Hablamos de un nivel de desactiva­ción cerebral intenso –dice Michael Perlis, director del programa de Medicina Conduc­tual del Sueño de la Universidad de Pennsylvania–. El sueño de la fase 4 no dista demasiado del coma o de la muerte cerebral. Aunque regenera y reconstituye, no conviene practicarlo en exceso».
Según los Centros para el Control y la Prevención de las Enfermedades de Estados Unidos, más de 80 millones de adultos estadounidenses sufren una insuficiencia crónica de sueño, es decir, duermen menos de las siete horas mínimas recomendadas. El cansancio está implicado en más de un millón de accidentes de tráfico anuales, y en un número significativo de errores médicos. Incluso un ligero reajuste del sueño puede resultar problemático. En Estados Unidos, el primer lunes con horario de verano se registra un 24 % más de ataques cardíacos respecto de otros lunes, así como un aumento drástico de los accidentes de coche con víctimas mortales.

A lo largo de la vida, alrededor de una tercera parte de todos nosotros sufriremos al menos un trastorno del sueño diagnosticable, que va desde el insomnio crónico hasta la apnea del sueño, pa­sando por el síndrome de las piernas inquietas y dolencias mucho más raras y curiosas.

En el síndrome de la cabeza explosiva, por ejemplo, la persona tiene la sensación de que dentro de su cerebro reverbera un ruido estruendoso cuando está intentando conciliar el sueño. Un estudio de Harvard descubrió que la parálisis del sueño –la incapacidad de moverse por espacio de unos minutos al despertarse de un sueño– es el germen de muchos relatos de abducciones extraterrestres. Los ataques narcolépticos, episodios incontrolables de sueño fulminante, son desencadenados muchas veces por emociones positivas fuertes: un chiste, unas cosquillas, una comida deliciosa. Quienes padecen el síndrome de Kleine-Levin experimentan cada pocos años un episodio de sueño ininterrumpido de una o dos semanas de duración y luego recobran los ciclos habituales de consciencia sin secuelas perceptibles.

Pero el insomnio es de largo el problema más frecuente, el motivo principal de que en cualquier mes del año el 4 % de los estadounidenses adultos tome somníferos. Los insomnes suelen tardar más tiempo en conciliar el sueño, sufren desvelos prolongados en plena noche o ambas cosas a la vez. Si dormir es un fenómeno natural omnipresente, ¿por qué es un problema para tanta gente? Tal vez haya que echarle la culpa a la evolución. O al mundo moderno, o a la discrepancia entre ambos.

La evolución nos ha dotado, igual que a otros seres vivos, de un sueño de temporización maleable y fácilmente interrumpible, para que pueda subordinarse a actividades prioritarias. El cerebro posee un sistema de anulación que funciona durante todas las fases del sueño y puede despertarnos en cuanto percibe una emergencia: un bebé que llora, un depredador que se acerca…

El problema es que en el mundo moderno ese ancestral despertador innato suena constantemente por situaciones en las que no peligra nuestra vida: los nervios previos a un examen, una preocupación o la alarma de un coche en el vecindario. Antes de la Revolución Industrial, que trajo consigo relojes despertadores y horarios laborales inamovibles, lo habitual era compensar el insomnio levantándonos más tarde. Eso se acabó.

El primer segmento del cerebro que empieza a claudicar cuando dormimos poco es la corteza prefrontal, donde se toman las decisiones y se solucionan los problemas. La falta de sueño nos vuelve más irritables, temperamentales e irracionales. «Parece que todas las funciones cognitivas se ven afectadas hasta cierto punto por la falta de sueño», afirma Chiara Cirelli, neurocientífica del Instituto del Sueño y la Consciencia de Wisconsin.

Dormir habitualmente menos de seis horas al día eleva el riesgo de sufrir depresión, psicosis e ictus. La falta de sueño también está vinculada a la obesidad: si no se duerme lo suficiente, el estómago y otros órganos producen demasiada cantidad de grelina, la hormona del hambre, que nos induce a comer más de lo necesario. Probar la relación causa-efecto en estos casos resulta complicado, porque no podemos someter a seres humanos a los experimentos que lo demostrarían, pero no cabe duda de que la falta de sueño perjudica a todo el organismo.

Echarse una siesta no soluciona el problema; los fármacos tampoco. «El sueño no es monolítico –advierte Jeffrey Ellenbogen, científico de la Universidad Johns Hopkins y director de Sound Sleep Project («Proyecto Sueño Profundo»), que asesora a las empresas para que sus empleados alcancen niveles más altos de eficiencia por la vía de mejorar su descanso–.

No es una maratón; tiene más de decatlón. Conjuga mil factores diferentes. Existe la tentación de manipularlo con fármacos o aparatos, pero todavía no sabemos lo suficiente sobre él como para arriesgarnos a manipular artificialmente sus componentes».

Ellenbogen y otros expertos critican los atajos, y muy en especial el original: la idea de que prácticamente podemos pasar sin dormir. Fue toda una ocurrencia: si pudiésemos prescindir de las partes innecesarias del sueño, sería como si sumásemos décadas a nuestra vida. En los albores de la somnología, las décadas de 1930 y 1940, había quien consideraba la segunda parte del sueño nocturno un descanso de segunda. Hubo quien creyó que quizá no la necesitásemos en absoluto.

En realidad ese período resulta ser la fuente de una forma de sueño completamente distinta pero igual de esencial, casi se diría que un tipo diferente de consciencia.

REM.
En un estado desatado de psicosis, soñamos, volamos y caemos, lo recordemos o no. También modulamos nuestro estado de ánimo y consolidamos nuestros recuerdos.


El sueño REM, acrónimo en inglés de «movimiento ocular rápido», fue descubierto en 1953 (cuando las fases de la 1 a la 4 llevaban descritas más de
15 años) por Eugene Aserinsky y Nathaniel Kleitman en la Universidad de Chicago. Hasta entonces este período solía considerarse una variación de la fase 1 sin especial importancia, dado que en los primeros encefalogramas no mostraba un patrón demasiado llamativo. Pero en cuanto se documentó el característico movimiento veloz de los globos oculares y la congestión de los órganos sexuales que invariablemente lo acompaña, se comprendió que la práctica totalidad de los sueños ocurren en esta fase, y la ciencia del sueño dio un vuelco.

En términos generales una noche de sueño sa­­ludable empieza con un descenso en espiral hasta la fase 4, un despertar fugaz y una sesión REM de entre cinco y 20 minutos. Con cada ciclo subsiguiente, el período REM aproximadamente se duplica. En conjunto el sueño REM ocupa alrededor de una quinta parte de las horas que duerme un adulto. Aun así, las fases 1, 2, 3 y 4 se han denominado sueño no REM (o NREM): el 80 % del sueño se define en referencia a lo que no es. Los científicos conjeturan que determinadas secuencias NREM y REM optimizan de algún modo nuestra recuperación física y mental. A nivel celular, la síntesis proteínica se dispara durante el sueño REM, lo cual mantiene el correcto funcionamiento del organismo. El sueño REM también parece esencial para modular el estado de ánimo y consolidar los recuerdos.

Cada vez que experimentamos el sueño REM, enloquecemos en el sentido literal de la palabra. La psicosis es, por definición, un trastorno caracterizado por la presencia de alucinaciones y delirios. Según algunos científicos, soñar es un estado psicótico en toda regla: creemos ver lo que no existe y aceptamos que el tiempo, el lugar y hasta las personas pueden metamorfosearse y desaparecer de repente.

Desde los antiguos griegos hasta Sigmund Freud, pasando por los adivinadores de trastien­­da, los sueños siempre han sido una fuente de fascinación y misterio, interpretados como mensajes de los dioses o de nuestro subconsciente. Hoy muchos expertos en el sueño no tienen el menor interés en las imágenes y los acontecimientos concretos que pueblan nuestros paisajes oníricos. Creen que los sueños son el resultado de la actividad caótica de las neuronas y que, aun estando imbuidos de resonancias emocionales, carecen de significado. Cuando nos despertamos, el cerebro consciente, siempre a la caza de significados, rápidamente cose una colcha a partir de lo que eran retazos incoherentes.
Cada vez que experimentamos el sueño REM, enloquecemos en el sentido literal de la palabra.

Otros científicos rechazan de plano esa visión. «El contenido de los sueños –dice Stickgold desde Harvard– forma parte de un mecanismo evolucionado destinado a descubrir la significación global de los recuerdos nuevos y sus posibles utilidades futuras».

Aunque por la mañana no recuerdes ni una sola imagen, ten por seguro que has soñado. Todo el mundo sueña. No recordar los sueños es en realidad indicativo de que se duerme bien. Mientras soñamos, la actividad se produce en planos cerebrales tan profundos que no se registra bien en un electroencefalograma, pero con ayuda de tecnologías más modernas hemos deducido lo que ocurre a nivel físico y químico. También soñamos durante el sueño NREM, sobre todo en la fase 2, pero por lo general esos episodios oníricos se consideran una suerte de obertura. Hasta que entramos en el sueño REM no nos topamos de frente con la enorme potencia de nuestra locura nocturna.

A menudo se dice, erróneamente, que los sueños son meros flashes, pero en realidad se cree que ocupan el período REM casi completo, generalmente unas dos horas por noche; sí es cierto que conforme envejecemos soñamos menos, quizá porque el cerebro, que ha perdido plasticidad, ya no aprende tanto durante la vigilia y tiene menos recuerdos nuevos que procesar mientras dormimos. Los recién nacidos llegan a dormir hasta 17 horas al día y pasan en torno a la mitad de ellas en un estado activo afín al REM.

Y durante un mes de su existencia intrauterina, desde la semana 26 de la gestación, se cree que los fetos permanecen constantemente en un estado muy similar al del sueño REM. Toda esa permanencia en estado REM, se ha teorizado, vendría a ser como si el cerebro estuviese testando su software, preparándose para la inminente conexión con el mundo. Este proceso, llamado teleencefalización, es nada menos que la inauguración misma de la mente.

Durante el sueño REM el cuerpo no se termorregula; nuestra temperatura interna se mantiene en sus cotas más bajas. La frecuencia cardíaca se eleva en comparación con otras fases del sueño y la respiración es irregular. Los músculos, con contadas excepciones –ojos, oídos, corazón, diafrag­­ma–, se hallan inmovilizados. Por desgracia esto no impide que algunos ronquemos; esta tortura del compañero de cama se produce cuando un flujo de aire turbulento hace vibrar los tejidos relajados de la garganta o la nariz. También es común en las fases 3 y 4. En el sueño REM, ronquemos o no, somos incapaces de mostrar reacciones físicas, el cuerpo se desmadeja, no podemos ni siquiera regular la tensión arterial. Y así y todo, nuestro cerebro se las arregla para convencernos de que cabalgamos sobre las nubes matando dragones.
En el sueño REM, ronquemos o no, somos incapaces de mostrar reacciones físicas, el cuerpo se desmadeja, no podemos ni siquiera regular la tensión arterial. Y así y todo, nuestro cerebro se las arregla para convencernos de que cabalgamos sobre las nubes matando dragones.

Si nos creemos lo increíble es porque en el sueño REM el gobierno del cerebro deja de estar en los centros lógicos y las regiones que controlan los impulsos. Se suprime por completo la producción de dos sustancias específicas, serotonina y norepinefrina. Sin estos neurotransmisores esenciales para la comunicación entre las neuronas, nuestra capacidad de aprendizaje y memoria se ve gravemente mermada: nos encontramos en un estado de consciencia químicamente alterado. Pero no es un estado similar al coma, como el de la fase 4. Durante el sueño REM nuestro cerebro está totalmente activo, consumiendo tanta energía como en la vigilia.

El sueño REM está regido por el sistema límbico, una región del cerebro profundo donde surgen algunos de nuestros instintos más atávicos y básicos. Freud tenía razón cuando afirmaba que los sueños beben de nuestras emociones primitivas. En el sistema límbico residen nuestras pulsiones sexuales, la agresividad y el miedo, aunque también nos permite sentir alborozo, felicidad y amor.

En el tronco cerebral, una pequeña protuberancia llamada puente troncoencefálico se sobrecarga durante el sueño REM. Los impulsos eléctricos del puente suelen dirigirse a la zona del cerebro que controla los músculos oculares y auditivos. Normalmente los párpados no se despegan, pero los globos oculares se mueven de un lado a otro, quizá como respuesta a la intensidad del sueño. El oído interno también muestra actividad mientras soñamos.
Otro tanto ocurre con las regiones del cerebro que controlan la función motora, razón por la cual en los sueños experimentamos tantas veces la sensación de volar o de caer. Además, soñamos a todo color, a no ser que seamos ciegos de nacimiento.

Cada vez que un hombre sueña tiene una erección, aunque el sueño no sea de tenor sexual; en las mujeres se congestionan los vasos sanguíneos de la vagina. Y mientras soñamos, por absurdo que sea el escenario onírico y por mucho que se transgredan las leyes de la física, casi siempre creemos a pies juntillas que estamos despiertos. La máquina de realidad virtual más perfecta existe dentro de nuestra cabeza.

Y menos mal que estamos paralizados. Cuando soñamos, el cerebro intenta generar movimientos, pero un sistema del tronco cerebral se ocupa de inhibir por completo las motoneuronas. Existe una parasomnia –una anormalidad del sueño que afecta al sistema nervioso– llamada trastorno de conducta del sueño REM en la cual las motoneuronas no se inhiben del todo, y la persona actúa físicamente conforme a lo que está soñando, con puñetazos, puntapiés y juramentos, todo ello con los ojos cerrados y totalmente dormido.

La conclusión de una sesión REM suele estar marcada por un despertar fugaz, como también ocurre con la fase 4. Si descansamos lo que nos pide el cuerpo, sin despertador de por medio, el último sueño de la noche suele ser el broche final. Aunque la cantidad de tiempo que hayamos dormido determina el momento óptimo para despertar, la luz solar es una alarma de acción inmediata. Cuando la luz traspasa los párpados y alcanza la retina, una región profunda del cerebro llamada núcleo supraquiasmático recibe una señal. Para muchos de nosotros ese es el instante en que se desvanece el último sueño, abrimos los ojos y reanudamos nuestra existencia real.
O quizá no? Tal vez lo más llamativo del sueño REM es que demuestra que el cerebro puede actuar al margen de los inputs sensoriales. Como un pintor atrincherado en un estudio secreto, nuestra mente parece experimentar sin inhibiciones.
En estado de vigilia el cerebro está ocupado con mil y una tareas: extremidades que hay que controlar, conducir, ir a la compra, mandar mensajes de móvil, conversar…

Pero entonces nos dormimos y, cuando comenzamos la primera sesión REM, el instrumento más sofisticado y complejo del universo recibe vía libre para hacer cuanto desee. Se autoactiva. Sueña. Es, por así decirlo, el recreo del cerebro. Algunos postulan que durante el sueño REM alcanzamos nuestros máximos niveles de inteligencia, perspicacia, creatividad y libertad. Que vivimos de verdad. «El sueño REM tal vez sea lo que nos hace más humanos, tanto por sus efectos sobre el cerebro y el cuerpo como por la experiencia en sí misma», dice Michael Perlis.

Quizá llevemos desde Aristóteles formulando una pregunta equivocada. El verdadero misterio no es por qué dormimos, sino por qué, cuando la alternativa es tan portentosa, nos molestamos en estar despiertos.

Y la respuesta tal vez sea que necesitamos ocuparnos de los cometidos básicos de la existencia –alimentarnos, aparearnos, pelearnos– solo para que el cuerpo esté en condiciones para dormir.

Algoritmos capaces de soñar

Los científicos tratan de desentrañar el significado de los sueños gracias a las nuevas tecnologías

Nuevas tecnologías para desentrañar el significado de los sueños
¿De verdad los androides sueñan con ovejas eléctricas, tal y como se preguntaba el novelista estadounidense de ciencia ficción Philip K. Dick? La función y el significado de los sueños han sido siempre objeto de debate. Ahora la ciencia está más cerca que nunca de descifrar qué ven los humanos mientras duermen y cómo puede simularse esa visión en una máquina.

En 2013 el neurocientífico Yukiyasu Kamitani hizo que cientos de voluntarios echasen breves cabezadas en el interior de un equipo de re­sonancia magnética, de las que eran despertados repetidamente para que describiesen sus sueños. Kamitani ha­­bía conseguido aislar patrones cerebrales únicos correspondientes a determinados objetos que previamente había mostrado a los sujetos en estado de vigilia. Mientras estaban dormidos, el escáner buscaba esos patrones en su cerebro, y después un ordenador transformaba automáticamente los contenidos básicos de esos sueños en breves vídeos. El estudio desveló que coincidían en un 70 % con lo que los sujetos recordaban haber soñado.



Dos años más tarde unos ingenieros de Google también captaron las imágenes oníricas de un ordenador. Introdujeron millones de imágenes en un algoritmo informático inspirado en el cerebro –una red de neuronas artificiales– para estudiar cómo dicho algoritmo aprendía a identificar objetos. A continuación ejecutaron DeepDream, un programa de Google que permite a la red construir su propio paisaje onírico de base algorítmica mediante la identificación de formas en una imagen de ruido visual. El ordenador generó una escena psicodélica a partir del aprendizaje artificial. Como si de un sueño se tratase, las imágenes anteriormente vistas se reconfiguraron en nuevas disposiciones.

No podremos realizar grabaciones precisas de nuestras creaciones oníricas hasta que los científicos no descubran cómo surgen los sueños en el cerebro, dice Jack Ga­­llant, profesor de psicología de la Universidad de California en Berkeley, o hasta que con­sigan una enciclopedia de la actividad ce­­rebral correspondiente a cada pensamiento.
https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/actualidad/algoritmos-capaces-sonar_11958
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Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
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sábado, 14 de octubre de 2017

CIENCIA : SUEÑOS .- Algoritmos capaces de soñar .- Los secretos del sueño.....siesta, insomnio, trastornos del sueño..... Somnolencia....

Hola mis amigos: A VUELO DE UN QUINDE EL BLOG., la enfermedad que silenciosamente está afectando a gran parte de la población humana, es la falta de sueño o insomnio, que origina otras enfermedades y el paciente termina muriéndose por falta de sueño; tal vez los gobiernos no han tomado muy serio esta enfermedad, pero es tan grave que por ejemplo en los Estados Unidos, lo sufren unos 75 millones de habitantes; casi todos hemos sufrido o sufrimos un insomnio, y realmente es grave, por que es un martirio estar dando la vuelta a la cama toda la noche y no se puede conciliar el sueño, lo grave empieza en el día siguiente,  por que si tiene que manejar; para ir al trabajo,  su cuerpo entra en un proceso de somnolencia y pierde el control del volante de su automóvil y ocasiona un accidente de transito, con graves consecuencias como:  muriendo o matando a los transeúntes.
Hemos consultado a la Revista National Geographic, para analizar : ¿Qué son los sueños?, y les ofrecemos un amplio estudio que les será de gran apoyo en su lucha contra el insomnio....

http://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/actualidad/algoritmos-capaces-sonar_11958
https://deepdreamgenerator.com/#gallery
http://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/el-sueno_2323
http://www.nationalgeographic.com.es/buscador/?q=sueños

Los científicos tratan de desentrañar el significado de los sueños gracias a las nuevas tecnologías
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En 2013 el neurocientífico Yukiyasu Kamitani hizo que cientos de voluntarios echasen breves cabezadas en el interior de un equipo de re­sonancia magnética, de las que eran despertados repetidamente para que describiesen sus sueños. Kamitani ha­­bía conseguido aislar patrones cerebrales únicos correspondientes a determinados objetos que previamente había mostrado a los sujetos en estado de vigilia. Mientras estaban dormidos, el escáner buscaba esos patrones en su cerebro, y después un ordenador transformaba automáticamente los contenidos básicos de esos sueños en breves vídeos. El estudio desveló que coincidían en un 70 % con lo que los sujetos recordaban haber soñado.
Dos años más tarde unos ingenieros de Google también captaron las imágenes oníricas de un ordenador. Introdujeron millones de imágenes en un algoritmo informático inspirado en el cerebro –una red de neuronas artificiales– para estudiar cómo dicho algoritmo aprendía a identificar objetos. A continuación ejecutaron DeepDream, un programa de Google que permite a la red construir su propio paisaje onírico de base algorítmica mediante la identificación de formas en una imagen de ruido visual. El ordenador generó una escena psicodélica a partir del aprendizaje artificial. Como si de un sueño se tratase, las imágenes anteriormente vistas se reconfiguraron en nuevas disposiciones.

No podremos realizar grabaciones precisas de nuestras creaciones oníricas hasta que los científicos no descubran cómo surgen los sueños en el cerebro, dice Jack Ga­­llant, profesor de psicología de la Universidad de California en Berkeley, o hasta que con­sigan una enciclopedia de la actividad ce­­rebral correspondiente a cada pensamiento.
¿Cómo miden el tiempo las neuronas?

Un estudio de la Universidad Pablo de Olavide averigua el funcionamiento de un oscilador interno de estas células cerebrales

Neuronas
Explicar qué es el tiempo y cómo medirlo jamás fue cosa fácil. Ya en el siglo IV de nuestra era Agustín de Hipona se hizo esa pregunta “¿Qué es, pues el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé”. Galileo Galilei, 1.300 años después, se las ingenió para medirlo contando el número de oscilaciones de la gran lámpara que colgaba del techo de la catedral de Pisa y comparó ese ir y venir con las pulsaciones de su corazón, una observación que resultó esencial para inventar los relojes modernos.

Ahora, gracias a un reciente estudio realizado por el grupo de la División de Neurociencias de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla y dirigido por el José María Delgado y Agnès Gruart, publicado en la revista The Journal of Neuroscience, podemos también saber cómo miden el tiempo las neuronas. Una importante función que cumplen esas células especializadas del cerebro, encargadas de recibir y emitir los estímulos nerviosos esenciales para que el ser humano y el resto de animales realicen sus funciones vitales, es la medida del tiempo entre dos señales sucesivas. De ello se encargan, en particular, aquellas que se encuentran en la porción más anterior, o frontal del cerebro. Los investigadores han chequeado la actividad cerebral que permite calcular el tiempo entre dos estímulos sucesivos, registrando los pequeñísimos cambios en la actividad eléctrica de neuronas prefrontales durante una prueba de aprendizaje.

Lo que han averiguado es que esas neuronas se activan mediante un oscilador, una especie de reloj interno que realiza una pulsación cada 100 milisegundos aproximadamente. O lo que es lo mismo: unas diez veces por segundo. Un “reloj” que sirve especialmente para medir tiempos muy cortos, de menos de un segundo de duración. Gracias a ese patrón de oscilaciones del tiempo, somos capaces de desarrollar tareas que, de otro modo, no podríamos coordinar. Un oscilador que recuerda al que inspiró a Galileo las primeras medidas del tiempo y que posibilitó la construcción del primer reloj pendular que Christiann Huygens llevó a cabo en 1656. Un sistema similar, aunque mucho mas preciso, encapsulado dentro de neuronas. Qué maravilla.



¿Qué separa el sueño de la vigilia?
El investigador Simone Sarasso, de la Universidad de Wisconsin en Madison, muestra el funcionamiento de un dispositivo con el que busca la respuesta mediante la inducción de ondas cerebrales lentas en pacientes dormidos. La técnica, denominada estimulación magnética transcraneal, podría servir para devolver el sueño profundo a los pacientes con trastornos del sueño.
Maggie Steber


¡Deja dormir al chaval!
Blaine Eggemeyer (15 años), de Festus, Missouri, aprovecha la mañana del sábado para dormir, después de ir al partido de fútbol la noche anterior. «Necesita dormir sus diez horas», dice su madre, Cindi.Maggie Steber


Relojes circadianos invertidos
La asistente social Karena Larrequi (a la izquierda) dirige los ejercicios matinales en el Hebrew Home de Riverdale, Nueva York. Puesto que los enfermos de demencia senil y Alzheimer pierden la noción del tiempo y a menudo están despiertos a las dos o las tres de la madrugada, el centro asistencial ofrece actividades nocturnas para pacientes externos de 7 de la tarde a 7 de la mañana siguiente. De este modo se da un respiro a los cuidadores domésticos, y se mitiga la urgente necesidad de plazas en los centros. «Sus relojes están invertidos –dice Deborah Messina, directora del programa de estos pacientes–. Así que funcionamos como si fuera de día».Maggie Steber


Dormir como un bebé
Miles Juste (siete meses de edad), de Miami, Florida.Maggie Steber


Somnolencia al volante
Conducir con somnolencia causa al menos 100.000 accidentes al año. En la Universidad Estatal de Washington un simulador ayuda a los científicos a estudiar los efectos de la falta de sueño en la conducción y en la capacidad de atención. «Se trata de lapsos imprevistos –dice Bryan Vila, investigador principal del WSU Sleep and Performance Research Center–.Tu cerebro desconecta de forma inesperada cuando sufres un exceso de fatiga. Si tu falta de atención coincide con una vaca cruzando la carretera, tienes un problema.»Maggie Steber


El sueño prenatal
El cerebro de un cordero se desarrolla durante la gestación de forma similar al cerebro humano, lo que permite a Matthias Schwab, de la Universidad Friedrich Schiller de Alemania, usar ovejas para estudiar el sueño prenatal.Maggie Steber


El sueño prenatal
Matthias Schwab Aplica electrodos al cerebro de un feto de cordero y lo devuelve al útero para monitorizarlo (foto anterior). Su investigación indica que en el feto domina el sueño profundo, y no el REM.Maggie Steber


Siestas reparadoras
Las hermanas Alexis Johnson (5 años), Frederika Wright (8), Amelia Johnson (3) y Connie Johnson (4) duermen la siesta en su casa de Miami, Florida.Maggie Steber


El estudio del sueño
Para estudiar el impacto de la falta de sueño en los agentes de policía, el Sleep and Performance Research Center de la Universidad Estatal de Washington mide la calidad y velocidad de respuesta ante un vídeo que muestra la reconstrucción de actos criminales. Más del 90 % de los policías declaran estar habitualmente cansados; un 85 % afirman conducir con sueño, con el consiguiente riesgo de accidentes, que se cobran más vidas entre la policía que los ataques criminales. «Necesitamos una normativa que limite el número de horas de trabajo de un policía, como tienen los pilotos o los conductores de tren», dice Bryan Vila, director de la investigación.
Maggie Steber


Luz, oscuridad y sueño
La luz que captan las células de la retina pone en hora el reloj circadiano del cerebro. Según estudios del Brigham and Women’s Hospital de Boston, la luz azul es más eficaz para ajustar dicho reloj, lo que supone cierta esperanza para corregir el jet lag de los viajeros.Maggie Steber

Hay quién no perdona
Virginia Calzadilla (89 años) hace una siesta diaria de media hora en el apartamento asistido donde se aloja en Hollywood, Florida.
Maggie Steber

Borracho de sueño
Una dura noche de trabajo acaba para el oficial Brian Eckersley, quien trabaja de 4:30 de la madrugada a 3:10 de la tarde en el Departamento de Policía de Spokane. La privación de sueño tiene sus consecuencias: permanecer despierto durante 24 horas produce la misma discapacidad que tres whiskies tomados en una hora.Maggie Steber


Descanso cerebral
Un peculiar gorro de noche: el estudiante David Poser está listo para un estudio sobre el sueño en el Center for Sleep and Consciousness de la Universidad de Wisconsin, en Madison. Poser jugó con videojuegos durante varias horas antes de irse a dormir. Durante el sueño, la conexiones del EEG monitorizaron la actividad de cada región específica del cerebro previamente activada por los videojuegos.Maggie Steber


Un reloj con muchos engranajes
Mientras los sujetos estudiados duermen, los investigadores analizan su actividad cerebral en el laboratorio del Brigham and Women’s Hospital de Boston. Charles Czeisler, profesor de medicina de Harvard (hablando por teléfono, en el fondo de la imagen), dirige unos estudios que emplean la luz artificial para reajustar de forma más eficiente el reloj biológico del cerebro que rige el sueño y el despertar. Esta investigación, dice, abre las puertas a «cómo adaptar nuestro reloj interno a las exigencias de la sociedad actual, despierta 24 horas al día, los siete días de la semana».Maggie Steber


FFI
Por su historia genética, las hermanas Carolyn Schear (derecha) y Cheryl Dinges tienen riesgo de sufrir insomnio familiar fatal. Schear se sometió a las pruebas y averiguó que no es portadora del gen de la enfermedad. Dinges no ha querido hacérselas.
Maggie Steber


Cheryl Dinges tiene 29 años, es de Saint Louis y es sargento del Ejército de Estados Unidos. Su trabajo consiste en adiestrar a los soldados en el combate cuerpo a cuerpo. Especializada en jujitsu brasileño, dice que es una de las pocas mujeres del Ejército que ha alcanzado el nivel dos de combate. Según explica, el nivel dos requiere un entrenamiento intensivo en luchas de dos atacantes contra uno.
Puede que Dinges deba enfrentarse a un combate aún más difícil en las años venideros, pues su familia es portadora del gen del insomnio familiar fatal, conocido por las siglas FFI por su nombre en inglés, cuyo síntoma principal es la imposibilidad de conciliar el sueño. Primero desaparece la capacidad de dar una cabezada; después, la de dormir por la noche, y finalmente el paciente no puede dormir en absoluto. El síndrome suele manifestarse entre los 50 y 60 años de edad. Por lo general cursa en un año, y como indica su nombre, siempre es mortal. Dinges no ha querido hacerse la prueba para saber si es portadora del gen. «Tenía miedo de darme por vencida y no emplearme a fondo en la vida si sabía que tenía la enfermedad.»
El FFI es una enfermedad espantosa, y lo peor es que no sabemos casi nada de su mecanismo
El FFI es una enfermedad espantosa, y lo peor es que no sabemos casi nada de su mecanismo. Tras años de estudio, los investigadores han llegado a la conclusión de que unas proteínas anómalas llamadas priones atacan el tálamo, una estructura de la parte profunda del cerebro que, al quedar dañada, interfiere en el sueño. Pero no saben por qué sucede, ni cómo impedirlo, ni conocen la forma de aliviar sus terribles síntomas. Antes de que se estudiara el FFI, la mayoría de los investigadores ni siquiera sabía que el tálamo estaba relacionado con el sueño. El FFI es una enfermedad muy rara, que sólo se ha observado en 40 familias en el mundo. Pero en un aspecto es bastante parecida a los tipos menos graves de insomnio que atormentan actualmente a millones de personas: es un misterio.
Si ignoramos por qué no podemos conciliar el sueño, es en parte porque tampoco sabemos realmente por qué necesitamos dormir. Sabemos que echamos de menos el sueño cuando nos falta, y que por mucha resistencia que le opongamos, al final nos vence. Sabemos que entre siete y nueve horas después de entregarnos a él, la mayoría estamos listos para levantarnos, y que entre 15 y 17 horas después volvemos a estar cansados. Sabemos desde hace 50 años que al dormir pasamos por fases de sueño profundo y fases de sueño paradójico o REM (por las siglas en inglés de «movimiento ocular rápido»), cuando el cerebro está tan activo como durante la vigilia, pero los músculos voluntarios están paralizados. Sabemos que todos los mamíferos y las aves duermen, y que los delfines duermen con medio cerebro despierto para no dejar de vigilar su entorno subacuático. Peces, reptiles e insectos también experimentan algún tipo de reposo.

Toda esa inactividad tiene un precio. Si un animal se queda mucho rato quieto, es presa fácil para sus enemigos. ¿Qué compensación puede haber para semejante riesgo? «Si el sueño no cumple una función absolutamente vital –dijo en una ocasión el prestigioso investigador del sueño Allan Rechtschaffen–, entonces es el peor error que ha cometido jamás la evolución
La teoría predominante del sueño es que el cerebro lo necesita
La teoría predominante del sueño es que el cerebro lo necesita. La idea deriva en parte del sentido común: ¿quién no ha sentido la cabeza más despejada después de dormir bien toda la noche? Pero no es fácil confirmar ese supuesto con datos reales. ¿De qué manera beneficia el sueño al cerebro? La respuesta puede depender del tipo de sueño al que nos refiramos. Hace poco un equipo de investigadores de Harvard dirigido por Robert Stickgold sometió a un grupo de estudiantes a varias pruebas de aptitud, les permitió echar una siesta y volvió a hacerles pruebas. Los investigadores observaron que aquellos que habían experimentado sueño REM mejoraban su actuación en tareas de reconocimiento de patrones, como, por ejemplo, en gramática, mientras que los que habían dormido profundamente eran mejores en las tareas de memorización. Otros estudios han revelado que el cerebro dormido parece repetir patrones de activación de las neuronas producidos anteriormente, cuando la persona estaba despierta, como si durante el sueño tratara de fijar en la memoria a largo plazo lo aprendido durante la vigilia.
Esos estudios sugieren que la consolidación de la memoria puede ser una de las funciones del sueño. Giulio Tononi, destacado investigador del sueño de la Universidad de Wisconsin en Madison, publicó hace unos años un estudio que dio un interesante giro a esta teoría. Según su trabajo, es posible que el cerebro dormido elimine las sinapsis o conexiones redundantes o innecesarias. Así pues, el sueño podría asentar en la memoria lo importante, ayudándonos a olvidar lo superfluo.
También es probable que el sueño cumpla una función fisiológica. Resulta significativo, en este sentido, que los pacientes con FFI nunca vivan muchos años. Pese a los enormes esfuerzos de la ciencia por desvelar la causa exacta de su muerte, aún la ignoramos. ¿Mueren literalmente por falta de sueño? Y de no ser así, ¿qué papel desempeña el insomnio en el desarrollo de los trastornos que los matan? Algunos investigadores han observado que la falta de sueño ralentiza la curación de heridas en las ratas, y otros han sugerido que el sueño podría fortalecer el sistema inmunitario y el control de las infecciones. Pero ninguno ha obtenido resultados concluyentes.
En la década de 1980, en el más famoso intento de averiguar por qué dormimos, Rechtschaffen obligó a unas ratas a permanecer despiertas en su laboratorio de la Universidad de Chicago co­­locándolas en un disco suspendido sobre un eje, en un cubo de agua. Si las ratas se dormían, el disco giraba y las arrojaba al agua; al caer, se despertaban de inmediato. Después de unas dos semanas de estricta vigilia forzada, todas las ratas habían muerto. Pero cuando Rechtschaffen les practicó la autopsia, no encontró ninguna anomalía significativa. No tenían ningún órgano dañado. Parecían haber muerto de cansancio, exhaustas; es decir, por no dormir. Un experimento similar realizado en 2002 con instrumentos más avanzados tampoco encontró «una causa inequívoca de muerte» para las ratas.
"Hasta donde yo sé, a única razón sólida por la que necesitamos dormir es porque tenemos sueño"
En la Universidad Stanford visité a William Dement, codescubridor del sueño REM y cofundador del Centro de Medicina del Sueño de Stanford. Le pedí que me contara lo que sabía, después de 50 años de investigación, sobre la razón por la que dormimos. «Hasta donde yo sé –respondió–, la única razón sólida por la que necesitamos dormir es porque tenemos sueño.»
Por desgracia, la situación inversa no siempre se cumple; no siempre tenemos sueño cuando necesitamos dormir. El insomnio alcanza niveles epidémicos en el mundo desarrollado. Entre 50 y 75 millones de estadounidenses, más o menos una quinta parte de la población, tienen dificultad para conciliar el sueño. En 2008 se extendieron 56 millones de recetas de somníferos, un 54 % más que en los últimos cuatro años. Aun así, no ha habido mucha investigación para descubrir las raíces del problema del insomnio. La mayoría de los estudiantes de medicina reciben menos de cuatro horas de formación sobre trastornos del sueño, y en algunos países, nada. Muchos médicos de cabecera no preguntan al paciente sobre sus hábitos de sueño en los cuestionarios rutinarios.
Los costes sociales y económicos del insomnio tratado de forma insuficiente son enormes. Según cálculos del Instituto de Medicina, una organización científica independiente de Estados Unidos, el 20 % de los accidentes de tráfico graves guardan relación con la somnolencia del conductor, lo que sitúa en decenas de miles de millones de dólares el coste médico directo de la falta colectiva de sueño de los estadounidenses. Las pérdidas en productividad laboral son aún mayores. También hay otros costes más difíciles de cuantificar: el deterioro de las relaciones, la incapacidad de realizar un trabajo, el menor disfrute de los placeres de la vida…
La lucha contra el insomnio queda en gran medida en manos de los laboratorios farmacéuticos y centros privados
Si un trastorno médico que afectara a una función corporal menos privada y menos misteriosa estuviera causando daños tan extendidos, los gobiernos lo atacarían con todas sus armas. Pero los Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos destinan apenas 230 millones de dólares al año (167 millones de euros) a la investigación sobre el sueño, una cifra comparable a la que gastaron en 2008 los fabricantes de los populares somníferos Lunesta y Ambien en una sola campaña de anuncios televisivos. Los militares también invierten dinero en la investigación del sueño, pero su principal objetivo es mantener a los soldados despiertos y listos para luchar, no garantizarles un buen descanso nocturno. Como resultado, la lucha contra el insomnio queda en gran medida en manos de los laboratorios farmacéuticos y los centros privados.
El año pasado visité el Centro de Medicina del Sueño de Stanford. Fundada en 1970, fue la primera clínica del país dedicada al problema del insomnio, y sigue siendo de las más importantes. Atiende a más de 10.000 pacientes al año y practica más de 3.000 estudios del sueño nocturno.
La principal herramienta diagnóstica del centro es la polisomnografía, en la que un electroencefalógrafo (EEG) registra la actividad eléctrica del cerebro del paciente mientras duerme. Cuando nos quedamos dormidos, el cerebro se vuelve más lento, y su trazado eléctrico pasa de ondas cortas, con picos frecuentes, a ondulaciones mu­­cho más largas y suaves, de manera semejante al movimiento del mar, que se vuelve cada vez más sereno a medida que nos alejamos de la orilla. En el cerebro, esas ondas suaves se ven interrumpidas periódicamente por una repentina renovación de la actividad propia del sueño REM. Por razones desconocidas, casi siempre soñamos durante esa fase.
Mientras el EEG registra este accidentado viaje, los instrumentos miden también la temperatura corporal, la actividad muscular, el movimiento ocular, el ritmo cardíaco y la respiración. Después, los técnicos estudian los datos en busca de signos de sueño anómalo o de despertares frecuentes. Cuando una persona padece narcolepsia, por ejemplo, pasa de la vigilia al sueño REM sin ninguna fase intermedia. En el insomnio familiar fatal, el paciente nunca puede ir más allá de las primeras fases del sueño; su temperatura corporal sube y baja bruscamente.
El FFI y la narcolepsia únicamente se pueden diagnosticar mediante el EEG y otros instrumentos de monitorización. Pero Clete Kushida, director del Centro, me dijo que puede distinguir la mayoría de los trastornos de los pacientes ya en la primera entrevista. Están los que no pueden mantener los ojos abiertos y los que hablan de una sensación de cansancio absoluto pero no dan cabezadas. Los primeros suelen padecer apnea del sueño; los segundos padecen lo que Kushida denomina «insomnio verdadero».
En la apnea obstructiva del sueño, la relajación muscular propia del sueño hace que los tejidos blandos de la garganta y el esófago se cierren, lo que bloquea las vías aéreas del durmiente. Cuando el cerebro nota la falta de oxígeno, envía una señal de emergencia. El sujeto se despierta, inhala una bocanada de aire que oxigena el cerebro y vuelve a dormirse. El sueño nocturno de una persona con apnea es en realidad una sucesión de cientos de pequeñas cabezadas. Este trastorno acapara la mayor parte de la actividad de las clínicas especializadas en problemas del sueño. John Winkelman, director médico del Centro del Sueño del Brigham and Women’s Hospital de Brighton, Massachusetts, dice que dos terceras partes de las personas que acuden a consultar en su centro reciben ese diagnóstico.
La apnea es un problema grave, que aumenta el riesgo de infartos y accidentes cerebrovasculares, pero sólo indirectamente es un trastorno del sueño. Los verdaderos insomnes (personas diagnosticadas con lo que algunos especialistas llaman «insomnio psicofisiológico») no pueden conciliar el sueño o son incapaces de permanecer mucho rato dormidos sin razón aparente. Se despiertan cansados. Cuando se acuestan, su cabeza bulle de pensamientos. Ese grupo constituye el 25 % de los que acuden a centros del sueño, según Winkelman. El Instituto de Medicina calcula que hay 30 millones de afectados en Estados Unidos.
Mientras que la apnea se puede tratar con un dispositivo de aire a presión que mantiene abiertas las vías aéreas del sujeto, el tratamiento del insomnio clásico es mucho menos directo. La acu­puntura puede servir de ayuda; en la medicina asiática se ha utilizado tradicionalmente con este fin y actualmente se está estudiando en el Centro del Sueño de la Universidad de Pittsburgh.
Por lo general, el insomnio psicofisiológico se trata desde dos frentes. El primero es la prescripción de somníferos, la mayoría de los cuales funciona potenciando la acción del GABA, un neurotransmisor que regula el estado general de ansiedad y de alerta del organismo. Aunque ya no son tan peligrosos como en el pasado, los somníferos pueden crear adicción psicológica. Muchos usuarios se quejan de que la calidad del sueño es diferente cuando los toman y de que experimentan resaca al despertarse. «Los somníferos no son una manera natural de dormir», puntualiza Charles Czeisler, director de un grupo de Harvard que estudia los horarios de trabajo y su relación con la salud y la seguridad laboral. Además, a la larga, las píldoras pueden agravar el insomnio, causando un «efecto rebote».
Habitualmente el segundo frente del tratamiento del insomnio verdadero es la terapia cognitivo-conductual (TCC), en la que un psicólogo especializado enseña al insomne a considerar sus trastornos del sueño como algo manejable, que incluso tiene solución (ésa es la parte cognitiva), y a practicar una buena «higiene del sueño». Ésta consiste básicamente en una serie de consejos de probada eficacia: dormir en una habitación oscura, no ir a la cama antes de tener sueño y no hacer deporte antes de irse a dormir. Varios estudios han revelado que en el tratamiento a largo plazo del insomnio la TCC es más efectiva que los somníferos, pero muchos pacientes continúan teniendo problemas. «Algunos siguen padeciendo –dice Winkelman–. No consiguen un sueño plenamente satisfactorio.»
Hay personas que no pueden dormir por culpa de la depresión, y otras que caen en la depresión porque no logran dormir
Winkelman cree que la TCC es mejor para algunos pacientes que para otros. El insomnio está presente en multitud de trastornos. Entre el FFI, que es muy poco frecuente, y la apnea del sueño, que es muy común, hay casi 90 trastornos del sueño reconocidos e infinidad de razones más difíciles de clasificar por las que muchas personas no pueden dormir. Algunos insomnes padecen el síndrome de las piernas inquietas, un intenso malestar en las extremidades que les impide conciliar el sueño, o el trastorno de movimientos periódicos de las extremidades, que les hace dar patadas involuntarias cuando duermen.
Los narcolépticos suelen tener dificultad tanto para dormirse como para mantenerse despiertos. También hay personas que no pueden dormir por culpa de la depresión, y otras que caen en la depresión porque no logran dormir. Otras tienen problemas para conciliar el sueño a causa de la demencia o la enfermedad de Alzheimer. Algunas mujeres duermen peor durante los días de la menstruación (las mujeres tienen el doble de probabilidades que los hombres de padecer insomnio) y a muchas les cuesta dormir durante la menopausia. Los ancianos, en general, duermen peor que los jóvenes. Algunos insomnes no pueden dormir porque siguen un tratamiento con fármacos que los mantiene despiertos. Otros se preocupan por el trabajo o por la perspectiva de quedarse sin empleo (un tercio de estadounidenses afirma dormir peor a causa de la reciente crisis económica). De todos ellos, los pacientes cuyo insomnio obedece a causas físicas internas (quizás el exceso o la escasez de diversos neurotransmisores) son los que probablemente responderán peor al tratamiento psicológico.
Aun así, para la mayoría de esos trastornos, la terapia cognitivo-conductual se ofrece como un tratamiento potencialmente curativo, quizá porque el insomnio ha pertenecido durante mucho tiempo al ámbito de la psicología. Dentro de ese ámbito, se considera que las dificultades para conciliar el sueño suelen obedecer a alguna causa que la psicología puede tratar, como la ansiedad o la depresión. En consecuencia, la TCC pide al insomne que piense en lo que está haciendo mal, no en el trastorno físico que pueda tener. Winkelman desearía que los dos aspectos del insomnio, tanto el físico como el mental, fueran considerados como una unidad más a menudo. «El sueño es extraordinariamente complicado –dice–. ¿Por qué deberíamos pensar que los mecanismos físicos no pueden fallar?»
Si no podemos dormir, quizá sea porque se nos ha olvidado cómo hacerlo. En el pasado la gente dormía de otra manera: se iba a la cama cuando se ponía el sol y se levantaba al alba. En los meses invernales, con tantas horas de oscuridad para dormir, es posible que nuestros antepasados fragmentaran el sueño en varios tramos. En los países en desarrollo todavía es frecuente dormir así. Duermen varias personas en la misma habitación y la gente se levanta de vez en cuando a lo largo de la noche. Algunos duermen al aire libre, donde hace menos calor y el efecto de la luz natural sobre nuestros ritmos circadianos es más directo.
En 2002, Carol Worthman y Melissa Melby, ambas de la Universidad Emory, publicaron un estudio comparativo sobre la forma de dormir en diversas culturas. En él observaban que en los grupos recolectores, como los kung y los efe, «los límites entre el sueño y la vi­­gilia son muy fluidos». No hay una hora fija para irse a la cama, y nadie ordena a nadie que se vaya a dormir. Cuando uno está durmiendo se levanta simplemente si oye una conversación o algún sonido que lo despierta y atrae su curiosidad.
Dormimos por término medio una hora y media menos que hace apenas un siglo
Nadie duerme de ese modo actualmente en los países desarrollados, o al menos nadie lo hace a propósito. Nos vamos a la cama a una hora fija, dormimos solos o con nuestra pareja, sobre un colchón mullido y cubiertos con sábanas y mantas. Dormimos por término medio una hora y media menos que hace apenas un siglo. Es probable que nuestra epidemia de insomnio se deba al menos en parte a la escasa atención que prestamos a la biología. Los ritmos naturales del sueño de los adolescentes los llevan a levantarse tarde por la mañana, pero las clases empiezan a las ocho. El trabajador del turno de noche que duerme de día tiene que combatir los ritmos primigenios de su organismo, que lo instan a levantarse para cazar o recolectar bayas cuando el cielo está inundado de luz.
Sin embargo, no tiene elección posible. Oponerse a esa tendencia natural tiene un precio. En febrero de 2009 se estrelló un avión que cubría el breve trayecto de Newark a Buffalo, causando la muerte de sus 49 ocupantes y de una persona en tierra. El copiloto, y probablemente también el piloto, había dormido muy poco du­­rante la jornada anterior al accidente. La Junta Nacional de Seguridad del Transporte de Estados Unidos concluyó que su actuación «probablemente se vio afectada por la fatiga». Ese tipo de noticias indigna a Charles Czeisler, de Harvard, quien señala que 24 horas sin dormir o toda una semana durmiendo sólo cinco horas al día es el equivalente a una tasa de alcoholemia de un gramo por litro en sangre. Sin embargo, la moderna ética del trabajo aprecia ese tipo de «hazañas». «Nunca diríamos que alguien es un gran empleado si pasa la mitad del tiempo bo­­rracho», escribió Czeisler en 2006 en un artículo aparecido en Harvard Business Review.
En 2004 Czeisler empezó a publicar una serie de informes en revistas médicas basados en el estudio realizado por su equipo sobre un total de 2.700 residentes médicos de primer año, hombres y mujeres jóvenes que hacían guardias de hasta 30 horas dos veces por semana. La investigación reveló el notable riesgo para la salud pública que suponía su falta de sueño. «Sabemos que uno de cada cinco residentes de primer año admite haber cometido al menos un error inducido por el cansancio, que causó algún daño a un paciente –me dijo en la primavera de 2005–. Uno de cada 20 reconoce haber cometido al menos un error inducido por el cansancio, que causó la muerte a un paciente.» Cuando hizo pública esta información, Czeisler esperaba que los hospitales se lo agradecieran. En lugar de eso, se pusieron a la defensiva. Ahora está convencido de que no será posible hacer nada mientras los empresarios no se tomen en serio el problema del insomnio y la falta de sueño. «Estoy seguro de que algún día la gente considerará una barbaridad lo que se hace actualmente.»
Consideremos ahora la siesta. El momento de la siesta tradicional coincide con el descenso natural del ritmo circadiano después de comer. Diversos estudios han revelado que las personas que practican ese hábito son más productivas y probablemente tienen menos riesgo de morir de alguna enfermedad cardiovascular. Los españoles han hecho famosa la siesta, pero lamentablemente ya no viven lo bastante cerca del trabajo como para ir a casa a echar una cabezada. En su lugar, algunos emplean la pausa del mediodía para comer con amigos y colegas. Puesto que la comida puede prolongarse unas dos horas, la jornada laboral no termina hasta las siete o las ocho de la tarde. Pero algunos ni siquiera entonces vuelven a casa, sino que se van a tomar una cerveza o a cenar. (El horario de máxima audiencia de la televisión termina a las doce de la noche.)
Últimamente los españoles han empezado a tomarse en serio el problema del sueño. Según las estadísticas, en España se duerme 52 minutos menos de media que los demás europeos. Ahora los controles policiales incluyen preguntas sobre las horas de sueño en los interrogatorios a los conductores implicados en accidentes de tráfico, y el Gobierno ha flexibilizado el horario de los funcionarios de la Aministración General del Estado para que su jornada laboral finalice antes.
Lo que ha motivado a los españoles a tomar medidas contra la falta de sueño no es tanto la tasa de accidentes (históricamente una de las más altas de Europa occidental) como el estancamiento de la productividad. Los españoles pasan más horas en el trabajo que la mayoría de sus vecinos europeos, pero su productividad es menor. «Una cosa es echar horas, y otra, trabajar», declaró Ignacio Buqueras y Bach, empresario de 68 años, al frente de una campaña que aboga por que los españoles se vayan a la cama más temprano.

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Guillermo Gonzalo Sánchez Achutegui
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